Juan Benet
El
criado, en estado de intenso azoramiento, llegó al mediodía a casa de su amo,
un rico comerciante, y con las siguientes palabras le vino a explicar el
trance, por el que había pasado:
–Señor, esta mañana mientras paseaba por el mercado
de telas para comprarme un nuevo sudario, me he topado con la Muerte, que me ha
preguntado por ti. Me ha preguntado también si acostumbras a estar en casa por
la tarde, pues en breve piensa hacerte una visita. He pensado, señor, si no
será mejor que lo abandonemos todo y huyamos de esta casa a fin de que no nos
pueda encontrar en el momento en que se le antoje.
El comerciante quedó muy pensativo.
–¿Te ha mirado a la cara, has visto sus ojos? –preguntó
el comerciante, sin perder su habitual aplomo.
–No, señor. Llevaba la cara cubierta con un paño de
hilo, bastante viejo, por cierto.
–¿Y además se tapaba la boca con un pañuelo?
–Sí, señor. Era un pañuelo barato y bastante sucio,
por cierto.
–Entonces no hay duda, es ella –dijo el
comerciante, y tras recapacitar unos minutos añadió–: Escucha, no haremos nada
de lo que dices; mañana volverás al mercado de telas y recorrerás los mismos
almacenes y si te es dado encontrarla en el mismo o parecido sitio procura
saludarla a fin de que te aborde. En modo alguno deberás sentirte amedrentado.
Y si te aborda y pregunta por mí en los mismos o parecidos términos, le dirás
que siempre estoy en casa a última hora de la tarde y que será un placer para
mí recibirla y agasajarla como toda dama de alcurnia se merece.
Hízolo así el criado y al mediodía siguiente estaba
de nuevo en casa de su amo, en un estado de irreprimible zozobra.
–Señor, de nuevo he encontrado a la Muerte en el
mercado de telas y le he transmitido tu recado que, por lo que he podido
observar, ha recibido con suma complacencia. Me ha confesado que suele ser
recibida con tan poca alegría que nunca logra visitar a una
persona más de una vez y que por ser tu invitación tan poco común piensa
aprovecharla en la primera oportunidad que se le ofrezca. Y que piensa
corresponder a tu amabilidad demostrándote que hay mucha leyenda en lo que se
dice de ella. ¿No será mejor que nos vayamos de aquí sin que nos demuestre
nada?
–¿Lo ves? –repuso el comerciante, con evidente
satisfacción–. La hemos ahuyentado; puedo asegurarte que ya no vendrá en mucho
tiempo, si es que un día se decide a venir. Tiene a gala esa dama presumir de
que ella no busca a nadie, sino que todos –voluntaria o involuntariamente– la
requieren y persiguen. Y, por otra parte, nada le gusta tanto como las
sorpresas y nada detesta como el emplazamiento a fecha fija. Debes conocer esa
historia de la Antigüedad que narra el encuentro que tuvo con ella un hombre
que trataba de huir de una cita que ella no había preparado. Pues bien, me
atrevo a afirmar que ahora que la hemos invitado no acudirá a esta casa, a no
ser que cualquiera de nosotros dos pierda el aplomo y se deje arrastrar a
alguna de sus astutas estratagemas.
Aquella tarde, la Muerte –con un talante
sinceramente amistoso y desenfadado– acudió a la casa del comerciante para,
aprovechando un rato de ocio, testimoniarle su afecto y disfrutar de su
compañía y de su conversación. Pero el criado al abrir la puerta no pudo
reprimir su espanto al verla en el umbral, la cara cubierta con un paño de hilo
muy viejo y protegida la boca con un pañuelo sucio, y sospechando que se
trataba de una añagaza compuesta entre su amo y la dama para perderle, se
precipitó ciego de ira en el gabinete donde descansaba aquél y, sin siquiera
anunciarle la visita, lo apuñaló hasta matarle y huyó por otra puerta.
Cuando la Muerte, extrañada del silencio que
reinaba en la casa y de la poca atención que le demostraba aquel hombre que ni
siquiera le invitaba a entrar, por sus propios pasos se introdujo en el
gabinete del comerciante, al observar su cuerpo exánime sobre un charco de
sangre no pudo reprimir un gesto de asombro que pronto quedó subsumido en un
pensamiento habitual y resignado:
–En fin, lo de siempre. Otra vez será.
(Tomado
de www.talesofmytery.blogspot.com)
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