Martín Luis Guzmán
Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor,
a menudo me preguntaba yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más
a fondo la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas,
o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto
dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles, con el toque de
la exaltación poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de
este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio,
eran más dignas de hacer Historia.
Porque ¿dónde hallar, pongo por caso, mejor pintura
de Rodolfo Fierro –y Fierro y el villismo eran espejos contrapuestos, modos de ser
que se reflejaban infinitamente entre sí– que en el relato que ponía a aquel ante
mis ojos, después de una de las últimas batallas, entregado a consumar, con fantasía
tan cruel como creadora de escenas de muerte, las terribles órdenes de Villa? Verlo
así era como sentir en el alma el roce de una tremenda realidad cuya impresión se
conservaba para siempre.
***
Aquella batalla, fecunda en todo, había terminado dejando en manos de Villa
no menos de quinientos prisioneros. Villa mandó separarlos en dos grupos: de una
parte los voluntarios orozquistas a quienes llamaban “colorados”; de la otra, los
federales. Y como se sentía ya bastante fuerte para actos de grandeza, resolvió
hacer un escarmiento con los prisioneros del primer grupo, mientras se mostraba
benigno con los otros. A los colorados se les pasaría por las armas antes de que
oscureciese; a los federales se les daría a elegir entre unirse a las tropas revolucionarias
o bien irse a sus casas mediante la promesa de no volver a hacer armas contra los
constitucionalistas.
Fierro, como era de esperar, fue el encargado de la
ejecución, a la cual dedicó desde luego la eficaz diligencia que tan buen camino
le auguraba ya en el ánimo de Villa, o de “su jefe”, según él decía.
Declinaba la tarde. La gente revolucionaria, tras de
levantar el campo, iba reconcentrándose lentamente en torno del humilde pueblecito
que había sido objetivo de la acción. Frío y tenaz, el viento de la llanura chihuahuense
empezaba a despegar del suelo y apretaba los grupos de jinetes y de infantes: unos
y otros se acogían al socaire de las casas. Pero Fierro –a quien nunca detuvo nada
ni nadie– no iba a rehuir un airecillo fresco que a lo sumo barruntaba la helada
de la noche. Hizo cabalgar a su caballo de anca corta, contra cuyo pelo oscuro,
cano por el polvo de la batalla, rozaba el borde del sarape gris. Iba así al paso.
El viento le daba de lleno en la cara, más él no trataba de eludirlo clavando la
barbilla en el pecho ni levantando los pliegues del embozo. Llevaba enhiesta la
cabeza, arrogante el busto, bien puestos los pies en los estribos y elegantemente
dobladas las piernas entre los arreos de campaña sujetos a los tientos de la montura.
Nadie lo veía, salvo la desolación del llano y uno que otro soldado que pasaba a
distancia. Pero él, acaso inconscientemente, arrendaba de modo que el animal hiciera
piernas como para lucirse en un paseo. Fierro se sentía feliz: lo embargaba el placer
de la victoria –de la victoria, en la cual nunca creía hasta consumarse la completa
derrota del enemigo–, y su alegría interior le afloraba en sensaciones físicas que
tornaban grato el hostigo del viento y el andar del caballo después de quince horas
de no apearse. Sentía como caricia la luz del sol –sol un tanto desvaído, sol prematuramente
envuelto en fulgores encendidos y tormentosos.
Llegó al corral donde tenían encerrados, como rebaño
de reses, a los trescientos prisioneros colorados condenados a morir, y se detuvo
un instante a mirar por sobre las tablas de la cerca. Vistos desde allí, aquellos
trescientos huertistas hubieran podido pasar por otros tantos revolucionarios. Eran
de la fina raza de Chihuahua: altos los cuerpos, sobrias las carnes, robustos los
cuellos, bien conformados los hombros sobre espaldas vigorosas y flexibles. Fierro
consideró de una sola ojeada el pequeño ejército preso, lo apreció en su valor militar
–y en su valer– y sintió una pulsación rara, un estremecimiento que le bajaba desde
el corazón, o desde la frente hasta el índice de la mano derecha. Sin quererlo ni
sentirlo, la palma de esa mano fue a posársele en las cachas de la pistola.
“Batalla, ésta”, pensó.
Indiferentes a todo, los soldados de caballería que
vigilaban a los prisioneros no se fijaban en él. A ellos no les preocupaban más
que la molestia de estar montando una guardia fatigosa –guardia incomprensible después
de la excitación del combate– y que les exigía tener lista la carabina, cuya culata
apoyaban en el muslo. De cuando en cuando, si algún prisionero parecía apartarse,
los soldados apuntaban con aire resuelto y, de ser preciso, hacían fuego. Una onda
rizaba entonces el perímetro informe de la masa de prisioneros, los cuales se replegaban
para evitar el tiro. La bala pasaba de largo o derribaba a alguno.
Fierro avanzó hasta la puerta del corral; gritó a un
soldado, que vino a descorrer las trancas, y entró. Sin quitarse el sarape de sobre
los hombros echó pie a tierra. El salto le deshizo el embozo. Tenía las piernas
entumecidas de cansancio y de frío: las estiró. Se acomodó las dos pistolas. Se
puso luego a observar despacio la disposición de los corrales y sus diversas divisiones.
Dio varios pasos hasta una de las cercas, sin soltar la brida, la cual trabó entre
dos tablas, para dejar sujeto el caballo. Sacó de las cantinas de la silla algo
que se metió en los bolsillos de la chaqueta, y atravesó el corral a poca distancia
de los prisioneros.
Los corrales eran tres, comunicados entre sí por puertas
interiores y callejones angostos. Del que ocupaban los colorados, Fierro pasó, deslizando
el cuerpo entre las trancas de la puerta, al de en medio; en seguida, al otro. Allí
se detuvo. Su figura grande y hermosa, irradiaba un aura extraña, algo superior,
algo prestigioso y a la vez adecuado al triste abandono del corral. El sarape había
venido resbalándole del cuerpo hasta quedar pendiente apenas de los hombros: los
cordoncillos de las puntas arrastraban por el suelo. Su sombrero, gris y ancho de
ala, se teñía de rosa al recibir de soslayo la luz poniente del sol. Vuelto de espaldas,
los prisioneros lo veían desde lejos, a través de las cercas. Sus piernas formaban
compás hercúleo y destellaban; el cuero de sus mitasas brillaba en la luz del atardecer.
A unos cien metros, por la parte exterior a los corrales,
estaba el jefe de la tropa encargada de los prisioneros. Fierro lo vio y le indicó
a señas que se acercara. El oficial cabalgó hasta el sitio de la valla más próximo
a Fierro. Este caminó hacia él. Hablaron. Por momentos, conforme hablaban, Fierro
fue señalando diversos puntos del corral donde se encontraba y del corral contiguo.
Después describió, moviendo la mano, una serie de evoluciones que repitió el oficial
como con ánimo de entender mejor. Fierro insistió dos o tres veces en una maniobra
al parecer muy importante, y el oficial entonces, seguro de las órdenes recibidas,
partió al galope hacia donde estaban los prisioneros.
Entonces tornó Fierro al centro del corral, y otra vez
se mantuvo atentó a estudiar la disposición de las cercas y cuanto las rodeaba.
De los tres corrales, aquel era el más amplio, y según parecía, el primero en orden
–el primero con relación al pueblo–. Tenía, en dos de sus lados, sendas puertas
hacia el campo: puertas de trancas más estropeadas –por mayor uso– que las de los
corrales posteriores, pero de maderos más fuertes. En otro lado se abría la puerta
que daba al corral inmediato. Y el lado último, en fin, no era una simple valla
de madera, sino tapia de adobes, de no menos de tres metros de altura. La tapia
mediría como sesenta metros de largo, de los cuales veinte servían de fondo a un
cobertizo o pesebre, cuyo tejado bajaba de la barda y se asentaba, de una parte,
en los postes, prolongados, del extremo de una de las cercas que lindaban con el
campo, y de la otra, en una pared, también de adobe, que salía perpendicularmente
de la tapia y avanzaba cosa de quince metros hacia los medios del corral. De esta
suerte, entre el cobertizo y la valla del corral próximo venía a quedar un espacio
cerrado en dos de sus lados por paredes macizas. En aquel rincón el viento de la
tarde amontonaba la basura y hacia sonar con ritmo anárquico, golpeándolo contra
el brocal de un pozo, un cubo de hierro. Del brocal del pozo se elevaban dos palos
secos, toscos, terminados en horquetas, sobre los cuales se atravesaba otro más,
y desde este pendía la cadena de una garrucha, que también sonaba movida por el
viento. En lo más alto de una de las horquetas, un pájaro grande –inmóvil, blanquecino–
se confundía con las puntas del palo seco.
Fierro se hallaba a cincuenta pasos del pozo. Detuvo
un segundo la vista sobre la quieta figura del pájaro y, como si la presencia de
este encajara a pelo en sus reflexiones, sin cambiar de expresión, ni de postura,
ni de gesto, sacó la pistola lentamente. El cañón del arma, largo y pulido, se transformó
en dedo de rosa a la luz poniente del sol. Poco a poco el gran dedo fue enderezándose
hasta señalar en dirección del pájaro. Sonó el disparo –seco y diminuto en la inmensidad
de la tarde– y el animal cayó al suelo. Fierro volvió la pistola a la funda.
En aquel instante un soldado, trepando a la cerca, saltó
dentro del corral. Era el asistente de Fierro. Había dado el brinco desde tan alto
que necesitó varios segundos para erguirse otra vez. Al fin lo hizo y caminó hacia
donde estaba su amo. Fierro le preguntó, sin volver la cara:
–¿Qué hubo con esos? Si no vienen luego va a faltar
tiempo.
–Parece que ya vienen ahí –contestó el asistente.
–Entonces, tú ponte allí de una vez. A ver, ¿qué pistola
traes?
–La que usted me dio, mi jefe. La “mitigüeson”.
–Sácala pues, y toma estas cajas de parque. ¿Cuántos
tiros dices que tienes?
–Unas quince docenas, con los que he arrejuntado hoy,
mi jefe. Otros hallaron hartos, yo no.
–¿Quince docenas?… Te dije el otro día que si seguías
vendiendo el parque para emborracharte iba a meterte una bala en la barriga.
–No, mi jefe.
–No mi jefe ¿qué?
–Que me embriago, mi jefe, pero no vendo el parque.
–Pues cuidadito, porque me conoces. Y ahora ponte vivo,
para que me salga bien esta ancheta. Yo disparo y tú cargas las pistolas. Y oye
bien esto que te voy a decir: si por tu culpa se me escapa uno siquiera de los colorados,
te acuesto con ellos.
–¡Ah, qué mi jefe!
–Como lo oyes.
El asistente extendió su frazada sobre el suelo y vació
en ella las cajas de cartuchos que Fierro acababa de darle. Luego se puso a extraer
uno a uno los tiros que traía en las cananas de la cintura. Quería hacerlo tan de
prisa, que se tardaba más de la cuenta. Estaba nervioso, los dedos se le embrollaban.
–¡Ah, qué mi jefe! –seguía pensando para sí.
Mientras tanto, del otro lado de la cerca que limitaba
el segundo corral fueron apareciendo algunos soldados de la escolta. Montados a
caballo, medio busto les sobresalía del borde de las tablas. Muchos otros se distribuyeron
a lo largo de las dos cercas restantes.
Fierro y su asistente eran los únicos que estaban dentro
del primero de los tres corrales: Fierro, con una pistola en la mano y el sarape
caído a los pies; el asistente, en cuclillas, ordenando sobre su frazada las filas
de cartuchos.
***
El jefe de la escolta entró a caballo por la puerta que comunicaba con el
corral contiguo y dijo:
–Ya tengo listos los primeros diez. ¿Te los suelto?
Fierro respondió:
–Sí, pero antes entéralos bien del asunto: en cuanto
asomen por la puerta yo empezaré a dispararles; los que lleguen a la barda y la
salten quedan libres. Si alguno no quiere entrar, tú métele bala.
Volvió el oficial por donde había venido, y Fierro,
pistola en mano, se mantuvo alerta, fijos los ojos en el estrecho espacio por donde
los prisioneros iban a irrumpir. Se había situado lo bastante próximo a la valla
divisoria para que, al hacer fuego, las balas no alcanzaran a los colorados que
todavía estuviesen del lado de ella: quería cumplir lealmente lo prometido. Pero
su proximidad a las tablas no era tanta que los prisioneros, así que empezase la
ejecución, no descubrieran, en el acto mismo de trasponer la puerta, la pistola
que les apuntaría a veinte pasos. A espaldas de Fierro el sol poniente convertía
el cielo en luminaria roja. El viento seguía soplando.
En el corral donde estaban los prisioneros creció el
rumor de voces –voces que los silbos del viento destrozaban, voces como de vaqueros
que arrearan ganado–. Era difícil la maniobra de hacer pasar del corral último al
corral de en medio a los trescientos hombres condenados a morir en masa; el suplicio
que los amenazaba hacía encresparse su muchedumbre con sacudidas de organismo histérico.
Se oía gritar a la gente de la escolta, y, de minuto en minuto, los disparos de
carabina recogían las voces, que sonaban en la oquedad de la tarde como chasquido
en la punta de un latigazo.
De los primeros prisioneros que llegaron al corral intermedio
un grupo de soldados segregó diez. Los soldados no bajaban de veinticinco. Echaban
los caballos sobre los presos para obligarlos a andar; les apoyaban contra la carne
las bocas de las carabinas.
–¡Traidores! ¡Jijos de la rejija! ¡Ora vamos a ver qué
tal corren y brincan! ¡Eche usted p’allá, traidor!
Y así los hicieron avanzar hasta la puerta de cuyo otro
lado estaban Fierro y su asistente. Allí la resistencia de los colorados se acentuó;
pero el golpe de los caballos y el cañón de las carabinas los persuadieron a optar
por el otro peligro, por el peligro de Fierro, que no estaba a un dedo de distancia,
sino a veinte pasos.
Tan pronto como aparecieron dentro de su visual, Fierro
los saludó con extraña frase –frase a un tiempo cariñosa y cruel, de ironía y de
esperanza:
–¡Ándenles, hijos: que nomás yo tiro y soy mal tirador!
Ellos brincaban como cabras. El primero intentó abalanzarse
sobre Fierro, pero no había dado tres saltos cuando cayó acribillado a tiros por
los soldados dispuestos a lo largo de la cerca. Los otros corrieron a escape hacía
la tapia: loca carrera que a ellos les parecería como de sueño. Al ver el brocal
del pozo, uno quiso refugiarse allí: la bala de Fierro lo alcanzó el primero. Los
demás siguieron alejándose; pero uno a uno fueron cayendo –Fierro disparó ocho veces
en menos de seis segundos–, y el último cayó al tocar con los dedos los adobes que,
por un extraño capricho de este momento, separaban de la región de la vida la región
de la muerte. Algunos cuerpos dieron aún señales de estar vivos; los soldados, desde
su sitio, tiraron para rematarlos.
Y vino otro grupo de diez, y luego otro, y otro, y otro.
Las pistolas de Fierro –dos suyas, la otra de su ordenanza– se turnaban en la mano
homicida con ritmo infalible. Cada una disparaba seis veces –seis veces sin apuntar,
seis veces al descubrir– y caía después encima de la frazada. El asistente hacia
saltar los casquillos quemados y ponía otros nuevos. Luego, sin cambiar de postura,
tendía hacia Fierro la pistola, el cual la tomaba casi al soltar la otra. Los dedos
del asistente tocaban las balas que segundos después tenderían sin vida a los prisioneros;
pero él no levantaba los ojos para ver a los que caían: toda su conciencia parecía
concentrarse en la pistola que tenía entre las manos y en los tiros, de reflejos
de oro y plata, esparcidos en el suelo. Dos sensaciones le ocupaban lo hondo de
su ser: el peso frío de los cartuchos que iba metiendo en los orificios del cilindro
y el contacto de la epidermis, lisa y cálida, del arma. Arriba, por sobre su cabeza,
se sucedían los disparos con que su jefe se entregaba al deleite de hacer blanco.
El angustioso huir de los prisioneros en busca de la
tapia salvadora –fuga de la muerte en una sinfonía espantosa donde la pasión de
matar y el ansia inagotable de vivir– duró cerca de dos horas.
Ni un instante perdió Fierro el pulso o la serenidad.
Tiraba sobre blancos móviles y humanos, blancos que daban brincos y traspiés entre
charcos de sangre y cadáveres en posturas inverosímiles, pero tiraba sin más emoción
que la de errar o acertar. Calculaba hasta la desviación de la trayectoria por obra
del viento y de un disparo a otro la corregía.
Algunos prisioneros, poseídos de terror, caían de rodillas
al trasponer la puerta; la bala los doblaba. Otros bailaban danza grotesca al abrigo
del brocal del pozo hasta que la bala los curaba de su frenesí o los hacía caer,
heridos, por la boca del hoyo. Casi todos se precipitaban hacia la pared de adobes
y trataban de escalarla trepando por los montones de cuerpos entrelazados, calientes,
húmedos, humeantes: la bala los paralizaba también. Algunos lograban clavar las
uñas en la barda, hecha de paja y tierra, pero sus manos, agitadas por intensa ansiedad
de vida, se tornaban de pronto en manos moribundas.
Hubo un momento en que la ejecución en masa llegó a
envolverse en un clamor tumultuario donde descollaban los chasquidos secos de los
disparos, opacados por la inmensa voz del viento. De un lado de la cerca gritaban
los que huían de morir y al cabo morían; de otro, los que se defendían del empuje
de los jinetes y pugnaban por romper el cerco que los estrechaba hasta la puerta
terrible. Y al griterío de unos y otros se sumaban las voces de los soldados distribuidos
en el contorno de las cercas. Estos habían ido enardeciéndose con el alboroto de
los disparos, con la destreza de Fierro y con los lamentos y el accionar frenético
de los que morían. Saludaban con exclamaciones de regocijo la voltereta de los cuerpos
al caer; vociferaban, gesticulaban; histéricos, reían a carcajadas al hacer fuego
sobre los montones de carne humana donde advertían el menor indicio de vida.
El postrer pelotón de los ajusticiados no fue de diez
víctimas, sino de doce. Los doce salieron al corral de la muerte atropellándose
entre sí, procurando cada uno cubrirse con el grupo de los demás, a quien trataban
de adelantarse en la horrible carrera. Para avanzar hacían corcovas sobre los cadáveres
hacinados, pero la bala no erraba por eso: con precisión siniestra iba tocándolos
uno tras otro y los dejaba a medio camino de la tapia –abiertos de brazos y de piernas–
abrazados al montón de sus hermanos inmóviles. Sin embargo, uno de ellos, el último
que quedaba con vida, logró llegar hasta la barda misma y salvarla… El fuego cesó
de repente y el tropel de soldados se agolpó en el ángulo del corral inmediato para
ver al fugitivo…
Pardeaba la tarde. La mirada de los soldados tardó en
acostumbrarse al parpadeo interferente de las dos luces. De pronto no vieron nada.
Luego, allá lejos, en la inmensidad de la llanura ya medio en sombra, fue cobrando
precisión un punto móvil, un cuerpo que corría. Tanto se doblaba el cuerpo al correr,
que por momentos se le hubiera confundido con algo rastreante a flor de suelo…
Un soldado levantó el rifle para hacer blanco:
–Se ve mal –dijo y disparó.
La detonación se perdió en el viento del crepúsculo.
El punto siguió su carrera…
***
Fierro no se había movido de su sitio. Rendido el brazo, largo tiempo lo
tuvo suelto hacia el suelo. Luego notó que le dolía el índice y levantó la mano
hasta los ojos: en la semioscuridad comprobó que el dedo se le había hinchado ligeramente;
se lo oprimió con blandura entre los dedos y la palma de la otra mano. Y así se
mantuvo: largamente entregado todo él a la dulzura de un masaje moroso. Por fin,
se inclinó para recoger del suelo el sarape, del cual se había desembarazado desde
los preliminares de la ejecución. Se lo echó sobre los hombros y caminó para acogerse
al socaire del cobertizo. A los pocos pasos se detuvo y dijo al asistente:
–Así que acabes, tráete los caballos.
Y siguió andando.
El asistente juntaba los cartuchos quemados. En el corral
contiguo los soldados de la escolta desmontaban, hablaban, canturreaban. El asistente
los escuchaba en silencio y sin levantar la cabeza. Después se irguió con lentitud.
Cogió la frazada por las cuatro puntas y se la echó a la espalda; los casquillos
vacíos sonaron dentro con sordo cascabeleo.
Había anochecido. Brillaban algunas estrellas. Brillaban
las lucecitas de los cigarros al otro lado de las tablas de la cerca. El asistente
rompió a andar con paso débil y fue, medio a tientas, hasta el último de los corrales,
de donde regresó a poco trayendo de la brida los dos caballos –el de su amo y el
suyo– y, sobre uno de los hombros, la mochila de campaña.
Se acercó al pesebre. Sentado sobre una piedra Fierro
fumaba en la oscuridad. En las juntas de las tablas silbaba el viento.
–Desensilla y tiéndeme la cama –ordenó Fierro–; ya no
aguanto el cansancio.
–¿Aquí, en este corral, mi jefe? ¿Aquí?
–Sí, aquí. ¿Por qué no?
Hizo el asistente como le ordenaban. Desensilló y tendió
las mantas sobre la paja, arreglando con el maletín y la montura una especie de
cabezal. Minutos después de tenderse allí, Fierro se quedó dormido.
El asistente encendió su linterna, dio grano a los animales
y dispuso lo necesario para que pasaran bien la noche. Luego apagó la luz, se envolvió
en su frazada de nuevo, se hincó de rodillas y se persignó. En seguida volvió a
tenderse en la paja…
***
Pasaron seis, siete horas. Había caído el viento. El silencio de la noche
se empapaba en luz de luna. De tarde en tarde sonaba próximo el estornudo de algún
caballo. Brillaba el claro lunar en la abollada superficie del cubo del pozo y hacía
sombras precisas al tropezar con todos los objetos; con todos, menos con los montones
de cadáveres. Estos se hacinaban, enormes en medio de tanta quietud, como cerros
fantásticos, cerros de formas confusas, incomprensibles.
El azul plata de la noche se derramaba sobre los muertos
con la más pura limpidez de la luz. Pero insensiblemente aquella luz de noche fue
convirtiéndose en voz, voz también irreal y nocturna. La voz se hizo distinta: era
una voz apenas perceptible, apagada, doliente, moribunda, pero clara en su tenue
contorno como las sombras que la luna dibujaba sobre las cosas. Desde el fondo de
uno de los montones de cadáveres la voz parecía susurrar:
–Ay… Ay…
Luego calló, y el azul de plata de la noche volvió a
ser solo luz. Mas la voz se oyó de nuevo:
–Ay… Ay…
Fríos e inertes desde hacía horas, los cuerpos apilados
en el corral seguían inmóviles. Los rayos lunares se hundían en ellos como en una
masa eterna. Pero la voz tornó:
–Ay… Ay… Ay…
Y este último “ay” llegó hasta el sitio donde Fierro
dormía e hizo que la conciencia del asistente pasara del olvido del sueño a la sensación
de oír. El asistente recordó entonces la ejecución de los trescientos prisioneros,
y el solo recuerdo lo dejó quieto sobre la paja, entreabiertos los ojos y todo él
pendiente del lamento de la voz, pendiente con las potencias íntegras de su alma…
–Ay… Por favor…
Fierro se agitó en su cama…
–Por favor… agua…
Fierro despertó y prestó oído…
–Por favor… agua…
Entonces Fierro alargó un pie hasta su asistente.
–¡Eh, tú! ¿No oyes? Uno de los muertos está pidiendo
agua.
–¿Mi jefe?
–¡Que te levantes y vayas a darle un tiro a ese jijo
de la tiznada que se está quejando! ¡A ver si me deja dormir!
–¿Un tiro a quién, mi jefe?
–A ese que pide agua, ¡imbécil! ¿No entiendes?
–Agua, por favor –repetía la voz.
El asistente sacó la pistola de debajo de la montura
y, empuñándola, se levantó y salió del pesebre en busca de los cadáveres. Temblaba
de miedo y de frío. Uno como mareo del alma lo embargaba.
A la luz de la luna buscó. Cuantos cuerpos tocaba estaban
yertos. Se detuvo sin saber qué hacer. Luego disparó sobre el punto de donde parecía
venir la voz; la voz se oyó de nuevo. El asistente tornó a disparar: se apagó la
voz.
La luna navegaba en el mar sin límites de su luz azul.
Bajo el techo del pesebre dormía Fierro.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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