Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Galindo (España). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Galindo (España). Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de octubre de 2025

Barrer la carretera

Enrique Galindo

 

Barre la carretera. Siempre la barrió desde que la C-321 pasó por delante de su puerta, incluso antes de ser la casa de su propiedad, cuando era dominio de su padre y en la cual estaban incluidos su madre y ella misma desde que nació. No se conforma con la costumbre adquirida, como una necesidad urgente del aliento, de barrer la casa. Ni siquiera con acudir día a día, a las ocho de la mañana –el ritual marca la vida–, con el tiempo que caiga, a su cita con quitar el polvo acumulado en la acera y continuar después, siempre en ese orden, con el asfalto de la calzada.

Son cincuenta y ocho los años y está soltera. Además está sola. Su padre partió hacia algún lugar del más allá –Dios lo tenga donde tenga que estar–, tal vez hacia aquel sitio donde el olvido es un deseo y la amenaza del dolor una constante. El hombre de su vida, el primero, que no el amado, se fue cuando ella cumplía los 45 y ya era tarde para todo. El arroz se había pasado junto con la oportunidad de una mediana y aceptable felicidad en compañía. Su madre aguantó un poco más sobre la casa, quizá con la esperanza de tener un cachito de disfrute sin su marido y con la escasa comodidad que da una vivienda por la que iba a transitar pronto una carretera comarcal y les uniría más al mundo. Pero cinco años más tarde y una hija con el alma resentida, junto con la artrosis corroyéndole los huesos, la dejaron en manos del polvo y de la carretera comarcal.

Cuando llegan las ocho hace media hora que dejó la cama, ha tomado un café desleído en leche semidesnatada y una magdalena. Es el instante de la cita, ahora que aún no pasan muchos coches y el sol no ejerce su justicia soberana sobre el alquitrán. En invierno hay que tener en cuenta que el asfalto puede ser de escarcha o hielo. El cepillo siempre queda presto a ser pasado por la acera y eliminar los restos de polvo, humo y tierra acumulados desde el día anterior. Persistentemente, sin obediencia ni ruegos, cada amanecer las huellas de tierra y caucho recuerdan que han pasado vehículos arrastrando la prisa tras de sí. Antonia fue invariablemente un ejemplo de mujer limpia y hacendosa de tener la casa impoluta, y dispuesta por si una visita no esperada se personase –su madre se persignaría ante esa posibilidad– y pudiera luego ir criticando por ahí que una es una guarra o no ejerce su tarea de mujer de casa. Es lo que vio y absorbió de su madre. Ella no sonreiría pero, eso sí, nadie podría decir que la casa y su espejo de cara, la acera, no estaban intachables.

La entrada de una casa habla de lo que ocurre dentro, eso machacaba mil y una veces su padre; por ello las ventanas han de tener geranios y hierbas olorosas (tomillo y romero), el azul de la fachada se pintaría cada año en vísperas de fiestas, la cortina que protegía la madera de la puerta habría de ser lavada cada mes y la acera… esa siempre barrida y regada con un cubo de agua esparcida con la mano –que quien pase por la puerta sepa que somos gente honrada y de buen hacer–. La portada de una casa es el rostro que habla del alma de sus habitantes, pobres pero rectos, con la cabeza bien alta; que no digan los vecinos. Pero los visillos siempre corridos, nadie necesita fisgonear la penumbra del interior.

Antonio siempre decía que el sitio de uno ha de ser un lugar para el descanso, que cada uno en su casa y Dios en la de todos, que no hay motivo para que nadie venga, de la misma forma que él no va por ahí a husmear en las viviendas de los demás, pero si alguien viene, por necesidad o por la consabida visita al enfermo ocasional –Dios no quiera que seamos nosotros–, ha de encontrar la casa abierta y dispuesta a brillar en los ojos del huésped. Y eso es función de las mujeres de la casa. De su mujer, Antonia, y de su hija Antoñita, esa que le salió torcida de voluntad y entrepierna.

Ahora esa hija, torcida de padre y soledad, sigue con la costumbre adquirida con el tiempo de barrer la acera y mantener la humedad de los geranios y el tomillo. Después, cepillo en mano –dónde quedarían aquellas escobas de esparto– mira para ambos lados de la calzada (como aprendió por seguridad de su madre) y barre con esmero la carretera. Después, con el cubo levantado, mete la mano y va sacando y esparciendo agua fría para sentar el polvo.

En la carretera, cada madrugada, el sol alumbra una marca rectangular de cinco metros por dos: un pequeño territorio personal conquistado provisionalmente a la estrada. El otro lado de la carretera, pasada la línea blanca continua, ya no es suya, si quiere que la limpie la mirona de enfrente. Siempre será del dominio de la ceniza y la incertidumbre.

Cuando vuelve a casa, de por el pan o algo de verdura y pollo, se enorgullece viendo el asfalto en gris claro, donde destaca ese espacio de líneas rectas en otro gris, más oscuro y perfectamente barrido, a pesar de que los coches pronto comenzarán a dejar en él las marcas de las invasoras ruedas que no respetan lo aseado por una. Pero los coches son así, ignorantes, irrespetuosos, obscenos y anárquicos. Lo peor son los camiones, esos monstruos de acero devorador, lentos y ruidosos que renquean mientras sueltan su metralla de alquitrán y peste.

Pero sabe que no puede hacer nada por que no sea violado su espacio, su íntimo mausoleo, su secreto.

Treinta y un años, demasiados para una moza que anhelaba, como todas, un cariño y el cuerpo de hombre que la hiciera sentir que estaba viva y lejos de su padre. De la sequedad del hombre que gobernaba la casa y su vida creyó que huía aquella vez, en las fiestas del pueblo. Fiesta era una forma de llamar a aquella jornada de la patrona que comenzaba con un pasacalles y cohetes en el cielo, y terminaba con la orquesta imitando las canciones pegadizas del año que difundía continuamente la radio.

Conoció al chico en la luminaria de la víspera, el fuego que al anochecer se encendía para hacer ver a otros pueblos de la comarca que San Antonio del Condado estaba en fiestas patronales. El vino azucarado popular, con canela, expuesto el lebrillo en el centro de la plaza y servido en vasos de plástico, el baile, el escondite para que ningún primo –y menos el padre–, la viera, el granero, la promesa de matrimonio y la necesidad de creer en algo más allá de la limpieza de la casa, antes de que pasase la carretera, hizo el resto.

Pero al día siguiente…

Ese chico, Antonio, dijo que se llamaba, aunque no es seguro, ya que es un nombre demasiado corriente, demasiado omnipresente en esta parte de la comarca, ya no estaba. Al atardecer no fue a buscarla a la puerta, como prometió. Tampoco llegaron flores ni excusas, ni el lunes apareció. Nadie encontró que le contara del pueblo lindante, a tan solo cinco kilómetros, San Antonio de los Jabalíes, de un albañil, vecino, que tuviera un hijo estudiando para médico. Y se tragó el disgusto día a día, ocupando su mente en impedir que las arañas pudieran establecer ni siquiera un pensamiento de tela.

La decoloración hacía mella en su cara, la del sol ejerciendo de amoniaco y la de su padre mirándole el bulto que crecía lentamente en su barriga.

No hubo golpes ni reproches, solo un encierro de silencio tras la puerta de madera y hierro forjado. Los lloros los puso la madre y el padre la sentencia.

Nació la criatura socorrida por la madre, en una suerte de comadrona que aprendió ayudando a parir a sus hermanas hasta un total de siete veces. Digo la criatura porque ella no supo nunca el sexo de ese ángel inocente que abría los llantos a la luz, antes de que el padre entrara, tomara el bulto liado en una manta de sillón y saliera con el mismo silencio que entró en el dormitorio transformado en paritorio doméstico.

Nunca más se habló en la casa de lo ocurrido, a pesar de que los pensamientos revelaban a gritos continuamente el tema. Sólo la limpieza era tema a compartir. Lo demás: las preguntas, los enojos, las quimeras, no dieron a luz sus hijos. El tiempo pasó y con él esos arroces que se pegan en la sartén.

Antonia, barre la carretera. Siempre emite una oración cuando hace esta tarea. Debajo queda la caja, llena del resto de los sueños. Bajo el asfalto.

La muerte del padre Antonio, la rutina implantada primero en su presencia y ahora gobernante en su ausencia, siguió arando la cotidianeidad. Cuando la madre Antonia faltó, tras una lenta e inexorable enfermedad que hizo del olvido una constante, el automatismo de la escoba y el estropajo siguió disponiendo la casa, la material y la de la mente.

En el silencio impuesto por los rincones del hogar, Antoñita guardó los patucos que cosió, la mantilla de color neutro, el jerseycito; todos esperando si el bordado sería en rosa o azul. Se sumó la muñeca de trapo que tejió con punto de cruz y con la ilusión de ver al bebé abrazándola. Hasta que comenzó la obra de la carretera.

Antoñita, ahora Antonia, barre la carretera. Reza la oración al pasar la escoba en aquel punto. Debajo, enterrada, quedó la cajita con el pequeño ajuar que iba a ser del niño, o niña. Con la tierra levantada esperando la madrugada para que los operarios derramaran el asfalto que daría paso a los coches, sacó la caja de madera pulida y una pala. Fue fácil con la arena removida. Enterró sus sueños en un mausoleo improvisado y lleno de ausencia que en breve cubrirían y allanarían las máquinas para siempre. Reza la oración de cada día a un sepulcro invisible y vacío de lo que pudo estar lleno de ilusiones.

Cincuenta por hora. Eso indicaba la señal del círculo rojo. El coche es un rayo en la tormenta llevándose el cuerpo en sombra que barre la carretera, esa mañana de incipiente sol acuoso. El mismo rayo, tras parar, mirar atrás y ver el cuerpo desmadejado con una escoba sobre el alquitrán, vuelve a brillar quemando rueda hacia ninguna parte.

La ambulancia con sus luces siempre es escandalosa, como la sangre. El sanitario intenta inútilmente mantener las constantes de la mujer que se aferra con fuerza al cepillo. Abre los ojos, le cuestan salir a las palabras. Se agarra ahora como un garfio a la mano del hombre. Una enfermera le está buscando la vía en la muñeca izquierda. Otro de bata toma la tensión. Varios vecinos esperan encogidos. Les cuesta entender sus palabras: Por favor… limpien, limpien la sangre cuando yo me vaya. Barran… que alguien barra la carretera.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

viernes, 10 de octubre de 2025

Chocolate

Enrique Galindo

 

Ni lo soñé ni me desperté transformado. Más bien fue algo progresivo, lento y embaucador. Lo que no recuerdo es cuándo comenzó aquel sabor –exquisito, por cierto–, a hacerse presente, a avanzar como primera línea de ejército napoleónico hasta conquistarlo todo.

El precio que tuve que abonar por la invasión fue lo peor: la pérdida de sabores, de instantes y riquezas paladeando la vida, de anhelos esperados en forma de manjares, desde un plátano hasta un beso, pasando por el instante sublime del vino en los labios y el juego de relames que deja una tarta de fresa y nata.

Chocolate negro, 70%, con toques de coco.

El sueño de niño, cuando me regalaron aquella chocolatina, envuelta en papel rojo y bronce, era una realidad tangible. Entonces llegó un tío, que dijeron que era mío, hermano de mi madre y me la entregó. Yo, tímido al principio, dudé en abrir aquel atrayente envoltorio. Cuando lo hice, tres horas y un agujero de deseo y temor en el estómago después, descubrí la fantasía; y con ella el sabor de lo perfecto. También es verdad que hay agasajos envenenados que transforman el tiempo y el porvenir, y aunque aquel regalo ya había pasado hace tantos años, y mi mente lo había olvidado, mis deseos no lo hicieron. Recibía la gracia de lo concedido con dieciocho años de retraso. Lo sentí como una ofrenda de los dioses, un milagro hecho ambrosía.

Que el sabor a cacao lo inundara todo fue una gran alegría, una triste locura.

Como digo, no comenzó de golpe, por lo que la sorpresa me la podía haber ahorrado, pero sí fue repentina la toma de conciencia de lo inevitable. El fenómeno: una tarde, la cama de mi novia fue el testigo mudo. Sus labios, en los besos que anteceden al momento del acoplamiento, no sabían, no desprendían el sentido de la vida, solo eran una sensación neutra de saliva y humedad; pero al sopesar su pezón izquierdo con mi boca… Dudé y la duda me llevó a meterme en la boca y chupar con glotonería toda su teta, con la mente abierta al viejo sabor recién descubierto. El pecho era un mundo redondo de sabor.

–¿Qué… sabe a leche? –me dijo, sorprendida de mi súbita avidez.

–A leche… no; mejor dicho a chocolate con leche. Espera… –succioné otra vez comprobando con más detenimiento el nuevo sabor–, ligeramente amargo y con un poquito de coco.

El pecho entero se había transformado en cacao, todo era poco para lamer, además con ese tamaño que supera la boca abierta… Nunca había probado una onza de chocolate igual, con las dimensiones y el deje de un pecho femenino. Continué goloso degustando aquel pezón que extendía todo su universo a la mujer entera de chocolate.

Me separó la boca de un empellón, se tapó con la sábana y me echó de su casa sin contemplaciones, pero con insultos. Me ahorro los calificativos, pero iban de la obscenidad a la demencia, pasando por la acusación psicoanalítica de acomplejado de Edipo. Me vi en calzoncillos en el descansillo de la escalera y pidiendo a gritos, como un picapiedra más llamando a su Wilma particular, rogando por entrar a recuperar mis ropas y pidiendo perdón mientras me pasaba la lengua por los labios para prolongar el gusto.

Mientras abandonaba el lugar, rememoraba aquellos instantes: sus labios sabían a tableta de chocolate, su piel se deshacía en cacao. La bebida de los dioses se había hecho carne. El pecho pasó a ser afrodisíaco, no por sí mismo –como objeto sexual–, sino por el poder contagioso de su sabor.

El recorrido a mi casa, bueno, de mis padres, que aún no tenía el trabajo ni el dinero para dejarlos y tener cueva independiente, se mecía entre la crisis de pareja recién abierta entre ella y yo (los gruñidos sonaban dentro del casco cerebral), y ese paladar que deja la felicidad en la memoria. Comenzaba a llover. La noche comenzaba a abrirse en un grifo lento. Abrí la boca al cielo para refrescarla y las gotas de colacao entraron tibias. En casa, la sopa de la cena era una sorpresa de consomé chocolateado. El pescado parecía rebozado de polvo de cacao al setenta por ciento. Era un sueño cumplido desde niño. La vida era pura delicia, un globo deseado de ser comido con avidez.

Los días siguientes se mezclaron de dicha y sentimientos encontrados. Aunque la ruptura era una realidad confirmada, todo sabía a bombón. No había gusto que escapara a la dulce sensación del chocolate. Si me hubieran dicho, en aquellos cinco años, firma, lo hubiera hecho sin dudar. El mundo empezó a ser de un dulce ligeramente amargo. Carnes, verduras, zumos, incluso el agua, tenía esa degustación tan encantadora. Mi novia me había dejado pero no importaba. Si otros apagaban sus penas en alcohol, hachís o riesgo, yo no. Me bastaba con chuparme un dedo para ser otra vez feliz. Si alguna aventurilla se cruzaba, que no fueron muchas, todo sea dicho, disfrutaba más que del sexo, de sentir unas tetas de chocolate que no se deshacían en la boca. Tal vez por eso, mis candidatas a pareja no pasaban de ser eso: candidatas efímeras, amantes transitorias, chocolatinas de paso.

Pero lo obvio había de ocurrir. Me sentí solo, echaba en falta a mi chica, no su sabor a nocilla con coco, sino su charla, su risa, su olor a hembra. También mis amigos se fueron desvaneciendo progresivamente como los sueños cuando pones el pie en la alfombra, apenas llamaban para ir a un concierto, al cine o de birras. Tal vez se cansaron de mi monólogo perenne sobre la bebida de los dioses; no pensé que les aburriría mi dicha compartida ¿Sabíais que Hernán Cortes daba a sus hombres un vaso de chocolate porque con ello eran capaces de resistir marchas de una jornada completa en la selva sin más alimento? Es bueno para el colesterol. Antes de llegar los españoles a hacer de las nuestras, en México había dos dioses relacionados al cacao, uno azteca: Quetzalcóatl; y otro de origen maya: Ek-Chuah. En algunas culturas se le considera afrodisíaco…

Quería ir al cine y comer palomitas con sabor a maíz reventado y caliente, pero no, eran de chocolate, yo las quería de grano de mazorca. Quería tomarme un cubata y que el güisqui con cola me refrescase la garganta, en lugar del sabor dulzón a crema de cacao con alcohol. Querría disfrutar de la barbacoa del domingo en el campo, de la carne a punto de quemarse oliendo a leña. Que mis amigos volvieran. Que mi piel supiera a sudor y poderme lamer una mano, como hacía mi perro; él también se aparta, no me lame ni hace cariñitos, ni que tuviera el sabor ese impregnado en la cara y lo oliera antes de esconder el rabo y gruñir con destino a su caseta y su hueso.

La vida iba perdiendo gusto progresivamente, no disfrutaba ya tanto del único sabor posible, empezaba a olvidar cómo era aquel Reserva manchego. Sufría por paladear un entrecot bien pasado, degustar la textura del pulpo con su aceite y su pimentón en una mesa de feria, hincharme a paella de mariscos, saborear una fuente de mejillones. Incluso la pizza cuatro quesos, ¡ah, la pizza…!

Sería la soledad, la preocupación de mis padres, el aburrimiento o qué se yo, pero hice un intento de ir a médicos, pero temía que se rieran de mí. Además, a cuál solicitar cita previa: la de cabecera, el estomatólogo, un psiquiatra. O tal vez fuera competencia de un curandero o un sacerdote especializado en exorcismos. No, si me veo en una unidad de salud mental de esas, compartiendo sopa boba (encima de chocolate) con los psicópatas y dementes de turno. Mi madre no hace nada más que preguntarme por mi salud, a veces llora; teme que enferme de pálido que me voy volviendo. Ya sé que tengo que hacer un esfuerzo y comer algo, que en el espejo se me van dibujando los huesos, pero no puedo. Odio el sabor, no aguanto que una naranja sepa a eso, que la cerveza no sea la misma, que ni un bizcocho se libre del encantamiento. Todo lo llena, todo es uno. Hasta la palabra misma es una maldición. Hernán Cortés debería estar borrado de los libros de historia junto con Cristóbal Colón y todos los que se acercaron a aquel continente insípido.

Tengo hambre. Mucha hambre. Cada día más. No quiero comer, me niego a ingerir nada que me pueda recordar a lo de siempre. Me han traído en una ambulancia. Entraron por la noche, a traición y con alevosía. Llevaban batas blancas. Me dieron unas gotas de un líquido con sabor a cacao para tranquilizarme. Creo que ahora estoy en una unidad para anoréxicos. A veces el psicólogo quiere hablar conmigo, pero no, no deseo hablar de comida. En el grupo no aguanto cuando alguna dice “Yo no estoy enferma, en mi casa hago unos excelentes pasteles de chocolate”. Entonces, si no fuera por mis pocas fuerzas, me levantaría y le haría tragar todos los bombones que ponen sobre la mesa, con su envoltorio tramposo de oro y plata.

Mi madre viene a verme cada día, de cinco a siete, y suspira.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)