Edith Wharton
1
Algún
cambio difícil de precisar en el aspecto de la señora Lethbury provocó que la mirada
conyugal de su esposo, habitualmente indiferente, se demorara aquella noche sobre
ella, por encima de la mesa dispuesta para la cena.
–¡Qué
atractiva te encuentro hoy! ¿Es nuevo ese vestido?
Ella
le correspondió con una mirada vagamente resentida, como ofendida porque él la juzgara
capaz de incurrir en la extravagancia de despilfarrar en un vestido sólo para él
y, justo entonces, su marido cayó en la cuenta de que el cambio que había detectado
iba más allá de la anécdota indumentaria. Un rubor sutil y amedrentado le demostró
que su esposa era, a su vez, consciente de tal cambio. Una de las ventajas del infantilismo
crónico de la señora Lethbury era que todavía se sonrojaba con la candidez de los
dieciocho años.
También
su cuerpo había sido bendecido para no exceder a su mente, por lo que el uno y la
otra, pensaba Lethbury, estaban destinados a surcar juntos una eterna adolescencia.
–No
sé a qué te refieres –repuso ella.
Nunca
parecía saberlo, y a su esposo no dejaba de asombrarle que semejante respuesta sonara
invariablemente igual que una renovada crítica hacia su persona. Sin embargo, como
su asombro carecía de resentimiento, le respondió de buen talante:
–Es
que estás tan deslumbrante que pensé que te habías puesto tus diamantes.
Ella
suspiró y se ruborizó aún más.
–Debe
ser –continuó él– que has estado en la inauguración del taller de alguna modista.
Irradias el placer de lo prohibido.
Ella
volvió a mirarlo perpleja, esta vez confundida por el adjetivo. Los adjetivos de
su esposo, que se le antojaban ininteligibles y llenos de resonancias impúdicas,
siempre lograban desconcertarla.
–En
resumen –concluyó el señor Lethbury–, que has estado haciendo algo de lo que te
avergüenzas profundamente.
Para
su sorpresa, ella le replicó:
–¡No
veo por qué debería avergonzarme!
Lethbury
se reclinó hacia atrás con una sonrisa socarrona. Le gustaba prestar atención a
las explicaciones de su esposa cuando no tenía nada mejor que hacer.
–¿Y
eso…? –preguntó.
Ella
empezó a sofocarse y a proferir acusaciones:
–Sé
que te vas a reír… ¡Todo te lo tomas a broma!
–¡Vaya,
no me agües la fiesta antes de tiempo! –intervino él.
Pero
ella, haciendo caso omiso, le espetó:
–¡Es
tan fácil reírse del mundo!
–Ah
–murmuró Lethbury aliviado–, eso es de la tía Sophronia, ¿no?
La
mayor parte de las expresiones de su esposa eran reliquias de familia, y a él le
producía un inusitado placer averiguar la procedencia de cada una de ellas. La señora
Lethbury se enorgullecía por lo arcaizante de tales expresiones y no veía razón
para desecharlas mientras continuaran siendo útiles. Indudablemente, algunas eran
tan exquisitas que, al igual que la porcelana Crown Derby de la bisabuela, debían
reservarse para ocasiones especiales. Pero el lote de frases hechas que su esposa
había heredado de la dama conocida como tía Sophronia eran de uso corriente y todavía
conservaban la vigencia del primer día. En cambio, según había comprobado la señora
Lethbury, su esposo sustituía constantemente sus propias sentencias. Al principio
de su matrimonio ella esbozó una sutil tentativa de reproche, pero hacía tiempo
que él la había silenciado para los restos con una sola respuesta: “Querida, no
soy un hombre rico, pero si puedo evitarlo no uso la misma frase dos veces”.
Así
pues, la señora Lethbury debía conformarse con rumiar para sus adentros las deficiencias
morales de su esposo, de entre las que destacaba especialmente su negativa a tomarse
las cosas en serio. En aquella ocasión, sin embargo, un propósito de mayor envergadura
la disuadía de seguirle el juego.
–¡No
estoy en absoluto avergonzada! –repitió ella con aire de quien hace ondear una bandera
al viento. No obstante, la placidez de la aplastante atmósfera doméstica hizo que
la bandera se abatiera con exigua heroicidad.
–Eso
–dijo Lethbury en tono judicial– me lleva a inferir que deberías estarlo y, por
ende, que te has permitido el lujo de hacer algo que, sin duda, yo no aprobaría.
Ella
reaccionó con una franqueza casi solemne:
–No
–dijo–. No lo aprobarías. Ya contaba con eso.
–¡Ah!
–replicó él soltando su copa de licor–. Así que ya has solucionado el problema,
¿no?
–Eso
creo.
–¡Qué
interesante, para variar! ¿Y de qué se trataba?
Ella
lo miró impasible:
–De
un bebé.
Pocas
veces había conseguido sorprender a su esposo, pero esta vez, desde luego, se colgó
una medalla.
–¿Un
bebé?
–Sí.
–¿Un
bebé… humano?
–¡Naturalmente!
–protestó ella con el virtuoso reproche de una mujer que jamás permitiría que entraran
perros en su casa.
La
mirada atónita de Lethbury se diluyó en una franca sonrisa:
–¿Un
bebé que yo no aprobaría? Bueno, tengo que reconocer que en términos abstractos
no pienso mucho en ellos, la verdad. ¿Se trata de un bebé abstracto?
El
adjetivo la hizo fruncir de nuevo el ceño, pero había alcanzado tal punto de exaltación
que ningún obstáculo habría podido detenerla.
–¡Del
bebé más precioso…! –murmuró.
–¡Ah,
entonces se trata de uno concreto! Existe. Respira con dolor en este mundo ingrato…
–¡Es
el bebé más saludable que he visto en mi vida! –le corrigió ella indignada.
–¿Lo
has visto?
Volvió
a embargarla un rubor traicionero.
–Sí,
lo he visto.
–¿Y
a quién pertenece el ínclito?
Y
esta vez la respuesta de su mujer logró confundirlo por completo:
–A
mí… espero –declaró.
Él
echó la silla hacia atrás y murmuró con dificultad:
–¿A…
ti?
–A…
nosotros –rectificó ella.
–¡Santo
cielo! –exclamó él. Si hubiera habido el más ligero indicio de locura en la mirada
transparente de su esposa… Pero no, su mirada seguía tan clara, tan despejada, tan
accesible como la primera vez que se sorprendió a sí mismo fondeando en ella.
Tal
vez estuviera tratando de ser graciosa… Sabía a ciencia cierta que no hay nada más
críptico que el sentido del humor de quienes carecen de él.
–¿Es
una broma? –farfulló.
–Espero
que no. Deseo tanto que se convierta en realidad…
Sonriendo
fugazmente ante las limitaciones de un mundo en el que las bromas no fueran realidades,
Lethbury siguió:
–Pero
ya lo es, según parece…
–Una
realidad para nosotros, quiero decir, para ti y para mí. Quiero… –le tembló la voz
y, con ella, la mirada–. Siempre he ansiado tan desesperadamente… Ha sido una decepción
tan grande no poder…
–Ya
veo –dijo Lethbury con delicadeza.
Pero
no, no lo había visto con anterioridad. En aquel instante le pareció extraño que
nunca antes se le hubiera pasado por la cabeza que su esposa pudiera sentirse así,
que jamás hubiera sospechado alguna complejidad oculta bajo su exuberante simpleza.
Se sentía como si hubiera activado un resorte secreto de su mente.
Siguió
un momento de silencio, lacrimoso y trémulo por parte de ella, algo embarazoso y
vagamente contrariado por la de él.
–Supongo
que te has sentido sola –empezó él. Se le hacía raro tener que tratar de repente
con la extraña que lo miraba con aquellos ojos despojados de la trivialidad que
él conocía.
–De
vez en cuando –repuso ella.
–Lo
siento.
–No
es culpa tuya. Los hombres están tan ocupados… y las mujeres listas o bonitas… bueno,
supongo que eso también cuenta como una ocupación. A veces me da la impresión de
que una vez servida la cena no me queda nada más que hacer hasta el día siguiente.
–Vaya…
–se lamentó él.
–No
es culpa tuya –insistió la esposa–. No te lo había dicho hasta ahora pero cuando
elegí aquel papel rosado para la primera habitación del piso de arriba, siempre
pensé que…
–¿Sí…?
–Que
era un color precioso para que un bebé despertara rodeado de él… Eso fue hace ya
dos años, claro está, pero resultó un papel bastante caro… Y no se ha decolorado
lo más mínimo… –dijo ella entrecortadamente.
–¿No
se ha decolorado?
–No…
Y entonces pensé que… como no usamos la habitación para nada desde que murió tía
Sophronia… Pensé que podría… que tú podrías… Oh, Julian, ¡si hubieras podido verla
al despertarse en su cuna!
–¿Ver…
qué, dónde? ¡No tendrás un bebé arriba…!
–¡Oh,
no… todavía no! –contestó ella con su peculiar risa… esa fresca risa adolescente
que al principio le pareció uno de sus mayores encantos. En aquel momento se le
ocurrió a Lethbury que últimamente no le había proporcionado a su esposa muchos
motivos para reír. Pero, por otra parte, ella precisaba de cosas muy elementales
y a él le resultaba tan difícil de entretener como un salvaje. De modo que había
acabado por concluir que el problema radicaba en que él no era lo bastante simple.
–Alice
–dijo en un tono más bien grave–, ¿qué quieres decir exactamente?
Ella
vaciló unos instantes. Lethbury observó cómo reunía valor para un esfuerzo supremo.
A continuación, con voz pausada y sentenciosa, como si recitara una oración sacramental,
le explicó:
–Me
siento tan sola sin un hijo que pensé que tal vez me dejarías adoptarlo… Está en
el hospital… Su madre murió… Y yo la mimé, vestí, cuidé… Y es una bebé tan buena…
Puedes preguntarle a cualquiera de las enfermeras… Nunca, nunca te molestaría con
su llanto…
2
Lethbury
acompañó a su esposa al hospital con una docilidad insospechada. Ni por un momento
se le había ocurrido oponerse a su deseo. Naturalmente, sabía que a él le tocaría
la peor parte de todo aquello: las bromas en el club, las preguntas, las explicaciones.
Se
vio a sí mismo en el cómico papel de padre adoptivo, y lo aceptó como si fuera una
suerte de expiación. Y es que una veloz reconstrucción del pasado le devolvió una
imagen de sí mismo bastante menos grata de lo que le habría gustado admitir. Siempre
había sido intolerante con los necios y, en justo castigo, era condenado por su
necedad. Mientras recorría mentalmente los años que mediaban entre su matrimonio
y la inesperada paternidad que acababa de asumir, y a la luz de su imaginación exaltada,
detectó numerosos síntomas de extraordinaria estulticia. No es que hubiera dejado
de creer que su esposa fuera necia: era necia, limitada e inflexible, pero
le producían cierta ternura los forcejeos de su mente obtusa, la manera en que éstos
buscaban a ciegas las emociones primarias. Siempre había creído que la señora Lethbury
sería más feliz con un hijo, pero lo había pensado de forma mecánica, sólo porque
así lo había pensado alguien previamente, sólo porque estaba en la naturaleza de
las cosas pensar así de las mujeres, sólo porque su esposa pertenecía tan indefectiblemente
a su especie que se ajustaba a todos los tópicos que existían sobre su sexo. Pero
Lethbury había considerado tales tópicos como un claro ejemplo del triunfo de la
tradición sobre la experiencia. Sin duda, la maternidad era la función suprema de
la mujer primitiva, el único fin hacia el cual tendía su organismo entero. Sin embargo,
con el paso de los siglos, ambos sexos se habían visto afectados por la ley de la
progresiva complejidad, y él no se había planteado seriamente que semejantes tópicos
pudieran seguir arraigados en el imaginario femenino más allá del mundo de la ficción
navideña y del arte anecdótico. Ahora comprendía que ambas artes se mantenían vivas
gracias a la fuerza de los sentimientos a los que, en último término, apelaban.
En
efecto, Lethbury había experimentado un rápido proceso de readaptación. Su matrimonio
había sido un fracaso, pero había mantenido hacia su esposa la fidelidad en los
actos que supuestamente justifica cualquier posible desviación de los sentimientos.
Así pues, durante años, el vínculo entre ellos había consistido principalmente en
abstenerse de hacer el amor a otras mujeres. Estando el mundo tan increíblemente
bien surtido de la clase de mujeres con las que uno debió casarse y no lo hizo,
la abstención no siempre le había resultado fácil. También Lethbury se había sentido
tentado por estas alternativas. Compró su inmunidad al precio de recluirse en la
atmósfera más bien enrarecida de sus propias percepciones. En un mundo tan limitado
como el suyo había concedido excepcional importancia a los detalles, compensando
así la estrechez de su horizonte con la minuciosidad de lo inmediato. Lo impetuoso
rara vez se atrevía a posar su atolondrado pie en su universo de sutiles penumbras
y exquisitas proporciones, un universo donde el festín de la razón jamás se veía
perturbado por el inmoderado flujo del espíritu. Naturalmente, su mujer no estaba
invitada a aquel banquete. El menú no habría sido de su agrado y con toda probabilidad
habría puesto objeciones al resto de invitados. Pero puesto que, pese a sus evidentes
errores de cálculo, Lethbury creía haber satisfecho plenamente todas las necesidades
de su esposa, pensaba que se había ganado el derecho de disfrutar a placer de su
comilona sin que nadie viniera a mendigar a su puerta. Sin embargo, ahora se figuraba
constantemente a la señora Lethbury presionando su rostro hambriento contra las
ventanas de su vida, y la viva imaginación de Lethbury inculcaba a la escena un
dramatismo exacerbado por culpa de sus propias omisiones.
Una
vez en el hospital su fantasía prosiguió su curso con más brío. Veía a su esposa
con ojos nuevos. Antes de eso, ella sólo había sido para Lethbury un racimo de negaciones,
un laberinto de paredes sordas y de puertas con cerrojo. No había nada tras aquellas
paredes, y las puertas no conducían a ningún sitio. Él las había tanteado y auscultado
lo suficiente para cerciorarse de ello. Y, sin embargo, ahora se sentía como el
viajero que al explorar unas antiguas ruinas tropieza con una cámara secreta, preservada
del expolio general, decorada con imágenes que revelaban las pretéritas funciones
del recinto.
Su
esposa se detuvo al fin en una de las salas, junto a una cuna blanca. En la cuna
había una bebé de un año, según les informó la enfermera, aunque a Lethbury le pareció
un simple fragmento de humanidad sin fecha que se perfilaba contra un fondo de conjeturas.
La
señora Lethbury se inclinó sobre aquella anónima partícula de vida con un éxtasis
en su rostro similar al que en La noche, de Correggio, dimana del cuerpo
del niño al semblante de la madre. Una luz que emanaba de ella y, a la vez, la iluminaba.
Alzó la vista para atender una pregunta de Lethbury, pero, cuando sus miradas se
encontraron, éste advirtió que ella había dejado de verlo, que se había vuelto tan
invisible para su esposa como ella lo había sido para él durante mucho tiempo. Tuvo
que dirigir su pregunta a la enfermera:
–¿Cómo
se llama la bebé?
–Nosotras
la llamamos Jane –respondió aquélla.
3
En
un principio Lethbury se había mostrado remiso a una adopción legal, pero no tardó
en retirar sus objeciones al comprobar que su esposa, con una mente inusitadamente
limitada, no consideraría a la niña como propia hasta que no lo ratificase un trámite
legal.
Sólo
se mantuvo inflexible en un punto: el cambio de nombre de la huérfana. La señora
Lethbury había expresado desde el principio su deseo de rebautizarla. Se debatía
entre Muriel y Gladys, y aplazaba el momento de la decisión como una damisela indecisa
entre dos sombreros. Pero Lethbury se mostró implacable al respecto. En la absoluta
claudicación de sus prejuicios aquél fue el único que resistió.
–Pero
Jane es tan horrible… –protestaba su esposa.
–Bueno,
no sabemos si ella misma acabará siendo horrible. Puede acabar siendo una Jane.
Su
esposa replicó resentida:
–Dice
la enfermera que es la bebé más linda…
–¿Y
acaso no es eso lo que se dice siempre? –preguntó pacientemente Lethbury.
Ahora
que había encontrado un firme asidero al que agarrar su oposición, estaba dispuesto
a ser paciente hasta la extenuación.
–Es
cruel llamarla Jane –suplicó la señora Lethbury.
–Es
ridículo llamarla Muriel.
–La
enfermera está convencida de que debe de tratarse de la hija de alguna dama.
Lethbury
hizo una mueca de disgusto. Hasta aquel momento había evitado pensar en el tema
de la ascendencia.
–Muy
bien, dejemos que lo demuestre ella misma –dijo con creciente impaciencia. Se preguntaba
cómo se había dejado enredar en un asunto así. Percibió por primera vez lo irónico
de todo aquello. Se imaginó a sí mismo regresando a un hogar que olía a linaza y
a paregórico, y en el que era recibido por un aullido crónico cuando subía las escaleras
para cambiarse para la cena. Nunca había sido un hombre de club social, pero tenía
el terrible presentimiento de que ahora iba a convertirse en uno.
Sin
embargo, no se cumplieron sus peores vaticinios; la bebé estaba inusualmente sana
y era inusualmente tranquila. Los remedios infantiles que le administraban no eran
tan fuertes como para que pudieran percibirse más allá de la habitación de la bebé.
Y cuando lograban convencer a Lethbury para que entrara al santuario, no encontraba
nada enervante en la serena y sonrosada presencia de su hija adoptiva. Indudablemente,
ocasionaba ciertos trastornos inevitables en la alterada rutina de la casa, pero
sólo afectaban a la señora Lethbury y a las niñeras. Jane contribuía poco a ello,
apenas con una plácida mirada que habría bastado para disuadir a quienes acudían
a perturbarla.
Fiel
a su propósito de desagraviar a su esposa y aguzando sus percepciones, Lethbury
no tardó en advertir el efecto que el cambio de circunstancias iba operando en el
carácter de aquélla. Pronto constató que se había equivocado al creer que se produciría
alguna transformación en ella. Sólo se magnificaron sus peculiaridades anteriores.
Era como una esponja seca en agua: se dilataba pero no cambiaba de aspecto. Desde
una perspectiva científica resultaba curioso comprobar cómo sus atesorados instintos
respondían a la llamada seudomaternal. Su esposa superaba cualquier axioma aplicable
a la ocasión. Uno percibía en ella el epítome, la consumación de siglos de maternidad
animal, de tal forma que aquella mujer menuda, que chillaba a la vista de un ratón
y vivía siempre temerosa de ladrones, vino a encarnar a la madre cavernícola que
trituraba a su presa para dársela de comer a su criatura.
Menos
fácil era abordar los efectos prácticos de su sobrevenida maternidad desde un punto
de vista filosófico. Lethbury comprobó estupefacto que se estaba volviendo una mujer
positiva y segura de sí. Ya no encarnaba el lado negativo de la vida; mostraba,
más bien, cierta tendencia a proferir afirmaciones inconvenientes. Poco a poco había
ido ampliando su asunción de la maternidad hasta absorber la parte que le correspondía
a él en dicha relación, de tal manera que, de un día para otro, se encontró convertido
para todo el mundo en el padre de Jane. No había previsto dicha contingencia, y
tuvo que hacer acopio de toda su filosofía para aceptarla. Sin embargo, no faltaron
ocasiones para sentirse compensado, porque sin duda la señora Lethbury era feliz
por primera vez en años, y pensar que él había contribuido tardíamente a dicho fin
le reconciliaba con lo paradójicos que habían sido los medios para alcanzarlo.
Al
principio solía censurarse a sí mismo por contemplar la situación desde fuera, por
actuar como espectador en lugar de como parte implicada. Durante un tiempo le había
atraído la idea de ver múltiples manos reunidas al borde de la cuna, tal como certifican
todas las fuentes de la ficción doméstica. Pero, a su entender, el hecho de que
se tratara de una cuna prestada provocó que dicha conjunción no llegara a producirse
nunca. La pequeña no le incomodaba. Para él no había dejado de ser una presencia
hipotética, un interrogante más que un hecho. Sin embargo, su proximidad no le resultaba
desagradable, y había instantes en los que sus balbuceos, sus pasos tambaleantes
parecían disolver las resecas excrecencias que envolvían su ser más recóndito. Pero
ni siquiera en dichos momentos (que él propiciaba y cuidaba con celo) conseguía
la niña acercarle lo más mínimo a su esposa.
Sólo
ahora era consciente de que le había hecho determinado hueco en su vida a la señora
Lethbury, y que ella había dejado de encajar en él. Era demasiado tarde para ensanchar
el espacio y, en consecuencia, ella iba invadiendo y usurpando el suyo propio. Lethbury
luchaba contra la sensación de estar sumergido. Dejaba caer barrera tras barrera,
cada vez cedía más intimidad, pero la personalidad de su esposa continuaba expandiéndose.
Ya no era ella sola: eran ella y Jane. Poco a poco, en una monstruosa fusión de
identidades, ella se transfiguraba en ella misma, en él y en Jane, y Lethbury, en
lugar de tratar de instalar a su esposa en alguna rendija disponible de su personalidad,
se encontró a sí mismo incrustado de cualquier manera en el más ínfimo compartimento
de la vida doméstica.
4
Lethbury
se convencía a sí mismo de que se daba por satisfecho si su esposa era feliz, y
hasta que la niña no cumplió diez años no albergó ninguna duda respecto a dicha
felicidad.
Jane
había sido una niña excepcionalmente buena. Durante aquellos años no había causado
a sus padres adoptivos ningún motivo de inquietud, aparte de los relacionados con
la habitual sucesión de enfermedades infantiles. Sus desconocidos progenitores la
habían dotado de una constitución robusta que la hizo salir incólume del sarampión,
de la varicela y de la tos ferina. La señora Lethbury, cuya fiebre subía y bajaba
con la de la paciente, sufrió de esta forma indirecta todos sus padecimientos y
no podía ver estornudar a Jane sin vislumbrar un ángel de mármol llorando sobre
una columna rota. Pero aunque las prontas recuperaciones de Jane desmentían continuamente
este tipo de premoniciones, aunque su existencia discurría sin sobresaltos, con
buena salud y mejor conducta, el grado de satisfacción de su esposa no se correspondía
con dicha prosperidad. En un principio, Lethbury estuvo tentado de sumar la decepción
de su mujer a la larga lista de inconsistencias femeninas a partir de las cuales
elaboran sus tópicos quienes tienden a analizar la vida desde premisas dogmáticas.
Pero en esta ocasión las circunstancias le obligaron a adoptar una visión más indulgente.
Hasta
ese mismo momento su esposa le había considerado un factor prescindible en la evolución
de Jane. Aparte de proporcionar el sustento económico para la manutención de su
hija adoptiva y de pasar inadvertido en su presencia, no se esperaba que contribuyera
de otra forma al bienestar de la niña. Pero, a medida que pasaba el tiempo, su esposa
comenzó a verlo bajo una luz distinta. Era él quien debía educar a Jane. En materia
intelectual la señora Lethbury era la primera en confesar sus deficiencias, incluso
en proclamarlas con un deje de virtuosa superioridad. Admitía sin pudor, y sin que
nadie contradijera la verdad del aserto, que ella no era una persona inteligente.
Sin embargo ahora intentaba por todos los medios hacer aún más ostensibles las limitaciones
que ya antes admitía sin problema. Tener que hacer frente a la educación de Jane
le producía un enorme pánico.
–Yo
siempre he sido una ignorante, ya lo sabes –le dijo a Lethbury con una humildad
inusual en ella–. Tengo miedo de no saber qué es lo mejor para Jane. Estoy segura
de que tiene unas aptitudes maravillosas, y me reprocharía para siempre no haberle
dado todas las oportunidades –ella lo miraba angustiada–. Dime tú lo que hay que
hacer.
Lethbury
no se negó a complacerla. En alguna parte de su desván mental enmohecía cierta teoría
sobre la educación, de esas que suelen encontrarse entre los trastos inservibles
de quienes no tienen hijos. La recuperó, la restauró y se la aplicó a Jane. Al principio
pensó que su esposa no había sobrevalorado la capacidad de la niña. Jane parecía
extraordinariamente inteligente. Su precoz sagacidad resultaba alentadora para su
inexperto preceptor. Carecía de problemas de atención, y Lethbury percibía que cada
dato que impartía quedaba grabado a fuego en su mente. Ayudó a su esposa a contratar
a los mejores profesores y, durante un tiempo, siguió mostrando un interés extraoficial
por los estudios de su hija adoptiva. Pero poco a poco ese interés fue decayendo.
Las ideas de Jane no progresaban con los conocimientos que ponían a su alcance.
Su mente infantil era un simple receptáculo de información, una especie de cámara
frigorífica de la cual podía sacarse en cualquier momento algo que se hubiera conservado
dentro, intacto pero congelado. Por otra parte, desarrolló un desmesurado orgullo
respecto a la capacidad de su almacén mental, así como cierta propensión a esparcir
indiscriminadamente su contenido entre su público. En una ocasión la sorprendieron
burlándose de su niñera por ignorar ésta cuándo había caído la Heptarquía Anglosajona,
y aturdía o deprimía alternativamente a la señora Lethbury con la abundancia de
sus referencias cronológicas. Pero no mostraba interés alguno por el significado
de la información que acumulaba, se limitaba a coleccionar fechas como cualquier
otro chiquillo coleccionaría sellos o canicas. A su madre adoptiva le parecía un
prodigio de sabiduría, pero Lethbury notaba, con secreta simpatía incipiente, que
eran precisamente las aptitudes elogiadas por la señora Lethbury las que poco a
poco la iban distanciando de su propietaria.
–Se
está volviendo demasiado lista para mí –le comentó su esposa tras una de las históricas
peroratas de Jane–, pero me alegra mucho que pueda convertirse en una buena compañía
para ti.
Lethbury
se estremeció interiormente. No ansiaba en modo alguno la compañía de Jane. Seguía
siendo una niña irreprochable, pero había algo mecánico y rígido en su afabilidad,
como si fuera una especie de calistenia moral en la que se ejercitaba con el único
fin de exhibir su agilidad. Un conocimiento precoz de la virtud provocó además que
se erigiera en guardiana natural y consejera de sus mayores. Antes de cumplir los
quince ya se había puesto a reformar la casa. En primer lugar la emprendió con la
señora Lethbury. A continuación extendió sus esfuerzos al personal de servicio con
desastrosas consecuencias para la armonía doméstica, y, por último, se consagró
al mismo Lethbury en cuerpo y alma.
Apoyándose
en las estadísticas, le demostró a su padre que fumaba demasiado y que era perjudicial
para el nervio óptico leer en la cama. Lo reprendía por no asistir con mayor regularidad
a la iglesia y le señalaba los perjuicios de la lectura no sistemática. Le explicó
que un ritmo de estudio regular estimularía su concentración mental, sugiriendo
que el pensamiento arbitrario era sintomático de vejez inminente.
Igualmente
pertinentes eran las instrucciones que Jane dispensaba a su madre adoptiva. Aleccionó
a la señora Lethbury sobre cómo hacer un caldo de ternera más sabroso y la instruyó
en las cualidades antihigiénicas de las alfombras. Le proporcionó tediosos datos
sobre bacilos y hongos, demostrando que las cortinas y los portarretratos eran el
caldo de cultivo perfecto para determinados microorganismos animales. Se aprendió
de memoria los componentes nutritivos de los principales elementos de una dieta,
y revolucionó la cocina intentando establecer un promedio científico entre féculas
y fosfatos.
Cuatro
cocineras abandonaron sus trabajos en el transcurso del experimento, y el señor
Lethbury adoptó la costumbre de cenar en su club.
El
padre adoptivo probó a frenar el ímpetu de Jane en un par de ocasiones, pero sus
esfuerzos sólo conseguían herir los sentimientos de su esposa. Jane nunca se daba
por aludida y a la señora Lethbury la ofendía cualquier intento por parte de su
esposo de protegerla de su hija. Al final comprobó que ella soportaba su sentimiento
de inferioridad imaginando lo que debía de significar para él la compañía intelectual
de Jane. Por su parte, él trataba de mantener viva dicha ilusión sobrellevando con
la mayor delicadeza posible el azote de las edificantes disertaciones de Jane.
5
Mientras
Jane continuaba creciendo, Lethbury se torturaba preguntándose si su esposa aún
lamentaría no haberla llamado Muriel. Jane no era fea; por el contrario, desarrolló
una especie de belleza radical que bien podría haber sido una proyección de su mente.
Poseía una encomiable colección de bellos rasgos, pero hubiera sido necesario inventariarlos
para llegar a la conclusión de que resultaba atractiva. Faltaba en el conjunto la
gracia que los habría hecho armónicos.
La
señora Lethbury siguió con conmovedor orgullo los primeros pasos de su hija en el
mundo. Confiaba en que el aspecto de Jane le haría ganarse a quienes no lograra
seducir con su saber. Pero la sonrosada frescura de Jane no causó estragos perceptibles.
Ya fuera porque los jóvenes sospecharan el constante axioma al borde de sus labios,
porque detectaran la enciclopedia en sus ojos o porque simplemente no hallaran interés
intrínseco alguno en su fisonomía, lo cierto es que, pese a los heroicos esfuerzos
de su madre y a las incesantes apelaciones a la cartera de Lethbury, al término
de su primera temporada social Jane se había quedado inevitablemente relegada. Unas
cuantas chicas más aburridas que ella la encontraron interesante, y un par de jóvenes
se acercaron por la casa con objeto de conocer a otro par de chicas. Pero la realidad
era que Jane se estaba convirtiendo a marchas forzadas en la típica supernumeraria
social a la que sólo se invita a salir de vez en cuando porque figura en la lista
de compromisos de alguien.
Fue
un amargo revés para la señora Lethbury, si bien la idea de que el fracaso de Jane
era sólo debido a su inteligencia excesiva la consolaba bastante. Probablemente
Jane compartía dicha convicción. En cualquier caso no parecía en absoluto consciente
de su fracaso. Desarrolló una notable afición por la vida social e, invierno tras
invierno, incansable y obstinada, redobló sus salidas a diversos eventos sociales
mientras la señora Lethbury intentaba seguir sus pasos con esfuerzo, prodigando
atenciones a las anfitrionas olvidadizas. A Lethbury le parecía que había a la vez
algo trágico y exasperante en la imagen que daban las dos; la una conciliadora,
porfiada la otra, persiguiendo ambas con celo indesmayable el esquivo trofeo de
la popularidad. Incluso empezó a sentir un interés personal en el empeño, no en
lo referente a Jane, pero sí en lo que afectaba a su esposa. Se daba cuenta de que
ésta era víctima de la decepción de Jane, de que la joven no aspiraba a otra cosa
que a la burda satisfacción de penalizar a su madre. La experiencia frenaba
su impulso de acudir en defensa de su esposa, y cuando el resentimiento de Lethbury
llegó a su punto álgido, Jane lo desarmó renunciando a presentar batalla.
La
capitulación de la joven se produjo sin mediar palabra, pero Lethbury no pudo dejar
de advertir que habían cesado las visitas a la vez que disminuían las facturas de
las modistas. Por otra parte, la señora Lethbury le informó que Jane empezaba a
interesarse por las obras de caridad. La conversación de la muchacha no tardó mucho
en confirmar dicho dato. Lethbury se alegró inicialmente por el cambio, pero la
domesticidad que aquello conllevaba pronto empezó a agobiarle. Durante las mañanas
la joven solía ausentarse en misiones salvadoras, pero por las tardes se quedaba
siempre en casa. Al principio ella y la señora Lethbury se instalaban en el salón
y Lethbury se quedaba fumando en la biblioteca, pero últimamente Jane había adquirido
el hábito de reunirse allí con él, y Lethbury empezó a temer que la joven lo hubiera
incluido entre los destinatarios de su filantropía.
La
señora Lethbury corroboró su sospecha.
–Jane
se está volviendo muy responsable –dijo–. Cree que no te ha prestado mucha atención
en el pasado y, a su manera, intenta resarcirte. No la decepciones –añadió sin ningún
atisbo de malicia.
Aquella
súplica dejó a Lethbury a merced de los desvelos de su hija. Pronto se encontró
a sí mismo calculando las horas que pasaba con ella en función del alivio que esas
mismas horas le reportaban a su madre. Había momentos en los que incluso intuía
una gratitud furtiva en la mirada de la señora Lethbury.
Pero
Lethbury no era ningún héroe, y casi había alcanzado el límite de la paciencia que
se había impuesto cuando sucedió algo maravilloso. Nunca supieron después cómo había
sucedido o quién había sido el primero en detectarlo, pero cierto día la señora
Lethbury formuló en voz trémula aquello que ambos venían sospechando.
–Por
supuesto –dijo–, él viene por aquí para ver a Elise.
La
joven en cuestión, amiga de Jane, era dueña de una serie de encantos que constituían
la única explicación plausible para la presencia de visitantes masculinos en la
casa.
Lethbury
se aventuró a contradecirla:
–No
creo que sea por eso –declaró.
–Pero
todos piensan que Elise es muy atractiva –insistió ella.
–Ante
eso no hay nada que hacer –comentó Lethbury con terquedad.
Percibió
una sutil sonrisa en los ojos de su esposa, pero ella comentó distraídamente:
–El
señor Budd sería un gran partido para Elise.
Lethbury
apenas pudo reprimir la carcajada: advertía claramente que ella se proponía granjearse
de algún modo el favor de los dioses.
Durante
un par de semanas ninguno de los dos volvió a mencionar el tema, pero transcurrido
cierto tiempo la señora Lethbury retomó el asunto.
–Hace
ya un mes que Elise se marchó al extranjero –dijo.
–¿Tanto?
–Y
parece que el señor Budd sigue viniendo por aquí con la misma asiduidad…
–Ah
–contestó Lethbury con heroica indiferencia.
Su
esposa cambió apresuradamente de tema.
El
señor Winstanley Budd era un joven que adolecía de un exceso de modales. La cortesía
emanaba de él a borbotones incluso en las temporadas más áridas. Siempre estaba
organizando torneos de galantería de salón, y la proximidad de la dama más anodina
le provocaba unos aspavientos que constituían un verdadero peligro para el mobiliario.
Sus rasgos, del tipo querúbico, no se ajustaban a su papel, pero eventualmente parecía
dominarlos hasta lograr encajarlos en un ideal aquilino. El amplio radio de acción
de la prodigalidad social del señor Budd hacía que no fuese tarea sencilla identificar
a su principal destinataria. Extendía su manto de manera tan indiscriminada que
uno no siempre conseguía interpretar sus intenciones. Por su parte, el talante impasible
de Jane obligaba al joven a redoblar sus esfuerzos, abocándole a unas cortesías
que rayaban en el paroxismo.
En
un principio, las galanterías del pretendiente invadieron toda la casa, pero poco
a poco se hizo evidente que sus efectos más deslumbrantes iban dirigidos exclusivamente
a Jane. Lethbury y su esposa contenían el aliento y evitaban mirarse. Fingían no
advertir lo asiduo de las visitas del señor Budd, y luchaban contra la imprudente
tentación de dejar a la joven pareja demasiado tiempo a solas. Extraían sus conclusiones
a partir de una vigilancia subrepticia, pues ninguno de los dos se arriesgaba a
ser sorprendido espiando al señor Budd. Actuaban como naturalistas tras el rastro
de una mariposa exótica.
En
sus esfuerzos por ignorar al señor Budd, Lethbury concentraba su atención en Jane.
Y fue precisamente en aquel momento crucial cuando la muchacha logró suscitar en
él una especie de admiración furtiva. Mientras sus padres se las ingeniaban para
poder ocultar sus emociones, ella no parecía tener ninguna que esconder. No traslucía
ni ansiedad ni sorpresa. Tan genuina era su indiferencia que había instantes en
los que Lethbury temía que se tratara de simple y llana estupidez, y reprimía las
ganas de susurrarle que había llegado la hora de echar la red.
Por
su parte, el dinamismo de las contorsiones del señor Budd fue en aumento con el
frenesí del cortejo: sus modales se volvieron tan incandescentes que Jane se sintió
súbitamente el centro de un espectáculo pirotécnico que culminó con la “traca final”
de una proposición de matrimonio.
Una
noche, después de que se hubiera acostado su hija, la señora Lethbury le dio la
noticia a su esposo. El anuncio fue transmitido y acogido con cierta pose flemática,
como si ambos temieran que los traicionara un regocijo impropio. Pero tan pronto
su esposa hubo terminado de darle la noticia, Lethbury no pudo reprimir la pregunta:
–¿Y
han decidido ya la fecha?
La
señora Lethbury, que ejercía mayor control sobre sus gestos, se las ingenió para
fingir asombro:
–¿Pero,
cómo se te ocurre…? ¡Se le ha declarado a las cinco de esta misma tarde!
–Claro,
claro… –farfulló Lethbury–, pero es que hoy en día los noviazgos son tan breves…
–¿Noviazgo?
–repitió su esposa en tono solemne–. Aún no hay ningún noviazgo.
A
Lethbury se le cayó el puro.
–¿Qué
demonios quieres decir?
–Jane
lo está pensando.
–¿Que
lo está pensando?
–Pidió
un mes de margen antes de decidirse.
Retrepándose
en su asiento Lethbury exhaló un suspiro. ¿Extravagancia o enajenación? No era capaz
de decidirlo. Las siguientes palabras de la señora Lethbury revelaron hasta qué
punto ella compartía su desazón:
–Lógicamente
no quiero presionar a Jane…
–Por
supuesto que no –convino él.
–Pero
le he hecho ver que un joven de carácter impulsivo como el señor Budd podría desanimarse
fácilmente…
–Claro.
¿Y qué dijo ella?
–Dijo
que si merece que la conquisten, también merece que la esperen.
6
El
período de prueba no fue tan acongojante para el señor Budd como para sus potenciales
suegros.
La
señora Lethbury intentó, valiéndose de diversas artimañas, reducir en lo posible
el tiempo de suplicio, pero Jane se mostró inflexible. Cada mañana Lethbury bajaba
a desayunar esperando encontrar una nota de claudicación del desalentado pretendiente.
Cuando
finalmente llegó el día decisivo y, al caer la noche, la señora Lethbury entró en
la biblioteca con aire de alegría reprimida, los dos permanecieron un momento sin
decir nada. A continuación la señora Lethbury cumplió con el oportuno decoro anunciando
entre sollozos:
–Será
terrible tener que renunciar a ella…
Lethbury
no pudo evitar un gesto de extrañeza, pero su estupor no le impidió constatar que
la desolación de su mujer era sincera.
–Claro,
claro –dijo rebuscando inútilmente en su propia planicie emocional una aflicción
a la altura de la de su mujer. ¡Y eso que había sido su esposa quien más había sufrido
a causa de Jane!
Lethbury
había imaginado que tales sufrimientos se disiparían en la atmósfera más sosegada
de sus últimas semanas juntas. Pero la felicidad no apaciguó a Jane. Ni por un instante
atenuó su despotismo, simplemente lo amplió para acoger a una nueva víctima. El
señor Budd se encontró a sí mismo obedeciendo órdenes como los demás. Un nuevo temor
atenazó a Lethbury cuando vio a Jane asumir el control prenupcial de su prometido.
Él nunca se había interesado personalmente por el señor Budd, pero, como futuro
marido de Jane, el joven gozaba de su simpatía. Para su sorpresa, descubrió que
la señora Lethbury compartía el mismo sentimiento.
–Temo
que pueda encontrar a Jane un poco exigente –comentó tras una tarde de tormentosas
discusiones sobre los preparativos de la boda–. Verdaderamente ella debería hacer
algunas concesiones. Si él quiere casarse con levita negra en lugar de gris oscura…
–Se
detuvo y miró dubitativa a su esposo.
–¿Qué
puedo hacer yo al respecto? –preguntó él.
–Podrías
explicarle a él… decirle que Jane no es siempre tan…
Lethbury
hizo un gesto de impaciencia.
–¿De
qué tienes miedo? ¿De que descubra cómo es ella o de que no lo descubra?
La
señora Lethbury se sonrojó:
–Lo
expresas de un modo tan espantoso…
Su
esposo reflexionó durante unos segundos y, a continuación, dijo en tono de jubilosa
hipocresía:
–Después
de todo, Budd es bastante mayor para cuidar de sí mismo.
Pero
al día siguiente la señora Lethbury le dio una sorpresa. Ya avanzada la tarde, entró
en la biblioteca, jadeante y expresándose con tanta dificultad que él presintió
alguna catástrofe.
–¡Lo
hice! –exclamó.
–¿Que
hiciste qué?
–Se
lo dije –señaló la puerta con la cabeza–. Acaba de marcharse. Jane había salido
y tuve ocasión de hablar con él a solas.
Lethbury
le acercó una silla y ella se sentó cómodamente.
–¿Qué
le dijiste? ¿Que ella no siempre es…?
La
señora Lethbury lo miró con expresión dramática.
–No,
le dije que ella siempre es…
–¿Que
siempre… es?
–Sí.
Se
produjo un silencio. Lethbury apeló a sus provisiones de filosofía. De repente imaginó
a Jane reinstalada en su butaca junto a la chimenea de la biblioteca. Pero reaccionó
con súbita emoción ante el heroísmo de su esposa.
–Bueno…
¿y qué dijo él?
La
señora Lethbury pareció todavía más inquieta. Estaba claro que había ocurrido lo
peor.
–Dijo…
que nosotros nunca habíamos entendido a Jane… que no la valorábamos.
Las
sílabas finales se extraviaron en su pañuelo. Seguidamente la señora Lethbury abandonó
la habitación, dejando a su esposo sumido en un total desconcierto acerca de las
motivaciones femeninas.
Después
de aquello, Lethbury afrontó el futuro sin más remordimientos. Habían cumplido con
su deber… o al menos su esposa había cumplido con el suyo, y ahora recolectaban
la habitual cosecha de ingratitud con un entusiasmo impropio de lo cosechado.
Se
produjo un cambio sustancial en la actitud del señor Budd, y su creciente frialdad
transmitía una sensación de bienestar que se propagaba por el organismo entero de
Lethbury. Resultaba más fácil aguantar a Jane a la luz de la actitud reprobadora
que hacia ellos había adoptado el señor Budd.
Y
verdaderamente hubo mucho que aguantar durante los últimos días, siendo la señora
Lethbury quien se llevó la peor parte. Jane inauguró su transición al estado de
casada con una preceptiva aunque incongruente exhibición de nervios. Le dio por
ponerse sentimental, histérica y negativa. Se peleó con su prometido amenazando
con devolverle el anillo. La señora Lethbury se vio obligada a intervenir, y Lethbury
sintió la espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza. Pero el desastre logró evitarse.
La galantería del señor Budd resistió los caprichosos embates de su prometida, si
bien tanta devoción conseguía exacerbar la crueldad de la joven. Lethbury temía
que Budd fuera demasiado leal, demasiado permisivo, y anhelaba instarlo a cambiar
de táctica. Finalmente Jane reapareció con el anillo en el dedo y consintió en probarse
el traje de novia. Pese a todo, sus titubeos y sus reacciones extemporáneas se prolongaron
hasta la víspera.
Cuando
amaneció el tan esperado día, Lethbury seguía sumido en la zozobra.
Ahora
que se sentía razonablemente seguro respecto a los actores principales, sus temores
se centraban en las posibles contingencias: el sacerdote podría sufrir un infarto,
la iglesia podría venirse abajo a causa de un incendio o podría surgir alguna irregularidad
con la licencia. Hizo todo lo humanamente posible para combatir dichos riesgos,
pero siempre quedaba pendiente ese otro factor impredecible conocido como la mano
de Dios. A Lethbury le parecía sentirla revoloteando sobre su cabeza.
Una
vez en la iglesia la mano divina estuvo a punto de agarrarlo por el cogote. El señor
Budd se retrasaba y, durante cinco agónicos minutos, Lethbury y Jane tuvieron que
enfrentarse a una feligresía rebosante de conjeturas. Al final apareció el novio,
azorado pero galante, explicándole a su suegro por lo bajo que se le había desgarrado
un guante y había tenido que volver a buscar otro.
–A
ver si vas a perder también el anillo –le susurró Lethbury. Pero el señor Budd sacó
el objeto al instante, y unos minutos más tarde llevaba cautiva a su portadora a
lo largo del pasillo.
En
el transcurso del desayuno nupcial, Lethbury advirtió que su esposa le clavaba una
mirada de discreto reproche, y comprendió que su hilaridad excedía los límites de
lo decoroso. Se recompuso e intentó moderar el tono, pero su júbilo burbujeaba como
una copa de champán cuyo contenido no deja de renovarse. Cuanto más bebía, más elevaba
la voz.
El
punto culminante se produjo cuando, dispersándose ya los últimos invitados, Jane
bajó vestida para el viaje y se desplomó sobre el cuello de su madre.
–¡No
puedo dejarte! –se lamentó entre sollozos, e instantáneamente Lethbury se sintió
tan sobrio como hubiera podido estarlo alguien bajo el chorro de una ducha. Pero
si la novia parecía indecisa, su captor se mostró implacable. Nunca antes había
estado el señor Budd más arrogante y aquilino. Los últimos temores de Lethbury se
disiparon cuando el joven apartó bruscamente a Jane del regazo de su madre y la
condujo hasta el carruaje.
El
carruaje se alejó, la última empleada abandonó su puesto en el guardarropa, se plegó
la alfombra roja y se cerró la puerta de la casa. Lethbury permaneció unos minutos
en el vestíbulo a solas con su esposa. Cuando se volvió hacia ella, reparó en la
mirada de vencido heroísmo de sus ojos, en las marcadas arrugas de su rostro. Todo
en ella traslucía con tanta exactitud lo que él mismo sentía que no pudo evitar
enternecerse. La tensión nerviosa había sido formidable. Se acercó a su esposa y
ésta, por un impulso recíproco, apoyó una mano en su brazo. Él la retuvo allí durante
unos instantes.
–Salgamos
a cenar los dos tranquilamente a un restaurante –propuso él.
Hubo
un tiempo en que una proposición así habría constituido para ella una reprobable
improvisación. Pero esta vez aceptó sin pensarlo.
–¡Oh,
estupendo! –murmuró con un profundo suspiro de alivio y bienestar.
Después
de todo, Jane había cumplido su misión: había conseguido unirlos.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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