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domingo, 7 de septiembre de 2025

Otro árbol

Umberto Senegal

 

–Papá, quiero ser estatua cuando esté grande –dijo el niño a su padre, señalando en el parque el alto monumento del prócer.

–¿Para qué? –preguntó este, sin tomar en serio la inquietud del niño.

–Quiero que se me llenen de aves la cabeza y los brazos.

Sobre la estatua había varias palomas.

Una semana más tarde, el hombre condujo a su hijo hasta el bosque y lo acercó, en su silla de ruedas, al más frondoso de los árboles, una ceiba bicentenaria habitada por decenas de aves.

–¿No te gustaría, mejor, ser un árbol?

–¿Puedo, papá?

–¡Claro que puedes, hijo!

El hombre regresó a la ciudad con la silla de ruedas vacía.

 

viernes, 29 de diciembre de 2023

Desplazados

Umberto Senegal

 

¿Ah?… Puesí, paqué le digo que no, sisí. Lo queríamos y nos acompañó desde que a su madre la mató Olegario. Siete. No… nueve, creo que nueve años estuvo con nosotros y puesqué, hay que reconocerlo, era como un familiar, pero entonces vinieron ellos y comenzaron las amenazas. Después fueron ellos mismos en persona y uno que ni parallá ni paracá, uno trabajando la tierra sin coger partido por nadie hasta que nos echaron. Tuvimos que salir y dejarlo todo. Salir a las carreras. Él parecía entender algo porque nos miraba con mucho silencio y se le aguaban los ojos. Sí, siempre que nos oía hablar de irnos, largarnos de ahí por el miedo y esas amenazas que cada día se volvían más amenazadoras. Usté lo sabe mejor, ¿o no?, que pa la ciudad no podíamos traerlo a sufrir. No podíamos aguantar también con su hambre, sobre todo porque nunca decía nada y se quedaba mirándonos sin pedir, calladito, ai sentado en el polvero. Una vez, ¿sí?, apareció con una gallina y lo regañamos pero al fin nos la comimos entre todos. ¿Dejarlo allí? ¡Qué tal! Ni regalarlo porque por esos lados nadie lo quería, ¿Sabe qué?… Pienso que no tenía ganas de ciudad. Pa qué le digo que no, sisí: nos lo comimos y alcanzó pa varios días mientras buscábamos dónde meternos. Sí señor, buen perro, pero no le habría gustado toda esta mierda de capital.

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

El deseo

Umberto Senegal

 

Esa noche, hasta los tripulantes de un submarino que navegara cerca, habrían naufragado, fascinados por el canto de la sirena. Estaba sola en el islote de coral, difusa entre la neblina. Su lamento se extendió por un radio mayor al habitual, cuando se distanciaba del grupo para presenciar el amanecer encallada en el amenazante atolón. Sus canciones crecían en intensidad y tristeza desde cuando acechó la concurrida playa…

Hubiera sido mejor no transgredir normas. No permitir a su corazón adolescente anhelar aquello que jamás podría acompañarle en las profundidades de su hogar. Hasta sus oídos llegaban las risas, la algarabía de sensuales jóvenes. La primera vez que lo vio, jugaba por la playa, se tendía sobre la arena sin pudor alguno, se paseaba seguro de sí mismo por entre semidesnudas mujeres. Lo vio y quiso tenerlo a su lado, raptarlo si lo hubiera encontrado solo, cantar para él sus más hipnóticas canciones. Desconocía el tipo de sentimiento que le embargaba, convirtiéndole el océano en estrecho acuario. Ni su melindroso pulpo, ni su veloz caballito de mar, ni sus obedientes calamares gigantes, ninguno de los animales que sus padres le entrenaron, la seducía tanto como ese perrito negro que correteaba por la playa, revolcándose en la arena sin pudor alguno.

 

lunes, 6 de noviembre de 2023

Los guayacanes

Umberto Senegal

 

La muerte llegó sin utilizar la puertecita del jardín, por donde el poeta entraba en su casa a huéspedes especiales. Eligió la ventana para penetrar en la biblioteca. Los árboles del jardín eran la vida del escritor.

–Bueno… –dijo la muerte.

–¡Bueno! –respondió el poeta–, pero, antes, permíteme despedirme de mis guayacanes.

–¿Guayacanes? –preguntó la muerte, y acompañó al poeta hasta el jardín, donde tres frondosos guayacanes, cargados de flores lilas, amarillas y rosadas, eran la fiesta de aquel lugar.

–Son lo único que extrañaré –admitió el poeta. Y agregó, señalándolos:

–¿Habrá algo parecido… allí?

Varias flores cayeron sobre la muerte.

–Creo que no –respondió ella con desconsuelo–. ¡Son hermosos! Nunca me los mostraron.

El suelo estaba tapizado de flores y cada instante, descendiendo en espiral, caían más a su lado, llevándolas y trayéndolas el viento.

–¿Verdad que sí?… Y, además de esto, espera a que se llenen de aves –advirtió el poeta.

Entonces, la muerte, ya sin prisa, lo invitó a sentarse bajo uno de ellos.

 

lunes, 27 de junio de 2022

La pordiosera

Umberto Senegal

 

Allí en el andén, antes de subirme al bus, le di la limosna que sólo a mí suplicaba la incómoda anciana. Varias personas esperaban y ninguna le prestaba atención. Tampoco ella a ellos. Agradecida, la vieja me confió que era un hada. Subí al bus y ella subió tras de mí. La anciana se acomodó a un lado de la silla donde me senté. Buscando mis ojos, repitió:

“Señor, míreme bien que soy un hada”. No era necesario verla. “Un trol, tal vez”, pensé, porque estaba sucia y olía mal. Sin embargo sus ojos eran limpios, para la edad que debía tener: setenta, setenta y cinco, acaso un poco más…

Cuando me aproximé al sitio donde debía bajarme, por cortesía le dije: “Aquí me quedo, señora, tenga usted buen día”. Bajó tras de mí. Aunque yo no tuviese la sensación de ser perseguido, la anciana continuó caminando a mi lado, mientras repetía:

“Un hada, señor, soy un hada”. Y por primera vez me tocó levemente el hombro. Tenía su mano manchada por grandes pecas y en el dedo anular una verruga repugnante. “No lo dudo, amiga”, le dije, deteniéndome un momento, “pero con esta maldita prisa que mantenemos… Los hombres, la vida, las hadas, la muerte. Es tan rápido todo que uno a veces no se da cuenta ni de uno mismo”. Le dije, aunque no sabía si me comprendía.

Cuando llegué a mi casa, la anciana ya no me seguía. En algún lugar de la calle debió entrar a cualquier casa, eso creo, aunque mi hija no cesa de preguntarme: “Papá, ¿por qué la niña que venía a tu lado salió volando cuando abrí la puerta”.