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jueves, 30 de julio de 2026

Algo alrededor de tu cuello

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Creías que en Estados Unidos todo el mundo tenía un coche y una pistola; tus tíos y tus primos también lo creían. Justo después de que te tocara la visa a Estados Unidos en la lotería, te dijeron: “Dentro de un mes tendrás un gran coche. Luego una gran casa. Pero no te compres una pistola como esos americanos”.

Entraron en tropel en la habitación de Lagos donde vivías con tus padres y tus tres hermanas, y se apoyaron contra las paredes despintadas, porque no había suficientes sillas para todos, para decirte adiós en voz alta y añadir muy bajito lo que querían que les mandaras. Al lado del coche y la gran casa (y posiblemente la pistola), lo que ellos querían eran tonterías: bolsos, zapatos, perfumes y ropa. Tú dijiste que no había problema.

Tu tío de América, que había inscrito a toda la familia en la lotería de visas, te ofreció que vivieras con él hasta que consiguieras arreglártelas por ti sola. Fue a recogerte al aeropuerto y te compró un enorme perrito caliente con mostaza que te causó náuseas. Tu iniciación a Estados Unidos, dijo riéndose. Vivía en una pequeña ciudad de blancos en Maine, en una casa de treinta años junto a un lago. Te explicó que la compañía para la que trabajaba le había ofrecido unos cuantos miles de dólares más que el sueldo medio además de la opción de compra de acciones, solo porque estaban desesperados por dar una imagen de diversidad. En todos los folletos aparecía una foto suya, hasta en los que no tenían nada que ver con su departamento. Se rio y dijo que era un buen trabajo, que valía la pena vivir en una ciudad de blancos aunque su mujer tenía que conducir una hora para encontrar una peluquería que le arreglara el pelo. El secreto estaba en comprender lo que era Estados Unidos, un toma y daca. Renunciabas a muchas cosas pero ganabas otras tantas.

Te enseñó a rellenar una solicitud de empleo para cajera en una estación de servicio de Main Street y te apuntó a un centro de educación terciaria, donde las chicas tenían los muslos gruesos, y llevaban las uñas pintadas de rojo brillante y autobronceador que las hacía parecer naranjas. Te preguntaban dónde habías aprendido inglés, si en África había casas de verdad y si antes de ir a Estados Unidos habías visto un coche. Se quedaban perplejas con tu pelo. ¿Se levanta o cae cuando te quitas las trenzas?, querían saber. ¿Se queda todo él levantado? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Utilizas un peine? Tú sonreías agarrotada cuando te hacían esas preguntas. Tu tío te dijo que contaras con ello, una mezcla de ignorancia y arrogancia, lo llamó. Luego dijo que a los pocos meses de que ellos se mudaran a su barrio, los vecinos comentaban que las ardillas habían empezado a desaparecer. Habían oído decir que los africanos comían toda clase de animales salvajes.

Te reías con tu tío y te sentías a gusto en su casa; su mujer te llamaba nwanne, hermana, y sus dos hijos en edad escolar, tía. Hablaban igbo y comían garri al mediodía, y era como estar en casa. Hasta que tu tío entró en el abarrotado sótano donde dormías entre cajas y cartones, y te atrajo hacia sí a la fuerza, apretándote las nalgas y gimiendo. No era tu tío en realidad; era un hermano del marido de la hermana de tu padre, no tenía ningún lazo consanguíneo. Cuando lo rechazaste, él se sentó en tu cama –era su casa, después de todo–, sonrió y dijo que a los veintidós años ya no eras una niña. Que si lo dejabas continuar haría muchas cosas por ti. Las mujeres listas lo hacían continuamente. ¿Cómo creía que lo habían conseguido todas esas mujeres de Lagos con empleos bien remunerados? Hasta las mujeres de la ciudad de Nueva York.

Te encerraste en el baño hasta que subió de nuevo y a la mañana siguiente te fuiste. Echaste a andar por la larga carretera serpenteante oliendo las crías de pescado del lago. Lo viste pasar en coche. Siempre te había dejado en Main Street, pero ese día no tocó la bocina. Te preguntaste cómo explicaría a su mujer que te habías ido. Luego recordaste lo que te había dicho, que Estados Unidos era un toma y daca.

Terminaste en Connecticut, otra ciudad pequeña, porque era la última parada del autobús Greyhound al que te subiste. Entraste en un restaurante con un toldo limpio y reluciente, y te ofreciste a trabajar por dos dólares menos que las demás camareras. El gerente, Juan, tenía el pelo negro azabache y sonrió dejando ver un diente de oro. Dijo que nunca había tenido una empleada nigeriana, pero que todos los inmigrantes trabajaban duro. Lo sabía, lo había visto. Te pagaría un dólar menos pero en negro; no le gustaban todos los impuestos que lo hacían pagar.

No podías permitirte seguir estudiando porque tenías que pagar el alquiler de una diminuta habitación con el tapete manchado. Además, en la pequeña ciudad de Connecticut no había ningún centro de educación terciaria y los créditos de la universidad estatal costaban demasiado. De modo que ibas a la biblioteca municipal, consultabas los programas de estudios en los websites y leías algunos de los libros que recomendaban. A veces te sentabas en el colchón con bultos de tu cama individual y pensabas en tu casa, en tus tías que vendían pescado seco con plátano, engatusando a los transeúntes para que les compraran y acto seguido insultándolos por no hacerlo; tus tíos que bebían la ginebra local y hacinaban a su familia y sus vidas en habitaciones individuales; tus amigos que habían ido a despedirse antes de que te fueras, para alegrarse de que hubieras ganado la visa y para confesarte su envidia; tus padres que a menudo se cogían de la mano al ir a la iglesia los domingos por la mañana mientras los vecinos de las habitaciones contiguas se reían y burlaban de ellos; tu padre que volvía del trabajo con los viejos periódicos del jefe y obligaba a tus hermanos a leerlos; tu madre cuyo sueldo apenas daba para pagar las matrículas de tus hermanos en la escuela secundaria donde los profesores daban un sobresaliente cuando alguien les entregaba un sobre marrón.

Tú nunca habías tenido que pagar por un sobresaliente, nunca habías dado un sobre marrón a un profesor de la escuela secundaria. Aun así, comprabas sobres alargados y marrones para enviar la mitad de tu sueldo a la dirección de la paraestatal donde limpiaba tu madre; siempre utilizabas los billetes de dólar que te daba Juan porque, a diferencia de los de las propinas, eran nuevos. Todos los meses. Envolvías el dinero en una hoja blanca pero no escribías nada. No había nada de que escribir.

Las semanas que siguieron, sin embargo, te entraron ganas de escribir porque tenías cosas que contar. Querías escribir sobre la asombrosa franqueza de los norteamericanos, lo deseosos que estaban de hablarte de la lucha de su madre contra el cáncer o del bebé prematuro de su cuñada, la clase de cosas que uno debía ocultar o revelar solo a los familiares bien intencionados. Quería escribir sobre la cantidad de comida que dejaban en el plato junto a unos billetes arrugados, como si fuera una ofrenda, una expiación por la comida desperdiciada. Querías escribir sobre la niña que empezó a berrear, a mesarse su pelo rubio y a tirar las cartas de los menús al suelo, y sobre sus padres que, en lugar de hacerla callar, le suplicaron, a una niña que no tenía ni cinco años, y luego todos se levantaron y se marcharon. Querías escribir sobre los ricos que vestían con ropa vieja y tenis tronados, que tenían el aspecto de los vigilantes nocturnos que había frente a los grandes recintos de Lagos. Querías escribir que los norteamericanos ricos eran delgados mientras que los norteamericanos pobres eran gordos, y que muchos no tenían una gran casa y un coche; sin embargo, seguías sin estar muy segura de las pistolas, porque podían llevarlas en el bolsillo.

No era solo a tus padres a los que querías escribir, también a tus amigos, a tus primos y tíos. Pero no podías permitirte comprar suficientes perfumes, bolsos y zapatos para todos, y pagar el alquiler con lo que ganabas de camarera, de modo que no le escribías a nadie.

Nadie sabía dónde estabas, porque no se lo habías dicho a nadie. A veces te sentías invisible e intentabas cruzar la pared de tu habitación y salir al pasillo, y cuando chocabas con ella, te salían moretones en los brazos. Una vez Juan te preguntó si te pegaba algún hombre, porque se ocuparía de él, y tú te reíste de forma misteriosa.

Por la noche algo se enroscaba alrededor de tu cuello. Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida.

 

Muchos clientes del restaurante te preguntaban cuándo habías llegado de Jamaica, porque se creían que todos los negros con acento extranjero eran jamaiquinos. O los que adivinaban que eras africana, te decían que les encantaban los elefantes y que querían ir de safari.

De modo que cuando él te preguntó en la penumbra del restaurante, después de que le recitaras las especialidades del día, de qué país africano eras, respondiste Nigeria y esperaste que dijera que había hecho un donativo para luchar contra el sida en Botswana. Pero él te preguntó si eras yoruba o igbo, porque no tenías cara de fulani. Te sorprendiste; pensaste que debía ser profesor de antropología en la universidad estatal, un poco joven a sus veinte años, pero nunca se sabía. Igbo, respondiste. Él te preguntó cómo te llamabas y dijo que Akunna era un nombre bonito. Afortunadamente no te preguntó qué significaba, porque estabas harta de que la gente dijera: ¿La riqueza de tu padre? ¿Quieres decir que tu padre te venderá a un marido?

Él te explicó que había estado en Ghana, Uganda y Tanzania, que le gustaba la poesía de Okot p’Bitek y las novelas de Amos Tutuola, que había leído mucho sobre los países africanos subsaharianos, su historia, sus complejidades. Querías sentir desdén y demostrarlo al llevarle lo que había pedido, porque son igual de condescendientes los blancos que sienten demasiado entusiasmo por África que los que no sienten ninguno. Pero él no sacudió la cabeza con superioridad como ese profesor Cobbledick del centro de educación terciaria de Maine durante una discusión en clase sobre la descolonización de África. No puso la expresión del profesor Cobbledick, esa expresión de quien se cree mejor que la gente que conoce. Volvió al día siguiente y se sentó a la misma mesa, y cuando le preguntaste si estaba bueno el pollo, te preguntó a su vez si habías crecido en Lagos. Volvió un tercer día y antes de pedir empezó a hablarte de su viaje a Bombay, y que quería ir a Lagos para ver cómo vivía realmente la gente en los barrios de chabolas, porque él nunca hacía las estúpidas rutas turísticas cuando viajaba al extranjero. Habló sin parar y tuviste que decirle que iba en contra de las normas del restaurante. Él te rozó la mano cuando dejaste el vaso de agua en la mesa. El cuarto día, cuando lo viste llegar, dijiste a Juan que ya no querías atender esa mesa. Esa noche después de tu turno él te esperaba fuera con unos auriculares puestos, y te propuso salir con él porque tu nombre rimaba con hakuna matata y El rey león era la única película sensiblera que le había gustado. Tú no sabías qué era El rey león. Lo miraste a la brillante luz y te fijaste en que tenía los ojos del color del aceite de oliva extra virgen, un dorado verdoso. Ese aceite era lo único que te gustaba, te gustaba de verdad, de Estados Unidos.

Él era estudiante de último curso en la universidad estatal. Te dijo cuántos años tenía y le preguntaste por qué no se había licenciado aún. Después de todo estaban en Estados Unidos, no era como en su país donde las universidades cerraban tan a menudo que las carreras se alargaban tres años más y los profesores se sumaban a huelga tras huelga y aun así no cobraban. Él respondió que se había tomado un par de años sabáticos para encontrarse a sí mismo y viajar por África y Asia sobre todo. Le preguntaste dónde acabó encontrándose y él se rio. Tú no te reíste. No sabías que la gente podía escoger sencillamente no estudiar, que la gente podía dictar el curso de su vida. Estabas acostumbrada a aceptar lo que la vida te daba, a escribir lo que la vida te dictaba.

Rehusaste salir con él los siguientes cuatro días, porque no te sentías cómoda con la intensidad de su expresión, esa forma de consumirte con la mirada que te impulsaba a despedirte y al mismo tiempo te hacía reacia a irte. Pero cuando la quinta noche no lo viste al salir de tu turno, te entró el pánico. Rezaste por primera vez en mucho tiempo, y cuando apareció detrás de ti y dijo “eh”, dijiste que sí, que saldrías con él, aun antes de que él te lo pidiera. Temiste que no volviera a preguntártelo.

Al día siguiente te invitó a cenar al Chang’s y en tu galleta de la suerte encontraste dos papelitos. Los dos estaban en blanco.

 

Supiste que te sentías cómoda con él cuando le contaste que veías Jeopardy en el televisor del restaurante y que apoyabas a los participantes por el siguiente orden: mujeres negras, hombres negros, mujeres blancas y, por último, hombres blancos, lo que significaba que nunca apoyabas a los hombres blancos. Él se rio y dijo que estaba acostumbrado a que nadie lo apoyara, que su madre era profesora de estudios de la mujer.

Y supiste que habías entrado en confianza cuando le dijiste que en realidad tu padre no era maestro de escuela en Lagos, sino chofer en una compañía de la construcción. Y le explicaste aquel día que se vieron atrapados en un atasco en Lagos en el destartalado Peugeot 504 que conducía tu padre; llovía y tu asiento estaba mojado porque había un agujero en el techo oxidado. Había mucho tráfico, siempre había mucho tráfico en Lagos, y cuando llovía era el caos. Las carreteras se convertían en charcos lodosos, los coches se quedaban atascados y algunos de tus primos se ganaban algo de dinero ofreciéndose a empujarlos. La lluvia, el barro resbaladizo, pensaste, hicieron que tu padre pisara demasiado tarde los frenos aquel día. Oíste la abolladura antes de notarla. El coche contra el que tu padre había chocado era grande, extranjero, de color verde oscuro con los faros dorados como los ojos de un leopardo. Tu padre se puso a llorar y a suplicar aun antes de bajar del coche, y se tumbó en la carretera provocando bocinazos. Lo siento, señor, lo siento, señor, repetía. Si nos vende a mí y a toda mi familia no le dará ni para comprar un neumático. Lo siento, señor.

El pez gordo sentado en el asiento trasero no se apeó, pero lo hizo su chofer, que examinó los daños y miró con el rabillo del ojo la forma espatarrada de tu padre suplicando como si fuera pornografía, un espectáculo con el que le avergonzaba admitir que disfrutaba. Al final dejó marchar a tu padre. Lo despidió con un ademán. Se oyeron más bocinazos y los conductores blasfemaron. Cuando tu padre se sentó de nuevo al volante, te negaste a mirarlo, porque era como los cerdos que se revolcaban en los pantanos de detrás del mercado. Tu padre era nsi. Mierda.

Después de oírte, él apretó los labios y te cogió la mano, y dijo que entendía cómo te sentías. Tú le apartaste, repentinamente enfadada, porque se creía que el mundo estaba o tenía que estar lleno de gente como él. Le dijiste que no había nada que entender, que así eran las cosas.

 

Encontró la tienda africana en las páginas amarillas de Hartford y te llevó a ella. Al ver la familiaridad con que se movía por ella, inclinando la botella de vino de palma para ver cuánto sedimento había en el fondo, el dueño ghanés le preguntó si era africano como algunos keniatas o sudafricanos blancos, y él respondió que sí pero que llevaba mucho tiempo en Estados Unidos. Pareció satisfecho de que el dueño le creyera. Esa noche tú cocinaste con lo que habías comprado, y después de comer garry y sopa de onugbu, él vomitó en tu fregadero. Pero no te importó, porque ahora podrías cocinar sopa de onugbu con carne.

Él no comía carne porque no aprobaba cómo mataban los animales; dijo que el miedo de los animales liberaba toxinas y que las toxinas del miedo volvían paranoica a la gente. Los trozos de carne que comías en tu país, cuando había carne, eran del tamaño de tu dedo índice. Pero no se lo dijiste. Tampoco le dijiste que los cubos de dawadawa con los que tu madre cocinaba todo, porque el curry y el tomillo eran demasiado caros, tenían glutamato monosódico, eran glutamato monosódico. Él decía que el glutamato monosódico provocaba cáncer, que era la razón por la que le gustaba el restaurante Chang’s; Chang no cocinaba con glutamato monosódico.

Una vez dijo al camarero del Chang’s que había estado recientemente en Shanghai y que hablaba algo de mandarín. El camarero, entusiasmado, le dijo cuál era la mejor sopa, luego preguntó: “¿Tiene novia en Shanghai?”. Y él sonrió y no dijo nada.

Tú perdiste el apetito, en lo más profundo del pecho sentiste un nudo. Esa noche no gemiste cuando estuvo dentro de ti, te mordiste los labios y fingiste que no te habías corrido porque sabías que él se preocuparía. Más tarde le explicaste la razón de tu enfado, que a pesar de que habían ido juntos al Chang’s tan a menudo y se habían besado antes de que llegaran los platos, el chino había asumido que tú no podías ser su novia, y él había sonreído y no había dicho nada. Antes de disculparse, te miró sin comprender y supiste que no lo entendía.

 

Te hacía regalos y cuando tú protestabas por el precio, él decía que su abuelo de Boston había sido rico, pero se apresuraba a añadir que había repartido su fortuna entre muchos y que el fondo fideicomiso que le había dejado a él no era tan grande. Sus regalos te dejaban confundida. Una bola de cristal del tamaño de un puño dentro de la cual había una pequeña muñeca bien proporcionada y vestida de rosa que daba vueltas si la sacudías. Una piedra brillante cuya superficie adquiría el color de lo que tocabas. Un pañuelo caro pintado a mano en México. Por fin le dijiste, con la voz cargada de ironía, que en el mundo del que venías los regalos siempre eran útiles. La piedra, por ejemplo, tendría utilidad si se pudiera moler algo con ella. Él se rio mucho y muy fuerte, pero tú no te reíste con él. Te diste cuenta de que en su mundo él podía comprar regalos que eran solo eso y nada más, no tenían ninguna utilidad. Cuando él empezó a comprarte zapatos, ropa y libros, le pediste que no lo hiciera, que no querías regalos. Él te los compraba de todos modos y tú los guardabas para tus primos y tus tíos, para cuando fueras a verlos algún día, aunque no sabías cómo ibas a permitirte comprar un boleto y pagar al mismo tiempo el alquiler. Él dijo que quería conocer Nigeria y que pagaría los boletos de los dos. Tú no querías que él pagara tu boleto. No querías que fuera a Nigeria y que añadiera tu país a la lista de países donde iba a mirar embobado cómo vivían los pobres que nunca podrían mirar embobados su vida. Se lo dijiste un día soleado que te llevó a ver el estrecho de Long Island y discutieron, alzaron la voz mientras caminaban a lo largo de las aguas tranquilas. Él dijo que te equivocabas al decir que tenía una actitud de superioridad moral. Tú le dijiste que se equivocaba al creer que solo los pobres de Bombay eran indios de verdad. ¿Acaso él no era un norteamericano de verdad porque no vivía como los pobres obesos que habían visto en Hartford? Él se adelantó, con el torso desnudo y pálido, levantando arena con las chanclas, pero luego retrocedió y te tendió una mano. Se reconciliaron e hicieron el amor, y se acariciaron el pelo, el suyo suave y rubio como las oscilantes espigas del maíz al crecer, el tuyo oscuro y saltarín como el relleno de una almohada. A él le había dado demasiado el sol y tenía la piel del color de una sandía madura y tú le besaste la espalda antes de extenderle una loción.

Ese algo que se te enroscaba en el cuello, lo que casi te asfixiaba antes de quedarte dormida, empezó a aflojarse hasta desprenderse.

 

Sabías que no eran normales por la reacción de la gente, el modo en que las personas desagradables se mostraban demasiado desagradables y las agradables demasiado agradables. Los hombres y mujeres blancos de edad avanzada que murmuraban y lo fulminaban a él con la mirada, los hombres negros que sacudían la cabeza al verte, las mujeres negras cuyos ojos compasivos lamentaban tu falta de autoestima, tu odio hacia ti misma, o te dedicaban breves sonrisas de solidaridad; los hombres negros que se esforzaban por perdonarte, saludándolo a él con un hola demasiado estridente; los hombres y mujeres blancos que decían “Qué buena pareja hacen” demasiado alegremente, demasiado fuerte, como para demostrarse a sí mismos lo abiertos de miras que eran.

Pero los padres de él eran diferentes; casi te hicieron creer que todo era normal. Su madre te dijo que él nunca había traído a casa a una amiga, excepto para el baile de fin de curso del instituto, y él sonrió brevemente y te cogió la mano. El mantel ocultaba sus manos entrelazadas. Él apretó la tuya y tú apretaste la suya, y te preguntaste por qué estaba tan rígido, por qué sus ojos color aceite de oliva extra virgen se ensombrecían cuando hablaba con sus padres. Su madre se quedó encantada cuando te preguntó si habías leído a Nawal el Saadawi y tú respondiste que sí. Su padre te preguntó si la comida india se parecía a la nigeriana, y te tomaron el pelo con pagar cuando llegó la cuenta. Los miraste y agradeciste que no te contemplaran como un trofeo exótico, un colmillo de marfil.

Luego él te habló de sus problemas con sus padres, cómo racionaban su amor como si fuera un pastel de cumpleaños, cómo le daban solo un trozo grande si accedía a estudiar derecho. Tú trataste de solidarizarte con él. Pero solo conseguiste enfadarte.

Te enojaste aún más cuando él te dijo que se había negado a ir con ellos un par de semanas a Canadá, a su casa de veraneo de Quebec. Hasta le habían pedido que te llevara. Él le había enseñado fotos de la casa y te preguntaste por qué lo llamaba casa cuando los edificios de ese tamaño en tu país eran bancos o iglesias. Se te cayó un vaso y se hizo añicos contra el suelo de madera de su departamento, y él te preguntó qué pasaba y tú le dijiste nada, aunque pensaste que pasaban muchas cosas. Más tarde, en la ducha, te echaste a llorar. Observaste cómo el agua diluía las lágrimas sin saber por qué llorabas.

 

Por fin escribiste a casa. Una carta breve a tus padres entre los crujientes billetes de dólar junto con tu dirección. Recibiste una respuesta por correo unos días después. Era tu madre quien escribía; lo supiste por la letra de patas de araña, por las faltas de ortografía.

Tu padre había muerto; se había desplomado sobre el volante del coche de la compañía. Hacía cinco meses, escribía. Habían utilizado el dinero que habías enviado para darle un buen funeral. Habían matado una cabra para los invitados y lo habían enterrado en un buen ataúd. Te acurrucaste en la cama, con las rodillas contra el pecho, y trataste de recordar qué habían estado haciendo mientras tu padre moría, qué habías estado haciendo en los meses que llevaba muerto. Tal vez había muerto el día que habías amanecido con el cuerpo lleno de granos duros como el arroz crudo que no habías sabido explicar, de los que Juan se había burlado diciendo que te iba a llevar al chef para que el calor de la cocina te calentara. Tal vez había muerto uno de esos días que ibas en coche a Mystic o veías un partido del Manchester o cenabas en el Chang’s.

Él te abrazó mientras llorabas, te acarició el pelo, se ofreció a pagarte un boleto, a acompañarte a ver a tu familia. Le dijiste que no, que necesitabas ir tú sola. Él te preguntó si volverías, te recordó que tenías una tarjeta de residencia y que la perderías si no regresabas en un año. Te dijo que ya sabías qué quería decir, que sí volverías, ¿volverías?

Tú te diste la vuelta sin decir nada, y cuando te llevó en coche al aeropuerto, lo abrazaste muy fuerte durante largo rato y luego lo soltaste.

 

(Tomado de Ngozi Adichie, Chimamanda, Algo alrededor de tu cuello, Random-House, 2023)

 

domingo, 5 de julio de 2026

Una experiencia privada

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Chika entra primero por la ventana de la tienda de comestibles y sostiene el postigo para que la mujer la siga. La tienda parece haber sido abandonada mucho antes de que empezaran los disturbios; las estanterías de madera están cubiertas de polvo amarillo, al igual que los contenedores metálicos amontonados en una esquina. Es una tienda pequeña, más pequeña que el vestidor que tiene Chika en su país. La mujer entra y el postigo chirría cuando Chika lo suelta. Le tiemblan las manos y le arden las pantorrillas después de correr desde el mercado tambaleándose sobre sus sandalias de tacón. Quiere dar las gracias a la mujer por haberse detenido al pasar por su lado para decirle “¡No corras hacia allí!”, y haberla conducido hasta esta tienda vacía en la que esconderse. Pero antes de que pueda darle las gracias, la mujer se lleva una mano al cuello.

–He perdido collar mientras corro.

–Yo solté todo –dice Chika–. Acababa de comprar unas naranjas y las solté junto con el bolso.

No añade que el bolso era un Burberry original que le compró su madre en un viaje reciente a Londres.

La mujer suspira y Chika imagina que está pensando en su collar, probablemente unas cuentas de plástico ensartadas en una cuerda. Aunque no tuviera un fuerte acento hausa, sabría que es del norte por el rostro estrecho y la curiosa curva de sus pómulos, y que es musulmana por el pañuelo. Ahora le cuelga del cuello, pero poco antes debía de llevarlo alrededor de la cara, tapándole las orejas. Un pañuelo largo y fino de color rosa y negro, con el vistoso atractivo de lo barato. Se pregunta si la mujer también la está examinando a ella, si sabe por su tez clara y el anillo rosario de plata que su madre insiste en que lleve que es igbo y cristiana. Más tarde se enterará de que, mientras las dos hablan, hay musulmanes hausas matando a cristianos igbos a machetazos y pedradas. Pero en este momento dice:

–Gracias por llamarme. Todo ocurrió muy deprisa y la gente echó a correr, y de pronto me vi sola, sin saber qué hacer. Gracias.

–Este lugar seguro –dice la mujer en voz tan baja que suena como un suspiro–. No van a todas las tiendas pequeñas-pequeñas, solo a las grandes-grandes y al mercado.

–Sí –dice Chika.

Pero no tiene motivos para estar de acuerdo o en desacuerdo, porque no sabe nada de disturbios; lo más cerca que ha estado de uno fue hace unas semanas en una manifestación de la universidad a favor de la democracia en la que había sostenido una rama verde y se había unido a los cantos de “¡Fuera el ejército! ¡Fuera Abacha! ¡Queremos democracia!”. Además, nunca habría participado si su hermana Nnedi no hubiera estado entre los organizadores que habían ido de residencia en residencia repartiendo panfletos y hablando a los estudiantes de la importancia de “hacernos oír”.

Le siguen temblando las manos. Hace justo una hora estaba con Nnedi en el mercado. Se paró a comprar naranjas y Nnedi siguió andando hasta el puesto de cacahuates, y de pronto se oyeron gritos en inglés, en el idioma criollo, en hausa y en igbo: “¡Disturbios! ¡Mataron a un hombre!”.

Y a su alrededor todos se pusieron a correr, empujándose unos a otros, volcando carretas llenas de ñames y dejando atrás las verduras golpeadas por las que acababan de regatear. Olía a sudor y a miedo, y también se echó a correr por las calles anchas y luego por ese estrecho callejón que temió, mejor dicho, intuyó, que era peligroso, hasta que vio a la mujer.

La mujer y ella se quedan un rato en silencio, mirando hacia la ventana por la que acaban de entrar, con el postigo chirriante que se balancea en el aire. Al principio la calle está silenciosa, luego se oyen unos pies corriendo. Las dos se apartan instintivamente de la ventana, aunque Chika alcanza a ver pasar a un hombre y una mujer, ella con una túnica hasta las rodillas y un crío a la espalda. El hombre hablaba rápidamente en igbo y todo lo que entendió Chika fue: “Puede que haya corrido a la casa del tío”.

–Cierra ventana –dice la mujer.

Chika así lo hace, y sin el aire de la calle, el polvo que flota en la habitación es tan espeso que puede verlo por encima de ella. El ambiente está cargado y no huele como las calles de fuera, que apestan como el humo color cielo que flota alrededor en Navidad cuando la gente arroja las cabras muertas al fuego para quitar el pelo de la piel. Las calles por donde ha corrido ciegamente, sin saber hacia dónde ha ido Nnedi, sin saber si el hombre que corría a su lado era amigo o enemigo, sin saber si debía parar y recoger a alguno de los niños aturdidos que con las prisas se ha separado de su madre, sin saber quién era quién ni quién mataba a quién.

Más tarde verá los armazones de los coches incendiados, con huecos irregulares en lugar de ventanillas o parabrisas, e imaginará los coches en llamas desperdigados por toda la ciudad como hogueras, testigos silenciosos de tanta atrocidad. Averiguará que todo empezó en el estacionamiento cuando un hombre pisó con las ruedas de su furgoneta un ejemplar del Santo Corán que había a un lado de la carretera, un hombre que resultó ser un igbo cristiano. Los hombres de alrededor, que se pasaban el día jugando a las damas y que resultaron ser musulmanes, lo hicieron bajar de la furgoneta, le cortaron la cabeza de un machetazo y la llevaron al mercado pidiendo a los demás que los siguieran: ese infiel había profanado el Santo Libro. Chika imaginará la cabeza del hombre, la piel ceniza de la muerte, y tendrá arcadas y vomitará hasta que le duela la barriga. Pero ahora pregunta a la mujer:

–¿Todavía huele a humo?

–Sí –la mujer se desabrocha la tela que lleva anudada a la cintura y la extiende en el suelo polvoriento. Debajo solo lleva una blusa y una combinación negra rasgada por las costuras–. Siéntate.

Chika mira la tela deshilachada extendida en el suelo; probablemente es una de las dos túnicas que tiene la mujer. Baja la vista hacia su falda tejana y su camiseta roja estampada con una foto de una Estatua de la Libertad, las dos compradas el verano que Nnedi y ella pasaron dos semanas en Nueva York con unos parientes.

–Se la ensuciaré –dice.

–Siéntate –repite la mujer–. Tenemos que esperar mucho rato.

–¿Sabe cuánto…?

–Hasta esta noche o mañana por la mañana.

Chika se lleva una mano a la frente como para comprobar si tiene fiebre. El roce de su palma fría suele calmarla, pero esta vez la nota húmeda y sudada.

–Dejé a mi hermana comprando cacahuates. No sé dónde está.

–Irá a un lugar seguro.

–Nnedi.

–¿Eh?

–Mi hermana. Se llama Nnedi.

–Nnedi –repite la mujer, y su acento hausa envuelve el nombre igbo de una suavidad plumosa.

Más tarde Chika recorrerá los depósitos de cadáveres de los hospitales buscando a Nnedi; irá a las oficinas de los periódicos con la foto que les tomaron a las dos en una boda hace una semana, en la que ella sale con una sonrisa boba porque Nnedi le dio un pellizco justo antes de que dispararan, las dos con trajes bañera de Ankara. Pegará fotos en las paredes del mercado y en las tiendas cercanas. No encontrará a Nnedi. Nunca la encontrará. Pero ahora dice a la mujer:

–Nnedi y yo llegamos la semana pasada para ver a nuestra tía. Estamos de vacaciones.

–¿Dónde estudian?

–Estamos en la Universidad de Lagos. Yo estudio medicina, y Nnedi ciencias políticas.

Chika se pregunta si la mujer sabe lo que significa ir a la universidad. Y se pregunta también si mencionó la universidad solo para alimentarse de la realidad que ahora necesita: que Nnedi no se perdió en un disturbio, que está a salvo en alguna parte, probablemente riéndose con la boca abierta a su manera relajada o haciendo una de sus declaraciones políticas. Sobre cómo el gobierno del general Abacha utiliza la política exterior para legitimarse a los ojos de los demás países africanos. O que la enorme popularidad de las extensiones de pelo rubio era consecuencia directa del colonialismo británico.

–Solo llevamos una semana aquí con nuestra tía, ni siquiera hemos estado en Kano –dice Chika, y se da cuenta de lo que está pensando: su hermana y ella no deberían verse afectadas por los disturbios. Eso era algo sobre lo que leías en los periódicos. Algo que sucedía a otras personas.

–¿Tu tía está en mercado? –pregunta la mujer.

–No, está trabajando. Es la directora de la Secretaría.

Chika vuelve a llevarse una mano a la frente. Se agacha hasta sentarse en el suelo, mucho más cerca de la mujer de lo que se habría permitido en circunstancias normales, para apoyar todo el cuerpo en la tela. Le llega el olor de la mujer, algo intenso como la pastilla de jabón con que la criada lava las sábanas.

–Tu tía está en lugar seguro.

–Sí –dice Chika. La conversación parece surrealista; tiene la sensación de estar observándose a sí misma–. Sigo sin creer que estoy en medio de un disturbio.

La mujer mira al frente. Todo en ella es largo y esbelto, las piernas extendidas ante sí, los dedos de las manos con las uñas manchadas de henna, los pies.

–Es obra del diablo –dice por fin.

Chika se pregunta si eso es lo que piensan todas las mujeres de los disturbios, si eso es todo lo que ven: el diablo. Le gustaría que Nnedi estuviera allí con ella. Imagina el marrón chocolate de sus ojos al iluminarse, sus labios moviéndose deprisa al explicar que los disturbios no ocurren en un vacío, que lo religioso y lo étnico a menudo son politizados porque el gobernante está seguro si los gobernados hambrientos se matan entre sí. Luego siente una punzada de remordimientos y se pregunta si la mente de esa mujer es lo bastante grande para entenderlo.

–¿Ya estás viendo a enfermos en la universidad? –pregunta la mujer.

Chika desvía rápidamente la mirada para que no vea su sorpresa.

–¿En mis prácticas? Sí, empezamos el año pasado. Vemos a pacientes del hospital clínico.

No añade que a menudo le invaden las dudas, que se queda al final del grupo de seis o siete estudiantes, rehuyendo la mirada del profesor y rezando para que no le pida que examine un paciente y dé su diagnóstico diferencial.

–Yo soy comerciante –dice la mujer–. Vendo cebollas.

Chika busca en vano una nota de sarcasmo o reproche en su tono. La voz suena baja y firme, una mujer que dice a qué se dedica sin más.

–Espero que no destruyan los puestos del mercado –responde; no sabe qué más decir.

–Cada vez que hay disturbios destrozan el mercado.

Chika quiere preguntarle cuántos disturbios ha presenciado, pero se contiene. Ha leído sobre los demás en el pasado: fanáticos musulmanes hausas que atacan a cristianos igbos, y a veces cristianos igbos que emprenden misiones de venganza asesinas. No quiere que empiecen a dar nombres.

–Me arden los pezones como si fueran pimienta.

Antes de que Chika pueda tragar la burbuja de sorpresa que tiene en la garganta y responder algo, la mujer se levanta la blusa y se desabrocha el cierre delantero de un gastado sujetador negro. Saca los billetes de diez y veinte nairas que lleva doblados en el sujetador antes de liberar los pechos.

–Me arden como pimienta –repite, cogiéndoselos con las manos ahuecadas e inclinándose hacia Chika como si se los ofreciera.

Chika se aparta. Recuerda la ronda en la sala de pediatría de hace una semana: su profesor, el doctor Olunloyo, quería que todos los alumnos oyeran el soplo al corazón en cuarta fase de un niño que los observaba con curiosidad. El médico le pidió a Chika que empezara y ella se puso a sudar con la mente en blanco, sin saber muy bien dónde estaba el corazón. Al final puso una mano temblorosa en el lado izquierdo de la tetilla del niño, y al notar bajo los dedos el vibrante zumbido de la sangre yendo en la otra dirección, se disculpó tartamudeando ante el niño, aunque él le sonreía.

Los pezones de la mujer no son como los de ese niño. Son marrón oscuro, y están cuarteados y tirantes, con la areola de color más claro. Chika los examina con atención, los toca.

–¿Tiene un bebé? –pregunta.

–Sí. De un año.

–Tiene los pezones secos, pero no parecen infectados. Después de dar de mamar debe aplicarse una crema. Y cuando dé de mamar, asegúrese de que el pezón y también lo otro, la areola, encajan en la boca del niño.

La mujer mira a Chika largo rato.

–La primera vez de esto. Tengo cinco hijos.

–A mi madre le pasó lo mismo. Se le agrietaron los pezones con el sexto hijo y no sabía cuál era la causa, hasta que una amiga le dijo que tenía que hidratarlos –explica Chika.

Casi nunca miente, y las pocas veces que lo hace siempre es por alguna razón. Se pregunta qué sentido tiene mentir, la necesidad de recurrir a un pasado ficticio parecido al de la mujer; Nnedi y ella son las únicas hijas de su madre. Además, su madre siempre tuvo a su disposición al doctor Iggokwe, con su formación y su afectación británicas, con solo levantar el teléfono.

–¿Con qué se frota su madre el pezón? –pregunta la mujer.

–Manteca de coco. Las grietas se le cerraron enseguida.

–¿Eh? –La mujer observa a Chika más rato, como si esa revelación hubiera creado un vínculo–. Está bien, lo haré –juega un rato con su pañuelo antes de añadir–: estoy buscando a mi hija. Vamos al mercado juntas esta mañana. Ella está vendiendo cacahuates cerca de la parada de autobús, porque hay mucha gente. Luego empieza el disturbio y yo voy arriba y abajo buscándola.

–¿El bebé? –pregunta Chika, sabiendo lo estúpida que parece incluso mientras lo pregunta.

La mujer sacude la cabeza y en su mirada hay un destello de impaciencia, hasta de cólera.

–¿Tienes problema de oído? ¿No oyes lo que estoy diciendo?

–Lo siento.

–¡Bebé está en casa! Ésta es mi hija mayor.

La mujer se echa a llorar. Llora en silencio, sacudiendo los hombros, no con la clase de sollozos fuertes de las mujeres que conoce, que parecen decir a gritos: “Sujétame y consuélame porque no puedo soportar esto yo sola”. El llanto de esta mujer es privado, como si llevara a cabo un ritual necesario que no involucra a nadie más.

Más tarde Chika lamentará la decisión de haber dejado el barrio de su tía y haber ido al mercado con Nnedi en un taxi para ver un poco del casco antiguo de Kano; también lamentará que la hija de la mujer, Halima, no se haya quedado en casa esta mañana por pereza, cansancio o indisposición, en lugar de salir a vender cacahuates.

La mujer se seca los ojos con un extremo de la blusa.

–Que Alá proteja a tu hermana y a Halima en un lugar seguro –dice.

Y como Chika no está segura de lo que contestan los musulmanes y no puede decir “Amén”, se limita a asentir.

La mujer ha descubierto un grifo oxidado en una esquina de la tienda, cerca de los contenedores metálicos. Tal vez donde el dueño se lavaba las manos, dice, y explica a Chika que las tiendas de esa calle fueron abandonadas hace meses, después de que el gobierno ordenara su demolición por tratarse de estructuras ilegales. Abre el grifo y las dos observan sorprendidas cómo sale un pequeño chorro de agua. Marronosa y tan metálica que a Chika le llega el olor. Aun así, corre.

–Lavo y rezo –dice la mujer en voz más alta, y sonríe por primera vez, dejando ver unos dientes uniformes con los incisivos manchados.

En las mejillas le salen unos hoyuelos lo bastante profundos para tragarse la mitad de un dedo, algo insólito en una cara tan delgada. Se lava torpemente las manos y la cara en el grifo, luego se quita el pañuelo del cuello y lo pone en el suelo. Chika aparta la mirada. Sabe que la mujer está de rodillas en dirección a La Meca, pero no mira. Como las lágrimas, es una experiencia privada y le gustaría salir de la tienda. O poder rezar también y creer en un dios, una presencia omnisciente en el aire viciado de la tienda. No recuerda cuándo su idea de Dios no ha sido borrosa como el reflejo de un espejo empañado por el vaho, y no se recuerda intentando limpiar el espejo.

Toca el anillo rosario que todavía lleva en el dedo, a veces en el meñique y otras en el índice, para complacer a su madre. Nnedi se lo quitó, diciendo con su risa gangosa: “Los rosarios son como pociones mágicas. No las necesito, gracias”.

Más tarde la familia ofrecerá una misa tras otra para que Nnedia aparezca sana y salva, nunca por el reposo de su alma.

Y Chika pensará en esa mujer, rezando con la cabeza vuelta hacia el suelo polvoriento, y cambiará de parecer antes de decir a su madre que está malgastando el dinero con esas misas que solo sirven para engrosar las arcas de la iglesia.

Cuando la mujer se levanta, Chika se siente extrañamente vigorizada. Han pasado más de tres horas e imagina que el disturbio se ha calmado, que los responsables ya están lejos.

Tiene que irse, tiene que volver a casa y asegurarse de que Nnedi y su tía están bien.

–Debo irme.

De nuevo la cara de impaciencia de la mujer.

–Todavía es peligroso salir.

–Creo que se han marchado. Ya no huelo el humo.

La mujer se sienta de nuevo sobre la tela sin decir nada. Chika la observa un rato, sintiéndose decepcionada sin saber por qué. Tal vez esperaba de ella una bendición.

–¿Está muy lejos tu casa? –pregunta.

–Lejos. Tomo dos autobuses.

–Entonces volveré con el chofer de mi tía para acompañarte –dice Chika.

La mujer desvía la mirada.

Chika se acerca despacio a la ventana y la abre. Espera oír gritar a la mujer que se detenga, que vuelva, que no hay prisa. Pero la mujer no dice nada y Chika nota su mirada clavada en la espalda mientras sale.

Las calles están silenciosas. Se puso el sol y en la media luz crepuscular Chika mira alrededor, sin saber qué dirección tomar. Reza para que aparezca un taxi, ya sea por arte de magia, suerte o la mano de Dios. Luego reza para que Nnedi esté en ese taxi, preguntándole dónde demonios se ha metido y lo preocupados que han estado por ella. No ha llegado al final de la segunda calle en dirección al mercado cuando ve el cadáver. Apenas lo ve, pero pasa tan cerca que le llega el calor. Acaban de quemarlo. El olor que desprende es repulsivo, a carne asada, no se parece a nada que haya olido antes.

Más tarde, cuando Chika y su tía recorran todo Kano con un policía en el asiento delantero del coche con aire acondicionado de su tía, verá otros cadáveres, muchos carbonizados, tendidos a lo largo de las calles como si alguien los hubiera arrastrado y colocado cuidadosamente allí. Mirará solo uno de los cadáveres, desnudo, rígido, boca abajo, y se dará cuenta de que solo viendo esa carne chamuscada no puede saber si el hombre parcialmente quemado es igbo o hausa, cristiano o musulmán. Escuchará por la radio la BBC y oirá las descripciones de las muertes y del disturbio (“religioso con un trasfondo de tensiones étnicas”, dirá la voz). Y la arrojará contra la pared y una feroz cólera la inundará ante cómo han empaquetado, saneado y comprimido todos esos cadáveres en unas pocas palabras. Pero ahora, el calor que desprende el cadáver carbonizado está tan cerca, tan presente, que se vuelve y regresa corriendo a la tienda. Siente un dolor agudo en la parte inferior de la pierna mientras corre. Llega a la tienda y golpea la ventana, y no para de golpearla hasta que la mujer abre.

Se sienta en el suelo y, a la luz cada vez más tenue, observa el hilo de sangre que le baja por la pierna. Los ojos le bailan inquietos en la cabeza. Esa sangre parece ajena a ella, como si alguien le hubiera embadurnado la pierna con puré de tomate.

–Tu pierna. Tienes sangre –dice la mujer con cierta cautela.

Moja un extremo de su pañuelo en el grifo y le lava el corte de la pierna, luego se lo enrolla alrededor y hace un nudo.

–Gracias –dice Chika.

–¿Necesitas ir al baño?

–¿Al baño? No.

–Los contenedores de allí los estamos utilizando como baños –explica la mujer.

La lleva al fondo de la tienda y en cuanto llega a la nariz de Chika el olor, mezclado con el del polvo y el agua metálica, siente náuseas. Cierra los ojos.

–Lo siento. Tengo el estómago revuelto. Por todo lo que está pasando hoy –se disculpa la mujer a sus espaldas.

Luego abre la ventana, deja el contenedor fuera y se lava las manos en el grifo. Cuando vuelve, Chika y ella se quedan sentadas una al lado de la otra en silencio; al cabo de un rato oyen el canto ronco a lo lejos, palabras que Chika no entiende. La tienda está casi totalmente oscura cuando la mujer se tiende en el suelo, con solo la parte superior del cuerpo sobre la tela.

Más tarde Chika leerá en The Guardian que “hay antecedentes de violencia por parte de los musulmanes reaccionarios hausaparlantes del norte contra los no musulmanes”, y en medio de su dolor recordará que examinó los pezones y conoció la amabilidad de una musulmana hausa.

Chika apenas duerme en toda la noche. La ventana está cerrada, el ambiente cargado, y el polvo, grueso y granulado, se le mete por las fosas nasales. No logra dejar de ver el cadáver ennegrecido flotando en un halo junto a la ventana, señalándola acusador. Al final oye a la mujer levantarse y abrir la ventana, dejando entrar el azul apagado del amanecer. Se queda un rato allí de pie antes de salir. Chika oye las pisadas de la gente que pasa por la acera. Oye a la mujer llamar a alguien, y una voz que se alza al reconocerla seguida de una parrafada en hausa rápido que no entiende.

La mujer entra de nuevo en la tienda.

–Terminó el peligro. Es Abu. Está vendiendo provisiones. Va a ver su tienda. Por todas partes hay policía con gas lacrimógeno. El soldado viene para aquí. Me voy antes de que el soldado empiece a acosar a todo el mundo.

Chika se levanta despacio y se estira; le duelen las articulaciones. Caminará hasta la casa con verja de su tía porque no hay taxis por las calles, solo jeeps militares y coches patrulla destartalados. Encontrará a su tía yendo de una habitación a otra con un vaso de agua en la mano, murmurando en igbo una y otra vez: ¿Por qué les pedí a Nnedi y a ti que vinieran a verme? ¿Por qué me engañó de este modo mi chi? Y Chika agarrará a su tía con fuerza por los hombros y la llevará a un sofá.

De momento se desata el pañuelo de la pierna, lo sacude como para quitar las manchas de sangre y se lo devuelve a la mujer.

–Gracias.

–Lávate bien-bien la pierna. Saluda a tu hermana, saluda a los tuyos –dice la mujer, enrollándose la tela a la cintura.

–Saluda tú también a los tuyos. Saluda a tu bebé y a Halima.

Más tarde, cuando vuelva andando a la casa de su tía, cogerá una piedra manchada de sangre seca y la sostendrá contra el pecho como un macabro souvenir. Y ya entonces, con una extraña intuición, sabrá que nunca encontrará a Nnedi, que su hermana desapareció. Pero en ese momento voltea hacia la mujer y añade:

–¿Puedo quedarme con su pañuelo? Está sangrando otra vez.

La mujer la mira un momento sin comprender; luego asiente. Tal vez se percibe en su rostro el principio del futuro dolor, pero esboza una sonrisa distraída antes de devolverle el pañuelo y darse la vuelta para salir por la ventana.

 

(Tomado de www.lecturia.org)