Carson McCullers
Aunque Marian, mi hermana, tiene dieciocho años y
es cinco mayor que yo, estábamos más unidas y nos divertíamos más juntas que la
mayoría de las hermanas. Y, más o menos, lo mismo sucedía con Dan, nuestro
hermano. En verano íbamos los tres juntos a nadar. De noche, en invierno, era
frecuente que jugáramos al bridge de tres o al Michigan, con cinco o diez
centavos de apuesta. Los tres nos divertíamos solos más que ninguna de las
familias que conozco. Así era siempre hasta que pasó esto.
Y tampoco era que Marian se
mostrara condescendiente conmigo. Es una muchacha muy lista y ha leído más
libros que nadie entre la gente que yo conozco, profesores incluidos. Pero en
el instituto nunca le daba por coquetear, ni por ir en coche con otras muchachas
y recoger a muchachos ni por estacionarse en la heladería y todo ese tipo de
cosas. Cuando no estaba leyendo le gustaba jugar conmigo y con Dan. No era tan
mayor como para despreocuparse de los chocolates en el refrigerador ni para
dormir tranquilamente la noche de Navidad, digamos, como hacen los adultos. En
algunas cosas era como si yo misma tuviera más años que ella. Incluso cuando
Tuck empezó a venir a la casa el verano pasado, fui yo quien le decía a veces
que no llevara medias cortas porque quizá fueran al centro o quien le insistía
para que se depilara el entrecejo como las otras chicas.
Dentro de un año, en junio, Tuck
se graduará en la universidad. Es un chavo larguirucho, de mirada ávida, y tan
inteligente que se paga los estudios gracias a una beca. Empezó a salir con
Marian el verano pasado, con el coche familiar cuando se lo dejaban, y se ponía
trajes blancos de lino muy bien planchados. Vino mucho en esa época, pero este
verano lo hizo todavía con más frecuencia: antes de marcharse aparecía todas
las noches a ver a mi hermana. No tengo nada contra él.
Las cosas empezaron a cambiar
entre nosotras dos hace algún tiempo, aunque no me di cuenta por entonces. Sólo
este verano, después de cierta noche, se me ocurrió por primera vez que quizá
podríamos llegar adonde estamos ahora.
Aquella noche era ya tarde
cuando me desperté. Al abrir los ojos pensé por un momento que faltaba poco
para el amanecer y me asusté al ver que Marian no estaba en su lado de la cama.
Pero se trataba sólo de la luz de la luna, que brillaba fría y blanca al otro
lado de la ventana y hacía que las hojas de roble que bajaban hacia el jardín
por delante de la casa parecieran tan negras como la pez y bien separadas unas
de otras. Todavía estábamos a primeros de septiembre, pero no sentí ningún
calor mirando la luz de la luna. Me tapé con la sábana y recorrí con los ojos
las formas oscuras de los muebles en nuestro dormitorio.
Ese verano me había despertado
muchas veces de noche. El caso es que Marian y yo siempre hemos compartido la
habitación y cuando ella llegaba y encendía la luz para coger el camisón o lo
que fuera, me despertaba. A mí me gustaba. Durante las vacaciones de verano no
tenía que levantarme temprano para ir a la escuela. A veces hablábamos durante
mucho tiempo tumbadas en la cama. Me gustaba que me describiera los sitios
donde Tuck y ella habían estado o reírme con ella de diferentes cosas. Muchas
veces antes de aquella noche Marian me había hablado de Tuck como si yo fuera
de su edad, preguntándome si me parecía que debía de haber dicho esto o aquello
cuando él venía a casa y a veces me daba un abrazo después. Marian estaba de
verdad loca por Tuck. Una vez me dijo: “Es tan encantador… Nunca pensé que
pudiera conocer a nadie como él…”
También hablábamos de nuestro
hermano. Dan tiene diecisiete años y su idea era empezar el preparatorio para
la Politécnica en otoño. Dan se había hecho mayor ese verano. Una noche no
apareció hasta las cuatro de la madrugada y con unas copas de más. Papá estuvo
furioso con él la semana siguiente. De manera que se fue de excursión y estuvo
acampando con otros muchachos unos cuantos días. Solía hablar con Marian y
conmigo de motores diésel y de irse a América del Sur y cosas por el estilo,
pero ese verano estaba ya muy callado y apenas nos decía nada a ninguno de la
familia. Dan es muy alto y tan flaco como un palillo. Ahora tiene bultos en la
cara y es torpe y no muy guapo. Sé que a veces pasea solo de noche y que quizá
llega hasta los pinares más allá de los límites de nuestro pueblo.
Estaba en la cama pensando en
cosas así y preguntándome qué hora era y cuándo aparecería Marian. Aquella
noche, después de que mis hermanos se marcharan, me había reunido en la esquina
con algunos chavos del barrio para tirar piedras a los faroles y tratar de
matar algún murciélago. Al principio me daban escalofríos porque me imaginaba
que eran vampiros pequeños como los de Drácula. Pero cuando vi que no eran
mucho más grandes que una mariposa nocturna me dio igual que los mataran o no.
Estaba sentada en la acera, dibujando con un palo en la calle polvorienta,
cuando Marian y Tuck pasaron muy despacio en coche. Mi hermana estaba pegada a
él. No hablaban ni sonreían: sólo iban muy despacio calle adelante, muy juntos,
la mirada al frente. Cuando pasaron y vi quiénes eran, grité:
–¡Marian!
El automóvil siguió adelante muy
despacio y nadie me respondió. Así que me quedé en mitad de la calle
sintiéndome un poco estúpida, con todos los otros muchachos a mi alrededor.
Bubber, un niño odioso que vive
en otra manzana de nuestra misma calle, se me acercó.
–¿Era tu hermana? –quiso saber.
Le dije que sí.
–Iba muy pegada a ese muchacho –comentó.
Me enfadé muchísimo, como me
sucede a veces. Me dejé llevar por la indignación y le tiré todas las piedras
que tenía en la mano derecha. Bubber es tres años menor que yo y no estuvo
bien, pero en primer lugar nunca lo he soportado y además a él le pareció que
estaba diciendo una cosa muy divertida sobre Marian. Empezó a agarrarse el
cuello y a berrear, y yo los dejé plantados, me volví a casa y me preparé para
acostarme.
Cuando me desperté, empecé
también a pensar en aquello al cabo de un rato y tenía aún presente al pobre
Bubber Davis cuando oí el ruido de un auto que se acercaba a la manzana donde
vivimos. Nuestra habitación da a la calle y el jardín que hay en medio es muy
estrecho. Se ve y se oye todo lo que pasa en la acera y en la calle. El
automóvil pasó con mucha lentitud por delante de la puerta principal y la luz
de los faros se deslizó muy blanca y como en cámara lenta por las paredes de
nuestro cuarto. Se detuvo en el escritorio de Marian, mostró con toda claridad
los libros que estaban allí y medio paquete de chicles. Luego todo quedó de
nuevo a oscuras y fuera sólo brillaba la luna.
No se abrió la portezuela del
coche pero yo los oía hablar. Lo oía a él, quiero decir. Pero como lo hacía en
voz muy baja, no captaba el significado, sólo que parecía explicarle algo a mi
hermana una y otra vez. A Marian no la oí pronunciar ni una palabra.
Aún estaba despierta cuando oí
que alguien se apeaba del carro. Marian dijo: “No te bajes”. Y luego un portazo
y el ruido de los tacones de mi hermana por el caminito hasta la puerta, rápido
y ligero, como si corriera.
Mamá la estaba esperando en el
pasillo delante de nuestra habitación. Había oído cerrarse la puerta de la
calle. Siempre está atenta a cuando llegan Marian y Dan y nunca se duerme hasta
que vuelven. A veces me pregunto cómo puede estar tumbada a oscuras durante
horas sin dormirse.
–Es la una y media, Marian
–dijo–. Tendrías que haber vuelto antes.
Mi hermana no dijo nada.
–¿Lo has pasado bien?
Mamá es así. Me la imagino en el
pasillo con el camisón hinchándosele alrededor y dejando ver sus piernas con un
blancor de muerto y venas azules marcadas, bastante desarreglada. Mamá queda
mejor cuando se viste para salir.
–Sí, lo hemos pasado
estupendamente –dijo Marian. Su voz sonaba curiosa, como el piano en el
gimnasio de la escuela, demasiado alto y agudo. Curiosa, ya digo.
Mamá le estaba haciendo más
preguntas. ¿Adónde habían ido? ¿Se habían encontrado con algún conocido? Todas
esas cosas. Mamá es así.
–Buenas noches –dijo Marian con
aquella voz desafinada.
Abrió muy deprisa la puerta de
nuestro cuarto y entró. Me dispuse a hacerle saber que no dormía, pero me
callé. Su respiración era agitada y fuerte en la oscuridad y estuvo un buen
rato sin moverse. Al cabo de unos minutos buscó a tientas su camisón en el
armario y se metió en la cama. Entonces la oí llorar.
–¿Te peleaste con Tuck? –le
pregunté.
–No –me respondió. Luego cambió
de idea–. Sí, nos peleamos.
Si hay una cosa que siempre me
da escalofríos es oír llorar a alguien.
–Yo que tú no me preocuparía.
Seguro que hacen las paces mañana.
La luz de la luna entraba por la
ventana y vi que Marian movía la mandíbula de un lado a otro y miraba al techo.
La estuve mirando durante mucho tiempo. La luz de la luna lo enfriaba todo y
había una brisa también fresca que entraba por la ventana. Me acerqué como hago
a veces para abrazarla, pensando que quizá dejara de mover la mandíbula de
aquella manera y también de llorar.
Marian temblaba de pies a
cabeza. Cuando la toqué saltó como si la hubiera pellizcado, me apartó muy
deprisa y me dio patadas en las piernas.
–No –dijo–. Hazme el favor.
Quizás había enloquecido de
repente, se me ocurrió. Lloraba más despacio pero con más sentimiento. Me
asusté un poco, me levanté y fui un minuto al cuarto de baño. Mientras estaba
allí miré por la ventana hacia la esquina de la calle donde está el farol.
Entonces vi algo que tuve la seguridad de que a Marian le interesaría.
–¿Sabes? –le dije cuando volví a
la cama.
Estaba lo más cerca del borde
que podía ponerse, completamente rígida. No me contestó.
–El carro de Tuck está estacionado
junto al farol de la esquina. Pegado a la acera. Lo sé por la cajuela y las dos
llantas de atrás. Lo vi por la ventana del cuarto de baño.
Ni siquiera se movió.
–Debe estar allí sentado. ¿Qué
es lo que les pasa?
No dijo nada.
–No lo he visto, pero
probablemente está sentado dentro del coche bajo el farol. Sin hacer nada.
Era como si no le importara o lo
hubiera sabido todo el tiempo. Estaba lo más al borde de la cama que podía, las
piernas extendidas y rígidas, las manos bien agarradas al borde del colchón y
la cabeza sobre un brazo.
Siempre solía dormir
despatarrada en mi lado de la cama, de manera que tenía que empujarla cuando
hacía calor y a veces encender la luz y trazar una línea en el centro y hacerle
ver que de verdad invadía mi lado. Aquella noche no iba a necesitar ninguna
raya, pensé. Me sentía mal. Estuve contemplando mucho tiempo la luz de la luna
antes de dormirme.
Al día siguiente era domingo y
mamá y papá fueron a la iglesia por la mañana porque se cumplían años de la
muerte de mi tía. Marian dijo que no se encontraba bien y no se levantó. Dan
había salido y me quedé sola, de manera que, como es lógico, fui a nuestra
habitación, con Marian. Estaba tan blanca como la almohada y tenía unas ojeras
muy grandes. En un lado de la cara le saltaba un músculo como si estuviera
masticando. No se había peinado y el pelo le caía sobre la almohada, rojo
brillante y desordenado, pero bonito. El libro que leía se lo acercaba mucho a
la cara. No movió los ojos cuando entré. Me pareció que tampoco los movía por
la página.
El calor era espantoso aquella
mañana. El sol hacía que todo centelleara, de manera que mirar afuera hacía que
te dolieran los ojos. En nuestro cuarto el calor era tan intenso que casi se
podía tocar el aire con los dedos. Pero Marian se tapaba incluso los hombros
con la sábana.
–¿Va a venir Tuck hoy? –le
pregunté. Trataba de decir algo que la alegrara un poco.
–¡Dios santo! ¿Es que no se
puede tener un poco de paz en esta casa?
Nunca solía decir cosas
hirientes como aquella sin provocación. Cosas hirientes, quizá, pero no
malhumoradas.
–Claro –respondí–. No te
preocupes, nadie se va a fijar en ti.
Me senté y fingí leer. Cuando se
oían pasos por la calle, Marian apretaba el libro con más fuerza y me di cuenta
de que escuchaba con toda su alma. Yo distingo con facilidad unos pasos de
otros. Sé incluso sin mirar si la persona que pasa es de color o no. En su
mayor parte la gente de color hace ruido como de arrastrar los pies. Cuando los
pasos se alejaban ya, Marian aflojaba el libro y se mordía los labios. Lo mismo
con los carros.
Me daba pena. Decidí allí y
entonces que nunca permitiría que una pelea con un muchacho hiciera que me
sintiera tan mal ni que tuviera un aspecto tan horrible como el de ella. Pero
quería que mi hermana y yo volviéramos a ser las de antes. Los domingos por la
mañana son ya bastante malos de por sí sin necesidad de añadirles otros
problemas.
–Tú y yo nos peleamos mucho
menos que la mayoría de las hermanas –dije–. Y cuando lo hacemos, se nos pasa
en seguida, ¿no es cierto?
Murmuró algo y siguió con la
mirada fija en el mismo lugar del libro.
–Eso está bien –dije.
Marian movía ligeramente la
cabeza de lado a lado, una y otra vez, pero su expresión no cambiaba.
–Nunca estamos peleadas mucho
tiempo como les pasa a las dos hermanas de Bubber Davis…
–No –respondió como si estuviera
pensando en lo que le acababa de decir.
–Nunca nos hemos peleado tanto,
que yo recuerde.
Al cabo de un minuto alzó la
vista del libro por primera vez.
–Yo sí recuerdo una pelea así
–dijo de repente.
–¿Cuándo?
Sus ojos parecían verdes sobre
la negrura de las ojeras y como si se estuvieran clavando en lo que veían.
–Tuviste que quedarte en casa
todas las tardes durante una semana. Fue hace mucho tiempo.
De pronto me acordé. No había
pensado en ello durante mucho tiempo. Me negaba a recordarlo. Cuando Marian lo
dijo se me vino todo a la memoria.
Hacía de verdad muchísimo
tiempo: Marian tenía unos trece años. Si recuerdo bien, yo era mala e incluso
más dura que ahora. A la tía a la que quería más que a todas las demás juntas
le nació un hijo muerto y ella se murió. Después del funeral mamá nos explicó a
Marian y a mí lo que había pasado. Las cosas nuevas que no me gustan me
enfurecen siempre cuando me entero; me enfurecen muchísimo y me asustan.
No era eso de lo que hablaba
Marian, sin embargo. Unos cuantos días después de aquello, mi hermana empezó
con lo que a las muchachas mayores les pasa todos los meses y por supuesto me
enteré y me llevé un susto de muerte. Mamá me lo explicó, así como lo que
Marian tenía que llevar. Sentí lo que había sentido por la muerte de mi tía, sólo
que diez veces peor. También vi a Marian de otra manera, y estaba tan enfadada
que quería arremeter contra la gente y golpearla.
No lo olvidaré nunca. Marian
estaba en nuestro cuarto, delante del espejo del tocador. Cuando me acordé de
su cara de entonces me di cuenta de que estaba tan blanca como ahora sobre la
almohada, con las mismas ojeras y con el pelo, lustroso, cayéndole por los
hombros, aunque más joven.
Yo estaba en la cama,
mordiéndome una rodilla con fuerza.
–Se te nota –dije–. ¡Ya lo creo
que sí!
Llevaba un suéter y una falda
azul plisada y estaba tan flaca toda ella que se le notaba un poco.
–Cualquiera se dará cuenta. Sin
hacer ningún esfuerzo. Basta con mirarte y cualquiera se dará cuenta.
En el espejo estaba muy pálida y
no se movió.
–Resulta horrible. Yo no seré
nunca así. Se nota mucho y todo eso.
Marian se echó a llorar y se lo
dijo a nuestra madre y añadió que no iba a ir a la escuela ni nada parecido.
Estuvo llorando mucho tiempo. Así de mala y de dura era yo entonces y aún lo
soy a veces. Por eso tuve que quedarme en casa todas las tardes durante una
semana hace mucho tiempo…
Tuck se presentó con su coche
aquel domingo antes de la hora del almuerzo. Marian se levantó, se vistió a
toda velocidad, y ni siquiera se pintó los labios. Dijo que comía fuera de
casa. Casi todos los domingos pasábamos el día en familia, de manera que aquello
era un poco extraño. No regresaron a casa hasta muy avanzada la tarde. Cuando
el coche reapareció los demás estábamos en el balcón delantero tomando té
helado a causa del calor. Después de que se apearan, papá, que había estado de
muy buen humor durante todo el día, insistió en que Tuck se quedara a tomar un
vaso de té helado.
Tuck se sentó en el columpio de
jardín con Marian, pero no se recostó ni apoyó los talones en el suelo, como si
estuviera dispuesto a volver a levantarse en cualquier momento. Se cambiaba el
vaso de mano una y otra vez y no paró de iniciar nuevas conversaciones. Marian
y él no se miraron excepto de reojo y cuando lo hicieron no era como si
estuvieran locos el uno por el otro. Era una mirada extraña. Casi como si
tuvieran miedo de algo. Tuck se marchó en seguida.
–Ven a sentarte junto a tu papá,
Gatita –dijo nuestro padre. Gatita es como llama cariñosamente a Marian cuando
está de muy buen humor. Todavía le gusta mimarnos.
Marian fue a sentarse en el
brazo de su sillón. Tan rígida como se había sentado Tuck, apartándose un poco,
de manera que el brazo de papá no conseguía rodearle la cintura. Nuestro padre
fumaba uno de sus puros y miraba hacia el jardín y los árboles, que empezaban a
fundirse en la oscuridad del crepúsculo.
–¿Qué tal le van las cosas a mi muchacha
grande en estos días?
A papá todavía le gusta
abrazarnos cuando está contento y tratarnos, incluida Marian, como a niñas
pequeñas.
–Bien –respondió ella. Se
retorció un poco, como si quisiera levantarse y no supiera cómo hacerlo sin
herir sus sentimientos.
–Tuck y tú la han pasado muy
bien este verano, ¿no es cierto, Gatita?
–Sí –dijo ella. Había empezado a
mover la mandíbula de un lado para otro. Yo quería decir algo pero no se me
ocurría nada.
Papá dijo:
–Tendrá que volver a la
Politécnica más o menos por estas fechas, ¿no es así? ¿Cuánto tiempo le queda?
–Menos de una semana –respondió
Marian. Se levantó tan deprisa que le tiró a papá el cigarro que sostenía entre
los dedos. Ni siquiera se detuvo a recogerlo, sino que entró muy decidida en
casa por la puerta principal. La oí llegar casi corriendo hasta nuestra
habitación y el ruido que hizo al encerrarse dentro. Sabía que iba a echarse a
llorar.
Hacía más calor que nunca. El
jardín empezaba a quedarse a oscuras y el zumbido de las cigarras era tan agudo
y continuo que no te dabas cuenta de que lo oías como no pensaras en ello. El
cielo tenía un color gris azulado y los árboles en el solar al otro lado de la
calle eran sombras oscuras. Me quedé en el balcón con papá y mamá y oí cómo
hablaban en voz baja aunque sin escuchar lo que decían. Quería ir a nuestro
cuarto y hacerle compañía a Marian, pero no me atrevía. Quería preguntarle cuál
era el problema en realidad. ¿Lo terrible de la pelea con Tuck o que estaba tan
loca por él que le entristecía su marcha? Durante un minuto pensé que no era
ninguna de las dos cosas. Quería saberlo pero me daba miedo preguntar. De
manera que seguí en el balcón con las personas mayores. Nunca me he sentido tan
sola como aquella noche. Si alguna vez pienso en estar triste, sólo tengo que
recordar cómo me sentí entonces: allí sentada, mirando las largas sombras
azuladas del jardín y sintiendo que era la única hija que le quedaba a la
familia y que Marian y Dan estaban muertos o se habían ido para siempre.
Ahora ya es octubre, el sol
brilla mucho pero el día es fresco y el cielo tiene el color de mi sortija de
turquesas. Dan se ha ido a estudiar a la Politécnica. Tuck también. Pero no es
en absoluto como el otoño último. Vuelvo de la escuela y Marian quizá está
sentada junto a la ventana y lee o escribe a Tuck o mira a la calle sin hacer
nada. Está más delgada y a veces su cara me parece la de una persona mayor. O
como si algo, de repente, le hubiera sentado mal. Ya no hacemos las cosas que
solíamos. El tiempo es estupendo para preparar dulce de leche y tantas otras
cosas. Pero Marian se limita a no hacer nada o a dar largos paseos a última
hora de la tarde cuando refresca, ella sola. En ocasiones sonríe de una manera
que desanima a cualquiera: como si yo fuera una niña ignorante y todo eso. Y
más de una vez tengo ganas de llorar o de darle un puñetazo.
Pero soy tan dura como la que
más. Me las puedo arreglar sin nadie si es eso lo que quiere Marian o cualquier
otra persona. Me alegro de tener trece años, de llevar calcetines y de hacer lo
que me apetece. No quiero crecer más si es para convertirme en otra Marian.
Pero no sucederá. Nunca me va a gustar nadie tanto como a Marian le gusta Tuck.
Nunca permitiré que ningún chico ni ninguna cosa me hagan comportarme como se
comporta ella. Y no voy a perder el tiempo tratando de conseguir que mi hermana
vuelva a ser como antes. Me siento sola –es cierto–, pero no me importa. Sé que
no hay manera de quedarme en los trece años toda la vida, pero sé que nunca
dejaré que nada me cambie en absoluto, sea lo que sea.
Patino y monto en bicicleta y
los viernes voy a los partidos de futbol de la escuela. Pero cuando una tarde
todo el mundo se sentó en el gimnasio del sótano y empezaron a hablar de
ciertas cosas –casarse y todo eso– me levanté en seguida para no oírlo y subí y
me puse a jugar basquetbol. Y cuando algunas de las muchachas empezaron a decir
que se iban a pintar los labios y a ponerse medias dije que yo no lo haría ni
por cien dólares.
Ya ven que no seré nunca como
Marian ahora. Por supuesto que no. Cualquiera que me conozca se dará cuenta.
Sencillamente no, eso es todo. No quiero crecer si es para acabar así.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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