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viernes, 17 de julio de 2026

No servía para nada

Hans Christian Andersen

 

El alcalde estaba de pie junto a la ventana abierta. Llevaba una camisa con puños y un alfiler prendido en la chorrera, y estaba extraordinariamente bien afeitado, por obra de sus propias manos. Sin embargo, se había hecho un pequeño corte y lo llevaba cubierto con un trocito de papel periódico.

–¡Oye, pequeño! –gritó.

Y el pequeño no era otro que el hijo de la lavandera, que pasaba en aquel momento y se quitó respetuosamente la gorra. La visera estaba quebrada y arreglada de tal modo que pudiera guardársela en el bolsillo. Con sus ropas pobres, pero limpias y cuidadosamente remendadas, y sus pesados zuecos de madera, el muchacho permaneció tan respetuoso como si estuviera ante el mismísimo rey.

–¡Eres un buen muchacho! –dijo el alcalde–. ¡Un muchacho muy educado! Tu madre estará enjuagando ropa allá abajo, junto al río. Debes llevarle lo que tienes en el bolsillo. ¡Lo de tu madre es terrible! ¿Cuánto llevas ahí?

–¡Medio cuartillo! –respondió el muchacho con voz asustada, casi en un susurro.

–¡Y esta mañana recibió otro tanto! –prosiguió el hombre.

–¡No, fue ayer! –contestó el muchacho.

–¡Dos mitades hacen un entero! ¡Ella no sirve para nada! ¡Es lamentable lo que ocurre con esa clase de gente! Dile a tu madre que debería avergonzarse. Y tú no te conviertas nunca en un borracho, aunque seguramente acabarás siéndolo. ¡Pobre niño! Ahora vete.

Y el muchacho se marchó. Siguió llevando la gorra en la mano, mientras el viento le revolvía los cabellos rubios y los levantaba en largos mechones. Siguió por la calle, entró en el callejón y bajó hasta el río, donde su madre estaba metida en el agua junto al banco de lavar, golpeando con la pala la pesada ropa blanca. La corriente era fuerte, pues las compuertas del molino estaban abiertas. Una sábana, arrastrada por el agua, estuvo a punto de volcar el banco, y la lavandera tuvo que hacer fuerza para sostenerlo.

–¡Estoy a punto de salir navegando! –dijo–. Menos mal que vienes, porque necesito algo que me devuelva las fuerzas. El agua está muy fría y llevo seis horas aquí metida. ¿Traes algo para mí?

El muchacho sacó la botella. Su madre se la llevó a la boca y bebió un trago.

–¡Oh, qué bien me hace! ¡Cómo calienta! Es tan bueno como una comida caliente y no cuesta tanto. Bebe, hijo mío. Estás muy pálido y tienes frío con esa ropa tan delgada. Además, ya es otoño. ¡Uf, qué fría está el agua! Con tal de que no me enferme… Pero no me enfermaré. Dame otro trago y bebe tú también, aunque solo una gotita. No debes acostumbrarte, pobre hijo mío.

Rodeó el puente hasta donde estaba el muchacho y salió a tierra. El agua escurría de la estera de juncos que llevaba ceñida a la cintura y también de su falda.

–¡Trabajo y me deslomo hasta sentir que la sangre está a punto de brotarme por la raíz de las uñas! Pero no importa, con tal de poder sacarte adelante honradamente, mi niño querido.

En ese momento apareció una mujer algo mayor, pobremente vestida y muy delgada, coja de una pierna y con un enorme rizo postizo sobre uno de los ojos. El rizo debía ocultarlo, pero solo conseguía hacer más evidente el defecto. Era amiga de la lavandera. Los vecinos la llamaban “Maren la Coja del Rizo”.

–¡Pobre de ti, cuánto trabajas y te afanas metida en el agua fría! Bien necesitas algo que te caliente, y aun así hay quienes te reprochan esa gota que tomas.

Muy pronto, la lavandera se enteró de todo lo que el alcalde le había dicho al muchacho. Maren lo había oído, y le había indignado que hablara así con el niño de su propia madre y de la gota que ella tomaba, precisamente el día en que el alcalde ofrecía un gran banquete, con botellas y botellas de vino.

–¡Vinos finos y vinos fuertes! Más de uno beberá de más, pero a eso no lo llaman beber. Ellos sí sirven; tú, en cambio, no sirves para nada.

–Así que te habló, hijo –dijo la lavandera, y sus labios temblaron–. Tienes una madre que no sirve para nada. Tal vez tenga razón, pero no debió decírselo a un niño. Aunque de esa casa me han venido muchas cosas.

–Serviste allí cuando vivían los padres del alcalde. ¡Hace ya muchos años! Desde entonces se han consumido muchos sacos de sal, así que no es raro que haya sed –dijo Maren riendo–. Hoy hay un gran banquete en casa del alcalde. Tendrían que haberlo cancelado, pero ya era demasiado tarde y la comida estaba preparada. Me lo contó el mozo de la casa. Hace como una hora llegó una carta diciendo que el hermano menor del alcalde murió en Copenhague.

–¡Muerto! –exclamó la lavandera, poniéndose lívida.

–¡Vaya! –dijo la mujer–. ¿Tanto te afecta? Bueno, lo conocías de cuando servías en la casa.

–¡Murió! Era el mejor y el más bendito de los hombres. ¡Nuestro Señor recibe muy pocos como él! –Las lágrimas le corrían por las mejillas–. ¡Oh, Dios mío! Todo me da vueltas. Es porque me terminé la botella. No me sentó bien. ¡Me siento tan mal!

Y se apoyó contra la cerca.

–¡Santo Dios, sí que estás mal, mujer! –dijo Maren–. A ver si se te pasa… No, estás realmente enferma. Será mejor que te lleve a casa.

–¿Y la ropa?

–¡Yo me ocuparé de ella! Tómame del brazo. El muchacho puede quedarse aquí vigilándola hasta que yo vuelva para terminar de lavar. Queda muy poco.

Las piernas le flaqueaban a la lavandera.

–¡He estado demasiado tiempo en el agua fría! ¡Desde esta mañana no he probado bocado! ¡Tengo fiebre en todo el cuerpo! ¡Oh, Señor Jesús, ayúdame a llegar a casa! ¡Mi pobre hijo!

Y se echó a llorar.

El muchacho también lloró y pronto quedó sentado a solas junto al río, vigilando la ropa mojada. Las dos mujeres avanzaron despacio. La lavandera iba tambaleándose callejón arriba. Siguieron por la calle y pasaron ante la casa del alcalde. Justo frente a ella, la lavandera se desplomó sobre los adoquines. La gente se reunió a su alrededor.

Maren la Coja entró corriendo en el patio en busca de ayuda. El alcalde y sus invitados se asomaron a las ventanas.

–¡Es la lavandera! –dijo él–. Bebió un poco más de la cuenta. ¡No sirve para nada! Es una lástima por ese muchacho tan guapo que tiene. De veras siento afecto por el niño. La madre no sirve para nada.

La hicieron volver en sí y la condujeron a su pobre hogar, donde la acostaron. La buena de Maren se puso a preparar un tazón de cerveza caliente con mantequilla y azúcar, pues creía que era la mejor medicina. Después regresó al lavadero. Enjuagó muy mal, aunque con buena intención. En realidad, no hizo más que sacar la ropa mojada del agua y meterla en un cajón.

Al anochecer, Maren estaba sentada en el pobre cuarto de la lavandera. La cocinera del alcalde le había dado un par de papas doradas y un magnífico trozo de jamón bien graso para la enferma. El muchacho y Maren se lo comieron con gusto. La enferma se conformó con disfrutar del olor, que era muy alimenticio, según dijo.

El muchacho se acostó en la misma cama que su madre, pero ocupaba un lugar atravesado a sus pies y se cubría con una vieja alfombra hecha de retazos azules y rojos cosidos entre sí.

La lavandera se sentía un poco mejor. La cerveza caliente la había fortalecido y el olor de la buena comida le había hecho bien.

–Gracias, buena amiga –le dijo a Maren–. Voy a contártelo todo mientras el muchacho duerme. Creo que ya se durmió. ¡Qué dulce y bendito se ve con los ojos cerrados! No sabe por lo que está pasando su madre. ¡Que Nuestro Señor no permita que él viva nunca algo así!

“Yo servía en casa del consejero de cámara y su esposa, los padres del alcalde. Entonces volvió al hogar el menor de sus hijos, el estudiante. Yo era joven, impetuosa y alocada, pero honrada; eso puedo decirlo ante Dios. El estudiante era tan alegre, tan jovial, tan bendito… cada gota de su sangre era honrada y buena. No ha habido mejor ser humano sobre la tierra. Él era el hijo de la casa y yo solo una criada, pero nos enamoramos sin faltar a la castidad ni a la honra. Un beso no es pecado cuando dos personas se quieren de verdad. Y él se lo contó a su madre. Para él, ella era como Nuestro Señor aquí en la tierra, y era tan sabia, cariñosa y bondadosa…

“Él se marchó y me puso su anillo de oro en el dedo. Cuando ya se había ido, mi señora me llamó. Estaba seria, aunque se mostraba muy dulce, y habló como podría hacerlo Nuestro Señor. Me hizo comprender la distancia real y espiritual que había entre él y yo.

“‘Ahora él se fija en lo hermosa que eres, pero la belleza desaparecerá. Tú no has recibido la misma educación que él. No están a la misma altura en el reino del espíritu, y ahí está la desgracia. Yo respeto al pobre –dijo–. Ante Dios quizá ocupe un lugar más alto que muchos ricos, pero en este mundo no hay que tomar un camino equivocado al avanzar, porque el carruaje volcaría y ustedes dos caerían con él. Sé que un hombre honrado, un artesano, te ha pedido en matrimonio: Erik, el guantero. Es viudo, no tiene hijos y vive desahogadamente. Piénsalo’.

“Cada palabra que decía era como cuchillos que me atravesaban el corazón, pero ella tenía razón, y eso me oprimía y me abrumaba. Le besé la mano y derramé mis lágrimas saladas. Lloré aún más cuando volví a mi cuarto y me arrojé sobre la cama. La noche que siguió fue terrible. Solo Nuestro Señor sabe cuánto sufrí y luché.

“El domingo fui a recibir la comunión, buscando claridad dentro de mí. Y ocurrió como por obra de la Providencia: al salir de la iglesia me encontré con Erik, el guantero. Ya no me quedó ninguna duda. Por nuestra posición y nuestras circunstancias, éramos una pareja adecuada. Además, él era un hombre acomodado. Me acerqué directamente, le tomé la mano y le pregunté: “¿Aún piensas en mí?”. “Sí, por siempre jamás”, respondió. “¿Aceptarías por esposa a una muchacha que te estima y te respeta, pero que no te ama? Tal vez el amor venga después”. “Vendrá”, dijo él, y nos dimos la mano.

“Volví a casa de mi señora. Llevaba sobre el pecho desnudo el anillo de oro que su hijo me había dado. No podía ponérmelo en el dedo durante el día, sino solo cada noche, al acostarme. Besé el anillo hasta hacerme sangrar la boca. Luego se lo entregué a mi señora y le dije que la semana siguiente se leerían desde el púlpito las proclamas de matrimonio de Erik, el guantero, y las mías.

“Mi señora me estrechó entre sus brazos y me besó. No dijo que yo no servía para nada, aunque entonces quizá también era mejor que ahora, si bien aún no había conocido tantas adversidades del mundo. La boda se celebró por la Candelaria, y el primer año todo fue bien. Teníamos un oficial y un aprendiz, y tú, Maren, servías en nuestra casa”.

–¡Oh, qué buena patrona fuiste! –dijo Maren–. Nunca olvidaré lo bondadosos que fueron conmigo tú y tu marido.

–Estuviste con nosotros en los buenos tiempos. Entonces no teníamos hijos. Al estudiante no volví a verlo… bueno, sí lo vi, pero él no me vio a mí. Vino al entierro de su madre. Lo vi junto a la tumba, blanco como la tiza y muy afligido, pero toda aquella pena era por su madre. Cuando después murió el padre, él se encontraba en tierras extranjeras y no vino. Tampoco ha vuelto desde entonces.

“Nunca se casó, que yo sepa. Creo que se hizo abogado. Ya no se acordaba de mí y, aunque me hubiera visto, seguramente no me habría reconocido, tan horrible como estoy ahora. ¡Y fue mejor así!”

Y habló de los duros días de sus tribulaciones, cuando la desgracia parecía desplomarse sobre ellos. Poseían quinientos rigsdaler, y como en la misma calle se podía comprar una casa por doscientos y parecía un buen negocio derribarla y levantar otra, la compraron. Los albañiles y carpinteros calcularon que las obras costarían otros mil veinte. Erik, el guantero, gozaba de crédito y consiguió que le prestaran el dinero en Copenhague, pero el barco que debía traerlo naufragó y el dinero se perdió con él.

–Fue entonces cuando di a luz a mi bendito muchacho, que duerme ahí. Su padre cayó gravemente enfermo y la enfermedad se prolongó. Durante nueve meses tuve que vestirlo y desvestirlo. Nos hundimos por completo. Pedimos un préstamo tras otro y fuimos perdiendo cuanto teníamos. Y su padre murió. He trabajado y me he deslomado, he luchado y me he esforzado por el niño. He fregado escaleras y lavado ropa blanca, gruesa y fina. No me tocará vivir mejor; así lo quiere Nuestro Señor. Pero él me liberará y cuidará del muchacho.

Y se quedó dormida.

A la mañana siguiente se sintió fortalecida y creyó tener fuerzas suficientes para volver al trabajo. Apenas había entrado en el agua fría cuando la acometieron un temblor y un desfallecimiento. Alargó convulsivamente una mano para sostenerse, dio un paso hacia la orilla y cayó. La cabeza quedó sobre la tierra seca, pero los pies permanecieron dentro del río. Los zuecos de madera con los que se había mantenido en pie sobre el fondo, y que llevaban un puñado de paja dentro de cada uno, se alejaron arrastrados por la corriente. Allí la encontró Maren, que venía a traerle café.

Un mensajero del alcalde había ido a buscarla a su casa. Debía presentarse de inmediato, pues él tenía algo que decirle. Era demasiado tarde. Mandaron llamar a un barbero para que la sangrara. La lavandera estaba muerta.

–¡Bebió hasta matarse! –dijo el alcalde.

La carta que había informado de la muerte del hermano también comunicaba el contenido del testamento. En él se disponía que se legaran seiscientos rigsdaler a la viuda del guantero que tiempo atrás había servido a sus padres. Según se juzgara más conveniente, el dinero debía entregarse a ella y a su hijo en cantidades mayores o menores.

–¡Hubo algún enredo entre mi hermano y ella! –dijo el alcalde–. Mejor que ya no esté de por medio. Ahora el muchacho lo recibirá todo, y yo lo pondré al cuidado de gente honrada. Puede llegar a ser un buen artesano.

Y Nuestro Señor puso su bendición en aquellas palabras.

El alcalde mandó llamar al muchacho, prometió ocuparse de él y le dijo que era una suerte que su madre hubiera muerto, pues no servía para nada.

La llevaron al cementerio, al cementerio de los pobres. Maren plantó un pequeño rosal sobre la tumba, y el muchacho permaneció a su lado.

–¡Mi querida madre! –dijo, mientras las lágrimas le corrían por el rostro–. ¿Es verdad que no servía para nada?

–¡Sí que servía! –dijo Maren, mirando al cielo–. Lo sé desde hace muchos años y también por lo de anoche. Te digo que sí servía, y Nuestro Señor, en el reino de los cielos, dice lo mismo. ¡Que el mundo diga, si quiere: “No servía para nada”!

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

domingo, 6 de abril de 2025

Bajo el sauce

Hans Christian Andersen

 

La comarca de Kjöge es ácida y pelada; la ciudad está a orillas del mar, y esto es siempre una ventaja, pero es innegable que podría ser más hermosa de lo que es en realidad; todo alrededor son campos lisos, y el bosque queda a mucha distancia. Sin embargo, cuando nos encontramos a gusto en un lugar, siempre descubrimos algo de bello en él, y más tarde lo echaremos de menos, aunque nos hallemos en el sitio más hermoso del mundo. Y forzoso es admitir que en verano tienen su belleza los arrabales de Kjöge, con sus pobres jardincitos extendidos hasta el arroyo que allí se vierte en el mar; y así lo creían en particular Knud y Juana, hijos de dos familias vecinas, que jugaban juntos y se reunían atravesando a rastras los groselleros. En uno de los jardines crecía un saúco, en el otro un viejo sauce, y debajo de éste gustaban de jugar sobre todo los niños; y se les permitía hacerlo, a pesar de que el árbol estaba muy cerca del río, y los chiquillos corrían peligro de caer en él. Pero el ojo de Dios vela sobre los pequeñuelos –de no ser así, ¡mal irían las cosas!–. Por otra parte, los dos eran muy prudentes; el niño tenía tanto miedo al agua, que en verano no había modo de llevarlo a la playa, donde tan a gusto chapoteaban los otros rapaces de su edad; eso lo hacía objeto de la burla general, y él tenía que aguantarla.

Un día la hijita del vecino, Juana, soñó que navegaba en un bote de vela en la Bahía de Kjöge, y que Knud se dirigía hacia ella vadeando, hasta que el agua le llegó al cuello y después lo cubrió por entero. Desde el momento en que Knud se enteró de aquel sueño, ya no soportó que lo tachasen de miedoso, aduciendo como prueba al sueño de Juana. Éste era su orgullo, mas no por eso se acercaba al mar.

Los pobres padres se reunían con frecuencia, y Knud y Juana jugaban en los jardines y en el camino plantado de sauces que discurría a lo largo de los fosos. Bonitos no eran aquellos árboles, pues tenían las copas como podadas, pero no los habían plantado para adorno, sino para utilidad; más hermoso era el viejo sauce del jardín a cuyo pie, según ya hemos dicho, jugaban a menudo los dos amiguitos. En la ciudad de Kjöge hay una gran plaza-mercado, en la que, durante la feria anual, se instalan verdaderas calles de puestos que venden cintas de seda, calzados y todas las cosas imaginables. Había entonces un gran gentío, y generalmente llovía; además, apestaba a sudor de las chaquetas de los campesinos, aunque olía también a exquisito alfajor, del que había toda una tienda abarrotada; pero lo mejor de todo era que el hombre que lo vendía se alojaba, durante la feria, en casa de los padres de Knud, y, naturalmente, lo obsequiaba con un pequeño pan de especias, del que participaba también Juana. Pero había algo que casi era más hermoso todavía: el comerciante sabía contar historias de casi todas las cosas, incluso de sus turrones, y una velada explicó una que produjo tal impresión en los niños, que jamás pudieron olvidarla; por eso será conveniente que la oigamos también nosotros, tanto más, cuanto que es muy breve.

–Sobre el mostrador –empezó el hombre– había dos moldes de alfajor, uno en figura de un hombre con sombrero, y el otro en forma de mujer sin sombrero, pero con una mancha de oropel en la cabeza; tenían la cara de lado, vuelta hacia arriba, y había que mirarlos desde aquel ángulo y no del revés, pues jamás hay que mirar así a una persona. El hombre llevaba en el costado izquierdo una almendra amarga, que era el corazón, mientras la mujer era dulce toda ella. Estaban para muestra en el mostrador, y llevaban ya mucho tiempo allí, por lo que se enamoraron; pero ninguno lo dijo al otro, y, sin embargo, preciso es que alguien lo diga, si ha de salir algo de tal situación.

“Es hombre, y por tanto, tiene que ser el primero en hablar”, pensaba ella; no obstante, se habría dado por satisfecha con saber que su amor era correspondido.

Los pensamientos de él eran mucho más ambiciosos, como siempre son los hombres; soñaba que era un golfo callejero y que tenía cuatro chelines, con los cuales se compraba la mujer y se la comía.

Así continuaron por espacio de días y semanas en el mostrador, y cada día estaban más secos; y los pensamientos de ella eran cada vez más tiernos y femeninos: “Me doy por contenta con haber estado sobre la mesa con él”, pensó, y se rompió por la mitad.

“Si hubiese conocido mi amor, de seguro que habría resistido un poco más”, pensó él.

–Y ésta es la historia y aquí están los dos –dijo el turronero–. Son notables por su vida y por su silencioso amor, que nunca conduce a nada. ¡Véanlos ahí! –y dio a Juana el hombre, sano y entero, y a Knud, la mujer rota; pero a los niños les había emocionado tanto el cuento, que no tuvieron ánimos para comerse la enamorada pareja.

Al día siguiente se dirigieron, con las dos figuras, al cementerio, y se detuvieron junto al muro de la iglesia, cubierto, tanto en verano como en invierno, de un rico tapiz de hiedra; pusieron al sol los pasteles, entre los verdes zarcillos, y contaron a un grupo de otros niños la historia de su amor, mudo e inútil, y todos la encontraron maravillosa; y cuando volvieron a mirar a la pareja de alfajor, un muchacho grandote se había comido ya la mujer despedazada, y esto, por pura maldad. Los niños se echaron a llorar, y luego –y es de suponer que lo hicieron para que el pobre hombre no quedara solo en el mundo– se lo comieron también; pero en cuanto a la historia, no la olvidaron nunca.

Los dos chiquillos seguían reuniéndose bajo el sauce o junto al saúco, y la niña cantaba canciones bellísimas con su voz argentina. A Knud, en cambio, se le pegaban las notas a la garganta, pero al menos se sabía la letra, y más vale esto que nada. La gente de Kjöge, y entre ella la señora de la quincallería, se detenían a escuchar a Juana. –¡Qué voz más dulce!– decían.

Aquellos días fueron tan felices, que no podían durar siempre. Las dos familias vecinas se separaron; la madre de la niña había muerto, el padre deseaba ir a Copenhague, para volver a casarse y buscar trabajo; quería establecerse de mandadero, que es un oficio muy lucrativo. Los vecinos se despidieron con lágrimas, y sobre todo lloraron los niños; los padres se prometieron mutuamente escribirse por lo menos una vez al año.

Y Knud entró de aprendiz de zapatero; era ya mayorcito y no se le podía dejar ocioso más tiempo. Entonces recibió la confirmación.

¡Ah, qué no hubiera dado por estar en Copenhague aquel día solemne, y ver a Juanita! Pero no pudo ir, ni había estado nunca, a pesar de que no distaba más de cinco millas de Kjöge. Sin embargo, a través de la bahía, y con tiempo despejado, Knud había visto sus torres, y el día de la confirmación distinguió claramente la brillante cruz dorada de la iglesia de Nuestra Señora.

¡Oh, cómo se acordó de Juana! Y ella, ¿se acordaría de él? Sí, se acordaba.

Hacia Navidad llegó una carta de su padre para los de Knud. Las cosas les iban muy bien en Copenhague, y Juana, gracias a su hermosa voz, iba a tener una gran suerte; había ingresado en el teatro lírico; ya ganaba algún dinerillo, y enviaba un escudo a sus queridos vecinos de Kjöge para que celebrasen unas alegres Navidades. Quería que bebiesen a su salud, y la niña había añadido de su puño y letra estas palabras: “¡Afectuosos saludos a Knud!”.

Todos derramaron lágrimas, a pesar de que las noticias eran muy agradables; pero también se llora de alegría. Día tras día Juana había ocupado el pensamiento de Knud, y ahora vio el muchacho que también ella se acordaba de él, y cuanto más se acercaba el tiempo en que ascendería a oficial zapatero, más claramente se daba cuenta de que estaba enamorado de Juana y de que ésta debía ser su mujer; y siempre que le venía esta idea se dibujaba una sonrisa en sus labios y tiraba con mayor fuerza del hilo, mientras tesaba el tirapié; a veces se clavaba la lezna en un dedo, pero ¡qué importa! Desde luego que no sería mudo, como los dos moldes de alfajor; la historia había sido una buena lección.

Y ascendió a oficial. Se colgó la mochila al hombro, y por primera vez en su vida se dispuso a trasladarse a Copenhague; ya había encontrado allí un maestro. ¡Qué sorprendida quedaría Juana, y qué contenta! Contaba ahora 16 años, y él, 19.

Ya en Kjöge, se le ocurrió comprarle un anillo de oro, pero luego pensó que seguramente los encontraría mucho más hermosos en Copenhague. Se despidió de sus padres, y un día lluvioso de otoño emprendió el camino de la capital; las hojas caían de los árboles, y calado hasta los huesos llegó a la gran Copenhague y a la casa de su nuevo patrón.

El primer domingo se dispuso a visitar al padre de Juana. Sacó del baúl su vestido de oficial y el nuevo sombrero que se trajera de Kjöge y que tan bien le sentaba; antes había usado siempre gorra. Encontró la casa que buscaba, y subió los muchos peldaños que conducían al piso. ¡Era para dar vértigo la manera como la gente se apilaba en aquella enmarañada ciudad!

La vivienda respiraba bienestar, y el padre de Juana lo recibió muy afablemente. A su esposa no la conocía, pero ella le alargó la mano y lo invitó a tomar café.

–Juana estará contenta de verte –dijo el padre–. Te has vuelto un buen mozo. Ya la verás; es una muchacha que me da muchas alegrías y, Dios mediante, me dará más aún. Tiene su propia habitación, y nos paga por ella.

Y el hombre llamó delicadamente a la puerta, como si fuese un forastero, y entraron –¡qué hermoso era allí!–. Seguramente en todo Kjöge no había un aposento semejante: ni la propia Reina lo tendría mejor. Había alfombras; en las ventanas, cortinas que llegaban hasta el suelo, un sillón de terciopelo auténtico y en derredor flores y cuadros, además de un espejo en el que uno casi podía meterse, pues era grande como una puerta. Knud lo abarcó todo de una ojeada, y, sin embargo, sólo veía a Juana; era una moza ya crecida, muy distinta de como la imaginara, sólo que mucho más hermosa; en toda Kjöge no se encontraría otra como ella; ¡qué fina y delicada! La primera mirada que dirigió a Knud fue la de una extraña, pero duró sólo un instante; luego se precipitó hacia él como si quisiera besarle. No lo hizo, pero poco le faltó. Sí, estaba muy contenta de volver a ver al amigo de su niñez. ¿No brillaban lágrimas en sus ojos? Y después empezó a preguntar y a contar, pasando desde los padres de Knud hasta el saúco y el sauce; madre saúco y padre sauce, como los llamaba, cual si fuesen personas; pero bien podían pasar por tales, si lo habían sido los pasteles de alfajor. De éstos habló también y de su mudo amor, cuando estaban en el mostrador y se partieron… y la muchacha se reía con toda el alma, mientras la sangre afluía a las mejillas de Knud, y su corazón palpitaba con violencia desusada. No, no se había vuelto orgullosa. Y ella fue también la causante –bien se fijó Knud– de que sus padres lo invitasen a pasar la velada con ellos. Sirvió el té y le ofreció con su propia mano una taza luego cogió un libro y se puso a leer en alta voz, y al muchacho le pareció que lo que leía trataba de su amor, hasta tal punto concordaba con sus pensamientos. Luego cantó una sencilla canción, pero cantada por ella se convirtió en toda una historia; era como si su corazón se desbordase en ella. Sí, indudablemente quería a Knud. Las lágrimas rodaron por las mejillas del muchacho sin poder él impedirlo, y no pudo sacar una sola palabra de su boca; se acusaba de tonto a sí mismo, pero ella le estrechó la mano y le dijo:

–Tienes un buen corazón, Knud. Sé siempre como ahora.

Fue una velada inolvidable. Son ocasiones después de las cuales no es posible dormir, y Knud se pasó la noche despierto.

Al despedirlo el padre de Juana le había dicho:

–Ahora no nos olvidarás. Espero que no pasará el invierno sin que vuelvas a visitarnos.

Por ello, bien podía repetir la visita el próximo domingo; y tal fue su intención. Pero cada velada, terminado el trabajo –y eso que trabajaba hasta entrada la noche–, Knud salía y se iba hasta la calle donde vivía Juana; levantaba los ojos a su ventana, casi siempre iluminada, y una noche vio incluso la sombra de su rostro en la cortina –fue una noche maravillosa–. A la señora del zapatero no le parecían bien tantas salidas vespertinas, y meneaba la cabeza dubitativamente; pero el patrón se sonreía:

–¡Es joven! –decía.

“El domingo nos veremos, y le diré que es la reina de todos mis pensamientos y que ha de ser mi esposa. Sólo soy un pobre oficial zapatero, pero puedo llegar a maestro; trabajaré y me esforzaré (sí, se lo voy a decir). A nada conduce el amor mudo, lo sé por aquellos alfajores”.

Y llegó el domingo, y Knud se fue a casa de Juana. Pero, ¡qué pena! Estaban invitados a otra casa, y tuvieron que decirlo al mozo. Juana le estrechó la mano y le preguntó:

–¿Has estado en el teatro? Pues tienes que ir. Yo canto el miércoles, y, si tienes tiempo, te enviaré una entrada. Mi padre sabe la dirección de tu amo.

¡Qué atención más cariñosa de su parte! Y el miércoles llegó, efectivamente, un sobre cerrado que contenía la entrada, pero sin ninguna palabra, y aquella noche Knud fue por primera vez en su vida al teatro. ¿Qué vio? Pues sí, vio a Juana, tan hermosa y encantadora; cierto que estaba casada con un desconocido, pero aquello era comedia, una cosa imaginaria, bien lo sabía Knud; de otro modo, ella no habría osado enviarle la entrada para que lo viera. Al terminar, todo el público aplaudió y gritó “¡hurra!”, y Knud también.

Hasta el Rey sonrió a Juana, como si hubiese sentido mucho placer en verla actuar. ¡Dios mío, qué pequeño se sentía Knud! Pero la quería con toda su alma, y ella lo quería también; pero es el hombre quien debe pronunciar la primera palabra, así lo pensaba también la figura del cuento. ¡Tenía mucha enjundia aquella historia!

No bien llegó el domingo, Knud se encaminó nuevamente a casa de Juana. Su estado de espíritu era serio y solemne, como si fuera a recibir la Comunión. La joven estaba sola y lo recibió; la ocasión no podía ser más propicia.

–Has hecho muy bien en venir –le dijo–. Estuve a punto de enviarte un recado por mi padre, pero presentí que volverías esta noche. Debo decirte que el viernes me marcho a Francia; tengo que hacerlo, si quiero llegar a ser algo.

Knud sintió como si el cuarto diera vueltas a su alrededor, y le pareció que su corazón iba a estallar. No asomó ni una lágrima a sus ojos, pero su desolación no era menos visible.

–Mi bueno y fiel amigo… –dijo ella, y sus palabras desataron la lengua del muchacho. Le dijo cómo la quería y cómo deseaba que fuese su esposa. Y al pronunciar estas palabras, vio que Juana palidecía y, soltándole la mano, le dijo con acento grave y afligido:

–¡No quieras que los dos seamos desgraciados, Knud! Yo seré siempre una buena hermana para ti, siempre podrás contar conmigo, pero nada más –y le pasó la mano suave por la ardorosa frente–. Dios nos da la fuerza necesaria, con tal que nosotros lo queramos.

En aquel momento la madrastra entró en el aposento.

–Knud está desolado porque me marcho –dijo Juana ¡Vamos, sé un hombre!– y le dio un golpe en el hombro; era como si no hubiesen hablado más que del viaje.

–¡Chiquillo! –añadió–. Vas a ser bueno y razonable, como cuando de niños jugábamos debajo del sauce.

Le pareció a Knud que el mundo se había salido de quicio; sus ideas eran como una hebra suelta flotando a merced del viento. Se quedó sin saber si lo habían invitado o no, pero todos se mostraron afables y bondadosos; Juana le sirvió té y cantó. No era ya aquella voz de antes, y, no obstante, sonaba tan maravillosamente, que el corazón del muchacho estaba a punto de estallar. Y así se despidieron. Knud no le alargó la mano, pero ella se la cogió, diciendo:

–¡Estrecha la mano de tu hermana para despedirte, mi viejo hermano de juego! –y se sonreía entre las lágrimas que le rodaban por las mejillas; y volvió a llamarlo hermano. ¡Valiente consuelo! Tal fue la despedida.

Se fue ella a Francia, y Knud siguió vagando por las sucias calles de Copenhague. Los compañeros del taller le preguntaron por qué estaba siempre tan caviloso, y lo invitaron a ir con ellos a divertirse; por algo era joven.

Y fue con ellos al baile, donde había muchas chicas bonitas, aunque ninguna como Juana. Allí, donde había esperado olvidarse de ella, la tenía más que nunca presente en sus pensamientos. “Dios nos da la fuerza necesaria, con tal que nosotros lo queramos”, le había dicho ella; una oración acudió a su mente y juntó las manos… los violines empezaron a tocar, y las muchachas a bailar en corro. Knud se asustó; le pareció que no era aquél un lugar adecuado para Juana, pues la llevaba siempre en su corazón; salió, pues, del baile y, corriendo por las calles, pasó frente a la casa donde ella habla vivido. Estaba oscura; todo estaba oscuro, desierto y solitario. El mundo siguió su camino, y Knud el suyo.

Llegó el invierno, y se helaron las aguas; parecía como si todo se preparase para la tumba.

Pero al venir la primavera y hacerse a la mar el primer vapor, le entró a Knud un gran deseo de marcharse lejos, muy lejos a correr mundo, aunque no de ir a Francia.

Cerró la mochila y se fue a Alemania, peregrinando de una población a otra, sin pararse en ninguna, hasta que, al llegar a la antigua y bella ciudad de Nuremberg, le pareció que volvía a ser señor de sus piernas y que podía quedarse allí.

Nuremberg es una antigua y maravillosa ciudad, que parece recortada de una vieja crónica ilustrada. Las calles discurren sin orden ni concierto; las casas no gustan de estar alineadas; miradores con torrecillas, volutas y estatuas resaltan por encima de las aceras, y en lo alto de los tejados, asombrosamente puntiagudos, corren canalones que desembocan sobre el centro de la calle, adoptando formas de dragones y perros de alargados cuerpos.

Knud llegó a la plaza del mercado, con la mochila a la espalda, y se detuvo junto a una antigua fuente, en la que unas soberbias figuras de bronce, representativas de personajes bíblicos e históricos, se levantan entre los chorros de agua que brotan del surtidor. Una hermosa muchacha que estaba sacando agua dio de beber a Knud, y como llevara un puñado de rosas, le ofreció también una, y esto lo tomó el muchacho como un buen agüero.

Desde la cercana iglesia le llegaban sones de órgano, tan familiares como si fueran los de la iglesia de Kjöge, y el mozo entró en la vasta catedral. El sol, a través de los cristales policromados, brillaba por entre las altas y esbeltas columnas. Un gran fervor llenó sus pensamientos, y sintió en el alma una íntima paz.

Buscó y encontró en Nuremberg un buen maestro; se quedó en su casa y aprendió la lengua.

Los antiguos fosos que rodean la ciudad han sido convertidos en huertecitos, pero las altas murallas continúan en pie, con sus pesadas torres. El cordelero trenza sus cuerdas en el corredor construido de vigas que, a lo largo del muro, conduce a la ciudad, y allí, brotando de grietas y hendeduras, crece el saúco, extendiendo sus ramas por encima de las bajas casitas, en una de las cuales residía el maestro para quien trabajaba Knud. Sobre la ventanuca de la buhardilla que era su dormitorio, el arbusto inclinaba sus ramas.

Residió allí todo un verano y un invierno, pero al llegar la primavera no pudo resistir más tiempo; el saúco floreció, y su fragancia le recordaba tanto su tierra, que le parecía encontrarse en el jardín de Kjöge. Por eso cambió Knud de patrón, y se buscó otro en el interior de la ciudad, en un lugar donde no crecieran saúcos.

Su taller estaba en las proximidades de un antiguo puente amurallado, encima de un bajo molino de aguas que murmuraba eternamente; por debajo fluía un río impetuoso, encajonado entre casas de cuyas paredes se proyectaban miradores corroídos, siempre a punto de caerse al agua. No había allí saúcos, ni siquiera una maceta con una planta verde, pero enfrente se levantaba un viejo y corpulento sauce, que parecía agarrarse a la casa para no ser arrastrado por la corriente. Extendía sus ramas por encima del río, exactamente como el del jardín de Kjöge lo hacía por encima del arroyo.

En realidad, había ido a parar de la madre saúco al padre sauce; especialmente en las noches de luna, aquel árbol le hacía pensar en Dinamarca. Pero este pensamiento, más que de la luz de la luna, venía del viejo sauce.

No pudo resistirlo; y ¿por qué no? Pregúntalo al sauce, pregúntalo al saúco florido. Por eso dijo adiós a su maestro de Nuremberg y prosiguió su peregrinación.

A nadie hablaba de Juana; se guardaba su pena en el fondo del alma, dando una profunda significación a la historia de los pasteles de alfajor. Ahora comprendía por qué el hombre llevaba una almendra amarga en el costado izquierdo; también él sentía su amargor, mientras que Juana, siempre tan dulce y afable, era pura miel. Tenía la sensación de que las correas de la mochila le apretaban hasta impedirle respirar, y las aflojó, pero inútilmente. A su alrededor veía sólo medio mundo, el otro medio lo llevaba dentro; tal era su estado de ánimo.

Hasta el momento en que vislumbró las altas montañas no se ensanchó para él el mundo; sus pensamientos salieron al exterior, y las lágrimas asomaron a sus ojos. Los Alpes se le aparecían como las alas plegadas de la Tierra, y como si aquellas alas se abrieran, con sus cuadros maravillosos de negros bosques, impetuosas aguas, nubes y masas de nieve.

“El día del Juicio Final, la Tierra levantará sus grandes alas, volará a Dios y estallará como una burbuja de jabón en sus luminosos rayos. ¡Ah, si fuera el día del Juicio!”, suspiró.

Siguió errando por el país, que se le aparecía como un vergel cubierto de césped; desde los balcones de madera lo saludaban con amables signos de cabeza las muchachas encajeras, las cumbres de las montañas se veían teñidas de rojo a los rayos del sol poniente, y cuando descubrió los verdes lagos entre los árboles oscuros, le vino a la mente el recuerdo de la Bahía de Kjöge, y sintió que su pecho se llenaba de melancolía, pero no de dolor.

En el lugar donde el Rin se precipita como una enorme ola y, pulverizándose, se transforma en una clara masa de nubes blancas como la nieve, como si allí se forjasen las nubes –con el arco iris flotando encima cual una cinta suelta–, pensó en el molino de Kjöge, con sus aguas rugientes y espumeantes.

Gustoso se habría quedado en la apacible ciudad del Rin; pero crecían en ella demasiados saúcos y sauces, por lo que prosiguió su camino, cruzando las poderosas y abruptas montañas, a través de desplomadas paredes de rocas y de senderos que, cual nidos de golondrinas, se pegaban a las laderas. Las aguas mugían en las hondonadas, las nubes se cernían sobre su cabeza; por entre cardos, rododendros y nieve fue avanzando al calor del sol estival, hasta que dijo adiós a las tierras septentrionales, y entró en una región de castaños, viñedos y maizales. Las montañas eran un muro entre él y todos sus recuerdos; y así convenía que fuera.

Se desplegaba ante él una ciudad grande y magnífica, llamada Milán y en ella encontró a un maestro alemán que le ofreció trabajo; era el taller de un matrimonio ya entrado en años, gente honrada a carta cabal. El zapatero y su mujer tomaron afecto a aquel mozo apacible, de pocas palabras, pero muy trabajador, piadoso y buen cristiano. También a él le parecía que Dios le había quitado la pesada carga que oprimía su corazón.

Su mayor alegría era ir de vez en cuando a la grandiosa catedral de mármol, que le parecía construida con la nieve de su patria, toda ella tallada en estatuas, torres puntiagudas y abiertos y adornados pórticos; desde cada ángulo de cada espira, de cada arco le sonreían las blancas esculturas. Encima tenía el cielo azul; debajo, la ciudad y la anchurosa y verdeante llanura lombarda, mientras al norte se desplegaba el telón de altas montañas nevadas… Entonces pensaba en la iglesia de Kjöge, con sus paredes rojas, revestidas de yedra, pero no la echaba de menos; quería que lo enterraran allí, detrás de las montañas.

Llevaba un año allí, y habían transcurrido tres desde que abandonara su patria, cuando un día su patrón lo llevó a la ciudad, pero no al circo a ver a los caballistas, sino a la Ópera, la gran ópera, cuyo salón era digno de verse. Colgaban allí siete hileras de cortinas de seda, y desde el suelo hasta el techo, a una altura que daba vértigo, se veían elegantísimas damas con ramos de flores en las manos, como disponiéndose a ir al baile, mientras los caballeros vestían de etiqueta, muchos de ellos con el pecho cubierto de oro y plata. La claridad competía con la del sol más espléndido, y la música resonaba fuerte y magnífica, mucho más que en el teatro de Copenhague; pero allí estaba Juana y aquí… ¡Sí, fue como un hechizo! Se levantó el telón, y apareció también Juana, vestida de oro y seda, con una corona en la cabeza. Cantó como sólo un ángel de Dios sabría hacerlo, y se adelantó en el escenario cuanto le fue posible, sonriendo como sólo Juana sabía sonreír; y miró precisamente a Knud.

El pobre muchacho agarró la mano de su maestro y gritó:

–¡Juana! –mas nadie lo oyó sino él, pues la música ahogó su voz. Sólo su amo hizo un signo afirmativo con la cabeza.

–Sí, en efecto, se llama Juana –y, sacando un periódico, le mostró su nombre escrito en él.

¡No, no era un sueño! Y todo el público la aclamaba, y le arrojaba flores y coronas, y cada vez que se retiraba volvía a aplaudir llamándola a la escena. Salió una infinidad de veces.

En la calle, la gente se agrupó alrededor de su coche, y Knud se encontró en primera fila, loco de felicidad, y cuando, junto con todo el gentío, se detuvo frente a su casa magníficamente iluminada, se halló él a la portezuela del carruaje. Se apeó Juana, la luz le dio en pleno rostro, y ella, sonriente y emocionada, dio las gracias por aquel homenaje. Knud la miró a la cara, y ella miró a su vez a la del joven… mas no lo reconoció. Un caballero que lucía una condecoración en el pecho le ofreció el brazo… Estaban prometidos, dijo la gente.

Luego Knud se fue a su casa y se sujetó la mochila a la espalda. Quería volver a su tierra; necesitaba volver a ella, al saúco, al sauce –¡ay, bajo aquel sauce!–. En una hora puede recorrerse toda una vida humana.

Lo instaron a que se quedara, pero ninguna palabra lo pudo retener. Le dijeron que se acercaba el invierno, que las montañas estaban ya nevadas; pero él podría seguir el rastro de la diligencia, que avanzaba despacio – y así le abriría camino –, la mochila a la espalda y apoyado en su bastón.

Y tomó el camino de las montañas, cuesta arriba y cuesta abajo. Estaba cansado, y no había visto aún ni un pueblo ni una casa; marchaba hacia el norte. Fulguraban las estrellas en el cielo, le vacilaban las piernas, y la cabeza le daba vueltas; en el fondo del valle centelleaban también estrellas, como si el cielo se extendiera no sólo en las alturas, sino bajo sus pies. Se sentía enfermo. Aquellos astros del fondo se volvían cada vez más claros y luminosos, y se movían de uno a otro lado. Era una pequeña ciudad, en la que brillaban las luces, y cuando se dio cuenta de lo que se trataba, hizo un último esfuerzo y pudo llegar hasta una mísera posada.

Permaneció en ella una noche y un día entero, pues su cuerpo necesitaba descanso y cuidados; en el valle deshelaba y llovía. A la mañana se presentó un organillero, que tocó una melodía de Dinamarca, y Knud ya no pudo resistir más tiempo. Anduvo días y días a toda prisa, como impaciente por llegar a la patria antes de que todos hubieran muerto; pero a nadie habló de su anhelo, nadie habría creído en la pena de su corazón, la pena más honda que puede sentirse, pues el mundo sólo se interesa por lo que es alegre y divertido; ni siquiera los amigos hubieran podido comprenderlo, y él no tenía amigos. Extranjero, caminaba por tierras extrañas rumbo al norte. En la única carta que recibiera de su casa, una carta que sus padres le habían escrito hacia largo tiempo, se decía: “No eres un danés verdadero como nosotros. Nosotros lo somos hasta el fondo del alma. A ti te gustan sólo los países extranjeros”. Esto le habían escrito sus padres. ¡Ay, qué mal lo conocían!

Anochecía; él andaba por la carretera, empezaba a helar, y el paisaje se volvía más y más llano, todo él campos y prados. Junto al camino crecía un corpulento sauce. ¡Parecía aquello tan familiar, tan danés! Se sentó al pie del árbol; estaba fatigado, la cabeza se le caía, y los ojos se le cerraban; pero él seguía dándose cuenta de que el sauce inclinaba las ramas hacia él; el árbol se le aparecía como un hombre viejo y fornido, era el padre sauce en persona, que lo cogía en brazos y lo levantaba, a él, al hijo rendido, y lo llevaba a la tierra danesa, a la abierta playa luminosa, a Kjöge, al jardín de su infancia. Sí, era el mismo sauce de Kjöge que se había lanzado al mundo en su busca; y ahora lo había encontrado y conducido al jardincito junto al riachuelo, donde se hallaba Juana en todo su esplendor, la corona de oro en la cabeza, tal y como la viera la última vez, y le decía:

–¡Bienvenido!

Y he aquí que vio delante de él dos extrañas figuras, sólo que mucho más humanas que las que recordaba de su niñez; también ellas habían cambiado. Eran los dos moldes de alfajor, el hombre y la mujer, que lo miraban de frente y tenían muy buen aspecto.

–¡Gracias! –le dijeron a la vez–. Tú nos desataste la lengua, nos enseñaste que hay que expresar francamente los pensamientos; de otro modo nada se consigue, y ahora nosotros logramos algo: ¡Estamos prometidos!

Y se echaron a andar cogidos de la mano por las calles de Kjöge; incluso vistos de espalda estaban muy correctos, no había nada que reprocharles. Y se encaminaron directamente a la iglesia, seguidos por Knud y Juana, cogidos asimismo de la mano; y la iglesia aparecía como antes, con sus paredes rojas cubiertas de espléndida yedra, y la gran puerta de doble batiente abierta; resonaba el órgano, mientras los hombres y mujeres avanzaban por la nave: “¡Primero los señores!”, decían; y los novios de alfajor dejaron paso a Knud y Juana, los cuales fueron a arrodillarse ante el altar; ella inclinó la cabeza contra el rostro de él, y lágrimas glaciales manaron de sus ojos; era el hielo que rodeaba su corazón, fundido por su gran amor; las lágrimas rodaban por las mejillas ardorosas del muchacho… Y entonces despertó, y se encontró sentado al pie del viejo sauce de una tierra extraña, al anochecer de un día invernal; una fuerte granizada que caía de las nubes le azotaba el rostro.

–¡Ha sido la hora más hermosa de mi vida – dijo –, y fue sólo un sueño! ¡Dios mío, deja que vuelva a soñar! – y, cerrando los ojos, se quedó dormido, soñando…

Hacia la madrugada empezó a nevar, y el viento arrastraba la nieve por encima del dormido muchacho. Pasaron varias personas que se dirigían a la iglesia, y encontraron al oficial artesano, muerto, helado, bajo el sauce.

 

martes, 9 de abril de 2024

El último sueño del viejo roble (Cuento de Navidad)

Hans Christian Andersen

 

Había una vez en el bosque, sobre los acantilados que daban al mar, un vetusto roble que tenía exactamente trescientos sesenta y cinco años. Pero todo este tiempo para el árbol no significaba más que lo que significan otros tantos días para nosotros, los hombres.

Nosotros velamos de día, dormimos de noche y entonces tenemos nuestros sueños. La cosa es distinta con el árbol, pues vela por espacio de tres estaciones, y sólo en invierno queda sumido en sueño; el invierno es su tiempo de descanso, es su noche tras el largo día formado por la primavera, el verano y el otoño.

Aquel insecto que apenas vive veinticuatro horas y que llamamos efímera, más de un caluroso día de verano había estado bailando, viviendo, flotando y disfrutando en torno a su copa. Después, el pobre animalito descansaba en silenciosa bienaventuranza sobre una de las verdes hojas de roble, y entonces el árbol le decía siempre:

–¡Pobre pequeña! Tu vida entera dura sólo un momento. ¡Qué breve! Es un caso bien triste.

–¿Triste? –respondía invariablemente la efímera–. ¿Qué quieres decir? Todo es tan luminoso y claro, tan cálido y magnífico, y yo me siento tan contenta…

–Pero sólo un día y todo terminó.

–¿Terminó? –replicaba la efímera–. ¿Qué es lo que termina? ¿Has terminado tú, acaso?

–No, yo vivo miles y miles de tus días, y mi día abarca estaciones enteras. Es un tiempo tan largo que tú no puedes calcularlo.

–No te comprendo, la verdad. Tú tienes millares de mis días, pero yo tengo millares de instantes para sentirme contenta y feliz. ¿Termina acaso toda esa magnificencia del mundo cuando tú mueres?

–No –decía el roble–. Continúa más tiempo, un tiempo infinitamente más largo del que puedo imaginar.

–Entonces nuestra existencia es igual de larga, sólo que la contamos de modo diferente.

Y la efímera danzaba y se mecía en el aire, satisfecha de sus alas sutiles y primorosas, que parecían hechas de tul y terciopelo. Gozaba del aire cálido, impregnado del aroma de los campos de trébol y de las rosas silvestres, las lilas y la madreselva, para no hablar ya de la aspérula, las primaveras y la menta rizada. Tan intenso era el aroma, que la efímera sentía como una ligera embriaguez. El día era largo y espléndido, saturado de alegría y de aire suave, y en cuanto el sol se ponía, el insecto se sentía invadido de un agradable cansancio, producido por tanto gozar. Las alas se resistían a sostenerlo y, casi sin darse cuenta, se deslizaba por el tallo de hierba, blando y ondeante, agachaba la cabeza como sólo él sabe hacerlo, y se quedaba alegremente dormido. Ésta era su muerte.

–¡Pobre, pobre efímera! –exclamaba el roble–. ¡Qué vida tan breve!

Y cada día se repetía la misma danza, el mismo coloquio, la misma respuesta y el mismo desvanecerse en el sueño de la muerte. Repetíase en todas las generaciones de las efímeras, y todas se mostraban igualmente felices y contentas.

El roble había estado en vela durante toda su mañana primaveral, su mediodía estival y su ocaso otoñal. Llegaba ahora el periodo del sueño, su noche. Acercábase el invierno.

Venían ya las tempestades, cantando: “¡Buenas noches, buenas noches! ¡Cayó una hoja, cayó una hoja! ¡Cosechamos, cosechamos! Vete a acostar. Te cantaremos en tu sueño, te sacudiremos, pero, ¿verdad que eso le hace bien a las viejas ramas? Crujen de puro placer. ¡Duerme dulcemente, duerme dulcemente! Es tu noche número trescientos sesenta y cinco; en realidad, eres docemesino. ¡Duerme dulcemente! La nube verterá nieve sobre ti. Te hará de sábana, una caliente manta que te envolverá los pies. Duerme dulcemente, y sueña”.

Y el roble se quedó despojado de todo su follaje, dispuesto a entregarse a su prolongado sueño invernal y soñar; a soñar siempre con las cosas vividas, exactamente como en los sueños de los humanos.

También él había sido pequeño. Su cuna había sido una bellota. Según el cómputo de los hombres, se hallaba ahora en su cuarto siglo. Era el roble más corpulento y hermoso del bosque; su copa rebasaba todos los demás árboles, y era visible desde muy adentro del mar, sirviendo a los marinos de punto de referencia. No pensaba él en los muchos ojos que lo buscaban. En lo más alto de su verde copa instalaban su nido las palomas torcaces, y el cuclillo gritaba su nombre. En otoño, cuando las hojas parecían láminas de cobre forjado, acudían las aves de paso y descansaban en ella antes de emprender el vuelo a través del mar. Mas ahora había llegado el invierno; el árbol estaba sin hojas, y quedaban al desnudo los ángulos y sinuosidades que formaban sus ramas. Venían las cornejas y los grajos a posarse a bandadas sobre él, charlando acerca de los duros tiempos que empezaban y de lo difícil que resultaría procurarse la pitanza.

Fue precisamente en los días santos de las Navidades cuando el roble tuvo su sueño más bello. Van a oírlo.

El árbol se daba perfecta cuenta de que era tiempo de fiesta. Creía oír en derredor el tañido de las campanas de las iglesias, y se sentía como en un espléndido día de verano, suave y caliente. Verde y lozana extendía su poderosa copa, los rayos del sol jugueteaban entre sus hojas y ramas, el aire estaba impregnado del aroma de hierbas y matas olorosas. Pintadas mariposas jugaban a la gallinita ciega, y las efímeras danzaban como si todo hubiese sido creado sólo para que ellas pudieran bailar y alegrarse. Todo lo que el árbol había vivido y visto en el curso de sus años desfilaba ante él como un festivo cortejo. Veía cabalgar a través del bosque gentileshombres y damas de tiempos remotos, con plumas en el sombrero y halcones en la mano. Resonaba el cuerno de caza, y ladraban los perros. Vio luego soldados enemigos con armas relucientes y uniformes abigarrados, con lanzas y alabardas, que levantaban, sus tiendas y volvían a plegarlas; ardían fuegos de vivaque, y bajo las amplias ramas del árbol los hombres cantaban y dormían. Vio felices parejas de enamorados que se encontraban a la luz de la luna y entallaban en la verdosa corteza las iniciales de sus nombres. Un día –habían transcurrido ya muchos años–, unos alegres estudiantes colgaron una cítara y un arpa eólica de las ramas del roble; y he aquí que ahora reaparecían y sonaban melodiosamente. Las palomas torcaces arrullaban como si quisieran contar lo que sentía el árbol, y el cuclillo pregonaba a voz en grito los días de verano que le quedaban aún de vida.

Fue como si un nuevo flujo de vida recorriera el árbol, desde las últimas fibras de la raíz hasta las ramas más altas y las hojas. Sintió el roble como si se estirara y extendiera. Por las raíces notaba que también bajo tierra hay vida y calor. Sentía crecer su fuerza, crecía sin cesar. Se elevaba el tronco continuamente, ganando altura por momentos. La copa se hacía más densa, ensanchándose y subiendo. Y cuanto más crecía el árbol, tanto mayor era su sensación de bienestar y su anhelo, impregnado de felicidad indecible, de seguir elevándose hasta llegar al sol resplandeciente y ardoroso.

Rebasaba ya en mucho las nubes, que desfilaban por debajo de él cual obscuras bandadas de aves migratorias o de blancos cisnes.

Y cada una de las hojas del árbol estaba dotada de vista, como, si tuviese un ojo capaz de ver. Las estrellas se hicieron visibles de día, tal eran de grandes y brillantes; cada una lucía como un par de ojos, unos ojos muy dulces y límpidos. Recordaban queridos ojos conocidos, ojos de niños, de enamorados, cuando se encontraban bajo el árbol.

Eran momentos de infinita felicidad, y, sin embargo, en medio de su ventura sintió el roble un vivo afán de que todos los restantes árboles del bosque, matas, hierbas y flores, pudieran elevarse con él, para disfrutar también de aquel esplendor y de aquel gozo. Entre tanta magnificencia, una cosa faltaba a la felicidad del poderoso roble: no poder compartir su dicha con todos, grandes y pequeños, y este sentimiento hacía vibrar las ramas y las hojas con tanta intensidad como un pecho humano.

La copa del árbol se movió como si buscara algo, como si algo le faltara. Miró atrás, y la fragancia de la aspérula y la aún más intensa de la madreselva y la violeta, subieron hasta ella; y el roble creyó oír la llamada del cuclillo.

Y he aquí que empezaron a destacar por entre las nubes las verdes cimas del bosque, y el roble vio cómo crecían los demás árboles hasta alcanzar su misma altura. Las hierbas y matas subían también; algunas se desprendían de las raíces, para encaramarse más rápidamente. El abedul fue el más ligero; cual blanco rayo proyectó a lo alto su esbelto tronco, mientras las ramas se agitaban como un tul verde o como banderas. Todo el bosque crecía, incluso la caña de pardas hojas, y las aves seguían cantando, y en el tallito que ondeaba a modo de una verde cinta de seda, el saltamontes jugaba con el ala posada sobre la pata. Zumbaban los abejorros y las abejas, cada pájaro entonaba su canción, y todo era melodía y regocijo en las regiones del éter.

–Pero también deberían participar la florecilla del agua –dijo el roble–, y la campanilla azul, y la diminuta margarita.

Sí, el roble deseaba que todos, hasta los más humildes, pudiesen tomar parte en la fiesta.

–¡Aquí estamos, aquí estamos! –se oyó gritar.

–Pero la hermosa aspérula del último verano (el año pasado hubo aquí una verdadera alfombra de lirios de los valles) y el manzano silvestre, ¡tan hermoso como era!, y toda la magnificencia de años atrás… ¡qué lástima que haya muerto todo y no puedan gozar con nosotros!

–¡Aquí estamos, aquí estamos! –se oyó el coro, más alto aún que antes. Parecía como si se hubieran adelantado en su vuelo.

–¡Qué hermoso! –exclamó, entusiasmado, el viejo roble–. ¡Los tengo a todos, grandes y chicos, no falta ni uno! ¿Cómo es posible tanta dicha?

–En el reino de Dios todo es posible –se oyó una voz.

Y el árbol, que seguía creciendo incesantemente, sintió que las raíces se soltaban de la tierra.

–Esto es lo mejor de todo –exclamó el árbol–. Ya no me sujeta nada allá abajo. Ya puedo elevarme hasta el infinito en la luz y la gloria. Y me rodean todos los que quiero, chicos y grandes.

–¡Todos!

Éste fue el sueño del roble; y mientras soñaba, una furiosa tempestad se desencadenó por mar y tierra en la santa noche de Navidad. El océano lanzaba terribles olas contra la orilla, crujió el árbol y fue arrancado de raíz, precisamente mientras soñaba que sus raíces se desprendían del suelo. Sus trescientos sesenta y cinco años no representaban ya más que el día de la efímera.

La mañana de Navidad, cuando volvió a salir el sol, la tempestad se había calmado. Todas las campanas doblaban en son de fiesta, y de todas las chimeneas, hasta la del jornalero, que era la más pequeña y humilde, se elevaba el humo azulado, como del altar en un sacrificio de acción de gracias. El mar se fue también calmando progresivamente, y en un gran buque que aquella noche había tenido que capear el temporal, fueron izados los gallardetes.

–¡No está el árbol, el viejo roble que nos señalaba la tierra! –decían los marinos–. Ha sido abatido en esta noche tempestuosa. ¿Quién va a sustituirlo? Nadie podrá hacerlo.

Tal fue el panegírico, breve pero efusivo, que se dedicó al árbol, el cual yacía tendido en la orilla, bajo un manto de nieve. Y sobre él resonaba un solemne coro procedente del barco, una canción evocadora de la alegría navideña y de la redención del alma humana por Cristo, y de la vida eterna:

Regocíjate, grey cristiana.
Vamos ya a bajar anclas.
Nuestra alegría es sin par.
¡Aleluya, aleluya!

Así decía el himno religioso, y todos los tripulantes se sentían elevados a su manera por el canto y la oración, como el viejo roble en su último sueño, el sueño más bello de su Nochebuena.