Giovannino Guareschi
–Margherita
–dije, mientras me sentaba a la mesa–, ¿te acuerdas de aquel terreno del que te
hablé el año pasado?
–No –respondió Margherita–, ¿por qué?
–Porque lo compré.
Margherita me miró estupefacta; y explicó
a los niños:
–No le bastan los disgustos que se busca
como periodista; ¡ahora quiere tener más como granjero!
Le dije que no había por qué exagerar la
cosa.
–Es un terreno de una hectárea –precisé.
Pero eso, en vez de tranquilizar a
Margherita, aumentó su excitación.
–Hace seis o siete años que en los
periódicos no se habla más que de hectáreas, y él va y precisamente compra una
hectárea de terreno.
Este es uno de los famosos razonamientos
de Margherita; ya me había habituado a esa clase de lógica, pero aquella vez no
pude evitar el enfadarme y la invité a no decir tonterías.
–¿Tonterías? –replicó Margherita–.
Ocupaciones de tierras, discusiones sobre los latifundios y las reformas
agrarias, inundaciones y demás; dime: ¿están o no están mezcladas las hectáreas
en todos los líos políticos que se refieren al campo?
Aquella noche la cosa quedó así, porque me
retiré de la lucha. Pero al día siguiente, Margherita me preguntó:
–Y esa hectárea, ¿dónde está?
Después quiso saber si en el terreno
crecía hierba y si había alguna planta.
Y así llegó el día en que oí a la
Pasionaria que hablaba por teléfono con su amiguita y le explicaba:
–No, mañana no puedo. Mañana vamos a ver
la hectárea de papá…
Nos detuvimos en el restaurante del pueblo
y nos sentamos a la mesa para comer algo. En la estancia contigua a aquella en
que nos hallábamos había gente que bebía y charlaba. Entró un recién llegado y
dijo:
–Parece ser que vino el que compró el
pequeño terreno del cruce.
–¿Qué pinta tiene? –preguntó alguien.
–No lo he visto. Pero, tal como están las
cosas, sólo puede tener pinta de estúpido.
–Ya –añadió un tercero–. Si ha pagado por
ese terreno del tamaño de un pañuelo más del doble de lo que vale, a fuerza
tiene que ser un estúpido.
Intervino un viejo:
–No, no. Todo lo más, un pobre
desgraciado. Quién sabe cómo lo habrán pescado.
–Si uno no entiende de estas cosas, es
mejor que se quede en casa y se dedique a lo suyo –respondió el de antes–. Para
mí, es un estúpido.
–Naturalmente –saltó otro–. Será uno de
esos macacos de la ciudad que en cuanto hacen una excursión al campo les da por
la manía del aire puro, la vida sencilla y otras imbecilidades. Entonces,
compran un pedazo de tierra y después lo venden por la mitad de lo que pagaron.
Rieron. Después, uno dijo:
–¡Menuda mercancía! A lo mejor, en la
ciudad, para ir al retrete tienen que salir fuera del barrio, porque en el suyo
no lo hay, y después, cuando vienen al campo, empiezan en seguida a decir que
sin termo y sin baño con agua caliente y fría no pueden vivir. En la ciudad
llevan la vida más tonta y retirada posible, y cuando están aquí se las dan de
grandes señores, toman el té en el jardín y, si asoman la nariz por la taberna,
se las dan de demócratas, pagan la bebida a todos y juegan a los bolos con los
campesinos. Apuesto el cuello a que esos que han comprado el terreno del cruce
se construyen su casita con baño y termosifón y un jardín con sombrilla para
tomar el té.
–Sí, tienes razón; verás como edifican una
casa.
–Veremos a la señora ir de un lado a otro
en calzones, como si fuera a la playa.
Rieron otra vez. Después, uno comenzó de
nuevo:
–¡Desgraciados! Son los vulgares de
siempre, de la ciudad; esos que en cuanto tienen un huerto, se creen
propietarios y vienen en automóviles llenos de amigos de la ciudad para ver un
campo de tréboles.
–¡Lo que nos vamos a reír si hace la casa!
–exclamó un jovencito–. El que fue capaz de pagar tanto dinero por ese terreno,
debe de ser de esos que aquí, a cuatro pasos del Po, construye un chalet al
estilo suizo.
–Sí, ya conozco a esa gente. Construyen la
casa; después, de vez en cuando, aparecen de improviso: “Por favor, trasládeme
esa puerta un poco más allá… Tapie esa ventana y abra una en la otra parte…
Derribe esta pared y levante otra ahí…” A esos tipos les gusta que se diga de
ellos que son originales y que están un poco chiflados… ¡Después, cuando llega
la hora de pagar, se dan cuenta de lo que vale todo eso!
Intervino el viejo:
–Al fin y al cabo, el comprador tiene
razón; si tiene dinero, puede gastárselo como mejor le parezca…
–¡Dinero! ¿Qué dinero quieres que tenga?
Si fuera un verdadero señor, no vendría aquí a construir una casa. Ni habría
comprado un terreno que no llega siquiera a una hectárea. Ese debe de ser un
tipo de medio pelo…
Margherita movió la cabeza.
–Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Volverás a
vender la hectárea? –preguntó.
–No, Margherita. En cuanto tenga dinero,
construiré una casa con baño, termosifón y un pequeño jardín con flores. Y de
vez en cuando, mientras duren las obras, apareceré por aquí y diré: “Por favor,
esa puerta trasládenla medio metro más a la derecha… Cierre esa ventana y abra
otra en la pared de enfrente…” Es el destino de nosotros, los de medio pelo…
Margherita suspiró y después dijo que, a
pesar de todo, aquello no le disgustaba.
–En el fondo, es bonito poder estar lejos
de la ciudad, disfrutando de esta paz, entre esta gente tan sencilla y cordial.
Entre esta gente que nos comprende…
(Tomado
de www.enfrascopequeno.blogspot.com)
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