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jueves, 24 de abril de 2025

La señora Alejandra

José Luis Coll

 

La señora Alejandra era una humilde viuda que vivía en el tercer piso de nuestra casa, con sus dos hijas y sus tres hijos. En el segundo, un cura de paisano con una sobrina postiza, y en el primero, nosotros. La señora Alejandra era alta, enjuta, dientes ausentes y endurecidas manos, con esa dureza que sólo consigue el lavado de ropa a la intemperie, sobre una losa y junto al río, sin discriminación de temperaturas o distancias. Y la noche del mes de julio en que España rompió el núcleo de su átomo, fue precisamente la señora Alejandra quien nos cogió a mi hermano y a mí, bajo sus sobacos, cuando jugábamos con una pelota de papel, y nos subió a casa gritando:

–¡La guerra! ¡Ha estallado la guerra!

–¿Pero qué dice usted, Alejandra?

–Han caído dos bombas cerca de la estación. ¡Es la guerra, doña Trini!

En efecto: era el primer día de aquellos tres años. Más de mil días grabados en el libro de nuestra historia, cicatrizados e impertérritos ante la más perfecta goma de borrar. Era el principio de algo que, quizá, no tenga final. Aún recuerdo las palabras que años más tarde le oyera a mi profesor de Historia, don Luis Brull. “Las guerras destrozan a un país para dos o más generaciones”. Se refería a las guerras civiles, que son las más inciviles de todas las guerras. Ya no hay amigos, sino sospechosos. Los parientes se disocian en ricos y pobres; en creyentes o ateos; en leales o traidores. Gentes que poco antes te ofrecen generosamente su aprecio y cariño, te dan poco después el beso de Judas. Las tormentas son más oscuras y lo que llueve no es agua, sino miedo. Y el miedo es como una lluvia de alfileres, terriblemente densa. La guerra genera miedo y el miedo la locura. Y esa locura colectiva es peor que la peor peste. El miedo es un bulto que avanza en la noche de puntillas, aún más negro que la propia noche. La arquitectura interior del hombre sufre un cataclismo que transforma cualquier tipo de sentimiento en su oponente. Ya no es nada como parecía y ya no es nada como era. O acaso no fue nunca como creíamos. El miedo saca a la luz de nuestras almas cosas que nosotros ignoramos haber tenido nunca. Algo así como si las viejas células que hospedamos, se abrazaran en un delirante aquelarre demoníaco-sexual y gestaron otras nuevas, distintas, con el fin de poder justificar tan aberrantes formas de comportamiento como las que origina el miedo. Y si las guerras comienzan por un miedo, es precisamente el miedo el motor que las alimenta, que las engorda, que les da toda su lozanía y al final las aniquila.

A partir de aquel momento, de aquella noche, la máscara del miedo quedó incrustada en la mayoría de los otros. Las caras no ofrecían gestos. Sólo muecas. Se hablaba en voz baja. Se interrumpían las conversaciones, especialmente ante nosotros, los niños. Nadie le aclara nada a un niño en semejantes circunstancias. A un niño nunca se le aclara nada. Es un diminuto objeto semoviente, que suele llorar, reír o pedir algo. Si no fuera porque tiene voz, podría llegar a perro. No quiero decir con esto que no se le ame, pero no como persona, sino como al objeto más querido.

Y el niño se siente solo en algún rincón de alguna parte, la cabeza entre las rodillas, fetal, y se repite una y mil veces las mil y una preguntas que nadie le contesta jamás.

 

domingo, 22 de septiembre de 2024

Yo sabía que los niños vienen de París

José Luis Coll

 

Yo sabía que los niños vienen de París. Lo sabía porque así me lo habían dicho mis tíos y mis abuelos. Y los tíos y los abuelos nunca mienten a sus sobrinos y nietos. Sobre todo los abuelos, porque los abuelos son padres con carácter retroactivo. Me crie con mis abuelos y tíos porque, según llegué a entender, mi madre era no sé cómo de política, y había un jefe que no le dejaba estar cerca. Nunca entenderé qué le hice yo a aquel jefe para que no le dejara a mi madre estar con nosotros. Ni siquiera lo conocía. Pero debía de mandar mucho, porque supe que había muchas madres y padres que no estaban con sus hijos por culpa de aquel jefe. Con frecuencia oía hablar de rojos y nacionales, pero no sabía distinguir los unos de los otros. Sólo sabía que unos llevaban medallas y otros se cagaban en Dios. Yo llevaba una medalla. Una medalla escondida. La mayoría de mis amigos se cagaban en Dios y le hablaban a su padre de usted. Los que tenían padre vivo.

Una tarde, junto al árbol gordo, mis amigos me preguntaron por qué yo nunca blasfemaba. Tampoco sabía qué era blasfemar. Y me enseñaron a cagarme en Dios, en la Virgen y en todos los santos. Mi medalla tenía la efigie de un corazón de Jesús, que, a su vez, también era Dios… o hijo suyo. La verdad es que yo no blasfemaba, porque no me habían enseñado mis abuelos. Ellos jamás lo hicieron. Al contrario. Rezaban escondidos, solapados, de contrabando. Y muertos de miedo. Por aquel entonces, rezar en Cuenca estaba muy mal visto. A los señores curas que descubrían, les daban el paseo. Lo del paseo lo oí muchas veces. En más de una ocasión vi llorar a mis abuelos, porque habían dado un paseo a unos amigos suyos. Yo me iba a la alcoba a reír. ¿Cómo se puede llorar porque han llevado a alguien de paseo? Pero nunca en mi familia vi una ligera sonrisa cuando se hablaba de aquello. Y llegué a sugestionarme de tal manera que, cuando mi abuela me invitaba a un paseo, corría escaleras abajo despavorido.

–Los niños no vienen de París, gilipollas –decían mis amigos–. A los niños los traen los padres.

Indudablemente aquello era una estupidez. Mi abuela me contó cómo mi hermano se hizo una pequeña herida en el labio superior cuando lo sacaron del cajón. Y no iban a saber más mis amigos que mis abuelos y mis tíos. Sobre este punto discutíamos muchas veces. Nunca logré convencerlos, por más pruebas que les daba, como lo del cajón y la herida de mi hermano. Ellos se reían y decían que era un pasmao, que no tenía ni puta idea de nada.

–¡Pero cómo los van a traer los padres!

–¡Jodiendo, imbécil, jodiendo!

Y una noche, durante la cena, pregunté:

–Abuelo, ¿qué es joder?

La contestación fue un tanto extraña, puesto que consistió en darme una bofetada que, no sólo me dolió intensamente, sino que aumentó mis dudas.

Y aún sigo sin comprender por qué una bofetada suele ser la aclaración de las dudas infantiles.