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martes, 20 de febrero de 2024

Paola Palentini

Jorge Almarales

 

Aquella mañana Antonio saltó de la cama como un resorte. No tenía que ir al colegio porque era sábado, pero salió temprano de su casa, no se reportó para el almuerzo y aún bien entrada la tarde no había dejado seña alguna. Lo cierto es que no hizo sino vagar por las calles; una extraña inquietud, injustificada y sin nombre, lo envolvía desde hacía varios días. A media tarde Antonio hizo algo que no hacía en años: entró a una misa. El aire era pesado y sofocante, como de muchas respiraciones. Antonio hizo esfuerzos por oír al párroco cuando decía: “Esta es de cómo Santa María guio a los romeros que iban a la iglesia en Seixón y erraron el camino de noche…” Una bruma de polvillo que se reflejaba en los hilos de luz lo hizo toser. Una anciana cubierta con velo lo miró con malos ojos, tal vez porque no respondía las oraciones. Antonio aprovechó el momento de la eucaristía, se acercó a la última puerta y huyó como un forajido.

En la calle pasó cerca del Conservatorio de Música, desde donde lo alcanzó el sonido melancólico y ronco de un violonchelo. Desaceleró el paso. Una tenue tristeza lo arropó, como una llovizna. Hubiera querido colocar en la misa, pensaba, todo el misticismo de la música. Antonio aún buscaba sus ritos, tenía necesidad de ritos. Varias cuadras después penetró casi al azar en un espectáculo de marionetas. Una bailarina de madera ejecutaba una secuencia, pero moría sin completarla y más tarde se transformaba en mariposa. A su lado, una joven abrazó a una niña que lloraba. Algo en el espíritu de Antonio cambió a partir de ese instante, o pedía a gritos cambiar, o era acaso la agonía de sospechar que nada cambiaría.

El público abandonó el local en silencio. Las palabras molestaban. A medida que se incorporaba a la calle, Antonio fue cruzándose con rostros cada vez más anónimos, igual de silenciosos. La mediocridad también es muda, pero por otras razones. Hacia el crepúsculo, el cielo se rompió en nubes aborregadas incandescentes. Era un cielo profundo, distinto, irreal. Sí, la naturaleza sí lo había entendido.

Era de noche cuando Antonio regresó a su casa. Antes que su padre le diera cualquier mensaje, ya había respirado el aire enrarecido.

–Una mujer ha estado llamándote (por teléfono).

–¿Quién era?

–No tengo idea… Pero te aseguro que llamará de nuevo.

Antonio pensó en la carta con que el destino preparaba un cambio en su vida.

Gabriela Chiancone llamó hacia las once de la noche. Llamada abusiva, sobre todo por su contenido aparentemente banal. Las hermanas Palentini necesitan de alguien que les dicte clases extras de matemáticas. Nada dramático, sólo cuestión de reforzar conocimientos. ¿Podrías ser tú esa persona? Te pagarían, por supuesto.

¡La casa de Paola Palentini! Por fin franquearé su puerta, conoceré sus muebles, sus paredes, respiraré el aire extranjero de su hogar.

Se dio un baño y antes de dormir dedicó los últimos minutos del día a recordar el insondable rostro de Paola Palentini, un rostro donde jamás había visto la duda, la consternación y por supuesto nada que se pareciera a una sonrisa. “La sonrisa –pensaba Antonio– es debilidad, es la confesión de nuestra vulnerabilidad humana”. Comenzó a sentir una especie de ansioso despecho, y decidió dormirse.

A las siete de la noche del siguiente día, Antonio subía el largo ascensor hacia el pent-house donde vivían las hermanas. Había ensayado algunos diálogos introductorios y tenía reservados varios temas de conversación. Una mujer vestida de azul oscuro le recibió.

–Me ha encontrado por mera casualidad, jovencito –comenzó con tono familiar, como si le conociera de toda la vida–. No puedo marcharme hasta tanto no termine mi trabajo, qué le parece.

–Eh… Mi nombre es Antonio. Se supone que debía estar aquí a las siete.

–Lo lamento… pero aquí no hay nadie.

Antonio no entendía. ¿O acaso la mujer bromeaba? Trató de fisgonear hacia el interior, pero sólo pudo divisar un fragmento de azotea con ropas batidas al viento.

–¿Es usted de la familia? –preguntó al fin.

–No, de ninguna manera.

–Pero conoce a las hermanas, supongo.

–Como si las hubiera parido, amiguito.

–Lamento preguntar, pero… ¿no le advirtieron que alguien vendría a las siete?

–No, lo siento. Las niñas deben andar mal de la cabeza–. Y al poco rato agregó: –Pronto me iré yo también.

Antonio esperó en la planta baja del edificio. Esperó hasta las nueve, ya no era lógico dictar clases a esa hora, pero no quería marcharse sin tener al menos una explicación. Como el tiempo pasaba debía tomar una decisión, así que se dirigió al edificio de enfrente. Tuvo que utilizar toda su labia y su imaginación para convencer al portero a que lo dejara pasar y subir hasta la azotea. Por fortuna, Antonio portaba unos prismáticos de bolsillo.

Desde su posición lograba espiar la sala de las Palentini, a medio iluminar. Durante una hora no ocurrió absolutamente nada. Después se abrió la puerta. Antonio contempló con emoción la entrada de una chica, menuda y delgada. Por sus rasgos debía ser la hermana de Paola. Un caballero salió a recibirla, y Antonio dedujo que debía ser el padre. (¿Por qué a él no lo vio entrar? ¿Acaso nunca estuvo afuera?) Ambos permanecieron de pie, la joven se quitó algo como una bufanda. Antonio no podía intuir el sentido de la conversación que quizá fuera de rutina, pero cosa rara, los seres no avanzaban ni tomaban asiento.

Entonces Antonio fue testigo de una escena verdaderamente inexplicable, un hecho por completo sobrenatural: la muchacha al principio experimentó una especie de reflejo nervioso en el brazo izquierdo, después éste comenzó a deformarse y marchitarse, como una rama seca que se consume al fuego. Un espantoso frío interrumpió al muchacho, quien por un momento se arrepintió de haber invadido el mundo privado de la familia. Espió otra vez con sus prismáticos, y allí estaba la joven con una especie de filamento licuado por brazo izquierdo. Era demasiado. Antonio descendió todos los pisos por las escaleras y se marchó sin agradecer al portero que le permitió entrar.

Tal vez lo que Antonio vivió aquella noche fue un auténtico sacramento, una experiencia iniciática que le advertiría que ya no era un niño. Había comenzado a buscar… y su sed de conocimiento le respondió. Ahora, arrojado del jardín del Edén, Antonio ya jamás podría volver a ser la persona que antes era.

Sólo una noche volvió a toparse con una de las Palentini, justamente con la hermana de Paola. Venía por la misma acera. Antonio se apresuró a determinarle los brazos, ambos en perfecto estado. Se cruzaron con una indiferencia que el muchacho agradeció. Demasiado dolor, demasiado parto, un recuerdo horroroso que no se ha aplacado. Cuando calculó que la joven debía alcanzar el final de la acera, volteó y la vio perderse en la esquina. Y, oh desgracia, en su sombra que aún se proyectaba en la pared, Antonio pudo percibir su brazo obsceno, inefable, licuarse otra vez.

 

lunes, 19 de febrero de 2024

Cuando llegaron las lluvias

Jorge Almarales

 

We’ve loved you so much
to leave you for ever.
(Mensaje radial)

 

Entre las imágenes de mi infancia que más aprecio está el recuerdo de un gallo de metal fijado a una veleta que coronaba una rosa de los vientos, sobre el tejado de mi casa. Era una hermosa pieza de herrería que fungía de ornamento a la vez que proporcionaba una gran utilidad. Los mayores me explicaron que la rosa de los vientos mostraba dónde quedaban los puntos cardinales, la veleta señalaba la dirección del viento y el gallo nos protegía de alguna descarga eléctrica proveniente del cielo. Yo admiraba aquella figura encantadora y graciosa que hacía sus giros con elegancia sin importarle la turbulencia que le rodeara.

Solamente una vez lo vi de cerca. Fue un domingo muy temprano, cuando mis padres aún dormían. Por un árbol subí al cobertizo y sigilosamente me arrastré sobre el tejado. Al acercarme, me pareció que el figurín cobraba vida. Tuvimos entonces una larga conversación en donde aquél me confesó:

–Soy el gallo de los cien crepúsculos. Conozco los vientos como nadie. Debes saber, jovencito, que los puntos cardinales no son cuatro, sino siete.

Conté a mi madre la experiencia vivida y ella me felicitó por tener un nuevo amigo, pero me recomendó que no hiciera demasiado caso al animal.

–Gallo loco… –dijo.

Un día el gallo desapareció y yo pensé que lo habían robado. Días después reapareció sólo para desaparecer de nuevo. Como hubo tormenta, temí que un rayo lo hubiera derribado. Vinieron entonces las lluvias, las nubes se cerraban por las tardes acompañadas de fuertes vientos y largos relámpagos que parecían arañas. Encerrado en mi casa, recordaba la silueta clara de mi amigo recortándose sobre el cielo ennegrecido y comprendí lo que significaba perderlo para siempre. Mi padre tan sólo encendió una vela, y en silencio rezamos una oración.

Una mañana se montó sobre la vara de la veleta un gallo de verdad. Al volver de la escuela, mis padres me recibieron con rostros de alegría anunciándome que el gallo había regresado. Venía muy útil, además, pues con su canto ya nadie se quedaría dormido.

–Ya no habrá razón para llegar tarde a la escuela.

No he podido subir para hablar con mi amigo. Sólo he percibido sus grandes ojos anónimos que parecen pestañear en la claridad. Y aunque he pasado muchas veces bajo el cobertizo y el animal permanece en el lugar que le corresponde, me pregunto cómo se desenvolverá ahora cuando tenga que enfrentarse con un rayo.

 

domingo, 18 de febrero de 2024

Al alba blanca yo le contaré

Jorge Almarales

 

Converso con el hombre
que siempre va conmigo.
(Antonio Machado)

 

Camino a lo largo de la era, reviso la mies. El centeno está recogido en gavillas, separadas ocho metros unas de otras. Los jornaleros trabajaron duro en aquel segundo día de campaña, pero a esa hora todos han desaparecido, aunque la tarde es joven todavía.

Aquí y allá, se observa un machete enterrado vertical o una hoz colgando de una rama, para no tener que volverlos a traer mañana. Nubes cúmulos gigantes se levantan desde la raya del horizonte, como pesados ogros escrutándome desde las atalayas de un castillo. De resto, el cielo es inmaculadamente azul. Por un instante siento la brisa en mi frente y percibo la paz indiferente que me rodea. Se diría que aquel hato no me pertenece, que la cosecha no es de mi incumbencia, que no tengo nada que ver con los trabajadores ni preocuparme por su salario.

De pronto, acabo por comprender que con la desaparición de mi padre sólo he recibido una gran maquinaria en funcionamiento, indiferente y brutal, cuya inercia no la detiene la muerte de nadie. Tampoco la mía.

Camino hasta el guayabo y doy en recordar mis años felices, mi época de escolar. El campo funcionaba a mi alrededor como un animal benigno. Me movía entre los campesinos y contemplaba su labor y su fatiga. Y a ellos mi presencia no les estorbaba; alguno a veces me dirigía palabras de chanza o gritaba mi nombre medio cantando.

Ahora me dirijo hacia el molino de viento. De todo el hato, es la pieza que más vigilo. Me he trazado la responsabilidad de seguir sus pasos y su presencia. Recorro el granero, giro después de los silos, debería hallar el molino al final de la era... si no me ha jugado una broma. Como lo sospeché, se cambió de lugar. Ayer estaba junto a los silos. ¿Por qué me hace esto?, me pregunto.

Sin orden ni concierto, el molino cambia de sitio jugando al despiste con sus dueños, escogiendo un día al azar y siempre cuando nadie lo ve. Pero yo he ido descubriéndolo; ya puedo adivinar su jugada, el momento preciso de su salto. Una vez lo espié y vi cómo doblaba los tubos de su torre y se desplazaba varios metros con su torpe paso de jirafa. La torre crujía a lo largo y las aspas chocaban con un sonido metálico, cuando la estructura completa frenaba en su nuevo punto de asentamiento. Cuando me descubrió estoy seguro de que sintió vergüenza, y permaneció varias semanas sin intentar cambio alguno, esperando que olvidara el hecho y lo reidentificara como un rudimentario sistema para extraer el agua.

Hoy ha vuelto a moverse, a jugar conmigo. Pero ahora soy su dueño. Soy el amo y absoluto señor, y me haré respetar.