Carmen Hernández Montalbán
Amigo
Sancho, no sé cómo habrá de llegar esta carta a tu poder, pues me figuro que ni
con calzas de muchas leguas se pueda salvar tanta distancia y, en caso que ésta
te llegara, sería menester, acaso, el concurso del Licenciado Pérez, quien
pudiera desentrañar su sentido sin que a tus entendederas estas letras se le
antojen un ejército de hormigas.
Bien sabes del amor y afición que siempre
he tenido a los libros, los mismos que el malandrín del mago Frestón dejó
reducidos a polvo y que agora, por sus malas artes, en uno dellos me veo
convertido.
Muchas han sido las aventuras que desta
hechura he vivido sin tener tu compañía por partícipe, ni tu parecer como
arbitrio; pues siempre te tuve por hombre juicioso que de haber estado conmigo,
y estar instruido como aquí lo están los del común, tu criterio me hubiera sido
de grande provecho.
Desde que me veo desta guisa, sin más
escudo que las palabras ni otro rocín que la tinta en que estas se ven
representadas, he viajado hasta el confín del mundo y es más conocida mi figura
que la del más insigne de los caballeros andantes. La magia del mago Frestón ha
obrado en mí prodigios inesperados a sus tramposas intenciones, pues hablo más
lenguas que el más encumbrado de los ingenios. Y mediante esta torre de Babel
he hablado, a cuantos a mis páginas se asoman, de ti, del Ama y la sobrina, del
bachiller Carrasco, del barbero, de Maritornes, amén de cuantos cristianos han
poblado nuestra vida o con quienes, en nuestras innumerables andanzas, hemos
trabado conversación. Y no hay rincón de la tierra que no sepa de la hermosura
y virtud de mi señora, la simpar Dulcinea del Toboso.
Sancho, no sé en qué patria me hallo ni en
qué siglo. Preso de este hechizo, paréceme que el tiempo hubiera corrido más
que los galgos o que los años hubieran roído las horas hasta el tuétano. Este
tiempo me turba y me confunde, me asombra y me indigna en la misma medida. Aquí
los principios de honor de los caballeros se los tragó la tierra y los desafíos
de quienes nos gobiernan sólo obedecen al vil metal de la moneda. La virtud y
el honor se han trucado en villanía y codicia, el blasón en la máscara tras la
que se oculta el abominable semblante del embuste y la patraña. Aunque se han
escrito tantas leyes que ni el rey Alfonso, conocido como “El sabio”, hubiera
soñado pergeñar, éstas son engañosas y enmarañadas, amén de traidoras; pues
sólo a los poderosos convienen, desamparando a los más necesitados y
desfavorecidos, a quienes se les arroja afuera de sus humildes haciendas sin
más amparo que el despiadado suelo, o el cielo como protector.
Se me alcanza, Sancho, que los súbditos de
este infame imperio, aun siendo muchedumbre, poco están faciendo para cambiar
su destino; pues si bien, en su mayoría, saben leer y escribir, son apesebrados
o poco cursados en distinguir las churras de las merinas por lo que, las más de
las veces, se dejan embaucar por discursos mentirosos que contravienen el bien
común.
No se me esclarece cómo pueda yo obrar
para deshacer tales entuertos en el estado en que me veo transformado, sino que
siendo como son los libros: pozos de sabiduría y experiencia, las gentes se
sirvan de ellos para fortalecer el seso y aguzar el discernimiento. Para ello
sería menester poner las librerías al servicio del pueblo llano, para que sus
hijos beban de sus conocimientos desde muy tierna edad. Te encomiendo a ti,
Sancho, este predicamento que sea, desde agora, tan anhelado como la Ínsula
Barataria, pues has de ser tú y los de tu condición los que han de dar pública
voz y fama a la tan ansiada y necesaria república de las letras.
(Tomado
de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)
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