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lunes, 27 de julio de 2026

Crítica

Bertolt Brecht

 

Hace unas semanas, una muchacha que estaba de pie, sola, bajo una arcada de la Münzstrasse, me gritó las ocho palabras siguientes: “¡Ahora se usan largos! ¡Cortos no! ¡Por favor!”. Al decir “¡Ahora se usan largos!”, hizo un largo gesto con la mano derecha, primero hacia abajo y luego paralelamente a la acera, como si quisiera invitarme a llevar una cola. Acompañó las palabras “¡Cortos no!” con otro movimiento de su mano, cuyo dorso acercó de golpe a mí, a la altura de mi cara y la suya, hasta unos diez centímetros de distancia y mantuvo un segundo en el aire, inclinando la cabeza oblicuamente hacia delante y mirándome solo con su ojo izquierdo. La expresión “¡Por favor!” la soltó, en cambio, bruscamente, sin hacer ningún gesto ni demostrar el innegable interés cuya expresividad tanto habían acentuado las dos frases precedentes. Fue, sin embargo, la que mejor sonó, debido tal vez a su carácter puramente hostil. Pero de sus palabras saqué en claro que mis nuevos pantalones son demasiado cortos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 14 de agosto de 2025

Odiseo y las sirenas

Bertolt Brecht

 

Como es sabido, cuando el astuto Odiseo avistó la isla de las sirenas, aquellas cantantes devoradoras de hombres, se hizo atar al mástil de su navío y a sus remeros les tapó los oídos con cera a fin de que, gracias a esta cera y a las cuerdas que lo ataban, su goce artístico quedara sin consecuencias nefastas. Mientras remaban bordeando la isla al alcance del oído, los sordos esclavos pudieron ver a nuestro héroe retorciéndose en el mástil como si anhelara liberarse, y a las seductoras mujeres hinchando sus temibles gargantas. Todo transcurrió, pues, aparentemente según lo previsto y acordado. La Antigüedad entera creyó en el éxito de la artimaña del astuto héroe. ¿Seré yo el primero en tener ciertos reparos? Pues lo cierto es que me digo: sí, todo perfecto; pero ¿quién puede decir, aparte de Odiseo, que las sirenas cantaron realmente al ver a ese hombre atado al mástil? ¿Querrían aquellas poderosas y hábiles mujeres prodigar su arte con gente que no tenía ninguna libertad de movimiento? ¿Será esto la esencia del arte? Antes me inclinaría a pensar que las gargantas hinchadas vistas por los remeros se debían a los insultos que, con todas sus fuerzas, lanzaban ellas contra aquel cauto y condenado provinciano, y que nuestro héroe se retorcía en el mástil (cosa de la que también existen testimonios) porque, en definitiva, se sentía avergonzado.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

viernes, 20 de junio de 2025

El médico Hunain y el califa

Bertolt Brecht

 

El médico Hunain fue llamado a comparecer ante el califa, que deseaba veneno para sus enemigos. Ofreció al médico riquezas, si obedecía, y la cárcel, si ponía dificultades. Al cabo de un año de prisión, Hunain fue nuevamente arrastrado hasta el trono del califa. A un lado del trono habían amontonado tesoros; al otro, instrumentos de tortura. El califa señaló primero uno de los montones, luego el otro.

–¿Cuál eliges? –preguntó.

Hunain le respondió:

–Yo sólo he aprendido el arte de curar y ningún otro.

El califa le hizo una seña al verdugo, y Hunain, sintiendo llegar su última hora, dijo:

–El día del juicio Dios me recompensará. Si el califa quiere pecar, es asunto suyo.

La sonrisa del califa rompió la tensión. Nunca había pretendido herir al médico. Sólo quiso poner a prueba su honorabilidad.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 24 de abril de 2024

El muchacho indefenso

Bertolt Brecht

 

Un transeúnte preguntó a un muchacho que lloraba amargamente cuál era la causa de su congoja.

–Había reunido dos monedas para ir al cine –dijo el interrogado–, pero se me acercó un niño y me quitó una –y señaló a un chiquillo que estaba a cierta distancia.

–¿Y no pediste ayuda? –preguntó el hombre.

–Claro que sí –replicó el muchacho, sollozando con más fuerza.

–¿Y nadie te oyó? –siguió preguntando el hombre, al tiempo que lo acariciaba tiernamente.

–No –gimió el niño.

–¿Y no puedes gritar más fuerte? –preguntó el hombre.

–No –replicó el chico, mirándolo con ojos esperanzados, pues el hombre sonrió.

–Entonces, dame la que te queda –dijo el hombre, y quitándole la última moneda de la mano, prosiguió despreocupadamente su camino.

 

jueves, 19 de mayo de 2022

El animal favorito del señor K.

Bertolt Brecht

 

Cuando se le preguntó cuál era el animal que más le gustaba, el señor K. respondió que el elefante. Y dio las siguientes razones: el elefante reúne la astucia y la fuerza. La suya no es la penosa astucia que basta para eludir una buena persecución o para obtener comida, sino la astucia que dispone la fuerza para grandes empresas. Por donde pasa este animal queda una amplia huella. Además, tiene buen carácter, sabe entender una broma. Es un buen amigo, pero también es un buen enemigo. Es muy grande y muy pesado, sin embargo es muy rápido. Su trompa lleva a ese cuerpo enorme los alimentos más pequeños, hasta nueces. Sus orejas son adaptables: solo oye lo que quiere oír. Alcanza también una edad muy avanzada. Es sociable, y no solo con los elefantes. En todas partes se le ama y se le teme. Una cierta comicidad hace que hasta se le adore. Tiene una piel muy gruesa; contra ella se quiebra cualquier cuchillo, pero por naturaleza es tierno. Puede ponerse triste. Puede ponerse iracundo. Le gusta bailar. Muere en la espesura. Ama a los niños y a otros animalitos pequeños. Es gris y sólo llama la atención por su masa. No es comestible. Es buen trabajador. Le gusta beber y se pone alegre. Hace algo por el arte: Proporciona el marfil.

 

jueves, 28 de abril de 2022

Contaba Mi-en-leh

Bertolt Brecht

 

Dos hombres vivían en la misma casa y ocupaban habitaciones diferentes. El mayor dormía en una cama mullida, el menor, sobre un colchón de cuero. Muy de mañana, el mayor arrancaba al joven de su mejor sueño, cuando aún no le apetecía levantarse. En las comidas, el mayor solía arrebatarle al menor lo que este habría preferido. Si el menor quería beber, el mayor solo le daba agua o leche, y cuando el joven se agenciaba a escondidas un poco de licor de arroz, el mayor lo increpaba duramente, en presencia de todo el mundo. Si el otro respondía airado, luego tenía que pedirle perdón públicamente. Por las mañanas, yo veía al mayor arreando al joven desde un caballo. Un día le pregunté al mayor por su esclavo. “Pero si no es ni esclavo”, dijo sorprendido. “Es un campeón y lo estoy entrenando para su combate más importante. Me ha contratado para que lo ponga en forma. El esclavo soy yo”.