José María Tamparillas
Huesos.
Sólo huesos.
Un montón de ellos.
Lucas Cebrián no paraba de sacar huesos. Adultos, unos pocos niños…
Esqueletos completos y piezas sueltas.
Limpios y algo ennegrecidos por el color rudo del suelo que los acogía.
Los apilaba en la parte de atrás del cobertizo. Lo hacía con cuidado y
respeto; imaginaba que en una situación parecida, a él le hubiera gustado que
quien perturbara el sueño eterno manejase sus restos con un mínimo de decoro.
Mes tras mes, año a año, Lucas peleaba con denuedo contra el destino
que había heredado: una granja contagiada de lepra, en medio de un páramo
insalubre donde sólo medraban los mosquitos, las culebras y las ratas; rodeado
de una tierra estéril con la que había que pelearse para obtener algún fruto.
Y que sólo parecía querer germinar intermitentes cosechas de huesos.
Lucas Cebrián era un hombre solitario: segundo hijo en una familia
humilde, y por lo tanto abocado a la miseria en un lugar en el que el
primogénito heredaba todo. La granja, las tierras, los cerdos y hasta aquel
saco de pulgas, parecido a un mulo, provenían de un tío materno suyo, padrino
de bautizo, que había muerto poco tiempo atrás sin más descendencia que aquel
muchacho retraído y hosco, aunque trabajador. Era una nueva vida, lejos de su
lugar de nacimiento. Cualquier otro hubiera cejado en el empeño al poco tiempo,
pero Lucas era un hombre adusto y obstinado, temeroso de Dios a la manera de
quien lo ve como un padre exigente, brutal y algo distante. Aquella herencia
había sido un regalo, la puerta que se le había proporcionado para salir de una
existencia abocada al infortunio: puerta y prueba. Asumía su actual pobreza con
pragmatismo: nadie es pobre, un pobre de verdad si tiene un lugar y los medios
para subsistir por sí mismo. Sólo se es pobre de verdad si se depende de la
caridad ajena. Consideraba que el trabajo era una obligación moral y que la
riqueza, la auténtica riqueza estaba en relación inversa a las necesidades que
uno mismo se exigía.
Lucas pedía poco: comer, beber, dormir y tener la salud suficiente para
ir amanecer tras amanecer a pelearse con aquella tierra preñada de huesos y
penuria.
Sin embargo había días en los que percibía un ligero prurito de duda.
Miraba el montón de tibias, costillas y cráneos y se preguntaba en voz
baja si él no iba a ser el siguiente en pudrirse bajo la maloliente capa que lo
cubría todo; dudaba si alguien iba a recoger sus huesos mondos, roídos por las
ratas.
(Tomado
de www.talesofmytery.blogspot.com)
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