miércoles, 12 de noviembre de 2025

Carta a Sancho Panza

Carmen Hernández Montalbán

 

Amigo Sancho, no sé cómo habrá de llegar esta carta a tu poder, pues me figuro que ni con calzas de muchas leguas se pueda salvar tanta distancia y, en caso que ésta te llegara, sería menester, acaso, el concurso del Licenciado Pérez, quien pudiera desentrañar su sentido sin que a tus entendederas estas letras se le antojen un ejército de hormigas.

Bien sabes del amor y afición que siempre he tenido a los libros, los mismos que el malandrín del mago Frestón dejó reducidos a polvo y que agora, por sus malas artes, en uno dellos me veo convertido.

Muchas han sido las aventuras que desta hechura he vivido sin tener tu compañía por partícipe, ni tu parecer como arbitrio; pues siempre te tuve por hombre juicioso que de haber estado conmigo, y estar instruido como aquí lo están los del común, tu criterio me hubiera sido de grande provecho.

Desde que me veo desta guisa, sin más escudo que las palabras ni otro rocín que la tinta en que estas se ven representadas, he viajado hasta el confín del mundo y es más conocida mi figura que la del más insigne de los caballeros andantes. La magia del mago Frestón ha obrado en mí prodigios inesperados a sus tramposas intenciones, pues hablo más lenguas que el más encumbrado de los ingenios. Y mediante esta torre de Babel he hablado, a cuantos a mis páginas se asoman, de ti, del Ama y la sobrina, del bachiller Carrasco, del barbero, de Maritornes, amén de cuantos cristianos han poblado nuestra vida o con quienes, en nuestras innumerables andanzas, hemos trabado conversación. Y no hay rincón de la tierra que no sepa de la hermosura y virtud de mi señora, la simpar Dulcinea del Toboso.

Sancho, no sé en qué patria me hallo ni en qué siglo. Preso de este hechizo, paréceme que el tiempo hubiera corrido más que los galgos o que los años hubieran roído las horas hasta el tuétano. Este tiempo me turba y me confunde, me asombra y me indigna en la misma medida. Aquí los principios de honor de los caballeros se los tragó la tierra y los desafíos de quienes nos gobiernan sólo obedecen al vil metal de la moneda. La virtud y el honor se han trucado en villanía y codicia, el blasón en la máscara tras la que se oculta el abominable semblante del embuste y la patraña. Aunque se han escrito tantas leyes que ni el rey Alfonso, conocido como “El sabio”, hubiera soñado pergeñar, éstas son engañosas y enmarañadas, amén de traidoras; pues sólo a los poderosos convienen, desamparando a los más necesitados y desfavorecidos, a quienes se les arroja afuera de sus humildes haciendas sin más amparo que el despiadado suelo, o el cielo como protector.

Se me alcanza, Sancho, que los súbditos de este infame imperio, aun siendo muchedumbre, poco están faciendo para cambiar su destino; pues si bien, en su mayoría, saben leer y escribir, son apesebrados o poco cursados en distinguir las churras de las merinas por lo que, las más de las veces, se dejan embaucar por discursos mentirosos que contravienen el bien común.

No se me esclarece cómo pueda yo obrar para deshacer tales entuertos en el estado en que me veo transformado, sino que siendo como son los libros: pozos de sabiduría y experiencia, las gentes se sirvan de ellos para fortalecer el seso y aguzar el discernimiento. Para ello sería menester poner las librerías al servicio del pueblo llano, para que sus hijos beban de sus conocimientos desde muy tierna edad. Te encomiendo a ti, Sancho, este predicamento que sea, desde agora, tan anhelado como la Ínsula Barataria, pues has de ser tú y los de tu condición los que han de dar pública voz y fama a la tan ansiada y necesaria república de las letras.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

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