Voltaire
Un genealogista prueba
que un príncipe desciende en línea directa de un conde cuyos padres habían
hecho un pacto de familia, hace 300 o 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni
tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia,
cuyo último poseedor murió de apoplejía. El príncipe y su consejo concluyen que
esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios
cientos de leguas, protesta que lo desconoce, que no tiene ninguna gana de ser
gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos,
su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el príncipe,
cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que
no tienen nada que hacer ni que perder. Los viste con un grueso paño azul, pone
un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, los hace girar a derecha e
izquierda, y marcha hacia la gloria.
Los
demás príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la
empresa, cada uno según su poder.
Pueblos
lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas
por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera
comprarlos.
Esas
multitudes se encarnizan una contra otra, no sólo sin tener ningún interés en
el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.
Se
encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra
tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y
otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un solo
punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan
sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su
prójimo.
Cuando
ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido
destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un
cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua
desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos.
El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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