Chimamanda Ngozi Adichie
Creías que en Estados Unidos todo el mundo tenía un coche y una pistola;
tus tíos y tus primos también lo creían. Justo después de que te tocara la visa
a Estados Unidos en la lotería, te dijeron: “Dentro de un mes tendrás un gran coche.
Luego una gran casa. Pero no te compres una pistola como esos americanos”.
Entraron en tropel en la habitación de Lagos donde vivías
con tus padres y tus tres hermanas, y se apoyaron contra las paredes
despintadas, porque no había suficientes sillas para todos, para decirte adiós
en voz alta y añadir muy bajito lo que querían que les mandaras. Al lado del
coche y la gran casa (y posiblemente la pistola), lo que ellos querían eran
tonterías: bolsos, zapatos, perfumes y ropa. Tú dijiste que no había problema.
Tu tío de América, que había inscrito a toda la familia
en la lotería de visas, te ofreció que vivieras con él hasta que consiguieras
arreglártelas por ti sola. Fue a recogerte al aeropuerto y te compró un enorme
perrito caliente con mostaza que te causó náuseas. Tu iniciación a Estados
Unidos, dijo riéndose. Vivía en una pequeña ciudad de blancos en Maine, en una
casa de treinta años junto a un lago. Te explicó que la compañía para la que
trabajaba le había ofrecido unos cuantos miles de dólares más que el sueldo
medio además de la opción de compra de acciones, solo porque estaban desesperados
por dar una imagen de diversidad. En todos los folletos aparecía una foto suya,
hasta en los que no tenían nada que ver con su departamento. Se rio y dijo que
era un buen trabajo, que valía la pena vivir en una ciudad de blancos aunque su
mujer tenía que conducir una hora para encontrar una peluquería que le
arreglara el pelo. El secreto estaba en comprender lo que era Estados Unidos,
un toma y daca. Renunciabas a muchas cosas pero ganabas otras tantas.
Te enseñó a rellenar una solicitud de empleo para cajera
en una estación de servicio de Main Street y te apuntó a un centro de educación
terciaria, donde las chicas tenían los muslos gruesos, y llevaban las uñas
pintadas de rojo brillante y autobronceador que las hacía parecer naranjas. Te preguntaban
dónde habías aprendido inglés, si en África había casas de verdad y si antes de
ir a Estados Unidos habías visto un coche. Se quedaban perplejas con tu pelo.
¿Se levanta o cae cuando te quitas las trenzas?, querían saber. ¿Se queda todo
él levantado? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Utilizas un peine? Tú sonreías agarrotada
cuando te hacían esas preguntas. Tu tío te dijo que contaras con ello, una
mezcla de ignorancia y arrogancia, lo llamó. Luego dijo que a los pocos meses
de que ellos se mudaran a su barrio, los vecinos comentaban que las ardillas
habían empezado a desaparecer. Habían oído decir que los africanos comían toda
clase de animales salvajes.
Te reías con tu tío y te sentías a gusto en su casa; su
mujer te llamaba nwanne, hermana, y sus dos hijos en edad escolar, tía.
Hablaban igbo y comían garri al mediodía, y era como estar en casa.
Hasta que tu tío entró en el abarrotado sótano donde dormías entre cajas y
cartones, y te atrajo hacia sí a la fuerza, apretándote las nalgas y gimiendo.
No era tu tío en realidad; era un hermano del marido de la hermana de tu padre,
no tenía ningún lazo consanguíneo. Cuando lo rechazaste, él se sentó en tu cama
–era su casa, después de todo–, sonrió y dijo que a los veintidós años ya no
eras una niña. Que si lo dejabas continuar haría muchas cosas por ti. Las
mujeres listas lo hacían continuamente. ¿Cómo creía que lo habían conseguido
todas esas mujeres de Lagos con empleos bien remunerados? Hasta las mujeres de
la ciudad de Nueva York.
Te encerraste en el baño hasta que subió de nuevo y a la mañana
siguiente te fuiste. Echaste a andar por la larga carretera serpenteante
oliendo las crías de pescado del lago. Lo viste pasar en coche. Siempre te
había dejado en Main Street, pero ese día no tocó la bocina. Te preguntaste
cómo explicaría a su mujer que te habías ido. Luego recordaste lo que te había
dicho, que Estados Unidos era un toma y daca.
Terminaste en Connecticut, otra ciudad pequeña, porque
era la última parada del autobús Greyhound al que te subiste. Entraste en un
restaurante con un toldo limpio y reluciente, y te ofreciste a trabajar por dos
dólares menos que las demás camareras. El gerente, Juan, tenía el pelo negro azabache
y sonrió dejando ver un diente de oro. Dijo que nunca había tenido una empleada
nigeriana, pero que todos los inmigrantes trabajaban duro. Lo sabía, lo había
visto. Te pagaría un dólar menos pero en negro; no le gustaban todos los
impuestos que lo hacían pagar.
No podías permitirte seguir estudiando porque tenías que
pagar el alquiler de una diminuta habitación con el tapete manchado. Además, en
la pequeña ciudad de Connecticut no había ningún centro de educación terciaria y
los créditos de la universidad estatal costaban demasiado. De modo que ibas a
la biblioteca municipal, consultabas los programas de estudios en los websites
y leías algunos de los libros que recomendaban. A veces te sentabas en el
colchón con bultos de tu cama individual y pensabas en tu casa, en tus tías que
vendían pescado seco con plátano, engatusando a los transeúntes para que les
compraran y acto seguido insultándolos por no hacerlo; tus tíos que bebían la
ginebra local y hacinaban a su familia y sus vidas en habitaciones
individuales; tus amigos que habían ido a despedirse antes de que te fueras,
para alegrarse de que hubieras ganado la visa y para confesarte su envidia; tus
padres que a menudo se cogían de la mano al ir a la iglesia los domingos por la
mañana mientras los vecinos de las habitaciones contiguas se reían y burlaban
de ellos; tu padre que volvía del trabajo con los viejos periódicos del jefe y
obligaba a tus hermanos a leerlos; tu madre cuyo sueldo apenas daba para pagar
las matrículas de tus hermanos en la escuela secundaria donde los profesores
daban un sobresaliente cuando alguien les entregaba un sobre marrón.
Tú nunca habías tenido que pagar por un sobresaliente,
nunca habías dado un sobre marrón a un profesor de la escuela secundaria. Aun
así, comprabas sobres alargados y marrones para enviar la mitad de tu sueldo a
la dirección de la paraestatal donde limpiaba tu madre; siempre utilizabas los
billetes de dólar que te daba Juan porque, a diferencia de los de las propinas,
eran nuevos. Todos los meses. Envolvías el dinero en una hoja blanca pero no escribías
nada. No había nada de que escribir.
Las semanas que siguieron, sin embargo, te entraron ganas
de escribir porque tenías cosas que contar. Querías escribir sobre la asombrosa
franqueza de los norteamericanos, lo deseosos que estaban de hablarte de la
lucha de su madre contra el cáncer o del bebé prematuro de su cuñada, la clase
de cosas que uno debía ocultar o revelar solo a los familiares bien
intencionados. Quería escribir sobre la cantidad de comida que dejaban en el
plato junto a unos billetes arrugados, como si fuera una ofrenda, una expiación
por la comida desperdiciada. Querías escribir sobre la niña que empezó a
berrear, a mesarse su pelo rubio y a tirar las cartas de los menús al suelo, y
sobre sus padres que, en lugar de hacerla callar, le suplicaron, a una niña que
no tenía ni cinco años, y luego todos se levantaron y se marcharon. Querías
escribir sobre los ricos que vestían con ropa vieja y tenis tronados, que
tenían el aspecto de los vigilantes nocturnos que había frente a los grandes
recintos de Lagos. Querías escribir que los norteamericanos ricos eran delgados
mientras que los norteamericanos pobres eran gordos, y que muchos no tenían una
gran casa y un coche; sin embargo, seguías sin estar muy segura de las
pistolas, porque podían llevarlas en el bolsillo.
No era solo a tus padres a los que querías escribir,
también a tus amigos, a tus primos y tíos. Pero no podías permitirte comprar
suficientes perfumes, bolsos y zapatos para todos, y pagar el alquiler con lo
que ganabas de camarera, de modo que no le escribías a nadie.
Nadie sabía dónde estabas, porque no se lo habías dicho a
nadie. A veces te sentías invisible e intentabas cruzar la pared de tu
habitación y salir al pasillo, y cuando chocabas con ella, te salían moretones
en los brazos. Una vez Juan te preguntó si te pegaba algún hombre, porque se
ocuparía de él, y tú te reíste de forma misteriosa.
Por la noche algo se enroscaba alrededor de tu cuello.
Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida.
Muchos clientes del restaurante te preguntaban cuándo habías llegado de Jamaica,
porque se creían que todos los negros con acento extranjero eran jamaiquinos. O
los que adivinaban que eras africana, te decían que les encantaban los
elefantes y que querían ir de safari.
De modo que cuando él te preguntó en la penumbra del
restaurante, después de que le recitaras las especialidades del día, de qué
país africano eras, respondiste Nigeria y esperaste que dijera que había hecho
un donativo para luchar contra el sida en Botswana. Pero él te preguntó si eras
yoruba o igbo, porque no tenías cara de fulani. Te sorprendiste; pensaste que
debía ser profesor de antropología en la universidad estatal, un poco joven a
sus veinte años, pero nunca se sabía. Igbo, respondiste. Él te preguntó cómo te
llamabas y dijo que Akunna era un nombre bonito. Afortunadamente no te preguntó
qué significaba, porque estabas harta de que la gente dijera: ¿La riqueza de tu
padre? ¿Quieres decir que tu padre te venderá a un marido?
Él te explicó que había estado en Ghana, Uganda y
Tanzania, que le gustaba la poesía de Okot p’Bitek y las novelas de Amos
Tutuola, que había leído mucho sobre los países africanos subsaharianos, su
historia, sus complejidades. Querías sentir desdén y demostrarlo al llevarle lo
que había pedido, porque son igual de condescendientes los blancos que sienten demasiado
entusiasmo por África que los que no sienten ninguno. Pero él no sacudió la
cabeza con superioridad como ese profesor Cobbledick del centro de educación
terciaria de Maine durante una discusión en clase sobre la descolonización de África.
No puso la expresión del profesor Cobbledick, esa expresión de quien se cree
mejor que la gente que conoce. Volvió al día siguiente y se sentó a la misma
mesa, y cuando le preguntaste si estaba bueno el pollo, te preguntó a su vez si
habías crecido en Lagos. Volvió un tercer día y antes de pedir empezó a
hablarte de su viaje a Bombay, y que quería ir a Lagos para ver cómo vivía
realmente la gente en los barrios de chabolas, porque él nunca hacía las
estúpidas rutas turísticas cuando viajaba al extranjero. Habló sin parar y
tuviste que decirle que iba en contra de las normas del restaurante. Él te rozó
la mano cuando dejaste el vaso de agua en la mesa. El cuarto día, cuando lo
viste llegar, dijiste a Juan que ya no querías atender esa mesa. Esa noche
después de tu turno él te esperaba fuera con unos auriculares puestos, y te
propuso salir con él porque tu nombre rimaba con hakuna matata y El
rey león era la única película sensiblera que le había gustado. Tú no
sabías qué era El rey león. Lo miraste a la brillante luz y te fijaste
en que tenía los ojos del color del aceite de oliva extra virgen, un dorado
verdoso. Ese aceite era lo único que te gustaba, te gustaba de verdad, de
Estados Unidos.
Él era estudiante de último curso en la universidad
estatal. Te dijo cuántos años tenía y le preguntaste por qué no se había
licenciado aún. Después de todo estaban en Estados Unidos, no era como en su
país donde las universidades cerraban tan a menudo que las carreras se
alargaban tres años más y los profesores se sumaban a huelga tras huelga y aun
así no cobraban. Él respondió que se había tomado un par de años sabáticos para
encontrarse a sí mismo y viajar por África y Asia sobre todo. Le preguntaste
dónde acabó encontrándose y él se rio. Tú no te reíste. No sabías que la gente
podía escoger sencillamente no estudiar, que la gente podía dictar el curso de
su vida. Estabas acostumbrada a aceptar lo que la vida te daba, a escribir lo
que la vida te dictaba.
Rehusaste salir con él los siguientes cuatro días, porque
no te sentías cómoda con la intensidad de su expresión, esa forma de consumirte
con la mirada que te impulsaba a despedirte y al mismo tiempo te hacía reacia a
irte. Pero cuando la quinta noche no lo viste al salir de tu turno, te entró el
pánico. Rezaste por primera vez en mucho tiempo, y cuando apareció detrás de ti
y dijo “eh”, dijiste que sí, que saldrías con él, aun antes de que él te lo
pidiera. Temiste que no volviera a preguntártelo.
Al día siguiente te invitó a cenar al Chang’s y en tu
galleta de la suerte encontraste dos papelitos. Los dos estaban en blanco.
Supiste que te sentías cómoda con él cuando le contaste que veías Jeopardy
en el televisor del restaurante y que apoyabas a los participantes por el siguiente
orden: mujeres negras, hombres negros, mujeres blancas y, por último, hombres
blancos, lo que significaba que nunca apoyabas a los hombres blancos. Él se rio
y dijo que estaba acostumbrado a que nadie lo apoyara, que su madre era
profesora de estudios de la mujer.
Y supiste que habías entrado en confianza cuando le
dijiste que en realidad tu padre no era maestro de escuela en Lagos, sino chofer
en una compañía de la construcción. Y le explicaste aquel día que se vieron atrapados
en un atasco en Lagos en el destartalado Peugeot 504 que conducía tu padre;
llovía y tu asiento estaba mojado porque había un agujero en el techo oxidado.
Había mucho tráfico, siempre había mucho tráfico en Lagos, y cuando llovía era
el caos. Las carreteras se convertían en charcos lodosos, los coches se
quedaban atascados y algunos de tus primos se ganaban algo de dinero
ofreciéndose a empujarlos. La lluvia, el barro resbaladizo, pensaste, hicieron
que tu padre pisara demasiado tarde los frenos aquel día. Oíste la abolladura
antes de notarla. El coche contra el que tu padre había chocado era grande,
extranjero, de color verde oscuro con los faros dorados como los ojos de un
leopardo. Tu padre se puso a llorar y a suplicar aun antes de bajar del coche,
y se tumbó en la carretera provocando bocinazos. Lo siento, señor, lo siento,
señor, repetía. Si nos vende a mí y a toda mi familia no le dará ni para comprar
un neumático. Lo siento, señor.
El pez gordo sentado en el asiento trasero no se apeó,
pero lo hizo su chofer, que examinó los daños y miró con el rabillo del ojo la
forma espatarrada de tu padre suplicando como si fuera pornografía, un
espectáculo con el que le avergonzaba admitir que disfrutaba. Al final dejó
marchar a tu padre. Lo despidió con un ademán. Se oyeron más bocinazos y los conductores
blasfemaron. Cuando tu padre se sentó de nuevo al volante, te negaste a
mirarlo, porque era como los cerdos que se revolcaban en los pantanos de detrás
del mercado. Tu padre era nsi. Mierda.
Después de oírte, él apretó los labios y te cogió la
mano, y dijo que entendía cómo te sentías. Tú le apartaste, repentinamente
enfadada, porque se creía que el mundo estaba o tenía que estar lleno de gente
como él. Le dijiste que no había nada que entender, que así eran las cosas.
Encontró la tienda africana en las páginas amarillas de Hartford y te
llevó a ella. Al ver la familiaridad con que se movía por ella, inclinando la
botella de vino de palma para ver cuánto sedimento había en el fondo, el dueño
ghanés le preguntó si era africano como algunos keniatas o sudafricanos
blancos, y él respondió que sí pero que llevaba mucho tiempo en Estados Unidos.
Pareció satisfecho de que el dueño le creyera. Esa noche tú cocinaste con lo
que habías comprado, y después de comer garry y sopa de onugbu,
él vomitó en tu fregadero. Pero no te importó, porque ahora podrías cocinar
sopa de onugbu con carne.
Él no comía carne porque no aprobaba cómo mataban los
animales; dijo que el miedo de los animales liberaba toxinas y que las toxinas
del miedo volvían paranoica a la gente. Los trozos de carne que comías en tu
país, cuando había carne, eran del tamaño de tu dedo índice. Pero no se lo
dijiste. Tampoco le dijiste que los cubos de dawadawa con los que tu
madre cocinaba todo, porque el curry y el tomillo eran demasiado caros, tenían glutamato
monosódico, eran glutamato monosódico. Él decía que el glutamato
monosódico provocaba cáncer, que era la razón por la que le gustaba el
restaurante Chang’s; Chang no cocinaba con glutamato monosódico.
Una vez dijo al camarero del Chang’s que había estado
recientemente en Shanghai y que hablaba algo de mandarín. El camarero,
entusiasmado, le dijo cuál era la mejor sopa, luego preguntó: “¿Tiene novia en
Shanghai?”. Y él sonrió y no dijo nada.
Tú perdiste el apetito, en lo más profundo del pecho
sentiste un nudo. Esa noche no gemiste cuando estuvo dentro de ti, te mordiste
los labios y fingiste que no te habías corrido porque sabías que él se
preocuparía. Más tarde le explicaste la razón de tu enfado, que a pesar de que
habían ido juntos al Chang’s tan a menudo y se habían besado antes de que
llegaran los platos, el chino había asumido que tú no podías ser su novia, y él
había sonreído y no había dicho nada. Antes de disculparse, te miró sin
comprender y supiste que no lo entendía.
Te hacía regalos y cuando tú protestabas por el precio, él decía que su
abuelo de Boston había sido rico, pero se apresuraba a añadir que había
repartido su fortuna entre muchos y que el fondo fideicomiso que le había
dejado a él no era tan grande. Sus regalos te dejaban confundida. Una bola de
cristal del tamaño de un puño dentro de la cual había una pequeña muñeca bien proporcionada
y vestida de rosa que daba vueltas si la sacudías. Una piedra brillante cuya
superficie adquiría el color de lo que tocabas. Un pañuelo caro pintado a mano
en México. Por fin le dijiste, con la voz cargada de ironía, que en el mundo
del que venías los regalos siempre eran útiles. La piedra, por ejemplo, tendría
utilidad si se pudiera moler algo con ella. Él se rio mucho y muy fuerte, pero
tú no te reíste con él. Te diste cuenta de que en su mundo él podía comprar
regalos que eran solo eso y nada más, no tenían ninguna utilidad. Cuando él
empezó a comprarte zapatos, ropa y libros, le pediste que no lo hiciera, que no
querías regalos. Él te los compraba de todos modos y tú los guardabas para tus
primos y tus tíos, para cuando fueras a verlos algún día, aunque no sabías cómo
ibas a permitirte comprar un boleto y pagar al mismo tiempo el alquiler. Él
dijo que quería conocer Nigeria y que pagaría los boletos de los dos. Tú no
querías que él pagara tu boleto. No querías que fuera a Nigeria y que añadiera
tu país a la lista de países donde iba a mirar embobado cómo vivían los pobres
que nunca podrían mirar embobados su vida. Se lo dijiste un día soleado que te
llevó a ver el estrecho de Long Island y discutieron, alzaron la voz mientras
caminaban a lo largo de las aguas tranquilas. Él dijo que te equivocabas al
decir que tenía una actitud de superioridad moral. Tú le dijiste que se
equivocaba al creer que solo los pobres de Bombay eran indios de verdad. ¿Acaso
él no era un norteamericano de verdad porque no vivía como los pobres obesos
que habían visto en Hartford? Él se adelantó, con el torso desnudo y pálido,
levantando arena con las chanclas, pero luego retrocedió y te tendió una mano. Se
reconciliaron e hicieron el amor, y se acariciaron el pelo, el suyo suave y
rubio como las oscilantes espigas del maíz al crecer, el tuyo oscuro y saltarín
como el relleno de una almohada. A él le había dado demasiado el sol y tenía la
piel del color de una sandía madura y tú le besaste la espalda antes de
extenderle una loción.
Ese algo que se te enroscaba en el cuello, lo que casi te
asfixiaba antes de quedarte dormida, empezó a aflojarse hasta desprenderse.
Sabías que no eran normales por la reacción de la gente, el modo en que
las personas desagradables se mostraban demasiado desagradables y las agradables
demasiado agradables. Los hombres y mujeres blancos de edad avanzada que
murmuraban y lo fulminaban a él con la mirada, los hombres negros que sacudían
la cabeza al verte, las mujeres negras cuyos ojos compasivos lamentaban tu
falta de autoestima, tu odio hacia ti misma, o te dedicaban breves sonrisas de
solidaridad; los hombres negros que se esforzaban por perdonarte, saludándolo a
él con un hola demasiado estridente; los hombres y mujeres blancos que decían “Qué
buena pareja hacen” demasiado alegremente, demasiado fuerte, como para
demostrarse a sí mismos lo abiertos de miras que eran.
Pero los padres de él eran diferentes; casi te hicieron
creer que todo era normal. Su madre te dijo que él nunca había traído a casa a
una amiga, excepto para el baile de fin de curso del instituto, y él sonrió
brevemente y te cogió la mano. El mantel ocultaba sus manos entrelazadas. Él apretó
la tuya y tú apretaste la suya, y te preguntaste por qué estaba tan rígido, por
qué sus ojos color aceite de oliva extra virgen se ensombrecían cuando hablaba
con sus padres. Su madre se quedó encantada cuando te preguntó si habías leído
a Nawal el Saadawi y tú respondiste que sí. Su padre te preguntó si la comida
india se parecía a la nigeriana, y te tomaron el pelo con pagar cuando llegó la
cuenta. Los miraste y agradeciste que no te contemplaran como un trofeo
exótico, un colmillo de marfil.
Luego él te habló de sus problemas con sus padres, cómo racionaban
su amor como si fuera un pastel de cumpleaños, cómo le daban solo un trozo grande
si accedía a estudiar derecho. Tú trataste de solidarizarte con él. Pero solo
conseguiste enfadarte.
Te enojaste aún más cuando él te dijo que se había negado
a ir con ellos un par de semanas a Canadá, a su casa de veraneo de Quebec.
Hasta le habían pedido que te llevara. Él le había enseñado fotos de la casa y
te preguntaste por qué lo llamaba casa cuando los edificios de ese tamaño en tu
país eran bancos o iglesias. Se te cayó un vaso y se hizo añicos contra el
suelo de madera de su departamento, y él te preguntó qué pasaba y tú le dijiste
nada, aunque pensaste que pasaban muchas cosas. Más tarde, en la ducha, te echaste
a llorar. Observaste cómo el agua diluía las lágrimas sin saber por qué llorabas.
Por fin escribiste a casa. Una carta breve a tus padres entre los
crujientes billetes de dólar junto con tu dirección. Recibiste una respuesta
por correo unos días después. Era tu madre quien escribía; lo supiste por la
letra de patas de araña, por las faltas de ortografía.
Tu padre había muerto; se había desplomado sobre el
volante del coche de la compañía. Hacía cinco meses, escribía. Habían utilizado
el dinero que habías enviado para darle un buen funeral. Habían matado una
cabra para los invitados y lo habían enterrado en un buen ataúd. Te acurrucaste
en la cama, con las rodillas contra el pecho, y trataste de recordar qué habían
estado haciendo mientras tu padre moría, qué habías estado haciendo en los
meses que llevaba muerto. Tal vez había muerto el día que habías amanecido con
el cuerpo lleno de granos duros como el arroz crudo que no habías sabido explicar,
de los que Juan se había burlado diciendo que te iba a llevar al chef para que
el calor de la cocina te calentara. Tal vez había muerto uno de esos días que
ibas en coche a Mystic o veías un partido del Manchester o cenabas en el
Chang’s.
Él te abrazó mientras llorabas, te acarició el pelo, se
ofreció a pagarte un boleto, a acompañarte a ver a tu familia. Le dijiste que
no, que necesitabas ir tú sola. Él te preguntó si volverías, te recordó que
tenías una tarjeta de residencia y que la perderías si no regresabas en un año.
Te dijo que ya sabías qué quería decir, que sí volverías, ¿volverías?
Tú te diste la vuelta sin decir nada, y cuando te llevó
en coche al aeropuerto, lo abrazaste muy fuerte durante largo rato y luego lo
soltaste.
(Tomado de Ngozi Adichie, Chimamanda, Algo alrededor de tu cuello,
Random-House, 2023)
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