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domingo, 31 de agosto de 2025

La enfermedad

Verónica Ladrón de Guevara

 

A Cesáreo

 

Estábamos ya en su cama cuando me dijo de improviso que no podía tener relaciones sexuales conmigo. No supe si agradecer o no. Estaba habitado por una rara enfermedad contagiosa. No, no era sida, aclaró; era un tipo poco ordinario de hepatitis, que lo había invadido en un viaje a Cancún.

Era todo tan ilógico que lo primero que pensé era que me estaba evadiendo. Seguramente es impotente –concluí.

–No te preocupes –le dije–, y me levanté despacio de su lecho abotonándome la blusa azul.

–Esto no cambia las cosas, ¿verdad? –preguntó con un dejo de inquietud en la voz.

–No, seguimos tan amigos –le contesté con sinceridad.

Sin embargo, no volví a su departamento. Algunas veces llamó a mi oficina, pero coincidían sus telefonemas con reuniones de trabajo y en consecuencia nunca respondí.

Creo que fue una de sus estudiantes quien me lo dijo: “Guillermo se fue a vivir a Jerusalén.” ¿En serio? –exclamé asombrada–, ¿pero, por qué allá? Él tenía amigos en Italia, uno muy querido, Enrico; y en París estaban Emily, Sabine y Joel. ¿Por qué al Medio Oriente? Nadie me supo responder.

Una noche en que hubo una celebración por el cumpleaños de alguien, llegué a casa con un acompañante casual. Habíamos bebido y deseábamos estar a solas.

Preparé dos whiskys que quedaron intactos sobre la angosta barra de la cantina. En mi recámara nos debatíamos en una lucha de brazos y piernas entremezclados.

Fue al quedar yo boca arriba, jadeante y sintiendo el vigor de mi compañero, cuando de pronto la vi. Estaba en el techo, como estampada en él.

Era una imagen que resplandecía y que me miraba fijamente. No pude gritar, sólo quedé inmóvil, viendo cómo oscilaba la cabeza en señal reprobatoria. Una luz amarillenta la envolvía y me señalaba con el dedo índice, parecía ordenarme que no.

La voz lejana del hombre que movía rítmicamente su anatomía sobre mí, me hizo salir del estupor.

–¿Qué te pasa, eh? Te quedaste como muerta –inquirió molesto.

–Lo siento –le dije decidida–, no puedo tener relaciones sexuales contigo. No, no es sida –le expliqué con vehemencia, mientras él se incorporaba en silencio y abotonaba su camisa azul–. Es un tipo raro de hepatitis que adquirí en un reciente viaje a Cancún.

 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Las tres

Verónica Ladrón de Guevara

 

Huelo a perra. Lo noto por la insistencia con que se me acercan otros animales. Pensé que los gatos me rehuirían, pero no es así. Algo de mi olor les atrae. Finjo no percatarme del nerviosismo que despierto en las mascotas de mis amigas, mientras éstas sueltan ridículas explicaciones: “le caíste muy bien”, “¡ay!, nunca hace eso”, “es que sabe que te gustan los animalitos”. Mentira, siempre los repudié.

De niña no toleré ni las tortugas de tierra que me llevaba mi padre, en su vano intento por lograr que cualquier bicho despertara mi interés. Peces, canarios, conejos, loros, y hasta un hurón pretendieron ser mis compañeros. Ninguno vivió un día completo en casa.

Por eso me pareció intolerable el comportamiento de Martha. Sabía de mi aversión a los animales y se atrevió a llevar a esa perra. Patiflaca, ojiazul, muy fina, según le dijeron. Como si el pedigrí la librara del molesto olor a cachorro destetado.

Advertí a Martha que esa perra sólo nos acarrearía problemas, pero no me creyó. Como si no le bastase mi amor a ella, me obligó a extender mis aprecios a cualquier cosa, inanimada o no, con la que tuviera contacto. Amé su música, disfruté sus insulsas películas, atesoré sus revistas, aprendí a odiar lo que ella odiaba, estimé a quien apreciaba. Fui a marchas, me corté el pelo como ordenó. Nada fue suficiente. Ahora debía tolerar eso.

 

Acodada en la ventana del comedor siento cómo se acerca. No volteo siquiera. Estoy disgustada. Con movimientos suaves se desliza abajo de mis piernas. Su cabeza hace contacto con mis muslos. Retrocede. Contengo la respiración. Lo intenta de nuevo, ahora con más seguridad. Sube hasta tocar mi pubis, lo huele. Deja su nariz ahí una agradable eternidad.

Martha es desordenada. Odio andar de aquí para allá recogiendo todo cuanto tira. Cuando llega por las noches se desviste en la sala y deja ahí todas sus prendas. Va al refrigerador y saca un litro de leche que invariablemente deja vacío sobre la televisión. Al bañarse deja el jabón en el piso, humedeciéndose hasta la extinción.

Como si conociera mis soledades se acerca en la oscuridad. Su lengua recorre uno a uno mis dedos. Los moja. Me electrizo. Sube a la cama hasta su lugar favorito. Lo huele. La dejo. Finjo dormir pero advierte el engaño. Sonrío. Humedades deslizándose por mi piel.

Su carácter se ha vuelto intolerable. Grita frenética por cualquier motivo. Le molesta el pelo de la perra, sus esporádicos ladridos, patea sus huesos de carnaza y la otra vez la descubrí orinándose en la alfombra para inculpar a la mascota. Manotea por toda la casa diciendo que esa perra sólo nos ha traído problemas.

He desistido de la doble ducha y de la pretensión de cualquier colonia. Su olor permanece en mí. No puedo estar sin su compañía. Las dos vamos de compras, corremos por las tardes, vemos televisión, comemos helado. Nos agrada vivir solas. Es más ordenada que Martha, jamás rompe ni rasga nada, me avisa cuando desea ir al baño y el día que no estoy humor, la bajo de mi cama con un grito.