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domingo, 21 de septiembre de 2025

Bandidos en los caminos

Manuel Rojas

 

Pancho el Largo y su antiguo camarada de aventuras, el Huaso Blanco Encalada, tenían que realizar aquella noche una pequeña y delicada diligencia. Separados, por azares del oficio, durante varios años, habíanse reunido en Santiago poco tiempo antes. Volvía del norte el Huaso, después de una accidentada campaña en las regiones mineras. Pancho el Largo, librado milagrosamente de una condena a muerte, había vivido del juego en los últimos tiempos.

Mal les había ido a los dos en esos años de separación. En una aventura por las tierras de Atacama, el Huaso fue abandonado en el desierto por sus compañeros, casi muerto de sed, sin más compañía que su carabina recortada y una lata con un poco de orines. Salvado por un coya que lo encontró cuando la sed lo hacía arañar la tierra angustiosamente, volvió al sur en busca de sus canchas de antaño.

A Pancho el Largo no le había ido mejor. Culpado de un salteo con homicidio y violación, delito que no había cometido, estuvo dos años en la cárcel; fue condenado a muerte, y, salvado de esa condena gracias a la solicitud y viveza de su abogado, instaló una casa de juego, en la cual la mala suerte lo persiguió también, obligándolo a abandonarla.

Se encontraron como una mano amiga encuentra a otra más amiga aún. Su separación hablase debido a motivos muy graves. Combinados para verificar un salteo, alguien los delató a la policía. Llegaron a la casa del fundo, confiados, ignorantes de lo que les esperaba. Entraron. Para llegar a las habitaciones del patrón tuvieron que atravesar un estrecho corredor de madera, y en ese corredor se encontraron con lo inesperado. La policía había quitado una tabla de la pared, y en el agujero que quedó, los guardianes abocaron sus carabinas. Cuando la banda, que caminaba sigilosamente por el obscuro corredor, llegó frente al agujero, una descarga la fulminó. Solo se salvaron dos: Pancho el Largo, que iba el primero, y el Huaso Blanco Encalada, que había quedado fuera.

En la noche, perdidos, cada uno huyó por donde pudo. Y de resultas de ello, el Huaso se fue a Copiapó y Pancho el Largo al sur, no sin jurar vengar, de la mejor manera que pudiesen, y sin piedad alguna, aquella traición.

–¡Hermanito! –gritaron al encontrarse.

Y se abrazaron llorando.

 

* * *

 

La fuerte luz de la luna llena dibujaba sobre el suelo las sombras movibles de aquellos dos hombres y de sus cabalgaduras. Marchaban al paso largo de sus caballos, sin hablar, arrebozados en sus gruesas mantas.

Helaba. Los caballos arrojaban parejos chorros de vapor por las nerviosas narices, y al pisar los pequeños charcos de agua de la calle, la escarcha sonaba al resquebrajarse en delgadas y frías agujas. Poco a poco iba disminuyendo la edificación. La ciudad terminaba con sus últimos miserables rancheríos, y de pronto, al dar vuelta a un callejón, el campo apareció ante los ojos de los hombres, ancho, claro, con sus chacras y sus potreros, todo bañado en la luz fría de la luna.

Uno de los hombres apartó con su mano la bufanda que le llegaba casi hasta los ojos, y dijo:

–¿No te da gusto, Huaso, ver el campo?

–Gusto me da, Pancho –dijo el otro.

–¿Galopemos un poco?

–Bueno, Pancho.

Se colgaron al hombro las carabinas recortadas que traían atravesadas en la montura y lanzaron los caballos al galope. Las sombras corrieron rápidamente detrás, y ellos, levantando las obscuras cabezas, dejaron que el aire helado de la carrera les refrescara los rostros.

Galoparon durante un largo rato, contentos de encontrarse en la soledad del campo, lejos de la ciudad, libres, sin temor a la policía ni a nadie. En su carrera encontraron varias carretas cargadas que marchaban perezosamente hacia la ciudad. Los carreteros, sentados sobre el yugo de la yunta delantera, abrigados en sus mantas, miraban pasar, asombrados, a aquellos dos fantasmas obscuros que galopaban bajo la luz de la luna llena de junio.

Aminoraron después la carrera, volviendo a marchar al paso.

Apareció un pequeño fundo. Algunos perros ladraron.

–Ladren no más… Enojado conmigo debe de estar don Dionisio.

–¿Qué le has hecho?

–Le robé un cordero y le maté diez.

–¿Por qué?

–Porque no quiso venderme uno. Estábamos de fiesta donde mi comadre Chepa Sarmiento y se nos antojó comer un asado grande. Vine donde don Dionisio y me cansé de rogarle que me vendiera un corderito. No quiso. Le ofrecí pagarle el doble de lo que me pidiera. Tampoco quiso. Le pregunté por qué, y me contestó que no vendía de a un cordero solo, y que, además, era muy tarde para vender nada. Le propuse ir a buscarlo yo mismo para que no se molestara, y entonces me dijo que me mandara cambiar si no quería que me sacara a empujones. Me fui, pero al poco rato mandé a Juanito con un recado para don Dionisio. Juanito le dijo que iba mandado por mí, sin decirle quién era yo, y que si quería venderle el cordero.

Se enojó entonces don Dionisio y mandó al diablo al chiquillo, diciéndole que si no se iba tan pronto lo iba a agarrar a pencazos. Entonces Juanito le dijo:

–Mandó decir don Pancho que él iba a venir a buscar uno.

–¿Don Pancho? ¿Qué don Pancho?

–Don Pancho el Largo, patrón.

–¿Era don Pancho el Largo el que estuvo aquí?

–Sí, patrón.

–Se fue Juanito. El patrón lo llamó, gritándole que se llevara el cordero, pero el chiquillo no volvió. En la noche fui yo con dos más; matamos diez corderos y nos llevamos uno…

–¡Buena cosa de diablos grandes!

Y el Huaso Blanco Encalada lanzó una carcajada que espantó a los caballos.

–¡Cállate, salvaje!

En ese momento una sombra apareció en el camino y avanzó rápidamente hacia ellos.

–Despacio.

Un agudo silbido se escuchó. Pararon los caballos. La sombra marchaba a prisa. Cuando estuvo cerca, don Pancho gritó:

–¿Eres tú, Juanito?

–Yo soy, don Pancho.

El recién llegado era un muchacho de unos dieciocho años, alto y delgado. Aprendiz de salteador.

–¿Qué hubo?

–El patrón no ha llegado todavía. Está la señora sola, y el mozo anda con el patrón.

–Bueno, sube.

Subió el muchacho al anca del caballo de Pancho y reanudaron la marcha. Pocos minutos después pasaron ante una casa rodeada de una verja y cien pasos más allá se detuvieron.

–Aquí es.

–Bájense.

El muchacho se ocultó con los caballos en un grupo de árboles y Pancho el Largo y el Huaso Blanco Encalada volvieron hacia atrás, hasta llegar frente a la casa. El Huaso se acercó a la puertecilla de la verja, buscó a tientas el pasador y abrió suavemente. Entraron a un pequeño jardín. Se acercaron a la puerta y escucharon. No se sentía el más leve ruido. La ventana estaba iluminada débilmente.

–Vamos –dijo Pancho.

Y alzó su carabina. El Huaso Blanco Encalada, cogiendo la manilla del picaporte, dio vuelta y empujó. Se abrió la puerta. Ni una voz, ni un grito. El Huaso, poniéndose de rodillas en el umbral, asomó su cabeza por la parte inferior de la puerta. Nadie. Entraron y se encontraron en una gran pieza, llena de muebles, iluminada apenas por una vela, que ardía en la palmatoria colocada en la mesita de noche.

Al lacio de la mesilla había una ancha cama, y en ella tendida de espaldas, una mujer dormía plácidamente. El Huaso, en puntillas, se acercó a mirarla. Era una joven y hermosa mujer, muy blanca, con el pelo negro. Su pecho, alto y amplio, subía y bajaba rítmicamente con la respiración. Ignorante de la presencia de aquellos hombres que la miraban en silencio, dormía.

De pronto, y debido tal vez al aire frío que entraba por la puerta, la mujer despertó. Miró en derredor, y viendo a los dos desconocidos, se sentó en la cama y preguntó asustada:

–¿Quiénes son ustedes?

–No se asuste, señora –contestó Pancho, cerrando la puerta–. Somos salteadores y venimos a buscar plata.

–¡Ay, por Dios, no me hagan nada! –gritó la mujer.

–No tenga miedo, señora; no le vamos a hacer nada. ¿Usted no tiene dinero aquí?

–No, señor; lo tiene todo mi marido.

–No me mienta, señora.

–No le miento, caballero –contestó la mujer, atribulada–. Si quiere, registre los muebles.

–¡Hum! Esperaremos a su marido.

–¡No! –dijo la mujer–. ¡Váyanse! Si mi marido los encuentra aquí, les va a pegar a los dos.

–No importa, señora –contestó Pancho, sonriendo–. A nosotros nos gusta entendemos con los hombres.

Todo quedó en silencio. Pancho el Largo, afirmado en la puerta, escuchaba, y el Huaso Blanco Encalada, parado a los pies de la cama, fumaba tranquilamente. La vela ardía, alumbrando con su llama vacilante la mitad de la pieza. El resto quedaba sumido en una suave penumbra.

La mujer, acurrucada en la cama, miraba con curiosidad y temor a los dos hombres; suspiraba de vez en cuando y decía:

–¡Ay, Dios mío!

Transcurrió un largo rato. El silencio, pesado ya, continuaba dominando. Los hombres, sin cambiar de postura, guardaban la misma actitud de escucha y espera. La mujer seguía suspirando.

El Huaso, por debajo del ala obscura de su sombrero, miraba furtivamente a la mujer, admirando su hermoso y fino rostro. En toda su vida de salteador no recordaba haber visto tan cerca de él y tan a merced de él a una mujer tan linda. Le habría bastado dar dos pasos y estirar la mano para tocar con sus dedos, que ahora estaban acariciando la carabina, aquellos hombros tan redondos y blancos y aquel rostro que surgía de entre las almohadas como una flor. Tal vez lo habría hecho, más por curiosidad que por otra cosa, si frente a él, afirmado en la puerta y con la carabina al brazo, no hubiera estado Pancho el Largo. Pancho no admitía bromas, en ese sentido. Ya lo sabían los que merodeaban con él. Por causa de ello, aun siendo inocente, había estado una vez condenado a muerte, y le bastaba con esa vez.

Indiferente a la hermosura de la mujer, con sus sentidos puestos en la escucha, Pancho miraba la llamita vacilante de la vela y pestañeaba rápidamente. No había ni fumado, casi no se movía y respiraba silenciosamente.

–¡Hasta cuándo, vida mía! –dijo en voz baja, impaciente, el Huaso.

–¡Cállate!

Un galope se sintió en el camino. Una piedra rebotó en el techo de la casa.

–Ahí está, Huaso. ¡Cuidado!

–¡Ay, Dios mío! –gritó la mujer.

–Cállese, señora –musitó Pancho–. Si no quiere que a su marido le pase algo, quédese calladita.

Se retiró al rincón más obscuro de la pieza y el Huaso se colocó de modo que al abrirse la puerta él quedase escondido detrás. El galope, que había ido sintiéndose cada vez más cercano, remató frente a la casa. Se sintieron voces de hombres y luego el paso de caballos que se alejaban. Una mano abrió y cerró la puertecilla de la verja y un paso seguro y firme avanzó hacia la casa. Dieron vuelta la manilla del picaporte y la puerta se abrió.

La mujer no había andado desacertada al amenazar con su marido a los dos salteadores. El recién llegado era un hombre alto, corpulento, de aspecto resuelto. Tenía la cara rosada y los ojos azules. Venía abrigado con una manta de cuello y las espuelas le sonaban al andar. Al darse vuelta para cerrar advirtió la presencia del Huaso, que lo miraba socarronamente y que, amenazándolo con la carabina, avanzó hasta quedar frente a la puerta.

–¿Qué quieres tú? –preguntó coléricamente el hombre.

–Plata, patrón –contestó el Huaso, brillantes los ojos.

–¿Plata?

Y antes de que el Huaso se diera cuenta de nada, el hombre saltó sobre él y de un fuerte golpe le hizo soltar la carabina, que cayó al suelo ruidosamente. En seguida se fue sobre el Huaso con gran violencia; pero el Huaso resistió el encontrón sin retroceder un centímetro; y los dos hombres, tomados de los brazos, acercaron sus rostros, mirándose con odio.

–¿Plata quieres, no?

Hizo fuerzas con la intención de tumbar al Huaso, pero éste ni se movió. Con las piernas abiertas, el cuerpo echado hacia adelante, afirmado en los pies, el Huaso habría podido resistir el empuje de un toro. No en vano sus camaradas, haciendo honor a su cuerpo y a sus fuerzas extraordinarias, le decían el “Huaso Blanco Encalada”, en recuerdo de un barco de la escuadra chilena.

El hombre se puso rojo de rabia y le llamearon los ojos azules. Se recogió para acometer nuevamente, pero la voz tranquila y burlona que vino desde el rincón más oscuro de la pieza lo disuadió de ello:

–No pelee, patrón. Es para peor.

Soltó el hombre al Huaso y mirando hacia atrás vio a Pancho que le apuntaba con la carabina. Retrocedió sorprendido; pero su sorpresa duró poco. Convencido de que era inútil resistir, se acordó de su mujer. Fue hacia la cama y, acariciando el rostro pálido y helado, le preguntó con ternura:

–¿Le han hecho algo, mi hijita?

–No, Pedro –contestó sonriendo, entre temerosa y contenta–; no me han tocado siquiera.

–Muy bien –dijo el hombre, satisfecho–. Les juro que si hubieran tocado a mi mujer, ni muerto me sacarían un cinco. Soy bastante hombre para pelear aun contra ustedes dos. Pero se han portado bien con ella y estoy contento. Tomen.

Metió la mano en el bolsillo delantero del pantalón y sacó un grueso fajo de billetes. El Huaso Blanco Encalada se adelantó, tomó el fajo de billetes que el hombre le ofrecía, le echó una mirada y dijo:

–El patrón no querrá que lo registremos.

–No tengo un cinco más. No miento nunca. Pero si no creen, regístrenme.

–No, patrón –contestó rápidamente Pancho el Largo–; nosotros también somos bastante hombrecitos y creemos en su palabra. Vamos, Huaso. Buenas noches, patrón. Buenas noches, señora.

–Buenas noches –contestaron los dos saludados.

Salieron. El Huaso quedó un momento ante la puerta de la casa, mientras Pancho llamaba al muchacho, que llegó en seguida con los caballos.

–Vamos, Huaso.

Montaron. Juanito subió al anca del caballo de Pancho.

–¿Nos seguirá? –preguntó el Huaso.

–No tengas cuidado. Vamos no más.

Partieron al galope, y dos cuadras más adelante se detuvieron y escucharon. No se oía el más leve ruido que indicara una persecución. Corrieron otro tanto y se detuvieron de nuevo a escuchar. Nada. Galoparon, entonces, hasta llegar a la entrada de la ciudad. Dejaron el camino y se metieron por unos callejones.

Marcharon al paso, sin hablar. De pronto el Huaso exclamó:

–¡Me gustó el patrón! ¡Bien hombrecito!…

–Sí –contestó Pancho–; pero con nosotros, ¿qué? A hombres no nos va a ganar, Huaso, ni a caballeros tampoco. Lo que es yo, bailo según me canten.

–Y yo.

Siguieron otro trecho en silencio.

–¿Cuánto tiempo hace, Pancho, que no andábamos juntos?

–Va para cuatro años.

–¿Te acuerdas de la última vez?

–¡Que si me acuerdo! Me acordaré mientras viva, y cada vez que lo hago siento ganas de volver a matar al Chupalla.

–¡Maldito sea!

Habían llegado al camino de cintura.

–Mañana a las tres.

–Sí, a las tres.

Se separaron, tomando uno rumbo al Parque y los otros para el Matadero.

–Hasta mañana, Huaso.

–Hasta mañana, Pancho.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 22 de mayo de 2022

El vaso de leche

Manuel Rojas

 

Afirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco, manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.

Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando.

Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:

I say; look here! (Oiga usted, mire.)

El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:

Hello! What? (¡Hola! ¿Qué?)

Are you hungry? (¿Tiene usted hambre?)

Hubo un silencio breve, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:

No. I am not hungry. Thank you, sailor. (No. No tengo hambre. Muchas gracias, marinero.)

Very well. (Muy bien.)

Sacóse la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.

Un instante después, un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:

Are you hungry?

No había terminado aún su pregunta, cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en sus manos, contestó apresuradamente:

Yes, sir. I am very much hungry! (Sí, señor, yo tengo harta hambre.)

Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calientito aún, sentóse en el suelo, restregándose las manos alegremente, al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.

El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.

Él tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como en el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa le aumentara su hambre.

Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en que había desertado de un vapor en que servía como muchacho de un capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austriaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el Norte embarcóse ocultamente.

Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno.

Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después… La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía: parecía un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.

Estaba poseído por la obsesión terrible del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven, había hecho ya varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra no tenían casi aplicación.

Después que se fue el vapor, anduvo y anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras tornaba a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.

Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delito; atorrantes abandonados al ocio, que se mantenían de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar vivo.

 

Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.

Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de las bodegas, donde los estibadores recibían la carga.

Estuvo un rato mirando hasta que atrevióse a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.

Durante el primer tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada, cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura vertiginosa formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo del cual el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.

A la hora de almorzar hubo un breve descanso, y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.

Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas, acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último, acercóse a él confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.

Contestóle el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo.

–Pero –le dijo–, si usted necesita, yo podría prestarle unos cuarenta centavos… No tengo más.

Le agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue.

Le acometió entonces una desesperación aguda. ¡Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo pesado y ancho; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba como un borracho. Sin embargo, no habría podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento no era oscuro ni fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso.

Sintió de pronto como una quemadura en la entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente como una barra de hierro, y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que él quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga… Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba suavemente. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería sin sentido al suelo.

Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo, lo importante era comer, comer comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra: comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.

No pensaba huir; le diría al dueño: “Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar… Haga lo que quiera.”

 

Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubierta de mármol. Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia, con un delantal blanquísimo.

Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero continuamente se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.

En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir.

Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y paróse a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo unas miradas que parecían pedradas.

¡Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, el cual, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer uno sentado y leyendo por un gasto tan reducido.

Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigióse a la puerta. Salió; era un vejete corcovado, con trazas de carpintero o barnizador.

Apenas estuvo en la calle, afirmóse los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.

Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigióse hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió, tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.

Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:

–¿Qué se va usted a servir?

Sin mirarla, le contestó:

–Un vaso de leche.

–¿Grande?

–Sí, grande.

–¿Sólo?

–¿Hay bizcochos?

–No; vainillas.

–Bueno, vainillas.

Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente.

Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platillo lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador.

Su primer impulso fue el de beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad y detención. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, ella conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.

Pausadamente tomó una vainilla, humedeciéndola en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que se estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas, se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.

Afirmó la cabeza en las manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado.

Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y una voz de mujer, con un dulce acento español, le decía:

–Llore, hijo, llore…

Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba, parecióle que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.

Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste.

En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador.

Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno.

Al fin se levantó y dijo simplemente:

–Muchas gracias, señora; adiós…

–Adiós, hijo… –le contestó ella.

Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.

Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido con él, haciendo propósitos de pagarle y recompensarle de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.

De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.

Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.

Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.

Miró al mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando al cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.

Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar.