Horacio Quiroga
Una
noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste
silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos
de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.
–¿Tiene miedo? –le preguntamos.
–¡Miedo! ¿De qué?
–¡Tendría que ver! –se rio Casacuberta–. A
menos…
Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno
de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con
un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.
–Es en el ombú –dijo el dueño de casa,
siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros,
nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.
–Estos animales son locos –replicó
Casacuberta–, tienen particular odio a las sombras…
Por segunda vez el gruñido sonó, pero
entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico,
y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza.
Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.
Las muchachas dieron un grito, las
polleras en la mano, prontas para correr.
–Debe ser un zorro. ¡Por favor, no es
nada! ¡Toca, toca! –animó Casacuberta a sus perros. Y conmigo y Vivas corrió al
campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.
–¡Es un chancho de casa! –gritó aquél
riéndose. Yo también reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el
animal pasó delante suyo, lo mató de un tiro.
Con razón esta vez, los gritos femeninos
fueron tales que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo
que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con
Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se
rehízo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las
palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.
–Ante todo –comenzó– confieso que desde el
primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una
idea estúpida. Por eso, cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible
me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.
“Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una
estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizándome con
algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así
un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal
vez no lo sepan: en el Uruguay se llama así a un individuo que de noche se
transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.
“De vuelta a la estancia fui al encuentro
de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rio. Comentamos con mil
bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que
sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno
de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:
“–Tenga cuidado, patrón…
“Durante varios días lo fastidié con
bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de
lejos con algún gesto demostrativo.
“En la estancia, situado exactamente como
éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros.
Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando
rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con
el pelo erizado.
“Al día siguiente los peones confirmaron
mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire,
es porque el lobisón invisible está allí.
“Bromeé con Gabino.
“–¡Cuidado! Si los bull-terriers lo
pescan, no va a ser nada agradable.
“–¡Cierto! –me respondió en igual tono–.
Voy a tener que fijarme.
“El tímido sujeto me había cobrado cariño,
sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema
para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.
“Un mes después me invitó a su casamiento;
la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la
fama Gabino, no creían, sobre todo ella.
“–No cree –me dijo maliciosamente. Ya
lejos, volvió la cabeza y se rio conmigo.
“El día indicado marché; ningún peón quiso
ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o
mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de
la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la
escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.
“–¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a
comer! –rompieron las muchachas.
“–¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros!
¡Los va a comer a todos! –palmoteaban alegremente.
“En ese tono ya, proseguimos forzando la
broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos
quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se
llevaron el dedo a la boca.
“Y de pronto un alarido de terror salió
del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los
peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como
una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de
terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres
despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de
agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón: sobre el catre, a
los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos
saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los belfos retraídos.
Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de
profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio.
Precipitose en seguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo
siguieron mucho tiempo.
“Este es el episodio; claro es que ante
todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo,
entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue
fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.
“Este recuerdo me turbó por completo hace
un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado: a
pesar de las terribles mordidas de los perros –y contra toda su costumbre– el
animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez”.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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