Carlos García Miranda
Bruno comenzó a sospechar
que Amalia lo engañaba una noche mientras hacían el amor. En pleno acto, ella
hizo algo inédito en los cinco años que llevaban juntos: lo cogió de las nalgas
y las apretó violentamente contra sus caderas. Al principio, interpretó este
evento como producto del vino que tomó durante la reunión de amigos que
tuvieron horas antes. Amalia era de poco beber. Pero pocas noches después, sin
licor ni nada, volvió a hacerlo. Y no solamente eso, sino también notó un
cambio en la expresión de su rostro. Tenía la boca abierta, el ceño fruncido y
los ojos blancos y vueltos hacia atrás. Nunca la había visto así. Era como si
tratara de recuperar un placer perdido. Eso fue lo que pensó mientras la veía
coger un trozo de papel higiénico y limpiarse la humedad vaginal. Y surgieron
las dudas. Se le ocurrió que si ella trataba de recuperar un placer perdido,
¿entonces cuándo conoció tal placer? ¿O quién se lo hizo sentir?
Al día siguiente, en el desayuno, continuaban sus
dudas. Inconscientemente, comenzó a fijarse en cada uno de sus gestos, miradas
y comentarios, tratando de hallar algún indicio de su traición. Pero no
descubrió nada extraño. Como todos los días, ella untaba su pan con mantequilla
mientras veía el noticiero en el televisor. Cuando se marchó a dictar sus
clases él se quedó sumido en una gran angustia. Volvió a recordar su rostro
ansioso en la cama, también esas manos en sus nalgas. Debe tener otro, se dijo,
y fue a la habitación a buscar entre las cosas de Amalia. De lo alto del
guardarropa sacó varias cajas donde ella solía guardar algunos recuerdos.
Encontró innumerables fotos de distintas épocas, tarjetas de Navidad, boletos
de cine, postales y versos borroneados en hojas de cuaderno escolar. Buscó
también en sus ropas, la mesa de noche, bajo el colchón, en el baño, y hasta
tras los cuadros de la sala. Nada. Desalentado, se tendió sobre el sillón y
comenzó a fumar. Veía el humo expandirse en el reducido espacio de la pieza. ¿Y
si ahora está con él? pensó. Entonces la imaginó saliendo con uno de sus
estudiantes del Conservatorio. Seguro que el muchacho estudiaba para pianista,
se dijo. Ella siempre deseó serlo. Aún se emociona cuando habla de eso. ¿Pero
por qué un estudiante? A lo mejor sale con un pianista de verdad. Podría ser
ese tal Piero, al que siempre suele alabar. O también algún desconocido. Un
tipo que toma el mismo microbús que ella, la corteja cuando se sientan juntos,
y que ha terminado por llevársela a la cama.
Cerca de las diez salió a su trabajo. Era
corrector de pruebas en un periódico conservador. En el trayecto se detuvo a
llamarla por teléfono. Le dijeron que estaba dictando clases. Una hora más
tarde volvió a hacerlo, pero esta vez desde la redacción. La voz en el
auricular le dijo que había salido. Al colgar, imaginó el rostro de Amalia
satisfecho de placer. Nuevamente la angustia se apoderó de él. Así comenzó a
corregir la edición. Inútilmente trató de concentrarse en las notas. A cada
rato tenía que iniciar la lectura. A eso de las ocho de la noche recién pudo
tener un descanso. Y salió a tomar un poco de aire. Sentado en el sofá de la
recepción, seguía con la angustia. Poco después decidió volver a llamarla. Esta
vez lo hizo desde un teléfono público. El fono timbraba al otro lado de la
línea. Nadie contestaba. Colgó. Lo intentó varias veces más, pero seguían sin
atender. Al regresar, encontró la redacción alborotada. El jefe de edición daba
órdenes apresuradas, los reporteros y fotógrafos iban de un lado a otro, y los
teléfonos no dejaban de timbrar. Había ocurrido algo en una embajada. En la
oficina todo se había detenido. Van a rehacer todo política, comentó Saúl, uno
de sus compañeros de oficina. El jefe de la sección fumaba tras su escritorio,
y los otros estaban excitados con la noticia. Un grupo de terroristas había
tomado por asalto la residencia del embajador de Japón. Tenían más de
trescientos rehenes. Para muchos, era el suceso periodístico del año. Para
Bruno no era nada. Él sólo pensaba en Amalia, en lo que estaría haciendo en
esos momentos, tal vez empiernada con otro hombre.
En las siguientes semanas sus dudas se
intensificaron debido a otro descubrimiento. Nuevamente sucedió mientras hacían
el amor. Esa noche, mientras ella se agitaba bajo su pecho, él comenzó a sentir
que su vagina era más profunda que antes. Durante años de relaciones su penetración
siempre había llegado a coparla, pero ahora sentía que dejaba un resto. Eso lo
estuvo perturbando varios días. Al principio, pensó que se trataba de un
desarrollo orgánico natural. Inclusive, llegó a comentárselo, pero ella lo miró
como si la hubiera insultado, así que no insistió en el tema. Luego, viendo un
programa de televisión sobre trasplantes de órganos, se le ocurrió la siguiente
teoría: como él había sido el primer hombre de Amalia, entonces la profundidad
de su vagina tendría que estar acorde con la extensión de su pene. Si ahora su
vagina era más honda, eso podría significar que alguien la había penetrado.
Alguien, obviamente, con un pene más grande. Cuando llegó a esa conclusión, las
imágenes en el televisor se volvieron difusas. En realidad todo se volvió
confuso. Sólo había algo nítido: Amalia lo engañaba.
Los días subsiguientes Bruno estuvo tentado a
enfrentarla, decirle todo lo que sabía y obligarla a confesar. Pero como no
tenía pruebas, pensó que ella podía negarlo, ponerse a llorar y dejarlo como
una zapatilla. Sabía que no soportaría verla en ese estado, y terminaría
dándole la razón. Además, podía ponerla sobre aviso, haciendo que fuera más
cuidadosa con su infidelidad. Tenía que descubrirla con las manos en la masa.
Para ello tramó un plan. Decidió realizar una reunión en su pieza. Ella no se
podría negar, pues desde que vivían juntos siempre se lo había reclamado.
Invitaría a todos aquellos que podrían ser sus amantes. Estaría Rubén,
Adalberto, Juan Castro, Manuel y hasta ese engreído de Salomón. También vendría
ese tal Piero. Amalia se sorprendió con su decisión, inclusive, se podría decir
que no le gustó la idea. Eso lo alentó, y no le dio tiempo de negarse.
Simplemente, le dijo que sería el fin de semana. Y así lo hizo.
El día de la reunión notó que ella se arregló con
mucho cuidado. Generalmente, detestaba el maquillaje y los vestidos de noche.
Bruno interpretó eso como un indicio de su infidelidad: quería estar bella para
su amante. Cuando llegaron los invitados él ocupó el sillón central de la sala.
Desde ahí comenzó a observarlos. Adalberto llegó con una amiga. Eso lo hizo
descalificarlo desde el inicio. Pero luego pensó que era una buena coartada,
así que no lo perdió de vista. Rubén estuvo muy cortés toda la noche, algo poco
común en él. Bruno pensó que podría estar tratando de agradar a Amalia. Juan
Castro pasó desapercibido. Desde que llegó se sentó en un extremo del salón y
ahí permaneció toda la velada. Salomón parecía el dueño de la casa. Se la pasó
piropeando a Amalia y ayudándole con los bocaditos. Era el primer candidato. Y
el tal Piero se emborrachó hasta terminar vomitando en el baño. Amalia tuvo que
llevarlo al cuarto a que descansara. Bruno estuvo tentado a ir tras ella. Pensó
que todo eso podría ser una estratagema para meterse en su cama. Pero se
contuvo. Su plan tenía otras fases.
Luego de terminada la reunión, ya de madrugada,
Bruno pasó revista a sus candidatos. Estaba entre ese tal Piero y Salomón. A
Salomón ambos lo conocían desde la universidad. Ellos eran amigos desde mucho
antes de que Bruno los conociera. En algún momento pudieron tener un desliz
amoroso, imaginó Bruno. Eso suele ocurrir. Con respecto al tal Piero, él estaba
casi seguro que Amalia sentía algo más que amistad y admiración hacia él. Le
gustaba. Lo notó cuando lo llevó al cuarto. Pero dudaba de que fuera recíproco.
Le pareció que a Piero le gustaban los hombres. Finalmente, decidió jugársela
por Salomón. Era un candidato demasiado fuerte como para dejarlo de lado.
Además, con él sería más fácil llevar a cabo la otra parte de su plan.
Una semana después, Bruno llamó a Salomón. Le
dijo que necesitaba conversar con él sobre algunos proyectos que tenía en
mente. Le inventó algo sobre una revista literaria y unas conferencias. Al
principio, Salomón dudó, pero cuando le mencionó algunos nombres que estarían
involucrados en el proyecto, se entusiasmó y aceptó. Quedaron en encontrarse al
día siguiente en su pieza a eso de las diez de la mañana. Su plan era el
siguiente: Amalia estaría en casa toda esa mañana, él saldría antes de la cita
con Salomón, y cuando éste llegara se encontraría con Amalia. Si son amantes no
perderían la ocasión de meterse en su cama. Era un plan perfecto.
Esa mañana salió diciendo que había tenido una
llamada urgente del periódico. No le dio tiempo a Amalia para que hiciera
preguntas. Una vez afuera, cruzó la calle y se metió en un café. Se sentó en
una de las primeras mesas, desde donde se veía la fachada de su edificio. Ahí
aguardó la llegada de Salomón. Llegó pasadas las diez. Lo vio entrar al
edificio. Esperó unos veinte minutos. Fueron veinte minutos terribles. Cientos
de imágenes cruzaban por su mente. El rostro de ambos se le aparecía a cada
rato. Se reían. Luego, se levantó y volvió a su pieza. Seguía con la imagen de
ambos. Ahora los veía desnudos en un cuarto enorme. Al llegar metió lentamente
la llave, la giró y empujó la puerta con los dedos. En la sala no había nadie.
Descubrió la casaca de Salomón en el sillón. Había también dos copas en la mesa
de centro. Avanzó hacia la cocina. Nadie. Entonces se dirigió al cuarto. En el
pasillo escuchó murmullos. Siguió. Los murmullos se intensificaron. La puerta
del cuarto estaba entreabierta. La empujó levemente. Luego se detuvo. Y vio en
el enorme espejo del ropero la figura desnuda de ambos en su cama.
Nunca supo a ciencia cierta cómo fue que salió de
su pieza. Estaba muy perturbado. En su mente la imagen de Amalia revolcándose
con Salomón en su cama daba vueltas y vueltas. Cuando recobró el sentido de la
realidad estaba en un microbús atravesando las costas de Magdalena.
Inmediatamente pidió al chofer que se detuviera. Y bajó. Caminó a lo largo de
la vía cerca de una hora o más. Mientras andaba lo primero que se le ocurrió
fue vengarse. No sería muy difícil. Salomón era un tipo muy vulnerable. Ni
siquiera necesitaba un revólver. Bastaría con esperarlo en su casa y matarlo a
golpes. Lo esperaría con las luces apagadas. Seguro entraría al baño, luego al
cuarto a cambiarse. Ahí lo atacaría. Era cuestión de torcerle el cuello, se
decía. Nada más. También podría invitarle un trago envenenado. En realidad
había una infinidad de maneras de acabar con él. ¿Y Amalia? ¿Podría matarla? En
ese momento pensaba que sí sería capaz. Inclusive, hasta imaginó su hermoso
cuello blanco cortado con una gillette. La degollaría como a un animal.
Con estos pensamientos llegó a Miraflores. Cuando
dobló hacia Pardo comenzó a sentirse raro. Sentía que ya había matado a los dos
infieles, y que sus ropas estaban manchadas de sangre. También tenía la
impresión de que la gente lo sabía. Y que era el blanco de miles de miradas
acusadoras. Estuvo dando vueltas por la avenida Larco y el parque Salazar hasta
muy entrada la tarde. Un poco antes de que oscureciera decidió volver a casa.
El microbús se tomó todo el tiempo del mundo en
llegar. Tras la ventanilla Bruno veía caer lentamente la garúa sobre las
calles, plazas y la gente. Recordó un otoño memorable con Amalia. Hacía mucho
frío en la ciudad. Ella le propuso ir a un café. Fueron. Hablaron de muchas
cosas. Luego se miraron largamente. Entonces le inventó esa historia del ángel
en las niñas de sus ojos. Le encantó. Y terminaron pasando la noche en una
hermosa casona colonial. Era su hostal favorito.
Eso ocurrió hace muchos años. Otra vez pensó en
matarlos e imaginó nuevas formas de hacerlo sin que lo atraparan. ¡Sin que lo
atraparan!
Entró a su departamento casi dando tumbos. Las
luces de la sala y comedor estaban apagadas, pero no las de la cocina.
Atropelladamente se dirigió a ella. Ahí encontró a Amalia. Estaba de espaldas a
él. Tenía el grifo abierto. Seguro lavaba platos. Bruno se sentó en la silla al
lado de la mesa. Ella no volteó. Estuvieron en silencio varios minutos. Él
jugaba con un vaso nerviosamente y ella seguía de espaldas. Era una situación
bastante tensa. Finalmente, Bruno se le acercó y bruscamente la tomó de los
hombros haciendo que volteara. Entonces vio su rostro invadido por abundantes
lágrimas. Después ella se arrojó contra su pecho, dijo que lo amaba sobre todas
las cosas, y que se había convertido en una basura, una mala mujer. Eso decía
mientras lo abrazaba con desesperación. Luego le contó su historia.
Dijo que en la mañana había llegado Salomón a
buscarlo, y que lo hizo entrar. Ella le explicó que él no estaba, y que no
sabía a qué hora volvería. Salomón decidió esperar. En ese lapso se pusieron a
conversar como los dos viejos amigos que eran. Y mientras tomaban una copa de
vino ocurrió. Algo se removió dentro de su vientre y sus pechos. A él le
sucedió lo mismo. Poco después estaban revolcándose en la cama. En medio de un
mar de llanto ella le suplicó perdón, diciéndole que lo amaba, que lo de Salomón
no tenía importancia.
Fue una confesión inesperada para Bruno. Tan
inesperada que tardó varios segundos en reaccionar. Cuando lo hizo estaba
abrazando a Amalia, que seguía llorando y pidiéndole perdón. Y, en verdad, en
ese instante pensó en perdonarle, y más bien aceptar que la culpa fue suya,
puesto que si no hubiera sido por su absurdo plan –ahora lo llamaba absurdo–
nada de eso hubiera ocurrido. Pero después, luego de los besos y la
reconciliación, se preguntó –en un momento que él calificó de lucidez– si
podría ser cierto que sin su plan aquella traición nunca hubiera ocurrido. Y
mientras miraba el techo de su habitación, con Amalia dormitando a su lado, se
le ocurrió que podría ser que su plan no fuera más que una de las tantas
posibilidades bajo las cuales ellos podían traicionarlo. En realidad, pensó, se
deseaban recónditamente, y durante largos años estuvieron esperando una
oportunidad, y desgraciadamente él se las dio. Pero lo cierto es que eso podría
ocurrir en cualquier momento, bastaba un encuentro casual en un supermercado o
una reunión a la que asistieran solos, y que al final de la velada Salomón se
ofreciera llevarla a casa. Terminarían inevitablemente en la cama, tal como esa
mañana. Entonces el recuerdo de ambos en su cama comenzó a crecer en su mente.
Crecer hasta copar todo el techo y cada resquicio de su habitación.
Unos días después estaba en la puerta de su
cocina otra vez. Veía a su mujer fregando los platos. Se sentó en la mesa, jugó
con un vaso, esperó. Luego avanzó hacia ella. La tomó de los brazos y
bruscamente la volteó hacia él. Ella sonrió. No logró interpretar su risa. No
sabía si era una risa de felicidad o de burla. Se la jugó por la burla.
Entonces cogió un cuchillo de carnicero. No lo cogió, apareció en sus manos. Y
lo hundió en su vientre. Ella siguió sonriendo. Hundió otra vez el cuchillo.
Seguía la sonrisa. Volvió a hacerlo y nada. La risa seguía ahí.
Al despertar encontró a Amalia dormitando a su
lado. Esa imagen lo atormentó durante varias semanas. Una imagen que comenzó
apareciendo sólo en sus pesadillas, pero luego fue una insistente escena
surgiendo en su mente apenas cerraba los ojos. La veía mientras ella untaba su
pan con mantequilla, también al llegar de la redacción o cuando intentaba
hacerle el amor. Sí, después de esa mañana funesta de su traición no pudo
volver a tener una erección con ella. Lo intentó, tal vez en un humano afán de
perdonarla. Pero no pudo. Sus nalgas, sus redondas nalgas y su vientre cóncavo
no pudieron avivar su sexo.
Ella hizo el papel de la esposa comprensiva.
También hizo todo lo posible por lograr su erección. No es necesario contar los
detalles, pero ni la mejor puta lo hubiera hecho mejor.
Además estaban los ruidos en las paredes. Eran
unos quejidos. Unos quejidos de placer. Sus quejidos atormentándolo las mañanas
en que ella se iba a dictar sus clases y él se quedaba solo en la pieza. La
imaginaba en las piernas de Salomón. Seguro que él no tendría problemas con la
erección. Le haría el amor plenamente, hasta dibujar en el rostro de su Amalia
una sonrisa de placer.
Bueno, todo esto lo llevó a tramar su asesinato.
No soportaba más esa situación. Al principio pensó en reventarla de un tiro en
la frente. Lo haría mientras estuviera dormida. También podría hacerlo en el
comedor, justo cuando levantara una cucharada de sopa. Muchas noches, mientras
cenaban, imaginó ese instante. Y se preguntaba cómo caería. Podría caer de
bruces al piso, sobre el plato de sopa o quedar reclinada sobre el respaldar de
la silla con los brazos extendidos. En todos esos casos, la imaginaba con la boca
y los ojos abiertos, totalmente sorprendida.
El problema de matarla de esa manera era que él
terminaría en la cárcel. Un tiro en la frente en la recámara o en el comedor
¿Cómo lo explicaría? Lo culparían. Asesinato en primer grado y con alevosía.
Veinte años o cadena perpetua. No lo soportaría. Además no sería justo,
pensaba. En muchas culturas esto podría entenderse como un acto de moralidad,
de justicia, y no habría condena. Pero aquí, sería un caso más para la
estadística policial sobre los esposos que matan a sus mujeres. Eso era noticia
de todos los días. Claro, podría ocultar el cadáver. Tal vez degollarla y
deshacerse de ella trocito por trocito. Eso lo vio en una película hace muchos
años. Era un tipo enorme y grasiento. Su mujer era una muchacha de pueblo.
Tenía muchos admiradores. El marido descubre una infidelidad y la mata con un
cordel de ropa mientras ella fregaba en el lavadero. Luego el tipo la degüella
y cada una de sus partes las envuelve en una bolsa negra y las guarda en su
congelador –era dueño de una carnicería–, y las va botando poco a poco junto
con las vísceras de reses y carneros. Un día el perro de un vecino husmea en su
basura y saca una mano. Alguien ve al animal mordiendo la mano en la entrada de
la carnicería. Investigan. Lo descubren. Y es enviado a la silla eléctrica.
También pensó en un veneno. El arsénico. Si le
daba una gotita diaria la mataría en unos meses. Le daría una especie de paro
cardíaco y no quedarían rastros del veneno en su cuerpo. Nadie se enteraría.
Pero Bruno pensaba que sería una muerte demasiado benévola para alguien que ha
cometido esa traición. No, el arsénico no. Se le ocurrió también arrollarla con
un coche alquilado, darle un somnífero y encerrarla en la cocina con el gas
abierto, contratar a un matón, llevarla a nadar y ahogarla, drogarla con LSD y
abandonarla en Matute o los barracones del Callao para que la violen y la maten
los drogadictos.
Ninguna de estas muertes lo convencían. Cada una
traía un inconveniente. Un atropello automovilístico puede ser fácilmente
descubierto, hay casos a montones; envenenarla con gas y decir que fue suicidio
es poco creíble, tendría que dar muchas explicaciones; un matón podría hacerlo
y después chantajearlo de por vida; no la podría ahogar porque ella nadaba
mejor que él; drogarla era una buena opción, aunque podría ser que la
encontraran y le echaran la culpa de todo.
Con Salomón habría menos problemas. Él tenía
muchos enemigos, así que si Bruno lo atropellaba con un auto alquilado o lo
esperaba una madrugada a que saliera del bar Superba y le daba un tiro en el
pecho, y después lo remataba con otro en la frente, habría decenas de
sospechosos.
Durante meses estuvo pensando en todas estas
cosas. Inclusive, hasta ya había conseguido un arma. Era una Colt antigua. La
había adquirido en una tienda de antigüedades de la calle Paruro. Y bueno, en
un alarde de morbosidad, había enseñado el arma a Amalia. Para él ese acto
constituía una velada amenaza. Pero para ella se trataba sólo de un arma, que
de inmediato, por su antigüedad –y era ella fanática de las antigüedades– pasó
a ocupar un lugar en la pequeña colección que tenía en su sala. Y así, en una
de las tantas reuniones que Bruno organizó en su casa con el fin de confirmar
sus teorías con respecto a los traidores, a un grupo de invitados le llamó la
atención la Colt y la tomaron del estante. Y comenzaron a jugar con ella, hasta
que se les resbaló de las manos –o uno de ellos la soltó. Al caer, el arma se
disparó. La bala cruzó la pequeña salita y fue a dar en la frente de Bruno.
Nunca se supo a quién se le resbaló la Colt, ni quién le puso la bala, ni cómo
fue que funcionaba siendo tan antigua. Lo cierto es que la viuda lloró
desconsoladamente en el entierro. Y a nadie se le ocurrió pensar en un crimen,
sino más bien en un accidente. Amalia vistió de riguroso luto durante mucho
tiempo, encerrada y sola en su pieza. Hasta que, años después, un viejo amigo
de ambos –Salomón– le pidió ser su compañero el resto de su vida. Y ella, no se
sabe si satisfecha o resignada, aceptó.
(Tomado
de www.museo.ficticia.com)
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