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jueves, 7 de mayo de 2026

Cosas de familia

Alberto Sánchez Argüello

 

El color azul desvaído de este cuarto me recuerda al mar. Cuando éramos niños nos llevaban ahí todos los veranos; era el viaje tradicional de la familia. Montábamos la comida, la tele y unas hamacas en una mazda station vagon año 76 y sufríamos gustosos las tres horas de viaje en carretera y caminos de tierra. Este era uno de los pocos placeres que mis padres podían pagar con sus salarios de empleados estatales. Desde que recuerdo ellos han trabajado para el gobierno; mi madre como funcionaria de mando medio del ministerio de relaciones externas y mi padre en diferentes puestos, nunca del todo conocidos, en el ministerio de defensa. “El Estado nos cuida” decía mi mamá y mi hermana estaba de acuerdo; yo por mi lado, en esas visitas al mar recorrí el pueblito costero y conocí tantas historias de vejámenes de parte de las autoridades locales, que me fui formando mi propio criterio. Mi padre me ponía la mano en el hombro y me apretaba con fuerza para luego sobarme la espalda “No todo sale bien siempre, lo que importa es que el gobierno tiene buenas intenciones” me decía con una voz suave. Cuando empecé a ir a la universidad me encontré con los hijos de otros funcionarios públicos que, al igual que yo, estaban indignados con la manera en que se estaba gobernando el país. Empezamos a reunirnos, organizamos marchas, conspiramos. No pasó mucho tiempo para que oficiales de civil nos secuestraran de uno en uno. Yo fui el último. Ahora estoy en este cuarto azul esperando al torturador. Se abre la puerta detrás de mí y por unos minutos el visitante no me dice nada. Luego, una mano grande y temblorosa me aprieta fuertemente el hombro y recorre despacio mi espalda con la palma abierta. Yo aprieto los labios y muevo la cabeza en señal de aprobación: es mejor así, que todo quede en familia.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

lunes, 13 de abril de 2026

El país en tus ojos

Alberto Sánchez Argüello

 

Se sientan en mi consultorio y me señalan sus córneas, quejándose de ardor y dolores crónicos. Procedo entonces con los exámenes y les muestro las imágenes captadas por las radiografías: las persecuciones, los gritos tras las paredes, las balas sibilantes, los uniformes que marchan, los cuerpos en las calles. Les explico que no puedo hacer nada, que sus nervios ópticos guardarán para siempre este horror, pero ellos se agarran de mi bata y me suplican que acabe con su sufrimiento. Me resigno entonces. Les hago firmar un contrato especial, les aplico anestesia y lentamente introduzco las pinzas metálicas en las órbitas de sus ojos.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

jueves, 17 de julio de 2025

Ser o estar

Alberto Sánchez Argüello

 

El hombre finalmente pudo levantarse y lo primero que vio fue su auto incrustado en un árbol a unos pocos pasos de donde él se encontraba, no le llamó la atención el hecho de haber sufrido un accidente y no recordar ningún detalle del mismo, sino que por más esfuerzo que hacía con sus fosas nasales, ni una brizna de aire pasaba a través de ellas; después intentó espirar y obtuvo idéntico resultado, en una acción casi inconsciente colocó su mano a la altura del corazón sólo para comprobar lo que ya había imaginado: estaba muerto…

El estar muerto no asustó al hombre, acostumbrado a conducir su vida a través de patrones de lógica y razonamiento frío. Su primera preocupación real fue la de encontrar una manera para regresar a su casa, así que después de verificar si su cuerpo se desplazaba de manera correcta, sacó ciertas cosas del auto y empezó a caminar por la carretera en busca de la civilización.

Ya en casa convocó a su mujer y a sus dos hijos al comedor familiar, buscando la mejor manera de comunicar la mala noticia. La primera impresión que vio en sus rostros fue de estupor seguida al poco tiempo de risas medio estúpidas que le parecieron de muy mal gusto dada su nueva condición física. Por más esfuerzos que el hombre hizo su familia no le creyó, sin embargó sí consideraron seriamente la posibilidad de que el accidente hubiese provocado un daño cerebral significativo.

Poco tiempo después el médico llegó a examinar al hombre. No podía estar menos que intrigado con las afirmaciones de éste y empezó de inmediato a auscultarle; como era de esperarse encontró que los signos vitales habían desaparecido y que la temperatura corporal descendía rápidamente. El médico optó por brindar un diagnóstico a aquel “estado”. Después de hablar varias horas de los yoguis hindúes y algunos monjes tibetanos, el médico describió ciertos estados catalépticos y hasta comparó al hombre con los osos durante su estado invernal; habló de lo fascinante del caso y mientras salía por la puerta, comentó sobre escribir un artículo referente a aquel “estado”.

La familia aceptó aquel diagnóstico bizantino y continuó con sus actividades diarias, el hombre se limitó a decir que no llamaran más al médico. Sin embargo, al poco tiempo apareció un psiquiatra, aparentemente a pedido de los suegros que habían hablado con la esposa del hombre mientras el médico estaba de visita. El psiquiatra condujo al hombre a uno de los cuartos e hizo que se acostara mientras él tomaba notas desde una silla mecedora. El sujeto preguntó por su niñez y sus fantasías sexuales con su madre, el hombre respondió de mala gana las preguntas y emitió uno que otro improperio cuando el psiquiatra intentaba convencerle de su homosexualidad latente y del enorme resentimiento que le guardaba al perro de su vecino.

Finalmente el psiquiatra se fue, no sin antes mencionar que el hombre sufría de una crisis de “muerte histérica”, provocada por sus instintos sexuales reprimidos que le hacían sentirse culpable, creando un mecanismo de defensa que desembocaba en el cese de las funciones vitales como castigo a sus pecados imaginarios. La familia abrió mucho los ojos y sin entender mucho sus palabras le dieron las gracias y hasta un pago extra por todas las molestias.

El hombre, cansado de tanta estulticia, decidió seguir con sus labores y percatándose de que ya era la hora de ir a trabajar, salió sin despedirse y sin probar bocado. En el trabajo sus compañeros se burlaron por horas, ya sabían lo que había ocurrido y aquello les había parecido sumamente gracioso, aunque muchos dejaron de reír al notar el extraño olor a podredumbre que empezaba a emanar del hombre.

Tiempo después cuando la familia se sentaba a comer y los hijos hacían expresiones de horror y repulsión al ver caer sus pedazos de piel podrida, el hombre sólo se limitaba a voltear la página del periódico en busca de los deportes.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

jueves, 10 de julio de 2025

El domador

Alberto Sánchez Argüello

 

Allan siempre miraba hacia el cielo. Mientras los otros niños jugaban a la rayuela o andaban en bicicleta, él permanecía solo, sentado en las aceras contemplando el movimiento de las nubes. Un día, no se sabe bien cómo, aprendió a domarlas. Una mañana aparecieron flotando cumulonimbus con formas de conejo, gato y jirafa. Él les enseñó a tomar forma y con el tiempo se hizo más ducho en aquel arte: fue famosa su representación de la última cena, una serie de retratos de celebridades locales y el pensador de Rodin. Ya entrando en su adolescencia experimentó con las precipitaciones; comenzó con bromas prácticas a sus amigos haciendo llover sobre sus cabezas en los parques, pero luego se convirtió en el héroe de la ciudad al terminar con la racha de sequías que había diezmado los cultivos. Por un tiempo todo estuvo bien: las nubes entretenían a la gente con sus formas y los alimentos abundaban gracias a las lluvias regulares; pero Allan demandaba siempre más a las nubes: quería representar lo que el viento se llevó cuadro por cuadro y los cúmulos no lo lograban. Finalmente ocurrió el desastre. Una mañana amaneció totalmente cubierto de nubes negras y por más que Allan les ordenaba hacerse blancas ellas no obedecían; comenzó una feroz tormenta, que pronto se convirtió en huracán y casas, gentes y animales volaron por los aires. No quedó nada… De Allan no se supo el paradero, aunque hay reportes desde el Sahara afirmando que han empezado a aparecer nubes con el rostro de Clark Gable.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

jueves, 3 de julio de 2025

Carta de Schrödinger

Alberto Sánchez Argüello

 

Mi padre se fue a la guerra cuando éramos muy niños. Pasaron los años sin saber nada de su suerte, hasta que un día nos llegó una carta que ponía el nombre de mi madre con su letra. Ella la miró en silencio y la puso encima del mueble donde se guardaba la vajilla de porcelana. Mi hermanita intentó tomarla pero mi madre le sujeto fuertemente la mano y con su mirada le hizo entender –y a nosotros también– que la carta jamás sería abierta. Aquello se convirtió en nuestro silencio compartido. Por las noches jugábamos a imaginar su contenido: nuestro padre había liderado la batalla final y el enemigo, abatido y humillado –pero admirado por su heroísmo– le había convertido en su rey y ya no podría volver jamás; en otras ocasiones una bala de cañón había atravesado su estómago y con su sangre lograba escribir aquella nota; también lo imaginamos desertor, oculto en alguna isla del Pacífico, viviendo a base de agua de coco y peces dorados. O bien secuestrado por un barco pirata que pedía como recompensa cuarenta lingotes de oro. Cuando algún amigo nos preguntaba por nuestro padre, nosotros señalábamos el sobre que se iba tornando amarillo en aquel mueble convertido en altar familiar. Nuestra madre murió después de una larga lucha contra la tuberculosis, decidimos enterrarla con el sobre en su regazo; así la carta dejó de ser un objeto y se convirtió en la herencia que pasamos a nuestros hijos y nietos: todas las historias posibles de nuestro padre.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

jueves, 26 de junio de 2025

Hechos de muerte

Alberto Sánchez Argüello

 

Hechos de muerte I.

Me lo mataron hace un año, Santiago era mi único hijo, ya habría cumplido 22, si esos hijueputas no lo hubieran matado. Mi hijo acababa de conseguir trabajo de cobrador de bus y tenía el último turno; ya casi cerrando se subieron dos mareros y quisieron que les dieran el pago, él que era nuevo y más grande que ellos les reventó la boca y los sacó a patadas. Al día siguiente subieron de nuevo y le dejaron ir dos balazos a la cabeza, bañaron de su sangre el bus. Yo nunca supe quiénes fueron esos dos mareros, pero ya tengo seis meses de salir con mi moto cada ocho o quince días, con mi pistola bien pegadita al cuerpo, me llego por los barrios de ciudad Guatemala y le meto bala a un marero cada vez, en una de esas mato a los desgraciados, en una de esas me matan a mí.

 

Hechos de muerte II.

Me lo mataron hace seis meses, Mario era mi único hijo, tenía 16 apenas cumplidos y se iba a bachillerar, si ese hijueputa no lo hubiera matado. Mi hijo tenía trabajo en la noche como repartidor de comida. Un día estaba saliendo de su trabajo y se le acercaron unos mareros, lo pegaron a una pared y lo estaban asaltando, cuando de una esquina se vino un hombre en una moto y disparó hacia ellos, los mareros se capearon y el balazo le entró en el ojo derecho a mi hijo. Se murió ahí, en la calle, los mareros corrieron y el de la moto se escapó. Dicen que ese hijueputa anda matando mareros por los barrios de guate, cada cierto tiempo. Yo tengo cinco meses de recorrer a pie los barrios matando motorizados, en una de esas mato al desgraciado, en una de esas me mata a mí.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

viernes, 20 de junio de 2025

El milagro

Alberto Sánchez Argüello

 

En un turno normal, después de haber atrapado in fraganti a varios sospechosos, los guardias llegaron al precipicio y sacaron su cargamento para una ejecución rápida. Fueron lanzando de uno en uno a los estudiantes, que amarrados de pies y manos, no les quedaba más remedio que gritar mientras caían o soltar algún hijueputazo final. Cuando ya estaban por lanzar al último, éste se arrodilló pronunciando algún tipo de oración que los guardias no lograron escuchar. Mientras oraba lo tomaron de las piernas y de arrastre lo lanzaron al abismo.

Apenas el cuerpo estuvo en el aire unas enormes alas rompieron su camisa y se desplegaron bajo la luna llena. Los guardias asombrados se quedaron mirándolo y el joven aprovechó para gritarles que se arrepintieran, que aquello era una señal divina. El sargento mayor dio un paso adelante y con su 38 disparó certero a la frente del alado.

El cuerpo planeó por un tiempo antes de caer al fondo con el resto de cadáveres.

El sargento se retiró junto con sus hombres, satisfecho de haber terminado con aquel sacrílego que no sabía que el único Dios verdadero era el dictador.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

jueves, 12 de junio de 2025

Invisible

Alberto Sánchez Argüello

 

El hombre y la mujer se casaron como Dios manda. Tuvieron tres hijos varones. Todos los días la mujer cocinaba y servía la comida mientras ellos hablaban y jugaban. Ella sonreía pero nadie la miraba, les hablaba pero nadie la escuchaba. Al tiempo la mujer se fue haciendo transparente. Un día se volvió totalmente invisible, pero ellos no lo notaron. La mujer siguió sirviéndoles igual, cuidando de que no se estrellaran contra ella cuando llevaba las vajillas.

 

(Tomado www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

sábado, 7 de junio de 2025

Necio

Alberto Sánchez Argüello

 

Mi abuelo siempre fue necio. Dicen que desde chiquito era así, que se comía la tierra con todo y piedras y no había forma de quitarle el vicio. Chavalo casi se quiebra la espalda al caerse de un árbol de marañón. Se rompió el fémur en dos ocasiones por perseguir carretas en los caminos pedregosos de su pueblo natal.

Me cuentan que se enlistó para la guerra sólo por llevarle la contraria a mi bisabuelo y que le hicieron una corte marcial por desobedecer a su sargento en pleno campo de batalla.

Cuando se vino a vivir con nosotros fue un problema desde el principio. El primer día sonó su despertador a las cinco de la mañana, seguido de sus pasos por toda la casa. Como era imposible discutir con él nos fuimos acostumbrando, a eso y a un sinfín de pequeños y odiosos hábitos de viejo tozudo.

Así pasaron cinco años hasta que le entró una fiebre muy alta que ninguna medicina pudo bajar. Nuestro médico de cabecera nos anunció su muerte una tarde de agosto, pero mi abuelo no hizo caso. Él siguió como si nada “Ese matasanos no sabe ni donde está parado; ni siquiera me puso sanguijuelas, es un pendejo”, dijo mientras se ponía ropa sobre aquella piel amarillenta que empezaba a asustar a mis hijas.

Le suplicamos que se fuera al cementerio, que le teníamos un féretro muy cómodo; le aseguramos que le llevaríamos flores todos los domingos, pero no aceptó. Después de eso pasamos unos años muy difíciles, sobre todo por los malos olores; pero igual que antes, nos fuimos acostumbrando. Ahora casi ni nos damos cuenta de su presencia; sólo me pregunto –cuando se sienta conmigo a ver las noticias– ¿cuánto tiempo tardan los huesos en desintegrarse?

 

domingo, 1 de junio de 2025

La otra familia

Alberto Sánchez Argüello

 

Martha abre los ojos y se da cuenta que está en la cocina; la vajilla es de china y las ollas son todas nuevas. Frente a ella está un pollo horneado, listo para servir. Le toma unos cuantos segundos darse cuenta que es la otra casa. Contenta se prepara a recibir al esposo y sus hijos como se merecen. Un par de horas después aparecen sus dos niños y la colman de besos, detrás el esposo la abraza y la levanta en el aire como si no se hubiesen visto en meses. –Te amo– le dice mientras le mordisquea la oreja.

Se sientan todos a la mesa y los pequeños le hablan de lo bien que les fue en clases, excepto por el examen sorpresa de química.

El esposo ríe y les dice que antes de la cena les ayudará a repasar para que saquen cien en la próxima. Ella guarda silencio, disfrutando tanta paz junta; él le toma la mano y le dice que la próxima semana pedirá vacaciones para hacerse cargo de la casa y que ella puede ir viendo lo de su postgrado, que ya se arreglarán con los niños.

Ella va a responder cuando un murmullo se le mete por los oídos –despertate– oye a lo lejos –despertate puta– le dice una voz cada más fuerte –despertate pedazo de mierda– le grita y ya no puede escuchar a los niños, ni al esposo. Siente un mareo, se levanta de la silla y antes de que la puedan sostener, cae.

Al abrir los ojos se da cuenta que está en el piso, le duele la cabeza y siente en la boca un líquido caliente que sabe a metal. –Levantate ya, hijadeputale– dice la misma voz –Ni que te hubiera golpeado tan fuerte; levantate y andá traeme una cerveza– agrega. Ella se levanta, se limpia la sangre con el dorso de la mano y camina lento hacia la cocina, añorando el próximo golpe que la llevará de nuevo con la otra familia.

 

sábado, 24 de mayo de 2025

Clase de biología

Alberto Sánchez Argüello

 

Ella me encontró cerca del estanque donde llevaba años aguardando.

Apenas pude contener la emoción que sentí cuando me tomó entre sus manos y salió corriendo conmigo hacia su casa. Me puso en una caja de cartón debajo de un mueble de la cocina, pero no me inquieté, imaginé que necesitaba tiempo para conocerme.

Hoy por la mañana me trajo a un gran edificio con muchos niños. Tardé un tiempo en entender que era su escuela. Finalmente terminamos en una especie de laboratorio. Me sacó de la caja y acarició mi lomo, yo estaba seguro de que había llegado el momento, pero en vez de acercarse me puso de panza.

Ahora le grito que me bese, que soy un príncipe, pero la niña sólo me entiende croar, mientras me abre los intestinos.

 

miércoles, 21 de mayo de 2025

Héroe

Alberto Sánchez Argüello

 

Debajo de la cama de Pipián Ramírez, miope de nacimiento, está el portal al oscuro universo de Cthulhu, donde duermen los primigenios. Por las noches algún tentáculo oleoso y torsos reptantes intentan atravesar el umbral pero Pipián, ignorante de toda la monstruosa e inhumana fauna, les barre de nuevo hacia abajo. “Qué joden estos ratones” se lamenta, sin saber que cada noche nos salva a todos de aquel horror.

 

miércoles, 7 de mayo de 2025

Libros

Alberto Sánchez Argüello

 

Los libros malditos de la humanidad descansan en la biblioteca de la casa embrujada. Termitas valientes nos salvan un poco de ellos cada día.

 

jueves, 1 de mayo de 2025

Sabor a olvido

Alberto Sánchez Argüello

 

Hoy hace demasiado calor para jugar. Todos se fueron a sus casas, a excepción de Sara y Josué. La primera vez que los vi en el parque le pregunté sus nombres, ella respondió sin mirarme y eso fue todo, no quiso que jugáramos. Se la pasan apartados, Josué lanzando patadas mientras intenta subirse a los juegos más peligrosos y Sara que lo pellizca y empuja cuando cree que nadie los mira.

Ahora podría acercarme y ayudarla a mecer a Josué, que está dormitando por el sopor, pero ella está como ida, moviendo su mano sin darse cuenta. Decido levantarme y buscar refugio en la glorieta, pero me detengo al darme cuenta que Sara me mira. En el tiempo que me toma decidir si debo saludar, ella toma el columpio de su hermano y lo lanza con la fuerza suficiente para que el cuerpo de Josué vuele hacia el asfalto. Cierro los ojos, no quiero ver la caída.

Cuando los abro, Sara no está y el cuerpo de su hermanito está boca abajo en la calle. Su cabeza parece una tetera de porcelana quebrada. Tiene un agujero del que empiezan a salir mariposas negras. Se posan en los toboganes y columpios, en los árboles y las alcantarillas. Hay una que se coloca en mi boca, mueve sus alas despacio e intenta entrar, estoy demasiado mareado para evitarlo, así que la dejo.

 

martes, 25 de marzo de 2025

Hogar

Alberto Sánchez Argüello

 

Después de siete horas en la fábrica, el hombre regresó a casa. Colocó cinco monedas en la ranura de la entrada y la puerta se deslizó suavemente hacia la derecha.

Adentro una niña jugaba en la sala y una mujer terminaba de servir la mesa. El hombre entró despacio, queriendo apreciar la escena sin que lo notaran, pero la niña alzó la mirada y le sonrió.

Se sentaron los tres. El hombre les contó su día entre máquinas y vapor. Les habló de la soledad que lo invadía en sus turnos, la presión de sus superiores, la ansiedad por escuchar la sirena que anunciaba el cierre de la jornada. Les describió su regreso, entre masas de hombres grises que caminaban sin hablar. Ellas lo escucharon atentas, la niña acariciando su brazo por momentos.

El hombre se levantó. Recogió los trastes y cubiertos para lavarlos. Desde la cocina miró a la niña acurrucarse con la mujer en el sillón frente al televisor. Al terminar, el hombre se acercó para abrazarlas, pero ellas se disiparon en el aire, como si estuviesen hechas de niebla. El hombre bajó la cabeza y arrastró los pies hacia la entrada, deslizó la puerta y sacó del bolsillo de su pantalón otras cinco monedas.

 

martes, 11 de marzo de 2025

Por decreto

Alberto Sánchez Argüello

 

Llevo tres horas esperando. La enfermera no pasa la página de su revista y los demás pacientes yacen en los sillones de recepción sin moverse.

Para soportar el dolor del rostro vuelvo a medir el uso del espacio de la clínica, es un verdadero desperdicio. Soy un perfeccionista, es un defecto que trae mi profesión de arquitecto.

Para poder estudiar pasé una década fuera, lo suficiente como para que todo hubiese cambiado al volver. Desde el otro lado del mar leía los diarios que hablaban de nuevas leyes en mi país, protestas sociales, grupos de choque del gobierno, policía corrupta y finalmente la represión y el genocidio. Mi familia me decía que no me preocupara, aseguraban que aquello sólo era una campaña sucia de la oposición para desprestigiar al gobierno, que todo estaba en paz.

El día que regresé mis padres me esperaban en el aeropuerto. Me llevaron a casa sin dejar de sonreír y me pidieron que yo también sonriera; cansado como estaba no les hice caso, pero sus miradas de súplica me forzaron a hacerlo. Luego fui viendo a la gente en las calles, en las paradas de bus, en los bares, restaurantes, mercados, niños, niñas, adultos, abuelos, abuelas, todos sonrientes, todo el tiempo. Ya en casa mi hermano me mostró el decreto de la felicidad ciudadana que mandaba a sonreír so pena de cárcel o exilio.

La enfermera pasa de página y me avisa que llegó mi turno. El doctor me recibe sonriente, mientras me coloco en la silla reclinable y él comienza el tratamiento mensual para recuperar la flexibilidad de la mandíbula, el mismo tratamiento que todos los ciudadanos recibimos para mantener nuestras sonrisas de manera permanente.

 

martes, 4 de marzo de 2025

Apartamentos

Alberto Sánchez Argüello

 

I

En el N°1 vive una viuda que, convencida de la reencarnación del esposo en gato, adopta los que puede para ahogarlos con saña.

 

II

En el N° 2 vive un jubilado que perdió su sombra. Ha dibujado su propia silueta en todas las paredes para sentirse menos solo.

 

III

En el N° 3 vive el matrimonio más honesto que jamás ha existido: se juraron hacerse desgraciados el uno al otro para toda la vida.

 

IV

En el N° 4 vive un dictador que tiene campos de concentración para cucarachas, custodiados por ratas y comejenes leales a su régimen.

 

V

En el N° 5 vive una médium que no recibe fantasmas después de las dos de la mañana.

 

VI

En el N° 6 vive una enfermera que publica en los clasificados recompensas a quien encuentre el tiempo que perdió en su adolescencia.

 

VII

En el N° 7 viven tres hermanas que usan el mismo tenedor, la misma sabana y el mismo vibrador.

 

VIII

En el N° 8 vive un hombre que pasó 30 años en prisión. De noche cava un túnel que lo lleve de nuevo a su celda.

 

IX

En el N° 9 vive una niña que siempre se despierta a las 3 de la mañana y camina por el techo hasta el amanecer.

 

X

En el N° 10 vive un profesor de preescolar que arma cartas bomba los viernes y las manda a direcciones al azar.

 

XI

En el N° 11 vive una secta satánica que hace aquelarres los sábados y venta de patio los domingos.

 

XII

En el N° 12 vive una familia de caníbales que ha provocado que siempre esté vacante el puesto del conserje.

 

XIII

En el N° 13, gordo y feliz, vive el esposo de la viuda del 1, reencarnado en un gato angora que atiende gustosa una octogenaria.

 

martes, 25 de febrero de 2025

Bailar bajo la lluvia

Alberto Sánchez Argüello

 

En las tardes de lluvia extraño a mi Yaya. Nos encerrábamos en su cuarto y su voz suave me arrullaba al ritmo de las gotas. Me contaba tantas historias maravillosas. La del gigantesco pez que creó el mundo con un bostezo, la de los gatos que se comían las sombras, la de los monos que mancharon la luna.

Pero la que más me gustaba era la de las muñecas que querían ser humanas. “Contámela de nuevo Yaya”, le decía, “pero con voz fuerte porque me duermo”. Ella me sonreía y me aseguraba que en el inframundo hablan y caminan las muñecas que hemos perdido, y que algunas desean regresar. Me contaba cómo subían por las raíces del gran árbol, escalando a través de los mil mundos, hasta llegar a este. Cuando les da el sol, me decía, su piel se vuelve de carne. Pueden vivir entre nosotros, pero sin mojarse la cara, eso todas lo saben, agregaba con seriedad.

Ahora que estoy sola puedo escuchar su voz bajo la tormenta. El cielo está cerrado y algunas bandadas de pájaros luchan contra el viento. Ella me habría prohibido salir pero yo siempre quise bailar bajo la lluvia.

Giro y siento sus abrazos, mientras el reflejo de los charcos me muestra mi rostro, completamente borrado.

 

domingo, 2 de febrero de 2025

Las desventajas del sistema

Alberto Sánchez Argüello

 

Muy de mañana el hombre se presentó a su trabajo. El guarda de seguridad pasó su identificación por el escáner pero dio error, lo intentó cuatro veces más y dio el mismo resultado. A pesar de que les indicó que llevaba veinticinco años trabajando en el ministerio, igual lo llevaron a una sala de espera.

Unas cuantas horas después un funcionario de recursos humanos le notificó que después de varias consultas oficiales el sistema había devuelto un negativo sobre su existencia.

El hombre salió del edificio totalmente perplejo. Detuvo un taxi, pero antes de que lograra abordarlo dos hombres le impidieron el paso. Uno de ellos le pidió sus documentos de identidad y procedió a cortarlos con una tijera. El otro le dijo que ya habían llamado a su esposa para notificarle que él nunca había existido.

Acto seguido le quitaron la ropa y se fueron en un vehículo oficial.

El hombre se fue caminando desnudo por las avenidas, sin llamar la atención de la gente que sabía perfectamente que él no existía.

 

sábado, 11 de enero de 2025

Ciclo de vida

Alberto Sánchez Argüello

 

Mi hija está llorando. Cada noche es igual, cerca de las tres de la mañana la despierta una pesadilla recurrente. Retiro los cables y me levanto con dificultad. El piso está frío y las gotas de aceite se pegan a mis pies.

Ella está sentada en su cama, sollozando. Le ofrezco agua pero ella sólo quiere que la abrace. Nos quedamos un tiempo ahí, ella respirando con dificultad, yo cabeceando somnoliento. Me cuenta que soñó que vivíamos dentro de un laboratorio, que éramos robots programados para repetir todas las noches la misma rutina. Yo le acaricio la cabeza y le digo que es tarde. Le limpio las lágrimas y le coloco la sábana encima. Me quedo a su lado hasta que deja de mover los pies.

Cuando estoy seguro que se ha vuelto a dormir, abro la pequeña compuerta de su pecho para retirar la batería y ponerla a cargar en el baño. De nuevo en el pasillo, le hago una seña a las cámaras para que limpien el aceite, luego me enchufo al panel de mi cama y me vuelvo a dormir.