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viernes, 20 de marzo de 2026

Boles

Máximo Gorki

 

He aquí lo que me refirió un día un amigo:

…“Cuando yo era estudiante en Moscú, habitaba en la misma casa que yo una de ‘esas señoras’. Era polaca y se llamaba Teresa. Una morenaza muy alta, de cejas negras y unidas y cara grande y ordinaria que parecía tallada a hachazos. Me inspiraba horror por el brillo bestial de sus ojos oscuros, por su voz varonil, por sus maneras de cochero, por su corpachón de vendedora del mercado.

Yo vivía en la buhardilla, y su cuarto estaba frente al mío. Nunca abría la puerta cuando sabía que ella estaba en casa, lo que, naturalmente, ocurría muy raras veces. A menudo se cruzaba conmigo en la escalera o en el portal y me dirigía una sonrisa que se me antojaba maligna y cínica. Con frecuencia la veía borracha, con los ojos huraños y los cabellos en desorden, sonriendo de un modo repugnante. Entonces solía decirme:

–¡Salud, señor estudiante!

Y se reía estúpidamente, acrecentando mi aversión hacia ella. Yo me hubiera mudado de casa con tal de no tenerla por vecina; pero mi cuartito era tan mono y con tan buenas vistas, y la calle tan apacible, que yo no acababa de decidirme a la mudanza.

Una mañana, estando aún acostado y esforzándome en encontrar razones para no ir a la Universidad, la puerta se abrió de repente, y aquella antipática Teresa gritó desde el umbral con su bronca voz:

–¡Salud, señor estudiante!

–¿En qué puedo servir a usted? –le pregunté.

Observé en su rostro una expresión confusa, casi suplicante, que yo no estaba acostumbrado a ver en él.

–Mire usted, señor… yo quisiera pedirle un favor… espero que no me lo negará usted.

Seguí acostado y guardé silencio. Pensé: ‘Se vale de un subterfugio para atentar contra mi castidad, no cabe duda. ¡Firmeza, Egor!”

–Mire usted, necesito escribir una carta… a mi tierra –dijo con acento extremadamente tímido, suave y suplicante.

‘Bueno –pensé–; si no es más que eso, ¿por qué no?’

Me levanté, me senté ante la mesa, cogí papel y pluma y le dije:

–Siéntese usted y dícteme.

Avanzó, se sentó llena de embarazo, y me miró con aire confuso.

–Bueno; ¿cuál es la dirección?

–Señor Boleslav Kachput, en Sventiani, camino de hierro de Varsovia…

–¿Quiere usted decirme lo que he de escribir?

–Escriba usted: ‘Mi querido Boles… corazón mío… mi fiel enamorado… ¡que la Santísima Virgen te proteja!… Tesoro mío, ¿por qué no has escrito desde hace tiempo a tu palomita Teresa, que está muy triste?’

Me costó gran trabajo contener la risa; aquella ‘palomita’ tenía cerca de dos metros y medio de estatura y unos puños enormes, y era tan sucia, que parecía haber pasado la vida limpiando chimeneas sin lavarse nunca. Logré permanecer serio, y le pregunté:

–¿Quién es ese Bole?

–¡Boles, señor estudiante! –rectificó, visiblemente contrariada por mi deformación del nombre– Boles es mi novio.

–¡Novio de usted!

–¿Por qué, señor estudiante, se muestra tan asombrado? ¿Acaso yo, una muchacha, no puedo tener novio?

¡Ella una muchacha!

–¿Por qué no? Todo es posible. ¿Hace mucho tiempo que son ustedes novios?

–Más de cinco años.

–¡Caramba! –me dije.

En fin, acabé de escribirle la carta. Una carta tan tierna, tan amorosa, que yo hubiera con gusto ocupado el lugar de Boles si su corresponsal no hubiese sido Teresa, sino otra mujer de menores dimensiones.

–¡Se lo agradezco a usted de todo corazón, señor estudiante! Me ha prestado usted un gran servicio –me dijo Teresa saludándome–. ¿No podría yo, en pago, prestarle a usted otro a mi vez?

–No; se lo agradezco.

–¿No necesita el señor estudiante que le remienden la camisa o los pantalones?

Aquel mastodonte con faldas me puso colorado, permitiéndose tal suposición.

Nada suavemente, le contesté que no tenía necesidad de sus servicios.

Y se marchó.

Pasaron quince días. Una tarde estaba yo sentado junto a la ventana, pensando en el modo de abstraerme de mi propia persona. Me aburría terriblemente. Hacía mal tiempo; yo no tenía ganas de ir a ninguna parte, y me entregaba al autoanálisis. Esto no era muy divertido; pero yo estaba tan sin ánimos…

De pronto, la puerta se abrió; por fin llegaba alguien.

–¿El señor estudiante no tiene ninguna ocupación urgente?

Era Teresa… ¡Diablo!

–No. ¿Por qué?

–Yo le agradecería al señor estudiante que me escribiera otra carta.

–Estoy a su disposición de usted. ¿La carta es para Boles?

–No; hoy es de él.

–¿Cómo?

–¡Qué estúpida soy! Me he explicado muy mal. Hoy no se trata de escribirme una carta a mí, sino a una amiga… es decir, no a una amiga, sino… a un joven… No sabe escribir y tiene una novia… Se llama como yo: Teresa… ¿Comprende usted?… Tendrá la amabilidad de escribirle una carta a la otra Teresa…

La miré; parecía llena de confusión; sus dedos temblaban… a pesar de lo embrollado de sus palabras, empecé a adivinar…

–Escúcheme, señora –le dije–: los Boles y las Teresas sólo existen en su imaginación de usted. Ha inventado usted esas mentiras para hacerme caer en su trampa. Pero usted se engaña. No tengo maldita la gana de entrar en relaciones con usted. ¿Me entiende?

Pareció de pronto extrañamente temerosa y confusa, y empezó a mover de un modo grotesco los labios, queriendo decir algo, pero sin decir nada. Yo la contemplaba, y pensaba que, a lo que parecía, me había equivocado un poco al atribuirle la intención de hacerme abandonar el camino de la virtud y que debía de ser otro su objeto.

–¡Señor estudiante!… –comenzó.

Pero no pudo terminar; de un modo repentino, brusco y como desesperado volvió la espalda y se marchó.

Yo me quedé de muy mal humor. Tras una corta reflexión, me decidí a ir a su cuarto para invitarla a volver al mío. Estaba dispuesto a escribirle todo lo que quisiera.

Al entrar en su cuarto, vi que estaba sentada junto a su mesa y con la cabeza entre las manos.

–¡Oiga usted! –le dije.

Siempre, cuando llego a este punto de mi narración, me asombro de mi estupidez… ¡Fue aquello tan tonto!

–¡Oiga usted! –le dije.

Se levantó bruscamente, se dirigió hacia mí, con los ojos brillantes; apoyó sus manos en mis hombros, y empezó a murmurar, o, mejor dicho, a tronar con su bronca voz:

–¡Bueno! Supongamos que no hay, en efecto, ningún Boles… que Teresa tampoco existe… ¿qué le importa a usted? ¿Le cuesta tanto trabajo escribir unas cuantas líneas? Debía darle vergüenza… tan joven, tan blanco. ¡Sí; no hay ni Boles ni Teresa, sépalo usted! No hay más que yo… ¿Estamos?

–Permítame usted –le pregunté, estupefacto por sus palabras–. ¿De qué se trata entonces? ¿No hay ningún Boles?

–¡No!

–¿Y ninguna Teresa?

–Ninguna Teresa tampoco. Teresa soy yo.

Yo no comprendía ni una palabra. La miré atónito y me pregunté cuál de los dos se había vuelto loco.

Mi vecina se acercó de nuevo a la mesa, buscó en ella algo y después se dirigió hacia mí y me dijo con tono de enojo:

–¡Si ha sido para usted tan molesto escribirle la carta a Boles, tómela, llévesela si quiere! Ya encontraré otros señores que se presten gustosos a escribirme cartas.

Y vi que me alargaba la que yo le había escrito a Boles. ¡Demontre!

–Oiga usted, Teresa. ¿Qué significa esto? ¿Para qué quiere usted pedirle a los demás que le escriban cartas cuando ni siquiera ha echado ésa al correo?

–¿Pero a quién quiere usted que se la remita?

–¡A ese… a Boles!

–¡Pero si no existe!

¡Decididamente, yo no comprendía una palabra!

No me quedaba más que irme. Y lo hubiera hecho al punto de no haberse empeñado ella en explicarse.

–¿Qué? –dijo enojada–. Ya le digo a usted que Boles no existe…

Y se pintó en su rostro una gran extrañeza de que no existiera.

–Sin embargo, debía existir. ¿No soy yo un ser humano como los demás? Claro que soy… en fin, ya sé lo que soy; pero no le hago daño a nadie si le escribo…

–Perdone usted. ¿A quién?

–¡Toma, a Boles!

–¡Pero si no existe!

–¡Jesús, María! ¿Qué importa que no exista? Yo me lo imagino. Le escribo y me figuro que existe en realidad. Teresa soy yo; él me contesta… y luego, a mi vez le contesto yo…

Entonces comprendí.

¡Me dio una vergüenza, experimenté un dolor, una pena! ¡Junto a mí, a tres pasos de mi puerta, vivía una mujer a quien nadie en el mundo le había dado muestras de afecto, y se había inventado un amigo!

–Mire usted –continuó–, usted me escribió una carta para Boles, yo se la doy a leer a otros, y cuando los oigo leérmela, me hago la ilusión de que Boles, en efecto, existe. Después suplico que me escriban una carta de Boles para Teresa, es decir, para mí. Y cuando me leen esta carta, no me cabe ya duda de que existe Boles, lo cual me hace la vida más llevadera.

–¡Diablo! ¡Vaya una historia! –me dije.

En fin, a partir de aquel día, comencé a escribir puntualmente dos veces por semana cartas a Boles y respuestas de éste a Teresa, que escuchaba ella llorando de emoción o más bien aullando broncamente. En pago de las lágrimas que le arrancaban las respuestas del Boles imaginario, me zurcía gratis los calcetines, las camisas y otras prendas.

A los tres meses, la metieron en la cárcel, no sé con qué motivo. Probablemente se habrá muerto ya…”

El narrador sopló la ceniza del cigarrillo, miró pensativamente al cielo, y concluyó:

“Si, así sucede… Cuando más lo persigue el destino, más ávidamente busca el hombre la felicidad. Pero nosotros no nos percatamos de ello, porque nuestros corazones están blindados por virtudes vetustas y lo vemos todo a través de la niebla que pone en nuestros ojos el contento de nosotros mismos, la convicción estúpida de nuestra impecabilidad…”

Tras una breve pausa, agregó:

“En fin, todo esto es estúpido y cruel. Se habla de los hombres encenagados. ¿Qué son los hombres encenagados? Ante todo, son seres humanos, con los mismos huesos, la misma sangre y los mismos nervios que nosotros. Y se nos habla de los hombres encenagados todos los días, desde hace siglos. Nosotros escuchamos y… no ¡es demasiado imbécil! En realidad, nosotros somos también hombres encenagados, caídos muy bajo, caídos en el fondo de nuestra convicción errónea de que nuestros nervios y nuestros cerebros son superiores a los de los demás, cuando toda nuestra superioridad consiste en que somos más cucos y sabemos hacernos los buenos mejor que los demás…

Pero basta de filosofías. Todo esto es tan sabido que da vergüenza hablar de ello”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 14 de mayo de 2025

El pogromo

Máximo Gorki

 

Esto sucedió hace muchos años en uno de los pueblecillos a lo largo del Volga. Desde muy temprano por la mañana de un cálido día de junio, yo había estado embadurnando de chapopote una balsa, a la orilla del río, y ya era hora de irse a comer. Luego, de repente, desde las afueras del pueblo, me di cuenta que salía un ruido sordo y airado, como ganado mugiendo con coraje.

Al principio, ocupado como estaba, no puse atención al distante murmullo, a pesar de que aumentaba en volumen e intensidad como el humo al iniciarse un incendio. Sobre el pueblo colgaba una densa nube, suspendida en el aire tórrido.

Así que yo me retiraba de la margen del río, me pareció ver ruidos ásperos, terrosos, alzarse del suelo y saturar el aire. El polvo rodaba en espirales grises, los ruidos se hacían más y más estridentes, más y más variados, mientras el aire se estremecía. Temblé interiormente, presa de un lúgubre presentimiento.

Abandonando mi trabajo, trepé por la margen arenosa. Desde arriba pude ver mucha gente corriendo desorientada en todas direcciones. En masa excitada se vaciaban como lava por la calle que iba hacia el pueblo. Perros y niños seguían sus talones. Pichones asustados volaban sobre sus cabezas. Gallinas cacaraqueantes huían entre sus pies. Yo, también contagiado de la locura general, comencé a correr, ignorante de la causa de tanto revuelo.

¡Se están peleando en la Elizabethinska! –me gritó uno del montón. Un carretonero corría cuesta arriba del camino pedregoso, azotando furiosamente a su caballo y gritando con toda la fuerza de sus poderosos pulmones:

¡Nos están combatiendo! ¡Adelante, trabajadores!

Yo me metí en un estrecho callejón, donde me detuve. La masa de gente colmaba la calle como el grano llena un costal.

Nuevamente oí llantos y gritos de violencia aún lejanos. Ventanas rompiéndose, retintineaban quejumbrosas; resonaban golpes pesados; algo se rompió, cayó y rodó. Los ruidos se hacían confusos, cada uno envolviendo al anterior como las nubes en el otoño. Pesadas olas de ruido navegaban en el aire, repentinamente irrespirable.

–¡Los judíos están recibiendo su merecido! –dijo la voz complacida de un hombre pequeñito, bien vestido y de apariencia distinguida. Se frotó las manos, pequeñas y secas, y añadió:

¡Esto está muy bien! ¡Muy bien!

A codazos me abrí paso obedeciendo a un extraño impulso excitante e irresistible. El tremendo tumulto me arrastraba, a mí y a todos los que iban conmigo, succionándonos como la arena movediza. Los rostros humanos, distorsionados con intensa y baja maldad, los ojos brillantes de ansiedad, pasaban ante mí como en un sueño. La turba fluía hacia adelante en pesada y compacta masa, dispuesta a derribar muros o barricadas, si éstas obstruyeran el camino, cada hombre dispuesto a trepar sobre el que iba adelante, pisotearlo, aplastarlo bajo el pie.

Yo me lancé dentro del patio de una casa, luego brinqué la cerca al patio de la siguiente, repitiendo el proceso una y otra vez hasta que nuevamente me hallé en medio de una densa masa de humanidad.

 

***

Gritaban como demonios, sus caras echadas atrás, los rostros rojos, los dientes brillando en las bocas abiertas. ¡Mecían los brazos, se empujaban unos a otros, trepaban a los techos de los edificios, se deslizaban al suelo y luego, sin un momento de descanso, trepaban y trepaban de nuevo! A pesar de la confusión en el vaivén, había algo extrañamente homogéneo en esa turba invasora. Cada hombre parecía haberse convertido en el brazo de un solo cuerpo gigantesco, dirigido por la poderosa masa contra la cual no había resistencia posible.

Muy por encima de este hatajo salvaje y bestial, un judío alto y flaco se apretaba contra el techo de una casa. Con sus dedos huesudos despedazaba ladrillos de una chimenea, tirándolos sobre la revuelta humanidad debajo, y gritando todo el tiempo con una especie de graznido agudo, como de gaviota. Su larga barba blanca temblaba sobre su pecho, y sus pantalones blancos estaban manchados de sangre. Gritos violentos le eran lanzados desde abajo:

¡Tírenle!

¡Un rifle, a ver un rifle! ¡Piedras!

¡Súbanse y bájenlo!

Las ventanas de su casa estaban llenas de gente. Rompían los vidrios con fría furia y tiraban a la calle cualquier objeto que encontraran a la mano. Los vidrios de las ventanas vibraban y estallaban. Un joven gigantesco, de hombros poderosos y pelo rizado, apareció en una de las ventanas con un gran espejo entre las manos.

¡Cuidado allá abajo! gritó al lanzarlo al vacío. Captando por un cegador instante los rayos del sol, el espejo dio una voltereta en el aire y cayó al suelo con estruendo. El joven se inclinó sobre el borde de la ventana para verlo. En su rostro de pómulos salientes había una expresión seria, casi pensativa, totalmente carente de venganza o ira.

En otra ventana apareció un robusto, barbinegro mujic, con una almohada en las manos. Con hábil movimiento la abrió, dejando flotar en el aire una espesa nube de plumas blancas.

¡Está nevando! ¡Cuidado con sus naricitas, niños! gritó al ver las plumas descendiendo en espirales hacia el mar de rostros allá abajo. Mientras, en el patio, alguien estaba gritando con todas sus fuerzas:

¡Vengan! ¡Acabamos de encontrar unos niños judíos escondidos en un barril!

¡Péguenles! ¡Mátenlos! ¡Maten a esas bestezuelas!

¡Azoten sus cabezas contra la pared!

¡Oye, judío! ¡Baja pronto, que encontramos a tus hijos!

¡Baja de allí o los matamos!

El aullido horrorizado de un niño rasgó el aire como un rayo brillante contra el opaco rugir de la masa. El escándalo bajó de tono un poco un instante, sólo para aumentar de nuevo.

¡No los toquen! –gritó alguien.

–¡No toquen a esos niños!

¡Sólo a los grandes, sólo a los grandes!

Y luego otro aullido espantoso del niño. Filoso como un granizo, cortó hasta el corazón, ahogando cualquier otro ruido.

¡Maldito!se oyó una voz.

¡Pégale en la cabeza!

¡Cochino judío!

¡Me aplastó el pie con un ladrillo!

–¡Ora, Antipe, vamos por el judío!

Dos campesinos, saliendo del edificio, se abrieron paso con los codos, y, mirando hacia arriba, comenzaron a trepar hacia el techo. Nuevamente apareció en una ventana el joven pensativo de las mejillas sonrosadas. Forcejeando, empujaba un ropero por la ventana hacia la calle.

¡Aprovechen los trastes!gritó a la gente que lo había saludado con extraordinario júbilo. Sin embargo, el ropero no cabía por la ventana, y el joven lo volvió a jalar hacia atrás. Su cabeza desapareció un momento, pero en un instante volvió a asomarse. Lentamente, como un lobo aullando, gritó:

¡Cui… da… do… a… ba… jo…!

Un montón de trastos se desplegó en el aire como un listón multicolor. cayendo al suelo, seguido por un samovar destellante al sol. Abajo la gente corrió en todas direcciones cubriéndose la cabeza con las manos, y riendo a carcajadas. Un muchacho de pelo rojo recogió el samovar, azotándolo nuevamente contra el suelo, y pisoteando los pedazos.

Del techo llegó un aullido inhumano de angustia. Todos alzaron los rostros. Un pedazo de hierro cayó al suelo con un ruido de trueno. En la orilla del tejado, por un momento se detuvo un hombre que rodaba, y luego, aullante, se desprendió en el aire… se oyó un ruido seco, blando, asqueroso.

A toda prisa abandoné el patio, perseguido por sus gritos salvajes de triunfo.

¡Ah…!

¡Eso es bueno!

–¡Ya lo cogimos!

En la calle la gente rompía sillas, mesas, cajas, gozosamente desgarrando la ropa. Plumas flotaban en el aire. De unas ventanas que daban a los patios caían avalanchas de almohadas, canastas, muebles, trapos.

La gente, presa de la locura de la destrucción, cogía las cosas en el aire, las destrozaba, las desgarraba en mil pedazos. Dos mujeres despeinadas, sus caras rojas, sus frentes sudorosas, peleaban por una petaca, cada una jalando en dirección distinta. Se gritaban la una a la otra, mientras flotaban sobre sus cabezas pequeños remolinos de plumas y de paja. Y a pesar de que sus bocas estaban completamente abiertas por el esfuerzo, sus voces se ahogaban en el estrépito de la madera rajándose, en los gritos y rugidos vandálicos, en los aullidos de terror que llegaban de todas partes.

Un mujic de increíble estatura pasó ante mí, cabeza descubierta y camisa rota. De su pelo revuelto fluía la sangre, espesa, casi negra, y rodaba por sus mejillas. Mecía los brazos, sonriendo la mueca malsana de un animal harto.

Repentinamente estrechó los brazos alrededor de un poste y oprimiendo el tubo de hierro contra su pecho comenzó a mecerlo de un lado a otro. Arriba, el foco tembló un momento; luego, desprendiéndose, cayó al suelo.

¡Abajo!gritó otro mujic, acudiendo al mismo poste, y ayudando a removerlo de su sitio, abrazándolo con todas sus fuerzas.

De algún lado, como una paloma en un vendaval humeante, una joven muchacha irrumpió en la turba, su vestido roto de arriba abajo, su cabello bañando sus hombros desnudos. Corría, su cabeza hacia atrás, y en su rostro, pálido de angustia, sus ojos parecían inconmensurablemente grandes.

¡Péguenle a la judía!gritó una voz, y en un parpadeo la muchacha desapareció bajo una densa masa de seres, así como un terroncito de azúcar desaparece bajo una nube de moscas.

El torrente negro de gente se cernió sobre ella, los puños meciéndose, murmullos voluptuosos, cachetadas, chistes cínicos, maldiciones, como el silbido de una víbora, todo soldado en un solo ruido de gozo maldito.

¡Abran paso! ¡Aquí viene Zelmann! ¡Atrás!

Se oían gritos de un grupo que arrastraba algo por el pavimento. Era un hombre o, mejor dicho, un cadáver medio desnudo, seco, despeinado, acuchillado, cubierto de sangre y lodo. El pobre Zelmann, atado de un pie, fue arrastrado por toda la calle. Un pequeño hilo de sangre fluía de su cuerpo mutilado, dejando una huella zigzagueante en el pavimento. Sus brazos eran una masa sanguinolenta y, encajada entre ellos, donde se unían con los hombros, estaba su cabeza horrible, una bola sangrienta, rebotando contra las piedras de la calle.

Uno corrió y, brincando, hundió los pies en el estómago de la víctima, como si fuera de pasta. Todos rieron. Luego, con una mirada de satisfacción, el joven fanático saludó con las manos y se sentó sobre el cadáver, dejándose arrastrar con él.

Zelmann había sido un rico contratista de obras públicas. Frecuentemente lo había visto vivo, pero ahora no había nada de aquel hombre rico en el andrajo que tenía ante mí. Ni siquiera parecía el cuerpo de un ser humano.

Asombrado de todo lo que sucedía a mi alrededor, ahogándome con el polvo, seguí a la multitud, empujando aquí y allá como un pequeño trozo de madera en el torrente. Era como un sueño horrible.

Por allá está una camisa blanca atorada en el desagüe del techo.

Flota bien alto del suelo, mientras una mujer, de flaco brazo cobrizo, trata de alcanzarla, parada en la punta de los pies. Junto a ella, un campesino, tocado con una gorra azul de terciopelo, ríe de buena gana. Muchachos callejeros se escurren entre las piernas de la gente grande, recogiendo trozos de espejo. Uno de ellos brinca varias veces, tratando de alcanzar una pluma que flota caprichosamente en el aire.

Blandiendo un sable, un policía corre de aquí para allá, como perdido. Se ríen de él. Le gritan.

–¡Párenlo! ¡Deténganlo!

¡Atrapen al “jefecito”!

Alguien le tira una caja rota a los pies. El policía se tropieza, da una voltereta y cae al suelo cuan largo es. Una risotada general sacude la calle. Mirando a mis pies veo un trozo de piel sanguinolenta untada ahí, con un pequeño mechón de pelos aún adherido. Me estremezco.

¡Vengan, vengan!

El grito viene de un patio vecino y la multitud obedece ciegamente. Gritan, aúllan, rugen como bestias.

¡Péguenle, háganlo pedazos! ¡Ahora…!el grito se mece y rebota en las paredes.

En el segundo piso del edificio alguien está tirando una pared intermedia entre dos cuartos, armado de pico y pala. Caen ladrillos y cal. Una bandeja cae desde una ventana. Como dudando un instante flota y luego, repentinamente, cae sobre la cabeza de una mujer. Con un grito agudo ésta se sienta de repente, llorando. Luego se alza otro grito:

¡Los cosacos!

¡Cuidado!

¡Vienen los cosacos!

A la entrada del patio aparecen, inesperadamente, las narices de los caballos; los quepis azules de los cosacos se mueven de un lado a otro; sus cortos fuetes restallan al azotar ligeramente las grupas de sus bestias. Una voz de fuerte acento ordena:

¡Tres en fondo! ¡Formación compacta! ¡Trote! ¡Marchen!

En ese instante, una pared de ladrillo se derrumba, y tras ella, se mece un enorme ropero dispuesto a caer. Se agita, parece dudar, se desliza y, finalmente, volteándose, golpea contra un barandal y cae estrepitosamente al empedrado. Un rumor continuo y gigantesco llena el aire, como si hubiera un invisible y tempestuoso río fluyendo, destrozando, arrastrando todo, espumeante de ira bajo el ímpetu de una locura irresistible y salvaje.

La turba inicia la retirada bajo la presión de los fuetes y de los caballos. Corre como un rebaño de ovejas, ciega, torpemente. Es fácil esconderse en el patio o brincar la cerca, pero todos huyen por el callejón, exponiendo sus cabezas, sus espaldas, al quemante latigazo de los fuetes. Un hercúleo mujic voltea repentinamente a golpear con el puño la nariz de un caballo, luego se escurre entre la gente y huye. Pero por donde se ha ido los fuetes zumban mucho tiempo. Espuela contra espuela los cosacos avanzan contra el muro viviente de seres humanos que ahora huyen en estampida, peleándose unos contra otros, presas del pánico.

–¡Tírenles ladrillos a los cosacos! –grita alguien desde arriba.

Una mujer semidesnuda y cubierta de sangre se arroja a las patas de los caballos. Aparecida de repente, de ningún lado, como si la tierra la hubiera vomitado, se prende de la pierna del primer cosaco que encuentra, con la desesperación de la muerte.

–¡Váyanse! –implora desesperadamente.

–¡Alto!

–¡Muerte a los cosacos!

La multitud ruge y corre espantada como un torrente en la montaña. Una estampida sorda estremece el aire, al acompañamiento acompasado del trote de los caballos. Los animales tienen dificultad para moverse entre las ruinas, entre los trozos de muebles y trastos que están regados en el suelo. De repente reculan, se detienen. La gente también se detiene, mirando a los cosacos.

–¡Desmontar! –es la orden.

La turba grita y espera. Atrás, al otro lado de la calle, regimientos de policía y de infantería cortan la retirada. Luego, por fin, la gente comienza a brincar cercas y bardas, a huir por los patios, con los cosacos pisándoles los talones. Antes la turba era un montón de brutos que sin razón ni piedad torturaban a otros tan infelices como ellos, y ahora ellos también son golpeados sin razón ni piedad. Ahora son ellos solamente unos cobardes tratando de salvarse del latigazo experto de los cosacos.

 

***

Esa misma tarde, cruzando por la plaza, encontré un grupo de cosacos.

–Acuchillaron a catorce judíos –dijo uno a otro–. Bueno, no fueron muchos.

El otro, aspirando su pipa, no contestó.