Antonio Ballesteros
Los
iniciales choques en cadena se produjeron cuando los primeros rayos de sol
alumbraron un Montevideo que comenzaba a desperezarse:
Los desconcertados
conductores que llegaban al final de la Avenida 18 de Julio no desembocaban,
como cada día, en Bulevar Artigas, sino que topaban con las rectas descampadas
de General Flores y los alrededores del hipódromo.
Se sucedieron
entonces los frenazos e, inevitablemente, las embestidas de los autos que
circulaban a toda velocidad contra los que aminoraban la marcha para
orientarse.
Un fenómeno
parecido acaeció simultáneamente en múltiples puntos de la ciudad, y donde
acostumbraba a estar la plaza Cagancha apareció de pronto un trozo de la plaza
de la Independencia.
En la de los 33
apareció un trozo de rambla, y sobre su césped sesteaban los lobos marinos que
poco antes se desayunaban con los peces del Río de la Plata. A su alrededor,
cientos de perros ladraban, pero los lobos continuaban, indiferentes y
perezosos, su indolente descanso.
Así, en menos
de media hora el tránsito se colapsó absolutamente en todas las vías
circulatorias montevideanas.
Por si lo
anterior fuera poco, la gigantesca translación llevó las estaciones de energía
eléctrica a las dársenas del puerto, donde quedaron medio sumergidas y
humeantes, y el flujo eléctrico dejó de recorrer la ciudad.
La mayoría de
los que por esa circunstancia quedaron atrapados en diversos ascensores, se
afanaban desesperada e inútilmente en pedir socorro a través de unos celulares
que ya no funcionaban. Sin embargo, una minoría de los encerrados convirtió el
incidente en un suceso virtuoso, y de inmediato comenzó a intercambiar muy
variados fluidos con el inesperado compañero o compañera de encierro que le
había correspondido…
Al aeropuerto
de Carrasco dejaron de llegar los aviones: ante la cambiante ubicación de las
pistas, que tan pronto estaban como desaparecían, daban unas cuantas vueltas y
después se desviaban a Ezeiza.
La mayoría de
las esquinas fueron ocupadas por predicadores religiosos y apocalípticos: todos
vociferaban el fin de los días y proclamaban el advenimiento de sus respectivos
mesías, que sin excepción eran flamígeros y vengativos y muy de temer.
A esas alturas,
los animales del zoológico campaban a sus anchas, y los más bravos y
hambrientos correteaban jubilosos tras palomas, perros o incluso los
transeúntes más artríticos, para darse un atracón de proteínas.
Los animales
herbívoros que habían quedado sueltos, en cambio, pastaban tranquilos: las
jirafas ramoneaban las jugosas hojas de los árboles; en uno de ellos, una
familia de chimpancés se divertía con inverosímiles piruetas, tras haberse
obsequiado con un festín de hamburguesas, panchos y chivitos al plato en un
kiosco callejero abandonado por su dueño, que lo buscaba, infructuosamente, en
otro trozo de la ciudad.
Caso aparte fue
el de las serpientes y, en general, todo tipo de reptiles: nadie sabe por qué,
se atrincheraron en los cajeros automáticos de los bancos y de las entidades
financieras, privando a los montevideanos de practicar uno de sus deportes
favoritos: integrarse en interminables colas para jugar apenas minuto y medio
con la caprichosa maquinita que les dispensa, o no, su propio dinero.
Aunque a esas
horas, y a decir verdad, el dinero servía ya para muy poco: sobre las diez de
la mañana, el efecto translatorio había comenzado a producirse también en el
interior de los inmuebles, y las habitaciones de los edificios comenzaron a
aparecer en cualquier otro.
El intendente
Martínez temblaba, pateaba y maldecía al ver aflorar por doquier las tripas de
la ciudad, y al comprobar el surrealista estado en el que quedaban las veredas
y el asfalto tras cada transformación.
Se cuenta que
Pepe Mujica salió de su despacho para visitar, en el contiguo, a su asesor de
imagen, pero no encontró a su camarada sino que se dio de bruces con un Alberto
Lacalle que vestía un holgado uniforme de policía municipal.
Y es que había
comenzado igualmente la transmutación de los objetos, y quien entraba a un baño
ataviado como el ejemplar oficinista que era, salía de él embutido en un traje
de bombero, cirujano, o bichicome.
Por cierto,
cientos de bichicomes se vieron de pronto emplazados en los sillones de la
cámara de senadores, vistiendo con austera elegancia trajes de dos mil dólares.
Pero duraron poco allá, los bichicomes, y los más atrevidos incluso se llevaron
el sillón al hombro.
Cerca del
Palacio Legislativo vieron al presidente de Antel rebuscando en un contenedor
de basura: el hombre no buscaba el decreto con el aumento de tarifas, como se
rumoreó, simplemente pretendía rescatar de la caja fuerte de su despacho la
escritura de propiedad de la chacra que el día anterior había comprado en un
paradisíaco paraje de Rocha.
Quienes dormían
cuando se iniciaron los cataclismos reseñados en esta crónica, se despertaban
boquiabiertos junto a esposas que no eran las suyas o a maridos totalmente
desconocidos.
El Presidente
de Nacional C. de F. se vio de pronto rodeado de banderas y símbolos aurinegros
que le produjeron violentos escalofríos, al despertar en la habitación del más
forofo hincha de Peñarol. Peor incluso lo pasó el presidente carbonero: cuando
despertó comprobó que vestía un gorro tricolor, idénticos colores a los de la
camiseta y los calzones que –sin recordar cuándo se los había puesto– vestía.
Los militantes
del Frente Amplio que aparecían en casas de blancos o de colorados se
convencían de que habían sido condenados a un infierno en el que no creían.
Y si el
fenómeno acaecía a la inversa, y un colorado o un blanco se descubría de pronto
en la morada de un frenteamplista, lo primero que se le venía a la cabeza es
que los del gobierno querían finalizar los rumores sobre lo sucedido en ANCAP y
estaban raptando a los opositores.
Los
seleccionados de la Celeste, que en ese momento entrenaban en el Centenario,
vieron interrumpidas sus evoluciones y se encontraron de pronto medio
sumergidos en el estanque del Parque Rodó. Los Suárez, Cavani y compañía
comenzaron a disputar la bola con los patos, ante la impertérrita mirada del
maestro Tabaré, que insistía en convencerles de que allá no pasaba nada extraño
y que podían aprovechar la transmutación para ejercitarse sobre césped mojado.
A un sacerdote
católico le apareció inopinadamente en las manos un polvillo blanco que
semejaba talco; quedó atónito en un primer momento, pero luego se llevó los
polvillos a la nariz y los aspiró, y comenzó entonces una experiencia mística
que jamás olvidaría.
Los redactores
de los principales periódicos y emisoras de radio y televisión, que al
principio de la mañana y con extrema urgencia fueron enviados a la calle por
sus directores, habían desistido ya de regresar a sus redacciones, perdidos en
el plano de una ciudad a cada poco cambiante.
Varios miembros
de Agarrate Catalina vieron bruscamente suspendido su ensayo y se encontraron,
de pronto, entre los muros del convento de clausura de unas monjas ursulinas:
tras unos segundos de estupor pronto convinieron que los hábitos monjiles en
los que estaban embutidos, aunque un poco estrechos para sus atléticos talles,
les sentaban de maravilla.
Los okupas del
centro de la ciudad se despertaron repartidos por diversas y lujosas
residencias de Pocitos, cuyos moradores, en cambio, cuando salían de su pasmo
se descubrían, con amargo gesto, en diferentes asentamientos irregulares y
cantegriles, a lo largo y ancho de todo el extrarradio de la desmembrada
ciudad.
Algunos
taximetristas, cual ubérrimos guías, invitaban a los desconcertados transeúntes
a viajes gratis de apenas cincuenta metros, en los escasos tramos por donde se
podía circular. Y los chóferes de Cutsa, algo nunca visto, transitaban con
inusitada suavidad y sin frenazos.
Varios
empleados del Subte aparecieron sobre las cúpulas del Palacio de Salvo, pero
por más que gritaban pidiendo auxilio nadie, desde el suelo, les escuchaba.
Una escuela de
candombe de Palermo se vio transportada en bloque al interior de la Biblioteca
Nacional, aunque sus componentes, por más que aporreaban sus instrumentos,
hacían muy poco ruido porque sus tambores se habían trocado en los mullidos
almohadones que unos segundos antes habían desaparecido, como por ensalmo, de
varias sucursales de Tienda Inglesa.
Las estatuas
ecuestres del Gaucho y de don José Artigas se habían liberado de sus anclajes y
galopaban jubilosas y libres por el celeste y despejado cielo montevideano,
quizá buscando los restos desperdigados del hipódromo para largarse una
picadita.
Sobre las 15
horas, cuando no quedaba ya ningún supermercado, tienda ni kiosco libre de
saqueo, y por las calles deambulaban personas abrazadas a televisores de
plasma, microondas, torres de pc o incluso a heladeras que no sabían adónde
llevar porque ni remotamente encontraban el camino hacia sus casas, se produjo
en cadena otra transmutación: la de los líquidos, y en los termos el agua se
trocó en medio y medio.
Por doquier
comenzaron entonces a escucharse miles de sugerentes descorches, y quienes
deambulaban por las calles con electrodomésticos los dejaron de inmediato en
las veredas, para libar el burbujeante líquido.
Pero el alivio
duró poco: a las cinco de la tarde, cuando el ambiente climatológico comenzaba
a refrescar de forma alarmante, y parecía que a punto estaba el sol de
zambullirse en el horizonte, de pronto el astro rey se detuvo y, luego de unos
minutos de inmovilidad, trazando graciosas espirales comenzó a elevarse de
nuevo.
No hubo noche
ese día, y las transmutaciones y traslaciones continuaron sucediéndose en
Montevideo. Al no encontrar nadie su verdadera casa, casi todas las cerraduras
fueron forzadas, y en múltiples lugares, cuando la gente se convenció de que
nada tenía ya que perder, comenzaron a brotar solidarias amistades.
Y en fin, esta
apresurada crónica podría extenderse de manera indefinida si no fuera porque
las páginas del cuaderno en las que este escribano escribe se trocan en tierna
y moldeable arcilla (que este escriba no sabe manejar) y porque –este escriba
lo empieza a notar en la rigidez de sus falanges y en la opacidad y pesadez de
sus párpados–, el propio escribano está comenzando a petrificarse y en pocos
minutos quedará convertido en una más de las estatuas descolocadas de esta
cambiante ciudad…
Si se quedan
acá lo verán.
(Tomado
de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)
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