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jueves, 16 de abril de 2026

Amor eterno

Antonio Ballesteros

 

Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu. Tomados de la mano, iban Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

–Nos amamos –empezó el joven.

–Y nos vamos a casar –dijo ella.

–Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.

–Por favor –repitieron–, ¿hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.

–Hay algo… –dijo el viejo después de una larga pausa–. Pero no sé… conseguirlo es una tarea muy difícil y sacrificada.

–No importa –dijeron a la vez los dos–. Lo que sea –ratificó Toro Bravo.

–Bien… –dijo pensativo el brujo–. Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?

La joven asintió en silencio.

–Y tú, Toro Bravo – siguió el brujo – deberás partir en dirección contraria y escalar la Montaña del Trueno; cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas y, solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta con el halcón más hermoso y vigoroso del monte… ¡Salgan ahora!

Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur…

Todo salió mejor de lo que los jóvenes habían imaginado en sus mejores sueños, y el día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

– ¿Volaban alto? –preguntó el brujo.

– Sí, sin duda. Hicimos todo tal y como lo pediste… ¿y ahora…? –preguntó el joven, impaciente– ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

–No –dijo el viejo–. Los dejaremos vivir.

–Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne –propuso la joven.

–No –repitió el viejo–. Harán lo que les digo: Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres para siempre, igual que ustedes quieren hacerlo.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo, pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

Entonces el brujo habló: “Este es el conjuro… jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados”.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

El poeta negro

Antonio Ballesteros

 

Dicen que la realidad supera con frecuencia a la más delirante ficción. Por eso, a nadie debería extrañarle que si en esta brumosa madrugada mi famoso e insigne archiabuelo, el ilustre poeta don Gustavo Adolfo Bécquer, levantase la cabeza y me viera pasear por las desiertas callejuelas de este Toledo remozado –que apenas vagamente reconocería–, podría pensar que revivía los delirios de la tuberculosis que lo llevó al más allá. Y si por algún extraño encantamiento por fin se convenciera de que yo –su archinieto bastardo y negro– soy real, muy probablemente suplicase que lo regresaran a la tumba: nada supo en vida de aquel hijo ilegítimo que fue mi tatarabuelo.

Su desconcierto habría sido absoluto, siglo y medio más tarde, al encontrarse frente a alguien casi completamente igual a él, pero con la piel negra.

Se habría visto reflejado a sí mismo como en un espejo oscuro: su afilado rostro y su nariz aguileña, las inconfundibles guedejas de su ondulado cabello, la misma perilla e idéntico bigote para disimular el barbilampiño rostro. Y porque la genética es mucho más tenaz y fiable que la genealogía, quizá también habría reconocido en mí, en esta extraña noche en la que mis atribulados pensamientos volvieron errática mi mirada, su melancólico y desesperanzado gesto.

Y si, además, el poderosísimo conjuro que le podría haber convencido de que no deliraba consiguiese guiarle hasta el portón que yo me dispongo a franquear ahora… hubiera recordado que él traspuso aquel umbral en busca de la aventura galante que preñó a mi archiabuela. Sin duda, él nunca sospechó que aquella calurosa noche en la que disfrutó del lecho de una joven e inocente mujer enamorada, tuviera más consecuencias que las de aliviarle, momentáneamente, las penas y los ardores de otro amor.

En ese improbable momento, si se hubiera convencido de que yo no era el reflejo de ningún espejo, ni el fruto de alguna excepcional alquimia, entonces quizá se habría atrevido a preguntarme si yo era el hijo del hijo del hijo del hijo de alguno de sus hijos…

Y yo le habría tenido que contestar que sí, pero también aclararle que no descendía de los hijos que él conoció, los que engendró con su esposa, Casta Esteban. Le habría tenido que decir la verdad: que aquellos muchachos murieron jóvenes y sin descendencia.

Su desconcierto me habría dado la oportunidad de contarle que Manuela Alonso, la ilusionada virgen que él desfloró aquella ardiente noche –la que ilusamente pensó que los versos y las rimas que su pretendiente declamaba eran inspirados por ella, y no por otra–, se quedó esperándolo muchos días y muchas madrugadas, hasta que su vientre engruesó y ya no pudo disimular su estado.

Habría podido ponerle al día de que el padre de Manuela, el ilustre señor don Inocencio Carlos Alonso de Heredia y Olmedilla, al descubrir el sorpresivo embarazo de su hija, montó en cólera y de inmediato escribió a un allegado de la familia para que le auxiliase en tan amarga situación.

Era este pariente un clérigo recién afincado en muy lejanas tierras, y sin pensarlo dos veces a él le envió a su hija descarriada, junto con un cofre repleto de monedas para que, en adelante, la tuviera confinada y a buen recaudo, buscando salvaguardar así el buen nombre de la familia.

Le habría podido explicar a don Gustavo Adolfo que mi archiabuela, para alejarse del vergonzante destino monacal que le aguardaba, al desembarcar en el puerto de Montevideo, tras una larga travesía en la que sufrió innumerables náuseas y mareos –hasta el punto de desconfiar que la criatura que portaba en sus entrañas fuera a nacer con vida–, a la primera oportunidad huyó del sacerdote que la esperaba, llevando a mi tatarabuelo en su vientre y bajo el brazo, bien sujeto, el cofre y las monedas con las que el padre que la repudiaba creía salvado su honor.

A continuación consiguió convencer a un carretero de lanas que la llevase lo más lejos posible. Y temiendo el aborto en cada salto del vehículo, tras siete insufribles días llegó a un inhóspito pueblito de frontera llamado San Eugenio del Cuareim, de apenas veinte casas y doscientas almas.

Más tarde, tras alumbrar en condiciones bien precarias y auxiliada por sus nuevos vecinos –muchos de ellos esclavos negros recién liberados, llegados del Brasil–, hubo de inscribir a su vástago en un registro.

Y en esa ocasión no utilizó el propio apellido, Alonso: no quería dejar ningún rastro de su periplo. Inscribió a su hijo con los nombres y el apellido del hombre al que, aunque desengañada, continuaba amando con infinita devoción. Incluso tuvo que corregir al escribano, que en vez de Bécquer, con cqu, escribió Bécker con ck: en realidad el verdadero apellido de los ascendientes de don Gustavo Adolfo.

Es explicable el error: antes de que se fundara aquel pueblín fronterizo que años más tarde pasaría a denominarse Artigas, unos comerciantes alemanes comprobaron que sus alrededores eran extremadamente ricos en piedras semipreciosas, y se asentaron en la zona: su apellido era el mismo que los nobles flamencos de los que descendía don Gustavo Adolfo.

En efecto, tanto el poeta como su hermano Valeriano y su padre, el también pintor José Domínguez Insausti, para sus obras utilizaron, castellanizado, el apellido de sus antepasados: es decir, cambiaron la ck por cqu. Quizá Manuela Alonso nunca lo supo, y por eso yo me apellido Bécquer con cqu y no Bécker con ck.

Lo demás, si el espectro del desafortunado poeta me hubiera acompañado en el paseo, habría sido fácil de contar: al contrario que los legítimos, el hijo de don Gustavo Adolfo y de Manuela creció sano y perpetuó no sólo su apellido sino, en el primogénito varón de cada generación, el conocido nombre compuesto que figura en mi cédula de identidad.

Se dio la curiosa circunstancia de que tanto aquel vástago bastardo del poeta –el que cruzó el océano en el vientre de su madre– como sus sucesivos descendientes, incluido yo, mostraron una marcada inclinación por emparejarse con las mujeres afrodescendientes que tanto abundan en esa zona fronteriza con el Brasil. Por ello, aunque los nombres y el apellido se transmitieron durante seis generaciones, y los rasgos del poeta permanecieron en nuestro rostro –yo soy la prueba viviente del suceso–, nuestra piel se tiñó del color de la canela.

Por lo que a mí respecta, sólo recientemente tuve el anhelo de cruzar el océano Atlántico y visitar Toledo, la ciudad natal de mi archiabuela. La peripecia de Manuela Alonso no pasó de ser, en nuestra familia, más que una amable curiosidad, una vaga leyenda que se transmitía de padres a hijos como la propiedad de un mueble antiguo al que no se sabe dónde colocar ni qué hacer con él, pero del que es agradable sentirse dueño.

Aunque he de confesar que durante un tiempo sí aproveché mi ascendencia: cuando mis compañeras adolescentes, acostumbradas al rudo cortejo de sus otros pretendientes, me escuchaban decir que “los suspiros son aire y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar; dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va?”, se me quedaban mirando embobadas y se reían, nerviosas por no saber qué contestar, pero me dejaban acariciarlas con mucha más facilidad que a los otros, quizá esperando escuchar nuevos poemas.

Tampoco debe de ser casualidad que cuando hube de optar por una salida profesional me dediqué a rapear, porque las letras me brotan con una facilidad que asombra a mis compañeros de grupo.

Si el mismo conjuro que hubiera podido traer al poeta desde ultratumba hubiera permitido presenciar la escena a Manuela, mi archiabuela, ella quizá habría expresado la pregunta que sin duda le carcomió el alma durante el resto de sus días: ¿Por qué, por qué, mi amado, si con voz tan inflamada y mirada tan ardiente me declaraste tu amor, después de esa noche nunca me buscaste…?

Pero en realidad ni aquella desdichada mujer ni el poeta se me han aparecido esta noche. Tras mi plácido paseo por las calles toledanas dormiré en el mismo caserón en el que Manuela Alonso vivió: hace años lo reconvirtieron en un coqueto y confortable hotel.

Entre las mismas paredes en las que yo reposo ahora, vagó ella muchas noches: inquieta y desvelada, esperando en vano la presencia del amor imposible que nunca llegó…

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

sábado, 10 de enero de 2026

Mi loro Fabricio

Antonio Ballesteros

 

Hace años mi familia regentaba una heladería. Venía mucha gente a saborear los magníficos helados que mis padres elaboraban. En el negocio ayudábamos todos, aunque yo, que soy el pequeño de la familia, tenía menos obligaciones que mis hermanos mayores. Cuando me tocaba ayudar, me acompañaba Fabricio. Es un loro que todavía, quince años más tarde, sigue conmigo.

Casi siempre descansaba en mi hombro, y eso a la gente le parecía gracioso.

A Fabri le gustaban mucho los helados y había que tener cuidado con él. Si el que le servía a algún cliente era de sus preferidos, en cuanto me descuidaba el pájaro exclamaba con su estentórea voz rrrrrrrrrrico, saltaba hacia el helado y lo picoteaba. Eso ya no les hacía tanta gracia a los clientes, y mucho menos a mi madre.

Cuando eso ocurría, ella amenazaba con matar al animalito. Más exactamente prometía ahogarlo, o “curtirnos a palos” a los dos, a Fabricio y a mí.

Una tarde la heladería estaba repleta, y cuando fui a servir su helado a una niña, Fabri extendió sus alas, gritó rrrrrrrrrrico, dio un salto hacia la muchachita y picoteó el cucurucho. La niña se asustó tanto que dejó caer el helado contra el suelo mientras empezaba a llorar.

Su mamá inició un tremendo alboroto que acompañó con grandes aspavientos. Fabricio también se espantó y revoloteaba a lo largo y ancho de la heladería, lo que revolucionó irremisiblemente a todos los que se encontraban allí, sobre todo a los más pequeños.

Ante aquella desmesurada algarabía, mi mamita se enfadó tanto que de sus ojos –mientras intentaba disculparse con la señora y la niña– salían llamaradas incandescentes y lacerantes chispas hacia mí. Tantos rayos y serpientes y malos bichos salían de sus ojos, que dentro de mi cabeza empecé a sentir avispas o alimañas parecidas que amenazaban con taladrarme los tímpanos, y decidí salir corriendo del local con Fabricio, que entretanto, sin saber dónde meterse, había vuelto a mi hombro.

Vámonos de aquí, Fabri, le dije, esto se pone muy feo.

Y nos fuimos lejos de allí, a la playa. Horas después, cuando me entró sed le dije a Fabricio que necesitábamos dinero. Nunca supe si me entiende o no, pero cuando le hablaba de dinero siempre me contestaba lo que yo le había enseñado: parapán, parapán, quieropán. Eso bastaba para que la gente se nos quedara mirando. En ese momento yo ponía cara de niño triste y decía eso tan socorrido de ¿me da para comprar pan?, señora, al tiempo que extendía con languidez la mano. Siempre había alguien que nos daba alguna moneda.

Cuando reuníamos el dinero suficiente, Fabricio y yo nos íbamos a una heladería industrial del malecón y nos comprábamos uno de esos grandes helados de turrón que tanto nos gustan a los dos. No estaban tan ricos como los que hacían mis padres, pero igual eran refrescantes y nos quitaban la sed y el hambre.

Luego se hacía de noche y, como siempre que desaparecíamos de la heladería o de casa, uno de mis hermanos llegaba hasta la playa a buscarnos, por si queríamos cenar y para que no nos pasara nada malo.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Morirse de risa

Antonio Ballesteros

 

He rebobinado decenas de veces la grabación de la cámara de vigilancia del cajero automático. He congelado la imagen innumerables ocasiones para escudriñar al detalle la expresión de su rostro. He hablado con quienes le trataron en su juventud y con los testigos de sus últimos días. Y, sobre todo, he reflexionado de forma obsesiva sobre sus minutos finales, los recogidos en la grabación.

Con ese bagaje, me atrevo a afirmar que es la pregunta que le hacen sus asesinos lo que desata en Guillermo Barea la carcajada irrefrenable con que intenta redimir su vida. Sin embargo, su inocente risa es interpretada como un desplante, como un desafío –nada más lejos de la realidad, qué ironía–, y castigada de inmediato con la desmesurada contundencia que las imágenes muestran: el primer golpe lo hace caer al suelo, y la patada que a continuación le propina el más alto de los dos –el de las botas camperas–, con una puntería tan brutal como certera revienta su hígado carcomido por toneladas de alcohol: lo certifica la autopsia que ese mismo día le practicarán. Pero no le quita la risa: tiene sesenta años recién cumplidos y la certidumbre de que le van a matar.

Diez días antes, también al comenzar la mañana, una empleada de la pastelería de Santo Tomé que servía mazapanes a unos turistas vio a través del escaparate cómo las piernas de alambre de Guillermo se doblaban y su liviano cuerpo se desplomaba. Corrió a socorrerlo. Alguien llamó al servicio de urgencias y quince minutos después llegó la ambulancia que le trasladó al hospital.

Cuando Guillermo salió del coma, tres días más tarde, preguntó dónde estaba. Luego, con lengua de trapo y la mirada perdida, comentó a las enfermeras que le habría gustado no despertar en Toledo. Pensaron que deliraba, pero no…

Guille –como le llamaban sus compañeros de instituto– viajó muchísimo de joven, y antes de los treinta había paseado por medio mundo su alto concepto de sí mismo, su facilidad para los chascarrillos y una sempiterna sonrisa. Aunque entre sus antiguos compañeros he hallado una pareja división de opiniones sobre si carecía de talento o era la persona más brillante que conocieron, todos destacan su alegre y bienparecido gesto, su locuacidad enfebrecida y su precoz pose de artista.

Siempre fue viajero, pero al encajar el segundo puntapié –la imagen del vídeo no deja lugar a dudas– no piensa en paisajes ni aeropuertos, sólo en espantar el dolor para reír un poco más. Desde el suelo contempla a sus agresores como preguntándose si son idiotas, unos bestias o, además de todo eso, un impagable regalo del destino que le evitará una larga y deprimente agonía.

En su adolescencia intentó ser pintor, aunque los pinceles se resistían a obedecer cabalmente sus deseos; rondando los veinte transmutó en poeta y compaginó los versos con la escultura; y más tarde compuso un tipo de música que, como sus poemas, sus cuadros y sus estatuas, nadie sino él comprendía.

Probó otras suertes hasta que topó –eso decía– con ‘la revelación’: de pronto descubrió que el cine aunaba todas las artes y lo esperaba para hacer patentes sus talentos. Era su destino. Y se puso a la tarea de la única forma que sabía: hizo borrón de todo lo anterior y se sumergió a pulmón libre en su nueva misión.

En apenas seis meses elaboró un guion deslumbrante, planeó al detalle encuadres y luces y localizó exteriores. También pidió dinero a sus padres para alquilar una nave industrial que acondicionó como estudio, y se puso a trabajar…

Era un constante torbellino, y maceraba su actividad en continuas risas que –eso le animaba y le servía de acicate– eran celebradas alrededor. Por aquel entonces parecía el más sociable de los seres, pero alguno de quienes más le conocieron afirma que padecía la más insaciable soledad: la de quienes utilizan a los demás como espejos.

Sus padres se lo consentían todo –era su único hijo, llegado además cuando ya no lo aguardaban–, y se lo financiaban con largueza. Todo se les volvía poco para que la crisálida filial eclosionara. Guille, un elegido del destino, intuía ese momento a la vuelta de la esquina, por eso no se cansaba de pedir, disfrutar y reír.

El tercer punterazo, según el forense, es el que destroza su riñón derecho. Le hace arquear la espalda y le impide troncharse de risa como –por lo que denota la expresión que muestra en la imagen congelada del vídeo– le gustaría.

Fiel a sí mismo, al poco de comenzar el rodaje lo interrumpió para casarse. Sagrario se llamaba la novia, y era amiga de mi madre. Pero Guille, cómo no, también puso un prematuro fin a su luna de miel, inquieto por reanudar la filmación. Pese a derrochar entusiasmo y endeudarse hasta las cejas, nadie de entre sus conocidos apostaba porque terminara la película ni porque Sagrario fuera feliz con él.

Y, en efecto, sólo un año duró su matrimonio, que quebró irremisiblemente, al tiempo que también se divorciaba de una película que, a esas alturas, ni él mismo entendía. Así fue como, cumplida la treintena, al deslumbrante artista se le presentaron de pronto unas insuperables complicaciones financieras y conyugales que le convencieron definitivamente de que la vida era injusta con él.

Ya por entonces bebía a cantaradas, pero cuando recibe la cuarta patada, del que calza botas de militar, no discierne si bebía tanto porque Sagrario lo dejaba y todo se confabulaba en su contra, o ella y la película se habían ido al carajo porque no dejaba de beber. Fuera como fuese, tamañas decepciones significaron novedades demasiado ingratas para él, que casi de golpe vio esfumarse su sonrisa.

El siguiente golpe, al menos, no viene acompañado de ninguna pregunta y le permite concentrarse en el dolor sin tener que reír al mismo tiempo.

Cuando Sagrario se fue, Guille se quedó como alelado, incapaz de comprender su marcha. Presumía de haberla conquistado por ser tan alegre y jaranero, tan dado a beber y divertirse, sin vislumbrar la diferencia entre un rato de juerga y su perenne borrachera.

El sexto puntapié le rompe la ceja y confirma que los chicos van en serio, por más que sigan haciéndole reír con la estúpida pregunta que no dejan de formular.

Aunque estupefacto por la quiebra y el divorcio, y sin entender que nadie valorara su agudeza, el Guille treintañero aún se sentía bravucón y con fuerzas. Por esos días, según relata mi padre, su constante queja era que nadie le entendía: al menos en eso, acertaba. Cuando con el miedo y el desconcierto royéndole lo más íntimo echó cuentas, cuadró un balance desolador: los padres –muertos en un accidente de carretera– y la alegría le habían dejado huérfano; los amigos, hastiados de su egolatría y de hacerle préstamos que no devolvía, miraron hacia otra parte.

Se descubrió Guille de pronto sin padres ni amigos, sin mujer ni dinero y acuciado por juzgados, bancos y acreedores. Y le dio por pensar y dudar incluso de lo que nunca había desconfiado: de su talento. Aunque siguió, eso sí, emborrachándose cada día.

Cuando se quedó sin casa peregrinó un tiempo por la de los amigos. En la de mis padres se alojó un par de meses, hasta que una madrugada se quedaron esperándolo y no le volvieron a ver.

El vídeo muestra cómo la sangre resbala desde su ceja izquierda y llega hasta la comisura de sus labios: en la boca se mezcla con la bilis que, con tanto golpe, le sube desde el estómago, haciéndole cada vez más difícil elegir entre gemir de dolor o partirse de risa.

Saberse en su ciudad al despertar del coma fue para él un pequeño fiasco, no dejaba de repetirlo a las enfermeras. Le sumergía en el inhóspito estanque de los malos recuerdos. Quienes le conocen piensan que no fue casualidad que al darlo todo por perdido y convertirse en pordiosero, treinta años atrás, escogiera como especialidad el vagabundeo. Creen que no lo hizo por seguir viendo mundo sino porque lejos de Toledo dejaba de cruzarse con antiguos conocidos que le daban un par de monedas y hasta un billete pequeño a cambio de que apartase de ellos su mirada quejosa, su aliento alcohólico y su discurso monocorde. El limosneo local era demasiado duro para él porque reflejaba a cada instante su ilusión fracasada, lo que quiso haber sido y no fue.

En el hospital pasó por un sinfín de pruebas. Después, un doctor le anunció lo que ya intuía, pero no pudo evitar encogerse y arrugar el ceño al escuchar que el tumor había dictado sentencia a dos meses vista. Y en ese tiempo, el diagnóstico anunciaba que rebosaría de dolores difíciles de enmascarar.

Llegados aquí, al momento en que Guillermo Barea se entera de que le queda muy poco tiempo de vida, permítanme una pequeña pero esencial aclaración: fue ese médico –es mi mejor amigo– quien me alertó de que él estaba en el hospital.

No me avisó por azar, sino porque sabía lo mucho que su nombre significaba para mí desde que le conté el sobresalto que sintió mi padre cuando le anuncié mi propósito de ser escritor: papá me miró con extraordinario desasosiego y, aunque tartamudeando con frecuencia, habló sin parar durante más de una hora, algo inusual en él.

En esa conversación tuve noticia por primera vez de las andanzas de un antiguo amigo suyo llamado Guille, un medio artista que deambulaba alcoholizado por el mundo. Al conocer mi vocación, fue tal el pavor que sintió mi padre al imaginarme siguiendo sus pasos y en similar situación –por más que sepa que ni el olor soporto del alcohol–, que en ese brote de desmedida locuacidad incluso me desveló que el tal Guille había rondado con insistencia a mi madre hasta que ella le dio calabazas. Y conocer ese detalle aumentó mi curiosidad.

La rondó, según he podido saber, con esa forma entre tímida y desdeñosa con que Guille se acercaba a las mujeres que le gustaban, esperando que cayesen a sus pies como la fruta cuando madura. Alguno de sus antiguos amigos sostiene la hipótesis de que Guillermo nunca se enamoró de nadie, y que si después perdió tan locamente la cabeza por Sagrario no fue sino porque ella, durante un tiempo, pareció corresponderle y fue el espejo que él buscaba con desesperación.

Por esa charla supe que Guillermo, antes de enamorarse de Sagrario, había cortejado a mi progenitora. Poco me aclaró ella, mi madre, cuando le pregunté. Acariciándome la cabeza se limitó a comentar que Guille era muy sensible y desbordaba imaginación, y que le habría ido mejor si no hubiera estado tan pendiente de la impresión que causaba en los demás.

Y desde entonces, quizá por el morboso pensamiento de que a punto estuvo mi madre de ocupar el dudoso sitial por el que luego pasó su amiga Sagrario, sentí crecer la obsesión por saber más sobre aquel hombre. A veces me descubría escudriñando rincones, armarios y espejos a la búsqueda de un improbable vestigio de su breve estancia en mi casa. Mi amigo médico conocía ese interés, y por eso me avisó cuando reparó en el nombre y apellido de su paciente.

Acudí enseguida, pero ni siquiera pude hablar con él. Lo vi intubado, a través de un cristal. Su salida del coma coincidió con un inexcusable viaje que interrumpí cuando mi amigo llamó de nuevo para anunciarme su muerte…

Según relata uno de los amigos de mi padre, que lo encontró en el extranjero diez años después de su descenso a los infiernos, el alimento de Guillermo se reducía a coñac barato, lamentos y vino. Continuaba con el reloj parado, aunque ya no pensaba en el vino como problema sino como su sombra. A su genial film y a Sagrario los había dado definitivamente por perdidos, más cuando supo que ella había rehecho su vida, vivía con un hombre y era madre de una niña.

En la grabación se aprecia como si los jóvenes fueran a perdonar la siguiente coz para tomarse un respiro: uno se pone en jarras tras ajustarse el pañuelo que oculta su rostro; el otro se alisa la camisa y se estira el pantalón. Se les nota sudorosos. Pero, sin duda, repiten la pregunta una vez más, porque Guillermo Barea no puede reprimir otro esbozo de carcajada que al instante aborta el zapatazo que hace crujir su espalda. No incluye sonido la filmación, pero la brutalidad de ese golpe, créanme, incluso después de haberlo visto tantas veces, sigue produciéndome escalofríos. Desmadejado en el suelo, posiblemente quiera perder el sentido y acabar de una vez, pero al instante recibe otro porrazo que retumba en su pecho sin dejarle reír a sus anchas.

A esas alturas de la paliza es claro que le resulta ya imposible gritar: el dolor de los golpes que está recibiendo sepulta mejor que los calmantes que le dio mi amigo los que el tumor arranca de sus tripas.

Tras enterarse por el doctor de la fecha aproximada de su muerte, Guillermo Barea –con los andrajos malolientes con que nueve días antes había sido recogido en Santo Tomé– se disponía a salir del hospital con destino a ninguna parte cuando de nuevo se cruzó con mi amigo, que al verle hizo un gesto de fastidio antes de tomarlo del brazo y hacerle volver.

Rogó a una enfermera que se ocupase de proporcionarle ropas y adecentarlo. Tres horas después, Guillermo Barea abandonaba el hospital enfundado en un traje gastado y holgadísimo para su delgadez esquelética, pero afeitado y limpio, con pastillas para mitigar el dolor durante diez días y cincuenta euros en el bolsillo.

Tras dejar atrás las avenidas de Barber y de la Reconquista, comenzó a trepar hacia la ciudad antigua, por si encontraba dónde dormir. A mitad de trayecto, junto a la Puerta de Bisagra, compró un tetrabrick de vino. Según afirma el tendero que se lo vendió, al principio pidió dos pero, quizá por no cargar con tanto peso en la subida por el Cristo de la Luz, cambió de opinión sobre la marcha.

Tuvo suerte y cuando llegó al albergue de transeúntes encontró plaza y, lo que aún es más sorprendente, no había terminado de beberse el vino. Eso lo supe por un gallego errante y filósofo que compartió con él camino, confidencias y mucho, muchísimo vino durante años, y además le acompañó en su última noche.

Dice el gallego que cuando paseaban por las avenidas más céntricas de las grandes ciudades, Guillermo, sosteniendo en sus manos temblorosas una gastada fotografía, perdía su mirada en los cartelones que anunciaban estrenos cinematográficos en los que aparecía el rostro de una mujer morena.

La siguiente embestida –seguro que Guillermo Barea no lleva la cuenta, yo sí: es la decimoquinta– la nota sin duda más dentro que las anteriores: le falta el aire, tose sangre y se asfixia. Confrontando la grabación con la autopsia, el hueso astillado de una costilla ha debido de perforar la telilla protectora de un pulmón, y la sangre que deambula errática por el interior de su tórax comienza a encharcarlo.

Aquella su última noche en el albergue y entre los vivos apenas cenó, porque el dolor, pese a los calmantes, se le hizo insoportable. Se acostó vestido. El gallego le oyó gemir mucho tiempo, y rogar en susurros hasta la madrugada porque se le hicieran cortos los dos meses que le quedaban por sufrir los mordiscos de la bicha que le comía. Al clarear remitieron los dolores y cambió de tema: le dio por lamentarse de sus treinta años sin risa. ‘Vaya vida desperdiciada’, se quejaba, ‘tanto tiempo sin reír’.

Es probable que los sucesivos porrazos apenas los sienta. Ojalá haya sido así. Es ya un guiñapo y no ha terminado de quejarse por el anterior cuando recibe el siguiente golpe, pero no deja de carcajearse en silencio –su boca partida no da para más– porque esos idiotas siguen preguntándole una y otra vez lo mismo.

En el albergue amaneció cansado y sin vino, pero sin mucha preocupación porque aún tenía cuarenta y nueve euros en el bolsillo. Al incorporarse en la cama sintió un roce: bajo el forro de la chaqueta percibió un pequeño objeto. Introdujo la mano en el bolsillo, localizó el descosido y rebuscó: sacó una tarjeta de crédito que sostuvo en su mano temblorosa.

Con semblante sonriente se la mostró a su compañero, que le observaba en silencio. Presumió de haber llegado a utilizar muchas como esa en mejores tiempos. Señaló en la tarjeta, antes de levantarse, el logotipo de la entidad: una de sus oficinas estaba en la plaza de la Merced, muy cerca del albergue.

Apenas desayunó, desganado y encogido, y comentó que el doctor –mi amigo– había sido un certero augur de los dolores que se le avecinaban. Se tomó más calmantes de los que tenía prescritos y citó al gallego en una tienda para comprar vino. Luego, a pasos cortos salió hacia la sucursal bancaria con la intención de devolver la tarjeta, aunque la suponía caducada.

Sin embargo, al llegar a la oficina la encontró cerrada y echó de menos el trasiego habitual de la calle. Entonces se abrió la puerta y apareció una chica que, al notar su desconcierto, comentó que era el día de San Ildefonso, fiesta local, y que los bancos no abrían. Ella, la muchacha, me confiaría más tarde que no recordaba haber afrontado nunca una mirada tan turbada. Él, probablemente, pensó que sufría una alucinación al encontrarse con la mujer con la que se había casado treinta años antes: la chica es el retrato vivo y andante de su madre.

Por su parte, el filósofo gallego, cuando días después se la presenté, aventuró que en ese encuentro Guillermo Barea había vuelto a quedar preso de sus ojos –tan almendrados y hondos como en sus delirios describía los de Sagrario– y de su boca –tan prometedora y carnosa como la evocación que tan a menudo hacía de la de quien había sido su mujer.

La muchacha sostuvo la pesada puerta de madera maciza, para facilitarle la entrada hacia el cajero. Es el momento en el que Guillermo Barea, con su traje plagado de arrugas, entra en plano sin dejar de mirar hacia la puerta. Casi se trastabilla, porque demasiadas emociones se le deben de agolpar de pronto en el pecho y entre las sienes, al tiempo que el mágico sonido de la voz de su amada, que no creía posible volver a escuchar, continúa revoloteando en sus oídos.

La chica se despide con una sonrisa y la puerta se cierra. Guillermo Barea queda, una vez más, solo. Más solo que nunca queda. En el vídeo se le observa más de un minuto inmóvil en el centro de la estancia, como pasmado, como si su alma se hubiera marchado con la presencia que se ha ido, y la inexpresividad de su rostro expresa, al menos en ese momento, menos angustia que desolación. Sus manos aletean como aves ciegas intentando, sin conseguirlo, encontrarse. Se le deben de venir tantas cosas a la cabeza que no puede concentrarse en una sola.

Después parece recordar por qué llegó allí. Avanza hacia la puerta interior de la oficina, sin duda para deslizar la tarjeta por debajo. Pero no lo hace. Se agacha con dificultad, como si los dolores perforasen sus entrañas, y se sienta en el suelo porque, probablemente, la cabeza le da vueltas.

Se ve a continuación, por la izquierda del plano fijo, cómo se abre la puerta y entran sus verdugos. Son dos, fornidos y muy altos. Ocultan sus rostros con pañuelos pero llevan al aire sus cráneos rapados, lo que fue decisivo para identificarlos. Le alzan sin contemplación y lo empujan contra la pared. Registran sus bolsillos, se guardan el dinero que encuentran y le ponen la tarjeta de crédito frente a los ojos. Y entonces, a esa conclusión he llegado, hacen por primera vez la pregunta que lo desternilla:

Guillermo Barea ha pasado muchos años en la calle siendo un Guillermo cualquiera –recuperó el apellido y algo de su dignidad cuando mi amigo le anunció la fecha de su muerte–, y ha conocido gente de todas las calañas: desde el primer momento sabe que, además de altos, jóvenes y fuertes, son unos asesinos.

En cuanto ve la expresión de sus ojos sabe que no saldrá vivo de aquel vestíbulo, y al escuchar su pregunta recuerda de nuevo que hace más de treinta años que no ríe. ¡Vaya desperdicio, media vida sin reír! Cuando le exigen la contraseña de la tarjeta, como quien se agarra a un clavo ardiendo, Guillermo Barea echa mano del sarcasmo para recuperar la risa: un triste sarcasmo es lo único que ha podido conservar en treinta años de infierno. En vez de explicarles que la tarjeta no es suya, comienza a reír por el malentendido, y se empeña en no dejar de hacerlo durante los tres minutos que dura la paliza…

Durante esos tres minutos, Guillermo Barea disfruta un patético sucedáneo de la felicidad: sabe que se ahorra dos meses de dolores y, para colmo de dichas, recupera su risa. Y quizá muera sin darse cuenta de ello, pero al fin, aunque en vídeo, completa su película.

Abre el párpado del ojo que tiene menos herido y a cámara lenta ve acercarse a su entrecejo la puntera de una bota militar. Y medio segundo antes del fundido en negro con que se cierra su vida, consigue componer una mueca que remeda su olvidada y juvenil sonrisa…

Ya está contada la historia, ya puedo descansar. Quizá los verdaderos sentimientos de Guillermo Barea, aquel fugaz huésped de mis padres, en cuya casa apenas se alojó durante dos meses, no fueran como los he interpretado, pero tras meditar mucho sobre ello tengo la convicción de que sí.

Ahora les dejo, llevo largo rato escribiendo y hay un lienzo que me espera a medio terminar. Ya ven, además de escribir, tengo afición a pintar. A mi madre, aunque no dice nada, le gusta cómo está quedando mi cuadro, y noto que cuando pasa frente a él se le vidrian levemente los ojos. Mi padre lo evita y lo mira de lejos y con recelo: está muy serio últimamente papá.

Cuando lo acabe quizá llame a mi novia. Se llama Sagrario y es preciosa: tiene la boca prometedora y carnosa, y sus ojos son hondos y almendrados como lo fueron los de su madre.

A ella y a mis amigos intentaré convencerles de que me ayuden a rodar ese cortometraje que me ronda la cabeza y que, con seguridad, será una sensación mundial. Aunque, pensándolo mejor, antes de seguir pintando voy a ponerme otra rayita de coca, para que me mantenga entonado y risueño, mientras vuelve la inspiración.

Ya les contaré cómo me va…

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

viernes, 12 de diciembre de 2025

Montevideo transformado

Antonio Ballesteros

 

Los iniciales choques en cadena se produjeron cuando los primeros rayos de sol alumbraron un Montevideo que comenzaba a desperezarse:

Los desconcertados conductores que llegaban al final de la Avenida 18 de Julio no desembocaban, como cada día, en Bulevar Artigas, sino que topaban con las rectas descampadas de General Flores y los alrededores del hipódromo.

Se sucedieron entonces los frenazos e, inevitablemente, las embestidas de los autos que circulaban a toda velocidad contra los que aminoraban la marcha para orientarse.

Un fenómeno parecido acaeció simultáneamente en múltiples puntos de la ciudad, y donde acostumbraba a estar la plaza Cagancha apareció de pronto un trozo de la plaza de la Independencia.

En la de los 33 apareció un trozo de rambla, y sobre su césped sesteaban los lobos marinos que poco antes se desayunaban con los peces del Río de la Plata. A su alrededor, cientos de perros ladraban, pero los lobos continuaban, indiferentes y perezosos, su indolente descanso.

Así, en menos de media hora el tránsito se colapsó absolutamente en todas las vías circulatorias montevideanas.

Por si lo anterior fuera poco, la gigantesca translación llevó las estaciones de energía eléctrica a las dársenas del puerto, donde quedaron medio sumergidas y humeantes, y el flujo eléctrico dejó de recorrer la ciudad.

La mayoría de los que por esa circunstancia quedaron atrapados en diversos ascensores, se afanaban desesperada e inútilmente en pedir socorro a través de unos celulares que ya no funcionaban. Sin embargo, una minoría de los encerrados convirtió el incidente en un suceso virtuoso, y de inmediato comenzó a intercambiar muy variados fluidos con el inesperado compañero o compañera de encierro que le había correspondido…

Al aeropuerto de Carrasco dejaron de llegar los aviones: ante la cambiante ubicación de las pistas, que tan pronto estaban como desaparecían, daban unas cuantas vueltas y después se desviaban a Ezeiza.

La mayoría de las esquinas fueron ocupadas por predicadores religiosos y apocalípticos: todos vociferaban el fin de los días y proclamaban el advenimiento de sus respectivos mesías, que sin excepción eran flamígeros y vengativos y muy de temer.

A esas alturas, los animales del zoológico campaban a sus anchas, y los más bravos y hambrientos correteaban jubilosos tras palomas, perros o incluso los transeúntes más artríticos, para darse un atracón de proteínas.

Los animales herbívoros que habían quedado sueltos, en cambio, pastaban tranquilos: las jirafas ramoneaban las jugosas hojas de los árboles; en uno de ellos, una familia de chimpancés se divertía con inverosímiles piruetas, tras haberse obsequiado con un festín de hamburguesas, panchos y chivitos al plato en un kiosco callejero abandonado por su dueño, que lo buscaba, infructuosamente, en otro trozo de la ciudad.

Caso aparte fue el de las serpientes y, en general, todo tipo de reptiles: nadie sabe por qué, se atrincheraron en los cajeros automáticos de los bancos y de las entidades financieras, privando a los montevideanos de practicar uno de sus deportes favoritos: integrarse en interminables colas para jugar apenas minuto y medio con la caprichosa maquinita que les dispensa, o no, su propio dinero.

Aunque a esas horas, y a decir verdad, el dinero servía ya para muy poco: sobre las diez de la mañana, el efecto translatorio había comenzado a producirse también en el interior de los inmuebles, y las habitaciones de los edificios comenzaron a aparecer en cualquier otro.

El intendente Martínez temblaba, pateaba y maldecía al ver aflorar por doquier las tripas de la ciudad, y al comprobar el surrealista estado en el que quedaban las veredas y el asfalto tras cada transformación.

Se cuenta que Pepe Mujica salió de su despacho para visitar, en el contiguo, a su asesor de imagen, pero no encontró a su camarada sino que se dio de bruces con un Alberto Lacalle que vestía un holgado uniforme de policía municipal.

Y es que había comenzado igualmente la transmutación de los objetos, y quien entraba a un baño ataviado como el ejemplar oficinista que era, salía de él embutido en un traje de bombero, cirujano, o bichicome.

Por cierto, cientos de bichicomes se vieron de pronto emplazados en los sillones de la cámara de senadores, vistiendo con austera elegancia trajes de dos mil dólares. Pero duraron poco allá, los bichicomes, y los más atrevidos incluso se llevaron el sillón al hombro.

Cerca del Palacio Legislativo vieron al presidente de Antel rebuscando en un contenedor de basura: el hombre no buscaba el decreto con el aumento de tarifas, como se rumoreó, simplemente pretendía rescatar de la caja fuerte de su despacho la escritura de propiedad de la chacra que el día anterior había comprado en un paradisíaco paraje de Rocha.

Quienes dormían cuando se iniciaron los cataclismos reseñados en esta crónica, se despertaban boquiabiertos junto a esposas que no eran las suyas o a maridos totalmente desconocidos.

El Presidente de Nacional C. de F. se vio de pronto rodeado de banderas y símbolos aurinegros que le produjeron violentos escalofríos, al despertar en la habitación del más forofo hincha de Peñarol. Peor incluso lo pasó el presidente carbonero: cuando despertó comprobó que vestía un gorro tricolor, idénticos colores a los de la camiseta y los calzones que –sin recordar cuándo se los había puesto– vestía.

Los militantes del Frente Amplio que aparecían en casas de blancos o de colorados se convencían de que habían sido condenados a un infierno en el que no creían.

Y si el fenómeno acaecía a la inversa, y un colorado o un blanco se descubría de pronto en la morada de un frenteamplista, lo primero que se le venía a la cabeza es que los del gobierno querían finalizar los rumores sobre lo sucedido en ANCAP y estaban raptando a los opositores.

Los seleccionados de la Celeste, que en ese momento entrenaban en el Centenario, vieron interrumpidas sus evoluciones y se encontraron de pronto medio sumergidos en el estanque del Parque Rodó. Los Suárez, Cavani y compañía comenzaron a disputar la bola con los patos, ante la impertérrita mirada del maestro Tabaré, que insistía en convencerles de que allá no pasaba nada extraño y que podían aprovechar la transmutación para ejercitarse sobre césped mojado.

A un sacerdote católico le apareció inopinadamente en las manos un polvillo blanco que semejaba talco; quedó atónito en un primer momento, pero luego se llevó los polvillos a la nariz y los aspiró, y comenzó entonces una experiencia mística que jamás olvidaría.

Los redactores de los principales periódicos y emisoras de radio y televisión, que al principio de la mañana y con extrema urgencia fueron enviados a la calle por sus directores, habían desistido ya de regresar a sus redacciones, perdidos en el plano de una ciudad a cada poco cambiante.

Varios miembros de Agarrate Catalina vieron bruscamente suspendido su ensayo y se encontraron, de pronto, entre los muros del convento de clausura de unas monjas ursulinas: tras unos segundos de estupor pronto convinieron que los hábitos monjiles en los que estaban embutidos, aunque un poco estrechos para sus atléticos talles, les sentaban de maravilla.

Los okupas del centro de la ciudad se despertaron repartidos por diversas y lujosas residencias de Pocitos, cuyos moradores, en cambio, cuando salían de su pasmo se descubrían, con amargo gesto, en diferentes asentamientos irregulares y cantegriles, a lo largo y ancho de todo el extrarradio de la desmembrada ciudad.

Algunos taximetristas, cual ubérrimos guías, invitaban a los desconcertados transeúntes a viajes gratis de apenas cincuenta metros, en los escasos tramos por donde se podía circular. Y los chóferes de Cutsa, algo nunca visto, transitaban con inusitada suavidad y sin frenazos.

Varios empleados del Subte aparecieron sobre las cúpulas del Palacio de Salvo, pero por más que gritaban pidiendo auxilio nadie, desde el suelo, les escuchaba.

Una escuela de candombe de Palermo se vio transportada en bloque al interior de la Biblioteca Nacional, aunque sus componentes, por más que aporreaban sus instrumentos, hacían muy poco ruido porque sus tambores se habían trocado en los mullidos almohadones que unos segundos antes habían desaparecido, como por ensalmo, de varias sucursales de Tienda Inglesa.

Las estatuas ecuestres del Gaucho y de don José Artigas se habían liberado de sus anclajes y galopaban jubilosas y libres por el celeste y despejado cielo montevideano, quizá buscando los restos desperdigados del hipódromo para largarse una picadita.

Sobre las 15 horas, cuando no quedaba ya ningún supermercado, tienda ni kiosco libre de saqueo, y por las calles deambulaban personas abrazadas a televisores de plasma, microondas, torres de pc o incluso a heladeras que no sabían adónde llevar porque ni remotamente encontraban el camino hacia sus casas, se produjo en cadena otra transmutación: la de los líquidos, y en los termos el agua se trocó en medio y medio.

Por doquier comenzaron entonces a escucharse miles de sugerentes descorches, y quienes deambulaban por las calles con electrodomésticos los dejaron de inmediato en las veredas, para libar el burbujeante líquido.

Pero el alivio duró poco: a las cinco de la tarde, cuando el ambiente climatológico comenzaba a refrescar de forma alarmante, y parecía que a punto estaba el sol de zambullirse en el horizonte, de pronto el astro rey se detuvo y, luego de unos minutos de inmovilidad, trazando graciosas espirales comenzó a elevarse de nuevo.

No hubo noche ese día, y las transmutaciones y traslaciones continuaron sucediéndose en Montevideo. Al no encontrar nadie su verdadera casa, casi todas las cerraduras fueron forzadas, y en múltiples lugares, cuando la gente se convenció de que nada tenía ya que perder, comenzaron a brotar solidarias amistades.

Y en fin, esta apresurada crónica podría extenderse de manera indefinida si no fuera porque las páginas del cuaderno en las que este escribano escribe se trocan en tierna y moldeable arcilla (que este escriba no sabe manejar) y porque –este escriba lo empieza a notar en la rigidez de sus falanges y en la opacidad y pesadez de sus párpados–, el propio escribano está comenzando a petrificarse y en pocos minutos quedará convertido en una más de las estatuas descolocadas de esta cambiante ciudad…

Si se quedan acá lo verán.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)