sábado, 28 de junio de 2025

Dalmiro Sáenz

 

–Sí.

–¿Sí?

–Sí. ¿Por qué? ¿No me cree?

–No, es que creí que era más viejo.

Esto lo decía ella, en el andén, por donde había caminado un rato con la valija grande, que tironeaba su cansancio en la mano dolorida, y que trasladó, primero la valija y después el dolor, a la otra mano, y un poco más tarde la valija sola sobre el piso de la estación, mientras miraba al hombre joven acercarse y decir:

–Soy Hilario Alcorta.

¿El gerente de la Agencia Cinematográfica?

Sí.

–¿Sí?

–Sí. ¿Por qué? ¿No me cree?

–No, es que creí que era más viejo.

–Vine personalmente porque ha habido un inconveniente con los ensayos: se van a demorar quince días. Pero no se preocupe, porque la agencia se encarga de todos sus gastos.

Las palabras eran casi siempre las mismas, porque hacía más de diez años que era tratante de blancas, como había sido el mayor de sus hermanos, el que llegó una noche, con la cabeza rapada y sin los tacos altos de sus zapatos negros, que quedaron en el suelo de la comisaría del pueblo, junto con el jopo impregnado de Glostora y dos de sus dientes que había escupido después de las trompadas. Ya en el suelo, escuchó una voz imperante que le dijo: “No te olvidés, negro, que acá el único fioca soy yo”. Él no lo olvidó, ni tampoco sus hermanos, que se disgregaron por distintas partes del país. Hilario tardó dos años en adaptarse a Buenos Aires, y pronto la punta compadre de sus zapatos orilleros se fue redondeando por las calles del centro; las ráfagas del tiempo también hicieron desaparecer el aleteo de las puntas del pañuelo blanco, y una mañana, en la Calle Directorio, dijo: “Media americana”, y siguió leyendo el diario mientras el tintinear de las tijeras del peluquero anunciaba el comienzo de una nueva modalidad.

–¿Le gustó mi foto?

–Le vimos posibilidades, pero va a tener que trabajar fuerte; el cine no toma pruebas si no tiene nuestro diploma.

Usted sabe que no me querían dejar venir de mi casa. La tía decía: “Si se va, se pierde”, pero yo le dije: “¿Es un delito querer triunfar en la vida? La Zully Moreno también era una muchacha humilde, lo leí en Antena y también…”

Caminaron hasta el coche y él le abrió la puerta sonriendo por primera vez, demorando su sonrisa hasta que ella captara la atractiva virilidad de sus dientes parejos en la mandíbula fuerte. Manejó ligero en su consciente exhibicionismo y frenó frente a un restaurante en donde los dos bajaron y conversaron, entre el quebrar de los grisines y a la espera de los platos cuyos nombres ella ignoraba, pero que comió con afectada educación, tratando de no demostrar asombro ni siquiera ante las llamas de la tortilla al ron, y levantando el dedo meñique cada vez que tomaba la copa, imitando a una amiga que había sido mucama hacía algunos años en casa de una familia que veraneaba en Mar del Plata y leía El Hogar.

Mientras tomaban el café, él notó que los hombres la miraban bastante, y empezó a analizar entonces la armonía de las facciones en esa cara cobriza. “Es linda”, pensó; “es muy linda. Bien amansada y con pilchas nuevas me va a dar más que todas las otras juntas”.

La dejó esa noche en el cuarto de la pensión que siempre utilizaba, después de insistirle: “No se preocupe por los gastos; está todo pagado y además le dejo esto por si necesita comprar algo, aproveche mañana y pasado para pasear; yo tengo que irme a Rosario”.

Ella le dio las gracias y lo miró a los ojos, esta vez sin ninguna afectación, y él le retuvo la mano unos instantes al despedirse, y cuando la puerta se cerró entre los dos, ella se quedó parada en el centro del cuarto pensando en esa mirada por bastante rato, hasta que se sentó en la cama y se sacó los zapatos.

Los dos días siguientes estuvo sola y se dedicó a pasear su asombro por las calles inquietas de la ciudad grande que ella pisaba por primera vez, y caminó con pasos inseguros, precedida de sus sueños, entre hombres y mujeres que a veces la miraban en la cara, y se detuvo ante las vidrieras, extasiada ante aquellas cosas que sólo había visto en las revistas y que ahora estaban ahí, muy cerca de ella, separadas por el vidrio que reflejaba la pobreza de su vestido y lo vacío de ese pasado que ahora más que nunca estaba dispuesta a superar. Al pasar por un café le dijeron algo que ella no entendió del todo, aunque comprendió que era distinto a lo que le decían por las calles de su pueblo, cuando pasaba con la bolsa del pan, y el hijo de don Mariano le susurraba: “¿No necesita un changador, linda?”, aunque ahora el tono era el mismo, pero lo decían fuerte, acercando la cara y haciendo muecas o gestos con los brazos. Después entró en una confitería y pidió café con leche; un hombre en una mesa cercana la miró con indiferencia, mientras la medialuna se hundía en la taza para aparecer empapada unos instantes, y luego desaparecer para siempre tras los labios húmedos de la boca activa.

Fueron dos los días de deslumbramiento; al final del segundo acostó su cansancio en la cama impersonal de la pensión y cerró los ojos, pensando constantemente en aquel hombre que formaba parte de esa ciudad que ya la había cautivado; lo imaginó manejando con segura eficiencia entre el tráfico apurado o abriendo la puerta del coche para que ella bajara o tuteando al mozo en el restaurante, y pensó en seguida en su padre y sus hermanos manejando la jardinera por los caminos de tierra o gritándole: “Che, bocabierta, ayuda a descargar”, o sentados en el comedor del hotel, prisioneros en el traje de los domingos, con el menú de letra ininteligible en las manos, pidiendo por fin un bife al mozo apurado que ellos desde el principio habían tratado de señor.

Él no vino al tercer día, como ella esperaba, y a la noche se sintió sola, con ganas de llorar, cosa que hizo un poco, hasta quedarse dormida, pero antes de una hora la despertaron unos golpes y ella dijo: “Eh… ¿qué, quién es?”, mientras se levantaba y abría un poco la puerta, asomando su cabeza despeinada con los ojos todavía semicerrados de sueño.

Soy yo –dijo él.

Hola –contestó mientras escondía su cuerpo detrás de la puerta, aunque hubiese tenido ganas de que él la viese, porque tenía puesto el camisón caro que le había prestado su prima; pero él no hizo ningún ademán de entrar, sino que le dijo:

–Me imaginé que estaba dormida, pero tenía un montón de noticias que darle. Dentro de un mes le toman una prueba para el cine, así que mañana mismo empezamos los ensayos.

Él se fue un rato después, y ella se volvió a acostar, sintiendo de nuevo ganas de llorar, pero esta vez de alegría, y apretó en su mano una medalla de la Virgen de Luján, mientras pensaba: “Dios mío, qué lindo es todo”.

A la mañana siguiente se vistió cantando, y cuando bajaba a tomar el desayuno, se encontró con una señora que en ese momento entraba, rodeada, precedida y más tarde recordada por su perfume, que le dijo en seguida:

–Buenos días, querida. Me manda el señor Alcorta; vamos a tener un día bastante ocupado.

Y salieron las dos, primero a la peluquería, en donde el hombre con el saco blanco, después de tomarle un mechón de pelo entre el pulgar y el índice, para soltarlo casi en seguida junto con un suspiro, se inclinó sobre su cabeza, encaramado en su desprecio, y trabajó durante una hora, mientras ella se miraba transformar en el espejo con ese valiente fatalismo de las mujeres ante la irreparable decisión de los cortes de pelo.

A la tarde de ese mismo día, la empleada de la casa de modas le dijo: “¿Qué hacemos con esto?”, señalando el vestido viejo y la ropa interior burda amontonados sobre una silla del probador, y ella dijo: “Tírenlo”, y siguió mirándose extasiada, con las manos en la cintura, girando la cabeza, e incluso sonrió ante su propia sonrisa que en el espejo iluminado se agrandaba ante la vista de su propia felicidad.

Volvieron tarde esa noche; él las esperaba en la pensión y ella se quedó parada junto al hueco de la puerta, donde abrió la boca para hablar, pero el “gracias” se detuvo en la emoción de su garganta y se disolvió en la humedad de sus ojos infantiles, que él miró mientras pensaba: “Es lo mejorcito que he tenido en años; ésta me va a dar vento tupido”, y tomó la mano de ella para soltarla después de un rato, y sacar el pañuelo del bolsillo, con que le secó las lágrimas, que ahora fluían entre los sollozos cada vez más seguidos, amenguados un poco después contra el saco de él, y prolongados de alegría ante la inquietante sensación que le producían las palabras cariñosas junto a los aros nuevos y la mano fuerte que le acariciaba la nuca.

Es que estoy tan contenta –había dicho ella, y él le había contestado:

–Sh, no hablés, seguí llorando que te queda muy bien.

Y ella sonrió entonces y dijo:

–Soy más zonza…

–Sí –dijo él, y los dos se rieron.

Al día siguiente empezaron los ensayos; los hacían en el cuarto de ella, con los libretos en la mano, repitiendo decenas de veces las escenas de un argumento cinematográfico en donde ella se paseaba por el cuarto, moviendo las aletas de la nariz y gritándole: “¡Canalla!” al imaginario protagonista, que a esa altura de la obra todavía odiaba, por no saber que él era inocente de la muerte de su padre.

Practicaban todas las tardes lo que ella había preparado a la mañana, diciendo y volviendo a decir cosas como: “Váyase, váyase; le he dicho que lo odio, y sepa que Ana María de los Llanos no se vende por…” y que él oiría después seriamente concentrado, sin emitir opinión alguna, moviendo a veces un poco la cabeza y diciendo las palabras del otro personaje. Una vez la tomó por la cintura, como exigía el libreto, y ella, que tendría que haberle pegado fuerte en la cara con la mano abierta, lo hizo con bastante suavidad.

–Más fuerte –le había dicho él–, tenés que compenetrarte con el personaje, pegame como si realmente me odiaras.

Y tanto él como ella pensaron en las páginas finales del guion, en que tendrían que besarse, cosa que sucedió unos días más tarde, en una escena en que ella con ropa interior y un bretel caído, era besada repetidas veces por el protagonista, que acababa de salvarla de un incendio y a quien recién ahora comprendía que quería.

Lo hicieron varias veces, en la media luz de la tarde, y a ella le temblaron las piernas después de cada beso, y en un momento en que él le dijo: “Abrí un poco la boca”, ella lo hizo sin asombrarse al encontrar su lengua, mientras se apretaban los cuerpos y ella sentía esas manos en la brevedad de su cintura, que bajaron después con cariñosa y hambrienta firmeza, introduciéndose debajo de la bombacha rosada, en unos primeros movimientos de evasión del libreto, que luego fueron otros y otros más, mientras las palabras cosquilleaban  en sus orejas hasta opacarse un poco más tarde en la blandura de la almohada, en un desordenado desahogo de muchos días de intenciones contenidas.

Casi no hablaron, entre los abrazos seguidos y el continuo cambio de posiciones en la cama embarullada, mientras la tarde se retiraba del cuarto, demorándose un poco sobre la ventana cerrada por donde se podían ver aún las copas de los árboles en la calle casi oscura.

Te quiero mucho dijo ella, y él le apretó la mano, ahora inmóvil en el extremo del brazo tranquilo, que se extendía a lo largo del cuerpo desnudo, todavía agitado, pero ahora quieto y tapado con la manta que hacía unos minutos había estado en el suelo y cubría aquel estático equilibrio de naturalezas aplacadas. Porque los dos respiraban ahora al unísono, y el hambre de caricias se había transformado en ese indescriptible y letárgico deslizar, que empieza exactamente tras el impetuoso desborde de la masculinidad posesiva agitando por última vez aquella femenina y turbulenta superficie, convirtiendo su desesperante y encrespada sensualidad en las fuertes, acompasadas y cada vez más suaves ondas, prolongadas por última vez en la jerarquía del recuerdo.

–¿Estás dormido? –preguntó después de un rato, y él no contestó, pero pasó su brazo bajo la cabeza de ella, y la cara suave subió y bajó varias, junto a la respiración acompasada del hombre silencioso, con los ojos cerrados, mientras ella recorría con su mano abierta la línea de la mandíbula y los bordes de la boca, hasta que él la mordió despacio y ella dijo “¡Ay!”, sonriendo feliz mientras le mordisqueaba una oreja con sus labios doloridos por los besos fuertes.

Sos malísimo; esto no estaba en el libreto.

que estaba.

–Mentiroso, no estaba nada.

–Bueno, pero tendría que estar.

Y los dos se reían, con las caras muy juntas mientras el sueño se apoderaba de ellos, y él dijo algo como “Mañana… um… mg” y se quedó dormido, mientras ella sonriendo hundía su felicidad en el pecho de él, en una infantil y confiada posición que mantuvo hasta la mañana siguiente, cuando el día se introdujo por los postigos y la banderola, y bajo los párpados semicerrados, que recién abrió del todo ante el espejo del baño, con el cepillo de dientes en su prolijo traqueteo y la toalla celeste sobre sus hombros desnudos.

Se vistió sin hacer ruido y corrió abajo y luego por la calle hasta la panadería de la esquina, de donde volvió en seguida con el paquete blanco de facturas tibias, que dejó sobre la mesa mientras preparaba el café. Cuando él le dijo: “¿Qué estás haciendo?”, ella se dio vuelta, radiante de alegría con la bandeja ya lista.

–Te voy a malcriar un poco –le dijo, y él contestó: “Bueno”, mientras masticaban las medialunas y se miraban a los ojos.

Pasaron los días y los ensayos continuaron, hasta que él llegó una tarde con otro hombre y una máquina filmadora con la que simularon tomar varias escenas, y él le dijo después:

–Estas tomas van al estudio; si las aprueban te toman el examen; si no, tenés que volverte a tu provincia.

Ella escuchó aquello absolutamente quieta, con las manos inmóviles sobre la revista que en ese momento leía, y al rato dijo:

–Me muero si tengo que volver.

¿Por qué?

–Porque no te vería más.

–Y si triunfás, de todos modos te vas a olvidar de mí.

No.

Se quedó callada un rato bastante largo y por último volvió a decir:

–No.

–¿Estás segura?

–Segurísima.

–¿Harías cualquier cosa para que pudiéramos seguir juntos?

–Sí.

–¿Segura?

Segurísima, querido; ¿pero a vos qué te parece que puede pasar?

Entonces él la tomó con fuerza por la cintura breve, la apretó, y mientras la miraba sonriente, dijo: “Estoy seguro que te van a aprobar”, y sonrió de nuevo, con una expresión completamente distinta a la que simuló en su cara dos días más tarde, cuando entró al cuarto, y ella al verlo no dijo nada, pero lo miró suplicante hasta que las lágrimas diluyeron la presencia de él y de los objetos del cuarto, y hundió su desesperación en la oscuridad de sus manos.

Siguió llorando esa tarde mientras preparaba la valija, doblando con cuidado la ropa planchada, mientras él la contemplaba desde la seriedad de su silencio, que no interrumpió ni siquiera cuando ella bajó la tapa de la valija y suplicante le volvió a decir:

–¿No puedo quedarme?

Ahora la valija estaba cerrada, y sus ojos agotados, y el cuerpo flojo con las piernas temblando, y preguntó lo que tantas veces se había preguntado en el transcurso de la tarde.

–¿Por qué, por qué no les gusté?

–No sé, querida; estas cosas nunca las explican. Dijeron que no servías para artista y se acabó.

Eso no me importa tanto, pero no quiero irme. Dejame quedarme, busco trabajo en algún lado y seguimos juntos; sé bueno.

–No, querida, mirá… hay una cosa que no te dije. Cuando me dijeron que no servías me enojé, y les dije que si no te aceptaban yo renunciaba a trabajar para ellos… Bueno, discutimos, y yo quedé sin empleo.

–Y todo por mi culpa, ¿y no podés buscar trabajo en otro estudio?

No, en seguida corre la voz y no te toman en ninguno, vos sabés cómo son.

¿Y qué vas a hacer?

–No importa, yo me voy a arreglar; lo importante es que no tengo derecho a estropear tu vida. Vos te volvés a tu pueblo.

–No puedes… me voy a morir de tristeza. ¿Y si yo trabajo, querido, hasta que se arreglen las cosas?

–No, vieja, no nos va a alcanzar ni para comer.

–¡Por favor!

No.

–Dejame quedarme, hago cualquier cosa.

No. Mirá, he pensado todo el día y no hay caso, no hay ninguna solución posible. Mirá, hasta pensé en un señor que conozco, un hombre rico que está muy ocupado, es viudo, muy buen tipo, y el pobre tiene necesidad, sabés, de ir de vez en cuando con alguna mujer, pero no las sabe buscar, ni tiene tiempo tampoco. Él siempre me dice: “Che Hilario, buscame alguna chica, querés, yo te pago lo que sea”; bueno, pensé hasta en eso, che; sabés, si vos tuvieras alguna amiga o alguien para presentarle, podríamos vivir de eso un tiempo, sabés, hasta que se arreglen las cosas.

¡Pero si vos sabés que no conozco a nadie acá!

Sí, por eso, no hay caso, vas a tener que irte… yo estuve con él ayer y me dio su tarjeta con la dirección y el teléfono, acá estádejó la tarjeta sobre la mesa y dijo–: me voy a afeitar y después te saco el pasaje.

La puerta del baño quedó entreabierta y la miró por el espejo, mientras la brocha multiplicaba la espuma sobre la cara. Ella se acercó con la tarjeta en la mano y se paró en el hueco de la puerta y dijo con voz bastante fuerte:

–Hilario, vos querés que yo vaya a lo de ese hombre.

–No, m’ija, si nunca te animarías, no me querés lo bastante. Yo digo si no tenés alguna amiga o alguien…

Hilario, vos querés que yo vaya.

¿Te animarías?

¡Vos querés! ¡Vos querés!

Y no sé, es que no veo otra solución.

Ella ya no lloraba, porque el llanto se había secado en sus facciones, ahora duras, y hasta una lágrima pareció terminar de deslizarse sobre el dolor ya marchito, detenido e inmóvil, y lo que dijo después lo hizo a él dejar la brocha y mirarla a los ojos.

El otro día me paró una mujer en la esquina y me preguntó: “¿Vos sos la nueva?” Yo no entendí al principio y ella me dijo un montón de cosas tuyas. No le creí y ahora me doy cuenta que eran ciertas y que es lo único que era cierto desde el principio, todo lo demás eran mentiras… la agencia y vos y lo que yo te parecía… y sin embargo no te estoy odiando, porque vos me diste la única cosa linda que he tenido en mi vida –se quedó callada un rato y después siguió–: pero vos sabés que no puedo, no podría nunca, aunque me tenga que volver a mi casa, aunque me muera de tristeza, aunque me quede sin vos.

 

Ahora él estaba en la calle, ya afeitado, caminando despacio. “Es la primera vez que me falla –pensó– y me miraba igual que la vieja… es la única, la única… cómo le gustaría a la vieja, si la conociera me diría: ‘Hilario, ¿cuándo te vas a casar con una chica así?’, y sus pasos se prolongaban en el recuerdo de la mujer inclinada sobre la pulcritud de su infancia, con la sonrisa que él dejaba atrás en sus mañanas de colegio, sabiendo que a la vuelta, en su hambriento mediodía, estaría de nuevo, y que él, Hilario Alcorta, llevaría consigo durante los veinte años siguientes, junto a la mueca de llanto que él también dejó atrás, esa vez para siempre, cuando miró sobre su hombro y el dolor de sus muñecas esposadas parecía estampado en la cara de su madre, mientras el policía le gritaba en el oído: “Che cafishio, caminá”.

“Es distinta –pensó–, es distinta a todas”. Y sin saber por qué, recordó una noche de agitado correr en las callejuelas del puerto, con los oídos tapados por el estampido de las armas, y el cabo de la Prefectura preguntando al chico aquél: “¿No viste a nadie, pibe?”, y la voz desconocida e infantil mintiendo con valor: “No, señor, por aquí no pasó nadie”, y después los ojos asustados mirando el manojo de billetes que él quiso introducir en su mano y aquella cabeza que apenas había estado durante doce años sobre los hombros de su dueño, moviéndose de derecha a izquierda y diciendo que no. Y el capellán de la cárcel con el que prácticamente nunca había hablado pero sí escupido a través de la reja. Y al policía aquél en la 33ª comisaría, mirándolo por sobre la mesa de mármol, con la picana eléctrica en la mano y diciéndole despacio: “Cuando la conecte vos gritá fuerte, y cuando entre el oficial hacete el desmayado”. “Ella es distinta –dijo–, ella es distinta a todas”. Y caminaba mirando la gente en la tarde diluida, y pasó junto a unos chicos y a un hombre y a dos mujeres y a una pareja de novios en la puerta de una casa y casi dijo fuerte: “Ella es distinta, es igual a la vieja”, y sonrió contento en la calle ya oscura.

Caminó durante toda la noche y ya amanecía cuando leyó el cartel varias veces; esperó paciente que abrieran la oficina, el empleado recién despierto le dijo: “Buenos días”, detrás del escritorio.

Pagó adelantado, mientras oía:

Para esos casos tenemos un coche de remisa especial, señor; para casamientos sale caro por el chofer. ¿Es para usted?

–Sí, es que me caso, ¿sabe?, y la quiero llevar a mi novia al pueblo de mi madre, para que la conozca, ¿sabe?, y necesito el coche dos o tres días para el casamiento, ¿sabe?, porque me voy a casar ahí mismo y…

Ahora corría por la escalera de la pensión, subiendo los escalones de dos en dos, y abrió la puerta, agitado y feliz, y ella estaba acostada con los ojos abiertos, y saltó de la cama cuando lo vio entrar y se abrazaron en el medio del cuarto, mientras ella lloraba entre los besos seguidos y repetía:

¡Volviste, volviste!

Sí que volví y te tengo una sorpresa. Vestite.

–Yo también te tengo una sorpresa. Mirá.

La mano que señaló la mesa con la tarjeta y los billetes, se extendió más tarde hacia el hombre que ya no estaba, y hacia la puerta que se cerró. Los que después la conocimos nunca pudimos olvidar su cara.

 

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