Isaac Asimov
El mayor complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac…
Multivac, la gigantesca computadora que había ido creciendo en el transcurso de
medio siglo, hasta que sus diversas ramificaciones se extendieron por todo
Washington, DC, y sus suburbios, alcanzando con sus tentáculos todas las
ciudades y poblaciones de la Tierra.
Un ejército de servidores le suministraba constantemente
datos, y otro ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de
ingenieros recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se
dedicaban a mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que
nada le faltara a la monstruosa máquina.
Multivac dirigía la economía del planeta y ayudaba al
progreso científico. Pero por encima de esto, constituía la cámara de
compensación central donde se almacenaban todos los datos conocidos acerca de
cada habitante de la Tierra.
Y todos los días formaba parte de los innumerables
deberes de Multivac pasar revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno
para cada habitante de la Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos
para un día más. Todas las Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los
datos apropiados para su propia jurisdicción y la totalidad de ellos se
presentaba en un grueso volumen al Departamento Central de Correcciones de Washington,
DC
Bernard Gulliman estaba en su cuarta semana de servicio
al frente del Departamento Central de Correcciones, para el cual había sido
nombrado presidente por un año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe
matinal sin asustarse demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas
de más de quince centímetros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que
lo leyera todo (era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embargo, era
entretenido hojearlo.
Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de
antemano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios
provocados, etcétera.
Buscó un apartado particular y sintió una ligera sorpresa
al descubrirlo, y luego otra al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una
sino dos. Dos asesinatos en primer grado. No había visto dos juntos en un solo
día en todo el tiempo que llevaba de presidente.
Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el
solícito semblante de su coordinador apareciera en la pantalla.
–Ali –le dijo Gulliman–, hoy tenemos dos primeros grados.
¿Hay algún problema insólito?
–No, señor.
El rostro de morenas facciones y ojos negros y
penetrantes mostraba cierta expresión de inquietud.
–Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy
bajo –dijo.
–Eso ya lo sé –repuso Gulliman–. Pude ver que ninguno de ellos
presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos,
debemos velar por el prestigio de Multivac. Logré borrar prácticamente el
crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al
impedir asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más
espectaculares.
Ali Othman asintió.
–Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.
–También se dará usted cuenta, supongo –prosiguió
Gulliman–, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si
se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato
en primer grado, su cargo está en juego. ¿Me entiende?
–Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en
potencia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos.
Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas están bajo observación.
Comprobé las probabilidades de que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.
–Buen trabajo –dijo Gulliman, cortando la comunicación.
Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se
había mostrado demasiado severo con su subordinado… Pero había que tener mano
firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegaran a imaginarse
que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles
quién mandaba allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde
que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de
propiedad que llegaban a ser irritantes.
Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser
crucial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había
conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar
u otro de la Tierra. Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido
ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor.
Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese
ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber
ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la
favorable publicidad que comportaría para su persona…
Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía,
según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de
ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a
tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el
porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad.
Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista
de crímenes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía
no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía
moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuera imponiendo en
la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por
no recibir ninguno.
Gulliman observó que en la lista también figuraban
algunos maridos vapuleados.
Ali Othman quitó la conexión y se quedó mirando la
pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva
incipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:
–¿Qué hacemos?
–¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un
par de asesinatos sin importancia.
–Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar
resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un
ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto,
creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos
actuar.
Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio
inferior.
–Lo malo del caso es… ¿Qué haremos si nos equivocamos? –dijo–.
Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.
–Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a
nadie, pues seremos arrastrados por la catástrofe general –con la mayor
vivacidad, Othman añadió–: pero, vamos a ver, las probabilidades son sólo del doce
punto tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato,
dejamos que el porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar.
Todavía puede presentarse una corrección espontánea.
–Yo no confiaría demasiado en ello –dijo Leemy secamente.
–No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin
embargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento
nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí
solo; tienen que existir cómplices.
–Multivac no los nombró.
–Ya lo sé. Sin embargo…
No terminó la frase.
Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de
aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único
crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se
preguntaron qué podían hacer.
Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de
Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda de que era uno
de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados.
Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos
en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron
el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y
por eso sus padres solicitaron boletos para ellos y también permitieron que Ben
lo hiciera. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron boleto, Ben
fue uno de los autorizados a sacarlo.
Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el
juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de
hacerlo era casi lo mismo para él.
Sus padres lo vistieron (o lo hicieron vestir, mejor
dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la
familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, quien
se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico
preliminares.
El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la
población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su
asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y
centenares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a
la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas
épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era
Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido
entre la multitud de adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.
El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga
esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero
entonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y
Ben dejó de mirar para prestar atención.
El hombre del estrado dijo por el micrófono:
–Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido
público. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de
dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el
juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los
reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está
realizada, pero queda lo más importante. La personalidad completa de cada uno
de ustedes debe pasar a los archivos de Multivac.
“Todos los años esto requiere cierta explicación para los
jóvenes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha –dijo volteando hacia
los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público–, hasta esta fecha,
hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no los considera individuos
adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados
especialmente por sus padres o por el Gobierno.
“Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar
los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban sus fichas. Llegó ahora el
momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad.
Sus padres nos han comunicado cuáles son sus notas escolares, qué enfermedades
han tenido, cuáles son sus costumbres… Eso, y muchas cosas más. Pero ahora
todavía deben decirnos más aún; sus más íntimos pensamientos; sus más secretos anhelos.
“Es difícil hacerlo la primera vez; incluso violento,
pero hay que hacerlo. Una vez que lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis
completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá sus acciones y reacciones. Incluso
podrá prever con notable exactitud su comportamiento futuro.
“De esta manera, Multivac los protegerá. Si están en
peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá.
Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta
se cometa, con el resultado de que no tendrán que ser castigados por ella.
“Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes,
Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes
terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden
acudir a Multivac con él, y Multivac, que los conoce a todos, podrá ayudarles a
resolverlo.
“Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a
facilitar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la
mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o precaución. Nadie conocerá
nunca sus respuestas excepto Multivac, a menos que sea necesario conocerlas
para protegerlos. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del
Gobierno, que poseen autorización especial.
“Pudiera ocurrir que deformaran la verdad más o menos intencionadamente.
No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus
respuestas debe formar un conjunto coherente. Si algunas de las respuestas son
falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre
ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un
conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les
aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad”.
Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los
formularios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben,
poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual
todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el “desfile de los
adultos”. Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el
expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable.
Por lo tanto, no estaban preparados para enfrentarse con
el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron helados cuando un
joven de rostro severo, vestido de uniforme y apostado a la puerta de su propia
casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos
entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con
expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.
Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años
desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos
(uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:
–Estoy bajo arresto domiciliario.
Ben y Michael se quedaron de una pieza.
Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó
únicamente el sumario y quedó más que satisfecho.
No había duda que toda una generación ya estaba
acostumbrada a que Multivac predijera la comisión de los delitos más
importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentaran
en el lugar donde iba a cometerse el delito antes de que éste pudiera llevarse
a cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarreara
para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco arraigó el
convencimiento que era imposible engañar a Multivac.
El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se
planearon menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y
la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadiendo a la lista de delitos que
el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la
ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.
Entonces Gulliman ordenó que se realizara un análisis
(sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía
Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los médicos podrían
ser llamados con rapidez para visitar y tratar a individuos susceptibles devolverse
diabéticos antes de un año, o expuestos a sufrir una tisis galopante o un
cáncer.
Más vale prevenir…
¡Y el resultado del análisis fue favorable!
Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del
día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado.
Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a
Ali Othman por el intercomunicador:
–Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en
las listas diarias de la semana pasada, comparado con el promedio de mi primera
semana como presidente?
El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en
un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso
de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no
lo sabían. Se congratuló por su suerte, que lo había llevado a ocupar la presidencia
en el momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la
enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector.
Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de
Gulliman.
Othman se encogió de hombros.
–El jefe está muy contento –dijo.
–¿Cuándo hacemos estallar la bomba? –dijo Leemy–. El
hecho de poner a Manners en observación sólo logró elevar las probabilidades.
El arresto domiciliario no hizo más que incrementarlas.
–Ya lo sé, hombre –dijo el otro, con impaciencia–. Lo que
no sé es por qué.
–Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al
darse cuenta de que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que
actuar en seguida o la intentona fracasará.
–Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo,
los demás huirán y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da
los nombres de los cómplices?
–¿Se lo decimos a Gulliman?
–No, todavía no. Las probabilidades son todavía de diecisiete
punto tres por ciento. Aún podemos hacer algo.
Elizabeth Manners le dijo a su hijo menor:
–Vete a tu cuarto, Ben.
–Pero, ¿qué pasa, mamá? –preguntó Ben con voz quebrada,
al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.
–¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!
El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y
empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió
sigilosamente.
Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía
pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia,
dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:
–¿Qué pasa?
Joe Manners repuso:
–Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he
hecho nada.
–De eso estamos todos convencidos –dijo Mike, mirando
estupefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso–. Deben haber venido
porque pensabas hacer algo.
La señora Manners le interrumpió con enojo:
–¿Qué quieres que pensara tu padre que pueda provocar
semejante… semejante despliegue de fuerzas? –describió un amplio círculo con el
brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió–: Cuando yo
era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una
vez, y le dijeron que no pensara más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta
mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían
estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo
supe –frotándose las gordezuelas manos con lentitud, prosiguió–: lo que quiero
decir es que se trataba de cincuenta mil dólares… una cantidad muy respetable.
Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu
padre, para requerir la presencia de una docena de policías que rodearon la
casa?
El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:
–No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e
insignificante… se los juro.
Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo
adulto, dijo:
–Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de
resentimiento hacia tu jefe.
–¿Hasta tal punto que me hiciera desear matarlo? ¡No!
–¿Y no quieren decirte de qué se trata?
Su madre los interrumpió de nuevo:
–No, no quieren. Ya se los preguntamos. Les dije que, con
su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el
barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que
pudiéramos defendernos y ofrecer explicaciones.
–¿Y ellos no quieren?
–No quieren.
Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las
manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:
–Verás, mamá… es que Multivac no se equivoca nunca.
Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del
sofá.
–Les repito que no planeo ningún crimen.
Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre
uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable
y oficial.
–¿Es usted Joseph Manners? –preguntó.
El cabeza de familia se puso en pie.
–Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?
–Joseph Manners, queda usted detenido por orden del
Gobierno –y exhibió brevemente su carnet de oficial de Correcciones–. Tengo que
rogarle que me acompañe.
–¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?
–No estoy autorizado a decírselo.
–Pero no pueden detenerme por planear un crimen, incluso admitiendo
que lo estuviera planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo
contrario, no pueden. Es contrario a la ley.
El oficial no atendía a razones.
–Le ruego que me acompañe.
La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el
sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgredir el
código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a
obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando
a la gente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera
de la habitación.
Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:
–Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si
al menos lo supiera… ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?
La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido
como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la
puerta y luego a su madre, anegada en llanto.
Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de
pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía
exactamente lo que había que hacer.
Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería.
Ben recordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo
día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta
podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular
que fuera a ella en busca de consejo.
Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se
disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba;
además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían
dado para aquel día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba,
qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.
Salió por la parte trasera y el agente apostado a la
puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.
Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore.
Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio
civil. En ciertos aspectos tal vez tuviera razón, y los que lo oían hablar de
ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados.
Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba
principalmente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la
Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea de que sus pensamientos e
impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían
recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio
de esto, había que dar algo a la Humanidad.
Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y
seguridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos
necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron.
Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación
Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas
y preguntas, con libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos
minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.
En cualquier instante del día o de la noche, cinco
millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía
Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respuestas.
Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi
siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas.
Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de
expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban.
Todos los semblantes de los que formaban la cola estaban iluminados por
distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras
se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que
predominaba.
Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario
impreso, debidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:
–Cabina 5-B.
–¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?
Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa.
Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no
hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:
–¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?
–Sí, señor.
Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.
–Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente
igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo;
hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas
ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho,
ala derecha.
Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta
perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no
podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía
preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades
eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus
profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas
paradójicas o absurdas…
Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin
necesidad de ayuda.
Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban
archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la
Humanidad en general y sus representantes individuales en particular. Incluso
las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la
personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentara su
conocimiento de los hombres.
Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en
la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turbación
reflejada en el semblante.
Ali Othman recorría la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con
golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.
–Las probabilidades siguen aumentando. En este momento
son del veintidós punto cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners,
y las probabilidades siguen aumentando.
El sudor corría a raudales por su cara.
Leemy dejó el teléfono en su soporte.
–Todavía no ha confesado. Lo han sometido a la Prueba Síquica,
pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posible que diga la
verdad.
–¿Entonces, es que Multivac se volvió loca? –dijo Othman.
Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a
cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla
apareció la cara de un oficial de Correcciones, quien dijo:
–¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor,
respecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su
antojo, como han hecho hasta ahora?
–¿Qué quiere usted decir, con eso de “como han hecho
hasta ahora”?
–Las primeras órdenes que recibimos se referían al
arresto domiciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la
familia, señor.
–Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en
espera de recibir nuevas órdenes.
–Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el
hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste desapareció y su madre
y su hermano piensan que también lo detuvieron y piden que los llevemos a la
jefatura para aclarar la suerte del muchacho.
Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:
–¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?
–Dieciséis, señor –repuso el agente.
–Dieciséis, y se fue. ¿Sabe usted a dónde?
–Lo dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerlo.
–No se retire. Un momento –Othman suspendió
momentáneamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió–:
¡Estúpido de mí!
Leemy le miró, sorprendido.
–¿Qué demonios te pasa?
–Este individuo tiene un hijo de dieciséis años –dijo
Othman con voz ahogada–. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo
registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre –miró
furioso a Leemy–. Hasta cumplir dieciocho años un joven no tiene ficha separada
en Multivac, sino que sus datos figuran en la de su padre… Eso lo sabe cualquiera.
¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, idiota, ¿cómo pudo habérsete olvidado
también?
–¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe
Manners? – preguntó Leemy.
–Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos escapó.
A pesar de tener la casa rodeada de policías, él salió con toda tranquilidad y
se fue a realizar ve a saber qué infernal misión.
Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del
cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un
minuto había permitido que Othman recuperara el dominio de sí mismo, asumiendo
de nuevo su expresión fría y segura (hubiera sido altamente perjudicial para su
prestigio representar una escena ante los ojos de un policía, aunque eso habría
aliviado considerablemente su mal humor).
–Oficial –dijo entonces–, trate de localizar al muchacho
que desapareció. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante
les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a
toda costa.
El oficial contestó:
–Sí, señor.
La conexión se interrumpió. Othman dijo:
–Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.
Cinco minutos después, Leemy comunicó:
–Han bajado a diecinueve punto seis por ciento. Y siguen
bajando.
Othman dejó escapar un largo suspiro.
–Por fin estamos sobre la buena pista.
Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente: “Me llamo
Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, fue detenido,
pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarlo de algún modo?”
Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar de
que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando
vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado
por la mente humana; sabía también que se barajarían y se coordinarían un
trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada.
Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta.
Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como
sigue:
“Toma el expreso a Washington, DC, inmediatamente.
Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial
sobre la que se lee ‘Multivac’ y ante la que hay unos guardias. Di a uno de
ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar.
“Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta
encontrar una puerta sobre la que dice ‘Interior’. Entra y di a los guardias de
dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Estos te franquearán el paso.
Sigue entonces…”
Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía
que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en
Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.
Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners
hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la
hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente
aturrullado ante el número e importancia de los hombres que fueron a verlo en
relación con aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.
–Sí, un muchacho de esas señas –dijo–, pero ignoro adónde
fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos
a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.
Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas
a Jefatura sin perder un instante.
Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó.
Consiguieron hacerlo reaccionar casi enseguida. Con voz débil, dijo a Leemy:
–Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de
la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman
inmediatamente.
Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan
perturbado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un
escalofrío le recorría el espinazo.
Con voz trémula y entrecortada, preguntó:
–¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de…
de algo peor que un asesinato?
–Mucho, muchísimo peor que un asesinato.
Gulliman estaba muy pálido.
–¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario
del Gobierno? (Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo quien…)
Othman asintió:
–No un funcionario del Gobierno. El funcionario del
Gobierno por excelencia.
–¿El secretario general? –aventuró Gulliman con un
murmullo ahogado.
–Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot
para asesinar a Multivac.
–¡CÓMO!
–Por primera vez en la historia de Multivac, la
computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.
–¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?
Othman no mintió demasiado al responder:
–Como se trataba de un caso sin precedente, señor,
estudiamos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.
–Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha
salvado.
–Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro
por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el informe
definitivo de un momento a otro.
–Traigo un recado para el doctor Trumbull –dijo Ben Manners al hombre
instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que
parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.
–Muy bien, Jim –dijo el hombre–. Adelante.
Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a
seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente,
en el instante en que un indicador mostrase una luz roja.
Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de
pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levantaban
del suelo.
Uno de sus captores dijo:
–Acompáñanos, muchacho.
La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable
al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:
–Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.
–Por el momento.
Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.
–¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que
significaría la destrucción de Multivac, aunque fuera por breve tiempo? Se
hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores
que un… –alzó de pronto la cabeza–. ¿Qué quiere usted decir con eso de “por el
momento”?
–Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer
daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e
indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir
las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha
conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.
–¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho
que bajara una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de
circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso
que Multivac proponía su propia destrucción para ayudar a un solo hombre?
–Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas
instrucciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un
extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo
tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiera reparos.
–¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?
–Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a
hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre
jamás habría sido detenido si Multivac no lo hubiera acusado de tramar su
propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos
que casi condujeron a la propia destrucción de Multivac.
–Pero eso no tiene pies ni cabeza –dijo Gulliman con voz quejumbrosa.
Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas
para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto
a Multivac, que devolviera la tranquilidad a su ánimo.
Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:
–Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en
este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo
elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin
de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada.
No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la
probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que
dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que
dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probablemente aprenderá las artes
del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora,
todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia
destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día
Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último
presidente de esta organización.
Gulliman aporreó furioso su mesa.
–Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le
ocurre? ¿No podemos repararla?
–No lo creo –repuso Othman, dominado por una callada desesperación–.
Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo,
estoy convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es
demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no
son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.
Gulliman le miró antes de decirle:
–Está usted loco. Pero… ¿y qué si fuera así?
–Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar
con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que vele por
todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le confiamos todos nuestros
secretos; le hicimos absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de
nosotros acudimos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme
fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta
criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana –Othman se interrumpió un
momento, antes de proseguir con excitación–: señor Gulliman, Multivac está
harta de cargar con todos los males del mundo.
–Esto es una locura. Una completa locura –masculló
Gulliman.
–En ese caso, permítame que le demuestre algo muy
importante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de
Multivac que tiene en su despacho?
–¿Para qué?
–Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho
jamás.
–Supongo que no le será perjudicial –preguntó Gulliman,
alarmado.
–No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.
El presidente vaciló un momento. Luego dijo:
–Adelante.
Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre
la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta: “Multivac,
¿qué es lo que deseas?”
El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les
pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar.
Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre
ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:
“Deseo morir”.
(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos.
Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)
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