Pierre Loti
Es una historia muy breve que Yves me contó una noche tras haber ido a la
rada a conducir con su lancha cañonera un cargamento de condenados hasta el buque
que salía hacia Nueva Caledonia.
Entre ellos se encontraba un presidiario muy viejo (setenta
años por lo menos) que llevaba consigo, con toda ternura, un pobre gorrión en una
jaula pequeña. Para matar el tiempo, Yves había entablado conversación con aquel
viejo que, al parecer, no tenía mal aspecto y que estaba unido por una cadena a
un joven grosero, burlón, que llevaba gafas de miope sobre una fina nariz descolorida.
El viejo trotamundos, detenido por quinta o sexta vez
por vagabundeo y robo, decía:
–¿Cómo arreglárselas para no robar una vez que se ha
comenzado; cuando no se tiene un oficio; cuando la gente no te quiere en ningún
sitio? Hay que comer ¿no? Mi última condena fue por un saco de patatas que había
cogido en un campo, con un látigo de carretero y una calabaza. Y yo me pregunto:
¿no podrían haberme dejado morir en Francia, en lugar de enviarme allá tan lejos,
tan viejo como soy?
Y feliz al ver que alguien aceptaba escucharlo con compasión,
a continuación le había mostrado a Yves lo más precioso que tenía en este mundo:
una jaulita y un gorrión. Un gorrión domesticado, que conocía su voz y que durante
cerca de un año, en la cárcel, había vivido subido a su hombro. ¡Ah! ¡No había sido
sin esfuerzo como había conseguido el permiso para llevárselo consigo a Nueva Caledonia!
Y luego, hubo que hacerle una jaula adecuada para el viaje; conseguir madera, un
poco de alambre viejo y un poco de pintura verde para pintarlo todo y que estuviera
bonito.
Aquí, recuerdo textualmente las palabras de Yves:
–¡Pobre gorrión! Como comida tenía en su jaula un trocito
de ese pan gris que se da en las cárceles. Pero parecía encontrarse contento pese
a todo; daba saltitos como cualquier otro pájaro.
Unas horas después, cuando se abordaba el buque y los
presidiarios iban a embarcar en éste para el largo viaje, Yves, que se había olvidado
del viejo, pasó por casualidad cerca de él.
–Tenga, cójala usted –le dijo con una voz cambiada,
tendiéndole la jaula– tal vez pueda servirle para algo, o le guste…
–¡No, por supuesto! –le agradeció Yves–. Tiene que llevársela,
ya sabe. Él será su pequeño compañero allá…
–¡Oh! –exclamó el viejo– él ya no está dentro… ¿No lo
sabía? Él ya no está…– y dos lágrimas de indecible aflicción le corrían por las
mejillas.
Durante un vapuleo de la travesía, la puerta se había
abierto, el gorrión se había asustado, se había escapado e inmediatamente después
había caído al mar porque tenía un ala cortada. ¡Oh! ¡qué momento de horrible dolor!
¡Verlo forcejear y morir, arrastrado por la rápida estela del barco, y no poder
hacer nada por él! En un primer momento y en un impulso muy natural, había querido
gritar, pedir socorro, dirigirse incluso al mismo Yves, suplicarle… Impulso que
detuvo de inmediato la reflexión, la consciencia inmediata de su degradación personal:
un viejo miserable como él, ¿quién se habría apiadado de su gorrión? ¿quién habría
escuchado siquiera su ruego? ¿Cómo se le podía ocurrir que detendrían el barco para
repescar un gorrión que se estaba ahogando, un pobre gorrión de un presidiario?
¡Qué sueño tan absurdo!… Entonces había permanecido en silencio en su sitio, mirando
cómo se alejaba sobre la espuma del mar el cuerpecillo gris que seguía bregando;
se había sentido horriblemente solo, para siempre, y gruesas lágrimas, lágrimas
de desesperanza solitaria y suprema le nublaban la vista, mientras que el joven
de las gafas, su compañero de cadena, reía de ver a un viejo llorar.
Ahora que el pájaro ya no estaba allí, no quería conservar
aquella jaula, construida con tanta solicitud para el pequeño gorrión muerto; seguía
ofreciéndosela a aquel buen marino que había aceptado escuchar su historia, deseando
dejarle aquel legado antes de partir para su largo y último viaje. Yves, tristemente,
había aceptado el regalo, la casita vacía, para no apenar más a aquel viejo abandonado
aparentando despreciar aquello que tanto trabajo le había costado.
Creo que no he sabido transmitir todo cuanto había de
doloroso en este relato tal y como se me hizo.
Era por la noche, muy tarde, y estaba a punto de irme
a dormir. Yo que, sin conmoverme demasiado, he contemplado en la vida no pocos dolores
de gran estruendo, dramas, matanzas, me percaté con sorpresa de que aquella triste
historia senil me partía el alma y terminaría incluso por perturbar mi sueño.
–Si hubiera alguna forma de enviarle otro…
–Sí –respondía Yves– yo también he pensado en eso. Comprarle
un pájaro bonito en una pajarería y llevárselo mañana en la pobre jaula, si había
tiempo antes de la salida. Un poco difícil. Además sólo usted podría obtener permiso
para ir a la rada mañana por la mañana y subir a bordo del buque para buscar a aquel
viejo del que ni siquiera conozco el nombre… Sólo que… lo encontrarían todo demasiado
cómico.
–¡Oh, sí, en efecto! De que lo van a encontrar cómico,
no me cabe la menor duda…
Y, por un instante, en el fondo de mí mismo yo también
me reí por esta idea, risa interior que apenas se muestra. Sin embargo, no puse
en práctica el proyecto: cuando me desperté a la mañana siguiente, y una vez que
se esfumó la primera impresión, la cosa me pareció infantil y ridícula. Con todo,
aquella aflicción no era de las que se pueden consolar con un simple juguete. Para
aquel pobre y viejo presidiario, solo en el mundo, ni la más bella ave del paraíso
habría podido reemplazar al humilde gorrión grisáceo, con un ala cortada, criado
con pan de la cárcel, que había sabido despertar las ternuras infinitamente suaves
y las lágrimas, en el fondo de un corazón endurecido, casi muerto…
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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