José Vicente Ortuño
Mi
nombre es Víctor Frankenstein, nací en Ginebra a finales del siglo XVIII en el
seno de una familia distinguida, como casi todo el mundo sabe gracias a cierta
obra literaria; pero lo que nadie conoce es que al comienzo del siglo XXI,
todavía estoy vivo; muy vivo. Después de tanto tiempo me apetece contar
públicamente los resultados de algunos de los estudios y experimentos que he
llevado a cabo a lo largo de mi vida.
En mi juventud decidí estudiar los orígenes de la
vida, el porqué del funcionamiento de los seres vivos, la esencia que mueve a
la materia a convertirse en un ente animado y consciente. Dediqué todas las
fuerzas y entusiasmo de la juventud, junto con la fortuna de mi padre, al
descubrimiento de los secretos de la creación.
Como consta en el relato que del principio de mi
vida hace mi amada Mary Wollstonecraft mi única biógrafa y maravillosa
compañera, relato que es fruto de infinidad de noches desveladas, tras
desbordar nuestros sentidos con la pasión de la juventud, esa juventud que
ahora queda tan lejos, el final incierto permite que el lector piense que morí
perdido, solo y arrepentido, yaciendo en la tundra helada o atrapado entre los
hielos como justo castigo por mis pecados, o simplemente devorado por un oso
polar; pero no fue así: sobreviví a todo ello. Perseguí a mi primera criatura
durante algún tiempo y al fin la encontré, en una recóndita aldea en el norte
de Siberia, donde vivía feliz tras haber fundado una familia. Pero no es de
aquella, mi primera y desdichada criatura, de quien me propongo hablar, ya que
la historia es de todos conocida; esta es otra historia.
Mi buen amigo y compañero de tertulia Herbert West,
al que conocí casi un siglo después realizando estudios encaminados al mismo
fin, sólo consiguió crear estúpidos zombis sin cerebro, terrores ambulantes que
lo llevaron a un macabro final. Donde él fracasó yo he triunfado. En todo el
tiempo transcurrido, especialmente desde que murió mi querida Mary, me he
dedicado a crear nuevas criaturas cada vez más perfectas. No sé por qué no le
devolví la vida a mi amada. Era tan dulce. Estaba tan viva. Tal vez tenía miedo
de verla convertida en una patética criatura de andares rígidos y menguado
cerebro. ¿Acaso ella me lo pidió antes de morir? Es posible. Los años no pasan
en balde y los recuerdos se difuminan. Pero todavía veo con toda claridad su
sonrisa y esa mirada dulce, que me provocaban bruscas erecciones en aquellas
noches de alcohol, opio y orgías en la mansión de Lord Byron. Por aquel
entonces, ocultaba mi identidad bajo el patético disfraz de poeta mediocre,
pero pese a todo fueron tiempos muy felices.
Como
decía, durante todos estos largos años pasados sin Mary, estudié a fondo el
funcionamiento de la vida, perfeccionando la técnica de reanimación de tejidos
muertos. He llegado donde nunca nadie ha osado llegar. La tecnología que el
resto de la humanidad desarrolló durante todo este tiempo, me ha ayudado mucho
en mis trabajos; ya no tengo necesidad de conjurar los rayos producidos por
terribles tormentas para activar mis aparatos, mi laboratorio ya no necesita
ocupar el torreón de un tétrico castillo medieval. Ahora todo es más simple,
muchísimo más simple. Mi equipo se alimenta con baterías de litio y cabe
completo en un maletín. La conexión a través de Internet realizada con la
tecnología más avanzada vía satélite, me permite acceder a los datos de mi
laboratorio secreto desde cualquier punto del planeta, y todo ello simplemente
utilizando un ordenador portátil. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué maravilloso era
sentir erizárseme los cabellos, con los rayos fluyendo a mi alrededor, mientras
mi criatura, estremecida por miles de voltios que recorrían su cuerpo
torturado, se sacudía en espasmos incontrolados cuando la milagrosa
electricidad le infundía nueva vida!
Como efecto colateral a mis estudios de creación y
reanimación, encontré la forma de alargar la vida, mi vida especialmente. Al
principio experimenté con mi querido ayudante Igor. Pobrecillo, ¡cuánto sufrió
por sus deformaciones congénitas! Hoy a mi querido Igor nadie lo reconocería,
nadie imagina que ese robusto actor austríaco que ha llegado a Gobernador en el
país más poderoso del planeta, fuera hace dos siglos un jorobado contrahecho
con menos luces que un cementerio a medianoche. Físicamente lo reparé y
perfeccioné, le alargué la vida de forma inhumana, pero la inteligencia es un
don divino y no estaba en mi mano ayudarle. Sólo gracias al culto al cuerpo que
se practica este último siglo, ha conseguido hacer realidad su sueño. ¡Mi
querido y cándido Igor, ni siquiera ha podido quitarse el horrible acento de su
aldea natal!
No es necesario decir que vivir tanto tiempo tiene
sus ventajas. Cuando volví de la búsqueda de mi primera criatura, allá por el
año 1814, tras establecerme en Inglaterra bajo la personalidad del poeta Percy
B. Shelley, conocí a mi querida Mary, recorrimos juntos Europa y recalamos en
Suiza en el verano de 1816, donde entramos en el círculo de amigos que se
reunía en la mansión de Lord Byron. En aquel magnífico caserón le relaté a Mary
mis estudios, mis experimentos, mis inquietudes y anhelos. Fascinada, me animó
a continuar mi trabajo y más tarde incluso me ayudó en mis nuevos experimentos.
Juntos creamos los hijos que nos negó la naturaleza. Durante mucho tiempo fui
muy feliz… hasta que en 1851 mi amada Mary murió, siendo completamente inútiles
todos mis conocimientos para evitarlo y como ya he dicho, no me atreví a
reanimarla. Luego, durante varias décadas, vagué por distintas partes del
mundo, estudiando, realizando nuevos experimentos. De vez en cuando alguna de
mis criaturas conseguía abrirse paso en la sociedad con éxito. No fueron pocos
los que llegaron a destacar y marcaron hitos en la historia.
Ya en el siglo XX comencé a desarrollar una nueva
perspectiva en mis investigaciones. Fruto de ello fue uno de mis más exitosos
experimentos: mi querido hijo Adolfo. Físicamente no destacó como otras de mis
creaciones, es cierto, tampoco por su inteligencia, pero su ambición le llevó
muy lejos. La mayoría le recuerda con odio. Sin embargo, el tiempo en que
dirigió el Tercer Reich, fue de lo más provechoso para mis investigaciones,
pues tenía abundante material para experimentar y prácticamente no tenía que ocultarme.
Lloré su pérdida más que la de ninguna otra de mis criaturas anteriores.
Acabada la Segunda Gran Guerra emigré donde tenía
más posibilidades de continuar mis estudios: los Estados Unidos de América, el
país de las oportunidades, como a ellos le gusta llamarlo. Para mí al menos sí
que lo ha sido, aquí el dinero lo puede todo y yo, modestamente, tengo de
sobra.
En el nuevo mundo me instalé en la soleada
California, tan diferente de mi tierra natal, allá en Europa. Fruto de la
influencia de aquellas cálidas tierras, elaboré una nueva criatura a la que
llamé Marilyn. ¡Qué bella era, casi tanto como mi querida Mary! Físicamente
perfecta, triunfó en el cine y todavía hoy se la recuerda, se la imita e
idolatra. Pero de nuevo la inteligencia brilló por su ausencia en mi creación,
lo que generó algunos problemas. Más tarde, un pequeño defecto en su bello
organismo la llevó a un colapso fatal y a la muerte.
Después de aquel fracaso, centré mis estudios y
experimentos en desarrollar los aspectos de mi trabajo que nunca habían fallado
en mis creaciones y reunirlos en una nueva criatura. Hube de sortear algún que
otro tropiezo con la CIA y el FBI, por lo que decidí colocar como directores de
dichas agencias a algunos de mis más mediocres, aunque adorables, hijos. Ahora
ya puedo trabajar tranquilo, subvencionado por el estado, eminentes
universidades y algún mecenas creado por mí.
Todo este preámbulo me lleva a hablar de mi última
creación, mi hijo más querido, el que más satisfacciones me ha dado hasta
ahora; la obra maestra de mi vida. Es la criatura en la que he reunido todos
los conocimientos, adquiridos a lo largo de dos siglos de investigación y
trabajo, alcanzando la perfección que he buscado siempre. Es el más apto para
la supervivencia. No es bello. No tiene gran fuerza física. Carece por completo
de inteligencia, pero como mi llorado Adolfo, tiene una gran ambición. Lo bauticé
“George” y, tras algunos ajustes, llegó a lo más alto. Sin ir más lejos, ha
iniciado ya su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos.
(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)
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