Mostrando entradas con la etiqueta Ignacio Aldecoa (España). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ignacio Aldecoa (España). Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de abril de 2025

El fantasma de Treviño

Ignacio Aldecoa

 

Treviño limita: al Norte, con el asfalto, la erre y la zeta; al Sur, con el verano, los tiros sueltos de las escopetas y las canciones obscenas; al Este, con el rumor azul de las esquilas y un sol taladrado de cuervos; al Oeste, con la primera manzana amarga y el primer sapito de San Juan.

Entre estos cuatro límites de cuento pequeño, vivió La Brígida. Vivió mendicando patatas, rastrojeando el campo y durmiendo bajo el patronazgo de la zagalada. La Brígida, en tanto fue carne mortal, llevaba los años como los piojos, con desparpajo y sin trascendencia. Siempre fue pobre y nunca honrada, por lo que le tocaba andar, ahora, de alma en pena. Fue fea sin consolación y amargaba su charla como los arañes verdes. Se rio de su sombra; ignoró su nacimiento; se bachilleró en leyes de tanto pisar el Juzgado, y se le concedió título por la mismísima razón. De joven estuvo con los gitanos y luego de querindonga de un maese Guasón, que le pegaba para divertirse contándole los cardenales.

Por tierras del Condado, andaba desde la primavera, el fantasma de La Brígida que murió ahogada en un nacho, breve de caudal y fangoso de fondo.

El fantasma de La Brígida iba por la carretera apoyándose en un báculo de avellano, con un zurrón al hombro corcovado, negro, misterioso y sucio. Andaba despacio, balbuceando los pasos. La carretera se mareaba sin un árbol. Un gavilán volaba alto. En la lontananza, la fila larga y geométrica de los chopos daba a entender el río.

La fantasma se paró, columbrando el pueblo, puro resplandor. Después, terca de paso, echó a andar, con algo de pajarraco, con algo, al mismo tiempo, de quemado muñón de árbol. A la entrada del pueblo un perro ladró alto, una gallina coja, cacareante y aspaventera, le mostró su miedo, y desapareció ratonil entre la paja del primer portegado, un chavalillo greñudo y feo.

Primero, tímidamente el vecindario, a los pocos momentos, ternes que ternes, y al cabo de unos minutos, peligrosos, rodearon al fantasma, con ánimo más que de espantarlo como ave de rapiña o fiera de contrición, de comérselo a gritos y a puñados.

Rebotó al escándalo, desde su siesta en la casa-cuartel, un guardia desabrochado y con aspecto de hombre al que van a fusilar. Se abrió paso a la autoridad, y la autoridad que conoció a la célebre Brígida se topó delante del numeroso concurso con su fantasma. El numeroso concurso atisbaba el primer gesto del civil y, como siempre, salió defraudado, porque ni se inmutó, ni se carenó de terrores, ni dio el espectáculo que se esperaba. El de la Benemérita se numeró en interrogador.

–¿Tú, por aquí? Pero, ¡si decían que habías muerto!

Un campesino le siguió tibio.

–Enterráronte no hace todavía dos meses en Ascarza, según contaron.

Y otro campesino, descendiente, sin duda, de alguno de los que hicieron la campaña de América con Cortés:

–Yo te vi con mis propios ojos, muerta en el cuérnago.

El fantasma callaba. Los vecinos comenzaron a tomar confianza; cosa muy razonable porque un fantasma acorralado y un escorpión sobre una mesa, impulsaban más al juego que al temor; más, también, a la crueldad inútil que a una austera ejecución. Los vecinos se recreaban preguntándole, aunque no obtenían respuesta alguna.

–¿Tanto has pecado para andar de ese modo?

Y alguno más incisivo, le decía:

–Dinos la verdad: ¿estiraste el zancajo o tomaste distancia y te confundieron?

–Yo te vi con mis propios ojos, muerta en el cuérnago –repetía el campesino, testigo y fiscal.

–Anda, Brígida, explícanos esta molienda –interrumpió la autoridad.

Se hizo un silencio diáfano; el piar de un pajarillo chocó contra él y, como si fuera un muelle brincador, se dimensionó de eco hacia la tejavana de donde había brotado. Los campesinos abrían unos ojos tremendos de responsabilidad. Un moscardón despeñaba, entre las boinas y los pañolones, su tronada diminuta. La cuchilla de afeitar del cantar de un gallo cortó el tímpano de la masa, volviendo a aquella gente a una espera reposada y contemplativa.

El campesino que la vio muerta muleteaba con su frase para que entrara. El guardia observó con el rabillo tunante de su ojo derecho, acostumbrado a coger puntería, que el párroco se acercaba con rapidez desde la iglesia.

Apresuró el interrogatorio:

–Bueno, dinos de una vez, si sabes hablar, lo que ha pasado, que no estamos para ir de pesca.

Nada había ya que perturbara una imponente calma que el fantasma había adquirido en el entretanto.

El párroco entró por el grupo con prisa; los aldeanos se apartaban respetuosamente. Se acercó al guardia, interrogándole con la mirada. El guardia se explicó:

–Es La Brígida, señor cura, la que cuentan que murió y fue enterrada en Ascarza…

–Hum, hum…

–Aquí hay uno que la vio muerta en el cauce, y otro que está enterado de cuándo la enterraron.

El párroco se revolvió hacia el que le señalaron.

–La Brígida murió, y esta pobre mujer no sé quién será, pero no es ella. Mejor harías en ir más por la iglesia y en dejarte de fantasmas y estupideces. Cuando se os mete una cosa entre ceja y ceja lo resolvéis todo con una patochada.

El fantasma alzaba la cabeza para que bien la vieran.

–¿Vienes de La Rioja? –preguntó el párroco.

El fantasma negó con la cabeza y a renglón barbotó una serie de sonidos incoherentes.

–¿De Álava?

Nuevo cabeceo negativo.

–¿Tú conociste a La Brígida?

Asintió y al mismo tiempo mostraba las dos manos, uniéndolas y separándolas, gesticulando y balbuceando. En aquel lenguaje oral los sonidos eran a las palabras lo que en el lenguaje escrito pueden ser los palotes a una correcta caligrafía.

–¿Tenías algo que ver con ella?

Nuevo asentimiento de cabeza y nuevos sonidos y gestos misteriosos.

Un carro tirado por bueyes se acercaba cansino; el mozo conductor iba delante, la vara sobre el hombro, la boina ladeada, mascando un yerbajo y con una colilla pegada al labio inferior; de vez en vez, repetía las palabras rituales de la marcha: aidá, aidá, pinchando en los lomos de la pareja. Cuando la fantasma lo vio, se fue abriendo paso tirando de la sotana del cura, y lo llevó hasta la altura del carro. Señaló los bueyes, rojos los dos, al parecer iguales, mostró de nuevo sus manos, y emitió un sonido que, de no estar en el ajo, era imposible traducir por hermana.

El Espíritu Santo descendió sobre la aldea.

El sacerdote, mirándole fijamente, le dijo:

–¿Hermanas gemelas?

Movió la cabeza el fantasma y afirmó en su lenguaje párvulo:

–¡EEE MMEEE LLLAAA!

Eran las cinco de la tarde y el ganado salía a la aguada.

 

miércoles, 27 de noviembre de 2024

La muerte de un curandero meteorólogo

Ignacio Aldecoa

 

La tierra se resquebrajaba en los bajos de las vaguadas por donde antes corrían los arroyos. Se habían hecho romerías a las ermitas pidiendo agua. Los pájaros se caían de calor; las culebras se achicharraban por las piedras calientes, y en el río, casi muertos, los peces naufragaban flotando. Una nube tenía esperas de novia, y el vientecillo del norte, bendiciones de fortuna.

El curandero, metido en oficios de meteorólogo, había regado su campo y el de sus vecinos con agua del cirio pascual, que mata el sapo y hace crecer el pan. El curandero había prometido cambios frotándose las manos con tierra. También le había encendido a San Patricio dos velas de buena cera, para que la lluvia llegase. Tenía algo de brujo, sabía la virtud de las hierbas y llevaba un secreto piscator en la cabeza. Su nariz le daba los cambios, y en el frotarse las yemas de los dedos con la corteza de los árboles notaba cómo iba a asomar la oreja el tiempo. Esta vez se equivocaba.

La gente bebía el agua de los pozos, que daban lugar en su derredor a la única vegetación verde posible, y que parecía que servían de guarida a todos los culebrones del campo. Daba miedo asomarse a ellos, de profundos y misteriosos. Los niños les tenían un santo horror, porque podían ser las mismas bocas de los infiernos por donde los diablos salen a hacer el mal y los hombres entran al caliente lodo eterno. Cuando los franceses, sirvieron, según contaban, de fosas comunes, sin posible averiguación de lo que albergaban. En un cubo una vez salió una herrumbrosa hebilla de cinturón militar.

Los pozos desencadenaron una epidemia de tifus, que las visitas y la terapéutica del médico del pueblo vecino no lograron cortar. Epidemia que el curandero no acertaba a resolver tampoco con untos, elíxires y dietas. El curandero se desprestigiaba a ojos vistas delante de sus paisanos.

De los Monegros siempre han llegado los cuervos al Condado. Vienen en grandes bandadas, hambrientos y crascitantes. Desconciertan el campo y aran los sembrados. Los cuervos aragoneses son tardos de vuelo y les cuesta marcharse de donde se afincan. El curandero los solía cazar, porque del corazón, con ajos, se hacía una buena mixtura para el reuma y para las caídas. Las bandadas acababan con las cosechas del año, ya casi perdidas, y hacían que corriera el único viento posible en aquel horno: el viento de las alas de la miseria. Algunos mozos se fueron a las poblaciones de la costa cantábrica, buscando trabajo y alivio a los miedos de la mala suerte. Y así se iban quemando los días y los campos de Treviño, la tierra santona y trabajadora, que se cerca de montes para librarse de la mala influencia del mundo que la abraza y la exprime como una uva diminuta, sangrante y viva.

El curandero había tenido otro buen oficio en su primera juventud, que fue el de mocillo cosario de la diligencia que iba de Vitoria a Santa Cruz; después volvió a su tierra. Había aprendido de sus viajes muchas cosas. ¡Tantas hay de Vitoria a Santa Cruz, de Santa Cruz a Vitoria, para el buen alumno que quiera enterarse de la vida! Había conocido a muchos señores curas, a muchos aldeanos ricos, a otros más pobres, a un notario, a médicos, a pillabanes de ferias, a holgantes de mercado, a la madre sabia y a la hija parda y a la manta que las cobija. Se había guiado, con el tiempo, por el reuma del cochero y con la salud por el dedo de Dios Padre, que a uno le envía males y a otros se los quita. Algo, también, había leído, y sabía escribirles las cartas a los que el trabajo les despreocupó de aprender. Era medio oficiante de amanuense, medio labrador, y todo con tres cuartos de hombre sano, abnegado, dispuesto a hacer el bien y aconsejar de lo que le permitía su experiencia que, sin ser mucha, era sentada.

Al curandero le podían ver en el pueblo casi todos, y no ver una familia que se remachaba de cristiana y se daba tanto a la usura como a las torpezas del vicio –del vicio en general–. Ya se habían corrido lenguas y dimes de aquí y diretes de donde se siembra con poco grano, al parecer, pero con mucho rendimiento. Del pobre, había certificados orales de brujo y tradición de que no andaba a derechas en las cosas santas.

El curandero no era casado, y habíase traído una chica, ¡quién sabe de dónde!, un año que estuvo ausente por tantarantanes de la fortuna. Se decía que su no casamiento se debía a que era vate de pocas cuerdas, cuando no rincollo. Él se desentendía de estos hablares y no se andaba por las ramas pajareando de buen cantor o de otras cosas.

La chica iba para los catorce, haciéndose una mujer, y el curandero la quería como a una hija. La rondaba un mozo bueno y desgarbadote, algo soplador de pitos y trabajador si es que los hay. No le desencantaba al curandero esta pareja y aun se hacía cábalas de lotería para cuando se casaran, si es que iba en serio, al cumplir la hembra los dieciséis. Mas como la gente, sin ser mala, es aburrida y peca de charlatana, también se dieron a destrenzar lo que, siendo muy natural, había de tener con el tiempo visos de pecado secreto. El curandero, que si se despreocupaba de lo que de él decían no quería hacerse el sordo al campaneo sobre su ahijada, le dio dos morrones a un mozo, que le andaba fabricando cantos cada vez que la muchacha salía a la calle de la carretera a pasearse con su galán.

El pueblo se sobreavisaba de que no les iba a ser tan fácil abaratarles la vida de deberes, si siempre reaccionaba así. Viejas y jóvenes se aplicaban en el cuento, en el ultraje y en el fijar consecuencias arbitrarias sobre cada paso y aun sobre cada sonrisa. Los hombres, torpemente, como quien dice de mala gana, cuando era bonísima, ayudaban por secreta conveniencia. El calor concentraba el veneno; el cielo azul vidriaba los ojos, y las fiebres hacían nacer fantasmas del mediodía.

El cura era de la llanada, buen cura de pueblo, con las riendas del gobierno en las manos, otros sistemas no entendía, y llevándose bien con todo el mundo. Jamás tuvo un lío con nadie, excepto cuando le arreglaron la iglesia, cosa que en seguida contaremos. Él había advertido bondadosamente al curandero que se anduviese con cuidado y no operara con violencia, porque iba a ser peor, ya que la gente estaba envenenada por lo que ocurría y que de este veneno se lavaría con el agua, ya tan repetida. El curandero se estuvo quieto contemplando, pero el pueblo le calificaba supersticiosamente y le hacían la vida imposible.

Se andaba ya diciendo que la culpa venía de antiguo y que había que echarlo del pueblo, hacer de él un vagabundo, romperle las costillas a pedradas, y así todo andaría mejor de lo que andaba. El cura se opuso, enfadado, y los metió en vereda de buen caminar.

Aquí viene bien lo del enojo primero, que ocurrió al arreglar la iglesia. Así pasó: Comenzaron a murmurar que si el cura se había quedado con la mejor huerta, y se preciaban de hombres que le iban a arrancar las berzas en cualquier momento. El cura trabajaba, fuera de sotana, en mangas de camisa y pantalón de pana ocre, sujetado con una faja roja. Trabajaba hecho un aldeano. A medida que pasaban los amenazantes delante de la cerca, él les convocaba con palabras fuertes, que lo calificaban de hombrazo. Los feligreses se le intimidaron.

–Fulano, Fulano, ¿no decías que querías llevarte una berza? Pasa a cogerla.

–Mire usted, señor cura, que yo no fui, que fue…

–Pasa a cogerla.

Y les hizo llevarse, uno a uno, la huerta, para que aprendieran con quién se jugaban la tela, no fueran los muy cabestros a seguir hilando dichos sobre su honorabilidad. Desde entonces le respetaron, casi por miedo, casi por entusiasmo.

Cuando les dijo que en el asunto del curandero se anduvieran con ojo, todos se callaron y se apearon del burro de la discordia; pero a los días le había ardido un trigal, al meteorólogo, y a los cinco la avena, todo como de casualidad.

De la chica y del mozo dejaron de contar, no les fuera a salir la criada respondona tras de un cuchillo cachicuerno. El curandero no se molestaba ni en ir a las casas de los enfermos. Aquel mes murieron cinco vecinos.

Un día, bajo la parra seca de la casa del cura, estuvo dialogando con éste. Pensaba marcharse del pueblo. El cura siguió recomendándole calma.

El calor, en Treviño, había hecho un infierno del campo. Crecían los hormigueros y no había forma de salirle al paso a la epidemia. Quien más quien menos, todos estaban algo enfermos. Las urracas, por otra parte, se comían lo poco que quedaba en los campos, trillados por los cuervos.

El curandero lio sus bártulos, cerró la casa y se fue. El cura fue el único que salió a despedirle a la carretera. Se marcharon hacia Las Ventas, en su carro de bueyes para llegarse a Vitoria a venderlos, y si te he visto no me acuerdo. Aquel día hacía más calor que nunca. Los árboles casi vibraban de secos. Por la carretera adelante les sorprendió un viento pesado y cálido; después, unas nubes dispersas; a última hora, un tormentón tremendo.

Parecía que las nubes bajaban a la conquista de Treviño de los altos cercanos, negras y robustas, a caballo de sí mismas, con gran aparato de tronada y rayos dispersos.

El curandero y la muchacha se refugiaron bajo un olmo, cubriendo los bueyes como mejor podían; más tarde tuvieron que guarecerse debajo de la carreta. La tormenta estaba encima de ellos, echándoles su manteo. Así pasaron dos horas. Luego siguieron hacia Las Ventas, meta a la que nunca llegaron. Un rayo los tronchó en el bosquecillo de la entrada del pueblo. Los bueyes fueron encontrados pastando el ramojo de la vera.

En el pueblo los vecinos se alegraban con el agua, olvidando al curandero y a la moza. El cura se tornó sombrío y cambió de residencia, a sus instancias en el arzobispado. El pueblo entero se negó a que recibiera la pareja sepultura en su cementerio. Fueron enterrados en el campo santo de Las Ventas, donde se dice que se cogen los mejores caracoles del Condado. Los caracoles aquel año estaban secos, como la tierra, hasta el tormentón que les hizo salir de la fría hierba de las tumbas a orear su vanidad de cisnes monstruosos y diminutos del mundo de los muertos.

El mozo buenote y grandullón se puso en relaciones con una su parienta, rica en tierras y en fealdad.

 

jueves, 3 de agosto de 2023

La ley del péndulo

Ignacio Aldecoa

 

Bajaban los sacos con un cabrestante. La escotilla portaba un cielo azul de verano, inhóspito como una gran sala vacía. En la bodega los estibadores, formando corro, abrían cancha al redón descendente. Urgidos por el capataz se abalanzaban sobre los sacos y los apilaban ordenada y rápidamente.

–Saco… estribor… arriba… Iuú…

Sentían el polvillo del trigo en los pulmones y carraspeaban de vez en cuando. Las manos se endurecían en la faena, se musculaban y tomaban fuerza.

–Saco… babor… arriba… Iuú…

Al ocaso entraba el segundo turno. En el ocaso, antes de que las luces del barco feriaran el trabajo, los estibadores miraban al cielo acuario como si fueran a emerger hacia el infinito.

Los estibadores se prestaban los chalecos de cuero y andrajos. Se despedían.

–¿Te entrenas?

–¿Te parece poco entrenamiento este?

–A ver lo que haces en el próximo…

–Lo que se pueda.

–A ver cuándo empiezas a ganar dinero y dejas esto.

–En seguida.

En el gimnasio penduleaba el saco de entrenamiento. El boxeador obedecía la voz del capataz.

–Saco… izquierda… derecha… arriba… abajo… Sigue… Para…

En los barcos y en los gimnasios se iba aprendiendo a vivir: fuerza, velocidad, pegada… Un poco más lejos el dinero… y entretanto de saco a saco como única esperanza.

 

domingo, 19 de junio de 2022

Un cuento de reyes

Ignacio Aldecoa

 

A F. G. de Castro

 

El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media lleva sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.

Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol, y copas de anís, vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.

Omicrón Rodríguez no tiene abrigo, no tiene gabardina, no tiene otra cosa que un traje claro y una bufanda verde como un lagarto, en la que se envuelve el cuello cuando, a cuerpo limpio, tirita por las calles. A las once de la mañana se esponja, como una mosca gigante, en la acera donde el sol pasea, porque el sol pasea solo por un lado, calentando a la gente sin abrigo y sin gabardina que no se puede quedar en casa, porque no hay calefacción y vive de vender periódicos, tabaco rubio, lotería, hilos de nylon para collares, juguetes de goma y de hacer fotografías a los forasteros.

Omicrón habla andaluza y onomatopéyicamente. Es feo, muy feo, feísimo, casi horroroso. Y es bueno, muy bueno; por eso aguanta todo lo que le dicen las mujeres de la boca del Metro, compañeras de fatigas.

–Satanás, muerto de hambre, ¿por qué no te enchulas con la Rabona?

–No me llames Satanás, mi nombre es Omicrón.

–¡Bonito nombre! Eso no es cristiano. ¿Quién te lo puso, Satanás?

–Mi señor padre.

–Pues vaya humor. ¿Y era negro tu padre?

Omicrón miraba a la preguntante casi con dulzura:

–Por lo visto.

De la pequeña industria fotográfica, si las cosas iban bien, sacaba Omicrón el dinero suficiente para sostenerse. Le llevaban veintitrés duros por la habitación alquilada en la casita de Vallecas. Comía en restaurantes baratos platos de lentejas y menestras extrañas. Pero días tuvo en que se alimentó con una naranja, enorme, eso sí, pero con una sola naranja. Y otros en que no se alimentó.

Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar son muchas horas hasta para Omicrón. El escorpión le pica una y otra vez en el estómago y le obliga a contraerse. La vendedora de lotería le pregunta:

–¿Qué, bailas?

–No, no bailo.

–Pues chico, ¡quién lo diría!, parece que bailas.

–Es el estómago.

–¿Hambre?

Omicrón se azoró, poniendo los ojos en blanco, y mintió:

–No, una úlcera.

–¡Ah!

–¿Y por qué no vas al dispensario a que te miren?

Omicrón Rodríguez se azoró aún más:

–Sí, tengo que ir, pero…

–Claro que tienes que ir, eso es muy malo. Yo sé de un señor, que siempre me compraba, que se murió de no cuidarla.

Luego añadió nostálgica y apesadumbrada:

–Perdí un buen cliente.

Omicrón Rodríguez se acercó a una pareja que caminaba velozmente.

–¿Una foto? ¿Les hago una foto?

La mujer miró al hombre y sonrió:

–¿Qué te parece, Federico?

–Bueno, como tú quieras…

–Es para tener un recuerdo. Sí, háganos una foto.

Omicrón se apartó unos pasos. Le picó el escorpioncito. Por poco sale movida la fotografía. Le dieron la dirección: Hotel…

La vendedora de lotería le felicitó:

–Vaya, has empezado con suerte, negro.

–Sí, a ver si hoy se hace algo.

Rodríguez hizo un silencio lleno de tirantez.

–Casilda, ¿tú me puedes prestar un duro?

–Sí, hijo, sí; pero con vuelta.

–Bueno, dámelo y te invito a café.

–¿Por quién me has tomado? Te lo doy sin invitación.

–No, es que quiero invitarte.

La vendedora de lotería y el fotógrafo fueron hacia la esquina. La volvieron y se metieron en una pequeña cafetería. Cucarachas pequeñas, pardas, corrían por el mármol donde estaba asentada la cafetera exprés.

–Dos con leche.

Les sirvieron. En las manos de Omicrón temblaba el vaso alto, con una cucharilla amarillenta y mucha espuma. Lo bebió a pequeños sorbos. Casilda dijo:

–Esto reconforta, ¿verdad?

–Sí.

El “sí” fue largo, suspirado.

Un señor, en el otro extremo del mostrador, les miraba insistentemente. La vendedora de lotería se dio cuenta y se amoscó.

–¿Te has fijado, negro, cómo nos mira aquel tipo? Ni que tuviéramos monos en la jeta. Aunque tú, con eso de ser negro, llames la atención, no es para tanto.

Casilda comenzó a mirar al señor con ojos desafiantes. El señor bajó la cabeza, preguntó cuánto debía por la consumición, pagó y se acercó a Omicrón:

–Perdonen ustedes.

Sacó una tarjeta del bolsillo.

–Me llamo Rogelio Fernández Estremera, estoy encargado en el Sindicato de organizar algo en las próximas fiestas de Navidad. Bueno –carraspeó–, supongo que no se molestará. Yo le daría veinte duros si usted quisiera hacer el rey negro en la cabalgata de Reyes.

Omicrón se quedó paralizado.

–¿Yo?

–Sí, usted. Usted es negro y nos vendría muy bien, y si no, tendremos que pintar a uno, y cuando vayan los niños a darle la mano o besarle en el reparto de juguetes se mancharán. ¿Acepta?

Omicrón no reaccionaba. Casilda le dio un codazo:

–Acepta, negro tonto… Son veinte chulís que te vendrán muy bien.

El señor interrumpió:

–Coja la tarjeta. Lo piensa y me va a ver a esa dirección. ¿Qué quieren ustedes tomar?

–Yo un doble de café con leche –dijo Casilda –, y este un sencillo y una copa de anís, que tiene esa costumbre.

El señor pagó las consumiciones y se despidió.

–Adiós, piénselo y venga a verme.

Casilda le hizo una reverencia de despedida.

–Orrevuar, caballero. ¿Quiere usted un numerito del próximo sorteo?

–No, muchas gracias; adiós.

Cuando desapareció el señor, Casilda soltó la carcajada.

–Cuando cuente a las compañeras que tú vas a ser rey se van a partir de risa.

–Bueno eso de que voy a ser rey… –dijo Omicrón.

 

*

Omicrón Rodríguez apenas se sostenía en el caballo. Iba dando tumbos.

Le dolían las piernas. Casi se mareaba. Las gentes desde las aceras sonreían al verle pasar. Algunos padres alzaban a sus niños.

–Mírale bien, es el rey Baltasar.

A Omicrón Rodríguez le llegó la conversación de dos chicos.

–¿Será de verdad negro o será pintado?

Omicrón Rodríguez se molestó. Dudaban por primera vez en su vida si él era blanco o negro, y precisamente iba haciendo de rey.

La cabalgata avanzaba. Sentía que se le aflojaba el turbante. Al pasar cercano a la boca del Metro, donde se apostaba cotidianamente, volvió la cabeza, no queriendo ver reírse a Casilda y sus compañeras. La Casilda y sus compañeras estaban allí, esperándole; se adelantaron de la fila; se pusieron frente a él y, cuando esperaba que iban a soltar la risa, sus risas guasonas, temidas y estridentes, oyó a la Casilda decir:

–Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad.

Luego unos guardias las echaron hacia la acera.

Omicrón Rodríguez se estiró en el caballo y comenzó a silbar tenuemente. Un niño le llamaba, haciéndole señales con la mano:

–¡Baltasar, Baltasar!

Omicrón Rodríguez inclinó la cabeza solemnemente. Saludó.

–¡Un momento, Baltasar!

Los flashes de los fotógrafos de prensa le deslumbraron.

 

martes, 19 de abril de 2022

Un hombrecillo que nació para actor

Ignacio Aldecoa

 

Cuento del que se quedó en la estacada
y de los que se mofaron de ello

 

Eran las cuatro de la mañana. La churrería tenía algo de vagón de tercera clase. Dormía una vieja con sueño altisonante de suspiros y entrecortado de babeos. Un hombre mostraba infinidad de carnets, la faz angulosa y el pelo blandón y rubiaco, a la pareja policial que tomaba el mojapán madruguero. Tres estudiantes troneras bebían cazalla en compañía de unas pelanduscas que recortaban el canje de interjecciones. El churrero, a lo macho, se abría la camisa frente al fogón donde chirriaba la gran sartén del aceite. Olor de tren con aceitazo y dejo axilar, pegaba un tufo inolvidable.

La calle del Ave María se abría a la expedición sabatina de la gente de última hora. El nocherniego encontraba su reposo en el chocolate con churros o en el aguardiente truhán en copita breve y alta de caderas. La noche, maya de estrellas y canciones y verdeada de faroles de gas. Se dejaba oír el tacón del chuzo con que el sereno se autorizaba. Bajaban hacia la plaza dos farsantes, hombre y mujer, del brazo y entonados. La luz mortecina los atrajo como a vagas mariposas.

La pareja de los mosquetes se clareó a un rincón, como los gatos, preparada para intervenir cuando las circunstancias lo exigiesen. La vieja dormilona despotricó por sus fueros de despertada, rascándose la piojería y mostrando el Teruel de sus dientes. El churrero ni se inmutó desde su púlpito de hombre corrido y corroído. Agua de borrajas la bronca, la zaragata de un estudiante les invitó a lo que gustaran tomar. Se le antojó a la mujer un vaso de leche y al marido un anisete para quedar bien, porque los hombres deben mostrar siempre que lo son. Una de las damas se estropeó la voz de un trago y comenzó a deleitar a la reunión. Cantaba en faraona y había que exornarla de olés y de vivas familiares. Los tres estudiantes comenzaron a cantar en gabacho unas canciones menudas y como de coro. Nadie les mandó callar, pero se callaron. Aquello no era de la noche. La noche tiene su rito, más o menos torpe y exige que se cumpla. Habló el cómico y mostró su francés escolar; después el norte de las miradas se ofreció en espera del cuentacuentos.

–Aquí, mi señora y yo, somos del teatro. Una vez un estudiante de su edad, como ustedes. ¿A que no han entrado en quintas todavía? –preguntó difuminando su charla en el capricho de que afirmaran y él pudiera sentar bien su experiencia de hombre maduro.

Los estudiantes precisaron que ya las habían pasado con muy malos tragos. El cómico explicaba a continuación, ramificando la historia:

–Medicina, estudiaba. Era grandullón, un mozo guapote y quería ser actor. Ustedes no saben lo que es esto. Correr de aquí para allá, como se dice. Ahora venimos de Valencia. El género nuestro se va acabando. Mi mujer está de costurera en la compañía y yo soy del coro.

Los estudiantes comenzaron a cantar de pronto. Una de las acompañantes les estaba haciendo el tercio con el fotógrafo. Se levantó para sentarse en la otra mesa.

–¡Qué tiempos aquellos! Ustedes no habían nacido. Yo llegué a cantar Lisístrata; también canté El pollo Tejada.

Se despidieron las dos que quedaban y salieron a orearse.

–Yo he trabajado mucho en esa capital. Teníamos el hoyo lleno todos los días. Había que ver las taquillas que se hacían. Precisamente allá conocí a mi señora.

La señora intervino falseando la voz:

–Mi esposo y una servidora, que entonces era una chiquilla, nos hicimos novios. Formalizamos nuestras relaciones cuando volvimos a este Madrid de mi alma.

El sultán estudiante se desperezó en el banquito. Las gafas le hacían a sus ojos una prisión de peces abisales. Estaba mal afeitado: las crecidas patillas lo achulaban con canallería. Se sonreían de todo aquello, y el capítulo de la Comiquería les agradaba de sabores viejos. El jovencillo pidió al otro, pálido y ojeroso, una peseta para la alcancía de la cerillera.

–Cuando iba a la escuela ya me llamaban las tablas. Me acuerdo que una vez hicimos El puñal del godo. El maestro me dijo que yo era capaz de ganarme el garbanzo trabajando de actor. Y no estoy arrepentido porque, cuidándome, yo hubiera llegado a ser algo.

A la mujer del histrión le entró maternal. El estudiantillo de la cara aniñada estaba ya harto de juerga y se dormía.

–Pobrecico, tan joven. ¿Cómo lo sacan ustedes de casa…?

Se recuperó el estudiante y ronzó unas palabras. Pidió más cazalla. El de las patillas se reía burlonamente.

–Miguelito, que te va a hacer daño.

–Me cabe un litro.

–No presumas.

El hombre de la farsa pagó una ronda y siguió charlando.

–Pues sí, señores, yo nací para actor, pero la vida… ya saben ustedes. Uno quiere llegar y luego se encuentra con los malos quereres. En la guerra tuve que poner un puesto de periódicos y no me iba mal. Lo dejé por esta maldita afición. Todo me lo he jugado y ya ven cómo me va.

Miguelito se quiso sacar la espina aventurando una gracia que no le gustó al actor. Este se envolvió en la bufanda: una bufanda grande amarilla y negra que le daba cierto aire funeral. Reclamó a su mujer porque la mañana se enfriaba casi por la ventanera. Y se levantó. Cuando estaba de pie se le acercó titubeante el dipsómano de los carnets:

–¿No tendrá un cigarro?

–Un cuerno.

Y el dipsómano ensayó un pase natural. Nadie le hizo caso y se quedó navegando con cara de hastío en espera de otra oportunidad. Del mostrador salió la voz de Lucifer:

–No molestes a los señores.

Lo más extraño era que todo ese mundo cochambroso se trataba con una educación inesperada. El de los carnets pidió perdón y se retiró a un rincón.

Por la calle del Ave María, en la soledad de un amanecer blanco y sucio como la leche pasada, caminaban los tres estudiantes. Quedaban solos el dueño y el hombre de los carnets. Se iba a cerrar una hora para que descansase el churrero.

Canciones viejas y salmantinas crecían en el avance de la estudiantina. El sereno apareció como un fantasma. Les mandó callar. Los faroles de gas parecían fuegos fatuos. Miguelito temblaba y balbuceaba incoherencias. La cuesta era un calvario que había que subir. El último gato de la noche se escondió en un quicio.

Rieron los estudiantes del hombre que nació para actor. El hombre que nació para actor dormía con alto sueño de triunfos en los teatros hispanoamericanos.

Al pasar por una iglesia sorprendió a los tres estudiantes la primera boda del domingo.