lunes, 1 de junio de 2026

Hoy decidí vestirme de payaso

Álvaro Cepeda Samudio

 

“... to be among the lost, to know how
it feels to be out of things, to have no present,
no future, to belong nowhere, to be suspended
between day and night, waiting”.
Saroyan (Among the Lost)

Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho corredor de arena la sentí rebotar debajo de mis zapatones y tuve la agradable sensación de sentirme payaso. Todos estaban ya en el redondel cuando entré y no me han mirado siquiera. Estaban esperando que yo llegara para comenzar, pero no me han dicho nada. Cuando fui a ocupar mi puesto he pasado frente al domador que está todavía tratando de pegar una melena de papel amarillo a sus leones de cartón. Y ahora estoy entre los demás payasos, los payasos de verdad, y yo que sólo estoy vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero. La marcha comenzó a sonar, con un movimiento lleno de gracia y soltura salió el director quitándose el sombrero y haciendo malabares con un bastón negro. Todos hemos comenzado a movernos alrededor de la pista. Nosotros salimos corriendo y nos mezclamos con los demás como estorbándolos. Parece que yo me he excedido porque al tirarle la cola a uno de los leones se me ha quedado en las manos una borla suave de lana amarilla. El domador me amenazó con el látigo y los payasos me han mirado con asombro por debajo de sus máscaras de colores.

Todos están serios, pero a medida que se van acercando a las primeras silletas, las sonrisas comienzan a aparecer hasta que están completas en los rostros, como si fueran un trozo más de pintura blanca y roja.

Desde que sonaron los primeros cascos sobre la pista la muchacha ha comenzado a sonreír y también, mientras salta de un caballo a otro. Los payasos se han metido entre los caballos y saltan imitándola con ademanes grotescos. Yo he querido hacer lo mismo, pero tengo miedo de asustar a los caballos y romper la sonrisa de la muchacha. El director, que para todo usa ademanes graciosos, ha hecho sonar un silbato y los payasos han salido corriendo hacia el pasadizo y la han dejado sola en el centro de la pista con sus dos caballos. Yo no he querido salir, pero otro payaso, el de la gran nariz morada, ha venido a sacarme dándome pequeños escobazos que suenan con gran estrepito. Sin embargo, yo quiero ver a la muchacha y no fui a meterme detrás de las cortinas como lo han hecho todos. A la muchacha se le han caído los palos con que hacía malabares y yo he corrido al centro del redondel y los he recogido para entregárselos. Ella me miró asombrada pero no dijo nada y los hombres con casacas rojas de militar han entrado y me han sacado de la pista otra vez. Otra vez ha salido el director con su silbato y mientras la muchacha sale al galope montada sobre sus dos caballos los payasos han entrado corriendo. Yo he salido detrás de ellos y ahora los veo dispersarse en la pista y hacer cabriolas. Yo me he quedado quieto, pues quiero ver cómo hacen los demás payasos para hacerlo yo también. El de la nariz morada le está diciendo al que tiene un sacoleva negro y unos calzoncillos amarrados a los tobillos: “¿A que no sabes de qué están hechas las nubes?” El payaso gordo, que tiene las ropas llenas de globos de colores revienta uno y dice: “De caramelo blanco”. Todos los payasos lo persiguen y le dan escobazos. Yo me acerco al de la nariz morada y le digo: “Las nubes están hechas de la espuma que usa San Pedro para afeitarse las barbas. Eso lo saben todos y es una tontería preguntarlo”. Todos los payasos se vuelven hacia mí y me miran con rabia. A mí ha comenzado a cansarme esta forma que tienen de mirarme cuando hago algo que ellos creen que no está bien. Por esto me he salido de la pista y he venido a buscar a la muchacha de los caballos.

Al pasar frente a los hombres de las casacas rojas, éstos se vuelven hacia mí y me dicen: “¿A dónde vas? Vuelve a la pista”. Yo digo “No” y corro sobre el pasadizo de arena. Los caballos están parados frente a una tienda que tiene remiendos de colores. Entro a esta tienda y la muchacha, que ya no tiene el saquito dorado sobre el pecho, sino dos senos pequeños, me grita: “Sal de aquí, ¿Qué quieres?” “Yo quiero hablar contigo”. “Bueno, pero espérame afuera”. “No quiero”. Y la muchacha me dice que está bien, que me dé vuelta con la cara contra la carpa y la espere a que se acabe de vestir. La lona deja pasar las luces y la parte que me queda delante de los ojos parece un cielo de juguetería. Mientras se viste, la muchacha quiere saber todas las cosas que yo no sabría contestar. Yo le digo pequeñas palabras, monosílabos, pero ella insiste. ¿Cómo es mi nombre? Yo no sé. Ella se ríe de todas mis respuestas y parece muy divertida, pero a mí esta situación ha comenzado a parecerme molesta. ¿Para qué quiero hablar con ella? Tampoco sé. Quise oírle la voz cuando la vi saltando sobre los caballos. ¿Te gusta mi voz? Sí. ¿Pero quién soy yo? Y tengo que contestarle: “Hoy decidí vestirme de payaso”. Ahora está frente a mí con unos pantalones verdes y una blusa blanca, el pelo que llevaba atado a la nuca lo tiene suelto sobre un hombro. Sobre la cama angosta y desordenada hay una guitarra verde con las cuerdas hacia abajo. Me he sentado en la cama y he pasado los dedos sobre la madera y momentáneamente se han coloreado de verde. “Yo creía –le digo– que las guitarras verdes sólo existían en los cuentos”. “Esa guitarra es para dar serenatas, por eso es verde”. La guitarra suena a música encerrada cuando yo la levanto: Le digo que toque algo, pues yo no sé tocar. “Yo tampoco sé”. Ahora he tomado a la muchacha de la mano y hemos salido de la tienda con la guitarra. “Vamos a buscar a alguien que sepa tocar esta guitarra”. Al salir nos hemos cruzado con el director que sigue mirándome muy serio. Quiere que deje la guitarra y me vuelva a la pista. Yo le digo que tengo que encontrar a alguien que sepa tocar la guitarra. “Entre ahí”, me grita empujándome por el pasadizo. Tal vez alguno de los payasos sepa tocar, por esto he entrado a la pista, otra vez. La muchacha está detrás de las cortinas hablando con el director. Los payasos han traído unos cubos de agua y se persiguen tratando de mojarse unos a otros. Yo me acerco a uno que tiene unos lentes sin vidrios y le pregunto si él sabe tocar una guitarra verde. Cuando termina la farsa todos salen corriendo y yo me quedo en el centro de la pista con la guitarra. Otra vez vienen los hombres de casacas rojas a sacarme, pero yo me voy antes y le hago señas a la muchacha para que salgamos de la carpa. Desde afuera la carpa parece un elefante echado. Yo se lo digo y ella me dice que entre y lo diga así desde la pista. En la puerta un hombre de casaca roja le ha preguntado a la muchacha para donde va. “Él anda buscando alguien que sepa tocar esta guitarra”. “Cuando yo estaba en el colegio tocaba algo de dulzaina”, dice el hombre. “No, tiene que ser guitarra”. “Pero es que si es alguna pieza que él quiere oír yo podría tocarla en una dulzaina”. “No, no es ninguna pieza en particular. Cualquier cosa con tal que sea con la guitarra”. Ella le dice que volveremos para el final y cruzamos la calle hacia el bar. Yo pongo la guitarra sobre el mostrador y le pregunto al bartender si él conoce alguien que pueda tocarla. El negro dice que no y comienza a servirnos los tragos. Luego se vuelve y grita: “¿Quién de ustedes sabe tocar guitarra? Aquí el payaso está buscando a uno que sepa”. Todos han girado sobre sus bancos para mirarnos, pero nadie contesta. La mujer que está parada frente al tocadiscos echando monedas en la ranura habló sin levantar la vista de los nombres de las canciones. “Sammy tal vez sepa. Él toca el contrabajo y canta en L-Bar”. Yo quiero saber dónde está Sammy. “No sé, tal vez en Londres o en Suramérica. Ya no toca en L-Bar. Él siempre quiso irse a Londres y seguro eso es lo que ha hecho: se ha ido a Londres”. La música ha silenciado las últimas palabras y yo insisto con el bartender. “Tiene que haber alguien que sepa tocar esta guitarra”. “Es que le hace falta para un número, ¿o qué?” “Él quiere oír la guitarra. Eso es todo”. La oigo hablar con el negro hasta cuando comienzo a golpear la madera con el fondo duro de mi vaso. La mujer ha venido a sentarse al lado mío y con manos lentas acaricia la guitarra que está todavía sobre el mostrador. “Estoy segura que Sammy hubiera podido hacer sonar esto” –ha comenzado a decir–. “A mí también me gustaría oírla: ya estoy cansada de los mismos discos con las mismas canciones: sí, me gustaría oír cómo suena la música de esta guitarra” y salgo del bar detrás de las dos mujeres. En la puerta me ha detenido el grito del negro: “Oye, payaso, por qué no vuelves más tarde. Tal vez haya alguien que sepa tocar”. Yo quiero decirle que no soy un payaso, que simplemente hoy decidí vestirme de payaso, pero me parece inútil toda explicación y no digo nada. Ya las mujeres están frente a la carpa cuando el hombre de la casaca roja está diciéndome que es una lástima que nadie sepa tocar. “Sammy va a tocarla –le digo–. Iremos a buscarlo después del final”. “Tienes que apurarte. Ya el domador está entrando a la jaula con sus leones y ustedes tienen que estar en la pista cuando el comience”. Cuando yo entro, todos los payasos están corriendo alrededor de la gran jaula mientras el domador hace sonar el látigo y dispara un revolver brillante. Los hombres de las casacas rojas están parados a distancias regulares rodeando la jaula. Como ellos no pueden moverse, yo paso a su lado haciéndoles burla y mostrándoles mi guitarra verde. El domador ha puesto sus leones sobre banquitos de colores y luego se da vuelta dándoles la espalda. Cuando encienden el aro yo tengo miedo de que se les quemen las melenas o las borlas del rabo. Parece que el domador piensa lo mismo, pues no se decide a hacerlos saltar. Yo me acerco y le digo que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador recoge sus leones y sale con ellos para su tienda. Cuando pasa frente al director, éste lo mira con rabia y yo creo que no va a poder salir sonriente y con ademanes graciosos esta vez. Los payasos se han agrupado al lado mío y el de la nariz morada dice “¿A que no saben por qué la guitarra de éste es verde?” Todos los payasos se agarran la cabeza y dan volteretas como buscando qué decir. El de la nariz morada dice por fin: “Porque no está madura todavía”. Yo me aparto con rabia y les digo: “No, no es por eso; sino porque es para dar serenatas”. Ahora los payasos se ponen furiosos. El de la nariz morada se arranca la nariz y la tira contra el suelo. Los demás se quitan las pelucas y tiran los zapatones contra las silletas de los palcos y se van todos a buscar al director. Ya no parecen payasos. Solo yo estoy todavía vestido de payaso cuando vienen a llamarme para irnos a buscar a Sammy. En toda la carpa no ha quedado un payaso: solamente esos hombres que se limpian de la cara los manchones rojos y blancos y que discuten rabiosamente con el director. El hombre de la casaca roja se ha soltado los botones dorados y ha puesto la gorra en la silleta del portero y está tocando asordinadamente su dulzaina. “No lo he olvidado todavía” y sigue tocando. De pronto deja de tocar, recoge su gorra y dice: “Vamos a buscar a Sammy, yo siempre quise tocar la dulzaina acompañado por una guitarra”. La dulzaina sigue sonando cuando cruzamos la calle y yo comienzo a sentir en mi mano la mano tibia de la muchacha de los caballos.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Las réplicas del domingo por la noche

Víctor Roura

 

Hace unos cuantos días, en la casa de usted, o sea la mía, llegó una mudanza. Supuse que era el nuevo vecino. Hicieron un ruidaral que no pude entenderle ni papa a los Simpson. Por fin, el departamento 6 sería ocupado. Llevaba vacío casi cinco meses. Antes vivían ahí una señorita que quería ser modelo y su señora madre, que ya lo era. A partir de las doce de la noche, uno ya sabía que ambas mujeres estaban ahogadas en anís. La hija a veces bajaba a invitarme. Un anís nunca cae mal, aunque sea a deshoras. El problema era que, estando ya arrellanado en el sofá, tanto madre como hija empezaban a modelar. Se metían a la recámara. Primero salía una, pongamos que con un vestido de noche. Su andar, pese al anís, era correcto. Un pie exactamente atrás del otro, las caderas oscilaban con desesperante lentitud, de un lado a otro, nunca estaban en el mismo sitio. Acababa yo mareado. Por el anís, claro. Las mujeres estaban en su trabajo. Les fascinaba el modelaje. Así estaban, una y otra vez. Pasaban delante de mí interminablemente. Les encantaba ser admiradas, mientras yo daba cuenta de su rico anís. Pero una noche me aburrió el asunto.

–¿No pueden sentarse a platicar conmigo? –pregunté, malhumorado.

La hija se puso a llorar. Llevaba consigo una minifalda al estilo Alejandra Guzmán. La madre, que en esos momentos llevaba puesto un traje de Issey Miyake, que le quedaba ajustadísimo, fue más digna.

–Señor, lo creíamos sensible, háganos el favor de pasar a retirarse –dijo, quebrada un poco la voz.

Me levanté y bajé a mi apartamento, llevándome bajo el saco la botella de anís. Ya nunca más fui invitado a aquellas sesiones. Un mes después se mudaron a otra parte. Jamás se despidieron.

Confieso que en ocasiones extraño las noches de anís.

Pero ahí estaba el nuevo vecino, haciendo un ruido de los mil demonios. Apagué el televisor. Puse un disco, el Fandangos in Space, de Carmen. Le subí todo el volumen. Serían las diez y media de la noche del domingo de hace dos semanas. Al rato, oí las mismas canciones provenientes del departamento recién ocupado.

Le bajé al volumen.

Sí. Habían puesto el mismo disco.

Lo quité de la tornamesa. Busqué el The Rise and Fall, de Madness. Escuchaba la rola “Primrose Hill”, cuando oí de nuevo el mismo disco que salía de las bocinas del vecino recién desempacado. O vecina. Qué sé yo. Fui por otro acetato. Pensé que sería difícil que conocieran a la banda de Don Harrison. Puse su disco, sin título, que data de 1976. Iba ya en el segundo lado, en la cuarta pieza (“A Bit of Love”), cuando oí el mismo maldito álbum en la casa recién apropiada. Me quedé un rato sin hacer nada.

Vi el reloj.

Ya era la medianoche. Una hora para ya no andar jugando a la guerrita de discos. Sin embargo, coloqué en la tornamesa el Magic is a Child, de Nektar. No pasaron ni cinco minutos y ya estaba escuchando, como en un eco, ese mismo disco en el departamento de arriba.

No sé usted qué hubiera hecho, pero yo andaba como león enjaulado, iba de un lado a otro de la sala, sin saber qué hacer. De un lado a otro, como las caderas de las modelos que a esas horas tal vez ya habían finalizado una botella de anís. Quizás lo correcto hubiera sido subir para ver quién había llegado al edificio, estrecharle la mano y felicitarlo, ejem, por sus gustos musicales.

Pero no.

Preferí poner toda la noche, o la madrugada, como usted elija, disco tras disco. En alguno fallaría el nuevo vecino. O nuevos vecinos. Qué se yo. Desfilaron por la aguja The Amazing Rhythm Aces, Mahogany Rush, Robin Trower, Horslips, Ian Hunter, Tin Huey, Wreckless Eric, Zanki, un pirata de Frank Zappa y, Santo Dios, ¡todos los tenía! Disco que ponía, disco que se repetía un piso arriba de mí.

Para volverse locos.

El último que puse (el Thruthdare Doubledare, de Bronski Beat) dejé de oírlo yo mismo a las nueve y media de la mañana del lunes, porque, simplemente, me ganó el sueño.

Desperté unas tres horas después, apagué el modular, coloqué el disco en su lugar, me di un regaderazo y fui a una reunión editorial.

Desde entonces, escucho mis discos a bajo volumen.

Para no despertar sospechas.

Ni réplicas.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)