Antonio Ballesteros
Dicen
que la realidad supera con frecuencia a la más delirante ficción. Por eso, a nadie
debería extrañarle que si en esta brumosa madrugada mi famoso e insigne archiabuelo,
el ilustre poeta don Gustavo Adolfo Bécquer, levantase la cabeza y me viera pasear
por las desiertas callejuelas de este Toledo remozado –que apenas vagamente reconocería–,
podría pensar que revivía los delirios de la tuberculosis que lo llevó al más allá.
Y si por algún extraño encantamiento por fin se convenciera de que yo –su archinieto
bastardo y negro– soy real, muy probablemente suplicase que lo regresaran a la tumba:
nada supo en vida de aquel hijo ilegítimo que fue mi tatarabuelo.
Su desconcierto habría sido absoluto, siglo
y medio más tarde, al encontrarse frente a alguien casi completamente igual a él,
pero con la piel negra.
Se habría visto reflejado a sí mismo como en
un espejo oscuro: su afilado rostro y su nariz aguileña, las inconfundibles guedejas
de su ondulado cabello, la misma perilla e idéntico bigote para disimular el barbilampiño
rostro. Y porque la genética es mucho más tenaz y fiable que la genealogía, quizá
también habría reconocido en mí, en esta extraña noche en la que mis atribulados
pensamientos volvieron errática mi mirada, su melancólico y desesperanzado gesto.
Y si, además, el poderosísimo conjuro que le
podría haber convencido de que no deliraba consiguiese guiarle hasta el portón que
yo me dispongo a franquear ahora… hubiera recordado que él traspuso aquel umbral
en busca de la aventura galante que preñó a mi archiabuela. Sin duda, él nunca sospechó
que aquella calurosa noche en la que disfrutó del lecho de una joven e inocente
mujer enamorada, tuviera más consecuencias que las de aliviarle, momentáneamente,
las penas y los ardores de otro amor.
En ese improbable momento, si se hubiera convencido
de que yo no era el reflejo de ningún espejo, ni el fruto de alguna excepcional
alquimia, entonces quizá se habría atrevido a preguntarme si yo era el hijo del
hijo del hijo del hijo de alguno de sus hijos…
Y yo le habría tenido que contestar que sí,
pero también aclararle que no descendía de los hijos que él conoció, los que engendró
con su esposa, Casta Esteban. Le habría tenido que decir la verdad: que aquellos
muchachos murieron jóvenes y sin descendencia.
Su desconcierto me habría dado la oportunidad
de contarle que Manuela Alonso, la ilusionada virgen que él desfloró aquella ardiente
noche –la que ilusamente pensó que los versos y las rimas que su pretendiente declamaba
eran inspirados por ella, y no por otra–, se quedó esperándolo muchos días y muchas
madrugadas, hasta que su vientre engruesó y ya no pudo disimular su estado.
Habría podido ponerle al día de que el padre
de Manuela, el ilustre señor don Inocencio Carlos Alonso de Heredia y Olmedilla,
al descubrir el sorpresivo embarazo de su hija, montó en cólera y de inmediato escribió
a un allegado de la familia para que le auxiliase en tan amarga situación.
Era este pariente un clérigo recién afincado
en muy lejanas tierras, y sin pensarlo dos veces a él le envió a su hija descarriada,
junto con un cofre repleto de monedas para que, en adelante, la tuviera confinada
y a buen recaudo, buscando salvaguardar así el buen nombre de la familia.
Le habría podido explicar a don Gustavo Adolfo
que mi archiabuela, para alejarse del vergonzante destino monacal que le aguardaba,
al desembarcar en el puerto de Montevideo, tras una larga travesía en la que sufrió
innumerables náuseas y mareos –hasta el punto de desconfiar que la criatura que
portaba en sus entrañas fuera a nacer con vida–, a la primera oportunidad huyó del
sacerdote que la esperaba, llevando a mi tatarabuelo en su vientre y bajo el brazo,
bien sujeto, el cofre y las monedas con las que el padre que la repudiaba creía
salvado su honor.
A continuación consiguió convencer a un carretero
de lanas que la llevase lo más lejos posible. Y temiendo el aborto en cada salto
del vehículo, tras siete insufribles días llegó a un inhóspito pueblito de frontera
llamado San Eugenio del Cuareim, de apenas veinte casas y doscientas almas.
Más tarde, tras alumbrar en condiciones bien
precarias y auxiliada por sus nuevos vecinos –muchos de ellos esclavos negros recién
liberados, llegados del Brasil–, hubo de inscribir a su vástago en un registro.
Y en esa ocasión no utilizó el propio apellido,
Alonso: no quería dejar ningún rastro de su periplo. Inscribió a su hijo con los
nombres y el apellido del hombre al que, aunque desengañada, continuaba amando con
infinita devoción. Incluso tuvo que corregir al escribano, que en vez de Bécquer,
con cqu, escribió Bécker con ck: en realidad el verdadero apellido de los ascendientes
de don Gustavo Adolfo.
Es explicable el error: antes de que se fundara
aquel pueblín fronterizo que años más tarde pasaría a denominarse Artigas, unos
comerciantes alemanes comprobaron que sus alrededores eran extremadamente ricos
en piedras semipreciosas, y se asentaron en la zona: su apellido era el mismo que
los nobles flamencos de los que descendía don Gustavo Adolfo.
En efecto, tanto el poeta como su hermano Valeriano
y su padre, el también pintor José Domínguez Insausti, para sus obras utilizaron,
castellanizado, el apellido de sus antepasados: es decir, cambiaron la ck por cqu.
Quizá Manuela Alonso nunca lo supo, y por eso yo me apellido Bécquer con cqu y no
Bécker con ck.
Lo demás, si el espectro del desafortunado
poeta me hubiera acompañado en el paseo, habría sido fácil de contar: al contrario
que los legítimos, el hijo de don Gustavo Adolfo y de Manuela creció sano y perpetuó
no sólo su apellido sino, en el primogénito varón de cada generación, el conocido
nombre compuesto que figura en mi cédula de identidad.
Se dio la curiosa
circunstancia de que tanto aquel vástago bastardo del poeta –el que cruzó el océano
en el vientre de su madre– como sus sucesivos descendientes, incluido yo, mostraron
una marcada inclinación por emparejarse con las mujeres afrodescendientes que tanto
abundan en esa zona fronteriza con el Brasil. Por ello, aunque los nombres y el
apellido se transmitieron durante seis generaciones, y los rasgos del poeta permanecieron
en nuestro rostro –yo soy la prueba viviente del suceso–, nuestra piel se tiñó del
color de la canela.
Por lo que a mí
respecta, sólo recientemente tuve el anhelo de cruzar el océano Atlántico y visitar
Toledo, la ciudad natal de mi archiabuela. La peripecia de Manuela Alonso no pasó
de ser, en nuestra familia, más que una amable curiosidad, una vaga leyenda que
se transmitía de padres a hijos como la propiedad de un mueble antiguo al que no
se sabe dónde colocar ni qué hacer con él, pero del que es agradable sentirse dueño.
Aunque he de confesar
que durante un tiempo sí aproveché mi ascendencia: cuando mis compañeras adolescentes,
acostumbradas al rudo cortejo de sus otros pretendientes, me escuchaban decir que
“los suspiros son aire y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar; dime,
mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va?”, se me quedaban mirando embobadas
y se reían, nerviosas por no saber qué contestar, pero me dejaban acariciarlas con
mucha más facilidad que a los otros, quizá esperando escuchar nuevos poemas.
Tampoco debe de
ser casualidad que cuando hube de optar por una salida profesional me dediqué a
rapear, porque las letras me brotan con una facilidad que asombra a mis compañeros
de grupo.
Si el mismo conjuro
que hubiera podido traer al poeta desde ultratumba hubiera permitido presenciar
la escena a Manuela, mi archiabuela, ella quizá habría expresado la pregunta que
sin duda le carcomió el alma durante el resto de sus días: ¿Por qué, por qué, mi
amado, si con voz tan inflamada y mirada tan ardiente me declaraste tu amor, después
de esa noche nunca me buscaste…?
Pero en realidad
ni aquella desdichada mujer ni el poeta se me han aparecido esta noche. Tras mi
plácido paseo por las calles toledanas dormiré en el mismo caserón en el que Manuela
Alonso vivió: hace años lo reconvirtieron en un coqueto y confortable hotel.
Entre las mismas
paredes en las que yo reposo ahora, vagó ella muchas noches: inquieta y desvelada,
esperando en vano la presencia del amor imposible que nunca llegó…
(Tomado
de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)
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