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martes, 19 de agosto de 2025

La cautiva

Pedro Juan Soto

 

Distinguió a lo lejos la capota roja del taxi, lo enfocó y persiguió luego en la curva donde el verde húmedo de los jardines resplandecía al sol, emplazó entonces su mirada en el parachoques delantero y lo atrajo hasta la entrada del edificio. Se abrió la portezuela de la izquierda… y no era él. Un cuerpo repulsivo –tan pequeño, tan escuálido, tan distinto al de él– cruzó la entrada cargando una maleta y subió el empinado pasadizo que conducía a la sala de espera.

No vendrá, pensó. Le bastó con un simple apretón de manos en el porche, siempre pendiente de los ojos de Inés y mamá. Canalla. Cobarde. No… Probablemente Inés, sin siquiera darse cuenta, lo mantiene a raya con sus encargos: Nene, necesito ajos. Tomates, nene. Nene… Y seguramente ese renacuajo también lo hace pensar. Aunque me quiera –¡y me quiere!–, no querrá dejarlo. Cobarde. Yo puedo darle hijos de más, un buen hogar, hacerle felicidad, maldita Inés, estar contentos en una eterna luna de miel, es mío, Inés; yo puedo y si en verdad me quiere –¡y me quiere, me quiere!…

En la pared de cristal vio el reflejo de la frente arrugada bajo el ridículo sombrerito de fieltro, los ojos acuosos y la boca fruncida (sobre los labios había trazado unas curvas gruesas que ahora formaban un minúsculo corazón), y sintió deseos de derribarla a cabezazos.

–Fernanda, yo ehtoy cansá y quiero sentarme.

–Pueh siéntate. Yo no te tengo aguantá –dijo ella, volviendo airada la cabeza hacia la anciana peliteñida e incómodamente enhiesta dentro de su ceñido traje floreado.

–Ay, virgen, que tú… Fernanda, te dicho que no llores más. La gente se va dar cuenta.

–Déjame quieta –musitó ella, secándose el ojo derecho con los dedos.

Rugió el sistema de altoparlantes:

–Su atención, por favor. Llamada telefónica para Aníbal Montero, Señor Aníbal Montero, favor de acudir al mostrador de la Pan American…

Se dio vuelta porque ya no quería seguir a caza de taxis. Necesitaba olvidarse de él y del tiempo que tan lentamente transcurría.

A uno y otro lado de la sala, los pasajeros paseábanse alrededor de los bancos –sin animarse a tomar asiento, por no arrugar el uniforme de la excitación que lucían sobre sus vestidos de viaje–, se entretenían recogiendo hojas y folletos de propaganda comercial, se sentaban dentro de la caseta junto al portal de la sala para posar por las cuatro instantáneas de a veinticinco centavos, o llevaban a los niños a montar los caballos que por diez centavos no mordían ni coceaban ni relinchaban pero sí hacían chirriar sus piezas oxidadas cada vez que giraban en los tubos palmisudados.

Todos se hallaban empeñados en la matanza de un enjambre de minutos como quienes se han impuesto la tarea de papar moscas en una pescadería.

Sin ánimo de imitarlos, volvió a darles la espalda. Detuvo otro taxi y tampoco de este lo vio descender.

Fernanda, t’estoy viendo –dijo la anciana rascándose disimuladamente la espalda con la pared–. No lo sigas ehperando, que no viene. Ya se lo dije anoche, que si se presenta voy se lo cuento to a Inés.

Su mirada giró hacia la izquierda y embistió como una antorcha contra el semblante añejo, desolado y grietoso.

–Pero ¿qué tú te crech? –resistió la anciana–. Lo qui has hecho ehterrible y ya Dios te cahtigará. No le dicho na Inés porque lo botará de la casa y se quedará sola y amargá. No eh por él que me priocupo. Él no vale na.

–Enhtá bien –dijo ella reanimándose–. Ponle punto final, por ahora. Pero tengo esperanzah…

–¿Tú me quiereh decir que si te busca…?

–Yo no sé.

–Él es un sinvergúenza, Fernanda. Deja que Inés lo coja con otra.

–Él no tuvo la culpa.

–Ponte a defenderlo ahora –cuchicheó la anciana, mirando de soslayo al hombre que pasaba silbando–. Si él fuera persona decente…. Él no rehpetó ni la casa donde toh estábanoh unidos, ni rehpetó mis canas, ni a Inés, ni a ti. La mujer en el hospital, dando a luz, y él en tu cuarto, Fernanda…

–Yo los oía de noche –dijo ella, persiguiendo otro taxi–. Aunque mi acohtaba temprano, me quedaba en vela pa oírlos….

–¿Oírlos?

–…pero en los últimoh meses ella no quería y yo entonceh…

–Dios mío, Fernanda. Y siendo tu hermana…

Sin mirar a la anciana, ella sacó el pañuelo de su bolso y, limpiando el marco de resignación que colocaba alrededor de sus ojos, dijo

–Yo me voy, ¿no?

Fue entonces cuando lo vio descender del taxi, pagar al chofer, y entrar pausadamente al edificio. No supo qué hacer. Si mamá lo ve… pensó. Echó a andar más hacia el fondo de la sala. Que no se enfrente ahora a mamá. Que espere.

–¿Pa dónde tú vas? –dijo la anciana yendo tras ella.

–¿Tú no queríah sentarte? Yo también ehtoy cansá.

–Pero si aquí hay un banco, Fernanda.

Simuló no haber oído. Sin pedir excusas, rompió el corro de los cuatro hombres: cuatro caras festivas, cuatro pares de pantalones abombachados, algo sobre “la dulce vida de los sábadoh”, y una mano distraída que hacía girar una leontina en el aire bullicioso.

Dejándose caer en el banco vacío, de espaldas al portal, se quitó los zapatos. Aléjalo un poquito, san Alejo, hasta que mamá me deje sola.

–¿Qué te pasa?

–Aquí no hay tanta gente y me puedo quedar en mediah.

–Eso no se ve na de bien –dijo la anciana sentándose a su lado.

–Na de lo que yo hago se ve bien.

¿Me habrá visto?, pensó. Estará plantado en la entrada buscándome. Calzose de nuevo, se incorporó, se dio vuelta, se llevó una mano a la frente y cerró los ojos. Él la miraba desde lejos, muy tieso, luego se viraba y salía. ¿Para dónde vas? No tengas tanto miedo, que ella no come gente.

Le temblaban las manos. Su corazón era un cachorro secuestrado y furioso dentro de un saco.

–Tengo dolor de cabeza. Voy a buhcar aspi…

Evadió a los dos niños que corrían a través de la sala, enredó el borde de su vestido en la punta de una sombrilla, tropezó con la pareja que caminaba cogida de manos, recibió un pisotón del piloto que caminaba absorto en la lectura del periódico, y por fin cruzó el portal en dirección al ala izquierda del edificio. De repente, se detuvo en seco. Él la observaba desde la pequeña terraza de la izquierda, entre los estanques. Instintivamente, su mano se alzó un poco para blandir un saludo o una señal de cautela, y en seguida miró atrás, al gentío por entre el cual avanzaba la anciana.

Retrocedió hacia el portal, puso la ancha columna como muro a los ojos de la anciana, y esperó a que esta se acercara.

–Dios mío! Ehta gente no deja uno caminar…

–Cómprame unas ahpirinas en la falmacia –rogó ella–. Me siento muy mal pa ir allá.

La anciana miró en torno, como quien teme una puñalada en la espalda.

–Ehtás tratando de deshacerte de mí, ¿verdá?

–Me siento mal. No es lo que tú piensas.

–La falmacia no ehtá tan lejos, Fernanda. Vamoh las doh.

–Déjalo, déjalo –dijo ella, y se abrió paso hasta el mostrador de la Pan American.

–¿Hay algún cambio en la salida del dos cincuentiséis?

–La hora sigue igual –dijo el empleado–: Doce y cinco.

–Graciah.

Se hizo a un lado, volvió el cuerpo hacia el portal, y descansó un codo en el mostrador. Su madre permanecía frente a ella, leyendo el itinerario al otro lado del mostrador.

–Voy simplemente a vivir todo un mes en Harlem –decía el hombre larguirucho, orondo, al joven que garrapateaba en la libreta de apuntes–. Mi labor será, verdá, realizar una invehtigación de las condicioneh de vida del puertorriqueño en Nueva York. Diga en su periódico también…

Your attention, please –clamó la voz que, a través del sistema de altoparlantes, parecía transmitir bajo una lluvia de cascajo–. Eastern Airlines announces the departure of Flight Three-sixty-four to Miami. Please present your tickets at Gate Three. Su atención, por favor. La Eastern Airlines…

Rojos, seriotes, cargando libros y revistas bajo el brazo, siete pasajeros se movieron hacia la puerta número tres.

La anciana cambiaba de uno a otro pie el peso de su cuerpo, resollaba, preocupábase porque ninguna mano al pasar rozara sus caderas, mientras ella miraba con disimulo la pared de cristal que daba a la terraza. Ahora él se hallaba escondido tras de una columna y, bajo el ala del sombrero, dejaba ver la mano fija al cigarrillo caviloso. Como en el cine, pensó ella. Él es Alan Ladd, yo soy Ava Gardner, y mamá es Bela Lugosi. Solo que aquí Alan Ladd ha empeñado su pistola.

Comenzó a reír y no calló hasta darse cuenta de que el movimiento de su boca y el escozor en los ojos no concertaban con la risa.

–Y ahora ¿qué te pasa?

–Na –logró balbucear–. Es un chiste.

–Pero ehtás queriendo llorar otra vez.

–No eh na, no eh na.

Sacó el pañuelo, se secó los ojos, y se sonó. Luego fue a sentarse en el banco más cercano al portal, de perfil a la terraza. La anciana se escurrió a su lado.

–¿Por qué tú no te vah pa tu casa? Tú debeh tener algo qui hacer.

–Cuando salga el avión –dijo la anciana.

–Quieres ehtar segura, ¿ah? Pero ¿qué más necesitah? Tú mihma l’ehcribihte a Julio diciéndole que yo iba trabajar.

–Y a vivir con elloh, Fernanda. Que no se ti olvide. Ya mi ocuparé yo di averiguar si tú te has ido a vivir sola.

–O si he cogido el avión otra veh pa Puerto Rico.

–O si has cogido el avión otra veh pa Puerto Rico. Yo ehtaré pendiente de to tuh pasos.

–¿Debo mantenerte al tanto de mis amoreh?

–Julio te velará, que pa eso eh tu hermano mayor. Yo lo único que no quiero eh verte aquí en Puerto Rico, hahta que to vuelva ehtar bien.

–Bien ¿cómo?

–Hahta que crehcas y te deh cuenta del pecado qui hah cometido.

–¿Y cuándo me daré cuenta? ¿Cuando cumpla loh veintiún añoh?

–¡Ojalá!

Cuatro años más, pensó. Después podré venir a pelear por él. A llevármelo, a casarme con él, si es que aún no ha tenido el valor de abandonar a Inés para buscarme.

–Le dices a Julio que quizáh yo vaya verlo pa Navidadeh –dijo la anciana–. Quiero conocer la mujer y los doh nenes…

No me va a dejar sola, pensó ella. Ni siquiera voy a poderlo besar. Detuvo su vista en los letreros –”Viaje ahora y pague después”, “Asegúrese por $25,000″– tratando de olvidar aquella boca
parlanchina. Sobre el escaparate de los objetos de concha, giraba el anuncio con su aureola neón: “Tim’s Shell Gifts… “Tim’s Shell Gifts”… Tim’s…”

Miró de reojo hacia la terraza. Todavía estaba allí, escondido como un gángster, fumando su viciosa precaución. Cruzó las piernas. Que las vea, pensó. Que se fije en lo que va a perder. Inés las tiene flacas. Inés no tiene nada de lo que yo tengo. Excepto a él. Pero eso no fue más que suerte, labia, y yo era entonces solo un muchachita con barros y trenzas. Pero él tampoco se fijaba en eso. Me tiraba la vista a la espalda como un garfio para rasgarme el traje sobre las caderas y los muslos. No era bobo y yo tampoco.

–…Y en Nueva York cualquier trabajo secretarial lo pagan mejor que aquí –decía la anciana.

–Sí.

–Se trabaja duro, pero se hace buen dinero. Y cuando uno sabe dos idiomas…

Comenzaba a oír el ronco fragor de unos motores invadiendo la sala, cuando repercutió la voz:

Your attention, please. Pan American World Airway announces the arrival of Clipper Flight Two-sixteen from New York. Su atención, por favor…

Conversando agitadamente, varias personas corrieron a asomarse por las aberturas redondas que dominaban la pista de aterrizaje.

–…Llegada del Clipper Vuelo dos dieciséis de Nueva York….

Ella miró su reloj de pulsera. Quince minutos más, pensó. Anda y ven a besarme. Mamá no dirá nada. Atrévete. Ven acá, ven acá. No estabas leyendo el periódico, sino que me hablabas con esos ojos diabólicos. Ven acá, decías. Estas manos, esta boca y esto van a ser tuyos. Todo eso con los ojos, cuando echaste a un lado el periódico y te estiraste en la butaca mordiendo tu bostezo. Ven acá. Toma. Ven acá, que ya tu mamá se fue a la cama.

–Fernanda.

–¿Qué quiereh?

–Que si no vah almorzar. En el avión seguro que no darán almuerzo, porque ya to el mundo habrá comido.

–No tengo hambre.

–Aunque sea un vaso de leche y un sándwich.

–No quiero na.

En la sala, habiendo sometido su equipaje al examen aduanero, los pasajeros que acaban de descender a tierra repartían besos y abrazos entre amigos y parientes alborozados.

–Y cuando cai la nieve, aquello parece una taljeta de Navidá –decía un hombre.

–Yo no tardo seih meseh más en irme di aquí, porque ya el campo s’está volviendo un patio pa to ese montón de fábricas que van levantando –decía otro.

Ella volvió la vista hacia el chiquillo que, medrosamente y solo a instancias de su madre, acariciaba un flanco del caballo de madera. La madre le hablaba y el chiquillo sacudía la cabeza. No, me va a doler. La madre seguía hablándole con ternura, mesándole los cabellos, pasándole una mano sobre la mejilla. No me atrevo porque me duele y porque tú eres mi cuñado. El chiquillo al fin se dejaba convencer. La mujer lo alzaba, lo colocaba en la montura, y echaba la moneda en la ranura. Entonces el caballo comenzó a brincar, a girar, a mecerse… Y brincaba, giraba y se mecía luego sin dejar caer el tembluzco grito del jinete asido a su pescuezo.

Se movió nerviosamente en el banco. No fue tanto el dolor; pero hubiera querido gritar de dolor y de placer. Miró hacia el agua del primer estanque y, sin levantar la cabeza, alzando solo los ojos, escudriñó la columna. Ahora el humo del cigarrillo era lo único que delataba su presencia. Cobarde, ¿por qué no vienes acá? Un solo beso. Mamá no dirá nada. Ella se conforma con verme volar. Lo que no te perdona es que hayas salido de mi cuarto cuando ella volvía a acostarse después de ir al baño. Escríbeme, cobarde. Piensa en mí.

Your attention, please. Pan American World Airways announces the departure of Clipper Flight Two-fifty-six to New York. Passengers please present your tickets at Gate Seven.

Un tropel de gente comenzó a hacer fila para pasar a través del torno de la galería de observación. Las niñas que se acicalaban frente al espejo de la caseta de fotografías, echaron a correr hacia quienes las llamaban.

–…Anuncia la salida del Clipper Vuelo dos cincuentiséis con destino a Nueva York. Sírvanse presentar sus boletos en la puerta número siete.

La sala servía ahora de pista a la turba que, riendo y llorando y dando voces frenéticas y taconeando apresuradamente, desfilaba hacia la puerta señalada.

La anciana terminaba de prensar los labios sobre cada uno de sus ojos, y ella cerraba la boca para rozar la mejilla descarnada.

–Que Dios te bendiga, Fernanda. Yo voy ehtar arriba, en la galería.

Cuando la vio alejarse, miró hacia la terraza. Pero ya no lo divisaba en el lugar de antes. Miró en derredor, sobre las caras desconocidas, y no lo halló.

–Su boleto, por favor.

Dio el boleto y volvió a buscarlo con la mirada.

–Perdone, señorita, pero hay más pasajeros.

Echó a andar hacia la pista de aterrizaje, donde trepidaba un carromato lleno de equipaje y vociferaban los mecánicos. Subió las escalinatas ladeando la cabeza hacia la galería de observación, y vio entre el montón de brazos y rostros el pañuelo de la anciana. Entró precipitadamente, sin corresponder a aquel gesto, para tomar asiento junto a una ventanilla, Su vecino de asiento no cesó de lanzar besos ni de agitar la mano hasta que el avión comenzó a moverse.

Desapareció de su vista la galería de observación, toda la fachada trasera del edificio, y luego se esparció ante ella la carretera interior del aeropuerto. ¿Por qué no aprovechó cuando mamá me dejó sola?, pensó. Un beso nada más hubiera sido suficiente. Maldita seas, mamá. Si te hubieras ido…

Súbitamente, cuando el avión giraba lentamente hacia la torre de señales, la figura que salía a la acera atrajo su atención. Se detenía –las manos en los bolsillos, la corbata al viento, el sombrero aleteando– y contemplaba el avión. ¡Es él, es él! Desesperadamente, su mano gesticuló un adiós a través de la ventanilla. Y él seguía con su cabeza alzada, su sombrero aleteando, sus manos en los bolsillos.

Tú sabes que yo voy aquí. Encórvate un poco, aunque no llores. Él ensanchaba el pecho, afirmaba las piernas, A menos que no te importe, que solo hayas venido para estar seguro. A menos que como mamá…

El avión giró por completo, corrió sobre la pista y despegó. Entonces ella comenzó a reír sin ganas, sin fuerzas. Y él llanto le vino luego.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Campeones

Pedro Juan Soto

 

El taco hizo un último vaivén sobre el paño verde, picó al mingo y lo restalló contra la bola quince. Las manos rollizas, cetrinas, permanecieron quietas hasta que la bola hizo “clop” en la tronera y luego alzaron el taco hasta situarlo diagonalmente frente al rostro ácnido y fatuo: el ricito envaselinado estaba ordenadamente caído sobre la frente, la oreja atrapillaba el cigarrillo, la mirada era oblicua y burlona, y la pelusilla del bigote había sido acentuada a lápiz.

–¿Qui’ubo, men? –dijo la voz aguda–. Ése sí fue un tiro de campión, ¿eh?

Se echó a reír, entonces.

Su cuerpo chaparro, grasiento, se volvió una mota alegremente tembluzca dentro de los ceñidos mahones y la camiseta sudada.

Contemplaba a Gavilán –los ojos, demasiado vivos, no parecían tan vivos ya; la barba, de tres días, pretendía enmarañar el malhumor del rostro y no lo lograba; el cigarrillo, cenizoso, mantenía cerrados los labios, detrás de los cuales nadaban las palabrotas– y disfrutaba de la hazaña perpetrada.

Le había ganado dos mesas corridas. Cierto que Gavilán había estado seis meses en la cárcel, pero eso no importaba ahora. Lo que importaba era que había perdido dos mesas con él, a quien estas victorias colocaban en una posición privilegiada. Lo ponían sobre los demás, sobre los mejores jugadores del barrio y sobre los que le echaban en cara la inferioridad de sus dieciséis años –su “nenura”– en aquel ambiente. Nadie podría ahora despojarle de su lugar en Harlem. Era el nuevo, el sucesor de Gavilán y los demás individuos respetables. Era igual… No. Superior, por su juventud: tenía más tiempo y oportunidades para sobrepasar todas las hazañas de ellos.

Tenía ganas de salir a la calle y gritar: “¡Le gané dos mesas corridas a Gavilán! ¡Digan ahora! ¡Anden y digan ahora!” No lo hizo. Tan sólo entizó su taco y se dijo que no valía la pena. Hacía sol afuera, pero era sábado y los vecinos andarían por el mercado a esta hora de la mañana. No tendría más público que chiquillos mocosos y abuelas desinteresadas. Además, cierta humildad era buena característica de campeones.

Recogió la peseta que Gavilán tiraba sobre el paño y cambió una sonrisa ufana con el coime y los tres espectadores.

–Cobra lo tuyo –dijo al coime, deseando que algún espectador se moviera hacia las otras mesas para regar la noticia, para comentar cómo él, Puruco, aquel chiquillo demasiado gordo, el de la cara barrosa y la voz cómica, había puesto en ridículo al gran Gavilán. Pero, al parecer, estos tres esperaban otra prueba.

Guardó sus quince centavos y dijo a Gavilán, que se secaba su demasiado sudor de la cara:

–¿Vamos pa’la otra?

–Vamoh –dijo Gavilán, cogiendo de la taquera otro taco para entizarlo meticulosamente.

El coime desenganchó el triángulo e hizo la piña de la próxima tanda.

Rompió Puruco, dedicándose en seguida a silbar y a pasearse alrededor de la mesa elásticamente, casi en la punta de las tenis.

Gavilán se acercó al mingo con su pesadez característica y lo centró, pero no picó todavía. Simplemente alzó la cabeza, peludísima, dejando el cuerpo inclinado sobre el taco y el paño, para decir:

–Oye, déjame el pitito.

–Okey, men –dijo Puruco, y batuteó su taco hasta que oyó el tacazo de Gavilán y volvieron a correr y chasquear las bolas. Ninguna se entroneró.

–Ay, bendito –dijo Puruco–. Si lo tengo muerto a ehte hombre.

Picó hacia la uno, que se fue y dejó a la dos enfilada hacia la tronera izquierda. También la dos se fue. Él no podía dejar de sonreír hacia uno y otro rincón del salón. Parecía invitar a las arañas, a las moscas, a los boliteros dispersos entre la concurrencia de las demás mesas, a presenciar esto.

Estudió cuidadosamente la posición de cada bola. Quería ganar esta otra mesa también, aprovechar la reciente lectura del libro de Willie Hoppe y las prácticas de todos aquellos meses en que había recibido la burla de sus contrincantes. El año pasado no era más que una chata; ahora comenzaba la verdadera vida, la de campeón. Derrotado Gavilán, derrotaría a Mamerto y al Bimbo… “¡Ábranle paso al Puruco!”, dirían los conocedores. Y él impresionaría a los dueños de billares, se haría de buenas conexiones. Sería guardaespaldas de algunos y amigo íntimo de otros. Tendría cigarrillos y cerveza gratis. Y mujeres, no chiquillas estúpidas que andaban siempre con miedo y que no iban más allá de algún apretujón en el cine. De ahí, a la fama; el macho del barrio, el individuo indispensable para cualquier asunto –la bolita, el tráfico de narcóticos, la hembra de Riverside Drive de paseo por el barrio, la pelea de esta pandilla con la otra para resolver “cosas de hombres”.

Con un pujido, pifió la tres y maldijo. Gavilán estaba detrás de él cuando se dio vuelta.

–¡Cuidado con echarme fufú! –dijo, encrespándose.

Y Gavilán:

–Ay, deja eso.

–No; no me vengah con eso, men. A cuenta que estah perdiendo.

Sólo el coime sacudió la cabeza. Los demás no dijeron nada, cambiaron de vista.

–Pero si ehtabah encaramao en la mesa, men –dijo Puruco.

Gavilán le empuñó la camiseta como sin querer, desnudándole la espalda fofa cuando lo atrajo hacia él.

–A mí nadie me llama tramposo.

En todas las otras mesas se había detenido el juego. Los demás observaban desde lejos. No se oía más que el zumbido del abanico y de las moscas, y la gritería de los chiquillos en la calle.

–¿Tú te creeh qui un pilemielda como tú me va a llamar a mí tramposo? –dijo Gavilán, forzando sobre el pecho de Puruco el puño que desgarraba la camiseta–. Te dejo ganar doh mesitah pa que tengas de qué echártelah, y ya te creeh rey. Echa p’allá, infelih –dijo entre dientes–. Cuando crehcas noh vemo.

El empujón lanzó a Puruco contra la pared de yeso, donde su espalda se estrelló de plano. El estampido llenó de huecos el silencio. Alguien rio, jijeando. Alguien dijo: “Fanfarrón que es.”

–Y lárgate di aquí anteh que te meta tremenda patá –dijo Gavilán.

–Okey, men –tartajeó Puruco, dejando caer el taco.

Salió sin atreverse a alzar la vista, oyendo de nuevo tacazos en las mesas, risitas. En la calle tuvo ganas de llorar, pero se resistió. Esto era de mujercitas. No le dolía el golpe recibido; más le dolía lo otro: aquel “cuando crehcas noh vemo”. Él era un hombre ya. Si le golpeaban, si lo mataban, que lo hicieran olvidándose de sus dieciséis años. Era un hombre ya. Podía hacer daño, mucho daño, y también podía sobrevivir a él.

Cruzó a la otra acera pateando furiosamente una lata de cerveza, las manos pellizcando, desde dentro en los bolsillos, su cuerpo clavado a la cruz de la adolescencia.

Le había dejado ganar dos mesas, decía Gavilán. Embuste. Sabía que las perdería todas con él, ahora en adelante, con el nuevo campeón. Por eso la brujería, por eso la trampa, por eso el golpe. Ah, pero aquellos tres individuos regarían la noticia de la caída de Gavilán. Después Mamerto y el Bimbo. Nadie podía detenerle ahora. El barrio, el mundo entero, iba a ser suyo.

Cuando el aro del barril se le enredó ente las piernas, lo pateó a un lado. Le dio un manotazo al chiquillo que venía a recogerlo.

–Cuidao, men, que te parto un ojo –dijo, iracundo.

Y siguió andando, sin preocuparse de la madre que le maldecía y corría hacia el chiquillo lloroso. Con los labios apretados, respiraba hondo. A su paso, veía caer serpentinas y llover vítores de las ventanas desiertas y cerradas.

Era un campeón. Iba alerta sólo al daño.