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martes, 28 de abril de 2026

Donde empieza el agua

Onelio Jorge Cardoso

 

Las violetas de venas azules
sobre que reposamos nunca delatarán
ni podrán concebir lo que apetecemos.

Shakespeare

 

El hombre iba descalzo sobre su canoa. Una vuelta de soga le anudaba la cintura y abajo, terminaba el pantalón como cortado a cuchillo. De la soga de arriba ascendía el torso desnudo y corpulento, inclinándose a uno y otro lado según de la parte que buscara apoyo en el fondo con la palanca que apretaba en sus manos terrosas.

Era en la Laguna de Ariguanabo y el sol de agosto abrumaba ese año más espigas de bledo silvestres que nunca.

Ya lo habían asegurado con tiempo los hombres de la Laguna:

“Para fines de la primavera todo Ariguanabo será como un potrero. Un caballo mismo podrá engañarse y querrá pastar la hierba sobre el agua, pero tendrá que nadar”.

Era que las lluvias habían roto todos los cálculos y estuvieron cayendo hasta que les dio la gana.

Había ahora que empezar por aprender los caminos del agua. Las plantas estaban enviciadas de ella. Rendía por entonces su mayor estatura. Los largos cuellos de los bledos desafiaban la altura del macío. Las redondas hojas de las malangas podían contener ahora, a ras del agua, una decena de ranas bulliciosas, sin litigio entre ellas por ganar espacio en espera de las moscas. La hierba bruja le regateaba el sol al agua y se quedaba con él, mientras abajo el pedúnculo de un tallo submarino pugnaba por ganar la superficie llevando arriba, cerrado y verde todavía, el capullo redondo de un loto silvestre.

Así estaba el agua y por allí andaba el hombre y su canoa cuando una red de canutillos sumergidos hizo presa de la quilla deteniendo la embarcación. El hombre se preparó entonces con cuidado, reafirmó bien los pies desnudos y empuñó la palanca a fondo. Durante unos segundos permaneció tenso e inmóvil, y al fin, cuando parecían reventarle del codo a la muñeca todos los músculos del antebrazo, hubo un largo crujido bajo el agua y la canoa cabeceó hacia delante deslizándose sobre los canutillos partidos. Sin restarle impulso el hombre tiró de la palanca desencajándola y se dejó llevar sin perder el equilibrio.

Navegaba ahora en un milagro de aguas sin hierbas. Un monte de macío espigado rodeaba la poceta y el hombre respiró con descanso. Era todo lo que necesitaba: un claro de agua donde las truchas y las biajacas pudieran morder en firme el anzuelo.

Vio entonces la lata de las lombrices, y mientras dos hilos de sudor bajaban a unírseles en la hoyita, sonrió. No era para menos la fiesta de las lombrices. Todas habían brotado de los cuatro dedos de tierra fresca del recipiente asadas por el calor. Pugnaban por ganar ahora el borde de la lata y se contorsionaban en una desesperada lucha que daba gusto a los ojos del hombre.

Juntó las manos entonces y cogió agua de la laguna para arrojarla de un golpe a la lata. Fue peor acaso, las más gordas alcanzaron el borde de la vasija y retrocedieron como quemadas por el metal. Esto dio más gusto al hombre y volvió a sonreír mientras buscaba el anzuelo con una mano y con la otra tomaba del borde de la lata, la única lombriz que insistía en resistir y liberarse.

Pero fue en ese momento que oyó el disparo. Un pato verde y amarillo dejó de volar sobre su cabeza. Vino a caer a unos metros de la canoa. El hombre frunció entonces el ceño y miró por el lado de los macíos, mientras oía venir el chapoteo primero y después el perro. Era un animal de orejas tan grandes que acaso podía escuchar los secretos de las hormigas sin bajar el hocico al suelo. Nadaba sin reparo del hombre como mordiendo el agua a cada golpe de su mandíbula.

El hombre lo miró hacer por un momento y luego empezó sin darse cuenta a imitar sus movimientos. Quizás llegó a temer que el pato pudiera escaparse, pero el animal llegó certero sobre su presa y cerró las mandíbulas. Él también tiró al aire la mordida y sonrió complacido.

Luego un pensamiento molesto vino a su cabeza: otra bala más baja podía cogerlo a él. Tomó, pues, la palanca de nuevo y calculando por dónde salir con menos hierbas fue dejando a su espalda el montecito de macío en el cual sonaron dos tiros más, sin pato alguno esta vez.

Había sólo un lugar donde las semillas de las hierbas tenían que seguir el viaje. Era más abajo, pegado al manantial que vertía sus aguas en la laguna. Allí la corriente se encargaba de alejar las semillas, permitiendo tan solo el cruce de las pomarrosas y las huevas naufragadas de rana, que iban a morir en la boca implacable de las truchas.

Allí resultaba la pesca, y hacia el lugar encaminó, pues, la estrecha embarcación, pensando de antemano en la sarta de pescado fresco que había de ofrecer más tarde en la carretera, a la velocidad de los autos.

Era la tercera lucha cerrada contra las hierbas en un tiempo duro y lento que no permitía levantar los ojos del agua ni detener la palanca. Y eso fue quizás lo fatal del hecho, porque cuando estaba llegando, cuando sudaba a chorros y el cuerpo entero le ardía como una brasa, lo primero que vio en la orilla fue a una mujer.

Toda su persona pareció inmovilizarse entonces. Sólo el pecho subía y bajaba respirando el aire caliente de la laguna. Ella lo había advertido desde antes. Tenía los ojos puestos en él y estaba sentada en una piedra de la orilla con los pies desnudos metidos en el agua. La falda recogida le subía a dos dedos de la rodilla.

Él se apartó el sudor primero y luego fue subiendo la mirada desde donde estaban juntos y transparentados los pies, hasta el reborde de la falda. De allí saltó súbitamente a mirarle los ojos, y ella comprendió entonces hasta dónde aquella mirada quería o no, encontrarse con la protesta de una mujer. Pero ella no dijo nada, ni se movió siquiera. El hombre por su parte estuvo unos segundos esperando sin saber lo que esperaba, y cuando por fin su mano fue a tocar los anzuelos la voz de ella lo hizo detenerse.

–¿Se pesca mucho, señor?

–A veces. No siempre, hay días buenos y días de mala suerte…

Su voz sonó mejor que la del viento entre los atejes mientras volvía a mirar la falda, pero la mujer inclinó la cabeza mirándose el contorno del pelo revuelto, reflejado en el agua ondulante.

–¿Le vino huyendo a los tiros, no?

–No. Vine buscando el pesquero que es este.

–¡Ah!… ¿Sabe quién está cazando patos allá? –y esta vez una disimulada sonrisa de burla ganó en tanto las mejillas de la mujer–: mi esposo.

–Sentí los tiros, pero no vi el hombre.

–Sabe matar y dispara como nadie… –y en tono más bajo, sin que el hombre pudiera advertir la conclusión de su pensamiento, añadió–: es casi todo lo que sabe.

–Cualquiera sabe cuando le llega el caso –repuso el hombre y ella se volvió presurosa, como si tuviera algo que arreglar a la carrera.

–¡Yo digo patos, patos de la laguna! –y estalló en una risa alta y nerviosa en la que ahora había más gusto por las últimas palabras del hombre que por las suyas mismas.

Él no dijo nada esta vez. La mujer calló al fin y estiró las piernas sacándolas del agua. Por la punta de los pies, reunidos y desnudos, caía ahora un hilo de agua que el hombre quería inútilmente oír.

El viento vino desde los macíos con un golpe caliente de aire y ella se sujetó el vestido, pero con el movimiento dejó fuera el hombro desnudo contra el que golpeó, deshilachándose, el manojo de cabellos.

Levantó entonces la cabeza y miró a la cara del hombre. El sol le bajó por el cuello redondo y se hizo una cuchilla de luz que se hundió entre el nacimiento de los senos. Sintió entonces un miedo complacido que le hizo hundir los pies y chapotear furiosamente el agua. Sabía que los ojos del pescador estaban pendientes de todo esto y al cabo volvió a detenerse para hablar sin mirarlo:

–¿Usted viene por el gusto de pescar o vive de la pesca?

–No tengo la suerte de meter los pies en la laguna sólo para refrescarlos. Meto el cuerpo y hasta el alma a veces, pero no por diversión.

Entonces… –y se detuvo un momento al decirlo, mientras un golpe de sangre le subía a las mejillas para terminar–, ¿por qué no se le ocurre, por qué no se tira al agua ahora?… Me gustaría verlo caer…

Todo lo que vino más allá de sus palabras vino claro entonces al corazón del hombre, fue en ese momento que comprendió que podía conseguirla toda o perderla con una sola pregunta, y no se demoró en hacerla:

–¿Cree que debo hacer lo que a usted se le ocurra pedirme?

–Tal vez, ¿por qué no?

–Seguro que casi no.

–No soy tan poca cosa.

–Pero tiene que darme el ejemplo… a mí también me gustaría verla dentro, y hay agua, mucho agua para los dos…

La miró ahora fijo, obstinadamente, y esperó. Ella no pudo decir más.

Miró hacia los macíos distantes queriendo no ver más que hierbas altas. Un disparo lejano la hizo estremecerse, pero ya había apoyado las manos sobre la piedra y se dejaba correr hacia abajo, mientras lentamente el nivel del agua le subía por los muslos en dos anillos.

El pescador no dijo más tampoco. Dio un paso hacia el borde de la embarcación y el pie volcó sin querer la lata de las lombrices, pero no se enteró siquiera. Su cuerpo entero cayó de un chapuzón en el agua, y al momento, cuando sacó la cabeza chorreante, vio que la mujer se había vuelto atrás y ganaba la piedra de nuevo…

–¡No, ahora no te vayas!

Y calló sólo para esperar la respuesta, pero el viento le trajo la risa alta, aguda, nerviosa, perdiéndose con el rumor de la carrera por entre los romerillos de la tierra firme.

Entonces el hombre dio cuatro brazadas hasta que sus pies tocaron el fondo. Escaló la orilla con dos saltos de fiera y corrió hacia el ateje. Por unos segundos dejó de oír la risa y pensó que ella prefería las hojas amontonadas del suelo, pero de pronto, al pasar el tronco del ateje lo asaltó el llanto de la mujer y le vio los brazos cruzados sobre el pecho, plegada sobre si misma:

–¡Váyase!… No… ¡Váyase!

En el primer instante el hombre no pudo moverse. Había oído claramente las palabras y el llanto, y estaba como clavado en el suelo, pero lo malo fue que ella dio temerosamente un paso hacia atrás y tropezó para caer.

Él bajó los ojos a todo lo largo de su caída. Fue un segundo nada más…

Ella logró incorporarse, enseguida cruzar los brazos de nuevo sobre el pecho. Más ahora el hombre la había visto acostada por primera vez.

–Lárguese, váyase, váyase o llamo a mi marido…

Pero él no era él, sino un grupo de fuerzas reunidas. Tenía en los ojos ahora el mismo color de las lombrices, en el cuello estirado la intención de las espigas del macío, en las manos la presión de las mandíbulas del perro y en las entrañas todo el sol y la trabazón de los canutillos bajo el agua.

No quiso oír más, la tumbó bajo la sombra del ajete. Otro golpe de viento vino desde los macíos y se volvió un remolino caliente que levantó las hojas del suelo. Dos cayeron sobre la espalda mojada del hombre y allí se pegaron, subiendo y bajando, mientras cesaba el llanto de ella sobre la tierra cubierta de romerillos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 21 de abril de 2026

El caballo de coral

Onelio Jorge Cardoso

 

Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas. El Eumelia tenía un solo palo y cuando de noche un hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los tobillos.

Pero éramos cuatro obligados a aquella vida, porque cuando un hombre coge un derrotero y va echando cuerpo en el camino, ya no puede volverse atrás. El cuerpo tiene la configuración del camino y ya no puede en otro nuevo. Eso habíamos creído siempre, hasta que vino el quinto entre nosotros y ya no hubo manera de acomodarlo en el pensamiento. No tenía razón ni oficio de aquella vida y a cualquiera de nosotros le doblaba los años. Además era rico y no había por qué enrolarlo por unos pesos de participación. Era una cosa que no se entiende, que no gusta, que un día salta y se protesta después de haberse anunciado mucho en las miradas y en las palabras que no se quieren decir. Y al tercer día se dijo, yo por mí, lo dije:

–Mongo, ¿qué hace el rico aquí?, explícalo.

–Mirar el fondo del mar.

–Pero si no es langostero.

–Mirarlo por mirar.

–Eso no ayuda a meter la presa en el chapingorro.

–No, pero es para nosotros como si ya se tuviera la langosta en el bolsillo vendida y cobrada.

–No entiendo nada.

–En buenas monedas, Lucio, en plata que rueda y se gasta.

–¿Paga entonces?

–Paga.

–¿Y a cuánto tocamos?

–A cuanto queramos tocar.

Y Mongo empezó a mirarme fijamente y a sonreír como cuando buscaba que yo entendiera, sin más palabras, alguna punta pícara de su pensamiento.

–¿Y sabe que a veces estamos algunas semanas sin volver a puerto?

–Lo sabe.

–¿Y que el agua no es de nevera ni de botellón con el cuello para abajo?

–Lo sabe.

–¿Y que aquí no hay dónde dormir que no sea tabla pura y dura?

–También lo sabe y nada pide, pero guárdate algunas preguntas, Lucio, mira que en el mar son como los cigarros, luego las necesitas y ya no las tienes.

Y me volvió la espalda el patrón cuando estaba empezando a salir sobre El Cayuelo el lucero de la tarde.

Aquella noche yo pensé por dónde acomodaba el hombre en mi pensamiento. Mirar, cara al agua, cuando hay sol y se trabaja, ¿acaso no es bajar el rostro para no ser reconocido de otro barco? ¿Y qué puede buscar un hombre que deja la tierra segura, y los dineros seguros? ¿Qué puede buscar sobre el pobre Eumelia que una noche de estas se lo lleva el viento norte sin decir adónde? Me dormí porque me ardían los ojos de haber estado todo el día mirando por el fondo de la cubeta y haciendo entrar de un culatazo las langostas en el chapingorro. Me dormí como se duerme uno cuando es langostero, desde el fondo del pensamiento hasta la yema de los dedos.

Al amanecer, como si fuera la luz, hallé la respuesta; otro barco de más andar ha de venir a buscarlo. A Yucatán irá, a tierra de mexicanos, por alguna culpa de las que no se tapan con dinero y hay que poner agua, tierra y cielo por medio. Por eso dice el patrón que tocaremos a como queramos tocar. Y me pasé el día entero boca abajo sobre el bote, con Pedrito a los remos y el Eumelia anclado en un mar dulce y quieto, sin brisa, dejando mirarse el cielo en él.

–El hombre ha hecho lo mismo que tú; todo el día con la cabeza para abajo mirando el fondo –dijo sonriendo Pedrito, y yo, mientras me restregaba las manos para no mojar el segundo cigarro del día, le pregunté:

–¿No te parece que espera un barco?

–¿Qué barco?

–¡Vete tú a ponerle el nombre, qué sé yo! Acaso de matrícula de Yucatán.

Los ojos azules de Pedrito se me quedaron mirando, inocentemente, con sus catorce años de edad y de mar:

–No sé lo que dices.

–Querrá irse de Cuba.

–Dijo que volvía a puerto, que cuando se vayan las calmas arribará a la costa de nuevo.

–¿Tú lo oíste?

–¡Claro!, se lo dijo a Mongo: “Mientras no haya viento estaré con ustedes, después volveré a casa”.

–¡Cómo!

–El acuerdo es ese, Lucio, volverlo a puerto cuando empiecen aunque sean las brisas del mediodía.

Luego el hombre no quería escapar, y era rico. Hay que ser langostero para comprender que estas cosas no se entienden; porque hasta una locura cualquiera piensa uno hacer un día por librarse para siempre de las noches en el castillo de proa y los días con el cuerpo boca abajo.

Le quité los remos y nos fuimos para el barco sin más palabras.

Cuando pasé por frente de la popa miré; estaba casi boca abajo. No miró nuestro bote ni pareció siquiera oír el golpe de los remos y sólo tuvo una expresión de contrariedad cuando una onda del remo vino a deshacer bajo su mirada el pedazo de agua clara por donde metía los ojos hasta el fondo del mar.

Uno puede hacer sus cálculos con un dinero por venir, pero hay una cosa que importa más: saber por qué se conduce un hombre que es como un muro sin sangre y con los ojos grandes y con la frente despejada. Por eso volví a juntarme con el patrón:

–Mongo. ¿Qué quiere? ¿Qué busca? ¿Por qué paga?

Mongo estaba remendando el jamo de un chapingorro y entreabrió los labios para hablar, pero sólo le salió una nubecita del cigarro que se partió en el aire enseguida.

–¿No me estás oyendo? –insistí.

–Sí.

–¿Y qué esperas para contestar?

–Porque sé lo que vas a preguntarme y estoy pensando de qué manera te puedo contestar.

–Con palabras.

–Sí, palabras, pero la idea…

Se volvió de frente a mí y dejó a su lado la aguja de trenzar.

Yo me mantuve unos segundos esperando y al fin quise apurarlo:

–La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo, ni de éste.

–Pero la respuesta sí tiene que ver con el otro mundo, Lucio –me dijo muy serio y cuando yo cogí aire para decir mi sorpresa, fue que Pedrito dio la voz:

–¡Ojo, que nos varamos!

Nos echamos al mar y con el agua al cuello fuimos empujando el vientre del Eumelia hasta que se recobró y quedó de nuevo flotando sobre un banco de arenilla que giraba sus remolinos. Mongo aprovechó para registrar el vivero por si las tablas del fondo, y a mí me tocó hacer el almuerzo. De modo y manera que en todo el día no pude hablar con el patrón. Mas, pude ver mejor el rostro del hombre y por primera vez comprendí que aquellos ojos, claros y grandes, no se podían mirar mucho rato de frente. No me dijo una palabra, pero se tumbó junto a la barra del timón y se quedó dormido como una piedra. Cuando vino la noche el patrón lo despertó y en la oscuridad sorbió sólo un poco de sopa y se volvió a dormir otra vez.

Estaba soplando una brisita suave que venía de los uveros de El Cayuelo y fregué como pude los platos en el mar para ir luego a la proa donde el patrón se había tumbado panza arriba bajo la luna llena. No le dije casi nada, empecé por donde había dejado pendiente la cosa:

–La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo, ni de éste.

Sonrió blandamente bajo la luna. Se incorporó sin palabras y mientras prendía su tabaco, habló iluminándose la cara a relámpagos.

–Ya sé lo que puedo contestarte, Lucio, siéntate.

Pegué la espalda al palo de proa y me fui resbalando hasta quedar sentado.

–Escúchame, piensa que no está bien de la cabeza y que le vuelve el cuerpo a su dinero por estar aquí.

–¿Cabecibajo todo el día mirando el agua?

–El fondo.

–El agua o el fondo, ¿no es un disparate?

–¿Y qué importa si un hombre paga por su disparate?

–Importa.

–¿Por qué?

De pronto yo no sabía por qué, pero le dije algo como pude:

–Porque no basta sólo con tener un dinero ajeno al trabajo, uno quiere saber qué inspira la mano que lo da.

–La locura, suponte.

–¿Y es sano estar con un loco a bordo de cuatro tablas?

–Es una locura especial, Lucio, tranquila, sólo irreconciliable con el viento.

Aquello otra vez, y me enderecé para preguntarle:

–¿Qué juega el viento aquí, Mongo? Ya me lo dijo Pedrito. ¿Por qué quiere el mar como una balsa?

–Lo digo: locura, Lucio.

–¡No! –le contesté levantando la voz, y miré hacia popa enseguida seguro de haberlo despertado, pero sólo vi sus pies desnudos que se salían de la sombra del toldo y los bañaba la luna. Luego, cuando me volví a Mongo vi que tenía toda la cara llena de risa:

–¡No te asustes, hombre! Es una locura tonta y paga por ella. Es incapaz de hacer daño.

–Pero un hombre tiene que desesperarse por otro –le dije rápido y comprendí que ahora sí había podido contestar lo que quería.

–Bueno, pues te voy a responder: el hombre cree que hay alguien debajo del mar.

–¿Alguien?

–Un caballo.

–¡Cómo!

–Un caballo rojo, dice, muy rojo como el coral.

Y Mongo soltó una carcajada demasiado estruendosa, tanto que no me equivoqué; de pronto entre nosotros estaba el hombre y Mongo medio que se turbó preguntando:

–¿Qué pasa paisano, se le fue el sueño?

–Usted habla del caballo y yo no miento, yo en estas cosas no miento.

Me fui poniendo de pie poco a poco porque no le veía la cara. Solamente el contorno de la cabeza contra la luna y aquella cara sin duda había de estar molesta a pesar de que sus palabras habían sonado tranquilas; pero no, estaba quieto el hombre como el mar. Mongo no le dio importancia a nada, se puso mansamente de pie y dijo:

–Yo no pongo a nadie por mentiroso, pero no buscaré nunca un caballo vivo bajo el mar –y se deslizó enseguida a dormir por la boca cuadrada del castillo de proa.

–No, no lo buscará nunca –murmuró el hombre– y aunque lo busque no lo encontrará.

–¿Por qué no? –dije yo de pronto como si Mongo no supiera más del mar que nadie, y el hombre se ladeó ahora de modo que le dio la luna en la cara.

–Porque hay que tener ojos para ver. “El que tenga ojos vea”.

–¿Ver qué, ver qué cosa?

–Ver lo que necesitan ver los ojos cuando ya lo han visto todo repetidamente.

Sin duda aquello era locura; locura de la buena y mansa…

Mongo tenía razón, pero a mí no me gusta ganar dinero de locos ni perder el tiempo con ellos. Por eso quise irme y di cuatro pasos para la popa cuando el hombre volvió a hablarme:

–Oiga, quédese; un hombre tiene que desesperarse por otro.

Eran mis propias palabras y sentí como si tuviera que responder por ellas:

–Bueno, ¿y qué?

–Usted se desespera por mí.

–No me interesa si quiere pasarse la vida mirando el agua o el fondo.

–No, pero le interesa saber por qué.

–Ya lo sé.

–¿Locura?

–Sí; locura.

El hombre empezó a sonreír y habló dentro de su sonrisa:

–Lo que no se puede entender hay que ponerle algún nombre.

–Pero nadie puede ver lo que no existe. Un caballo está hecho para el aire con sus narices, para el viento con sus crines y las piedras con sus cascos.

–Pero también está hecho para la imaginación.

–¡¡Qué!!

–Para echarlo a correr donde le plazca al pensamiento.

–Por eso usted lo pone a correr bajo el agua.

–Yo no lo pongo, él está bajo el agua; lo veo pasar y lo oigo. Distingo entre la calma el lejano rumor de sus cascos que se vienen acercando al galope desbocado y luego veo sus crines de algas y su cuerpo rojo como los corales, como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía.

Se había excitado visiblemente y sentí ganas de volverle la espalda. Pero en secreto yo había advertido una cosa: que es lindo ver pasar un caballo así, aunque sea en palabras, y ya se le quiere seguir viendo, aunque siga siendo en palabras de un hombre excitado. Este sentimiento, desde luego, tenía que callarlo, porque tampoco me gustaba que me ganara la discusión.

–Está bien que se busque un caballo porque no tiene que buscarse el pan.

–Todos tenemos necesidad de un caballo.

–Pero el pan lo necesitan más hombres.

–Y todos el caballo.

–A mí déjeme con el pan porque es vida perra la que llevamos.

–Hártate de pan y luego querrás también el caballo.

Quizás yo no podía entender bien pero hay una zona de uno en la cabeza o una luz relumbrada en las palabras que no se entienden bien, cuya luz deja un relámpago suficiente. Sin embargo, era una carga más pesada para mí que echarme todo el día boca abajo tras la langosta. Por eso me fui sin decir nada, con paso rápido que no permitía llamar otra vez, ni mucho menos volverme atrás.

Como siempre, el día volvió a apuntar por encima de El Cayuelo y el viento a favor trajo los chillidos de las corúas. Yo calculé encontrarme a solas con Mongo y se lo dije ligero, sin esperar respuesta, mientras entraba con Pedrito en el bote:

–Olvídate de la parte mía, no le quito dinero al hombre.

Y nos fuimos a lo mismo de toda la vida: al agua transparente, el chapingorro y el fondo sembrado de hierbas, donde por primera vez me eché a reír de pronto volviendo la cabeza a Pedrito:

–¿Qué te parece –le dije–, qué te parece si pesco en el chapingorro un caballo de coral?

Sus ojos inocentes me miraron sin contestar, pero de pronto me sentí estremecido por sus palabras:

–Cuidado, Lucio, que el sol te está calentando demasiado la cabeza.

“El sol no, el hombre”, pensé sin decirlo y con un poco de tristeza no sé por qué.

Pasaron tres días, como siempre iguales y como siempre el hombre callado comiendo poco y mirando mucho, siempre inclinado sobre la borda sin hacerle caso a aquellas indirectas de Vicente que había estado anunciando en sus risitas y que acabaron zumbando en palabras:

–¡Hey!, paisano, más al norte las algas del fondo son mayores, parece que crecen mejor con el abono del animalito.

Aquello no me parecía una crueldad, sino una torpeza. Antes yo me reía siempre con las cosas de Vicente, pero ahora aquellas palabras eran tan por debajo y tristes al lado de la idea de un caballo rojo, desmelenado, libre, que pasaba haciendo resonar sus cascos en las piedras del fondo, y tanto me dolían que a la otra noche me acerqué de nuevo al hombre aunque dispuesto a no ceder.

–Suponga que existe, suponga que pasa galopando por debajo. ¿Qué hace con eso? ¿Cuál es su destino?

–Su destino es pasar, deslumbrar, o no tener destino.

–¿Y vale el suplicio de pasarse los días como usted se los pasa sólo por verlo correr y desvanecerse?

–Todo lo nuevo vale el suplicio, todo lo misterioso por venir vale siempre un sacrificio.

–¡Tonterías, no pasará nunca, no existe, nadie lo ha visto!

–Yo lo he visto y lo volveré a ver.

Iba a contestarle, pero le estaba mirando los ojos y me quedé sin hablar. Tenía una fuerza tal de sinceridad en su mirada y una nobleza en su postura que no me atreví a desmentirlo. Tuve que separar la mirada para seguir sobre su hombro el vuelo cercano de un alcatraz quien de pronto cerró las alas y se tiró de un chapuzón al mar.

El hombre me puso entonces su mano blanda en el hombro:

–Usted también lo verá, júntese conmigo esta tarde.

Le tumbé la mano casi con rabia por decirme aquello. A mí no me calentaba más la cabeza; que lo hiciera el sol que estaba en su derecho pero él no, él no tenía que hacerme mirar visiones ni de éste ni del otro mundo.

Me basta con las langostas. No tengo necesidad de otra cosa y le volví la espalda, pero en el aire oí sus palabras.

–Tiene tanta necesidad como yo. “Tiene ojos para ver”.

Aquel día casi no almorcé, no tenía apetito. Además, había empezado a correr en firme la langosta y había mucho que hacer. Así que antes que se terminara el reposo me fui con Pedrito en el bote y me puse a trabajar hasta las cinco de la tarde en que ya no era posible distinguir en el fondo ningún animalito regular. Volvimos al barco y lo peor para mí fue que los tres, Vicente, Pedrito y Mongo, se fueron a la costa a buscar hicacos. Yo me hubiera ido con ellos, pero no los vi cuando se pusieron a remar. Me quedé en popa remendando jamos y buscando cualquier trabajo que no me hiciera levantar la cabeza y encontrar al hombre. Estábamos anclados por el sur de El Cayuelo, en el hongo. La calma era más completa que nunca. Ni las barbas del limo bajo el timón del Eumelia se movían. Sólo un aguijón verde ondeaba el cristal del agua tras la popa. El cielo estaba alto y limpio y el silencio dejaba oír la respiración misma en el aire. Así estaba cuando lo oí:

–¡Venga!

Se me cayó un jamo de la mano y las piernas quisieron impulsarme, pero me contuve.

–¡Venga, que viene!

–¡Usted no tiene derecho a contagiar a nadie de su locura!

–¿Tiene miedo de encontrarse con la verdad?

Aquello era mucho más de lo que yo esperaba. No dije nada entonces. De una patada me quité la canasta de enfrente y corrí a popa para tirarme a su lado.

–Yo no tengo miedo –le dije.

–¡Oiga… es un rumor!

Aguanté cuanto pude la respiración y luego me volví a él:

–Son las olas.

–No.

–Es el agua de la cala, las basuras que fermentan allá abajo.

–Usted sabe que no.

–Es algo entonces, pero no puede ser eso.

–¡Óigalo, óigalo… a veces toca en las piedras!

¿Qué oía yo? Y lo que oía, ¿lo estaba oyendo con mis oídos o con los de él? No sé, quizás me ardía demasiado la frente y la sangre me latía en las venas del cuello.

–Ahora, mire abajo, mire fijo.

Era como si me obligara, pero uno pone los ojos donde le da la gana y yo volví la cara al mar, sólo que me quedé mirando una hoja de mangle que flotaba en la superficie junto a nosotros.

–¡Viene, viene! –me dijo casi furiosamente, agarrándome el brazo hasta clavarme las uñas, pero yo seguí obstinadamente mirando la hoja de mangle. Sin embargo, el oído era libre, no había dónde dirigirlo, hasta que el hombre se estremeció de pies a cabeza y casi gritó:

–¡Mírelo!

De un salto llevé los ojos de la hoja de mangle a la cara de él. Yo no quería ver nada de este mundo ni del otro. Tenía que matarme si me obligaba, pero súbitamente él se olvidó de mí; me fue soltando el brazo mientras abría cada vez más los ojos, y en tanto yo, sin quererlo, miraba pasar por sus ojos, reflejado desde el fondo, un pequeño caballito rojo como el coral, encendido de las orejas a la cola, y que se perdía dentro de los propios ojos del hombre.

Hace algún tiempo de todo esto, y ahora de vez en cuando voy al mar a pescar bonito y alguna que otra vez langosta. Lo que no resisto es el pan escaso, ni tampoco me resigno a que no se converse de cosas de cualquier mundo, porque yo no sé si pasó galopando bajo el Eumelia o si lo vi sólo en los ojos de él, creado por la fiebre de su pensamiento que ardía en mi propia frente. El caso es que mientras más vueltas le doy a las ideas, más fija se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)