viernes, 31 de octubre de 2025

Francisco ya puede volar

Ana Laura Lissardy

 

Francisco podía ver vientos, tormentas, volcanes y olas en una gota de lluvia en la ventana. Y podía ver un mundo entero en un grano de arroz. Cuando echaba azúcar a su Vascolet, por ejemplo, veía a los sembradores y cortadores de caña en esa cascada blanca que caía en su taza. Cuando se acostaba y un rayo de luna entraba por su ventana, veía una galaxia entera y hasta la explosión del Big Bang. Podía ver toda la vida en su verdadera dimensión.

Cuando podía, porque muchas veces le llamaban la atención y lo rezongaban, por “distraído” o por “no prestar atención”. Como le pasaba en la escuela.

Porque Francisco también salía a volar con las palabras. Cuando la maestra hacía un dictado, por ejemplo, mientras sus compañeros de clase iban escribiéndolas, él corría y pegaba un salto sobre ellas como si fueran un skate y salía volando por la clase, por los pasillos, por la puerta de entrada de la escuela, las calles, la plaza, la canchita del barrio.

Siempre había una palabra que lo hacía salir a volar y que, con el impulso, le quitaba la capucha de la cabeza y hacía bailar a sus rulos negros con el viento.

Desde lo alto, Francisco lo veía todo. Un perro salchicha, un afilador, el moño de una niña, la cola de un gato apuntando al cielo… Hasta que la maestra lo rezongaba, le preguntaba qué diablos estaba haciendo, dónde andaba, y por qué no era capaz de escribir lo que le dictaba. A lo que algunos de sus compañeros se reían y burlaban, lo llamaban “distraído”, y recalcaban que sólo había escrito una palabra.

Francisco intentaba explicar dónde había estado pero, nervioso por el reto y las risas, entreveraba las palabras e incluso hasta las letras, mientras escondía todo su cuerpo en aquella capucha que siempre llevaba.

Después, apurado por escribir todas las palabras que le faltaban, en el atropello, las dibujaba al revés, boca arriba, corridas más allá o confundidas unas con las otras. La z con la s, la m con la n o la w, la r dada vuelta. Y siempre todo aquello terminaba con una nota con letras rojas de la maestra y un rezongo en su casa.

Pero un día llegó una nueva maestra a la clase, Sofía. Sofía era alta, usaba pollera y botitas verdes, y broches de distintos colores en su pelo marrón y vertical. El primer día que hizo un dictado, vio a Francisco salir volando sobre las palabras y lo dejó alejarse por la ventana. Francisco viajó y viajó como hacía siempre, y vio un gorrión en un semáforo, una media en un tendedero, y muchas cosas más.

Cuando se cansó, volvió a la clase, y lo primero que vio fue la sonrisa de Sofía, que le dijo, apenas llegó:

–Bienvenido, Francisco. Tenemos curiosidad por saber por dónde anduviste. ¿Nos contás?

Francisco miró a sus compañeros, casi tan sorprendido como ellos, que no entendían cómo esa “rareza” podía ser tomada en serio por una maestra.

–Sí, Francisco. Me encantaría saber qué hay allá, donde yo no puedo ver nada. Contanos.

–Eh… –dudó un momento mirando el banco–. Estaba escribiendo la palabra “solo” y entonces vi un calcetín colgado solo y triste en un tendedero. Pero el calcetín salió volando con el viento y cayó sobre un gorrión que estaba parado en un semáforo y que, al levantar vuelo, hizo señalar a una nena que estaba esperando para cruzar la calle con su madre, que hablaba por celular. La mamá dejó de hablar por un segundo para ver lo que señalaba la hija y, por algo que vio, cambió una respuesta que iba a dar de “no” a “sí”. Entonces, la persona que estaba del otro lado del teléfono pegó un salto de alegría e hizo caer dos libros del estante de una librería en la que estaba comprando. Y un hombre que estaba ahí al lado vio uno de los libros caídos, lo levantó y se rio porque era justo lo que necesitaba. Entonces…

Y así siguió Francisco, contando todo lo que había visto en el viaje y cómo una media rota y sola se había convertido en varias alegrías. Y todo eso había pasado mientras escribía la palabra “solo”. Pero a Sofía parecía importarle mucho menos el tiempo que le llevó escribir que todo lo demás; que todo ese viaje que acababa de contar.

–Gracias, Francisco, por esta aventura –le dijo Sofía cuando terminó–. La palabra “solo” se transformó a través de las personas y de las historias en algo cada vez mejor, hasta hacer saltar de alegría. ¡Es una gran aventura! –y lo felicitó.

Los niños miraron sorprendidos y no dijeron nada. Pero el que más se sorprendió fue Francisco, que dibujó en su cara unos ojos redondos y una sonrisa tímida pero decidida.

Más se sorprendió los días siguientes, cuando sus compañeros se empezaron a acercar a él para pedirle que les contara qué veía en palabras que le decían: pato, renglón, hormiga, lápiz… Muchas veces eran palabras tristes (llanto, injusto, rabia…), y tal vez era algo que sentían. Francisco nunca preguntaba. Sólo salía a volar sobre ellas (sin capucha, que ya casi nunca usaba) y, cuando volvía, les contaba todo lo que había visto. Sus compañeros lo escuchaban atentos y siempre, siempre, se iban de ahí con una sonrisa o hasta reían con él de la aventura. Nunca más lo llamaron “distraído” entre burlas. Quizás porque entendieron que distraídos andaban ellos, todos los demás.

Dicen que los contadores de historias y los escritores fueron alguna vez como Francisco. Y que cada vez que los leés, hacés que salgan a volar. Y también dicen que tú mismo podés ser Francisco, si te dejás llevar.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

El antropófago

Pablo Palacio

 

Allí está, en la penitenciaría, asomando por entre las rejas su cabeza grande y oscilante, el antropófago.

Todos lo conocen. Las gentes caen allí como llovidas por ver al antropófago. Dicen que en estos tiempos es un fenómeno. Le tienen recelo. Van de tres en tres, por lo menos, armados de cuchillas, y cuando divisan su cabeza grande se quedan temblando, estremeciéndose al sentir el imaginario mordisco que les hace poner carne de gallina. Después le van teniendo confianza, los más valientes han llegado hasta a provocarle, introduciendo por un instante un dedo tembloroso por entre los hierros. Así repetidas veces como se hace con las aves enjauladas que dan picotazos.

Pero el antropófago se está quieto, mirando con sus ojos vacíos.

Algunos creen que se ha vuelto un perfecto idiota; que aquello fue sólo un momento de locura.

Pero no les oiga; tenga mucho cuidado frente al antropófago: estará esperando un momento oportuno para saltar contra un curioso y arrebatarle la nariz de una sola dentellada.

Medite usted en la figura que haría si el antropófago se almorzara su nariz.

¡Ya lo veo con su aspecto de calavera!

¡Ya lo veo con su miserable cara de Lázaro, de sifilítico o canceroso! ¡Con el unguis asomando por entre la mucosa amoratada! ¡Con los pliegues de la boca honda, cerrados como un ángulo!

Va usted a dar un magnífico espectáculo.

Vea que hasta los mismos carceleros, hombres siniestros, le tienen miedo.

La comida se la arrojan desde lejos. El antropófago se inclina, husmea, escoge la carne –que se la dan cruda– y la masca sabrosamente, lleno de placer, mientras la sanguaza le chorrea por los labios.

Al principio le prescribieron dieta: legumbres y nada más que legumbres; pero había sido de ver la gresca armada. Los vigilantes creyeron que iba a romper los hierros y comérselos a toditos. ¡Y se lo merecían los muy crueles! ¡Ponérselo en la cabeza el martirizar de tal manera a un hombre habituado a servirse de viandas sabrosas! No, esto no le cabe a nadie. Carne habían de darle sin remedio, y cruda.

¿No ha comido usted alguna vez carne cruda? ¿Por qué no ensaya?

Pero no, que pudiera habituarse, y esto no estaría bien. No estaría bien porque los periódicos, cuando usted menos lo piense, le van a llamar fiera, y no teniendo nada de fiera, molesta.

No comprenderían los pobres que el suyo sería un placer como cualquier otro; como comer la fruta en el mismo árbol, alargando los labios y mordiendo hasta que la miel corra por la barba.

Pero ¡qué cosas! No creáis en la sinceridad de mis disquisiciones. No quiero que nadie se forme de mí un mal concepto; de mí, una persona tan inofensiva.

Lo del antropófago sí es cierto, inevitablemente cierto.

El lunes último estuvimos a verlo los estudiantes de criminología.

Lo tienen encerrado en una jaula como de guardar fieras.

¡Y qué cara de tipo! Bien me lo he dicho siempre: no hay como los pícaros para disfrazar lo que son.

Los estudiantes reíamos de buena gana y nos acercamos mucho para mirarlo. Creo que ni yo ni ellos lo olvidaremos. Estábamos admirados, y ¡cómo gozábamos al mismo tiempo de su aspecto casi infantil y del fracaso completo de las doctrinas de nuestro profesor!

–Véanlo, véanlo como parece un niño –dijo.

–Sí, un niño visto con una lente.

–Ha de tener las piernas llenas de roscas.

–Y deberán ponerle talco en las axilas para evitar las escaldaduras.

–Y lo bañarán con jabón de Reuter.

–Ha de vomitar blanco.

–Ha de oler a senos.

Así se burlaban los infames de aquel pobre hombre que miraba vagamente y cuya gran cabeza oscilaba como una aguja imantada.

Yo le tenía compasión. La verdad, la culpa no era de él ¡Qué culpa va a tener un antropófago! Menos si es hijo de un carnicero y una comadrona, como quien dice del escultor Sofronisco; y de la partera Fenareta. Eso de ser antropófago es como ser fumador, o pederasta, o sabio.

Pero los jueces le van a condenar irremediablemente, sin hacerse estas consideraciones. Van a castigar una inclinación naturalísima: esto rebela. Yo no quiero que se proceda de ninguna manera en mengua de la justicia. Por esto quiero dejar constancia, en unas pocas líneas, de mi adhesión al antropófago. Y creo que sostengo una causa justa. Me refiero a la irresponsabilidad que existe de parte de un ciudadano cualquiera, al dar satisfacción a un deseo que desequilibra atormentadoramente su organismo.

Hay que olvidar por completo toda palabra hiriente que yo haya escrito en contra de ese pobre irresponsable. Yo, arrepentido, le pido perdón.

Sí, sí, creo sinceramente que el antropófago está en lo justo; que no hay razón para que los jueces, representantes de la vindicta pública…

Pero qué trance tan duro… Bueno… lo que voy a hacer es referir con sencillez lo ocurrido…

No quiero que ningún malintencionado diga después que soy yo pariente de mi defendido, como ya me lo dijo un comisario a propósito de aquel asunto de Octavio Ramírez.

Así sucedió la cosa, con antecedentes y todo:

En un pequeño pueblo del sur, hace más o menos treinta años, contrajeron matrimonio dos conocidos habitantes de la localidad: Nicanor Tiberio, dado al oficio de matarife, y Dolores Orellana, comadrona y abacera.

A los once meses justos de casados les nació un muchacho, Nico, el pequeño Nico, que después se hizo grande y ha dado tanto que hacer.

La señora de Tiberio tenía razones indiscutibles para creer que el niño era oncemesino, cosa rara y de peligros. De peligros porque quien se nutre con tanto tiempo de sustancias humanas es lógico que sienta más tarde la necesidad de ellas.

Yo desearía que los lectores fijen bien su atención en este detalle, que es a mi ver justificativo para Nico Tiberio y para mí, que he tomado cartas en el asunto.

Bien. La primera lucha que suscitó el chico en el seno del matrimonio fue a los cinco años, cuando ya vagabundeaba y comenzó a tomársele en serio. Era a propósito de la profesión. Una divergencia tan vulgar y usual entre los padres, que casi, al parecer, no vale la pena darle ningún valor. Sin embargo, para mí lo tiene.

Nicanor quería que el muchacho fuera carnicero, como él. Dolores opinaba que debía seguir una carrera honrosa, la medicina. Decía que Nico era inteligente y que no había que desperdiciarlo. Alegaba con lo de las aspiraciones –las mujeres son especialistas en lo de las aspiraciones.

Discutieron el asunto tan acremente y tan largo que a los diez años no lo resolvían todavía. El uno: que carnicero ha de ser; la otra: que ha de llegar a médico. A los diez años Nico tenía el mismo aspecto de un niño; aspecto que creo olvidé de describir. Tenía el pobre muchacho una carne tan suave que le daba ternura a su madre; carne de pan mojado en leche, como que había pasado tiempo curtiéndose en las entrañas de Dolores.

Pero pasa que el infeliz había tomádole serias aficiones a la carne. Tan serias que ya no hubo que discutir: era un excelente carnicero. Vendía y despostaba que era de admirarlo.

Dolores, despechada, murió el 15 de mayo del 1909 (¿Será también este un dato esencial?). Tiberio, Nicanor Tiberio, creyó conveniente emborracharse seis días seguidos y el séptimo, que en rigor era de descanso, descansó eternamente. (Uf, esta va resultando tragedia de cepa).

Tenemos, pues, al pequeño Nico en absoluta libertad para vivir a su manera solo a la edad de diez años.

Aquí hay un lago en la vida de nuestro hombre. Por más que he hecho, no he podido recoger los datos suficientes para reconstruirla. Parece, sin embargo, que no sucedió en ella circunstancia alguna capaz de llamar la atención de sus compatriotas.

Una que otra aventurilla y nada más.

Lo que se sabe a punto fijo es que se casó, a los veinticinco, con una muchacha de regulares proporciones y medio simpática. Vivieron más o menos bien. A los dos años les nació un hijo, Nico, de nuevo Nico.

De este niño se dice que creció tanto en saber y en virtudes, que a los tres años, por esta época leía, escribía, y era tipo correcto: uno de esos niños seriotes y pálidos en cuyas caras aparece congelado el espanto.

La señora de Nico Tiberio (del padre, no vaya a creerse que del niño) le había echado ya el ojo a la abogacía, carrera magnífica para el chiquitín. Y algunas veces había intentado decírselo a su marido. Pero este no daba oídos, refunfuñando: ¡Esas mujeres que andan siempre metidas en lo que no les importa!

Bueno, esto no le interesa a Ud., sigamos con la historia:

La noche del 23 de marzo, Nico Tiberio, que vino a establecerse en la capital tres años atrás con la mujer y el pequeño –dato que he olvidado de referir a su tiempo–, se quedó hasta bien tarde en un figón de San Roque, bebiendo y charlando.

Estaba con Daniel Cruz y Juan Albán, personas bastante conocidas que prestaron, con oportunidad, sus declaraciones ante el juez competente. Según ellos, el tantas veces nombrado Nico Tiberio no dio manifestaciones extraordinarias que pudieran hacer luz en su decisión. Se habló de mujeres y de platos sabrosos. Se jugó un poco a los dados. Cerca de la una de la mañana, cada cual la tomó por su lado.

(Hasta aquí las declaraciones de los amigos del criminal. Después viene su confesión, hecha impúdicamente para el público).

Al encontrarse solo, sin saber cómo ni por qué, un penetrante olor a carne fresca empezó a obsesionarlo. El alcohol le calentaba el cuerpo y el recuerdo de la conversación le producía abundante saliveo. A pesar de lo primero, estaba en sus cabales.

Según él, no llegó a precisar sus sensaciones. Sin embargo, aparece bien claro lo siguiente:

Al principio le atacó un irresistible deseo de mujer. Después le dieron ganas de comer algo bien sazonado; pero duro, cosa de dar trabajo a las mandíbulas. Luego le agitaron temblores sádicos: pensaba en una rabiosa cópula, entre lamentos, sangre y heridas abiertas a cuchilladas.

Se me figura que andaría tambaleando, congestionado.

A un tipo que encontró en el camino casi le asalta a puñetazos, sin haber motivo.

A su casa llegó furioso. Abrió la puerta de una patada. Su pobre mujercita despertó con sobresalto y se sentó en la cama. Después de encender la luz se quedó mirándolo temblorosa, como presintiendo algo en sus ojos colorados y saltones.

Extrañada, le preguntó:

–¿Pero qué te pasa, hombre?

Y él, mucho más borracho de lo que debía estar, gritó:

–Nada, animal; ¿a ti qué te importa?; ¡a echarse!

Mas en vez de hacerlo, se levantó del lecho y fue a pararse en medio de la pieza. ¿Quién sabía qué le irían a mentir a ese bruto?

La señora de Nico Tiberio, Natalia, es morena y delgada.

Salido del amplio escote de la camisa de dormir, le colgaba un seno duro y grande. Tiberio, abrazándola furiosamente, se lo mordió con fuerza. Natalia lanzó un grito.

Nico Tiberio, pasándose la lengua por los labios, advirtió que nunca había probado manjar tan sabroso.

¡Pero no haber reparado nunca en eso! ¡Qué estúpido!

¡Tenía que dejar a sus amigotes con la boca abierta!

Estaba como loco, sin saber lo que le pasaba y con un justificable deseo de seguir mordiendo.

Por fortuna suya oyó los lamentos del chiquitín, de su hijo, que se frotaba los ojos con las manos.

Se abalanzó gozoso sobre él; lo levantó en sus brazos, y abriendo mucho la boca, empezó a morderle la cara, arrancándole regulares trozos a cada dentellada, riendo, bufando, entusiasmándose cada vez más.

El niño se esquivaba de él que se lo comía por el lado más cercano, sin dignarse escoger.

Los cartílagos sonaban dulcemente entre los molares del padre. Se chupaba los dientes y lamía los labios.

¡El placer que debió sentir Nico Tiberio!

Y como no hay en la vida cosa cabal, vinieron los vecinos a arrancarle de su abstraído entretenimiento. Le dieron de garrotazos, con una crueldad sin límites, le ataron, cuando le vieron tendido y sin conocimiento; le entregaron a la policía…

¡Ahora se vengarán de él!

Pero Tiberio (hijo), se quedó sin nariz, sin orejas, sin una ceja, sin una mejilla.

Así, con su sangriento y desgarbado aspecto, parecía llevar en la cara todas las ulceraciones de un hospital.

Si yo creyera a los imbéciles tendría que decir: Tiberio (padre) es como quien se come lo que crea.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 29 de octubre de 2025

Pluscuamperfecto

David García Contreras

 

En Tecuto nunca nadie ha recibido un engaño en los últimos 70 años. Al menos no uno, sino tres o cuatro en cada ocasión. Así es la vida en Tecuto, un país como cualquier otro gobernado por hombres y mujeres aleccionados en las más prestigiadas universidades del mundo. Los futuros gobernantes se forman bajo las más estrictas normas de calidad educativa, con un solo objetivo en mente: crear líderes sociales. De tal forma que cuando alguien es clasificado como parte de la clase política se le asocia, automáticamente, con un grupo de expertos en el arte de gobernar. Y es por ello que se considera imprescindible el estudio de una materia, muy de moda entre las altas esferas de la intelectualidad tecutense: la estadística. Por eso no es extraño escuchar a los políticos con motivo de un discurso, en una entrevista de banqueta, en medio de un acalorado debate televisivo o a lo largo de un tedioso y siempre exaltado informe de gobierno, hablar de estadísticas. Se les oye hablar de medidas de tendencia central, de medidas de dispersión, de polígonos de frecuencia, de histogramas, de prismogramas, de diagramas figurados, de logarítmicos, de curvas de tiempo, de índices de preferencia y de ecuaciones compensadoras que, muy pocos fuera de un reducido grupo, entienden.

Los habitantes de Tecuto son personas bombardeadas, en todo momento, por datos y cifras que se van enriqueciendo con datos y cifras del minuto siguiente. Todo ello con el fin de expresar los logros, que siempre se presume son muchos, en los diversos campos de la vida tecutense y que pocas veces corresponden con la realidad.

Pero el problema nodal de Tecuto no es la estadística, una materia como otras inventadas por el hombre, sino su uso. Y es que está claro que todos estos años los gobernantes del país han vivido creyendo, con abnegada vehemencia, que la estadística es la ciencia del Estadista. Fuera de esto, todo es perfecto en Tecuto.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

El drama del desencantado

Gabriel García Márquez

 

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 28 de octubre de 2025

La trompeta del juicio final

Isaac Asimov

 

El arcángel Gabriel se mostró despreocupado con respecto a aquella cuestión. Dejó indolente que la punta de una de sus alas rozara el planeta Marte, el cual, al estar compuesto de simple materia, no se vio afectado por el contacto.

–Asunto zanjado, Etheriel –dijo–. Ya no hay nada que hacer. El Día de la Resurrección está fijado.

Etheriel, un serafín muy joven, creado apenas mil años atrás, según el modo de contar el tiempo de los hombres, se estremeció de tal modo que se formaron en el continuum vórtices bien definidos. Desde su creación, había permanecido siempre al cuidado inmediato de la Tierra y sus aledaños. Como trabajo, suponía una sinecura, un lugar cómodo, un punto muerto. Sin embargo, a través de los siglos, había llegado a sentirse petulantemente orgulloso de su mundo.

–¿Vas a destruir mi mundo sin previo aviso? –protestó.

–En absoluto. Nada de eso. Hay ciertos pasajes en el Libro de Daniel y en el Apocalipsis de San Juan que resultan bastante explícitos.

–¿Lo son de verdad? ¿Después de haber sido copiados por escriba tras escriba? Me pregunto si quedarán sin cambiar dos palabras de una frase.

–Hay sugerencias en el Rig-Veda, en las Analectas confucianas…

–…que son propiedad de grupos culturales aislados, tan reducidos como una aristocracia.

–La Crónica de Gilgamesh habla de manera muy explicita.

–Gran parte de esa Crónica fue destruida con la Biblioteca de Asurbanipal hace mil seiscientos años según el cómputo terrestre, antes de mi creación.

–Hay ciertas características de la Gran Pirámide, y un motivo en las joyas taraceadas del Taj Mahal…

–…tan sutiles que ser humano alguno los ha interpretado jamás debidamente.

Gabriel dijo, cansado ya:

–Si vas a poner objeciones a todo, no cabe discusión alguna sobre el tema. De todos modos, tú deberías estar bien enterado. En los asuntos relativos a la Tierra, eres omnisciente.

–Sí, fui elegido para eso. Y te confieso que, entre las muchas preocupaciones que me causa, no se me ocurrió investigar las posibilidades de la resurrección.

–Pues tendrías que haberlo hecho. Todos los documentos implicados se encuentran en los archivos del Consejo de Ascendientes. Podrías haberlos consultado en cualquier momento.

–Pero el caso es que todo mi tiempo era necesario allí. No tienes la menor idea de la mortal eficiencia del Adversario en ese planeta. Requería todo mi esfuerzo doblegarlo. Y aun así…

–Sí, en efecto –Gabriel acarició un cometa a su paso–. Parece que obtuvo sus pequeñas victorias. Al fluir a través de mí la pauta factual entrelazada de ese miserable pequeño mundo, me he dado cuenta de que se trata de una de esas estructuras con equivalencia de materia-energía.

–Así es –convino Etheriel.

–Y que están jugando con ella.

–Me temo que sí.

–Entonces, ¿qué mejor momento para acabar con el asunto?

–Soy capaz de manejarlo, te lo aseguro. Sus bombas nucleares no los destruirán.

–Lo dudo. Bien, supongo que ahora me dejarás continuar, Etheriel. Se aproxima el momento señalado.

–Me gustaría ver los documentos pertinentes –repuso tercamente el serafín.

–Si insistes…

Y al instante, sobre la profunda negrura del firmamento sin aire, apareció en signos el texto de un Acta de Ascendencia.

Etheriel leyó en voz alta:

–“Por orden del Consejo Superior, se dispone por la presente que el arcángel Gabriel, número de serie; etcétera, etcétera (bueno, ése eres tú), se aproximará al planeta de clase A, número G753990, posteriormente conocido con el nombre de Tierra, el 1 de enero de 1957, a las 12:01 del día, según el horario local…”

Terminó la lectura en melancólico silencio.

–¿Satisfecho?

–No, pero no tengo más remedio que aceptarlo.

Gabriel sonrió. Una trompeta apareció en el espacio. Su forma era semejante a las terrestres, pero su áureo pulido se extendía de la Tierra al Sol, con la boquilla dirigida hacia los bellos y brillantes labios de Gabriel.

–¿No puedes darme un poco de tiempo para defender mi causa ante el Consejo? –preguntó desesperado Etheriel.

–¿De qué te serviría? El acta está firmada por el Jefe, y ya sabes que un acta firmada por Él es totalmente irrevocable. Y ahora, si no te importa, ya casi ha llegado el segundo convenido. Quiero terminar con esto de una vez, pues tengo otros asuntos de mucha mayor importancia en que pensar. ¿Me haces el favor de apartarte un poco? Gracias.

Gabriel sopló, y todo el universo, hasta la más lejana estrella, se colmó con el tenue sonido, de tono perfecto y la más cristalina delicadeza. Al sonar, hubo un leve momento estático, tan leve como la línea que separa el pasado del futuro. Y en el acto, la estructura de los mundos se derrumbó sobre sí misma, y la materia se acumuló de nuevo en el caos primitivo del cual surgiera una vez al conjuro del Verbo. Las estrellas y las nebulosas desaparecieron, y el polvo cósmico, el Sol, los planetas y la Luna. Todo, excepto la Tierra, la cual quedó donde estaba, suspendida en el universo, ahora vacío por completo.

La trompeta del Juicio Final había sonado.

 

R. E. Mann (todos cuantos le trataban lo llamaban simplemente por sus iniciales, R. E.) entró a las oficinas de la Billikan Bitsies Factory y se quedó mirando sombrío al hombre de elevada estatura (flaco, pero con cierta ajada elegancia, intensificada por su pulcro bigote gris) que estaba encorvado sobre un montón de papeles que había en su mesa.

R. E. consultó su reloj de pulsera, que marcaba aún las 7:01, por haberse parado en esa hora. Naturalmente, se trataba de la hora de Oriente, que correspondía a las 12:01 del mediodía según el meridiano de Greenwich. Sus oscuros ojos pardos, que miraban penetrantes sobre un par de pronunciados pómulos, se posaron en los del otro con fijeza.

Durante unos instantes, el hombre de elevada estatura lo miró a su vez inexpresivo. Luego dijo:

–¿Puedo servirle en algo?

–¿Horatio J. Billikan, supongo? ¿El propietario de esta fábrica?

–Sí.

–Yo soy R. E. Mann, y no pude por menos de detenerme al ver a alguien trabajando. ¿No sabe usted qué día es hoy?

–¿Hoy?

–Es el Día de la Resurrección.

–¡Ah, ya sé! Oí el toque. Destinado a despertar a los muertos… Qué historia tan buena, ¿no cree? –rio entre dientes unos instantes y prosiguió–: Me desperté a las siete de la mañana. Di un codazo a mi mujer, que dormía como un tronco, según su costumbre. “Es la trompeta del Juicio Final, querida”, le dije. Hortensia, así se llama mi mujer, me contestó: “Muy bien”, y siguió durmiendo. Me bañé, me afeité, me vestí y vine al trabajo.

–¿Pero por qué?

–¿Y por qué no?

–Ninguno de sus empleados se presentó hoy.

–No, pobre gente. Se tomaron el día libre. Era de esperarse. Después de todo, no se acaba el mundo todos los días. Con franqueza, me alegro. Me proporciona una oportunidad para poner en orden mi correspondencia personal sin interrupciones. El teléfono no ha sonado hasta ahora ni una sola vez… –se levantó, dirigiéndose a la ventana–. Supone una gran mejoría… Nada de sol cegador, y la nieve ha desaparecido. Una luz agradable y un grato calor. Muy buen arreglo… Ahora, si no le importa, estoy bastante ocupado, así que me dispensara.

Un ronco vozarrón lo interrumpió diciendo: “Un minuto, Horatio”. Y un caballero que se parecía en grado notable a Billikan, aunque de facciones más marcadas, introdujo su prominente nariz en el despacho, asumiendo una actitud de dignidad ofendida, apenas disminuida por el hecho de hallarse desnudo.

–¿Puedo preguntarte por qué has cerrado la fábrica?

Billikan pareció a punto de desmayarse.

–¡Santo cielo! –balbuceó–. ¡Es mi padre! ¿De dónde sales?

–Del cementerio –respondió el recién llegado–. ¿De dónde diablos quieres que salga? Están saliendo de allí a docenas. Todos desnudos. También las mujeres.

Billikan hijo carraspeó:

–Te daré algo de ropa, padre. Iré a buscártela a casa.

–No tiene importancia. El negocio primero, el negocio primero.

R. E. salió de su ensimismamiento para decir:

–¿Está todo el mundo abandonando sus tumbas al mismo tiempo, señor?

Mientras hablaba miraba con curiosidad a Billikan padre. El viejo parecía hallarse en la fuerza de la edad. Sus mejillas, aunque surcadas de arrugas, resplandecían de salud. Su edad, decidió R. E., era la misma que tenía en el momento de su muerte, pero su cuerpo había retrocedido a la época de su vida en que se hallaba en su plenitud.

Billikan padre contestó:

–No, no. Los de las tumbas más recientes salen los primeros. Tottersby murió cinco años antes que yo y salió unos cinco minutos después de mí. Fue el verlo lo que me decidió a marcharme de allí. Ya tuve bastante con él cuando… –dio un puñetazo sobre la mesa, con un sólido puño–. No hay taxis ni autobuses. No funcionan los teléfonos. Tuve que venir a pie. Treinta y cinco kilómetros a pie.

–¿Así? –preguntó su hijo con espantada voz.

Billikan padre bajó la mirada para contemplar su piel al descubierto con despreocupada aprobación.

–Hace calor. Y la mayoría van desnudos… De todos modos, hijo, no he venido aquí para charlar de fruslerías. ¿Por qué está cerrada la fábrica?

–No está cerrada. Es una ocasión especial.

–¡Qué ocasión especial ni qué porras! Llama al sindicato y diles que el Día de la Resurrección no figura en el contrato de trabajo. Se les deducirá a todos del salario. Cada minuto que permanezcan ausentes de su labor.

La rasurada cara de Billikan hijo tomó un aire de obstinada decisión, mientras escudriñaba a su padre.

–No –dijo–. No lo haré. No olvides que no eres tú quien está a cargo de esta factoría, sino yo.

–¿Ah, sí? ¿Y con qué derecho?

–Por tu voluntad expresada en tu testamento.

–Muy bien. Pues ahora que estoy de regreso, anulo mi testamento.

–No puedes, padre. Estás muerto. Tal vez no lo parezcas, pero tengo testigos. Guardo el certificado médico. Pagué las facturas del empresario de pompas fúnebres. Si lo necesito, obtendré el testimonio de los portadores del féretro.

Billikan padre miró con fijeza a su hijo, se sentó, colocó una mano sobre el respaldo de su butaca y cruzó las piernas.

–Si vamos a eso –dijo–, todos estamos muertos, ¿no es así? El mundo se acabó, ¿no?

–Pero tú fuiste declarado legalmente muerto y yo no.

–¡Bah! Ya cambiaremos eso. Va a haber más de los nuestros que de los tuyos, hijo. Y los votos cuentan.

Billikan hijo dio una firme palmada sobre su mesa. Enrojeció ligeramente.

–Padre, no desearía abordar este punto particular, pero ya que me obligas a ello… debo recordarte que en estos momentos madre debe estar ya esperándote en casa y que sin duda alguna se habrá visto también obligada a caminar por las calles… desnuda. No creo que se sienta de muy buen humor.

Billikan padre se puso ridículamente pálido.

–¡Santo cielo! –exclamó.

–Y ya sabes que siempre deseó que te retiraras.

Billikan padre adoptó una decisión rápida.

–No pienso ir a casa. ¡Vaya, esto es una pesadilla! ¿No hay límite alguno para esta histeria de la resurrección? Es… es… pura anarquía. No hay que extremar tanto las cosas. No, dije que no iré a casa y no voy.

En aquel punto, un caballero un tanto rotundo, de rostro terso, suave y sonrosado y blancas patillas a lo Francisco José, entró al despacho y saludó fríamente:

–Buenos días.

–¡Padre! –dijo el Billikan desnudo.

–¡Abuelo! –dijo el Billikan vestido.

El abuelo Billikan miró a su nieto con aire de desaprobación:

–Si eres mi nieto, parece que has envejecido mucho. El cambio no te ha mejorado.

Billikan nieto sonrió con dispéptica debilidad y no respondió. Tampoco el abuelo Billikan parecía esperar respuesta alguna. Continuó:

–Bien, si me ponen al corriente de cómo va el negocio en la actualidad, reasumiré mis funciones de director.

Hubo dos respuestas simultáneas, y el encendido de las mejillas del abuelo se intensificó hasta un grado peligroso, en tanto golpeaba perentorio el suelo con un bastón imaginario y ladraba una réplica.

R. E. decidió intervenir.

–Caballeros –dijo. Alzó un poco la voz–. ¡Caballeros! –Y acabó por gritar a pleno pulmón–: ¡CABALLEROS!

La conversación cesó de repente, y todos se volvieron hacia él. El rostro anguloso de R. E., sus ojos singularmente atractivos y su sardónica boca parecieron dominar de pronto la reunión.

–No comprendo esta discusión –dijo–. ¿Qué es lo que fabrican ustedes?

–Copos –respondió Billikan nieto.

–O sea, si no me equivoco, un desayuno empaquetado, a base de cereales…

–Lleno de energía en cada uno de sus áureos trocitos… –proclamó Billikan nieto.

–Recubiertos de cristalino azúcar, dulce como la miel. Elaboración y alimento que… –rezongó Billikan padre.

–Tienta al más inapetente… –rugió Billikan abuelo.

–A eso iba –interrumpió R. E.–. ¿Qué clase de inapetencia?

Todos lo miraron con aire estólido.

–¿Perdón? –dijo Billikan nieto, creyendo no haber entendido bien.

–Sí, ¿alguno de ustedes tiene apetito? –volvió a preguntar R. E.–. Yo no.

–¿Qué es lo que farfulla este estúpido? –barbotó Billikan abuelo.

Su invisible bastón habría medido las costillas de R. E. de haber existido (el bastón, no las costillas, claro). R. E. prosiguió:

–Estoy tratando de poner en su conocimiento que nadie querrá volver a comer. Nos hallamos en el después, y el alimento resulta innecesario.

Las expresiones que se dibujaron en los rostros de los Billikan no necesitaban interpretación alguna. Se hizo evidente que habían intentado comprobar sus propios apetitos y los habían hallado nulos.

Billikan nieto exclamó con el rostro ceniciento:

–¡Arruinados!

Billikan abuelo aporreó enérgica y ruidosamente con la contera de su imaginario bastón.

–Esto es una confiscación de la propiedad sin el debido procedimiento legal. Entablaremos pleito, litigaremos…

–Totalmente anticonstitucional –le apoyó Billikan padre.

–Si encuentran a alguien para que presente la demanda, les deseo buena suerte –manifestó R. E. en tono afable–: Y ahora, si me lo permiten, creo que voy a darme una vuelta por el cementerio.

Y encasquetándose el sombrero, se dirigió a la puerta y salió.

 

Etheriel, con sus vértices estremecidos, se vio ante la gloria de un querubín de seis alas.

–Si te he entendido bien –dijo éste–, tu universo particular ha sido desmantelado.

–Exacto.

–Bueno, supongo que no esperarás que yo lo ajuste de nuevo…

–No espero que hagas nada, excepto conseguirme una entrevista con el Jefe.

Al oír este nombre, el querubín se apresuró a exponer su respeto. Las puntas de dos de sus alas le cubrieron los pies, otras dos los ojos y las dos últimas la boca. Volviendo a su estado normal, repuso:

–El Jefe está muy ocupado. Tiene una miríada de asuntos que resolver.

–¿Y quién lo niega? Me limito a señalar que, si las cosas continúan como hasta ahora, tendrá un universo en el cual Satán logrará la victoria final.

–¿Satán?

–Es el nombre hebreo del Adversario –explicó impaciente Etheriel–. Podría llamarle también Ahrimán, que es la palabra persa. En cualquier caso, me refiero al Adversario.

–¿Y a qué te conducirá una entrevista con el Jefe? –dijo el querubín–. Firmó el documento que autorizaba tocar la trompeta del Juicio Final, y ya sabes que su firma es irrevocable. El Jefe no contradiría nunca su propia omnipotencia revocando una palabra pronunciada en su facultad oficial.

–¿Es tu última decisión? ¿No quieres concertarme una entrevista?

–No puedo.

–En ese caso –decidió Etheriel– acudiré al Jefe sin que me sea concedida audiencia. Invadiré el Móvil Primero. Y si ello significa mi destrucción, que así sea.

E hizo acopio de todas sus energías…

–¡Sacrilegio! –murmuró horrorizado el querubín.

Se oyó como un trueno cuando Etheriel salió disparado hacia las alturas.

 

R. E. Mann recorrió las atestadas calles, acostumbrándose poco a poco a la visión de toda aquella gente aturdida, incrédula, apática, vestida sucintamente o, con mayor frecuencia, sin nada encima.

Una chiquilla que aparentaba unos doce años, colgada de una puerta de hierro, con un pie posado sobre un barrote y balanceándose adelante y atrás, lo saludó al pasar:

–¡Hola!

–¡Hola! –correspondió R. E.

La niña estaba vestida. No era uno de los… retornados.

–Tenemos un nuevo bebé en casa. Es una hermanita. Mamá no hace más que quejarse y me ha mandado aquí.

–Me parece muy bien –dijo R. E.

Cruzó la verja y se dirigió a la casa, de modesto aspecto. Tocó el timbre y, al no obtener respuesta, abrió la puerta y entró. Siguiendo el sonido de los sollozos, llamó con los nudillos a una segunda puerta. Un hombre vigoroso, de unos cincuenta años, de escaso pelo, gruesas mejillas y prominente mandíbula, abrió y le dirigió una mirada, mezcla de asombro y enfado.

–¿Quién es usted?

R. E. se quitó el sombrero.

–Pensé que podría servir de alguna ayuda. Su pequeña, que está fuera…

Una mujer, sentada en una silla junto a una cama de matrimonio, alzó la vista hacia él con aire desvalido. Su cabello comenzaba a encanecer. Tenía el rostro abotargado por el llanto, y las venas de las manos amoratadas e hinchadas. Una criatura se hallaba sobre la cama, gordezuela y desnuda, agitando lánguidamente los pies y dirigiendo acá y allá sus ojos sin vista aún.

–Es mi pequeña –dijo la mujer–. Nació hace veintitrés años, en esta casa, y murió a los diez días, también aquí. ¡Deseé tanto que volviera!

–Bueno, pues ya la tiene –la animó R. E.

–¡Pero es demasiado tarde! –clamó la mujer, en una especie de vehemente sollozo–. Tuve otros tres hijos. Mi hija mayor está casada, mi hijo cumpliendo el servicio militar. Y ya soy demasiado vieja para criar a otro. Si por lo menos… si por lo menos…

Sus facciones se contrajeron en un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No lo consiguió.

Su marido intervino, diciendo con voz átona:

–No es una criatura real. No llora. No se ensucia. Ni quiere tomar leche. ¿Qué vamos a hacer con ella? Jamás crecerá. Siempre seguirá siendo un bebé.

R. E. meneó la cabeza.

–No lo sé. Siento no poder hacer nada para ayudarles.

Y se marchó sosegadamente. Pensó sin perder la calma en los hospitales y las clínicas. Miles de criaturas debían de estar apareciendo en ellos.

“Que las cuelguen en perchas –pensó sardónico–. Que las hacinen como leños, en atados. No necesitan cuidados. Sus cuerpecillos no son más que el recipiente de una indestructible chispa vital”.

Pasó ante dos chiquillos al parecer de la misma edad, tal vez unos diez años. Sus voces eran agudas. El cuerpo de uno de ellos brillaba bajo la luz no solar, de manera que se trataba de un retornado. El otro no. R. E. se detuvo a escucharlos.

–Tuve la escarlatina –decía el desnudo.

–¡Órale! –exclamó el vestido, con una chispa de envidia en la voz.

–Por eso morí.

–¿Ah, sí? ¿Qué te dieron, penicilina o aureomicina?

–¿De qué hablas?

–Son medicamentos.

–Nunca oí hablar de ellos.

–Mano, pues no has oído hablar de mucho.

–Sé tanto como tú.

–Conque sí, ¿eh?

–A ver, ¿quién es el presidente de Estados Unidos?

–Warren Harding.

–Estás chiflado. Es Eisenhower.

–¿Quién es ése?

–¿No lo has visto nunca en la televisión?

–¿Qué es la televisión?

El niño vestido gritó como para romperle los tímpanos a cualquiera:

–Algo que, moviendo un botón, se ven artistas, películas, vaqueros, lanzamientos de cohetes y todo lo que se quiera.

–A ver, enséñamelo.

–No funciona en este momento –confesó tras una pausa el niño del presente.

El otro manifestó su enojo, gritando a su vez:

–Lo que pasa es que no ha funcionado nunca. Eres un mentiroso.

R. E. se encogió de hombros y siguió adelante.

Los grupos escaseaban al acercarse al cementerio. Todos se encaminaban a la ciudad, desnudos.

Un hombre lo detuvo. De aspecto jovial, con la piel sonrosada y el cabello blanco, se le veían las marcas de los lentes a ambos lados del puente de la nariz, aunque no los llevaba.

–Se le saluda, amigo –dijo.

–¡Hola! –respondió R. E.

–Usted es el primer hombre vestido que veo. Supongo que estaba vivo cuando sonó la trompeta.

–En efecto.

–Bien, ¿no le parece grande todo esto? ¿No lo encuentra maravilloso y extraordinario? Venga, regocíjese conmigo.

–Le gusta a usted esto, ¿verdad?

–¿Gustar? Una alegría pura y radiante me colma. Estamos rodeados por la luz del primer día, la luz que resplandecía suave y serenamente antes de que fueran creados el Sol, la Luna y las estrellas. Usted debe de conocer el Génesis, claro. Hay el dulce calor que debió ser uno de los deleites mayores del Edén, no el enervante de un sol implacable, ni el asalto del frío en su ausencia. Hombres y mujeres andan por las calles sin ropa alguna y no se avergüenzan. Todo está bien, amigo, todo está bien.

–Desde luego, es un hecho que no me ha impresionado el despliegue femenino.

–Pues claro que no –corroboró el otro–. El deseo y el pecado, tal como lo recordamos de nuestra existencia terrenal, ya no existen. Permítame que me presente, amigo, tal como fui en otros tiempos. Mi nombre en la Tierra fue Winthrop Hester. Nací en 1812 y morí en 1884, tal como entonces contábamos el tiempo. A lo largo de los últimos cuarenta años de mi vida, laboré para conducir mi pequeño rebaño hasta el Reino. Ahora podré contar los que gané para él.

R. E. contempló con solemnidad al ministro de la Iglesia.

–Lo más probable es que no haya habido ningún Juicio todavía.

–¿Por qué no? El Señor ve en el interior de cada hombre, y en el mismo instante en que todas las cosas del mundo cesaron, todos fueron juzgados. Nosotros somos los salvos.

–Pues deben haberse salvado muchos.

–Por el contrario, hijo mío, los salvos no son sino un resto.

–Un resto muy nutrido… Por lo que puedo colegir, todo el mundo vuelve a la vida. Y he visto en la ciudad a unos personajes muy desagradables tan vivos como usted.

–Un arrepentimiento de último momento…

–Yo nunca me he arrepentido.

–¿De qué, hijo mío?

–Del hecho de no haber asistido nunca a la iglesia.

Winthrop Hester se echó atrás presuroso.

–¿Fue usted bautizado alguna vez?

–No, que yo sepa.

Winthrop Hester tembló.

–Pero seguro que creyó en Dios.

–Bueno. Creí una serie de cosas sobre Él que probablemente le espantarían si se las dijera.

Winthrop Hester se dio la vuelta y se marchó presa de gran agitación.

En lo que quedaba de camino hasta el cementerio –R. E. no tenía medios de calcular el tiempo ni se le ocurrió intentarlo–, nadie más lo detuvo. Halló el cementerio casi vacío, sin árboles ni hierba. Pensó que no quedaba ya verdor en el mundo; el mismo suelo presentaba un gris duro e informe, sin granulación; el firmamento, una blancura luminosa. Sin embargo, las lápidas subsistían.

Sobre una de ellas estaba sentado un hombre flaco y con arrugas, de largo cabello negro y una mata de pelo, más corto, aunque más impresionante, en el pecho y la parte superior de los brazos. Lo llamó con profunda voz:

–¡Eh, usted!

–Hola –dijo R. E., sentándose en otra lápida vecina.

El del pelo negro dijo:

–Su indumentaria tiene un aspecto muy raro. ¿En qué año ha sucedido esto?

–En 1957.

–Yo morí en 1807. ¡Curioso! Esperaba que a estas alturas me habría convertido en un buen churrasco, con las llamas eternas brotando de mis entrañas.

–¿No piensa venir a la ciudad?

–Me llamo Zeb –dijo el otro–. Abreviatura de Zebulón, pero con Zeb basta. ¿Qué tal la ciudad? ¿Habrá cambiado un poco, supongo?

–Ha llegado a los cien mil habitantes.

La boca de Zeb dibujó algo semejante a un bostezo.

–¡Vaya! ¿Más que Filadelfia…? Usted bromea.

–Filadelfia tiene… –R. E. se detuvo. Exponer la cifra no serviría de nada. En vez de ello, dijo–: ha crecido lo normal en una ciudad durante ciento cincuenta años…

–¿El país también?

–Ahora tenemos cuarenta y ocho estados. Lo ocupamos todo hasta el Pacífico.

–¡No me diga! –Zeb se dio una fuerte palmada de contento en el muslo y respingó ante la ausencia de tela que hubiera atenuado el golpe–. Me iría al Oeste si no se me necesitara aquí. Sí, señor –su cara se ensombreció, y sus delgados labios tomaron un rictus de definida inflexibilidad–. Sí, me quedaré aquí, donde soy necesario.

–¿Por qué es necesario?

La explicación surgió con breve y duro laconismo.

–¡Indios!

–¿Indios?

–Millones de ellos. Primero las tribus que combatimos y liquidamos, y encima las que nunca vieron a un hombre blanco. Todos ellos están volviendo a la vida. Necesitaré a mis viejos camaradas. Ustedes, los tipos de la ciudad, no valen para eso… ¿Ha visto alguna vez a un indio?

–Últimamente no.

Zeb esbozó un gesto de desprecio e intentó escupir a un lado, pero no encontró saliva para ello.

–Más vale que regrese a la ciudad –dijo–. Dentro de poco, no habrá la menor seguridad por estos parajes. Desearía tener mi mosquetón.

R. E. se puso en pie, meditó un momento, se encogió de hombros y se dirigió a la ciudad. La lápida sobre la que había estado sentado se desplomó al levantarse, convirtiéndose en polvo de piedra gris, que se amalgamó con la tierra informe. Miró en derredor. La mayoría de las lápidas habían desaparecido. El resto no tardaría en hacerlo. Sólo la que estaba bajo Zeb parecía aún firme y fuerte.

R. E. echó a andar. Zeb ni siquiera volteó para mirarlo. Seguía inmóvil y en calma, en espera… de los indios.

 

Etheriel se zambulló a través de los cielos con temeraria celeridad. Los ojos de los Ascendientes se hallaban posados sobre él, lo sabía. Desde el serafín creado en último lugar, pasando por los querubines y los ángeles, hasta el más elevado de los arcángeles, todos debían estar contemplándolo.

Había llegado ya más arriba que ningún Ascendiente estuviera nunca sin ser invitado, y esperaba el palpitar del Verbo que reduciría sus vértices a la nada.

Pero no vaciló. A través del no-espacio y el no-tiempo se precipitó hacia la unión con el Móvil Primero, la sede que circundaba todo lo que Es, Fue, Será, Había Sido, Podía Ser y Debía Ser.

Y al pensarlo, irrumpió y se fundió con él, expandiéndose su ser de manera que, por un instante, formó parte del Todo. Sin embargo, de un modo misericordioso, sus sentidos se velaron, y el Jefe se convirtió en una queda voz en su interior, tenue pero tanto más impresionante en su infinita plenitud.

–Hijo mío –dijo la voz–, ya sé por qué has venido.

–Entonces ayúdame, si tal es tu voluntad.

–Por mi propia voluntad, un acto mío es irrevocable. Todo tu género humano, hijo mío, anhelaba vivir. Todos temían la muerte. Todos albergaban y desarrollaban pensamientos y sueños de vida ilimitada. No dos grupos de hombres, no dos hombres aislados. Todos desarrollaban la misma idea de la vida futura, todos deseaban vivir. Se pedía que fuese el común denominador de todos esos deseos… de vida eterna. Y accedí.

–Ningún servidor tuyo presentó la solicitud.

–La presentó el Adversario, hijo mío.

La débil gloria de Etheriel desfalleció. Murmuró en voz baja:

–Soy polvo a tu vista y no merecedor de estar en tu presencia, pero he de hacerte una pregunta. ¿También el Adversario es tu servidor?

–Sin él, no podría tener ningún otro –repuso el Jefe–. ¿Pues qué es el Bien sino la lucha eterna contra el Mal?

“Y en esa lucha –pensó Etheriel–, yo he perdido”.

 

R. E. se detuvo a la vista de la ciudad. Los edificios se estaban derrumbando. Los de madera eran ya montones de astillas. Se dirigió al más próximo de tales hacinamientos y halló las astillas polvorientas y secas.

Penetró más profundamente en la ciudad y vio que las casas de ladrillo se mantenían aún en pie, si bien los ladrillos presentaban una siniestra redondez en los bordes, un amenazador descascarillamiento.

–No durarán mucho –dijo una voz profunda–, pero hasta cierto punto supone un consuelo saber que al derrumbarse no matarán a nadie.

R. E. alzó la vista sorprendido y se halló cara a cara con un cadavérico Don Quijote de deprimidas mandíbulas y hundidas mejillas. Sus ojos eran tristes; su cabello, castaño y lacio. La ropa le colgaba flojamente, y la piel asomaba a través de varios desgarrones.

–Mi nombre es Richard Levine. –dijo el individuo–. Era profesor de historia… antes de que esto ocurriera.

–Va usted vestido –observó R. E.–. Así que no es uno de los resucitados.

–No, pero esa señal diferenciadora va desapareciendo. La ropa se cae a jirones.

R. E. observó a la muchedumbre que pasaba, moviéndose lentamente y sin meta, como polillas bajo un rayo de sol. En efecto, pocos llevaban ropa. Se miró la suya y por primera vez reparó en que se había desprendido ya la costura lateral de las perneras de sus pantalones. Tomó entre pulgar e índice la tela de su chaqueta, y la lana se desmenuzó con facilidad.

–Me parece que tiene usted razón –dijo a Levine.

–Y si se fija, verá también que Mellon's Hill está quedando raso –prosiguió el profesor de historia.

R. E. dirigió la mirada al norte, donde las mansiones de la aristocracia –toda la aristocracia que había en la ciudad– festoneaban las laderas de Mellon's Hill, y halló casi liso el horizonte.

–Al final –anunció Levine–, todo se reducirá a una planicie, sin ningún rasgo característico. La nada… y nosotros.

–Y los indios –añadió R. E.–. Hay un hombre afuera de la ciudad que los espera. No hace más que clamar por un mosquetón.

–Imagino que los indios no nos causarán ninguna desazón. No hay placer alguno en combatir a un enemigo al que no se puede matar o herir. Y aunque se pudiera, el anhelo de batalla habría desaparecido, como todos los anhelos.

–¿Está usted seguro?

–Segurísimo. Aunque no se lo imagine al mirarme, antes de que todo esto aconteciera, me causaba un gran e inofensivo placer la contemplación de una figura femenina. Ahora, pese a las oportunidades sin par a mi disposición, me siento irritantemente falto de interés. No, no es cierto… Ni siquiera me causa irritación mi desinterés.

R. E. lanzó una breve ojeada a los transeúntes.

–Ya sé lo que quiere decir.

–La venida de los indios aquí no significa nada comparada con lo que debe ser la situación en el Viejo Mundo –prosiguió Levine–. Ya en las primeras horas de la Resurrección, sin duda volvieron a la vida Hitler y su Wehrmacht. Ahora debe hallarse en compañía y mezcolanza con Stalin y el Ejército en todo el camino que va desde Berlín a Stalingrado. Para complicar la situación, llegarán los káiseres y los zares. Los hombres de Verdún y el Some volverán a los antiguos campos de batalla. Napoleón y sus mariscales se desparramarán por la Europa occidental. Y Mahoma habrá vuelto para ver lo que épocas posteriores han hecho del Islam, mientras que los Santos y los apóstoles estudiarán las sendas de la cristiandad. Y hasta los mongoles, pobrecillos, los Kanes de Temujin a Aurangzeb, recorrerán desamparados las estepas, en anhelante búsqueda de caballos.

–Como profesor de historia, lo lógico es que anhele también estar allí para observar.

–¿Cómo podría estar allí? La posición de todo hombre en la Tierra queda limitada ahora a la distancia que puede recorrer caminando. No hay máquinas de ninguna especie y, como ya mencioné, tampoco caballos ni cabalgadura alguna. Y al fin y al cabo, ¿qué cree que encontraría en Europa de todos modos? Apatía, igual que aquí.

El sordo ruido de una caída hizo que R. E. girase en redondo. El ala de un edificio de ladrillo próximo a ellos se había derrumbado. A ambos lados, entre el polvo, había cascotes. Sin duda alguno de ellos lo había golpeado sin que se diera cuenta.

–Encontré a un hombre que pensaba que todos habíamos sido ya juzgados y estábamos en el cielo –dijo.

–¿Juzgados? Sí, me imagino que lo estamos. Nos enfrentamos ahora a la eternidad. No nos queda ningún universo, ni fenómenos exteriores, ni emociones, ni pasiones. Nada, sino nosotros mismos y el pensamiento. Nos enfrentamos a una eternidad de introspección, cuando nunca, a lo largo de la historia, hemos sabido qué hacer de nosotros mismos en un domingo lluvioso.

–Parece que la situación le molestara.

–Mucho más que eso. Las concepciones dantescas del infierno eran pueriles e indignas de la imaginación divina. Fuego y tortura… El hastío es mucho más sutil. La tortura interior de una mente incapaz de escapar de sí misma en modo alguno, condenada a pudrirse en la exudación de su propio pus mental por toda la eternidad resulta mucho más refinada. Sí, amigo mío, hemos sido juzgados… y condenados. Y esto no es el cielo, sino el infierno.

Levine se levantó, con los hombros abrumados por el decaimiento, y se marchó.

R. E. miró pensativo en derredor y asintió con la cabeza. Estaba convencido.

 

El reconocimiento del propio fracaso duró sólo un instante en Etheriel. De pronto, alzó su ser tan brillante y elevadamente como oso en presencia del Jefe, y su gloria fue una pequeña mota de luz en el infinito Móvil Primero.

–Si ha de cumplirse tu voluntad –dijo–, no pido que renuncies a ella, sino que la colmes.

–¿De qué modo, hijo mío?

–El documento aprobado por el Consejo de Ascendientes y firmado por Ti señala el Día de la Resurrección para una hora específica de un día determinado del año 1957, según el cómputo del tiempo de los terrestres.

–Así es.

–Pero la fijación de la fecha es impropia. En efecto, ¿qué significa 1957? Para la cultura dominante en la Tierra, significa que transcurrieron mil novecientos cincuenta y siete años después del nacimiento de Jesucristo, cosa muy cierta. Sin embargo, desde el instante en que insuflaste la existencia a la Tierra y al universo, han pasado 5960 años. Y basándose en la evidencia interna de tu creación dentro de este universo, han pasado cerca de cuatro billones de años. ¿Cuál es por lo tanto el año impropio, 1957, 5960 o el 4.000.000.000.000? Y no es eso todo. El año 1957 después de Jesucristo coincide con el 7474 de la era bizantina y con el 5716 según el calendario judío. Igualmente, corresponde al año 2708 desde la fundación de Roma, caso de que adoptemos el calendario romano, y al 1375 en el calendario mahometano, y al 180 de la independencia de Estados Unidos… Así que te pregunto humildemente: ¿no te parece que un año mencionado como 1957, sin especificar más, resulta impropio y sin significado alguno?

La voz profunda, sosegada y tenue, a la par que intensa, del Jefe repuso:

–Siempre supe eso, hijo mío. Eras tú quien tenía que aprenderlo.

–Entonces –rogó Etheriel, con un luminoso temblor de alegría–, haz que se cumpla tu designio al pie de la letra y, en consecuencia, que el Día de la Resurrección recaiga, en efecto, en el 1957 prescrito, pero sólo cuando todos los habitantes de la Tierra acuerden por unanimidad que un año determinado, y ningún otro, corresponde a 1957.

–Así sea –asintió el Jefe.

Y su Verbo recreó la Tierra y todo cuanto contenía, junto con el Sol, la Luna y todos los demás huéspedes del cielo.

 

Eran las siete de la mañana del 1 de enero de 1957 cuando R. E. Mann se despertó sobresaltado. El comienzo de la melodiosa nota que debía haber llenado el universo había sonado y sin embargo no había sonado.

Por un instante, enderezó la cabeza, como si quisiera hacer penetrar en ella la comprensión. Luego, cruzó por su rostro un leve gesto de rabia, que se desvaneció muy pronto. No había sido más que otra batalla.

Se sentó ante su escritorio para componer el siguiente plan de acción. La gente hablaba ya de la reforma del calendario y había que apoyarla. Una nueva era debía comenzar el 2 de diciembre de 1944. Algún día llegaría el nuevo año 1957. El 1957 de la era atómica, reconocido como tal por todo el mundo.

Una extraña luz fulguró en su cerebro, mientras los pensamientos se sucedían en su mente más que humana. Y dos pequeños cuernos, uno en cada sien, parecieron dibujarse en la sombra de Ahrimán proyectada en la pared (1).

 

(1) En inglés, R. E. Mann se pronuncia de manera muy semejante a Ahrimán (N. del T.)

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)