Augusto Guzmán
Cuando el correo de Cochabamba se anunció a toque de pututu por las calles
del pueblo, don Benjamín Díaz Vela había acabado de comer un plato de saisi y de
beber su acostumbrada chicha. La familia pasaba en el campo temporada veraniega.
Y él, que había venido a vender maíz y muko, no estaba sino a la espera de ese correo
para recoger los periódicos de la capital, y su correspondencia.
A pasos lentos bajó desde su casa a la oficina de correos,
en la plaza, siguiendo la angosta e inclinada acera de la calle que le obligaba
a apoyarse en el bastón de chonta. Debajo de la galería, esperaban muchas personas
la distribución de cartas.
El redondeado y rubicundo Benjamín era hombre retraído,
de pocas amistades aunque de mucha parentela. Para no entablar conversación alguna,
contestó los saludos de sus paisanos con ademanes cortantes y se fue derechamente
a la ventanilla de oficina donde una simpática empleada, de moño alto y agradable
acento, le entregó sin dilación su paquete de papeles.
–Don Benjamín, tiene Ud. periódicos y una carta del
Banco Hipotecario.
–Muchas gracias, señorita Eloína.
Al emprender la subida de regreso Díaz Vela comenzó
a sentir cierta desazón por la carta del Banco. Había solicitado una prórroga de
seis meses para una obligación cuyo plazo vencía en dos semanas más.
Tenía corazonada de negativa. Aunque podía leer en la
calle, pues no pasaba de las cinco de la tarde, prefirió hacerlo en el patio de
su casa. Sentado en un viejo sillón de forro verde, junto a los alegres limoneros
que perfumaban el recinto, y mientras consentía que sus tordos le picotearan familiarmente
los zapatos por las fajas de resorte, sobre los tobillos, encontró que su presentimiento
había sido cabal. El banco se negaba a conceder la prórroga y exigía cortésmente
la devolución de los diez mil bolivianos prestados por tres años con la garantía
de la finca de Lomalarga.
El escarabajo travieso de la preocupación comenzó a
rascar el descansado y apacible cerebro del terrateniente Díaz Vela, cuyo hijo menor
había partido a Europa, hacía poco, con objeto de estudiar medicina en una universidad
alemana. Él hallaba en su conciencia que no había sido puntual en los pagos de amortización
fijados en la escritura de préstamo, Tampoco pudo serlo en los de intereses. Todo
esto por ayudar a Rómulo cuya vida de estudiante provinciano con el título de “hijo
de padres ricos” le costó caro en Cochabamba y ahora le costaba mucho más. Tampoco
le demandaba poco gasto sostener el rango de su mujer y de sus tres hijas mozas,
dotadas de belleza, imaginación y buen gusto para gastar el dinero con la elegante
despreocupación que exigía el buen tono en la pequeña ciudad. Las rentas feudales
eran crecidas, pero los gastos se sobreponían a ellas con gallarda preeminencia
que por fuerza requería del crédito. Para salir de la deuda tendría que venderle
al cura una de sus propiedades, sin duda la más pequeña, esa de Veladeros con seis
colonos. Era una solución dolorosa. Se trataba nada menos que de la propiedad heredada
a sus padres, henchida de sus recuerdos de infancia.
Díaz Vela acabó de leer en cama, a la discreta luz de
una lámpara de kerosén, los diarios. Pasándose la mano por la rubescente calva,
comprendió que no podría dormir. La prensa no traía nada sensacional. Continuaban
los artículos en torno a la obra y la personalidad del presidente Montes. Se sentía
solo y fatigado. Su hacienda de Veladeros se le desprendía del corazón, desgarrándose
quejumbrosamente, a las manos del párroco que la ambicionaba desde hacía tiempo.
El reloj de la iglesia dio las ocho.
–¡Tata Lanchi! –su llamado salió por la puerta de dos
hojas, abierta en una mitad, y fue a despertar en el zaguán al mayordomo de Lomalarga,
yacente sobre un par de cueros de carnero, al lado de los pongos.
–Tatay, patrón –contestó Lanchi acercándose solícito
al lecho de su amo que le ordenó en quichua.
–Ven a charlarme un poco. No me viene el sueño.
–Bueno, patrón.
El indio se sentó en el suelo, junto a la puerta, a
discreta distancia del catre de metal amarillo, cuyos barrotes y varillas brillaban
como el oro. Hablaron de la cosecha y de la siembra, del régimen de lluvias nunca
satisfactorio, de las heladas y del polvillo en el trigo, del rendimiento del molino,
de las entregas de pollos, huevos y quesillos; del herbaje de ganado mayor y menor;
del estricto cumplimiento de las obligaciones personales. El indio, provecto y experimentado,
tocaba los temas de interés patronal, pues sabía de sobra que sus problemas personales
y los de los colonos carecían de importancia. Su charla se desataba y discurría
apacible como un arroyo claro por un cauce sin tropiezos. Pero Díaz Vela no conciliaba
el sueño. Se sumía en largos silencios y oía llover la charla de Lanchi hasta que
al agotarse el tema callaba el comedido relator moviéndole a nueva incitación con
preguntas y tanteos sobre esto y lo otro. Al cabo el indio, que tragaba la saliva
amarga de su bolo de coca para no escupir sobre la alfombra, osó representar ante
su amo, medrosamente, cuando este le repetía el consabido:
–¿Qué más hay? Sigue no más contando.
–Ya de todo te he contado pues patrón. Ya no tengo más
para contarte. Tendrás acaso alguna preocupación muy grande para no dormir. Tal
vez fuera bueno que tomes un poco de chichita. Iré a comprarte si quieres patrón.
–¡Oh tata Lanchi! –respondió Díaz Vela– bien sabes que
yo no tomo más de uno o dos vasos sobre la comida. Tengo mis razones para no dormir.
El Banco de Cochabamba me cobra diez mil pesos. Para pagarlos tendré que vender
mi finquita de Veladeros. Todo esto por mis hijos. Romulito me cuesta mucha plata.
Si ya no recuerdas nada por lo menos inventa pues algo, Lanchi, para distraerme.
No puedo esta noche con la soledad que me rodea.
–Así es patrón. Una desgracia muy grande –lo compadeció
el mayordomo.
Y seguidamente recordando las exploraciones de unos
cateadores de minas que habían estado semanas antes por Lomalarga, continuó su charla.
–Olvidaba comunicarte patrón que hará cosa de un mes
estuvieron por Lomalarga unos buscadores de minas. Subieron a la cumbre más alta
donde existe el socavón que todos conocemos.
–¿Ese que dejaron los jesuitas?
–Ese mismo patrón. Regresaron diciendo que ahí no hay
nada bueno y siguieron por el lado de Ayquile.
–Así es. Yo he estudiado eso. No hay más que piedras.
–Más bien en esta casa patrón, en el patio chico de
las gallinas, pueda que haya algo. Dos veces, muy de noche, yo he visto arder y
apagarse en el suelo, sin chispas ni humo, una fogata que me ha llenado de miedo.
La primer a vez creí que era cosa de duendes o del Diablo…
Un alacrán que le hubiese picado en la cama no le habría
hecho incorporarse con tanta vivacidad como la tranquila noticia confidencial de
su humilde servidor.
–¿En el patio de las gallinas? ¿En qué sitio precisamente?
¿Dos veces has dicho?
–Al centro, en medio patio, delante del corredor de
las gallinas. Como iba diciendo la primera vez, hace ya muchos años, cuando era
mayordomo mi padre, vine de su acompañante. Dormimos en el zaguán. Más o menos a
la media noche los burros se habían salido del corral hasta la puerta de calle.
Yo los devolví y aseguré, Al salir por el pasaje miré el corral de gallinas y vi
una llamarada que se apagó al instante. Asombrado y asustado, corrí a contárselo
a mi padre quien me ordenó acostarme diciendo que sin duda estaba medio dormido
para tener tales visiones. Y más no se habló del caso.
–¿Y la segunda vez, Lanchi?
–La segunda vez hará cosa de seis meses. Para entonces
yo sabía que este fuego es señal de plata enterrada.
–No siempre, Lanchi.
–Pero así dicen tatay.
–Dicen pues disparates. ¿Tú has de saber más que yo?
Estamos en que viste por segunda vez las llamas, ¿ahí mismo, Lanchi?
–En el mismo sitio patrón, en medio patio, delante del
corral donde duermen las gallinas. Pero entonces no eran llamas vivas y altas como
la primera vez, sino llamitas bajas y vacilantes como cuando se apagan las hogueras
de San Juan en el rescoldo. Una cosa muy rápida.
–Está bien, Lanchi. Yo también he visto en otras partes
estos fuegos. En vez de plata lo que generalmente hay en esos entierros es un montón
de huesos. Eso puede ser. Ahora vete, ya es tarde.
–Así será patrón. Buenas noches. Que duermas bien.
Díaz Vela rebulló su cuerpo ligeramente obeso y no se
dignó contestar al mayordomo. Estaba seguro de que el indio le había dado la clave
de un tesoro oculto, de un tapado. ¡Qué capricho el de los viejos coloniales! Él,
como todos, había buscado los tapados siempre en las paredes tanteando con un martillo
de madera. Pero en esta casa de sus abuelos el tesoro estaba en el suelo. Despacharía
cuanto antes al mayordomo. Los pongos que habían llegado esa tarde en reemplazo
de los otros serían excelentes jornaleros gratuitos para la excavación que comenzaría
al día siguiente mismo. Plata, oro, piedras preciosas…
El sueño acudía a pasos sordos y blandos hasta cerrarle
los ojos dulcemente. ¡Y después dicen que la ambición y la avaricia no dejan dormir!
Don Benjamín Díaz Vela durmió como un bendito.
La mañana del día siguiente, domingo, hizo desocupar
el gallinero y terminó la realización de las cargas de maíz y muko. El mayordomo
regresó a la finca llevando una carta en que Benjamín decía a su esposa que se quedaba
por unos días, hasta arreglar el despacho de un giro para Romulito y gestionar la
prórroga de plazo con el Banco. En realidad estaba resuelto a darle una sorpresa
fulminante con el tesoro de Lanchi.
Los pongos armados de picos y lampas iniciaron bajo
la vigilancia de su amo la excavación de un pozo en el centro mismo del patio de
las gallinas. En seis horas de trabajo duro llegaron a dos metros de profundidad
por metro y medio de diámetro. El suelo era duro, compacto de arcilla seca, piedras
redondas y cascajo. No se presentaba señal de tesoro oculto. Díaz Vela suspendió
la faena un tanto descorazonado. La arcilla blanca, azulosa y bermeja en capas alternadas
de variado espesor, mostraba lucientes las huellas de las herramientas sin descubrir
indicio alguno, directo o indirecto, de que allí hubiesen enterrado por lo menos
una lata de sardinas. Pudiera ser que estuvieran desviados del verdadero sitio del
tapado. Por previsión resolvió no adelantar en la profundidad ni una pulgada más
sino ensanchar el hoyo por una parte hasta el corredor y por otra hasta la puerta
del patio, lo que significaría un diámetro de cinco metros. Prácticamente ese proyecto
de excavación abarcaba el registro de todo el subsuelo del patio excluyendo solamente
el angosto corredor. Estaba resuelto a seguir. ¿Acaso otros dueños de casas viejas
como él no habían encontrado tapados? Díaz Vela comió un buen plato de chajchu y
bebió una botella de chicha. Antes de acostarse llamó al par de pongos y les previno,
cauteloso:
–No van a hablar con nadie del trabajo que hacemos.
Les costaría caro. Estoy buscando el cadáver del hijo de la mujer que fue nuera
de uno de mis antepasados.
Y de nuevo la noche abrió sus negros ojos de tinieblas
envolviendo los febriles ensueños de grandeza de Díaz Vela. Acostado sobre su brillante
catre de varillas y barrotes amarillos, estuvo desvelado en la sombra con la extraña
historia de Lanchi que había venido a plantear implícitamente la solución de todos
sus problemas. El tapado tendría que ser una fortuna como para pagar al Banco y
reconstruir la antigua casona de sus abuelos. Como para ir de viaje él y su mujer
y sus hijas en caravana familiar hasta Buenos Aires. Como para embarcarse rumbo
a Europa al encuentro de Rómulo. Trajes, joyas, holgada cuenta corriente, prepotencia
burguesa. Una vejez no solamente decorosa, sino envidiable… Y el sueño bueno le
libraba de los ensueños inquietantes, borrando en su cerebro las imágenes de la
vanidad humana.
Domingo de trabajo. Lunes, martes, miércoles, jueves,
viernes: jornadas de diez horas con cuatro acullis de coca que él pagaba generosamente
dando a cada pongo dos libras por día. Una colina de tierra, salida de la excavación,
cubría un sector del corral de caballos. El hoyo era un embudo inmenso de cinco
metros de profundidad en cuyo fondo brillaba, como un espejo de cerúleos reflejos,
el agua de un manantial recóndito.
A eso habían llegado el viernes por la tarde.
–¡Basta, basta! Aquí lo dejamos todo –gritó desilusionado
Díaz Vela–. Ese indio bruto me va a aclarar la cosa mañana.
Por la noche cayó la lluvia, leve, fina, menuda, persistente,
haciendo subir el nivel del agua en el embudo, por lo menos medio metro. Al día
siguiente sábado, el encuentro del mayordomo con su patrón de Lomalarga en la vieja
casona de Díaz Vela aclaró la situación en desenlace poco o nada dramático pero
terminante.
–¿Cómo es Lanchi que después de tantos días de trabajo
y habiendo hecho cavar tan hondo en el lugar donde tú viste las llamas, no encontramos
absolutamente nada? ¿No será que por puro animal me has indicado un sitio diferente?
Porque aquí no hallamos ni siquiera un zapato viejo.
–¡Oh patrón! –exclamó Lanchi melancólicamente–. Como
no teniendo ya nada que contarte aquella noche me dijiste que inventara algo para
distraerte, lo inventé sin la menor malicia, Y como tampoco me avisaste que pensabas
hacer cavar supuse que no le diste importancia a mi relato. También recuerdo que
me dijiste que estos fuegos no indican tapados de plata sino cuando más de huesos.
¿No habrá habido siquiera huesos. patrón?…
–Indio mentiroso, no me vengas a preguntar nada. Mañana
mismo entras al trabajo para tapar solito, por tu cuenta, el hoyo que me has hecho
abrir inútilmente.
–Lo haré con toda voluntad patroncituy. Espero que me
perdones, papasuy…
Y ambos, alguna vez, ¡oh dulzura patronal! sonrieron
buenamente a la pálida luz del atardecer de aquel nuboso día de verano, mientras
en el aire parecía disiparse la obsedante presunción del tesoro oculto.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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