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lunes, 18 de agosto de 2025

El oro inglés

Felipe Trigo

 

Leía yo, acostado, tratando de dormirme, El Imparcial. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor –¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!– sentí los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con la camarera de la fonda:

–¿Quién duerme arriba?

–La inglesita.

–¿Qué inglesita?

–Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.

–No la conozco.

–Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa todas las mañanas.

–¿Guapa?

–La mar.

Dejé caer el periódico, y me quedé fijo en el techo.

¡Si fuese de cristal! Las maniobras de siempre. Mi habitación tenía la cama en un ángulo del fondo. Igual estaría colocada la cama en la de encima, y allá se habían dirigido los pasos: la inglesita levantaría el embozo… Después sentí el dulce y picado taconeo hacia el rincón opuesto. ¿El tocador?… Ella, frente al espejo, se quitaría las peinetas, las sortijas, el leve abrigo de sedas con que habría vuelto acaso de oír en el bulevar los conciertos de orfeones… Se despojaba. Media hora. La niña se extasiaba con su imagen. Era, pues, cuando menos, lo menos coqueta que puede ser una joven cuando no es tonta, aunque sea inglesa.

Vagó en seguida por la alcoba. Mis ojos la seguían con toda precisión en el techo… ¡Ah, si fuese el techo de cristal! No muy alta, ni muy gruesa, sin duda, a juzgar por el peso leve de sus pasos; aunque sí nerviosa y vivaracha. Cruzaba de uno a otro lado con ese mariposeo de toda mujer bien vestida al desnudarse; por consecuencia, un dato más: elegante.

Volvió al centro, y un roce indefinible me hizo adivinar su vestido y su enagua cayendo a sus pies. Habría jurado que la estaba viendo, toda recta aún en el ruedo de estas ropas por el suelo, desenlazarse el corsé: doblarse después a recogerlo todo y llevarlo a la percha taconeando más ligera… en camisa, no sin lanzar de vuelta una caricia de mimo a su escote, en el espejo… Y ¡qué estupidez!… he aquí una cosa que yo no veía bien: cómo tendría los senos una joven inglesita; ¿anchos, semiesféricos, de amplia base, como las españolas? ¿Separados y rebotantemente movibles, como las francesas? ¿De media toronja, como las indias de aquel Ceilán de mis ensueños de un día?…

Tornaba, tornaba la inglesita a mi vertical; es decir, a su lecho, que chirrió al sentarse ella en el borde. Iba a descalzarse. Un golpe seco: una bota al suelo. Una bota pequeña, dulcísima, que habría dejado al aire un pie calentito, cubierto por una media de seda tensa como un guante, y azul Luzbel, de seguro. Una pierna sobre la otra… ¡Oh, cómo miraba yo de abajo arriba y cómo la virgínea miss no supondría que era el techo de cristal!

La otra bota al suelo. Y la cama volvió a crujir inmediatamente, en gemidos amorosos del sommié al recibir el cuerpo. Mas ¿era entonces que se acostaba con medias?

Nada… al poco. Ella que fantasearía supiese Venus qué cielos de juventud, y yo en mi solitario cuarto, con El Imparcial sobre la colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tenía un escotillón por donde yo… ¡bah, qué idiotas hosteleros y qué techos tan estúpidos! Me quedaba la imaginación proponiéndome problemas. Recorría el desorden delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la butaca, con el corsé a medio colgar del niquelado clavo de la percha, dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanquísimo pantalón orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormiría derramando por la almohada su caballera de oro británico, y abandonando sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles…

¡Dios! ¡Gran Dios! ¡El oro británico! ¡El oro famoso inglés que yo no conocía ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!… Porque hay tremendos detalles en que la imaginación se pierde: por ejemplo, la mía, sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no podía concebir los rizados breves… ¡sí, sí, lo que fuera horrible en una corta laxitud!… ¡Horrible!, ¡horrible!

 

***

La imaginación es una solemnísima embustera y una infeliz inocente.

Aquella vez tan sólo no me había engañado en que la niña era preciosa y delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierda de la puerta, ni ella dormía nunca con los brazos fuera del embozo, ni se sentaba en la cama para descalzarse jamás, ni sus medias eran azul Luzbel… sino negras, caladas.

¡Ah!, y además no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa y lisa cabellera de las dulces inglesitas.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 9 de diciembre de 2023

Mi prima me odia

Felipe Trigo

 

Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no está todavía, y no está más que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi prima si os place, mi bella prima, arrogantísima) ha huido del salón, al sentirme, refugiándose en el gabinete.

Es terrible esta prima mía, tan rubia. Es tremendo que mi boda haya venido a convertirme inesperadamente, desde hace meses, en pariente de mi antigua enemiga cordial del tranvía, de mi antigua y desconocida enemiga mortal de por esas calles.

Pero es preciso terminar esta situación de una vez, y me resuelvo. Entro en el gabinete.

¿La he sorprendido? ¿La he asustado?… El libro cae de sus manos a la alfombra. Yo, me siento. Ve en mi cara una osada decisión, y su orgullo y su altivez la obligan a callar, mirándome, mientras la contemplo. Es lista, y adivina que va a hablarle su antiguo enigma odioso de otro tiempo.

–Vaya, prima, seamos francos: usted me odia con todo su corazón.

–¿Yo?… ¡Qué escucho!

–Sí. Usted me detesta, me aborrece.

–Se engaña usted, querido primo.

–Principalmente desde que el azar nos ha ligado en parentesco, su odio a mí se ha vuelto intolerable, prima, así obligada a verme y soportarme.

–¡Por Dios!

–Mi presencia y mi conversación la irritan, y quisiera usted, sin duda, poder causarme algún daño, en forma tal que nadie sino yo supiese que usted me lo causaba… puesto que su odio es íntimo y absurdo y secreto entre los dos, de alma a alma.

–¡Mi odio!… Acaso es usted un poco fatuo.

–Tal vez.

–Desde que se casó habremos hablado seis veces, entre gentes, como extraños; y antes ni le conocía siquiera. A lo sumo pudiera haber de mí hacia usted simpatía o… antipatía: eso que instintivamente nos inspira toda nueva relación. Pero ¿odio?, ¿por qué? ¿No piensa usted que el odio es un honor que no puede concedérsele a cualquiera?

–Razón por la cual, de usted, yo tenía el orgullo de ser el hombre más odiado del mundo.

–No comprendo esa ilusión.

–Pues es raro, porque dicen que tiene usted talento.

–Gracias. También dicen que lo tiene usted.

–Solo, pues, los dos, ignoramos mutua y directamente esto que dicen. ¿Quiere que intentemos convencernos?

–Bien.

–Hablemos, entonces, por primera vez. Las otras seis no sirven para nada. Hablemos… con franqueza. ¿Usted es capaz?

–¿Por qué no, querido primo?

–¡Oh, no… no es usted capaz!… ¡Siéndolo, habría dicho… odiado primo!

–Le encuentro testarudo, a más de fatuo.

–Menos mal. Ya con eso empieza a serme franca. Correspondo, y digo que usted no era sincera al afirmar que no me conocía antes de casarme. Me conoció usted en el tranvía. Hace lo menos dos años.

–No recuerdo. ¿Quiere tener la bondad?…

–Con mucho agrado. Noche mala, de viento, de lluvia, y tranvía de Salamanca, de este barrio. Un poco tarde, y sólo yo en el tranvía. Una dama que lo para al poco, y que sube: era usted. Iba usted elegantísima: abrigo de piel café, gran sombrero y plumas de color de pensamiento, terciopelo pensamiento…

–¡Ah, sí!

–¿Recuerda ahora?

–No. Sólo recuerdo que tuve esas prendas.

–Además, tan perfumada, que el olor de sus esencias hízome levantar los ojos del periódico. Fui sin leer un momento, absorto por la gentileza de usted… Y usted, a lo largo del coche vacío, había entrado a sentarse en un ángulo de la delantera, diagonalmente opuesto al que ocupaba yo. Tomó usted, con rapidísima ojeada, nota de mi admiración, y la desdeñó en seguida… volviéndose a mirar por el cristal de la plataforma… Yo persistí en mirarla, absorto por su arrogancia y su belleza…

–Gracias, otra vez.

–Usted volvió a advertir mi atención, y la despreció más, volviéndome la espalda.

–¿Sí?

–Era, prima mía, amiga mía, el odio que usted empezaba a concederme, por demás…

–¿Por demás… qué?

–Por demás… generosamente. Y sonreí.

–Bueno, ya lo dije; usted es algo fatuo. Cualquiera otro que no lo hubiera sido, únicamente habría visto en mi desdén… el que conviene a los tenorios de tranvía.

–Si me perdona, prima, yo le diría a usted que les conviene mejor la indiferencia. El desdén así marcado es ya una pequeña entrega de atención… Y yo sonreí, sonreí… por eso… formé mi juicio de usted… y volví a enfrascarme en mi lectura; por no volver a mirarla… ¡Qué tormento entonces! ¡Qué rabia para usted!… ¿Se acuerda?… Es verdad, no se acuerda. Yo sí, en cambio; solos, solos siempre en el tranvía; el viaje, largo… En la Cibeles, usted habría dado no sé qué porque yo volviese a mirarla. En Colón, ¡y nadie entraba!, había usted tosido tres veces, dejando caer dos el pañuelo, y hablando con el cobrador para que oyese el abismado lector imperturbable su voz seductora… Una voz divina, clara, que yo oí bien… pues lo que menos me importaba era el periódico, todo empeñado en hacer rabiar a usted con mi indiferencia… porque le diré también, si usted me lo consiente, que es la indiferencia el mejor castigo contra las desdeñosas del tranvía. En fin, usted bajó; tenía yo tan tendidos los pies, que tuvo usted que pedirme al pasar: –¿Permite usted?– ¡Horror, mi odiada prima!… ¿se acuerda?… Yo recogí los pies sin contestarle, sin alzar los ojos del Heraldo, cuya “lectura” no interrumpí…

–¡Falso!… ¡Usted me miró; y de tal manera, que aun volvía por el vidrio la cabeza cuando yo avanzaba hacia mi casa!

–¿Cómo? ¿Eso sí lo recuerda?

–Lo recuerdo. ¡Vea usted lo que son las cosas!

–¿Y no recuerda asimismo que otras noches desde entonces nos volvimos a encontrar en el tranvía, con más gente, con menos gente, y que siempre yo… leía el Heraldo?

–¿Y no recuerda usted, odiado primo, que en el tranvía y en la calle, dondequiera que nos volvimos a encontrar, yo cuidaba hacerle advertir la primera mi desprecio?

–Su odio.

–¡Sea! ¡Mi odio!

–Un odio de mujer. Amor inverso.

–¿Cree usted?…

–Tanto, que le temía a esta inevitable explicación, como a una declaración… amorosa.

–¡¡Señor mío!!

–¡Qué!

–Que yo no puedo consentir… ¡Schist!, ¡mi marido!

Entra el marido, me saluda.

Sale el marido a dejar el abrigo y el bastón.

Hay un silencio.

–¿Decía usted?… Siga, siga.

–Decía que usted verá si para dejar de odiarme le conviene amarme… no hay otra manera. Por mi parte, siento muchas veces la intención de darle un beso.

–¡Oh, pero usted se me rinde, infeliz! ¿No ha previsto que desvanece mi odio, suponiendo que lo tuve, al confesarme su mañoso interés en sus lecturas del Heraldo? Usted, la intención de darme un beso; yo, la voluntad de negarlo, y heme aquí vengada, curada de mi odio… radicalísimamente.

–No, porque yo diré en seguida que no me importa que me lo niegue… y usted me seguirá odiando.

–¿Como usted a mí por consecuencia?

–El odio es amor inverso. No renuncio al orgullo de su odio. Le digo, prima, que no quedan más caminos que odiar… o amar.

–Queda otro. Confesarles nuestro mutuo odio inextinguible a su mujer, a mi marido… y no vernos más. Es lo prudente.

–Tiene usted razón: es lo prudente. No hay motivo alguno para que nos sigamos soportando.

–¡Ahí viene mi marido!

–¡Y mi mujer!

Mi bella y blonda prima se levanta, vacila… vuelve a mí desde la puerta.

–¡No les diga nada aún! –me advierte.

–¡Pues jure que me odia con toda el alma!

–¡¡Con toda el alma!!

Sale, y yo permanezco un instante respirando sus esencias, sacudidas al vuelo de sus sedas.

Mi prima me odia.

Tiene talento mi prima, ¡qué diablo!