sábado, 2 de julio de 2022

La cocinera

Julio Torri

 

...más vale que vayan los fieles a perder su tiempo en la maroma, que su dinero en el juego, o su pellejo en los fandangos.

General Riva Palacio, Calvario y Tabor

 

Por inaudito que parezca hubo cierta vez una cocinera excelente. La familia a quien servía se transportaba, a la hora de comer, a una región superior de bienaventuranza. El señor manducaba sin medida, olvidado de su vieja dispepsia, a la que aun osó desconocer públicamente. La señora no soportaba tampoco que se le recordara su antiguo régimen para enflaquecer, que ahora descuidaba del todo. Y como los comensales eran cada vez más numerosos renacía en la parentela la esperanza de casar a una tía abuela, esperanza perdida hacía ya mucho.

Cierta noche, en esta mesa dichosa, comíamos unos tamales, que nadie los engulló mejores.

Mi vecino de la derecha, profesor de Economía Política, disertaba con erudición amena acerca de si el enfriamiento progresivo del planeta influye en el abaratamiento de los caloríferos eléctricos y en el consumo mundial de la carne de oso blanco.

–Su conversación, profesor, es muy instructiva. Y los textos que usted aduce vienen muy a pelo.

–Debe citarse, a mi parecer –dijo una señora–, cuando se empieza a olvidar lo que se cita.

–O más bien cuando se ha olvidado del todo, señora. Las citas sólo valen por su inexactitud.

Un personaje allí presente afirmó que nunca traía a cuento citas de libros, porque su esposa le demostraba después que no hacían al caso.

–Señores –dijo alguien al llenar su plato por sexta vez–, como he sido hasta hoy el más recalcitrante sostenedor del vegetarianismo entre nosotros, mañana, por estos tamales de carne, me aguardan la deshonra y el escándalo.

–Por sólo uno de ellos –dijo un sujeto grave a mi izquierda– perdería gustoso mi embajada en Mozambique.

Entonces una niña…

(¿Habéis notado la educación lamentable de los niños de hoy? Interrumpen con desatinos e impertinencias las ocupaciones más serias de las personas mayores.)

…Una niña hizo cesar la música de dentelladas y de gemidos que proferíamos los que no podíamos ya comer más, y dijo:

–Mirad lo que hallé en mi tamal.

Y la atolondrada, la aguafiestas, señalaba entre la tierna y leve masa un precioso dedo meñique de niño.

Se produjo gran alboroto. Intervino la justicia. Se hicieron indagaciones. Quedó explicada la frecuente desaparición de criaturas en el lugar. Y sin consideración para su arte peregrina, pocos días después moría en la horca la milagrosa cocinera, con gran sentimiento de algunos gastrónomos y otras gentes de bien que cubrimos piadosamente de flores su tumba.

 

Sancha

Vicente Blasco Ibáñez

 

El bosque parecía alejarse hacia el mar, dejando entre él y la Albufera una extensa llanura baja cubierta de vegetación bravía, rasgada a trechos por la tersa lámina de pequeñas lagunas. Era el llano de Sancha. Un rebaño de cabras guardado por un muchacho pastaba entre las malezas, y a su vista surgió en la memoria de los hijos de la Albufera la tradición que daba su nombre al llano.

Los de tierra adentro que volvían a sus casas después de ganar los grandes jornales de la siega preguntaban quién era la tal Sancha que las mujeres nombraban con cierto terror, y los del lago contaban al forastero más próximo la sencilla leyenda que todos aprendían desde pequeños. Un pastorcillo como el que ahora caminaba por la orilla apacentaba en otros tiempos sus cabras en el mismo llano. Pero esto era muchos años antes, ¡muchos…! tantos, que ninguno de los viejos que aún vivían en la Albufera conoció al pastor: ni el mismo tío Paloma.

El muchacho vivía como un salvaje en la soledad, y los barqueros que pescaban en el lago le oían gritar desde muy lejos, en las mañanas de calma:

–¡Sancha! ¡Sancha…!

Sancha era una serpiente pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal bicho acudía a los gritos, y el pastor, ordeñando sus mejores cabras, la ofrecía un cuenco de leche. Después, en las horas de sol, el muchacho se fabricaba un caramillo cortando cañas en los carrizales y soplaba dulcemente, teniendo a sus pies al reptil, que enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si quisiera danzar al compás de los suaves silbidos. Otras veces, el pastor se entretenía deshaciendo los anillos de Sancha, extendiéndola en línea recta sobre la arena, regocijándose al ver con qué nervioso impulso volvía a enroscarse. Cuando, cansado de estos juegos, llevaba su rebaño al otro extremo de la gran llanura, seguíale la serpiente como un gozquecillo, o enroscándose a sus piernas le llegaba hasta el cuello, permaneciendo allí caída y como muerta, con sus ojos de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello de la cara con el silbido de su boca triangular.

Las gentes de la Albufera le tenían por brujo, y más de una mujer de las que robaban leña en la Dehesa, al verle llegar con la Sancha en el cuello hacía la señal de la cruz como si se presentase el demonio. Así comprendían todos cómo el pastor podía dormir en la selva sin miedo a los grandes reptiles que pululaban en la maleza. Sancha, que debía ser el diablo, le guardaba de todo peligro.

La serpiente crecía y el pastor era ya un hombre, cuando los habitantes de la Albufera no le vieron más. Se supo que era soldado y andaba peleando en las guerras de Italia. Ningún otro rebaño volvió a pastar en la salvaje llanura. Los pescadores, al bajar a tierra, no gustaban de aventurarse entre los altos juncales que cubrían las pestíferas lagunas. Sancha, falta de la leche con que la regalaba el pastor, debía perseguir los innumerables conejos de la Dehesa.

Transcurrieron ocho o diez años, y un día los habitantes del Saler vieron llegar por el camino de Valencia, apoyado en un palo y con la mochila a la espalda, un soldado, un granadero enjuto y cetrino, con las negras polainas hasta encima de las rodillas, casaca blanca con bombas de paño rojo y una gorra en forma de mitra sobre el peinado en trenza.

Sus grandes bigotes no le impidieron ser reconocido. Era el pastor, que volvía deseoso de ver la tierra de su infancia. Emprendió el camino de la selva costeando el lago, y llegó a la llanura pantanosa donde en otros tiempos guardaba sus reses. Nadie. Las libélulas movían sus alas sobre los altos juncos con suave zumbido, y en las charcas ocultas bajo los matorrales chapoteaban los sapos, asustados por la proximidad del granadero.

–¡Sancha!¡Sancha! –llamó suavemente el antiguo pastor.

Silencio absoluto. Hasta él llegaba la soñolienta canción de un barquero invisible que pescaba en el centro del lago.

–¡Sancha! ¡Sancha! –volvió a gritar con toda la fuerza de sus pulmones.

Cuando hubo repetido su llamamiento muchas veces, vio que las altas hierbas se agitaban y oyó un estrépito de cañas tronchadas, como si se arrastrase un cuerpo pesado. Entre los juncos brillaron dos ojos a la altura de los suyos y avanzó una cabeza achatada moviendo la lengua de horquilla, con un bufido tétrico que pareció helarle la sangre, paralizar su vida. Era Sancha, pero enorme, soberbia, levantándose a la altura de un hombre, arrastrando su cola entre la maleza hasta perderse de vista, con la piel multicolor y el cuerpo grueso como el tronco de un pino.

–¡Sancha! –gritó el soldado, retrocediendo a impulsos del miedo–. ¡Cómo has crecido…! ¡Qué grande eres!

E intentó huir. Pero la antigua amiga, pasado el primer asombro, pareció reconocerle y se enroscó en torno de sus hombros, estrechándolo con un anillo de su piel rugosa sacudida por nerviosos estremecimientos. El soldado forcejeó.

–¡Suelta, Sancha, suelta! No me abraces. Eres demasiado grande para estos juegos. Otro anillo oprimió sus brazos, agarrotándolos. La boca del reptil le acariciaba como en otros tiempos; su aliento le agitaba el bigote, causándole un escalofrío angustioso, y mientras tanto los anillos se contraían, se estrechaban, hasta que el soldado, asfixiado, crujiéndole los huesos, cayó al suelo envuelto en el rollo de pintados anillos.

A los pocos días, unos pescadores encontraron su cadáver: una masa informe, con los huesos quebrantados y la carne amoratada por el irresistible apretón de Sancha. Así murió el pastor, víctima de un abrazo de su antigua amiga.

 

Carrera inconclusa

Ambrose Bierce

 

James Burne Worson era zapatero, habitante de Leamington, Warwickshire, Inglaterra. Era propietario de un pequeño local, en uno de esos pasajes que nacen de la carretera a Warwick. Dentro de su humilde círculo, lo estimaban hombre honesto, aunque algo dado (como tantos de su clase en los pueblos ingleses) a la bebida. Cuando se emborrachaba, solía comprometerse en apuestas insensatas. En una de tales ocasiones, harto frecuentes, se ufanaba de sus hazañas como corredor y atleta, lo que tuvo como resultado una competición contra natura. Apostaron un soberano de oro, y se comprometió a hacer todo el camino a Coventry corriendo ida y vuelta; se trata de una distancia que supera las cuarenta millas. Esto fue el 3 de septiembre de 1873. Partió de inmediato; el hombre con quien había hecho la apuesta -no se recuerda su nombre-, acompañado por Barham Wise, lencero, y Hamerson Burns, creo que fotógrafo, lo siguió en su carro o carreta ligera.

Durante varias millas, Worson anduvo muy bien, a paso regular, sin fatiga aparente, porque poseía, en verdad, gran poder de resistencia, y no estaba tan intoxicado como para que tal poder lo traicionara. Los tres hombres, en su carruaje, lo seguían a escasa distancia, y, ocasionalmente, se burlaban amistosamente de él o lo estimulaban, según se los imponía el ánimo. Súbitamente -en plena carretera, a menos de doce yardas de distancia, y mientras todos lo estaban observando- el hombre pareció tropezar. No cayó a tierra: desapareció antes de tocarla. Jamás se halló rastro de él.

Tras permanecer en el sitio y merodearlo, presa de la irresolución y la incertidumbre, los tres hombres regresaron a Leamington, narraron su increíble historia, y fueron, al fin, puestos a buen recaudo. Pero gozaban de buena reputación, siempre se los había juzgado sinceros, estaban sobrios en el momento del hecho, y nada conspiró jamás para desmentir el relato juramentado de su extraordinaria aventura; éste, no obstante, provocó divisiones de la opinión pública en todo el Reino Unido. Si tenían algo que ocultar eligieron, por cierto, uno de los medios más asombrosos que haya escogido jamás un ser humano en su sano juicio.

 

Andamios

Mario Benedetti

 

“…Javier se había aprontado para almorzar a solas en una mesa del fondo. Todavía no había asimilado del todo el relato de Nieves sobre la muerte de Ramón. Quería evaluar con serenidad ese hecho insólito, medir su profundidad, administrar para sí mismo la importancia de una imagen que le resultaba aterradora.

No obstante, el dieciochoañero Braulio está allí, inoportuno pero ineludible, y no se siente con ánimo de rechazarlo. Además, su presencia inopinada le despierta curiosidad.

–Sentate. ¿Querés comer algo?

–No. Ya almorcé. En todo caso, cuando termines de comer, a lo mejor te acepto un helado.

Javier queda a la espera de una explicación. La presunta amistad con Diego no es suficiente.

–Te preguntarás a qué viene este abordaje. Diego me ha hablado bien de vos. Dice que siempre fuiste amigo de su padre y que lo has ayudado. Además estuviste exiliado, en España creo. Conocés mundo. Conocés gente. Tenés experiencia.

Javier calla, aunque se da cuenta de que el otro aguarda un comentario.

–Aquí los muchachos de mi edad estamos desconcertados, aturdidos, confusos, qué sé yo. Varios de nosotros (yo, por ejemplo) no tenemos padre. Mi viejo, cuando cayó, ya estaba bastante jodido y de a poco se fue acabando en la cafúa. Lo dejaron libre un mes antes del final. Murió a los treinta y ocho. No es demasiada vida, ¿no te parece? Otros tienen historias parecidas. Mi viejo es una mujer vencida, sin ánimo para nada. Yo empecé a estudiar en el Nocturno, pero sólo aguanté un año. Tenía que laborar, claro, y llegaba a las clases medio dormido. Una noche el profe me mandó al patio porque mi bostezo había sonado como un aullido. Después abandoné. Mi círculo de amigos boludos es muy mezclado. Vos dirías heterogéneo. Bueno, eso. Cuando nos juntamos, vos dirías que oscilamos entre la desdicha y el agobio. Ni siquiera hemos aprendido a sentir melancolía. Ni rabia. A veces otros campeones nos arrastran a una discoteca o a una pachanga libre. Y es peor. Yo, por ejemplo, no soporto el carnaval. Un poco las Llamadas, pero nada más. El problema es que no aguanto ni el dolor ni la alegría planificados, obligatorios por decreto, con fecha fija. Por otra parte, el hecho de que seamos unos cuantos los que vivimos este estado de ánimo casi tribal, no sirve para unirnos, no nos hace sentir solidarios, ni entre nosotros ni con los otros; no nos convierte en una comunidad, ni en un foco ideológico, ni siquiera en una mafia. Somos algo así como una federación de solitarios. Y solitarias. Porque también hay mujercitas, con las que nos acostamos, sin pena ni gloria. Cogemos casi como autómatas, como en una comunión de vaciamientos (¿qué te parece la figura poética?). Nadie se enamora de nadie. Cuando nos roza un proyecto rudimentario de eso que Hollywood llaman amor, entonces alguien menciona el futuro y se nos cae la estantería. ¿De qué futuro me hablás?, decimos casi a coro, y a veces casi llorando. Ustedes (vos, Fermín, Rosario y tantos otros) perdieron, de una u otra forma los liquidaron, pero al menos se habían propuesto luchar por algo, pensaban en términos sociales, en una dimensión nada mezquina. Los cagaron, es cierto. Quevachachele. Los metieron en cana, o los movieron de lo lindo, o salieron con cáncer, o tuvieron que rajar. Son precios tremendos, claro, pero ustedes sabían que eran desenlaces posibles, vos dirías verosímiles. Es cierto que ahora están caídos, descalabrados, se equivocaron en los pronósticos y en la medida de las propias fuerzas. Pero están en sosiego, al menos los sobrevivientes. Nadie les puede exigir más. Hicieron lo que pudieron ¿o no? Nosotros no estamos descalabrados, tenemos los músculos despiertos, el rabo todavía se nos para, pero ¿qué mierda hicimos? ¿Qué mierda proyectamos hacer? Podemos darle que darle al rock o ir a vociferar al Estadio para después venir al Centro y reventar vidrieras. Pero al final de la jornada estamos jodidos, nos sentimos inservibles, chambones, somos adolescentes carcamales. Basura o muerte. Uno de nosotros, un tal Paulino, una noche en que sus viejos se habían ido a Piriápolis, abrió el gas y emprendió la retirada, una retirada más loca, vos dirías hipocondríaca, que la de los Asaltantes con Patente, murga clásica si las hay. Te aseguro que el proyecto del suicidio siempre nos ronda. Y si no nos matamos es sobre todo por pereza, por pelotudez congénita. Hasta para eso se necesita coraje. Y somos muy cagones.

–Vamos a ver. Dijiste que sos amigo de Diego. ¿Él también anda en lo mismo?

–No. Diego no. No integra la tribu. Yo lo conozco porque fuimos compañeros en primaria y además somos del mismo barrio. Quizá por influencia de sus viejos, Diego es un tipo mucho más vital. También está desorientado, bueno, moderadamente desorientado, pero es tan inocente que espera algo mejor y trata de trabajar por ese algo. Parece que Fermín le dijo que hay un español, un tal Vázquez Montalbán, que anuncia que la próxima revolución tendrá lugar en octubre del 2017, y Diego se da ánimos afirmando que para ese entonces él todavía será joven. ¡Le tengo una envidia!

–¿Y se puede saber por qué quisiste hablar conmigo?

–No sé. Vos venís de España. Allí viviste varios años. Quizá los jóvenes españoles encontraron otro estilo de vida. Hace unas semanas, un amiguete que vivió dos años en Madrid me sostuvo que la diferencia es que aquí, los de esta edad, somos boludos y allá son gilipollas. Y en cuanto a las hembras, la diferencia es que aquí tienen tetas y allá tienen lolas. Y también que aquí se coge y allá se folla. Pero tal vez es una interpretación que vas llamarías baladí, ¿no?, o quizá una desviación semántica.

–¿Querés hablar en serio o sólo joder con las palabras? Bueno, allá hay de todo. Para ser ocioso con todas las letras hay que pertenecer a alguna familia de buen nivel. No es necesaria mucha guita (ellas dicen pasta) para reunirse todas las tardes frente a un bar, en la calle, y zamparse litronas de cerveza, apoyándolas en los coches estacionados en segunda fila, pero concurrir noche a noche a las discotecas, sobre todo si son de la famosa “ruta del bakalao”, nada de eso sale gratis. Algunos papás ceden a la presión de los nenes y les compran motos (son generalmente los que se matan en las autovías); otros progenitores más encumbrados les compran coches deportivos (suelen despanzurrarse en alguna Curva de la Muerte, y de paso consiguen eliminar al incauto que venía en sentido contrario).

–Después de todo no está mal crepar así, al volante de una máquina preciosa.

–No jodas. Y está la droga.

–Ah no. Eso no va conmigo. Probé varias y prefiero el chicle. O el videoclip.

–Quiero aclararte algo. Todos ésos: los motorizados, los del bakalao, los drogadictos, son los escandalosos, los que figuran a diario en la crónica de sucesos, pero de todos modos son una minoría. No la tan nombrada minoría silenciosa pos–Vietnam, sino la minoría ruidosa pre–Maastricht. Pero hay muchos otros que quieren vivir y no destruirse, que estudian o trabajan, o buscan afanosamente trabajo (hay más de dos millones de parados, pero no es culpa de los jóvenes), que tienen su pareja, o su parejo, y hasta conciben la tremenda osadía de tener hijos; que gozan del amor despabilado y simple, no el de Hollywood ni el de los culebrones venezolanos sino el posible, el de la cama monda y lironda. No creas que el desencanto es una contraseña o un emblema de todas las juventudes. Yo diría que más que desencanto es apatía, flojera, dejadez, pereza de pensar. Pero también hay jóvenes que viven y dejan vivir.

–¡Ufa! ¡Qué reprimenda! Te confieso que hay tópicos de tu franja o de las precedentes o de las subsiguientes, que me tienen un poco harto. Que el Reglamento Provisorio, que el viejo Batlle, que el Colegiado, que Maracaná, que tiranos temblad, que el Marqués de las Cabriolas, que el Pepe Schiaffino, que Atilio García, que el Pueblo Unido Jamás Será Vencido, que los apagones, que los cantegriles, que Miss Punta del Este, que la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, que la Vuelta Ciclista, que las caceroleadas, que la puta madre. Harto, ¿sabes lo que es harto? Con todo te creía más comprensivo.

–Pero si te comprendo. Te comprendo pero no me gusta. Ni a vos te gusta que te comprenda. No estoy contra vos, sino a favor. Me parece que en esta ruleta rusa del hastío, ustedes tienden de a poco a la autodestrucción.

–Quién sabe. A lo mejor tenés razón. Reconozco que para mí se acabaron la infancia y su bobería, el día (tenía unos doce años) en que no lloré viendo por octava vez a Blanca Nieves y los 7 enanitos. A partir de ese Rubicón, pude odiar a Walt Disney por el resto de mis días. ¿Sabés una cosa? A veces me gustaría meterme a misionero. Pero eso sí, un misionero sin Dios ni religión. También Dios me tiene harto.

–¿Y por qué no te metes?

–Me da pereza, como vos decís, pero sobre todo miedo. Miedo de ver al primer niño hambriento de Ruanda o de Guatemala y ponerme a llorar como un babieca. Y no son lágrimas lo que ellos precisan.

–Claro que no. Pero sería un buen cambio.

–De pronto pienso: para eso está la Madre Teresa. Claro que tiene el lastre de la religión. Y yo, en todo caso, querría ser un misionero sin Dios. ¿Sacaste la cuenta de cuánto se mata hoy día en nombre de Dios, cualquier dios?

–Quién te dice, a lo mejor inaugurás una nueva especie: los misioneros sin Dios. No estaría mal. Siempre que además fuera sin diablo.

–¿Creés que algún día podré evolucionar de boludo a gilipollas?

–Bueno, sería casi como convertir el Mercosur en Maastricht…”

 

Alegoría

Emilio S. Belaval

 

Hacía tres meses, un barco español había dejado al infortunado Fernando de Almagro, a merced de unos parientes. Un avispillas del consignatario lo hizo remontar la cuesta que flota sobre el Jardín Botánico, y al llegar al miradero, le advirtió:

–Esta es la calle de la Cruz.

–Buen albergue para un hombre cristiano –el avispillas hizo una reverencia desabrida y lo dejó con el hatillo en la mano. Le había olido la miseria como se le huele el aceite rancio al salmorejo.

El tío le recibió con frialdad pero no pudo negarle el asilo. Casi todo lo que tenía el tío había sido antes de su hermano, escamoteado con argucias de curiales, autos de escribanía y cuentas de pequeño capitán. Ni siquiera lo hizo subir a conocer la familia. Alegando la soltería del sobrino, mandó alojarlo en la planta baja, junto a los dependientes de su almacén. El cuartucho que le dieron tenía una cama de hierro partida en el lomo, un palanganero con aguamanil de latón y un roperillo quejumbroso. El sobrino no protestó de nada; traía el hambre pegada a los talones como una perra rabiosa y no estaba en condición de exigir tratamiento. Comía en la trastienda junto a los dependientes, tocino hervido, vaca guisada, alubias negras, con escaso rocío de vino. Algunas mañanas encontraba sobre el ropero unos cartuchos de calderilla, una cántara apestosa a malagueta y una hojilla del santoral.

Arriba, la casa se veía limpia y pródiga, improvisando una vida plena de arrullos y cofias de encaje; abajo, los telares de hollín, el estiércol del pesebrillo, las aguas de las gárgolas habían creado un antro inmóvil a vado de mosquitos y caballejos de San Juan. No todo era hermoso arriba, desde luego. Una noche, durante la cena, asomó por la galería una mujeruca con venda de cebo y moño repelado.

–¿Quién es esa bruja?

–Esa señora es la esposa de su tío, señorito; la señora de la casa.

–Ahora comprendo por qué mi tío no ha querido presentármela –comentó el sobrino, con un irreprimible candor. Se les atragantó el bocado a los dependientes; todos dejaron de comer, mirándose azorados. No era, sin embargo, por tener la boca llena de procacidades que los dependientes empezaron a escamarse con el sobrino.

Aquel barbián traía los ojos entornados, una barba lustrosa con que arropar sus intenciones, unas manos señoriales, y arriba había tres espinilleras lánguidas y descaradotas, rabiando por casar. Los dependientes tenían puesto su porvenir en casarlas cuanto antes. Si salían los padres, las chicas se asomaban a restregar sus malicias de legatarias contra las calenturas de los dependientes.

–Ten cuidado, Pepe Ventura, que las piernas se me están poniendo bonitas y los hombres no cesan de mirar.

–El que te mire a ti, le pongo las ventanillas de las narices arriba en los ojos.

–Yo no me caso con Antoñito Luque hasta que se cure los sabañones.

–Las hilas de gas me los tienen bastante mejorados.

–El día que Paco Pérez se atreva a subir, le doy un beso en el hocico.

–Mañana le corto las espinas a la trepadora –el primo no podía reprimir su indignación ante la liviandad de aquel juego entre osos montaraces y codornices de campanario. Tanto reían las primas y se enardecían los mozos que el primo optaba por tomar la chistera y salir a la calle a escuchar otras risas pegadas a su sangre.

Calle Cruz es una calle nazarena petrificada por los ángeles, custodios para martirio de viandantes. Toma pie en el cajón verdinegro del Jardín Botánico, abre sus brazos sobre el pecho adusto de San Sebastián y pierde la cabeza junto a un paredón carcomido que la protege del mar. Su único humilladero queda frente a una casa tapiada por el silencio, dormida en un viejo sueño de piedra. El silencio de la casa intriga a cuantos la miran. Nunca el recato tuvo mejor espejo que aquel portal desnudo, cerrado al fondo por una puerta indescifrable; aquellas ventanas pegadas pestaña con pestaña. Cien velas místicas y cuatrocientas mechas patibularias alumbran el pequeño calvario. Las luces oscilan en el Banco Español entre guarismos fantasmales y cabeceos de contadores; se avivan en la tertulia de viajantes reunidos en el Hotel Inglaterra; languidecen en El Parnasillo; resplandecen en las arañas del marqués de Casa Caracena; entran en vigilia en el Colegio de Varones del profesor Belaval, y en zozobra en las casas de los magistrales. Desde la calle del Sol hacia arriba, las luces se meten en los anafres de las fritas.

Hace tiempo, el cielo y la tierra se disputan el color de esta calle oleosa y huraña. Cada casa tiene su santo aparte; cada vecino su particular misterio. Hay zaguanes tiernos y humosos donde la fortuna prodigó la soba pero dejó a las almas atribuladas; otros: lívidos, temblorosos, suspendidos de un vago terror al pecado. Las segundas plantas de los rentistas descansan sobre los hombros velludos de una auténtica legión de demonios ultramarinos, metidos en compromiso con la pareja de pega, las aves en cazuela y el dedal del mosto. La calle pierde toda su compostura, al caer en poder de las bodeguillas, los cestos de las verduras y las garrafas de la leche.

Los pregones de la calle llegan de madrugada, montados en flochos avellanados, borricas con petos de lobanillos, en sinfonías de hojas de plátano:

–¡Calabazas de San Mateo, saben rezar y comulgar de madrugada, calabazas de San Mateo!

–Leche flaca para los destetados, tan pura como el agua cristalina del Plata.

–Tortillones del Seboruco y empanadillas de Monteflores.

Por las tardes salen de paseo las mariquillas, las isabeles y las paquitas. Todas lucen ojos morados y cargan sustos de enamoradas en las cinturas; corren presurosas al cambio de devociones o al ropero de las casas de piedad, tratando de esconder la malicia entre los pliegues lastimeros de las letanías. Es un momento fugaz y postinero, con cuentas de amatistas y mantillas de encaje; de puntada lenta. Mas, con las luces del crepúsculo, la calle se olvida de su pietatismo; se cierran las cancelas del bien y se abren los portillos infernales.

Una densa humareda empieza a salir de las rejuelas de las horquillas, de los trípodes de la sartén, de las horquetas del asado. Junto a las cenizas, vuelan por los aires maldecires y coplas obscenas. Los demonios de la calle hacen tijeretas en las aceras, con sus torsos tatuados y sus manos llenas de tizones. Hasta los mendigos acogidos a la verja de la Plaza de Armas, sacan de sus faltriqueras hediondas rabos de aceitunas, flores de harina y rones de guineo. Solo la madrugada tiene piedad de este mundo empedrado donde las carcajadas de los demonios se imponen sobre los aspavientos de los devotos.

De madrugada salía el infortunado Fernando de Almagro, con su paso susubano y su tristeza de mangante, a contemplar el calvario. Había algo en las entrañas azules de la calle que le parecía surgir de su propio cuerpo, como si entre la piedra y la carne creciera un tejido místico: una continuidad sobrenatural. El nuevo peregrino empezaba a mirarla desde el rinconcillo catalán oreado por la brisa del puerto. La calle le parecía una imagen monumental de su propia vida. Así había empezado él como un niño triste en un jardín empotrado en la soledad. Cualquiera de aquellos portales hubiera podido tragarse el dolor manso de su adolescencia. Por más de diecinueve años vivió encerrado en un caserón linajudo con su madre y una tía materna, llorando la muerte de un abuelo que no conoció. Varias noches se ponía a imaginar en el enlutado retiro de su alcoba, cómo hubiera tenido que ser aquel anciano terrible para hacerse llorar por cuatro lustros. Había algo alucinante en el luto de aquellas dos mujeres, una agonía, un despecho de la grandeza parecido a la muerte. Las misas caseras en honor del difunto, las prendas del ánimo recordadas hora tras hora, las alabanzas a su memoria en tono de miserere, parecían no acabarse nunca. La tía era la rica y no cesaba de recordarle a la madre y al hijo sus pobrezas. Él se acostumbró a no contar, a sentirse un intruso en el dolor de aquellas dos mujeres, a pasarse la vida con la frente nublada, penando por un pesar que nadie le había explicado.

Las tardes de los viernes estaban dedicadas a los mendigos; unos mendigos iguales a los que ahora se adosaban a la reja de la plaza. Casi siempre salía la tía con su bolsa negra y una cesta de pan duro. Las tardes que no podía salir la tía, era la hermana la que se dedicaba al humilde ejercicio. Las manos de la madre, tan ariscas cerca de los bucles de su hijo, solían hundirse con delicia entre las greñas podridas de los mendicantes; a algunos los obligaba a mirarla por un largo rato, como si pretendiera robarles el reflejo rencoroso de sus miradas.

La vigilia del colegio le parecía su propia vigilia tratando de descifrar el secreto de aquella pesadumbre. Un rubor inexplicable lo obligaba a apagar las luces tan pronto penetraba en su alcoba, a quitarse los escarpines temeroso de ahuyentar el sueño de las mujeres, a estarse quieto. Entonces, la vigilia le brindaba los miles de ojos que no duermen, los relojes sonámbulos, los pasos sumergidos en el fondo de la tierra. Era la única vez que sus pensamientos se atrevían a mirarse cara a cara.

Aquella tarde su madre le pidió buscar un pañuelo de ella en el gavetero. Nunca antes había entrado en las habitaciones de su madre. De niño le cerraron tanto la puerta, que creció con el temor de encontrar dentro algo terrible, pecaminoso. Se le apareció en el fondo de la gavetilla un rostro desconocido. Tomó el retrato temblando de espanto, mas no podía despegar la vista de aquella frente atormentada, de unos ojos tristes llenos de altiva misericordia, de aquel bigote insolentado por un desdén sobrehumano. El retrato parecía mirarlo como si quisiera trasladarse a él, empezar a latir en sus pulsos, quedarse escondido en un nuevo refugio. Un grito terrible sonó a sus espaldas. La tía trató de arrebatarle el retrato pero el retrato se escurrió entre los forros de su contemplador:

–Ahora tendrás que llevarle a tu madre todos los pañuelos de la casa.

–¿Quién es este hombre? ¿Qué hace este retrato entre las prendas íntimas de mi madre? –la tía le volvió la espalda, como a un raterillo vulgar sorprendido en el momento de hacer saltar las cerraduras, y salió de la estancia moviendo sus crespones espectrales.

La madre no bajó a cenar y la tía tomó de la mesa una taza de caldo y unos bizcochos, saliendo del comedor sin dirigirle la palabra. Estuvo la mitad de la noche llamando a la puerta de su madre sin obtener respuesta. Fue más tarde frente a la puerta de su tía y no pudo conmover uno solo de sus goznes. Ocho días estuvieron sus puños golpeando frenéticamente ante dos puertas sordas. Al noveno, apareció la tía con sus labios descoloridos y sus ojos llameantes:

–¿Qué pretendes ahora?

–Saber lo que ha ocurrido en esta casa. ¿Por qué mi madre me huye y usted no se digna a contestarme?

–Un descastado como tú no tiene derecho a preguntar nada. De esta casa, solo te pertenece el retrato del cual te has apoderado.

Las hambres de los mozos se matan en las tabernas. Siempre hay un pisaverde aprendiendo las viejas artes de la gallofería que convida; una taberna a medio amar tirándole su red de trapos al incauto o un filósofo harapiento, capaz de dolerse de una desventura. El infortunado Fernando de Almagro miraba las bodegas de la calle de la Cruz como si fueran puertas tornadas al revés de las tabernas que se dolieron de su cara de muchacho. Los alquitretes eran los mismos: el criollito enlindado que gasta reales y pesetas en festejar al pregonero de su mala fama; la friquitinera sentimental de pechuga blanda y escapulario encebado, buscando goces para su cintura; el profeta de la mala suerte, compartiendo sus piojos y sus arenques, con el primer encapotado que le deparare la noche.

Las tabernas son unos cofres añosos que guardan las historias de las cuales no se atreven hablar los pacatos. Casa de señores tiene siempre historias que tapar y romances que temer. En el canto de un ciego encontró el malcastado el nombre de aquel retrato. El caballero se llamaba don Félix de Almagro; tenía su casa metida en trampas, cuadras con forraje de paja y un bigote demasiado altanero en el discurso del medro. Alguien le había birlado la fortuna que dejó en América y la sota de copa le había soplado lo mejor de su hijuela. Discurriendo iba una tarde, sobre lo conveniente que sería para su honra pegarle fuego a la casa y apuñalarse la tetilla, cuando sorprendió unos ojos que lo miraban con amoroso empeño desde un balcón artesonado por la hiedra. El caballero respondió con un rapto, y antes de saber siquiera el nombre de la raptada, la desposó.

La dama era un lirio fresco que había nacido de un lirio seco, entallado en un orgullo sombrío, celoso de su linaje y de la virtud de sus dos hijas. El matrimonio de la casquivana con un caballero más conocido por sus gallotes que por sus gules, le pareció una afrenta. Sintiéndose demasiado viejo para lavar su honra, se metió en la cama, llamando a la muerte en su auxilio. Se acostó un martes, y el sábado, de madrugada, vino un ángel en su busca. Antes de morir tuvo tiempo de desheredar a la hija y encomendar su venganza al capitán de una galeota, a quien el moribundo libró de hacer sus primeros remos en Ceuta.

Una noche, al regresar el marido del casino, encontró el tálamo vacío y tres bateleros sobre sus costillas. Aunque supo salvar la pelleja no pudo soldar un hueso de la cadera, quedando rengo de paso y dolido de genio. Durante muchos años anduvo rondando el quimérico caserón de la dama, un mendigo con la cara sombreada por un chambergo velazquino y su cojera apoyada en un nudoso garrote. Tal parecía que el caserón se había quedado sordo pues ni a voces o pedradas, a coplas ni a insultos, respondía. La dama no daba señales de estar viva o de ser muerta y el mendigo entró en cuidado de peor aventura. Por fin logró echar su pena en saco hondo e irse de vagabundo por los trillos de las ánimas.

Junto al humilladero de la calle de la Cruz, el hijo solía inclinar la cabeza a dolerse de las malaventuras de su casa. Había dejado a su padre, casi sin conocer, mendigando por los caminos torcidos de la locura, y a su madre, a merced de un espectro vengativo; quizá, sirviendo de portera en un convento de clarisas. El hijo estaba seguro que su padre no había muerto; la cara del mendigo se asomaba al espejo junto al rostro grave del descastado y el padre le pedía prestados al hijo pelos de su barba o enconos de sus comisuras. Por las noches, sentía atado a sus pies el peso cojitranco de una penitencia.

La casa del tío se le escondía durante la noche; antes de salir contaba las puertas y al regresar le faltaban algunas. Se quedaba rondando por la calle, enfiebrecido, profiriendo amenazas contra unas paredes cosidas las unas con las otras. Una noche había dejado la casa completa, y al regresar, solo encontró un portal desnudo, pero la puerta al fondo entreabierta. Empujó la puerta y entró; era como haber entrado en un refectorio mágico, perdido en la pesadilla de un cartujo. Sentía sus pasos resonando en el fondo de un pozo hechizado. Quiso retroceder y no pudo:

–Favor, a mí, favor –gritó antes de caer. El cirio se filtró por el resquicio de una puerta alta y lejana. La puerta se abrió con la suavidad de unas bisagras acostumbradas a las manos de los muertos. Vio descender por las escaleras dos mujeres con las trenzas sueltas y los muslos transparentes y a un anciano con su batín en llamas. El descastado se estremeció de espanto, recordando el romancillo del anciano virtuoso y la hija casquivana–: Pronto vendrán los mozos de cuerda a apalearme –murmuró antes de perder el sentido.

Casi molido a palos estaba cuando empezó a volver en sí. La casa le era desconocida; la sentía esquinada en el aire como el manto de una bruja. La dama arrodillada junto a él, cuchicheaba con una hermana que sostenía una jofaina olorosa:

–Es el caballero que pasa algunas noches a postrarse ante el humilladero.

–De lejos parece más adulto; pero de cerca, es joven y hermoso como un infante.

–Ten la lengua, hermana; los hombres oyen las alabanzas de las mujeres hasta cuando están desvanecidos –pronto llegó el anciano con más vendas y un frasco azul con tapón de plata.

El frasco azul tenía un olor penetrante que quemaba las narices. El descastado se lo arrebató de las manos al anciano con un gesto violento, tratando de llegar hasta sus pies; pero al incorporarse cayó pesadamente en los brazos del anciano. El segundo despertar fue más lento. La casa regresaba de un largo peregrinar entre las nubes; las figuras iban saliendo de las paredes de cal con guardamangas de raso y basquiñas de satén; las mujeres tenían los labios rojos y las manos tibias. Cerca del caballero había un médico negro, con barbas de apóstol y levita cruzada impecable:

–A mí no me gusta ofender a la gente, pero este joven no tiene más padecimiento que el hambre.

–Infortunado señor; ya me parecía harto sospechosa su soledad –replicó el anciano, entristecido.

–Habrá que prepararle una taza de caldo, algunos vegetales.

Las almohadas se tornaban rojas y las sábanas calientes; el aire entraba en los pulmones de Fernando de Almagro con el tierno soplo de una vinajera grácil enamorada de su huésped. El amanecer sorprendió al descastado con la boca llena de golosinas y los ojos húmedos.

–No se olvide de la casa, mi joven amigo. La casa de don Demetrio Martí y de sus hijas Libertad e Isabel tendrá siempre abierta para usted una puerta ancha.

–Yo no tengo casa que ofrecer, ni nombre del cual pueda fiarme. Uno de mis apellidos anda pidiendo limosna por los caminos de España y el otro bajará a la tumba renegado de mí.

–En esta tierra basta con el nombre que deja en la puerta un hombre de bien.

–Entonces, agradecido queda de su bondad Fernando de Almagro.

Los amores de los hombres saben cómo despertar de sus sueños las casas tapiadas por el silencio. Dos o tres veces las manos tibias de Isabel Martí estuvieron cerca de los anhelos del descastado. Era grande la tentación de visitar otra vez aquella casa señalada por el prestigio del amor; besar las manos de aquel anciano con voz de miel y corazón de almendra; besar las manos de Isabel. Pero las botas empezaban a avergonzarse de los calzones; los calzones de la chalequina; la chalequina de la levita y la levita de un plastrón picado de viruelas.

Pronto, el descastado hubo de darse cuenta que una mano gelatinosa lo empujaba hacia un destino indeclinable. Los muertos tienen la garra fría mas sus rencores queman como ascuas. Muchas veces el tío olvidó dejarle sobre el ropero el cartucho de la calderilla, y la mujeruca de la galería servirle las sobras de su mesa. Las fuerzas no le daban para los trabajos pesados y sus conocimientos no pasaban de las lamentaciones. Ahora, cuando se asomaba al espejo, veía su barba crecer sin tino; sus ojos hundirse en una oscura mansedumbre; las grietas de las comisuras pobladas de pequeñas mentiras. Solo le faltaba un sombrero hondo y un garrote de castaño. El sombrero lo encontró flotando en un charco y el listón de castaño se lo escopló el aprendiz de un tallista. No tuvo más que ponerse la levita al revés y sentarse entre los mendigos de la Plaza de Armas. Durante tres meses las calles más dejadas de la mano de Dios, le tiraron ochavos a su paso; las hogazas con moho y los cueros de jamón más putrefactos retaron sus náuseas de pordiosero. Dormía en los portales destartalados de las casas en ruinas, junto a las bobonas de la plaza y los perros realengos.

Una noche, sin saber por qué, se le enredaron los dos mundos, y creyendo morir, fue a reclinar la cabeza en el humilladero. De la casa de don Demetrio Martí, salió una mujer casi desnuda, con los ojos llenos de presentimientos y las manos ardiendo en amoroso ímpetu. Le desenterró los ojos del sombrero, le alisó las greñas alquitranadas, estirándole el rictus de los labios:

–¡Usted!, ¡usted, don Fernando!

–Perdóneme, Isabel; no me atreví morir antes de besar estas piedras.

Llegaron los sirvientes a cargar el cuerpo del infortunado don Fernando. No tuvo que acudir el médico negro ni el anciano blanco. Las manos de Isabel Martí cuidaron de sus llagas, lavaron sus legañas, y le ungieron los pies macerados por unas botas torcidas. Se acurrucó como una leona amorosa junto a los rubores del mendigo, dispuesta a defenderlo de todo embeleco de muerte. Cuantas veces una mano fría quiso arrebatarle al mozo de sus brazos, lo calentó con su propio cuerpo. Hasta que una noche el galán abrió los ojos y hundió su mirada triste en la mirada resplandeciente de su celadora. Aquella noche, Fernando de Almagro vio acercándose a él, una cruz de alabastro con dos palomas venustas debajo de los brazos. Había sufrido él lo suficiente para poder abrazarse sin sonrojo, a aquella cruz amorosa, abierta en el regazo pétreo de la noche.