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domingo, 21 de julio de 2024

Septiembre ardiente

William Faulkner

 

I

En el crepúsculo sangriento de septiembre, después de sesenta y seis días sin lluvia, el rumor corrió como fuego sobre hierba seca. Se trataba de algo relacionado con la señorita Minnie Cooper y un negro. Asaltada, atacada, aterrorizada: entre los hombres congregados aquel sábado en la peluquería, ninguno sabía exactamente lo que había ocurrido. El ventilador giraba sin lograr refrescar el aire viciado por los olores y hálitos acres, mezclados con los de lociones y pomadas.

–No puede haber sido Will Mayes –dijo uno de los peluqueros, un hombrecito delgado, de mediana edad, que tenía cabello color arena y un rostro bondadoso; estaba rasurando a un cliente–. Conozco a Will Mayes. Es una buena persona. Y también conozco a la señorita Minnie Cooper.

–Y ¿tú qué sabes de ella? –preguntó otro de los peluqueros.

–¿Quién es ella? –preguntó el cliente–. ¿Alguna muchacha?

–No –contestó el peluquero–. Debe tener sus cuarenta años y no es casada. Precisamente por eso no creo…

–Es que debes creerlo –dijo un muchacho pesado, cuya camisa estaba empapada de sudor–. ¿Cómo te atreves a creer más en la palabra de un negro que en la de una blanca?

–No creo que Will Mayes lo haya hecho –insistió el peluquero–. Conozco a Will.

–En ese caso, tú sabrás quién lo hizo y hasta lo habrás ayudado a escapar de la ciudad, maldito negrófilo.

–No creo que nadie lo haya hecho. Creo que no ha sucedido nada. Lo que pasa es que estas damas de cierta edad, que no han logrado casarse, se figuran que un hombre no puede…

–¡Oiga, qué clase de blanco es usted! –exclamó el cliente moviéndose bajo la toalla, mientras el muchacho se ponía en pie de un salto.

–¡Que no lo crees! –dijo este último–. ¿Te atreverías a acusar a una blanca de mentirosa?

El peluquero se quedó con la navaja en alto, sin mirar a nadie.

–La culpa es de este maldito tiempo –opinó uno de los presentes–. Es capaz de incitar a un hombre a hacer cualquier cosa, incluso con ella.

Nadie rio. El peluquero insistió con su voz suave y testaruda.

–Yo no acuso a nadie de nada. Todo lo que sé, y todos ustedes lo saben también, es que ella es una mujer que jamás ha…

–¡Maldito negrófilo! –exclamó el joven.

–¡Cállate, Butch! –pidió un tercero–. Vamos a tener tiempo de sobra para proceder cuando conozcamos los hechos.

–¿Quién está haciendo la averiguación? –preguntó el muchacho–. ¡Hechos! ¡Al diablo con los hechos! Yo…

–Tú sí que eres un blanco como debe ser –dijo el cliente. Con su barba cubierta de espuma parecía una rata de desierto de película–. Óyeme bien, Jack, si en este pueblo no hay hombres blancos, puedes contar conmigo, a pesar de que soy un viajante que está aquí sólo de paso.

–Está bien, muchachos –dijo el peluquero–. Averigüen la verdad primero. Les repito que conozco a Will Mayes.

–¡Por Dios! –exclamó el muchacho–. Pensar que hay en este pueblo un blanco que…

–Cállate, Butch –dijo el que había hablado después de él–. Tenemos tiempo de sobra.

El cliente se irguió para mirar a este último.

–Pero ¿acaso pretenderán que un negro que ataca a una blanca puede tener excusa? Usted, que es blanco, ¿se atreve a sostener semejante cosa? Lo mejor que podría hacer es regresar al norte, de donde viene. El sur no necesita tipos de su calaña.

–¿A qué norte? –le preguntó su interlocutor–. Nací y me crie en este pueblo.

–Bueno, ¡por Dios! –exclamó el muchacho mientras miraba a su alrededor con una expresión forzada y de contrariedad, como si tratara de recordar lo que quería decir o hacer. Se pasó la manga de la camisa por su empapado rostro–. ¡Que el diablo me lleve si yo voy a permitir que una blanca…!

–Así se habla, Jack –dijo el viajante–. Por vida de… ellos…

La puerta metálica se abrió bruscamente y apareció un hombre de modales desenvueltos, a pesar de su corpulencia. Usaba una camisa blanca, abierta en el cuello, y un sombrero de fieltro. Paseó su mirada ardiente y audaz por el grupo. Se llamaba McLendon, había mandado tropas en el frente de Francia y había sido condecorado por su valentía.

–¡Vamos! –exclamó–. ¿Así permanecen ustedes, sentados aquí, permitiendo que un negro ultraje a una blanca en las calles de Jefferson?

Butch, el hombre de la camisa de seda, saltó de nuevo. La seda de su camisa estaba pegada a su espalda y bajo cada axila había una media luna oscura.

–Eso es precisamente lo que decía. Eso es lo que…

–¿Acaso ha ocurrido algo realmente? –preguntó un tercero–. No sería la primera vez que ella tiene miedo de un hombre, como decía Hawkshaw. ¿No hace más o menos un año que se corrió una historia de un hombre que se había subido al techo de la cocina para verla desnudarse?

–¡Cómo! –dijo el cliente–. ¿Qué historia es esa?

Poco a poco el peluquero lo empujaba hacia atrás en la silla; pero él se detuvo semirreclinado con la cabeza levantada, mientras el peluquero continuaba tratando de reclinarla.

–¿Qué tiene que ver eso? –preguntó McLendon–. ¿Van a permitir que los negros intenten estas cosas hasta que alguno de ellos lo haga de verdad?

–¡Eso es lo que he estado diciéndoles! –gritó Butch, quien lanzó a continuación una serie de maldiciones.

–¡Eh, eh! –exclamó otro de los presentes–. No tan fuerte. No grites tanto.

–Sí –dijo McLendon–. Es inútil seguir discutiendo. Ya dije lo que tenía que decir. ¿Quién está conmigo? –y, plantándose sobre sus talones, paseó la mirada por los circunstantes.

El peluquero obligaba a su cliente a mantener la cara inmóvil bajo su navaja.

–Infórmense bien primero, muchachos –dijo–. Conozco a Will Mayes. No fue él. Hay que hacer las cosas en regla e ir a buscar al alguacil.

McLendon lo miró furioso, pero el peluquero sostuvo su mirada. Se hubiera dicho que eran dos hombres de raza diferente. Los demás peluqueros también habían dejado de trabajar sobre sus postrados clientes.

–¡Vaya! –exclamó McLendon–. ¿Acaso pretende creer en la palabra de un negro más que en la de una blanca?… ¡Maldito negrófilo…!

El tercer interlocutor, que también había sido soldado, se levantó y cogió a McLendon del brazo:

–Calma, calma. Aclaremos el asunto.

–¿Quién sabe qué ocurrió realmente?

–¡Que lo aclare el infierno! –dijo McLendon, liberando su brazo con un brusco tirón–. Los que estén de mi parte que se pongan de pie. En cuanto a los otros… –y miró a su alrededor, pasándose la manga por el rostro.

Tres hombres se levantaron. El viajante de comercio se enderezó en su sillón.

–Sáqueme este paño –dijo y tironeó la toalla que lo envolvía–. Estoy con él. No vivo aquí, santo Dios, pero si nuestras madres y nuestras hermanas… –se pasó la toalla por el rostro y la arrojó al piso en seguida.

McLendon, de pie, renegaba mientras tanto contra los otros. Un segundo cliente se levantó. Los otros permanecían sentados, muy incómodos, y evitaban mirarse. Después, uno a uno, se levantaron y se unieron a McLendon.

El peluquero recogió la toalla del piso y comenzó a doblarla con cuidado.

–Amigos míos –dijo–, no hagan eso. Will no es culpable.

–¡Adelante! –exclamó McLendon, dando media vuelta. La culata de un revólver automático asomaba por uno de sus bolsillos.

Salieron y la puerta metálica se cerró tras ellos, resonando en el aire muerto.

El peluquero limpió rápida y meticulosamente su navaja, la guardó, corrió hacia el fondo de su local y cogió su sombrero.

–Volveré en cuanto pueda –dijo a los demás peluqueros–. No puedo permitir que… –y salió corriendo.

Los otros dos peluqueros lo siguieron hasta la puerta, que sujetaron al rebotar. Después se asomaron a la calle y lo vieron alejarse. El aire era pesado y muerto. Dejaba en la lengua un sabor metálico.

–¿Qué puede hacer él? –preguntó el primero.

Mientras el segundo repetía a media voz:

–¡Santo Dios, Santo Dios…!

–No quisiera estar en el pellejo de Will Mayes, pero tampoco en el de Hawk, pues si él llega a encolerizar a McLendon…

–¡Santo Dios, Santo Dios! –repetía el segundo.

–¿Tú crees que el negro en verdad le hizo algo a ella? –preguntó el primero.

 

II

Ella tendría treinta y ocho o treinta y nueve años. Vivía con su madre inválida y una tía flaca, menuda y amarilla, en una casita de madera, en cuyo pórtico se le veía cada mañana entre diez y once, envuelta en una chambra orlada de encajes; allí se instalaba en una mecedora y permanecía hasta el mediodía. Después del almuerzo se tendía otra vez hasta que el calor de la tarde comenzaba a atenuarse. Entonces, vistiendo uno de los tres o cuatro vestidos de espumilla que se hacía confeccionar cada verano, bajaba al centro de la ciudad y pasaba la tarde en las tiendas, en compañía de otras damas, hurgándolo todo y discutiendo precios con voz seca y sin ninguna intención de comprar.

Pertenecía a una buena familia de Jefferson –no precisamente de las aristocráticas, pero sí de las mejores–, y conservaba aún cierta belleza y un modo de ser y de vestirse ligeramente llamativo y burdo. En su juventud había tenido un cuerpo esbelto y nervioso, lo que le permitió ser, durante un tiempo, el centro de la vida mundana del pueblo, circunscrita en su mayor parte a fiestas de escuela y de parroquia, en aquella etapa social en que sus contemporáneas eran aún demasiado jóvenes para abrigar nociones muy precisas sobre diferencias de clase.

Fue la última en darse cuenta de que perdía terreno y que aquellos entre quienes ella había sido una llama un poco más brillante, un poco más luminosa, comenzaban a saborear el placer del esnobismo –los hombres– y de las represalias –las mujeres–. Entonces su rostro adquirió esa expresión viva y salvaje. En las reuniones celebradas a la sombra de las verandas, ella lucía siempre aquel gesto como una máscara o una bandera, y en los ojos ese aire desconcertado del que rehúsa furiosamente ver la verdad. Una tarde, en una fiesta, oyó a un joven y dos muchachas, todos compañeros de clases, que hablaban de ella. Desde ese día, no volvió a aceptar jamás una invitación.

Vio a las muchachas, con las cuales se había educado, casarse y tener hijos y hogar, pero ningún pretendiente serio se le presentó a ella, y así llegó una época en que los hijos de las demás muchachas comenzaron a llamarla tía Minnie, mientras sus madres le contaban alegremente cuán popular había sido tía Minnie en su juventud. Por esa época la ciudad la vio pasearse en auto los domingos por la tarde con el cajero del banco. Él era viudo, frisaba la cuarentena, tenía un tinte muy subido y siempre olía débilmente a pomada de peluquería o a whisky. Él fue el primero que tuvo automóvil en el pueblo, un birlocho rojo, y Minnie la primera en lucir un sombrero y velo para automóvil. Entonces todo el mundo comenzó a decir: “¡Pobre Minnie!”; mientras otros agregaban: “¡Después de todo, ella tiene edad suficiente para cuidarse sola!”. Y en ese tiempo empezó a pedirles a los hijos de sus antiguas compañeras de colegio que la llamaran “prima” en vez de tía.

Hacía ya doce años que había sido relegada al adulterio por la opinión pública, y ocho que el cajero partiera a hacerse cargo de un puesto en un banco de Memphis; regresaba cada año en Navidad a pasar un día en un club de caza, donde se efectuaba una comida anual de solteros. Detrás de sus cortinas, las vecinas veían pasar al grupo que iba a la fiesta, y luego, en las visitas de Navidad, le contaban a Minnie cosas de él: acerca de cuán buen aspecto mostraba y de lo que habían oído decir sobre el éxito de sus negocios en la ciudad, mientras observaban atentamente la expresión huraña y viva del rostro de ella. Por lo general, durante aquellos días se le sentía en el aliento un olor a whisky, que le procuraba un empleado de la fuente de sodas.

–Por supuesto que yo se lo compro a la pobre muchacha. Después de todo, ella tiene derecho a divertirse un poco –decía él.

Su madre no abandonaba nunca su habitación, y la tía flaca y desvalida dirigía la casa, y en aquel ambiente los trajes de vivos colores de Minnie y sus días vacíos y odiosos adquirían un aspecto de furiosa irrealidad. Por las noches iba a algún cine, en compañía de algunas vecinas. Ahora salía únicamente con mujeres. Y todos los días, después del almuerzo, se ponía uno de sus trajes nuevos y bajaba sola al centro de la ciudad, donde sus jóvenes “primas” se paseaban hasta caer el crepúsculo, agitando sus cabecitas delicadas, sedosas y finas, sin saber qué hacer con sus brazos torpes, y conscientes de sus caderas. Tomadas del brazo chillaban entre ellas o reían con los muchachos en las fuentes de sodas, mientras Minnie pasaba delante de las tiendas; pero los hombres que allí permanecían ociosamente ni siquiera la seguían ya con la mirada.

 

III

El peluquero subió veloz por la calle, donde los focos, circundados por insectos, suspendían en el aire sin vida su reflejo rígido y violento. El día había muerto en una mortaja de polvo. Por encima de la sombra sepultada en el polvo, el cielo era tan claro como el interior de una campana de bronce. Bajo la línea del oriente se sentía el rumor de una luna dos veces llena.

Alcanzó a McLendon y los otros en el momento en que subían a un automóvil detenido en la callejuela. Mc Lendon asomó su pesada cabeza por debajo del toldo.

–¿Conque cambió de parecer, eh? –dijo–. Hizo bien. Santo Dios, cuando se sepa mañana en el pueblo la forma como habló usted esta tarde…

–Vamos, vamos –dijo el otro ex soldado–. Hawkshaw tenía razón. Ven, Hawk, sube al auto…

–No fue Will Mayes quien lo hizo, admitiendo que alguno lo hiciera –afirmó el peluquero–. Ustedes saben tan bien como yo que en ninguna parte los negros son tan buenos como aquí. Y saben también que las damas suelen imaginarse una cantidad de cosas respecto a los hombres sin razón alguna, y que la señorita Minnie, en resumidas cuentas…

–Claro, claro –dijo el soldado–. Si sólo queremos decirle unas cuantas palabras al negro. Eso es todo.

–¡Vete al diablo! –gritó Butch–. No es eso, sino que queremos terminar…

–¡Cállate, por amor de Dios! –dijo el soldado–. ¿O quieres que todo el mundo se entere de…?

–¡Dilo no más! –exclamó McLendon–. Diles a todos lo que se atreven a permitir que una blanca…

–Vamos, en marcha; aquí hay otro auto.

El segundo automóvil apareció con estrépito por entre una nube de humo en la bocacalle. McLendon puso en marcha el suyo y partió delante. El polvo quedó suspendido como una neblina en la calle. Las luces parecían envueltas en un nimbo de agua. Los dos autos salieron del pueblo.

Una callejuela, llena de vericuetos, torcía en ángulo recto. Sobre ella flotaba el polvo como sobre toda la tierra. La masa oscura de la planta frigorífica, donde el negro Mayes era velador, se alzaba contra el cielo.

–¿No les parece que sería mejor detenernos aquí? –preguntó el soldado.

Sin replicar, McLendon lanzó el auto hacia delante, que se detuvo de golpe, con los faros enfocados sobre una pared blanca.

–Escuchen, muchachos –dijo el peluquero–; si él está aquí, ¿no les bastará eso para demostrarles que no ha hecho nada? ¿No es verdad? Si hubiera sido él, habría huido. ¿No les parece?

El segundo automóvil se detuvo junto a ellos y McLendon descendió; Butch se apresuró a ponerse a su lado.

–Escuchen, muchachos… –repitió el peluquero.

–¡Apaguen las luces! –ordenó McLendon.

La oscuridad cayó sobre ellos. No se sentía más ruido que el de sus pulmones en busca del aire en el polvo seco en que vivían desde hacía dos meses; enseguida resonaron los pasos de McLendon y de Butch, y un momento más tarde se escuchó la voz del primero:

–¡Will…! ¡Will!...

En el este, la pálida hemorragia de la luna aumentaba. La luna remontaba las colinas plateando el aire y el polvo, de forma que ellos parecían respirar, vivir, en una taza de plomo derretido. No se escuchaba ruido alguno, ni de insecto ni de pájaro nocturno; nada más que un ligero ruido de metal en los automóviles y la respiración de los hombres. Cuando se rozaban sus cuerpos, parecía emanar de ellos un sudor seco, como si ya no tuvieran humedad.

–¡Cristo! –exclamó una voz–. ¡Vámonos de aquí!

Pero no avanzaron hasta que débiles ruidos comenzaron a crecer en la oscuridad que se extendía ante ellos; entonces bajaron y esperaron llenos de tensión, en la oscuridad expectante. Luego se escuchó otro ruido: un golpe, una expulsión silbante de aliento y un juramento lanzado por McLendon entre dientes. Todavía esperaron un momento y enseguida echaron a correr. Corrían en grupo, tropezando y dando traspiés, como si huyeran de algo.

–Mátenlo, maten al cochino –dijo una voz.

McLendon los hizo retroceder.

–Aquí no –dijo–. Súbanlo al automóvil.

–¡Mátenlo, maten al cochino negro! –repitió la voz.

Después arrastraron al negro hasta el auto. El peluquero se había quedado esperando junto a éste, sintiendo que un sudor pesado le corría por el rostro y que iba a tener náuseas.

–¿Qué pasa, capitanes? –preguntó el negro–. Yo no he hecho nada. Lo juro por Dios, señor John.

Alguien sacó esposas y todos se agruparon en torno del negro como si fuera un poste, y trabajaron a su alrededor mientras se atropellaban. El negro no opuso resistencia y paseó su mirada de uno a otro.

–¿Quién está aquí, capitanes? –dijo, inclinándose para escudriñarles los rostros hasta hacerlos sentir su aliento y el olor de su cuerpo humeante de sudor. Dijo uno o dos nombres–. Pero ¿qué pasa?, ¿qué he hecho, señor John?

McLendon abrió la puerta del automóvil.

–Sube –ordenó.

–¿Qué me van a hacer, señor John? No he hecho nada. Hombres blancos, capitanes, yo no he hecho nada. Lo juro por Dios.

–Sube –ordenó McLendon.

Luego golpeó al negro. Los otros, con la respiración seca y silbante, lo golpearon también al azar; el negro se retorció y los insultó, agitando sus manos encadenadas delante de su rostro, golpeó en la boca al peluquero, quien también le pegó.

–Súbanlo –ordenó McLendon.

Entre todos lo empujaron. El negro dejó de resistirse, subió al auto y se sentó sosegadamente, mientras los demás ocupaban sus respectivos lugares. Estaba entre el peluquero y el soldado, y encogía sus miembros para no rozarlos; sus ojos iban incesantemente de uno a otro. Butch se subió al estribo y el auto se puso en marcha. El peluquero se llevó el pañuelo a la boca.

–¿Qué te pasa, Hawk? –preguntó el soldado.

–Nada –replicó el peluquero.

Volvieron al camino real y se alejaron del pueblo. El segundo automóvil los seguía a cierta distancia, para evitar el polvo. Así continuaron, ganando velocidad hasta dejar atrás las últimas hileras de casas.

–¡Maldición! ¡Cómo apesta el condenado! –exclamó el soldado.

–Ya arreglaremos eso –dijo el viajante, que iba sentado delante, junto a McLendon.

Sobre el estribo, Butch lanzaba maldiciones contra la racha de aire tibio. El peluquero se inclinó de pronto hacia delante, tocando el brazo de McLendon.

–Déjame bajar, John –dijo.

–Si quiere, puede saltar, negrófilo –dijo McLendon sin voltear y acelerando.

Detrás de ellos, las luces del otro auto brillaban en el polvo. McLendon tomó luego por un camino angosto, lleno de surcos por falta de uso, que conducía a unos hornos de ladrillo abandonados, consistentes en una serie de montículos rojizos, y malezas y calderas cubiertas de hiedra y sin fondo. En otro tiempo aquel sitio había servido para pastoreo, hasta que un día el propietario echó de menos una de sus mulas y aun cuando había tanteado con mucho cuidado las calderas con una larga vara, no había podido encontrar ni siquiera el fondo de ellas.

–John –repitió el peluquero.

–Salte, vamos –dijo McLendon y lanzó el auto a toda velocidad a lo largo de las grietas.

Junto al peluquero el negro habló:

–Señor Henry.

El peluquero se echó hacia delante. El túnel angosto del camino pasaba velozmente frente a sus ojos. El movimiento que hacían era como el resoplido de algún horno extinguido: más fresco, pero totalmente muerto. El auto daba saltos de surco en surco.

–Señor Henry –repitió el negro.

El peluquero comenzó a sacudir furiosamente la puerta.

–¡Cuidado! –exclamó el soldado; pero el peluquero, de un puntapié, la había abierto y se suspendía sobre el estribo.

El soldado se inclinó por encima del negro y extendió las manos para cogerlo, pero el peluquero ya había saltado. El auto continuó sin detenerse.

El ímpetu de su salto lo arrojó entre las malezas cubiertas de polvo y fue a caer a la zanja. Una nube de polvo se levantó a su alrededor y en medio de aquel montón crepitante de tallos secos se quedó palpitante, sacudido de náuseas, hasta que el segundo auto pasó y se perdió de vista. Entonces se levantó y se alejó arrastrando una pierna. Al llegar al camino principal tomó hacia la ciudad, mientras se sacudía las ropas. La luna se hallaba más alta, navegando ahora, clara y limpia, por el cielo; al cabo de un instante comenzaron a relucir, bajo el polvo, las luces del pueblo. Siguió su camino, cojeando, hasta que de repente sintió los automóviles. La luz de los faros crecía en el polvo detrás de él. Entonces se apartó y se agachó de nuevo entre las malezas hasta que pasaron. El vehículo de McLendon iba detrás. Adentro había ahora cuatro personas, y Butch no iba en el estribo.

Desaparecieron tragados por el polvo. La luz y el ruido se extinguieron. El polvo levantado flotó aún durante un instante, pero pronto el polvo eterno volvió a absorberlo. El peluquero volvió otra vez al camino y emprendió, cojeando, el regreso a la ciudad.

 

IV

Aquel sábado, mientras se vestía para comer, tuvo la impresión de que todo su cuerpo ardía. Sus manos temblaban, sus ojos tenían un brillo afiebrado, y sus cabellos crujían y se arremolinaban crepitantes bajo la peineta. Todavía no había acabado de vestirse cuando sus amigas vinieron a buscarla. Esperando que terminara, se sentaron junto a ella mientras se ponía la ropa interior, sus medias más finas y su nuevo traje de espumilla.

–¿Te sientes bastante fuerte para salir? –le preguntaban mientras los ojos les brillaban con un sombrío fulgor–. Cuando te hayas recobrado de la impresión nos contarás todo, lo que él dijo e hizo, en fin, todo.

En la oscuridad frondosa, mientras bajaban a la plaza, ella se puso a respirar profundamente, como una nadadora que se apresta a zambullirse, hasta que dejó de temblar. Las cuatro caminaban lentamente a causa del terrible calor y por deferencia hacia ella. Pero cuando se aproximaron a la plaza empezó a temblar de nuevo. Caminaba con la cabeza erguida y las manos aferradas a sus costados, mientras junto a ella resonaban las voces de sus amigas con esa misma cualidad afiebrada y centelleante que tenían sus ojos.

Llegaron a la plaza; ella iba en el centro del grupo y se veía muy frágil con su traje nuevo. Cada vez temblaba más y caminaba con más lentitud, como los niños que saborean un helado. Con la cabeza alta y los ojos brillantes en medio del indómito estandarte que era su rostro, pasó frente al hotel, donde los viajantes, sentados en las sillas de la acera, en mangas de camisa, se volvían para mirarla.

–Ahí está. Ésa es. La de rosa, la que va en medio.

–¿Con que ésa es…? Y ¿qué hicieron con el negro? ¿Le dieron su merecido?

–Por supuesto. Todo está arreglado.

–¿De verdad?

–Claro. Él emprendió un pequeño viaje.

Después pasaron frente a la botica, donde los jóvenes que haraganeaban en la puerta se quitaron el sombrero y siguieron con los ojos el movimiento de sus caderas.

Siguieron su camino, mientras los hombres se quitaban los sombreros a su paso y las voces callaban súbitamente, deferentes, protectoras.

–¿Ves? –le decían sus amigas–. No hay un solo negro en la plaza. Ni uno solo.

Y sus voces resonaban como el eco de suspiros mucho tiempo contenidos.

Por fin llegaron al cine. Se habría dicho un país encantado en miniatura, con su hall completamente iluminado y sus litografías de colores que retrataban la vida en sus terribles y hermosas mutaciones. Ella empezó a sentir una comezón en los labios. En la oscuridad, cuando empezara la película, se le pasaría; allí podría contener su risa a fin de no malgastarla tan pronto. Cruzó apresurada ante los rostros que volteaban para mirarla, cuchicheando algo, hasta ocupar su asiento de costumbre, donde podía ver el pasillo en medio del resplandor plateado, y a los jóvenes y muchachas que entraban en parejas.

Las luces se apagaron y la vida comenzó a deslizarse en la sábana de plata, hermosa, apasionada y triste, mientras los jóvenes y muchachas seguían llegando, perfumados y cuchicheando en la semioscuridad. Sus cuerpos nerviosos y esbeltos desbordaban juventud divina. Más allá, ante ellos, el sueño de plata se acumulaba inevitable, infinito. De repente, Minnie se puso a reír. Tratando de contenerse, no logró sino hacer más ruido. Las cabezas comenzaron a voltear. Ella siguió riendo hasta que sus amigas la hicieron levantarse y la llevaron afuera. En la acera siguió sacudida por una risa aguda hasta que llegó el taxi al cual la subieron.

En su casa le quitaron el vestido rosa, las medias, la ropa interior, y la acostaron. Le pusieron hielo en las sienes y mandaron buscar al médico. En su espera, siguieron aplicándole compresas de hielo, abanicándola y hablando en voz baja. Mientras el hielo permanecía sólido, ella dejaba de reír y se quedaba quieta, conformándose con quejarse débilmente. Mas pronto la risa la envolvía otra vez y su voz se alzaba estridente.

–¡Shshshshsh! ¡Shshshshsh! –le susurraban sus amigas, cambiando el hielo y acariciándole la cabeza, mientras buscaban con disimulo sus cabellos grises–. ¡Pobrecita!

Luego se decían, cuchicheando entre ellas:

–¿De veras crees que algo ocurrió? –y los ojos brillaban con un resplandor perverso, apasionado y secreto–. ¡Shshshshsh! ¡Pobrecita, pobrecita Minnie!

 

V

Era medianoche cuando McLendon detuvo su automóvil delante de su hermosa casa nueva, que era fresca, pequeña y coqueta como una jaula de pájaros. Cerró la portezuela, subió al portal y entró. Su esposa se levantó de la silla donde leía, junto a la lámpara. McLendon se detuvo en medio de la habitación y la miró con tanta fijeza que ella bajó los ojos.

–Mira la hora que es –dijo y alzó el brazo para mostrarle el reloj. Ella permaneció de pie frente a él, con el rostro inclinado y la revista entre las manos. Estaba pálida y parecía cansada–. ¿Cuántas veces te he dicho que no te quedes esperándome para saber a qué hora regreso?

–John –dijo ella, dejando la revista sobre la mesa.

Apoyado sobre sus talones, él la miró fijamente con sus ojos afiebrados y el rostro sudoroso.

–¿Cuántas veces te lo he dicho? –insistió, avanzando hacia ella y cogiéndola por los hombros.

Pasiva, la mujer alzó los ojos hasta él.

–Déjame, John. No podía dormir… el calor… no sé qué… Déjame, John, me haces daño…

–¿Cuántas veces te lo he dicho? –repitió él.

Golpeándola, la arrojó sobre la silla, donde ella permaneció inmóvil; lo siguió con la mirada mientras él abandonaba la habitación.

McLendon atravesó la casa, quitándose a tirones la camisa empapada, hasta llegar al oscuro portal; allí se detuvo y, tras enjuagarse la cabeza y la espalda con la camisa, la arrojó lejos. En seguida sacó el revólver de su bolsillo, lo dejó sobre la mesita cercana a la cama, se sentó en ésta y se quitó los zapatos y los pantalones. Sudaba otra vez. Se inclinó furiosamente para buscar su camisa. Por fin la encontró y, secándose de nuevo, permaneció de pie, agitado, con el cuerpo apoyado en la cama. Ni un ruido, ni un movimiento, ni un insecto. Se hubiera dicho que el mundo oscuro yacía abatido entre la palidez fría de la luna y el insomnio de las estrellas.

 

miércoles, 29 de mayo de 2024

El tío Willy

William Faulkner

 

I

Yo ya sé lo que decían. Decían que no me escapé de la casa, sino que me llevó con triquiñuelas un zafado que, si no lo hubiera matado yo, me habría matado en menos de una semana. Pero si hubieran dicho que las mujeres, las buenas mujeres de Jefferson, habían echado al tío Willy del pueblo y que yo me había ido tras él porque sabía de sobra que el tío Willy esa vez estaba en las últimas, que era su última correría, y que esa vez cuando lo atraparan sería la definitiva, no les habría faltado razón. Y es que no me llevó él, además de que el tío Willy no estaba loco, ni siquiera después de todo lo que le habían hecho pasar. No tuve por qué ir; no tuve por qué irme con él, así como tampoco tuvo el tío Willy por qué invitarme, en vez de dar por sentado que yo tenía unas ganas locas de ir con él. Si me fui fue porque el tío Willy era el mejor de los hombres que he conocido, y es que ni siquiera las buenas mujeres pudieron con él, porque muy a pesar de todas ellas terminó por vivir divirtiéndose sólo por el hecho de estar vivo, y murió haciendo lo que más le divertía de todo, porque además estuve yo a su lado para echarle una mano. Y eso es algo que la mayoría de los hombres y también de las mujeres no suelen lograr ni de lejos, ni siquiera las mujeres a las que tanto divierte entrometerse en las vidas ajenas.

No es que fuera tío de nadie, sino que lo era de todos nosotros, y también los adultos lo llamaban tío Willy, o pensaban en él por ese apelativo. No tenía más parentela que una hermana que vivía en Texas y que se había casado con un millonario del petróleo. Vivía por su cuenta en una casita aseada, vieja, la misma en que había nacido, en las afueras del pueblo, y allí vivía junto con un viejo negro al que llamaban Job Wylie, que aún era más viejo que él, y que le cocinaba y se ocupaba de la casa y era el recadero de la tienda que había montado el padre del tío Willy y que el tío Willy había llevado sin más ayuda que la del viejo Job, y durante doce o catorce años (lo que llevábamos vivido nosotros, los niños y los chicos), mientras se dedicó solo a consumir drogas lo vimos muy a menudo. Nos gustaba ir a su tienda porque siempre se estaba fresquito, a la sombra, en silencio, y es que nunca limpiaba las ventanas; contaba que la razón de que así fuera es que así no se tomaba la molestia de poner cortinas, porque nadie iba a ver el interior, y tampoco el calor se iba a colar allí dentro. Y nunca tenía más clientes que los campesinos que iban a comprar medicamentos ya embotellados, o en frascos, y los negros que le compraban las cartas y los dados, porque nadie le había dado ocasión de preparar una receta en unos cuarenta años, calculo yo, y nunca hizo negocio vendiendo helados y refrescos, porque era el viejo Job el que lavaba los vasos y mezclaba los jarabes y preparaba los helados ya desde que el padre del tío Willy montó el negocio en mil ochocientos cincuenta y tantos, así que a estas alturas el viejo Job no veía gran cosa, y eso que papá decía que no le parecía que el viejo Job también le diera a las drogas, sino que era sólo porque respiraba a diario, y también de noche, el aire que acababa de salir de los pulmones del tío Willy.

Pero a nosotros el helado nos sabía bien bueno, sobre todo cuando íbamos a la tienda acalorados después de un partido de beisbol. Jugábamos en una liga de tres equipos del pueblo y era el tío Willy quien daba el premio, una pelota, un bate o una careta de cácher en cada uno de los partidos, y eso que nunca venía a vernos jugar, de modo que al terminar cada partido los dos equipos y a veces el tercero íbamos a la tienda a ver cómo daba el premio al ganador. Y allí nos comíamos los helados y todos pasábamos luego a la trastienda, donde la vitrina de los medicamentos, y veíamos al tío Willy encender la parrilla de alcohol y llenar la jeringa y remangarse y veíamos asomar la miríada de puntos azulados que tenía en la cara interna del brazo y que hasta se le escondían debajo de la camisa. Y al día siguiente era domingo y nos sentábamos a esperar cada cual en su parcela y nos acompasábamos a su paso, según iba pasando por delante de cada una de las casas, y con él íbamos a la catequesis, el tío Willy con nosotros, en la misma clase que nosotros, sentado con nosotros mientras recitábamos el catecismo y las demás lecciones. El señor Barbour, el que impartía la catequesis, nunca lo hacía salir a la pizarra. Terminábamos entonces la lección y hablábamos de beisbol hasta que sonaba la campana y el tío Willy seguía sin decir ni mu, seguía sentado todo aseado, bien vestido, con un cuello de camisa bien limpio, sin corbata, con unos cuarenta kilos de peso y los ojos tras los cristales de los anteojos, unos ojos en los que todo se le mezclaba, como los huevos rotos. Luego íbamos todos a la tienda y nos zampábamos el helado que hubiera sobrado del sábado y pasábamos a la trastienda, donde la vitrina de los medicamentos, y lo volvíamos a ver: la parrilla y su mejor camisa, la de los domingos, remangada; la aguja que se introducía lentamente en la vena del brazo azulado, y alguien que decía: “¿Y eso no le duele?”, y él que contestaba: “No, qué va. A mí me gusta”.

 

II

Luego lo obligaron a dejar la droga. Llevaba cuarenta años consumiéndola, nos lo dijo una vez, y ya tenía sesenta, así que como mucho le quedaban diez por delante, sólo que eso no nos lo dijo, porque a los chicos de catorce años no hace ninguna falta decirles una cosa así. Pero lo obligaron a dejarla. No les costó mucho. La cosa empezó un domingo por la mañana y estaba más que terminada al viernes siguiente; nos habíamos sentado en el aula y el señor Barbour había dado comienzo a la lección cuando de buenas a primeras el reverendo Schultz, el párroco, allí apareció y se agachó acercando la boca a la oreja del tío Willy y ya lo había levantado de su pupitre, llevándoselo a rastras y hablando en ese tono en el que hablan los predicadores con los chicos de catorce años, ese tono que ni los más bobos ni los maricas se terminan de creer: “A ver, hermano Christian: ya sé que mucho te fastidia dejar a medias la lección que imparte el hermano Barbour, pero ahora vamos a ir tú y yo a reunirnos con el hermano Miller y con los demás, a ver qué nos sabe contar sobre este pasaje tan hermoso y tan edificante, tan reconfortante”. Dicho lo cual el tío Willy seguía tratando de quedarse en el aula y nos miraba con los ojos nublados, pestañeando, y diciendo a las claras justo lo que estaba pasando: “¿Qué es esto? Compañeros, díganme, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que piensan hacerme?”.

Tampoco lo sabíamos nosotros. Terminamos la lección; ese día no hablamos de beisbol; pasamos por delante del cuarto en el que se reunían los hombres con el señor Miller para estudiar los pasajes de la Biblia, el reverendo Schultz sentado en medio de todos ellos, como todos los domingos, como si fuera uno más, normal y corriente, como todos ellos, aunque era como si sobresaliese, como si abultara en medio de los demás y no tuviera que mover un dedo ni decir palabra para recordarles que de normal y de corriente no tenía ni un pelo; siempre me acordaba del Día de los Inocentes de aquel año en que la señorita Callaghan pasó lista y bajó del estrado y dijo: “Hoy voy a ser yo una alumna más”, y se sentó en uno de los pupitres que estaban libres y llamó a varios alumnos y les indicó que subieran al estrado, donde estaba su mesa, y que dieran ellos la lección, y eso habría tenido su gracia siempre y cuando uno recordara que era el Día de los Inocentes y que al día siguiente ya no lo sería. Y el tío Willy estaba sentado junto al reverendo Schultz y parecía más menudo que nunca, y no sé por qué, pero me acordé de un día del verano anterior, cuando se llevaron al manicomio a un campesino que se apellidaba Bundren, al manicomio de Jackson, aunque no es que estuviera demasiado zafado, y en todo momento supo a dónde se lo llevaban, allí sentado junto a la ventanilla del tren, esposado a un ayudante del alguacil que era muy gordo y que iba fumando un puro.

Se terminó entonces la catequesis y salimos a esperarlo, a que viniera para ir a la tienda a tomarnos un helado. Pero no salió. No salió hasta que terminó el servicio en la iglesia, y fue la primera vez que estuvo en la iglesia, al menos que supiéramos nosotros o que supiera nadie, según me dijo papá, y salió más tarde con la señora Merridew a un lado y el reverendo Schultz al otro, que lo seguía sujetando por el brazo mientras él nos buscaba con la mirada y decía, con más desesperación que antes, “Compañeros, ¿qué es esto? Compañeros, ¿qué está pasando aquí?”, y el reverendo Schultz lo metió de un empujón en el coche de la señora Merridew y ésta dijo en voz alta y clara: “Ahora, señor Christian, me lo voy a llevar a mi casa y allí le voy a preparar un bonito vaso de limonada fresca y luego nos vamos a comer un pollo bien rico y después se va a echar usted una bonita siestecita en mi hamaca y entonces vendrán el hermano y la hermana Schultz e iremos todos a tomarnos un helado bien rico”, a lo que el tío Willy decía: “No, no, señora, ¡espere! ¡Espere un momento, que tengo que ir a la tienda a preparar una receta! ¡Lo tengo prometido desde esta mañana!”.

Lo metieron en el coche a empujones y allí nos quedamos nosotros; así desapareció de nuestra vista, sentado junto a la señora Merridew en su coche, como desapareció Darl Bundren con el ayudante del alguacil en el tren, y para mí que lo llevaba ella sujeto por la muñeca, y eso que no le hizo falta esposarlo, y el tío Willy nos lanzó una única mirada de pasmo, de desesperada desesperanza.

Y es que ya pasaba de largo una hora de la hora de su inyección y esa tarde cuando por fin se escabulló de las garras de la señora Merridew eran cinco las horas que pasaban, por eso ni pudo siquiera meter la llave en la cerradura, así que la señora Merridew y el reverendo Schultz lo vieron y esta vez ni dijo nada ni miró a nadie: sólo intentó escaparse como intenta escaparse un gato medio asilvestrado. Se lo llevaron a su casa y la señora Merridew mandó un telegrama a su hermana, la de Texas, y el tío Willy no apareció por el pueblo en tres días, porque la señora Merridew y la señora Hovis se turnaron para estar con él a todas horas, en la casa, de día y de noche, hasta que llegara la hermana de Texas. Entonces estábamos de vacaciones y el partido de beisbol lo jugamos el lunes y esa tarde la tienda seguía cerrada a cal y canto y hasta el miércoles por la tarde no vimos al tío Willy, que apareció corriendo a todo correr.

No llevaba camisa y no se había afeitado y no hubo forma de que metiera la llave en la cerradura, y entre jadeos y gimoteos acertó a decir: “Por fin se ha dormido, por fin se ha dormido”, y así hasta que uno de nosotros tomó la llave y le abrió la puerta. También tuvimos que prenderle la parrilla y llenarle la jeringa, que esa vez no entró despacio en la vena de su brazo, pues pareció que intentase clavársela hasta el hueso. Después no regresó a su casa. Dijo que no necesitaba nada para echarse a dormir y nos dio el dinero y nos dejó salir por la puerta de atrás y compramos unos bocadillos y un frasco de café en el café y allí lo dejamos tendido.

Al día siguiente fueron la señora Merridew y el reverendo Schultz y otras tres señoras; el ayudante del alguacil, a sus órdenes, hizo saltar la cerradura, y la señora Merridew sujetó al tío Willy por el cuello y lo sacudió y le habló en susurros que se oían perfectamente: “¡Serás desgraciado! ¡Serás desgraciado, enano! ¿Cómo se te ocurre escaparte de mí, bruto?”, y el reverendo Schultz decía: “A ver, a ver, hermana; domíneseme”, mientras las otras tres señoras gritaban a voz en cuello “señor Christian” y “tío Willy” y “Willy”, según la edad que tuvieran o según el tiempo que llevaran viviendo en Jefferson. No les costó mucho.

Esa misma noche llegó la hermana de Texas y cuando pasamos por delante de la casa vimos a las señoras en el porche de la entrada, o entrando y saliendo por la puerta, y el reverendo Schultz era como si sobresaliera, como si abultara en medio de todas ellas, como en el cuarto donde el señor Miller comentaba los pasajes de la Biblia, y atinamos a colarnos por el seto y los oímos hablar por la ventana, oímos llorar y despotricar al tío Willy, lo oímos intentar por todos los medios levantarse de la cama, y oímos a las señoras decir: “Vamos, vamos, señor, Christian; vamos, vamos, tío Willy”, y también: “Vamos, Bubber”, porque allí también estaba su hermana; y oímos al tío Willy llorar y rezar y despotricar y maldecir. Y así llegó el viernes y se rindió. Los oímos a todos sujetarlo en la cama; digo yo que debió de ser su última intentona, su última correría, porque nadie tuvo tiempo entonces de decir ni pío; y al cabo lo oímos a él, con una vocecilla floja, sin resuello, jadeando.

–Esperen, esperen –decía–. ¡Esperen un momento! Se los voy a pedir por última vez. ¿Quieren hacer el favor de dejarme en paz? ¿Quieren largarse de una vez? ¿Quieren hacerme el favor de irse todas al infierno y dejarme a mí tranquilo, que ya iré yo cuando buenamente pueda?

–No, señor Christian –dijo la señora Merridew–. Sepa usted que esto lo hacemos para salvarlo.

Durante un minuto no oímos nada. Luego oímos al tío Willy desplomarse de nuevo en la cama, dejarse caer como un fardo.

–De acuerdo –dijo–. De acuerdo, como quieran.

Fue como uno de esos corderos que se sacrificaban en la Biblia. Fue como si hubiera subido él solito al altar y se hubiera dejado caer patas arriba y ofreciera el cuello y dijera: “Muy bien, adelante, vengan por mí y acabemos de una vez. Que me degüellen cuanto antes y que me dejen en paz sobre el fuego”.

 

III

Estuvo enfermo mucho tiempo. Se lo llevaron a Memphis y dijeron que se iba a morir. La tienda quedó cerrada a todas horas, y al cabo de unas cuantas semanas ni siquiera mantuvimos en marcha los partidos de la liga. No eran sólo los bates y las pelotas, no era eso. Pasábamos por delante de la tienda y veíamos el candado grande y viejo y veíamos aquellas ventanas por las que no se podía ver nada, no alcanzábamos a ver el interior, donde comíamos tantos helados y le contábamos quién había ganado y quiénes habían hecho buenas jugadas y él seguía allí sentado en su taburete, con la parrilla encendida y la droga hirviendo y burbujeando y la jeringa esperando en su mano, mirándonos con aquellos ojos que no dejaban de pestañear, nublados y diluidos tras los cristales de los anteojos, tanto que no se sabía dónde tenía las pupilas, al contrario de lo que sucede con tantos otros ojos. Y los negros y los campesinos que comerciaban con él también acudieron a ver qué pasaba y se encontraron el candado, y nos preguntaron qué tal estaba y cuándo iba a volver a abrir la tienda, porque ni siquiera después de que se abriera de nuevo la tienda quisieron comerciar con el dependiente que habían puesto la señora Merridew y el reverendo Schultz en la tienda. La hermana del tío Willy dijo que lo de la tienda era lo de menos, que se podía quedar cerrada, porque ella se ocuparía de cuidar al tío Willy si es que se ponía bien. Pero la señora Merridew dijo que no, que no sólo se había propuesto curar al tío Willy, sino que además le iba a procurar un renacer completo, no sólo para que ingresara en la cristiandad verdadera, sino también en el mundo de las cosas prácticas, donde habría un sitio esperándolo para que pudiera ir por la vida con la cabeza bien alta, no sólo con honor, sino también con orgullo, entre sus congéneres los hombres; dijo que al principio sólo tuvo la esperanza de arreglar el desaguisado para que no tuviera él que dar la cara ante el Creador siendo esclavo en cuerpo y alma de la morfina, pero que ahora que estaba bastante más fuerte de lo que nadie hubiera creído posible iba a encargarse ella en persona de que ocupara el lugar en el mundo al que su apellido lo hacía acreedor ya desde antes de que lo deshonrase.

Fue ella quien, con el reverendo Schultz, encontró al dependiente. Llevaba en Jefferson unos seis meses. Tenía cartas de recomendación para la iglesia, pero nadie, salvo el reverendo Schultz y la señora Merridew, nadie sabía nada de él. Es decir, que lo nombraron ellos dependiente de la tienda del tío Willy; nadie más sabía lo que se dice nada de él. Pero los clientes y proveedores antiguos del tío Willy no quisieron comerciar con él, ni comprarle ni venderle nada. Y nosotros tampoco. No es que le hubiéramos generado nosotros muchas ganancias, pero no contábamos, desde luego, con que nos invitase a tomar un helado, y tampoco creo que hubiéramos aceptado de él un helado en el supuesto de que nos lo hubiera ofrecido. Y es que él no era el tío Willy, y en poco tiempo ni siquiera el helado era el mismo, porque lo primero que hizo el dependiente después de limpiar las ventanas fue despedir al viejo Job, sólo que el viejo Job se negó a dejar el empleo. Se quedó merodeando alrededor de la tienda a pesar de los pesares, murmurando, y el dependiente lo echaba en cuanto lo veía por la puerta, y el viejo Job se le colaba entonces por detrás, y el dependiente volvía a encontrarlo y lo maldecía entre susurros, insultaba al viejo Job y lo regañaba por más cartas de recomendación que tuviera para la iglesia; fue a que le emitieran una orden de alejamiento y el alguacil le dijo al viejo Job que tendría que permanecer lejos de la tienda. El viejo Job se plantó entonces en la acera de enfrente. Se pasaba el día entero sentado en el bordillo, justo allí donde veía de frente la puerta de la tienda, y cada vez que el dependiente se asomaba el viejo Job se ponía a gritar: “¡A tos se lo vía decí! ¡A tos se lo digo yo!”. Y hasta nosotros dejamos de pasar por la tienda. Alcorzábamos por la esquina para no tener que pasar por delante, por las ventanas relimpias, y no cruzarnos con la clientela que tenía –vendía mucho a la gente de la parte nueva del pueblo– al salir y al entrar, y nos parábamos sólo lo justo para preguntarle al viejo Job por el tío Willy, y eso que ya teníamos noticias llegadas de Memphis a diario, acerca de él, y sabíamos que el viejo Job no tendría nada nuevo que contarnos, no llegaría a enterarse bien del todo aunque alguien se lo contara con pelos y señales, puesto que nunca se llegó a creer que el tío Willy estuviera enfermo, sólo creía que la señora Merridew se lo había llevado quién sabe a dónde, por la fuerza, y que lo tenía sujeto a otra cama en otra parte, para que no pudiera levantarse y volver; y el viejo Job se pasaba el día sentado en el bordillo de la acera y nos guiñaba el ojo, los ojillos acuosos y enrojecidos que tenía, como hubiera hecho el tío Willy, y decía: “¡A tos se lo vía decí! ¡Por la fuerza lo tienen sujeto allá lejo, mientraste botarate mierda se queda por la jeta con la tienda del señó Hoke Christian! ¡Se lo vía decí a tos!”.

 

IV

El tío Willy no murió. Un buen día volvió con la piel del color de la cera y con cerca de sesenta kilos de peso, y con los ojos como los huevos rotos, solo que huevos muertos, huevos que llevaban tanto tiempo rotos que ya ni olor despiden, hasta que uno los mirara a fondo y viera que cualquier cosa podían ser, cualquier cosa del mundo, salvo una cosa que bien muerta estuviera. Eso fue después de que nos volviera a conocer. No quiero decir que se hubiera olvidado de nosotros exactamente. Era como si aún nos tuviera aprecio por ser chicos, pero como si no nos hubiera visto nunca, y tuvo que volver a aprenderse los nombres y las caras y a qué nombre correspondía qué cara. Su hermana regresó a Texas, porque era la señora Merridew quien iba a cuidar de él hasta que estuviera recuperado del todo y completamente sanado. Sí. Sanado.

Recuerdo la primera tarde en que volvió a vérsele por el pueblo y fuimos a pie a la tienda y el tío Willy miró las ventanas relimpias, que ahora se veía todo a través de ellas, y miró a la clientela, a todos los que nunca quisieron comprarle ni venderle nada, y el dependiente le dijo: “Usted es mi dependiente, ¿entendido?”, y el dependiente se puso a hablar de la señora Merridew y del reverendo Schultz y el tío Willy dijo: “De acuerdo, de acuerdo”, y también él se tomó entonces un poco de helado de pie en el mostrador, del mismo lado que nosotros, como si fuera un cliente más, mirando todo lo que tenía alrededor en la tienda mientras se tomaba el helado, y eso que esos ojos no estaban ni mucho menos muertos, y dijo aquella vez: “Pues, a lo que se ve, le ha sacado usted más partido que yo al vejestorio de mi maldito negro”, y algo empezó a decir el dependiente sobre la señora Merridew y el tío Willy le dijo “De acuerdo, de acuerdo; encuéntreme ahora mismo a Job y dígale que cuento con verlo aquí todos los días, y que quiero que la tienda esté en adelante tal como está ahora”. Fuimos a la trastienda, donde estaba la vitrina de los medicamentos, donde el tío Willy también se quedó mirándolo todo, asombrado de que el dependiente lo hubiera limpiado tanto y de que hubiera un candado nuevo, grande, en la vitrina donde se guardaban las drogas y demás, mirándolo y remirándolo con aquellos ojos de los que nadie en su sano juicio diría que los tenía muertos, igual me da quién fuera, y dijo “Sal ahí y le dices a ese pájaro que quiero mis llaves”. Pero no estaban ni la parrilla ni la jeringa. La señora Merridew los había hecho añicos aquel mismo día. Pero tampoco debió ser eso, porque el dependiente volvió y se puso a decir no sé qué de la señora Merridew y el reverendo Schultz, y el tío Willy lo escuchaba y decía “De acuerdo, de acuerdo”, y eso que hasta entonces nunca lo habíamos visto reír y la cara ya no le cambiaba de color, pero nosotros bien sabíamos que por dentro se estaba mondando de risa. Salimos entonces. Él dio vuelta nada más llegar a la plaza por la Calle Los Negros y se fue derecho a la tienda de Sonny Barger y fui yo quien cogió el dinero y le compré un refresco de jengibre de Jamaica y luego salí de la tienda de Sonny y los alcancé y fuimos todos a casa del tío Willy y nos sentamos en la hierba de la entrada mientras él se tomaba el refresco de jengibre de Jamaica y volvía a repetir uno por uno los nombres de todos nosotros.

Y esa noche nos reunimos con él en donde nos había dicho. Llevaba la carretilla y la palanqueta y saltamos la cerradura de la puerta de atrás y luego la vitrina, con el candado nuevo y todo, y sacamos la lata de alcohol y la llevamos a casa del tío Willy y la escondimos en el granero. Casi tres galones tenía y él se pasó cuatro semanas sin aparecer por el pueblo y volvió a enfermarse y la señora Merridew entró como un torbellino en la casa y se puso a abrir uno por uno todos los cajones y a vaciar todos los armarios y el tío Willy estaba en cama y la miraba con esos ojos que muy lejos estaban de ser ojos muertos. Pero nada pudo encontrar porque ya no quedaba nada, además de que no tenía ni idea de qué estaba buscando, porque estaba buscando una jeringa. Y la noche en que el tío Willy volvió a levantarse de la cama y volvió a la tienda y fuimos a la vitrina y vimos que ya estaba abierta y el taburete del tío Willy estaba junto a la puerta y había un frasco de alcohol de un cuarto de galón que se veía nada más entrar y eso fue todo, no hubo más. Y supe entonces que el dependiente sabía quién se había llevado el alcohol la otra vez, pero no supe por qué no se lo dijo a la señora Merridew hasta que pasaron un par de años.

Yo al menos no lo supe hasta que pasaron un par de años, y a lo largo de un año al tío Willy le dio por ir a Memphis todos los sábados en el coche que su hermana le regaló. Escribí la carta mientras el tío Willy me miraba por encima del hombro y me iba dictando, la carta en la que contaba que iba mejorando bastante de salud, aunque no tan deprisa como parecía querer el médico, y contaba que el médico había dicho que no sería bueno que fuera a pie a la tienda y que por eso necesitaba un coche, pero no un coche de los caros, sino un coche pequeño, normalito, que él mismo pudiera manejar, o a lo mejor encargar a un negro joven que lo manejara, siempre y cuando su hermana pensara que no era de veras bueno que fuera a pie hasta la tienda: y ella le mandó el dinero y él se buscó a un negro de cabeza revuelta, más o menos de mi talla, que se llamaba Secretary, y que se encargaba de manejar su coche y llevarlo a donde quisiera. Es decir, que Secretary dijo que sabía manejar; es seguro que tanto él como el tío Willy aprendieron a manejar en los viajecitos nocturnos que hacían por la zona montañosa, cuando iban a comprar whisky de maíz, y Secretary aprendió rápidamente a manejar por Memphis, pues de allí volvían todos los lunes por la mañana con el tío Willy anestesiado del todo en el asiento de atrás, con un olor en la ropa que era como ese olor cuyo origen no iba a descubrir yo de primera mano hasta que pasaran unos cuantos años, y dos o tres botellas medio vacías, y una libreta llena de números de teléfono y de nombres como Lorine y Billie y Jack. Dos años tardé en saberlo, hasta que un lunes por la mañana llegó el alguacil y cerró a cal y canto, con un candado, todo lo que quedaba de las existencias del tío Willy, y cuando quisieron dar con el dependiente ni siquiera llegaron a saber en qué tren se había largado del pueblo; fue una calurosa mañana de julio y el tío Willy iba hecho una piltrafa en el asiento de atrás, y en el del pasajero, junto a Secretary, iba una mujer el doble de grande que el tío Willy, con sombrero rojo y vestido rosa y un abrigo de piel blanca bastante sucio y dos maletas de mimbre en las defensas, y tenía el pelo del color de una boca de riego nuevecita, y las mejillas maquilladas, con un polvillo que se le había resquebrajado por el sudor.

Aquello fue peor que si hubiera vuelto a las andadas con la droga. Cualquiera diría que había traído la viruela al pueblo. Me acuerdo que la señora Merridew llamó por teléfono a mamá aquella misma tarde, porque se le oía incluso desde fuera de la casa, pese a estar la cocina de por medio: “¡Se ha casado! ¡Se ha casado! ¡Con una meretriz! ¡Con una meretriz, una meretriz!”, maldiciéndola igualito que los insultos con que martirizaba el dependiente al viejo Job, y es posible, claro, que la Iglesia pueda llegar a esos extremos, y es posible que los ciudadanos que a la Iglesia pertenecen sean los que mejor saben o más derecho tienen a decir cuándo se desconecta uno de la religión durante un minuto o dos. Y papá también maldijo, aunque no maldijera ni insultara a nadie en particular; yo desde luego supe que no estaba despotricando contra el tío Willy, ni contra la mujer con la que acababa de casarse el tío Willy, igual que supe que me entraron unas ganas locas de que la señora Merridew estuviera allí delante y lo oyera alto y claro. Sólo que no creo que, de haber estado allí, hubiera oído nada de nada, porque dijeron que aún iba con la bata cuando fue a buscar al reverendo Schultz y lo metió a empujones en el coche y se dirigió a casa del tío Willy, donde aún estaba en cama, como siempre que fuera lunes o martes, y la mujer con la que se casó echó con cajas destempladas a la señora Merridew y al reverendo Schultz, esgrimiendo el certificado matrimonial como si hubiera sido una pistola o un cuchillo. Y me acuerdo de que aquella tarde –el tío Willy vivía en una bocacalle muy tranquila, en donde el resto de las casas eran pequeñas, casas de campesinos que se mudaron a la ciudad a lo largo de los quince años anteriores, y eran carteros o dueños de pequeños comercios–, de que aquella tarde salieron de aquella calle tan tranquila, enojadísimas y alborotadas, con las capotas para protegerse del sol, las señoras con los niños a rastras, y las chicas ya crecidas con ellas, todas derechas al despacho del alcalde y a la casa del reverendo Schultz, y me acuerdo que los jóvenes y los chicos que no trabajaban y algunos de los hombres que sí trabajaban se dedicaron a pasar en coche una y dos y tres y más veces por delante de la casa del tío Willy para verla sentada en el porche, fumando cigarros y bebiendo algo en un vaso alto; y me acuerdo que al día siguiente fue al pueblo a comprar, esta vez con un sombrero negro y un vestido de rayas rojas y blancas, que parecía un pirulí tres veces más grande que el tío Willy, al pasar por la calle a la vez que los hombres asomaban la jeta en la puerta de las tiendas para verla pasar, igual que si fuera caminando por una hilera de trampas de resorte, y por detrás, por los dos lados del cuerpo, algo le subía y le bajaba por dentro del vestido, y así hasta que alguien echó la cabeza para atrás y dio un alarido, un “¡Yiiiipiiiii!” alborozado, tal cual, y a ella se le meneó aún más el trasero sin detenerse siquiera, y entonces sí que se oyeron alaridos por todas partes, vaya que sí.

Y al día siguiente llegó un telegrama de la hermana de Texas, y papá en calidad de abogado y la señora Merridew en calidad de testigo, creo yo, fueron a visitarlos, y la mujer del tío Willy les mostró el certificado matrimonial y les dijo a la cara que más les valía no tomárselo a broma, que con mucho Manuel Street o sin nada de nada estaba ella casada y bien casada, tanto o más que cualquier zorra, de las más encopetadas de Jefferson, o de donde fuera, y mientras papá decía: “Vamos, vamos, señora Merridew; vamos, vamos, señora Christian”, y a la mujer del tío Willy le explicó que el tío Willy estaba en bancarrota, y que no sería de extrañar que perdiera incluso la casa, y la mujer le dijo que qué pasaba con la hermana de Texas, que si papá pensaba decirle que el negocio de los pozos de petróleo también estaba en bancarrota o qué, y que no la hiciera reír. Así que mandaron un nuevo telegrama a la hermana de Texas y llegaron los mil dólares y encima hubo que darle el coche a la mujer del tío Willy. Se volvió para Memphis aquella misma tarde, atravesando la plaza al volante del coche, con las dos maletas de mimbre y esta vez un vestido negro, de encaje, sudorosa de nuevo bajo el maquillaje que se acababa de poner, porque aún hacía calor, aunque antes hizo un alto donde esperaban los hombres a que abriese la oficina de correos en el horario de la tarde, y allí les dijo: “Vengan ustedes a verme a Manuel Street alguna vez, que yo les enseñaré qué se pueden hacer ustedes solos y también los unos a los otros en este poblachón lleno de pazguatos”.

Y esa misma tarde la señora Merridew volvió a instalarse en la casa del tío Willy y papá dijo que la carta que le escribió a la hermana del tío Willy tenía once páginas, porque papá dijo que nunca perdonaría al tío Willy haberse declarado en bancarrota. La oímos protegidos desde el seto:

–Está usted loco, señor Christian; loco de remate. Por todos los medios he intentado salvarle, he intentado hacer algo de usted, además de la mala bestia que es, pero ha terminado usted por agotar mi paciencia. Le voy a dar una última oportunidad. Lo voy a llevar al Keeley, y si eso no da resultado lo pienso llevar yo misma a casa de su hermana, y a ella la obligaré a internarlo en un manicomio.

Y la hermana mandó desde Texas los papeles por los que se declaraba la incapacidad mental del tío Willy y se nombraba a la señora Merridew su tutora y custodia legal, y la señora Merridew se lo llevó al Keeley de Memphis. Y no hubo más.

 

V

Mejor dicho: calculo que ellos creyeron que no hubo más, que esta vez el tío Willy seguro se iba a morir. Y es que hasta papá pensó que estaba loco de remate, porque hasta papá dijo que de no haber sido por el tío Willy no me hubiera escapado yo, y que por eso mismo yo no me escapé, sino que me llevó con trucos un zafado; no fue papá, sino que fue el tío Robert el que dijo que de zafado nada, que loco no podía estar, porque cualquier individuo capaz de vender una propiedad en Jefferson y cobrarla en metálico mientras estaba encerrado en un Instituto Keeley no podía estar ni loco ni borracho. Y es que ni siquiera se llegaron a enterar de que había salido del Keeley, ni siquiera se enteró la señora Merridew hasta que pasaron dos días y no lo pudieron localizar. No lo encontraron nunca, ni tampoco se llegó a saber cómo se había largado, y yo no me enteré hasta que recibí aquella carta suya en la que me decía que acudiera en el autobús de Memphis un determinado día, y que él saldría a recogerme a la parada que había en las afueras de Memphis, al sur. Ni siquiera me di cuenta de que llevaba entonces dos semanas sin ver a Secretary ni tampoco al viejo Job. Pero él no me llevó con ningún truco. Si fui fue porque quise, porque era el mejor de los hombres que he conocido, porque se divirtió a lo grande durante toda su vida a pesar de lo que quisieron hacerle, a pesar de lo que se empeñaron en hacer de él, y porque tuve la esperanza de que si pudiera pasar con él un rato al menos a lo mejor aprendería a hacer lo mismo, para poder seguir divirtiéndome cuando fuera viejo. O a lo mejor es que supe algo más aunque fuera sin saberlo, como supe que haría cualquier cosa que él me pidiera, igual que cuando lo ayudé a entrar en la tienda por el alcohol y él dio por sentado, sin preguntármelo siquiera, que lo haría, e igual que cuando le ayudé a esconderlo de la señora Merridew. A lo mejor supe incluso qué iba a hacer el viejo Job. No lo que hizo, sino lo que haría cuando se presentara la ocasión, e igual supe que ésa había ser la última correría del tío Willy, y que si no estaba yo a mano, a nadie tendría para enfrentarse a todo el viejo, aterrado, timorato aferrarse al aliento apagado y plegado a las reglas que era Jefferson para él y que, por más que hubiera escapado de Jefferson, representaba aún el viejo Job.

Así que aquella semana me dediqué a cortar algo de césped y junté casi dos dólares. Tomé el autobús el día que me dijo y él me estaba esperando a las afueras de la ciudad, en un Ford que no tenía capota y en cuyo parabrisas aún se leía el letrero de gis, “$85 al contado”, y con una tienda de campaña nuevecita, a estrenar, doblada en la parte de atrás, y el tío Willy y el viejo Job en el asiento, y el tío Willy estaba estupendo con una gorra de cuadros, quitando una gran mancha de aceite, con la visera para atrás y unas gafas de aviador sobre la frente y el cuello de celuloide recién lavado y sin corbata y con la nariz quemada y pelada por el sol y los ojos iluminados tras las gafas. Con él hubiera ido al fin del mundo; volvería a hacerlo también ahora, sabiendo incluso lo que iba a pasar. No tendría ni que pedírmelo, como tampoco me lo pidió entonces. Así que trepé encima de la tienda y no fuimos hacia el centro de la ciudad, sino que salimos en dirección contraria. Pregunté a dónde íbamos, pero me dijo que esperara a la vez que aceleraba el cochecito como si tuviera una prisa loca por llegar, y por su tono de voz me di cuenta de que todo iba perfecto, de que aquello era lo mejor, mucho mejor de lo que a nadie se le hubiera ocurrido, y el viejo Job iba agazapado en el asiento del pasajero, sujetándose con ambas manos y gritándole al tío Willy para que no corriera tanto. Sí. A lo mejor supe incluso entonces, por el viejo Job, que el tío Willy a lo mejor había escapado de Jefferson, pero que en el fondo sólo lo había esquivado, que aún no se había librado del todo.

Llegamos entonces al rótulo indicador, a la flecha que señalaba “Al aeropuerto”, y por allí dimos vuelta y yo dije: “¿Qué es, qué es?”, pero el tío Willy sólo me dijo: “Espera y verás”, y lo dijo como si él también se muriera de ganas de verlo, encorvado sobre el volante con el cabello canoso y despeinado por debajo de la gorra, con el cuello duro tan desencajado que se le veía el cuello entre el cuello de la camisa y la camisa misma, y el viejo Job diciendo (ya lo creo, lo supe incluso entonces): “Lo tiene, caramba si lo tiene. A lo hecho, pecho. Yo ya se lo dije. Pero da igual. Yo ya le avisé”. Y llegamos al aeropuerto y el tío Willy se detuvo en seco y la señaló sin bajarse del coche y dijo: “Mira”.

Era una avioneta que volaba trazando círculos y el tío Willy echó a correr de un lado al otro por el borde de la pista, agitando el pañuelo, hasta que lo vio el piloto y descendió y aterrizó y vino rodando a donde estábamos, una avioneta pequeña con un motor de dos cilindros. Era Secretary, que llevaba otra gorra de cuadros y gafas de aviador como las del tío Willy, y me contaron que el tío Willy también había comprado una gorra y unas gafas para el viejo Job, pero que el viejo Job no quiso ponérselas. Y esa noche nos quedamos en un campamento que había a dos millas de allá, y para mí también había comprado una gorra y unas gafas de aviador; y entonces supe o mejor dicho entendí por qué no habían conseguido localizar al tío Willy, y me contó que había comprado la avioneta con parte del dinero que cobró por la venta de su casa después de que su hermana la salvara, porque la hermana también había nacido allí, aunque el capitán Bean, el del aeropuerto, no le quiso enseñar a pilotar porque le haría falta un permiso de un médico (“Válgame el cielo –dijo el tío Willy–, maldita sea si todos esos republicanos y demócratas con todas sus siglas de la ABC a la XYZ de aquí a nada no van a meter el hocico hasta en el sitio donde tira uno de la cadena”) y él no podía ir al médico porque el médico a lo mejor prefería ponerlo otra vez de patitas en el Keeley o decir a la señora Merridew dónde estaba. Así que prefirió que fuera Secretary quien aprendiera a pilotar y Secretary llevaba ya dos semanas pilotando, casi catorce días más de los que practicó con el coche antes de que se pusiera a manejar. Así que el tío Willy compró el coche y la tienda de campaña el día anterior, y al día siguiente íbamos a emprender viaje. Iríamos primero a un sitio llamado Renfro, donde nadie nos conocía y donde había una pradera enorme de la que el tío Willy tuvo noticia y allí íbamos a pasar una semana, mientras Secretary enseñara al tío Willy a pilotar la avioneta. Luego íbamos a ir más al oeste. Cuando se nos acabara el dinero que había cobrado por la venta de la casa pasaríamos por una ciudad para ofrecernos a tomar pasajeros y así costearnos la gasolina y la comida y llegar a la ciudad siguiente, el tío Willy y Secretary en la avioneta, el viejo Job y yo en el coche; y el viejo Job estaba sentado en una silla, el respaldo apoyado en la pared, pestañeando ante el tío Willy con los ojillos acuosos y enrojecidos que tenía, y el tío Willy recostado en el catre con la gorra y las gafas de aviador, el cuello de celuloide sin corbata (no lo llevaba sujeto a la camisa: sólo se lo había abotonado al cuello), unas veces de lado y otras veces incluso se le quedaba para atrás, como el de un presbítero episcopaliano, y los ojos brillantes tras las gafas de aviador, y su voz resonante y bella.

–Y para Navidad estaremos en California –dijo–. ¡Imagínense, California!

 

VI

Y entonces ¿cómo pudieron decir que a mí me llevó un zafado engañándome por medio de sus triquiñuelas? ¿Cómo es posible? Supongo que ya supe entonces que aquello no podía salir bien, que era todo demasiado bonito para ser verdad. Digo que incluso entendí cómo iba a terminar la cosa, lo supe por el humor sombrío con que se comportaba Secretary siempre que el tío Willy hablaba de aprender a pilotar él la avioneta, tal como lo supe por el modo en que el viejo Job miraba al tío Willy, no es por lo que hiciera, claro que no, sino por lo que haría si surgiera la ocasión. Y es que por algo era yo el otro blanco. Yo era blanco, por más que tanto el viejo Job como Secretary fueran los dos mayores que yo, así que la cosa no saldría mal; ya me encargaría yo de que la cosa no saliera mal. Era como si supiera incluso entonces que daba lo mismo qué le pasara, porque no iba a morir, y por eso pensaba que si al menos pudiera aprender a vivir como vivía él, lo mismo daría qué me pasara, porque tampoco había de morir yo.

Así que emprendimos viaje al día siguiente, al amanecer, porque había otra regla para lelos y era que Secretary tenía que permanecer a la vista del aeropuerto en todo momento, en el aire, hasta que le dieran el permiso para pilotar. Llenamos la avioneta de gasolina y Secretary despegó como si fuera a realizar otro vuelo de práctica. Entonces el tío Willy nos hizo subir al coche deprisa, porque dijo que la avioneta era capaz de hacer sesenta millas por hora, así que Secretary llegaría a Renfro mucho antes que nosotros. Pero cuando llegamos a Renfro resulta que Secretary no estaba allí, y armamos la tienda y almorzamos y aún no apareció y el tío Willy comenzó a despotricar y llegó la hora de la cena y cenamos y Secretary seguía sin aparecer y el tío Willy vaya si despotricaba y maldecía para entonces. No llegó hasta el día siguiente. Lo oímos llegar y salimos corriendo y lo vimos volar por encima de nosotros, viniendo por la dirección contraria a Memphis, muy deprisa, y nos pusimos a darle gritos y a hacerle señas. Pero él siguió su rumbo mientras el tío Willy daba saltos y agitaba los puños y despotricaba, y en un abrir y cerrar de ojos cargamos la tienda de campaña en el coche y tratamos de darle alcance cuando volvió. Esta vez no le oímos, y vimos la hélice, porque no daba vueltas, y pareció que Secretary ni siquiera iba a aterrizar en el prado, sino entre unos árboles que había justo al fondo. Pero los salvó por los pelos y fuimos corriendo y nos lo encontramos aún sentado en la avioneta con los ojos cerrados y la cara del color de la ceniza y dijo entonces “Capitán, si me hace el favor de decirme cómo encuentro Ren…”, antes incluso de abrir los ojos y ver quiénes éramos. Dijo que el día anterior había aterrizado siete veces y que nunca llegaba a Renfro y que cada vez que le decían cómo llegar a Renfro allá iba él todo decidido pero tampoco era Renfro el pueblo en el que aterrizaba y que había dormido en la avioneta pero que no había comido nada desde que salió de Memphis porque tuvo que gastarse los tres dólares que le dio el tío Willy en gasolina y que si no se le hubiera terminado la gasolina nunca nos habría encontrado.

El tío Willy quiso que fuera yo al pueblo a comprar más gasolina para que pudiera él empezar a aprender a pilotar sobre la marcha, pero Secretary dijo que no. Se negó en redondo. Dijo que la avioneta era del tío Willy y supuso que él también era del tío Willy, al menos hasta que volviéramos a casa, claro que sí, pero que ya había volado todo lo que podía volar durante una temporadita. Así que el tío Willy tuvo que empezar su aprendizaje al día siguiente.

Pensé durante un buen rato que iba a tener que tirar por tierra al viejo Job, que iba a tener que sujetarlo para que dejara de gritar “¡No se suba a ese trasto!”, y seguía gritando “¡A tos se lo vía decí! ¡Se lo vía decí a tos!”, mientras mirábamos la avioneta en la que iban Secretary y el tío Willy, cuando más o menos despegó de un bote y luego cayó como si el tío Willy quisiera tomar un atajo para llegar cuanto antes a China y volvió a remontar de un bote y al fin pareció que iba bastante derecha y volaba alrededor de la pradera y luego descendió a tierra y el viejo Job no dejaba de desgañitarse gritando al tío Willy y llegaron unos aparceros de los otros campos y llegó gente en carretas y a pie, parados todos en la carretera para verlos y la avioneta bajaba y bajaba hasta pasar por delante de nosotros con el tío Willy y Secretary el uno junto al otro, como si fueran igualitos; no quiero decir de cara, sino iguales como son iguales las dos púas de una horca de hortelano, igualitas antes de clavarse en la tierra; vimos los ojos muy abiertos y la boca muy abierta de Secretary, tanto que casi se le oyó decir “¡Oooooh!”, y las gafas de aviador relucientes que llevaba el tío Willy y el pelo todo despeinado bajo la gorra y sobre el cuello de celuloide que lavaba todas las noches antes de irse a dormir, y sin corbata, y los vimos pasar veloces, y el viejo Job no dejaba de dar alaridos: “¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Salga de ese trasto!”, y también oímos a Secretary: “¡Suelte, tío Willy! ¡Suéltelo!”, y la avioneta seguía su vuelo, remontando en un momento y cayendo al siguiente, con un ala más alta que la otra y esa misma ala más baja que la otra al momento siguiente, y luego volaba de lado y a lo mejor se iba a estrellar de lado y eso pasó la primera vez, con una especie de crujido seco y una polvareda que se levantó justo antes de que la avioneta rebotara y cobrara altura y Secretary chillaba: “¡Suelte, tío Willy! ¡Suéltelo!”, y de noche, en la tienda de campaña, al tío Willy aún le brillaban los ojos y estaba demasiado excitado para dejar de hablar e irse a dormir y no creo que ni siquiera se acordara de que no había tomado un solo trago desde el momento en que se le ocurrió la idea de comprar la avioneta.

Ah, sí, ya sé lo que se dijo a propósito de mí cuando todo hubo terminado, sé lo que dijo papá cuando llegó aquella mañana con la señora Merridew, sé que se dijo que yo era el blanco y que ya casi era un hombre, y que Secretary y el viejo Job eran sólo dos negros irresponsables, aunque en realidad fueron el viejo Job y Secretary los que trataron de pararle los pies. Y es que así fue la cosa; eso fue precisamente lo que no supieron entender. Me acuerdo de la última noche, de Secretary y del viejo Job tratando de hacerlo entrar en razón, cuando el viejo Job por fin logró que Secretary le dijera alto y claro al tío Willy que era sencillamente imposible que aprendiera a pilotar la avioneta, y el tío Willy dejó de hablar y se puso en pie y miró muy despacio a Secretary.

–¿Y no aprendiste tú en dos semanas? –dijo. Secretary dijo que sí–. ¿No aprendiste tú, que eres un maldito mentecato, un negro ignorante que no vale nada, un cabeza revuelta? –y Secretary dijo que sí–. ¿Y de verdad crees que yo, licenciado en una universidad, al frente de un negocio que vale quince mil dólares durante cuarenta años, te crees que yo no voy a aprender a llevar una maldita avioneta que vale mil quinientos dólares? –y entonces me miró a mí–. ¿Tú no crees que la pueda yo pilotar? –dijo. Y yo lo miré y le dije que sí, que creía que era capaz de hacer cualquier cosa que se propusiera.

 

VII

Y ahora no se lo puedo decir a nadie. No lo puedo decir. Papá una vez me dijo que si lo sabes es que lo puedes decir, alguien se lo había dicho a él. Pero es que a lo mejor el que lo dijo no contaba con los chicos de catorce años. Y es que yo me tuve que dar cuenta de que sabía qué iba a suceder. Y el tío Willy también tenía que saberlo, tenía que saber que llegaría el momento. Fue como si los dos lo supiéramos y ni siquiera se nos hubiera ocurrido poner en común nuestras impresiones, decirnos el uno al otro que lo sabíamos: él no tuvo necesidad de decir aquel día en Memphis “Ven conmigo, quiero que estés a mano cuando te necesite”, y yo no tuve necesidad de decir “Déjeme ir con usted, para poder estar a mano cuando usted quiera”.

Y es que el viejo Job llamó por teléfono a la señora Merridew. Esperó a que estuviéramos todos dormidos y se escabulló y se largó, e hizo a pie todo el camino hasta la ciudad y la llamó por teléfono; no tenía nada de dinero, y es probable que nunca en su vida hubiera llamado por teléfono a nadie, pero fue él quien la llamó por teléfono, y a la mañana siguiente apareció a todo correr con el rocío del alba (la ciudad, el teléfono, quedaba a cinco millas) justo cuando Secretary estaba arrancando el motor y entonces supe o entendí qué había hecho justo antes de que estuviera cerca y me llegaran sus gritos, que no dejaba de dar a la vez que corría y trastabillaba por el prado, vociferando “¡Sujétalos! ¡Sujétalos! ¡Que no se vayan! ¡Llegarán en cualquier momento! ¡Tú sujétalos aunque sea diez minutos, que no tardarán en llegar!”, y eché a correr para salirle al paso y sí que lo sujeté a él, que se debatió y llegó a atizarme sin dejar de dar gritos al tío Willy, que estaba en la avioneta. “¿Llamaste por teléfono? –le dije–. ¿A ella la llamaste por teléfono? ¿A ella? ¿Le dijiste dónde está él?”. “Sí –dijo a gritos el viejo Job–. Y ma dicho que va a por tu papito ahora mismo y que llegarán a eso de las seis”, mientras yo lo sujetaba; fue como sujetar un puñado de palitos secos, y me llegó el trajín afanoso de su respiración en sus pulmones y le noté el latir del corazón, y el viejo Job se puso a gritarle a Secretary: “¡Sácalo de ahí! ¡Ya vienen! ¡Llegarán en cualquier momento, tú sujétalo!”, y Secretary dijo: “¿A cuál? ¿A cuál?”, y el viejo Job a gritos le dijo que sujetara la avioneta y Secretary echó a correr y quise sujetarlo por la pierna pero no pude y vi que el tío Willy nos miraba y que Secretary iba corriendo hacia la avioneta y me puse de rodillas y le hice un gesto con el brazo y me puse a chillar yo también. No creo que el tío Willy me oyera, porque estaba parado junto al motor. Pero sí puedo decir y digo que no tuvo necesidad de oírme, porque los dos lo sabíamos, lo sabíamos los dos, así que allí me quedé arrodillado, sujetando al viejo Job en el suelo, y vimos arrancar la avioneta, cuando Secretary aún seguía corriendo tras ella, y la vimos despegar de un salto y caer de golpe y remontar el vuelo y fue de pronto como si se hubiera quedado parada en el aire, justo por encima de los árboles donde pensamos que Secretary iba a aterrizar el primer día, ante de verla precipitarse por detrás de los árboles y la perdimos de vista y Secretary seguía corriendo como un loco y por eso sólo tuvimos que levantarnos y echar a correr el tío Job y yo.

Vaya que sí. Sé lo que dijeron sobre mí; lo supe y lo entendí de sobra durante toda la tarde, cuando volvíamos a casa con el coche fúnebre delante de nosotros, y Secretary y el viejo Job en el Ford, detrás, y papá y yo los últimos, y Jefferson cada vez más cerca, cada vez más cerca; y de golpe me eché a llorar. Y es que morir no era nada, era una cosa que sólo te tocaba por fuera, una cosa que se llevaba por comodidad y por pura conveniencia, como se hace con la ropa: era por las viejas prendas que no valían nada, las prendas que nos habían traicionado, o al menos a uno de nosotros, y el traicionado fui yo, y papá con el otro brazo me rodeaba por los hombros y me decía “Vamos, vamos, no he querido decir eso. Tú no fuiste. Nadie te echa la culpa de nada”.

¿Lo ves? Así fue la cosa. Yo ayudé al tío Willy. Él sabe que lo ayudé. Sabe que sin mí no lo podría haber hecho. Sabe que lo ayudé; ni siquiera tuvimos que mirarnos uno al otro cuando se marchó. Eso es así.

Y ahora resulta que ellos nunca lo entenderán, ni siquiera papá, y ya sólo quedo yo para intentar contárselo, ¿y cómo voy a contárselo, cómo voy a lograr que alguna vez lo entiendan? ¿Cómo?