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viernes, 3 de julio de 2026

El duelo del doctor Hirsch

G. K. Chesterton

 

Monsieur Maurice Brun y monsieur Armand Armagnac atravesaban los soleados Champs Elysées con una especie de animada respetabilidad. Ambos eran bajos, activos y audaces. Los dos tenían barbas negras que daban la impresión de no pertenecer a su cara, de acuerdo con la extraña moda francesa que hace que el pelo de verdad parezca artificial. Monsieur Brun lucía una oscura franja de barba, pegada, según todas las apariencias, bajo el labio inferior. Monsieur Armagnac, para variar, tenía dos barbas, que nacían, respectivamente, de las esquinas de su enfática barbilla. Ambos eran jóvenes y también ateos, con una deprimente rigidez en sus puntos de vista, pero gran versatilidad a la hora de exponerlos. Los dos eran discípulos del gran doctor Hirsch, científico, publicista y moralista.

Monsieur Brun había alcanzado notoriedad mediante su propuesta de que la expresión Adieu, de uso tan corriente, fuese tachada de todos los clásicos franceses, y de que se impusiera una pequeña multa por su uso en la vida privada. “A partir de ese momento”, decía, “el nombre mismo de vuestro imaginario Dios dejará para siempre de hallar eco en el oído humano”. Monsieur Armagnac se especializaba más bien en la resistencia al militarismo, y quería que el estribillo de la Marsellesa se cambiara de Aux armes, citoyens a Aux grèves, citoyens. Pero su antimilitarismo era de una especie muy peculiar y muy francesa. Un eminente cuáquero inglés, muy acaudalado, que había acudido a verlo para preparar el desarme de todo el planeta, quedó muy afligido ante la propuesta de Armagnac de que (para empezar) los soldados rasos fusilaran a sus oficiales.

Y era precisamente en este campo donde los dos jóvenes ateos se separaban más de su líder y padre en la filosofía. El doctor Hirsch, aunque nacido en Francia y adornado con los más gloriosos dones de la educación francesa, tenía, por temperamento, una personalidad distinta: era apacible, soñador, humanitario; y a pesar de su escepticismo filosófico no le faltaba un componente de trascendentalismo. Tenía, por decirlo en pocas palabras, más de alemán que de francés; y aunque sus dos discípulos lo admiraran mucho, había un punto de irritación en el subconsciente de estos galos al verlo abogar por la paz de una manera tan pacífica. Paul Hirsch era, sin embargo, para sus partidarios en toda Europa, un santo de la ciencia. Sus grandiosas y audaces teorías cósmicas daban testimonio de la austeridad de su vida y de su inocente, aunque un tanto fría, moralidad; su postura era algo así como una mezcla de la de Darwin con la de Tolstói. Pero tampoco se le podía tachar ni de anarquista ni de antipatriota; sus ideas sobre el desarme eran moderadas y evolucionistas. El gobierno de la república había depositado considerable confianza en él acerca de diferentes adelantos químicos. Recientemente, el doctor Hirsch había descubierto incluso un explosivo silencioso, cuyo secreto guardaba el gobierno celosamente.

Su casa se hallaba en una hermosa calle cerca del Elysée; una calle que en aquel caluroso verano parecía casi tan llena de follaje como el mismo parque; una hilera de castaños, que acogía también bajo sus ramas la zona donde un amplio café se adelantaba hasta la calle, cortaba el paso a la luz del sol. Casi enfrente de este café se hallaban las persianas verdes y blancas de la casa del gran científico, y una galería de hierro, también pintada de verde, que corría a lo largo de la fachada delante de los ventanales del primer piso. Debajo se situaba la entrada a una especie de patio, adornado con arbustos y azulejos, en el que Brun y Armagnac entraron charlando animadamente.

Simón, el anciano criado del doctor Hirsch, que, gracias a su severo traje negro, sus gafas, su cabello gris y sus cordiales maneras, podría muy bien haber pasado por su amo, fue quien les abrió la puerta. De hecho, el sirviente resultaba un hombre de ciencia mucho más presentable que el doctor Hirsch, que no pasaba de ser una especie de rábano ahorquillado, con la suficiente protuberancia a modo de cabeza como para que su cuerpo resultara insignificante. Con toda la gravedad de un médico eminente entregando una receta, Simón ofreció una carta a monsieur Armagnac, que rasgó el sobre con una impaciencia muy francesa y leyó rápidamente lo que sigue:

“No me es posible bajar a hablar con ustedes. Hay un individuo en esta casa al que me niego a recibir. Es un oficial chovinista, llamado Dubosc. Está sentado en las escaleras. Ha estado dando patadas a los muebles en todas las demás habitaciones; me he encerrado en el estudio, que queda enfrente de ese café. Si me tienen ustedes afecto, vayan al café y esperen en una de las mesas de la terraza. Trataré de enviárselo. Quiero que le respondan y que traten con él. Yo no puedo recibirlo personalmente. No puedo y no lo haré.

Va a producirse otro caso Dreyfus.

P. Hirsch.”

Monsieur Armagnac miró a monsieur Brun. Monsieur Brun cogió la carta, la leyó y se quedó mirando a monsieur Armagnac. Luego ambos se dirigieron a buen paso a una de las mesitas bajo los castaños, donde se hicieron servir dos grandes vasos de horrible ajenjo verde, bebida que al parecer ambos podían consumir en cualquier estación y a cualquier hora. Por lo demás el café daba la impresión de estar vacío, con la excepción, en una mesa, de un soldado que tomaba café, y, en otra, de un individuo muy alto y fuerte con un vasito de almíbar y de un sacerdote que no tomaba nada.

Maurice Brun se aclaró la garganta y dijo:

–Por supuesto tenemos que ayudar al maestro de cualquier manera, pero…

Hubo un brusco silencio y Armagnac dijo:

–Quizá tenga excelentes razones para no entrevistarse personalmente con ese individuo, pero…

Antes de que ninguno de los dos completara una frase, resultó evidente que el invasor había sido expulsado de la casa de enfrente. Los arbustos situados bajo la arcada se inclinaron hasta abrirse por completo, y el molesto huésped salió disparado de entre ellos como si se tratara de una bala de cañón.

El sujeto en cuestión poseía una sólida contextura y un pequeño y ladeado sombrero tirolés de fieltro; y, a decir verdad, toda su figura tenía en líneas generales algo de tirolés. De hombros anchos y robustos, sus piernas, por el contrario, resultaban esbeltas y activas, enfundadas en pantalones hasta la rodilla y medias de punto. De rostro muy moreno, sus ojos castaños brillaban y se movían inquietos; por delante llevaba el pelo, muy oscuro, tiesamente peinado hacia atrás, y muy corto a la altura del cogote, delineando un cráneo cuadrado y poderoso; y poseía un enorme bigote negro, semejante a los cuernos de un bisonte. Una cabeza tan notable se sustenta de ordinario en un cuello de toro, pero el suyo quedaba oculto por una gran bufanda de colores, liada en torno a sus orejas y que le caía por delante dentro de la chaqueta como si se tratara de una especie de chaleco de fantasía. Era una bufanda de fuertes colores apagados, rojo oscuro y oro viejo y morado, probablemente de fabricación oriental. En conjunto, aquel personaje tenía un algo de bárbaro; había más en él de caballero húngaro que de oficial galo corriente y moliente. Su francés, sin embargo, era, a todas luces, el de un nativo; y su patriotismo francés era tan impulsivo que resultaba ligeramente absurdo. Su primera reacción al salir disparado de la arcada fue gritar con voz de clarín en dirección a la calle: “¿Hay algún francés aquí?”, como si estuviera pidiendo cristianos en La Meca.

Armagnac y Brun se pusieron inmediatamente en pie; pero lo hicieron con retraso. Desde todas las esquinas de la calle corrían ya los hombres; en seguida se formó una pequeña multitud que crecía constantemente. Con el rápido instinto francés para la política callejera, el individuo del bigote negro había corrido hasta una esquina del café para subirse a una de las mesas; allí, después de agarrarse a la rama de un castaño con el fin de no perder el equilibrio, gritó como lo hiciera Camille Desmoulins cuando esparció las hojas de roble entre la turba.

–¡Franceses! –lanzó a voleo–; ¡no puedo hablar! Pero, que Dios me ayude, ¡ésa es la razón de que esté hablando! Los individuos que aprenden a hablar en nuestros inmundos parlamentos también aprenden a guardar silencio… ¡a guardar silencio como ese espía que se agazapa en la casa de enfrente! ¡A guardar silencio como hace él cuando aporreo la puerta de su dormitorio! ¡A guardar silencio como lo hace ahora, a pesar de que oye mi voz desde el otro lado de la calle y se estremece mientras sigue sentado! ¡Sin duda, los políticos son capaces de guardar silencio de manera muy elocuente! Pero llegó el momento de que hablemos los que no podemos hablar. Los está entregando a los prusianos. Están siendo traicionados en este momento. Traicionados por ese hombre. Soy Jules Dubosc, coronel de artillería, con destino en Belfort. Ayer capturamos un espía alemán en los Vosgos, y se le encontró un papel… un papel que tengo ahora en mi mano. ¡Claro que han tratado de echar tierra encima! Pero yo se lo he traído directamente al hombre que lo escribió… ¡al dueño de esa casa! Es su letra. Está firmado con sus iniciales. Son instrucciones para encontrar la fórmula secreta de esa nueva pólvora silenciosa. Hirsch la inventó y es Hirsch quien escribió esta nota que está en alemán, y que se encontró en un bolsillo alemán. “Dígale al responsable que la fórmula de la pólvora se halla en un sobre gris en el primer cajón a la derecha del escritorio del ministro, en el Ministerio de la Guerra, y que está escrita con tinta roja. Ha de tener mucho cuidado. P. H.”

El individuo del bigote negro lanzaba frases cortas como una ametralladora, pero era sin duda alguna el tipo de hombre que o está loco o tiene razón. La mayor parte de la multitud era nacionalista y formaba ya un amenazador alboroto; y una minoría de intelectuales igualmente furiosos, dirigidos por Armagnac y Brun, solo lograba que la mayoría se sintiera más militante.

–Si se trata de un secreto militar –gritó Brun–, ¿por qué se pone usted a chillar en mitad de la calle?

–¡Voy a decirle por qué lo hago! –rugió Dubosc por encima de la ruidosa multitud–. Me dirigí a este hombre con franqueza y cortesía. Si tenía alguna explicación podía haberla ofrecido con total confianza. Pero se niega a explicar nada. Me remite a dos desconocidos en un café como a dos lacayos. ¡Me echó de su casa, pero voy a volver a ella, con el pueblo de París detrás de mí!

Un alarido pareció hacer temblar la fachada de la mansión vecina; dos piedras salieron volando y una rompió un ventanal a la altura de la galería. El indignado coronel se lanzó una vez más bajo la arcada y se le oyó gritar y tronar en el interior. A cada momento el mar humano se hacía mayor y se estrellaba contra la verja y los escalones de la casa del traidor; cuando ya no cabía duda de que aquel lugar iba a ser asaltado como la Bastilla, se abrió el ventanal con el cristal roto y el doctor Hirsch salió a la galería. Por un momento, el furor se convirtió a medias en risa; porque el famoso científico resultaba una figura absurda en aquella escena. El largo cuello al descubierto y los hombros caídos le daban la forma de una botella de champán, pero ése era el único detalle festivo de su aspecto. La chaqueta le colgaba como si Hirsch fuese una percha; el pelo, de color zanahoria, lo llevaba largo y descuidado; y las mejillas y la barbilla estaban totalmente orladas por una de esas irritantes barbas que comienzan muy lejos de la boca. Estaba muy pálido y llevaba puestas unas gafas azules.

A pesar de su lividez habló con una especie de modesta decisión que hizo que la multitud se callara a mitad de la tercera frase.

–…solo tengo dos cosas que decirles a ustedes en este momento. La primera para mis enemigos, la segunda para mis amigos. A mis enemigos les digo: es cierto que no voy a recibir a monsieur Dubosc, a pesar del estrépito que está organizando en la puerta misma de esta habitación. Es cierto que he pedido a otras dos personas que se enfrenten con él en mi lugar. ¡Y voy a decirles por qué! Porque no debo ni puedo verlo… porque verlo iría contra todas las reglas de la dignidad y del honor. Antes de que se me declare inocente con todos los pronunciamientos favorables ante un tribunal, existe otro arbitraje que este señor me debe como caballero, y al remitirle a mis padrinos estoy estrictamente…

Armagnac y Brun agitaban sus sombreros desaforadamente, e incluso los enemigos del doctor aplaudieron con entusiasmo ante este inesperado desafío. De nuevo unas cuantas frases resultaron inaudibles, pero después se oyó decir a Hirsch:

–A mis amigos: confieso que yo siempre preferiré armas intelectuales, y confío en que una humanidad plenamente desarrollada se limite a estas últimas. Pero nuestra verdad más preciosa es la fuerza fundamental de la materia y la herencia. Mis libros tienen éxito; nadie refuta mis teorías; pero en política me tropiezo con un prejuicio francés que es casi un defecto físico. Yo no puedo hablar como Clemenceau y Déroulède, porque sus palabras son como ecos de sus pistolas. Los franceses exigen un duelista como los ingleses exigen una persona con espíritu deportivo. De acuerdo, voy a pasar la prueba: pagaré este bárbaro precio y luego volveré a la razón para el resto de mi vida.

Dos hombres surgieron inmediatamente de la multitud, dispuestos a ofrecer sus servicios al coronel Dubosc, que reapareció enseguida muy satisfecho. Uno era un soldado que tomaba café y se limitó a decir: “Me ofrezco para representarlo, coronel. Soy el duque de Valognes”. El otro era el hombre corpulento de elevada estatura; su amigo el sacerdote, después de intentar disuadirlo en un primer momento, acabó marchándose solo.

 

A última hora de la tarde, una cena ligera estaba dispuesta en la parte de atrás del café Charlemagne. Aun sin la protección de ningún cristal ni escayola dorada, los clientes se hallaban casi en su totalidad bajo un delicado e irregular tejado de hojas; porque los árboles ornamentales crecían tan juntos alrededor y entre las mesas como para proporcionar algo de la mezcla de luz y oscuridad de un pequeño huerto. En una de las mesas centrales se encontraba un pequeño sacerdote muy rechoncho, completamente solo, que consumía, con expresión solemne y considerable placer, un buen montón de arenques jóvenes. Aunque su vida diaria era de extraordinaria sencillez, disfrutaba de manera peculiar con algunos lujos tan repentinos como aislados; el Padre Brown era un frugal epicúreo. No levantó los ojos del plato, alrededor del cual el pimentón, los limones, el pan moreno y la mantequilla, etc., se hallaban colocados con gran rigor, hasta que una larga sombra cayó sobre la mesa, y su amigo Flambeau se sentó frente a él. El detective parecía desalentado.

–Me temo que debo abandonar este asunto –dijo con cansada entonación–. Estoy totalmente a favor de soldados franceses como Dubosc y completamente en contra de ateos de la misma nacionalidad como Hirsch; pero me parece que en este caso hemos cometido una equivocación. El duque y yo decidimos que no estaría de más investigar la acusación, y he de confesar que me alegro de haberlo hecho.

–¿Se trata entonces de una falsificación? –preguntó el sacerdote.

–Eso es precisamente lo más extraño –replicó Flambeau–. La letra es exactamente como la de Hirsch, y nadie es capaz de descubrir el más mínimo error. Pero no la escribió Hirsch Si es un francés patriota no la escribió porque da información a Alemania. Y si es un espía alemán tampoco la escribió, bueno… porque no da información a Alemania.

–¿Quiere usted decir que la información es falsa? –preguntó el padre Brown.

–Falsa, efectivamente –replicó el otro–, y falsa en lo que el doctor Hirsch conoce perfectamente: el sitio donde se guarda su fórmula secreta en su propio despacho oficial. Gracias a la colaboración de Hirsch y de las autoridades, se nos ha permitido al duque y a mí examinar el cajón secreto del Ministerio de la Guerra donde se guarda la fórmula de Hirsch. Somos las únicas personas que conocen el sitio, con la excepción del inventor mismo y del ministro de la guerra; pero el ministro lo ha autorizado para que Hirsch no tenga que batirse en duelo. Después de eso no podemos apoyar a Dubosc si sus revelaciones son un embuste.

–¿Y lo son? –preguntó el padre Brown.

–Lo son –respondió su amigo con voz sombría–. Se trata de una falsificación muy torpe, hecha por alguien que no sabía nada del verdadero escondite. La nota dice que la fórmula se encuentra en el armario a la derecha del escritorio del ministro. Y en realidad el armario con el cajón secreto se halla a cierta distancia a la izquierda del escritorio. También dice la nota que el sobre gris contiene un largo documento escrito en tinta roja. Pero el documento está escrito con tinta negra ordinaria, no roja. Es a todas luces absurdo pensar que Hirsch se pueda haber equivocado acerca de un documento que solo él conocía; o que pueda haber tratado de ayudar a un ladrón extranjero diciéndole que busque en el cajón que no es. Creo que hay que dar carpetazo a este asunto y pedir disculpas al viejo pelo de zanahoria.

El padre Brown pareció reflexionar, alzó un pequeño arenque joven con el tenedor.

–¿Está usted seguro de que el sobre gris estaba en el armario de la izquierda? –preguntó.

–Totalmente –replicó Flambeau–. El sobre gris… bueno, era blanco en realidad… estaba… el padre Brown depositó de nuevo el pececillo plateado y el tenedor sobre el plato y se quedó mirando a su compañero.

–¿Cómo? –preguntó con voz alterada.

–¿Qué quiere decir con cómo? –replicó Flambeau, comiendo con excelente apetito.

–No era gris –dijo el sacerdote–. Flambeau, me asusta usted.

–¿De qué demonios se asusta usted?

–Me asusta un sobre blanco –dijo el otro con gran seriedad–. ¡Si hubiera sido simplemente gris! ¡Caramba, podía perfectamente haber sido gris! Pero si era blanco todo el asunto se pone negro. El doctor ha estado jugando con un poco de azufre después de todo.

–¡Pero le estoy diciendo que no pudo haber escrito semejante nota! –exclamó Flambeau–. Ese papel tiene todos los datos equivocados. Y tanto si es inocente como si es culpable, el doctor Hirsch conocía todos los datos.

–El hombre que escribió la nota conocía perfectamente todos los datos –dijo el clérigo solemnemente–. Nunca podría haberse confundido tanto sin conocerlos. Hay que saber muchísimo para equivocarse en todo… como le sucede al diablo.

–¿Quiere usted decir…?

–Quiero decir que un hombre que dice mentiras al albur habría acertado parte de la verdad –explicó el sacerdote con firmeza–. Imagínese que alguien le enviara a encontrar una casa con una puerta verde y una persiana azul, con un jardín delante pero no detrás, con un perro pero sin gato, y donde se bebe café pero no té. Usted dirá que si no encontrara una casa así todo sería una invención. Pero yo digo que no. Digo que si encontrara usted una casa donde la puerta fuese azul y la persiana verde, donde hubiera un jardín detrás pero no delante, donde los gatos fueran moneda corriente y a los perros se les pegase un tiro nada más verlos y donde el té se tomara en tazas de cuarto de litro y el café estuviese prohibido… sabría que ha encontrado la casa. Quien le dio la información tenía que conocer esa determinada casa para ser tan exactamente inexacto.

–Pero, ¿qué significa eso? –preguntó el otro comensal.

–No sabría decirlo –respondió Brown–; confieso no entender en absoluto este asunto Hirsch. Cuando solo era cuestión del cajón izquierdo en lugar del derecho, y de tinta roja en lugar de negra, creí que tal vez se tratara de las equivocaciones fortuitas de un falsificador, como usted dice. Pero el tres es un número místico; es un número que acaba las cosas. También cierra ésta. Que las instrucciones acerca del cajón, del color de la tinta y del color del sobre no sean en ningún caso correctas por casualidad prueba que no se trata de una coincidencia. No puede serlo.

–¿Qué ha sido entonces? ¿Traición? –preguntó Flambeau, reanudando la cena.

–Tampoco estoy seguro –respondió Brown, con expresión de total desconcierto–. Lo único que se me ocurre… bueno, yo nunca entendí el caso Dreyfus. Siempre me hago cargo de las pruebas morales mejor que de las otras. Me guío por los ojos y la voz de un hombre, ya lo sabe usted, y me entero de si su familia parece feliz y de qué temas de conversación elige… y de cuáles evita. Bueno, tengo que confesar mi perplejidad ante el caso Dreyfus. No debido a las horribles acusaciones que se hicieron por ambos lados; sé (aunque no resulta moderno decirlo) que la naturaleza humana en los lugares más altos todavía es capaz de equipararse con los Cenci o los Borgia. No; lo que me desconcertaba era la sinceridad de los dos bandos. No me refiero a los partidos políticos; los militantes de base son siempre más o menos honestos, y con frecuencia incautos. Me refiero a los personajes del drama. Me refiero a los conspiradores, si es que los había. Me refiero al traidor, si es que había un traidor. Me refiero a los hombres que tienen que haber sabido la verdad. Dreyfus siguió adelante como un hombre que sabía que se estaba cometiendo una injusticia con él. Y, sin embargo, los estadistas y los militares franceses siguieron adelante como si supieran que no era un hombre tratado injustamente, sino simplemente una mala persona. No estoy diciendo que se comportaran bien; solo digo que lo hicieron como si estuvieran seguros. No soy capaz de describir estas cosas; sé lo que quiero decir.

–Ojalá lo supiera yo –dijo su amigo–. ¿Y qué tiene que ver eso con el viejo Hirsch?

–Imagínese a una persona que ocupa una posición de confianza –continuó el sacerdote– y que empezara a dar información al enemigo porque era información falsa. Imagínese que esa persona pensara incluso que estaba salvando a su país desorientando a los extranjeros. Imagínese que esto lo llevara a los círculos de espías y se le hicieran pequeños préstamos y se fuera ligando con pequeños lazos. Imagínese que mantuviera su contradictoria posición por el sistema de no decir nunca la verdad a los espías extranjeros, pero permitiendo cada vez más y más adivinarla. La mejor parte de su personalidad (lo que quedara de ella) todavía diría: “No he ayudado al enemigo; dije que estaba en el cajón derecho”. Su peor parte estaría ya diciendo: “Pero quizá tengan el suficiente sentido común como para ver que eso quiere decir el izquierdo”. Lo considero sicológicamente posible… en una edad esclarecida, ya se da usted cuenta.

–Quizá sea sicológicamente posible –respondió Flambeau–, y sin duda explicaría que Dreyfus estuviera seguro de la injusticia que se cometía con él y que sus jueces estuvieran convencidos de que era culpable. Pero no resiste el examen histórico, porque el documento de Dreyfus (si es que era suyo) era literalmente correcto.

–No estaba pensando en Dreyfus –dijo el padre Brown.

El silencio había ido instalándose a su alrededor al vaciarse progresivamente las mesas; ya era tarde, aunque la luz del sol continuaba agarrada a todas las cosas, como si se hubiera enredado accidentalmente con los árboles. Flambeau movió la silla bruscamente –produciendo un ruido aislado que se prolongó en numerosos ecos– y sacó un codo por encima del respaldo.

–Bien –dijo, bastante ásperamente–, si Hirsch no es más que un tímido traidor de vía estrecha…

–No debe usted mostrarse demasiado duro con ellos –dijo el padre Brown con dulzura–. No es del todo falta suya; pero carecen de instintos. Me refiero a esos impulsos que hacen que una mujer se niegue a bailar con un hombre o que un hombre no se interese por una inversión. Se les ha enseñado que todo es cuestión de grado.

–En cualquier caso –exclamó Flambeau con impaciencia–, eso no es ningún desdoro para mi representado; y pienso llegar hasta el final. El viejo Dubosc quizá esté un poco loco, pero es un patriota después de todo.

El padre Brown siguió consumiendo arenques jóvenes.

Algo en su impasible manera de hacerlo tuvo la culpa de que los ardientes ojos negros de Flambeau examinaran de nuevo detenidamente a su acompañante.

–¿Qué demonios le pasa? –preguntó–. A Dubosc no se le puede poner ninguna pega en ese aspecto. ¿Es que duda usted de él?

–Mi querido amigo –dijo el sacerdote, dejando el cuchillo y el tenedor con una especie de fría desesperación–, dudo de todo. Me refiero a todo lo que ha sucedido hoy. Dudo de toda la historia, aunque se haya representado en mi presencia. Dudo de todo lo que han visto mis ojos desde esta mañana. Hay algo en este asunto completamente distinto del misterio policíaco ordinario en el que un hombre miente más o menos y el otro está más o menos diciendo la verdad. Aquí ambos hombres… ¡no sé! Le he contado la única teoría que se me ocurre que podría satisfacer a alguien. Pero a mí no me satisface.

–Ni a mí tampoco –replicó Flambeau frunciendo el ceño, mientras el otro seguía comiendo pescado con aire de total resignación–. Si todo lo que puede usted sugerir es esa idea de un mensaje transmitido mediante los datos opuestos, yo lo consideraría de una inteligencia fuera de lo común, pero… bueno, ¿qué opinión le merece a usted?

–Yo lo llamaría poco convincente –dijo el sacerdote con presteza–. Yo lo llamaría extraordinariamente poco convincente. Pero eso es lo extraño de todo este asunto. La mentira es como la de un colegial. Solo hay tres versiones: la de Dubosc y la de Hirsch y la extravagancia que se me ha ocurrido a mí. O esa nota la escribió un oficial francés para hundir a un funcionario francés; o la escribió un funcionario francés para ayudar a oficiales alemanes; o la escribió un funcionario francés para desorientar a oficiales alemanes. Muy bien. Cualquiera esperaría que un documento secreto con el que se comunica ese tipo de personas, funcionarios u oficiales, tuviera un aspecto muy distinto del que tiene éste. Cualquiera esperaría un escrito en clave, probablemente, como mínimo con abreviaciones; con toda seguridad, términos científicos y estrictamente profesionales. Pero esta nota es esmeradamente simple, como un folletín barato: “En la cueva morada encontrarás el cofre dorado”. Parece como si… como si estuviera pensado para que se descubriera el juego inmediatamente.

Casi antes de que pudieran darse cuenta, un hombre no muy alto con uniforme del ejército francés había llegado a toda velocidad hasta su mesa, sentándose con una especie de ruido sordo.

–Traigo las más extraordinarias noticias –dijo el duque de Valognes–. Vengo de ver ahora mismo a nuestro coronel. Está haciendo el equipaje para irse al extranjero, y nos pidió que presentemos sus excusas sur le terrain.

–¿Cómo? –exclamó Flambeau con total incredulidad–. ¿Pedir disculpas?

–Sí –respondió el duque con expresión ceñuda–; de inmediato, delante de todo el mundo, cuando las espadas están desenvainadas. Y usted y yo tenemos que hacerlo mientras él se marcha de Francia.

–Pero, ¿qué quiere decir eso? –exclamó Flambeau–. ¡No es posible que tenga miedo de ese insignificante Hirsch! ¡Maldita sea! –estalló, con una especie de indignación racional–, ¡nadie puede tener miedo de Hirsch!

–¡Yo creo que es una intriga! –dijo bruscamente Valognes–, una intriga de los judíos y de los masones. Se trata de prestigiar a Hirsch…

El rostro del padre Brown, nada extraordinario, tenía una expresión curiosamente satisfecha; podía reflejar tanto la ignorancia como una profunda comprensión de los hechos. Pero había siempre un instante en que caía la máscara de la simpleza y ocupaba su puesto la de la inteligencia; y Flambeau, que conocía a su amigo, supo que el sacerdote había comprendido de repente. Brown no dijo nada, pero se terminó el plato de pescado.

–¿Dónde vio usted por última vez a nuestro inapreciable coronel? –preguntó Flambeau con tono irritado.

–Está en el hotel Saint Louis, junto al Elysée, a donde fuimos en coche con él. Le repito que está haciendo el equipaje.

–¿Cree usted que todavía seguirá allí? –preguntó Flambeau, mirando ceñudamente la mesa.

–No creo que se haya podido ir –replicó el duque–, necesitará mucho equipaje para un viaje tan largo…

–No –dijo el padre Brown con voz perfectamente normal, pero poniéndose en pie de repente–, se trata de un viaje muy corto. Uno de los más cortos, a decir verdad. Pero quizá podamos encontrarlo aún si tomamos un taxi.

No fue posible sacarle una palabra más hasta que el coche dio vuelta en la esquina del hotel Saint Louis, donde se bajaron; desde allí el sacerdote dirigió al pequeño grupo por un callejón lateral envuelto en densas sombras a causa del crepúsculo. En una ocasión, cuando el duque preguntó impaciente si Hirsch era culpable o no de traición, Brown le contestó con aire bastante distraído:

–No; solo de ambición… como César –luego añadió de manera un tanto incoherente–: lleva una vida muy solitaria; tiene que hacérselo todo él mismo.

–Bien, si es ambicioso podrá sentirse satisfecho –dijo Flambeau con bastante amargura–. Todo París lo aclamará ahora que nuestro condenado coronel se va con el rabo entre las piernas.

–No hable tan alto –dijo el padre Brown, bajando la voz–, su condenado coronel está justo delante de nosotros.

Sus dos acompañantes dieron un respingo y se refugiaron aún más en la sombra de la tapia, porque vieron la robusta figura de su huidizo representado, que caminaba cansinamente a la luz del atardecer, con una maleta en cada mano. Seguía teniendo prácticamente el mismo aspecto que la primera vez que lo vieron, aunque había cambiado su pintoresco pantalón de montañero por otro mucho más corriente. No cabía la menor duda de que estaba escapando del hotel.

El callejón por el que lo seguían era uno de esos que parecen estar detrás de todas las cosas y tienen el aspecto de un decorado teatral visto desde bastidores. Una larga tapia descolorida ocupaba uno de sus lados, interrumpida a intervalos por sucias puertas de colores apagados, todas cerradas a cal y canto y sin otro rasgo característico que los garabatos con gis trazados por algún gamin al pasar. Las copas de los árboles, en su mayor parte coníferas bastante deprimentes, aparecían de vez en cuando por encima de la tapia, y más allá, en el crepúsculo gris y morado, se distinguía la parte trasera de alguna larga terraza de las altas casas parisinas; terrazas que, en realidad, no estaban nada lejos, pero que parecían, extrañamente, tan inaccesibles como una cordillera de montañas de mármol. Al otro lado del callejón corría la alta verja dorada de un melancólico parque. Flambeau miraba a su alrededor de una manera bastante extraña.

–¿Saben ustedes? –dijo–, hay algo acerca de este sitio que…

–¡Miren! –exclamó el duque–; ese individuo desapareció. ¡Se desvaneció como si fuera un duende!

–Tiene una llave –explicó el padre Brown–. No hizo más que entrar por la puerta de uno de los jardines –y, mientras hablaba, oyeron cómo una de las deslustradas puertas de madera se cerraba delante de ellos con un chasquido.

Flambeau se acercó a grandes zancadas a la puerta que casi le habían cerrado en las narices, y se quedó un momento quieto frente a ella, mordiéndose el bigote comido por la curiosidad. Luego levantó los largos brazos y, lanzándose hacia lo alto como un mono, se encaramó sobre la tapia, y su enorme figura se recortó, como las oscuras copas de los árboles, contra el cielo morado.

El duque miró al sacerdote.

–La huida de Dubosc es más complicada de lo que pensábamos –dijo–; pero imagino que está huyendo de Francia.

–Está huyendo de todas partes –respondió el padre Brown.

Los ojos de Valognes brillaron, pero su voz se convirtió en un susurro.

–¿Habla usted de un suicidio? –preguntó.

–No encontrarán ustedes el cuerpo –replicó Brown.

Flambeau lanzó una especie de grito desde lo alto de la tapia.

–¡Dios mío! –exclamó en francés–, ¡ya sé dónde estamos! ¡Detrás de la calle donde vive el viejo Hirsch! ¡Y yo creía que sabía reconocer una casa por detrás tan bien como a un hombre!

–¡Y Dubosc entró ahí! –intervino el duque, dándose un golpe en la cadera–. ¡Así que van a entrevistarse después de todo! –Y con repentina agilidad francesa, trepó hasta colocarse al lado de Flambeau sobre la tapia, presa del mayor entusiasmo. Solo el sacerdote se quedó abajo, apoyado contra la tapia, de espaldas al teatro de los acontecimientos, mirando pensativamente la verja del parque y los centelleantes árboles medio en sombras.

El duque, por muy entusiasmado que se sintiera, tenía los modales de un aristócrata, y prefería contemplar la casa desde lejos en lugar de actuar como un espía; pero Flambeau, que tenía las tendencias de un ladrón de casas (y de un detective), saltó inmediatamente desde la tapia al sitio donde se bifurcaba el tronco de un árbol muy frondoso, para desde allí arrastrarse por una rama hasta colocarse muy cerca de la única ventana iluminada en la alta casa a oscuras. Alguien había bajado una persiana roja, pero estaba torcida, de manera que quedaba abierta por un lado. Flambeau, jugándose el cuello al avanzar por una rama que parecía tan poco resistente como un tallo joven, logró ver al coronel Dubosc deambulando por un dormitorio muy lujoso y brillantemente iluminado. Pero aunque el detective estaba muy cerca de la casa, oyó las palabras de sus colegas junto a la tapia y las repitió en voz baja.

–Sí, ¡van a entrevistarse después de todo!

–No se verán jamás –dijo el padre Brown–. Hirsch tenía razón al decir que en un asunto así los protagonistas no deben entrevistarse. ¿Ha leído usted un extraño relato sicológico de Henry James acerca de dos personas que, por casualidad, consiguen no encontrarse nunca y lo hacen con tanta perseverancia que empiezan a tener miedo el uno del otro y a pensar que es el destino? Este caso es algo parecido, pero más curioso.

–Hay personas en París que los curarán de semejantes fantasías morbosas –dijo Valognes con tono resentido–. No les quedará más remedio que enfrentarse si los capturamos y les obligamos a batirse.

–No se encontrarán ni siquiera en el día del Juicio Final –dijo el sacerdote–. Aunque Dios todopoderoso empuñara la vara que señala la entrada en liza, y aunque san Miguel tocara la trompeta para cruzar las espadas… incluso entonces, si uno estuviera dispuesto el otro no aparecería.

–Pero, ¿a qué viene todo este misticismo? –exclamó el duque de Valognes, lleno de impaciencia–, ¿por qué demonios no podrían enfrentarse como otras personas?

–Se oponen entre sí –dijo el Padre Brown, con una especie de extraña sonrisa–. Se contradicen mutuamente. Se borran el uno al otro por así decirlo.

Siguió contemplando los árboles cada vez más oscuros que tenía enfrente, pero Valognes volteó bruscamente ante una contenida exclamación de Flambeau. El detective, que vigilaba la habitación iluminada, acababa de ver cómo el coronel, después de un par de pasos, procedía a quitarse la chaqueta. La primera idea de Flambeau fue que aquello empezaba realmente a tener aspecto de pelea; pero pronto hubo de renunciar a esa suposición. La solidez y la robustez del tórax y de los hombros de Dubosc no era más que una gran pieza de relleno de la que se despojó junto con la chaqueta. En mangas de camisa y pantalones era un caballero comparativamente flaco, que atravesó el dormitorio camino del cuarto de baño con la intención nada belicosa de asearse. Después de inclinarse sobre una palangana, se secó las manos y el rostro con una toalla, y al volverse de nuevo, la luz de la lámpara le iluminó la cara de lleno. Había desaparecido su tez morena y también su enorme bigote negro; aparecía en cambio un rostro completamente afeitado y muy pálido. Del coronel no quedaban ya más que sus brillantes ojos castaños, semejantes a los de un halcón.

Junto a la tapia, el padre Brown seguía en profunda meditación como si hablara consigo mismo:

–Todo es exactamente como lo que le estaba diciendo a Flambeau. Estos opuestos no sirven. No funcionan. No se pelean. Si se trata de blanco en lugar de negro, y de sólido en lugar de líquido, y así con todo lo demás… entonces hay algo que está mal, monsieur, hay algo que está muy mal. Uno de estos dos hombres es rubio y el otro moreno, uno robusto y el otro flaco, uno fuerte y el otro débil. Uno tiene bigote pero carece de barba, de manera que no se le ve la boca; el otro tiene barba pero no bigote, y no se le ve la barbilla. Uno tiene el pelo casi cortado al cero, pero usa una bufanda para ocultar el cuello; el otro lleva cuellos de camisa muy bajos, pero el pelo largo para ocultar la forma de la cabeza. Resulta todo demasiado preciso y correcto, monsieur, y hay algo que está mal. Cosas tan contrarias no están hechas para pelearse. Cuando uno sale a la superficie el otro se zambulle. Es igual que una cara y una máscara, o una cerradura y una llave…

Flambeau contemplaba el interior de la casa con el rostro tan blanco como el papel. El ocupante de la habitación estaba de espaldas a él, pero situado delante de un espejo, y ya se había colocado una especie de marco de frondoso pelo color zanahoria en la cara, pelo que le colgaba desordenadamente de la cabeza y que se le pegaba a las mandíbulas y a la barbilla, mientras dejaba al descubierto la boca burlona. Visto así en el espejo, el pálido rostro parecía la cara de un Judas riendo atrozmente y rodeado por las saltarinas llamas del infierno. Durante un momento de indignación Flambeau vio bailar los ardientes ojos de color castaño casi rojo; luego quedaron cubiertos por un par de gafas azules. Después de embutirse una amplia chaqueta negra, la figura desapareció, camino de la parte delantera de la casa. Instantes después, el estruendo del aplauso popular desde la calle anunció que, una vez más, el doctor Hirsch había hecho su aparición en la galería.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 20 de mayo de 2025

El hombre invisible

G. K. Chesterton

 

En la fresca penumbra azul, una confitería de Camden Town, en la esquina de dos empinadas calles, brillaba como brilla la punta del cigarro encendido. Como la punta de un castillo de fuegos artificiales, mejor dicho, porque la iluminación era de muchos colores y de cierta complejidad, quebrada por variedad de espejos y reflejada en multitud de pastelillos y confituras doradas y de vivos tonos. Los chicos de la calle pegaban la nariz al escaparate de fuego, donde había unos bombones de chocolate. Y la gigantesca tarta de boda que aparecía en el centro era blanca, remota, edificante, como un Polo Norte digno de ser engullido. Era natural que este arco iris de tentaciones atrajera a toda la gente menuda de la vecindad que andaba entre los diez y los doce años. Pero aquel ángulo de la calle ejercía también una atracción especial sobre gente algo más crecida; en efecto: un joven de hasta veinticuatro años al parecer estaba también extasiado ante el escaparate. También para él la confitería ejercía un singular encanto; pero encanto que no provenía precisamente del chocolate, aunque nuestro joven estaba lejos de mirar con indiferencia esta golosina.

Era un hombre alto, corpulento, de cabellos rojizos, de cara audaz y de modales un tanto descuidados. Llevaba bajo el brazo una abultada cartera gris, y en ella dibujos en blanco y negro, que venía vendiendo con éxito vario a los editores desde el día en que su señor tío –un almirante– le había desheredado por razón de sus ideas socialistas, tras una conferencia pública que dio el joven contra las teorías económicas recibidas. Llamábase John Turnbull Angus.

Se decidió a entrar, atravesó la confitería y se dirigió al cuarto interior –especie de fonda y pastelería– y al pasar saludó, descubriéndose un poco, a la damita que atendía al público. Era ésta una muchacha elegante, vivaz, vestida de negro, morena, de lindos colores y de ojos negros. Tras el intervalo habitual, la muchacha siguió al joven al cuarto interior para ver qué deseaba.

Él deseaba algo muy común y corriente:

–Haga el favor de darme –dijo con precisión– un bollo de a medio penique y una tacita de café solo.

Y antes de que la muchacha se volviera a otra parte, añadió:

–Y también quiero que se case usted conmigo. La damita contestó, muy altiva:

–Ése es un género de burlas que yo no consiento.

El rubio joven levantó con inesperada gravedad sus ojos grises, y dijo:

–Real y verdaderamente, es en serio, tan en serio como el bollo de a medio penique; y tan costoso como el bollo: se paga por ello. Y tan indigesto como el bollo: hace daño.

La joven morena, que no había apartado de él los ojos, parecía estarle estudiando con trágica minuciosidad. Al acabar su examen, había en su rostro como una sombra de sonrisa; se sentó en una silla.

–¿No cree usted –observó Angus con aire distraído– que es una crueldad comerse estos bollos de a medio penique? ¡Todavía pueden llegar a bollos de a penique! Yo abandonaré estos brutales deportes en cuanto nos casemos.

La damita morena se levantó y se dirigió a la ventana, con evidentes señales de preocupación, pero no disgustada. Cuando al fin volvió la cara con aire resuelto, se quedó desconcertada al ver que el joven estaba poniendo sobre su mesa multitud de objetos y golosinas que había en el escaparate: toda una pirámide de bombones de todos colores, varios platos de bocadillos y los dos frascos de ese misterioso oporto y ese misterioso jerez que sólo sirven en las pastelerías. Y en medio de todo ello había colocado el enorme bulto de aquella tarta espolvoreada de azúcar, que era el principal ornamento del escaparate.

–Pero, ¿qué hace usted?

–Mi deber, querida Laure –comenzó él.

–¡Oh, por Dios! Pare, pare: no me hable usted así. ¿Qué significa todo esto?

–Un banquete ceremonial, Miss Hope.

–¿Y eso? –dijo ella, impaciente, señalando la montaña de azúcar.

–Eso es la tarta de bodas, señorita Angus –contestó el joven.

La muchacha le arrebató la tarta y la volvió a su sitio de honor; después volvió donde estaba el joven, y, poniendo sobre la mesita sus elegantes codos, se quedó mirándolo cara a cara, aunque no con aire desfavorable, sí con evidente inquietud.

–Y ¿no me da usted tiempo de pensarlo? –preguntó.

–No soy tan tonto –contestó él–. ¡Tanta es mi humildad cristiana!

Ella seguía contemplándolo; pero ahora, tras la máscara de su sonrisa, había una creciente gravedad.

–Mr. Angus –dijo con firmeza–; basta de niñerías: no pase un minuto más sin que usted me oiga. Tengo que decirle algo de mí misma.

–¡Encantado! –replicó Angus gravemente– y ya que está usted en ello, también debería usted decirme algo sobre mí mismo.

–Ea, calle usted un poco y escuche. No es nada de que tenga yo que avergonzarme ni entristecerme siquiera. Pero, ¿qué diría usted si supiera que es algo que, sin ser cosa mía, es mi pesadilla constante?

–En tal caso –dijo seriamente el joven–, yo le aconsejo a usted que traiga otra vez la tarta de boda.

–Bueno, ante todo, escuche usted mi historia –insistió Laure–. Y, para empezar, le diré que mi padre era propietario de la posada “El Pez Rojo”, en Ludbury, y era yo quien servía en el bar a la parroquia.

–Ya decía yo –interrumpió él– que había no sé qué aire cristiano en esta confitería.

–Ludbury es un triste soñoliento agujero de los condados del Este, y la única gente que aparecía por “El Pez Rojo” era, amén de uno que otro viajante, de lo más abominable que usted haya visto, aunque usted no ha visto eso jamás. Quiero decir que eran unos haraganes, bastante acomodados para no tener que ganarse la vida, y sin más quehacer que pasarse el día en las tabernas y en apuestas de caballos, mal vestidos, aunque harto bien para lo que eran. Pero aun estos jóvenes pervertidos aparecían poco por casa, salvo un par de ellos que eran habituales, en todos los sentidos de la palabra. Vivían de su dinero y eran ociosos hasta decir basta, y excesivos en el vestir. Con todo, me inspiraban alguna lástima, porque se me figuraba que sólo frecuentaban nuestro desierto establecimiento a causa de cierta deformidad que cada uno de ellos padecía; esas leves deformidades que hacen reír precisamente a los burlones. Más que verdadera deformidad, se trataba de una rareza. Uno de ellos era de muy baja estatura, casi enano, o por lo menos parecía “jockey”, aunque no en la cara y lo demás; tenía una cabezota negra y una barba negra muy cuidada, ojos brillantes, de pájaro; siempre andaba haciendo sonar las monedas en el bolsillo; usaba una gran cadena de oro, y siempre se presentaba tan ataviado a lo gentleman, que claro se veía que no lo era. Aunque ocioso, no era un tonto; hasta tenía un talento singular para todas las cosas inútiles; improvisaba juegos de manos, hacía arder quince cerillas a un tiempo como un castillo de artificio, cortaba un plátano o una cosa así en forma de bailarina… Se llamaba Isidore Smythe. Todavía me parece verlo, con su carita trigueña, acercarse al mostrador y formar con cinco cigarrillos la figura de un canguro.

El otro era más callado y menos notable, pero me alarmaba más que el pequeño Smythe. Era muy alto y ligero, de cabellos claros, nariz aguileña, y tenía cierta belleza, aunque una belleza espectral, y un bizqueo de lo más espantoso que pueda darse. Cuando miraba de frente, no sabía uno dónde estaba uno mismo o qué era lo que él miraba. Yo creo que este defecto le amargaba un poco la vida al pobre hombre; porque, en tanto que Smythe siempre andaba luciendo sus habilidades de mono, James Welkin (que así se llamaba el bizco) nunca hacía más que empinar el codo en el bar y pasear a grandes trancos por los cenicientos llanos del contorno. Pero creo que también a Smythe le dolía sentirse tan pequeñín, aunque lo llevaba con mayor gracia. Así fue que me quedé verdaderamente perpleja y del todo desconcertada y tristísima cuando ambos; en la misma semana, me propusieron casarse conmigo.

El caso es que cometí tal vez una torpeza; al menos, eso me ha parecido a veces. Después de todo, aquellos monstruos eran mis amigos, y yo no quería por nada del mundo que se figurasen que los rehusaba por la verdadera razón del caso: su imposible fealdad. De modo que inventé un pretexto, y dije que me había prometido no casarme sino con un hombre que se hubiera abierto por sí mismo su camino en la vida, que para mí era cuestión de principios el no desposarme con un hombre cuyo dinero procediera, como el de ellos, del beneficio de la herencia. Y a los dos días de haber expuesto yo mis bien intencionadas razones comenzó el conflicto. Lo primero que supe fue que ambos se habían ido a buscar fortuna, como en el más cándido cuento de hadas.

Desde entonces no he vuelto a ver a ninguno de ellos. Pero he recibido dos cartas del hombrecillo llamado Smythe, y realmente son inquietantes.

–Y del otro, ¿no ha sabido usted más? –preguntó Angus.

–No; nunca me ha escrito –dijo la muchacha después de dudar un instante–. La primera carta de Smythe decía simplemente que había salido, en compañía de Welkin con rumbo a Londres; pero, como Welkin es tan buen andarín, el hombrecillo se quedó atrás y tuvo que detenerse a descansar al lado del camino. Lo recogió una compañía de saltimbanquis que casualmente pasaba por allí; y en parte porque el pobre hombre era casi un enano, y en parte por sus muchas habilidades, se arregló con ellos para trabajar en la próxima feria, y lo destinaron para hacer no sé qué suertes en el Acuario. Esto decía en su primera carta. En la segunda había ya más motivo de alarma. La recibí hace apenas una semana.

El llamado Angus apuró su taza de café y dirigió a su amiga una mirada cariñosa y paciente. Ella, al continuar, torció un poco la boca, como esbozando una sonrisa:

–Supongo que en los anuncios habrá usted leído lo del “Servicio silencioso de Smythe”, o será usted la única persona que no lo haya leído. Por mi parte, no estoy muy enterada; solo sé que se trata de la invención de algún mecanismo de relojería para hacer mecánicamente todo el trabajo de la casa. Ya conoce usted el estilo de esos reclamos: “Oprime usted un botón, y ya tiene a sus órdenes un mayordomo que nunca se emborracha”. “Da usted vuelta a una manivela, y eso equivale a una docena de criadas que nunca pierden el tiempo en coqueteos, etc.”. Ya habrá usted visto los anuncios. Bueno: las dichosas máquinas, sean lo que fueren, están produciendo montones de dinero, y lo están produciendo para los purísimos bolsillos del mismísimo duende con quien trabé conocimiento en Ludbury. No puedo menos de celebrar que el triste sujeto tenga éxito; pero el caso es que me aterra la idea de que, en todo momento, puede presentárseme aquí y decirme que ya ha logrado abrirse un camino, como es la verdad.

–¿Y el otro? –preguntó Angus con cierta obstinada inquietud.

Laure Hope se puso en pie de un salto.

–Amigo mío –dijo–, usted es un brujo. Sí, tiene usted razón, usted es un brujo. Del otro no he llegado a recibir una sola línea. Y no tengo la menor idea de lo que será de él, o dónde habrá ido a parar. Pero es de él de quien tengo más miedo; es él quien se atraviesa en mi camino; él quien me ha vuelto ya medio loca. No, lo cierto es que ya me tiene loca del todo; porque figúrese usted que me parece encontrármelo donde estoy segura de que no puede estar, y creo oírle hablar donde es de todo punto imposible que él esté hablando

–Bueno, querida amiga –dijo alegremente el joven–, aun cuando sea el mismo Satanás, desde el momento en que usted le ha contado a alguien el caso, su poder se disipa. Lo que más enloquece, criatura, es estarse devanando los sesos a solas. Pero, dígame ¿dónde y cuándo le ha parecido a usted ver u oír a su famoso bizco?

–Sepa usted que he oído reírse a James Welkin tan claramente como le oigo hablar a usted –dijo la muchacha con firmeza–. ¡Y no había un alma! Porque yo estaba allí, afuera, en la esquina, y podía ver a la vez las dos calles. Además, y aunque su risa era tan extraña como su bizqueo, ya se me había olvidado su risa. Y hacía como un año que ni siquiera pensaba en él. Y lo curioso es que la primera carta de su rival (verdad absoluta) me llegó un instante después.

–Y ¿alguna vez ha hablado el espectro, o chillado o hecho alguna cosa? –preguntó Angus con interés.

Laure se estremeció y después dijo tranquilamente:

–Sí. Precisamente cuando acabé de leer la segunda carta de Isidore Smythe, en que me anunciaba su éxito, en ese mismo instante oí a Welkin decir: “Con todo, no será él quien se la gane a usted”. Tan claro como si hubiera hablado aquí dentro de la habitación. Es horrible: yo debo estar loca.

–Si usted estuviera loca realmente –contestó el joven–, creería usted estar cuerda. Pero, en todo caso, la historia de este caballero invisible me resulta un tanto extravagante. Dos cabezas valen más que una (y ahorrémonos alusiones a los demás órganos) y así, si usted me permite que, en categoría de hombre robusto y práctico, vuelva a traer la tarta de boda que está en el escaparate…

Pero al decir esto se oyó en la calle un chirrido metálico, y un motorcito, que traía una velocidad diabólica, llegó disparado hasta la puerta de la pastelería, y paró. Casi al mismo tiempo, un hombrecito con un deslumbrante sombrero de copa saltó del motor y entró con ruidosa impaciencia.

Angus, que hasta aquí había conservado una fácil hilaridad, por razón de higiene interior, desahogó la inquietud de su alma saliendo a grandes pasos hacia la otra sala, al encuentro del recién venido. La sospecha del enamorado joven quedó confirmada a primera vista. Aquel sujeto elegante, pero diminuto, con la barbilla negra, insolentemente erguida, los ojos vivaces y penetrantes, los dedos finos y nerviosos, no podía ser otro que el hombre a quien acababan de describirle: Isidore Smythe, en suma, el hombre que hacía muñecos con cáscara de plátano y cajas de fósforos; Isidore Smythe, el hombre que hacía millones con mayordomos metálicos que no se embriagan y criadas metálicas que no coquetean. Por un instante, los dos hombres, comprendiendo instintivamente el aire de posesión con que cada uno de ellos estaba en aquel sitio, permanecieron contemplándose con esa generosidad fría y extraña que es la esencia de la rivalidad.

Pero Mr. Smythe, sin hacer la menor alusión a los motivos de antagonismo que podía haber entre ambos, dijo sencillamente, en una explosión:

–¿Ha visto, Miss Hope, lo que hay en el escaparate?

–¿En el escaparate? –preguntó Angus asombrado.

–No hay tiempo de entrar en explicaciones –dijo con presteza el pequeño millonario–. Aquí sucede algo extraño, y hay que proceder a averiguarlo.

Señaló con su pulida caña al escaparate recientemente saqueado por los preparativos nupciales de Mr. Angus, y éste pudo ver con asombro una larga tira de papel de sellos postales pegada en la vidriera, que con toda certeza no estaba allí cuando él estuvo asomado al escaparate, minutos antes. Siguiendo al enérgico Smythe a la calle, vio que una tira de papel engomado, como de un metro, había sido cuidadosamente pegada a la vidriera, y que en el papel se leía, con caracteres irregulares: Si se casa usted con Smythe, Smythe morirá.

–Laure –dijo Angus, asomando al interior de la tienda su careta roja–. No está usted loca, no.

–Es la letra de ese tal Welkin –dijo Smythe con aspereza–. Hace años que no lo veo, pero no por eso ha dejado de molestarme. En solo estos quince días cinco veces me ha estado echando cartas amenazadoras, sin que sepa yo quién las trae, como no sea Welkin en persona. El portero jura que no ha visto a ninguna persona sospechosa; y aquí ha estado pegando esa tira de papel en un escaparate público, mientras que la gente de la confitería…

–Exactamente –concluyó Angus con modestia–, mientras que la gente de la confitería se entretiene en tomar el té. Pues bien, señor mío, permítame declararle que admiro su buen sentido en atacar tan directamente lo único que por ahora importaba. De lo demás, ya tendremos tiempo de hablar. Nuestro hombre no puede estar muy lejos, porque le aseguro a usted que no había papel alguno hace unos diez o quince minutos, cuando me acerqué por última vez al escaparate. Por otra parte, tampoco es fácil darle caza, puesto que ignoramos el rumbo que habrá tomado. Si usted, Mr. Smythe, quisiera seguir mi consejo, pondría ahora mismo el asunto en manos de un investigador experto, y mejor de un investigador privado, que no de persona perteneciente a la policía pública. Yo conozco a un hombre inteligentísimo, que está establecido a cinco minutos de aquí, yendo en el auto de usted. Su nombre es Flambeau, y aunque su juventud fue algo tormentosa, ahora es un hombre honrado a carta cabal, y tiene un cerebro que vale oro. Vive en la casa Lucknow, que está por Hampstead.

–¡Qué coincidencia! –dijo el hombrecillo frunciendo el ceño–. Yo vivo en la casa Himalaya, al volver la esquina. Supongo que usted no tendrá inconveniente en venir conmigo. Así, mientras yo subo a mi cuarto por los extravagantes documentos de Welkin, usted puede ir a llamar a su amigo el detective.

–Es usted muy amable –dijo Angus cortésmente–. Bueno; cuanto antes, mejor.

Y ambos, con improvisada buena fe, se despidieron de la dama con la misma circunspección formal, y subieron al ruidoso y pequeño auto. Mientras Smythe movía palancas y hacía doblar la esquina al vehículo, Angus se divertía en ver un gigantesco cartelón del “Servicio Silencioso de Smythe”, donde estaba pintado un enorme muñeco de hierro sin cabeza, llevando una cacerola, con un letrero que decía: Un cocinero que nunca refunfuña.

–Yo mismo los empleo en mi piso –dijo el hombrín de la barba negra, riendo–. En parte por anuncio, y en parte por comodidad. Y, hablando en plata, crea usted que esos muñecones de relojería le traen a uno el carbón o le sirven el vino con más presteza que cualquier criado, simplemente con saber bien cuál es el botón que hay que oprimir en cada caso. Pero aquí inter nos, no le negaré a usted que también tienen sus desventajas.

–¿De veras? –preguntó Angus–. ¿Hay alguna cosa que no pueden hacer?

–Sí –replicó fríamente Smythe, No pueden decirme quién me echa esas cartas amenazadoras en casa.

El auto era tan pequeño y ágil como su dueño. Y es que, lo mismo que su servicio doméstico, era un artículo inventado por él. Si aquel hombre era un charlatán de los anuncios, era un charlatán que creía en sus mercancías. Y el sentimiento de que el auto era algo frágil y volador se acentuó aún más cuando entraron por unas carreteras blancas y sinuosas, a la muerta pero difusa claridad de la tarde. Las curvas blancas del camino se fueron volviendo cada vez más bruscas y vertiginosas: formaban ya unas verdaderas “espirales ascendentes”, como dicen las religiones modernas. Trepaban ahora por un rincón de Londres, casi tan escarpado como Edimburgo, cuando no sea tan pintoresco. Las terrazas aparecían como encaramadas unas sobre otras, y la torre de pisos a que ellos se dirigían se levantaba sobre todas a una altura egipcia, dorada por el último sol. Al volver la esquina y entrar en la placita de casas conocida por el nombre de Himalaya, el cambio fue tan súbito como el abrir una ventana de pronto: la torre de pisos se alzaba sobre Londres como sobre un verde mar de pizarra. Frente a las casas, al otro lado de la placeta de guijas, había una hermosa tapia que más parecía un vallado de zapas o un dique que no un jardín, y abajo corría un arroyo artificial, como un canal, foso de aquella hirsuta fortaleza. Cuando el auto cruzó la plaza, pasó junto al puesto de un vendedor de castañas, y al otro extremo de la curva, Angus pudo ver el bulto azul oscuro de un policía que paseaba tranquilamente. En la soledad de aquel apartado barrio no se veía más alma viviente. A Angus le pareció que expresaban toda la inexplicable poesía de Londres; le pareció que eran las estampas de un cuento.

El auto llegó, lanzado como una bala, a la casa en cuestión, y allí echó de sí a su dueño como una bomba que estalla. Smythe preguntó inmediatamente a un alto conserje lleno de deslumbrantes, galones y a un criado diminuto en mangas de camisa, si alguien había venido a buscarlo. Le aseguraron que nadie ni nada había pasado desde la salida del señor. Entonces, en compañía de Angus, que estaba un poco desconcertado, entró en el ascensor, que los transportó de un salto, como un cohete, hasta el último piso.

–Entre usted un instante –dijo Smythe casi sin resuello–. Voy a mostrarle a usted las cartas de Welkin. Después irá usted, en una carrera, a traer a su amigo.

Oprimió un botón disimulado en el muro, y la puerta se abrió sola.

Abrióse sobre una antesala larga y cómoda, cuyos únicos rasgos salientes, ordinariamente hablando, eran las filas de enormes muñecos mecánicos semihumanos que se veían a ambos lados como maniquíes de sastre. Como los maniquíes, no tenían cabeza, y al igual que ellos, tenían en la espalda una gibosidad tan hermosa como innecesaria, y en el pecho una hinchazón de buche de paloma. Fuera de esto, no tenía nada más de humano que esas máquinas automáticas de la altura de un hombre que suele haber en las estaciones. Dos ganchos les servían de brazos, adecuados para llevar una bandeja. Estaban pintados de verde claro, bermellón o negro, a fin de distinguirlos unos de otros. En lo demás eran como todas las máquinas, y no había para qué mirarlos dos veces. Al menos, nadie lo hizo entonces. Porque entre las dos filas de maniquíes domésticos, había algo más interesante que la mayor parte de los mecanismos que hay en el mundo: había un papel garrapateado con tinta roja, y el ágil inventor lo había percibido al instante. Lo recogió y se lo mostró a Angus sin decir palabra. La tinta todavía estaba fresca. El mensaje decía así:

“Si has ido hoy a verla, te mataré”.

Tras un instante de silencio, Isidore Smythe dijo tranquilamente:

–¿Quiere usted un poco de whisky? Yo tengo antojo de tomar una copita.

–Gracias. Prefiero un poco de Flambeau –dijo Angus poniéndose tétrico–. Me parece que esto se pone grave. Ahora mismo voy por mi hombre.

–Tiene usted razón –dijo el otro con admirable animación–. Tráigalo usted lo más pronto posible.

Al tiempo de cerrar la puerta tras de sí, Angus vio que Smythe oprimía un botón, y uno de los muñecos se destacaba de la fila y, deslizándose por una ranura del piso, volvía con una bandeja en que se veían un sifón y un frasco. Esto de abandonar a aquel hombrecillo solo en medio de aquellos criados muertos, que habían de comenzar a animarse en cuanto Angus cerrara la puerta, no dejaba de ser algo funambulesco.

Unas seis gradas más abajo del piso de Smythe, el hombre en mangas de camisa estaba haciendo algo con un cubo. Angus se detuvo un instante para pedirle –fortificando la petición con la perspectiva de una buena propina– que permaneciera allí hasta que él regresara acompañado del detective, y cuidara de no dejar pasar a ningún desconocido. Al pasar por el vestíbulo de la casa hizo el mismo encargo al conserje, y supo de labios de éste que la casa no tenía puerta posterior, lo cual simplificaba mucho las cosas. No contento con semejantes precauciones, dio alcance al errabundo policía, y le encargó que se apostara frente a la casa, en la otra acera, y vigilara desde allí la entrada. Y, finalmente, se detuvo un instante a comprar castañas, y le preguntó al vendedor hasta qué hora pensaba quedarse en aquella esquina.

El castañero alzándose el cuello del gabán, le dijo que no tardaría mucho en marcharse, porque parecía que iba a nevar. Y, en efecto, la tarde se iba poniendo cada vez más oscura y triste. Pero Angus, apelando a toda su elocuencia, trató de clavar al vendedor en aquel sitio.

–Caliéntese usted con sus propias castañas –le dijo con la mayor convicción–. Cómaselas todas, yo se lo pagaré. Le daré a usted una libra esterlina si no se mueve de aquí hasta que yo vuelva, y si me dice si ha entrado en aquella casa donde está aquel conserje de librea, algún hombre, mujer o niño.

Y echó un último vistazo a la torre sitiada.

“Como quiera, le he puesto un cerco al piso de ese hombre –pensó–. No es posible que los cuatro sean cómplices de Welkin”.

La casa Luclmow estaba en un plano más bajo que aquella colina de casas en que la Himalaya representaba la cumbre.

El domicilio semioficial de Flambeau estaba en un bajo, y, en todos sentidos, ofrecía. el mayor contraste con aquella maquinaria estadunidense y lujo frío de hotel del “Servicio Silencioso”. Flambeau, que era amigo de Angus, recibió a éste en un rinconcillo artístico y abigarrado que estaba junto a su estudio, cuyo adorno eran multitud de espadas, arcabuces, curiosidades orientales, botellas de vino italiano, cacharros de cocina salvaje, un peludo gato persa y un pequeño sacerdote católico romano de modesto aspecto, que parecía singularmente inadecuado para aquel sitio.

–Mi amigo el padre Brown –dijo Flambeau–. Tenía muchos deseos de presentárselo a usted. Un tiempo excelente, ¿eh? Algo fresco para los meridionales, como yo.

–Sí, creo que va a aclarar –dijo Angus, sentándose en una otomana a rayas violetas.

–No –dijo el sacerdote–. Ha comenzado a nevar. Y en efecto, como lo había previsto el castañero, a través de la nublada vidriera se podían ver ya los primeros copos.

–Bueno –dijo Angus con aplomo–. El caso es que yo he venido a negocios, y a negocios de suma urgencia. El hecho es, Flambeau, que a una pedrada de esta casa hay en este instante un individuo que necesita absolutamente los auxilios de usted. Un invisible enemigo lo amenaza y persigue constantemente, un bribón a quien nadie ha logrado sorprender.

Y Angus procedió a contar todo el asunto de Smythe y Welkin, comenzando con la historia de Laure y continuando con la suya propia, sin omitir lo de la carcajada sobrenatural que se oyó en la esquina de las dos calles solitarias, y las extrañas y distintas palabras que se oyeron en el cuarto desierto. Flambeau se fue poniendo más y más preocupado, y el curita pareció irse quedando fuera de la conversación, como un mueble. Al llegar al punto de la banda de papel pegada en la vidriera del escaparate, Flambeau se puso de pie y pareció llenar la salita con su corpulencia.

–Si le da a usted lo mismo –dijo–, prefiero que me lo acabe de contar por el camino. Creo que no debemos perder un instante.

–Perfectamente –dijo Angus, también levantándose–. Aunque, por ahora, mi amigo está completamente seguro, porque tengo a cuatro hombres vigilando el único agujero de su madriguera.

Salieron a la calle seguidos del curita, que trotaba en pos de ellos con la docilidad de un perro faldero. Como quien trata de provocar la charla, el curita decía:

–Parece mentira cómo va subiendo la capa de nieve, ¿eh?

Al entrar en la pendiente calle vecina, ya toda espolvoreada de plata, Angus dio al fin término a su relato. Al llegar a la placita donde se alzaba la torre de habitaciones, Angus examinó atentamente a sus centinelas. El castañero, antes y después de recibir la libra esterlina, aseguró que había vigilado atentamente la puerta y no había visto entrar a nadie. El policía fue todavía más elocuente: dijo que tenía mucha experiencia en toda clase de trampistas y pícaros, ya disfrazados con sombrero de copa o ya disimulados entre harapos, y que no era tan bisoño como para figurarse que la gente sospechosa se presenta con apariencias sospechosas; que había vigilado atentamente, y no había visto entrar un alma. Esta declaración quedó rotundamente confirmada cuando los tres llegaron donde estaba el conserje de los galones.

–Yo –dijo aquel gigante de los deslumbradores lazos– tengo derecho a preguntar a todo el mundo, sea duque o barrendero, qué busca en esta casa, y aseguro que nadie ha aparecido por aquí durante la ausencia de este señor.

El insignificante padre Brown, que estaba vuelto de espaldas y contemplando el pavimento modestamente, se atrevió a decir con timidez:

–¿De modo que nadie ha subido y bajado la escalera desde que empezó a nevar? La nieve comenzó cuando estábamos los tres en casa de Flambeau.

–Nadie ha entrado aquí, señor, puede usted confiar –dijo el conserje, con una cara radiante de autoridad.

–Entonces, ¿qué puede ser esto? –preguntó el sacerdote, mirando con absorta mirada el suelo. Los otros hicieron lo mismo, y Flambeau lanzó un juramento e hizo un ademán francés. Era incuestionable que, por mitad de la entrada que custodiaba el de los lazos de oro, y pasando precisamente por entre las arrogantes piernas de este coloso, corría la huella gris de unos pies estampados sobre la nieve.

–¡Dios mío! –gritó Angus sin poder contenerse–. ¡El Hombre Invisible!

Y, sin decir más, se lanzó hacia la escalera, seguido de Flambeau. Pero el padre Brown, como si hubiera perdido todo interés en aquella investigación, se quedó mirando la calle cubierta de nieve.

Flambeau se disponía ya a derribar la puerta con los hombros; pero el escocés, con mayor razón, si bien con menos intuición, buscó por el marco de la puerta el botón escondido. Y la puerta se abrió lentamente.

Y apareció el mismo interior atestado de muñecos. El vestíbulo estaba algo más oscuro, aunque aquí y allá brillaban las últimas flechas del crepúsculo, y una o dos de las máquinas acéfalas habían cambiado de sitio, para realizar algún servicio, y estaban por ahí, dispersas en la penumbra. Apenas se distinguía el verde y rojo de sus casacas, y por lo mismo que los muñecos eran menos visibles, era mayor su aspecto humano. Pero en medio de todas, justamente en el sitio donde antes había aparecido el papel escrito con tinta roja, había algo como una mancha de tinta roja caída del tintero. Pero no era tinta roja.

Con una mezcla, muy francesa, de reflexión y violencia, Flambeau dijo simplemente:

–¡Asesinato!

Y entrando decididamente en las habitaciones, en menos de cinco minutos exploró todo rincón y armario. Pero, si esperaba dar con el cadáver, su esperanza salió fallida. Lo único evidente era que allí no estaba Isidore Smythe, ni muerto ni vivo. Tras laboriosas pesquisas, los dos se encontraron otra vez en el vestíbulo con caras llameantes.

–Amigo mío –dijo Flambeau sin darse cuenta de que, en su excitación, se había puesto a hablar, en francés–. El asesino no sólo es invisible, sino que hace invisibles a los hombres que mata.

Angus paseó la mirada por el penumbroso vestíbulo, lleno de muñecos, y en algún repliegue céltico de su alma escocesa hubo un estremecimiento de pánico. Uno de aquellos aparatos de “tamaño natural” estaba cerca de la mancha de sangre, como si el hombre atacado le hubiera hecho venir en su auxilio un instante antes de caer. Uno de los ganchos que le servían de brazos estaba algo levantado, y por la cabeza de Angus pasó la fantástica y espeluznante idea de que el pobre Smythe había muerto a manos de su hijo de hierro. La materia se había sublevado, y las máquinas habían matado a su dueño. Pero aun en este absurdo supuesto, ¿qué habían hecho del cadáver?

–¿Se lo habrán comido? –murmuró a su oído la pesadilla.

Y Angus se sintió desfallecer ante la imagen de aquellos despojos humanos desgarrados, triturados y absorbidos por aquellas relojerías sin cabeza.

Con gran esfuerzo logró recobrar su equilibrio, y dijo a Flambeau:

–Bueno; esto es hecho. El pobre hombre se ha evaporado como una nube, dejando en el suelo una raya roja. Esto es cosa del otro mundo.

–Sea de éste o del otro –dijo Flambeau–, sólo una cosa puedo hacer, bajemos a llamar a mi amigo.

Bajaron, y el hombre del cubo les aseguró, al pasar, que no había dejado subir a nadie, y lo mismo volvieron a asegurar el conserje y el errabundo castañero. Pero cuando Angus buscó la confirmación del cuarto vigilante, no pudo encontrarlo, y preguntó con inquietud:

–¿Dónde está el policía?

–Mil perdones; es culpa mía –dijo el padre Brown–. Acabo de enviarle a la carretera para averiguar una cosa… una cosa que me parece que vale la pena averiguar.

–Pues necesitamos que regrese pronto –dijo Angus con rudeza–, porque aquel desdichado no sólo ha sido asesinado, sino que su cadáver ha desaparecido.

–¿Cómo? –preguntó el sacerdote.

–Padre –dijo Flambeau tras una pausa–. Creo realmente que eso le corresponde a usted más que a mí. Aquí no ha entrado ni amigo ni enemigo, pero Smythe se ha eclipsado, lo han robado los fantasmas. Si no es esto cosa sobrenatural, yo…

Pero aquí llamó la atención de todos un hecho extraño: el robusto policía azul acababa de aparecer en la esquina y venía corriendo. Se dirigió a Brown y le dijo jadeando:

–Tenía usted razón, señor. Acaban de encontrar el cuerpo del pobre Mr. Smythe en el canal.

Angus se llevó las manos a la cabeza.

–¿Bajó él mismo? ¿Se echó al agua? –preguntó.

–No, señor; no ha bajado, se lo juro a usted –dijo el policía–. Tampoco ha sido ahogado, sino que murió de una enorme herida en el corazón.

–¿Y nadie ha entrado aquí? –preguntó Flambeau con voz grave.

–Vamos a la carretera –dijo el cura.

Y al llegar al extremo de la plaza, exclamó de pronto:

–¡Necio de mí! Me he olvidado de preguntarle una cosa al policía: si encontraron también un saco gris.

–¿Por qué un saco gris? –preguntó sorprendido Angus.

–Porque si era un saco de otro color, hay que comenzar otra vez –dijo el padre Brown–. Pero si era un saco gris, entonces le hemos dado ya.

–¡Hombre, me alegro de saberlo! –dijo Angus con acerba ironía–. Yo creí que ni siquiera habíamos comenzado, por lo que a mí toca al menos.

–Cuéntenos usted todo –dijo Flambeau con toda la candidez de un niño.

Inconscientemente, habían apresurado el paso al bajar a la carretera, y seguían al padre Brown, que los conducía rápidamente y sin decir palabra.

Al fin abrió los labios, y dijo con una vaguedad casi conmovedora:

–Me temo que les resulte a ustedes muy prosaico. Siempre comienza uno por lo más abstracto, y aquí, como en todo, hay que comenzar por abstracciones.

Habrán ustedes notado que la gente nunca contesta a lo que se le dice. Contesta siempre a lo que uno piensa al hacer la pregunta, o a lo que se figura que está uno pensando. Supongan ustedes que una dama le dice a otra, en una casa de campo: “¿Hay alguien contigo?” La otra no contesta: “Sí, el mayordomo, los tres criados, la doncella, etc.”, aun cuando la camarera esté en el otro cuarto y el mayordomo detrás de la silla de la señora, sino que contesta: “No; no hay nadie conmigo”, con lo cual quiere decir: “no hay nadie de la clase social a que tú te refieres”. Pero si es el doctor el que hace la pregunta, en un caso de epidemia “¿Quién más hay aquí?”, entonces la señora recordará sin duda al mayordomo, a la camarera, etc. Y así se habla siempre. Nunca son literales las respuestas, sin que dejen por eso de ser verídicas. Cuando estos cuatro hombres honrados aseguraron que nadie había entrado en la casa, no quisieron decir que ningún ser de la especie humana, sino que ninguno de quien se pudiera sospechar que era el hombre en quien pensábamos. Porque lo cierto es que un hombre entró y salió, aunque ellos no repararon en él.

–¿Un hombre invisible? –preguntó Angus, arqueando las cejas rojas.

–Mentalmente invisible –dijo, precisando, el padre Brown.

Y uno o dos minutos después continuó en el mismo tono, como quien medita en voz alta:

–Es un hombre en quien no se piensa, como no sea premeditadamente. En esto está su talento. A mí se me ocurrió pensar en él por dos o tres circunstancias del relato de Mr. Angus. La primera, que Welkin era un andarín. La segunda, la tira de papel pegada al escaparate. Después (y es lo principal), las dos cosas que contó la joven, y que pudieran no ser absolutamente exactas… No se incomode usted –añadió, advirtiendo un movimiento de disgusto del escocés–. Ella creyó que eran verdad, pero no era posible que fueran verdad. Un instante después de haber recibido una carta en la calle no se está completamente solo. Ella no estaba completamente sola en la calle al detenerse a leer una carta recién recibida. Alguien estaba a su lado, aunque ese alguien fuese mentalmente invisible.

–Y ¿por qué había de estar alguien junto a ella? –preguntó Angus.

–Porque –dijo el padre Brown–, excepto las palomas mensajeras, alguien tiene que haberle llevado la carta.

–¿Quiere usted decir preguntó Flambeau precisando– que Welkin le llevaba a la joven las cartas de su rival?

–Sí –dijo el sacerdote–. Welkin le llevaba a su dama las cartas de su rival. No puede haber sido de otro modo.

–No lo entiendo –estalló Flambeau–. ¿Quién es ese sujeto? ¿Cómo es? ¿Cuál es el disfraz o apariencia habitual de un hombre mentalmente invisible?

–Su disfraz es muy bonito. Rojo, azul y oro –dijo al instante el sacerdote–. Y con este disfraz notable y hasta llamativo, nuestro hombre invisible logró penetrar en la casa Himalaya, burlando la vigilancia de ocho ojos humanos; mató a Smythe con toda tranquilidad, y salió otra vez llevando a cuestas el cadáver…

–Reverendo padre –exclamó Angus, deteniéndose–. ¿Se ha vuelto usted loco, o soy yo el loco?

–No, no está usted loco –explicó Brown–. Simplemente, no es usted muy observador. Usted nunca se ha fijado en hombres como éste, por ejemplo.

Y diciendo esto, dio tres largos pasos y puso la mano sobre el hombro de un cartero que, a la sombra de los árboles, había pasado junto a ellos sin ser notado.

–Sí –continuó el sacerdote reflexionando–, nadie se fija en los carteros y, sin embargo, tienen pasiones como los demás hombres, y a veces llevan a cuestas unos sacos enormes donde cabe muy bien el cadáver de un hombre de pequeña estatura.

El cartero, en lugar de volverse, como hubiera sido lo natural, se había metido, chapuzando y dando traspiés, en la zanja que corría junto al jardín. Era un hombre flaco, rubio, de apariencia ordinaria; pero al volver a ellos el azorado rostro, los tres vieron que era más bizco que un demonio.

Flambeau volvió a sus espadas, a sus tapices rojos y a su gato persa, porque tenía muchos negocios pendientes. John Turnbull Angus volvió al lado de la confitera, con quien el imprudente joven logró arreglárselas muy bien. Pero el padre Brown siguió recorriendo durante varias horas aquellas colinas llenas de nieve, a la luz de las estrellas y en compañía de un asesino. Y lo que aquellos dos hombres hablaron nunca se sabrá.