Luis Enrique Délano
Ya los presos de aquella cárcel conocían bien la
figura alta y móvil de la chiquilla. Por entre las rejas de fierro la veían
pasar a medio día, al atardecer, a toda hora, y sus ojos se habían acostumbrado
a ensancharse de alegría y codicia ante esa figura de mujer, que representaba
para ellos un pedazo del mundo perdido, del mundo exterior, en ese pequeñito
universo de hombres inmóviles que es la cárcel. De algunas celdas salían
groseras palabras a saludar el paso de la niña, de otras, piropos vulgares.
Pero en aquella que quedaba al fondo del segundo patio dos ojos brillaban
siempre al sentirse en la dura tierra los pasitos nerviosos de la cuotidiana
visitante. Ella sonreía humilde a las roncas voces de los condenados, acaso un
poquito consciente de los deseos que su presencia de mujer hermosa venía a
acrecentar, y otro poco compasiva de esos hombres perdidos entre las metálicas
jaulas. A veces, cuando los ojos que la muchacha iba a buscar la miraban
serios, ensombrecidos, regresaba callada, las miradas caídas. Entonces las
burlas de los presos salían por entre los barrotes a herirla, más bien a
asquearla. Y sus pasos apresurados se perdían hacia la puerta.
A aquella
prisión no caían borrachos vulgares, ni pendencieros, ni individuos, en
general, que fueran a pasar en ella un día o dos. No. Para eso estaba el
cuartel de la policía, en la ciudad misma. Esta gran casa de murallas de
ladrillos pintadas de gris –encima de las cuales todo el día y toda la noche
paseaba un soldado con armas– estaba destinada a aquellos a quienes los jueces
condenaban a penas más o menos largas. Estaban ahí, por ejemplo, “el Tiburón” y
Smith, ambos condenados a presidio perpetuo por asesinato; otros a treinta,
veinte y diez años, culpables también de crímenes o robos, y muchísimos más,
condenados a cinco, tres y un año, por delitos menores. Los presos trabajaban
todos, unos obligados por los látigos duros y silbantes, atraídos otros por la
recompensa en dinero, que les permitía mejorar un poco la horrible comida de la
cárcel, tener cigarros y guardar muy adentro, al fondo, la esperanza de juntar
un pequeño capital para cuando la condena estuviera cumplida. Así, en esa
colonia estaban reunidos los más heterogéneos oficios.
Cuando Alicia
empezó a ir a la prisión, un año antes, entró con una timidez que se pegaba a
sus piernas, haciéndolas temblar. Le parecía que adentro, franqueada la puerta
que siempre vigilaba el soldado llavero, se encontraría en un mundo terrible, y
hasta su imaginación llegó a dar a los presos la forma de perros encadenados,
listos para saltar ferozmente y morder. Pero ¡qué diablos! su novio, Roberto
Morel, estaba ahí dentro y era necesario sacrificarse, vencer el inmenso terror
y hacer en fin cualquier cosa por el muchacho. Algo le había costado conseguir
el permiso para entrar diariamente a llevar la comida al preso, pero al fin y
al cabo el alcaide era hombre, y raros son los hombres que no se dejan vencer
por los ruegos de una mujer bonita.
Alicia terminó
por familiarizarse con el ambiente ese y soportar por amor a Roberto las
palabras gruesas y feas de los presos y las antipáticas asiduidades del
sargento Estay, que cada día la importunaba con declaraciones de amor. Apenas
la chica atravesaba la puerta de entrada, salía Estay del Cuerpo de Guardia con
su barriga abultada, deforme y su cara coloradota de alcohólico.
–¿Cómo está,
Alicia? ¿Viene a ver a su preso?
–Si, sargento,
a ver a mi preso.
El individuo la
acompañaba hasta la entrada del segundo patio a su lado y meciendo la marcha
con frases dulzarronas y suspiros.
–¿Cuándo se
preocupará del preso que va a su lado, Alicia? Porque, créamelo, sus ojos me
tienen preso perdido y creo que no podré escapar.
La chiquilla se
reía, un poco porque las palabras la halagaban y también por no disgustar al
guardián.
–Las cosas
suyas, sargento…
Llegaban al
segundo patio, en donde Morel fabricaba juguetes de madera metido adentro de su
celda, y Estay la dejaba sola, volviéndose al Cuerpo de Guardia a preparar un
nuevo cargamento de palabras inútiles. La chiquilla avanzaba sonriendo a los
presos, aproximados a sus rejas para verla pasar. Si desde lejos el novio la
había visto venir al lado de Estay una lluvia de recriminaciones la recibía:
–¡Otra vez con
el bruto ese! ¿Qué no te he dicho lo perro que es con los presos y
especialmente conmigo? Parece que se quisiera conquistar tu cariño a fuerza de
darme sablazos y patadas a mí.
Antes que tú me
trajeras la comida, a menudo me dejaba sin rancho, o con la peor parte. Y tú
tan tranquila, nada te importa que el bandido ese me maltrate. Cualquiera diría
que gozas viniendo al lado de él y escuchándole lo que te dice.
–Pero Roberto,
decía la muchacha, ¿no ves que si no me porto amable con él puede impedirme
entrar aquí?
Y luego
agregaba, humildemente:
–Toma tu
comida, y estos cigarros que te traje.
Entonces el
muchacho apartaba las cejas que el movimiento de su malestar había juntado y
sonreía a su novia. Un polvo letal y delicado se le esparcía por el corazón,
algo como una neblina, pero como una neblina clara que lo envolvía sin
oprimirlo. Es que le admiraba la constancia de Alicia, que día a día, desde
hacía un año, le traía, a más de los alimentos, sus palabras de cariño y se
preguntaba con inquietud si la abnegación y el amor durarían los cinco años de
su condena, en aquella chiquilla tan linda. Sabía muy bien que afuera, en la
ciudad, don Juan Méndez, el dueño del almacén Santa Catalina, le ofrecía
casarse con ella y que Alicia lo rechazaba por entregarse a la esperanza del
hombre sin libertad que era él.
Y el prisionero
confiaba en la mujer querida, pero confiaba tímidamente, miedosamente…
Roberto Morel, hombre algo violento y rudo, pero
leal en el fondo, estaba ahí, preso, por un delito bien vulgar: cierta noche,
en una riña, le abrió el cráneo a un compañero de trabajo. Circunstancias
atenuantes hicieron que su sentencia encontrara límites en cinco años de
prisión. Entró a la cárcel resignado, tranquilo y ya llevaba un año sufriendo
el cruel encierro. La única luz de sus días sombríos era Alicia, la novia, y lo
que más le atormentaba las horas, la presencia estúpida y canalla del sargento
Estay.
Veinte años que
los presos de aquella cárcel, los actuales habitantes y los que por ella
pasaron, odiaban a Estay. Hubo varios que le juraron venganza y más de una vez
tuvo el guardián que defenderse de agresiones nocturnas, que parecían redoblar
sus bellaquerías.
Si Roberto
hubiera hecho caso de las palabras de los dos ladrones, sus compañeros de
celda, tal vez sus manos se hubieran ido muchas veces con intenciones agresivas
hacia el cuello del sargento y hacia la cara de Alicia. El aislamiento
desarrolla la envidia y ellos dos miraban con ojos cargados de deseos a la
muchacha. Nunca perdían ocasión de echar niebla en el corazón del amante. A
veces, sentados en un rincón del patio lleno de sol, cuando después del
almuerzo les permitían pasearse unos minutos, deliberadamente traían el tema a
la superficie de la conversación.
–¿Te has
fijado, Roberto, el odio que te tiene Estay? Cualquiera creería que le has
hecho algo.
–Ten cuidado,
muchacho. Ese individuo demuestra demasiado interés por tu novia. Mira, se ve
que la chiquilla te quiere, pero no hay que confiarse mucho. Las mujeres
cambian tanto. No sé, pero se me figura que el mejor día te van a hacer una
broma pesada.
–¡Pero no sean
imbéciles! –protestaba Roberto enfurecido. Si Alicia le soporta las atenciones
a Estay es para que no le impidan la entrada aquí, ¿entienden?
Los otros
sonreían con algo de ironía, y Morel se quedaba toda la tarde malhumorado.
Cuando la chiquilla llegaba al anochecer, nuevamente la disputa asomaba su cara
amarilla.
–Si, parece que
te gustaran mucho los bigotes del sargento.
–¡Cállate,
tonto; ya te he dicho tantas veces!
–Es que si vas
a seguir coqueteando con él, prefiero que no vengas más.
Allegados a la
reja, él por dentro de la celda, ella en el patio, disputaban. En un rincón los
compañeros de Morel hablaban con baja voz, y a los lados, de todos los
calabozos vecinos emergían las sombras de los condenados que, abrazados a los
barrotes de fierro, miraban a la pareja, celebrando la entrevista con turbias
obscenidades.
II
En el corazón de Alicia empezaron a caer nubes,
llenándolo, ensombreciéndolo. Pensamientos contradictorios circulaban veloces
por su cerebro. Cada día su amante se volvía más terco, y ahora había concluido
por hacerle insoportables las horas que pasaba ella en la prisión. ¡Pobre
muchacho! Decididamente la soledad brutal de la cárcel, el aislamiento, los
malos compañeros, el sargento Estay y las atenciones que a ella le daba, le
tenían así, más brusco, más hosco que de costumbre. Su corazón estaría surcado
de profundas rayas negras de desgracia. Pero ¿qué hacer? Ella ya no podía, no
podía resistir sus deseos de pararse cualquier día frente a Roberto y gritarle,
la cabeza bien erguida:
¡Pero no seas
bruto!
Es cierto que
las actitudes del sargento Estay no le parecían tan ridículas como al
principio. Para ella el guardián no era otra cosa que un pobre hombre que la
quería, indudablemente. Siempre su voz abandonaba la flexibilidad de la
galantería cuando le hablaba de matrimonio. No había duda: el sargento era
hombre de propósitos serios.
–El día que
usted venga aquí a verme a mí y no a ese asesino le prometo que será feliz –le
había dicho el gordo Estay– y ella, que las primeras veces recibía las palabras
análogas con desdén, ahora las cogió en el hueco de una sonrisa.
¡Extraña cosa!
Su amor por Morel en ese instante le parecía algo remoto, algo perdido en el
fondo de años pretéritos. A pesar de ello, a la tarde, el hábito enderezó sus
pasos rumbo a la cárcel. Iba tranquila, sin pesarle el canasto con el alimento
de Roberto. Al pasar la puerta, casi deseaba que saliera Estay. Y el hombre que
había sentido los pasitos viniendo, acercándose, salió.
–Buenas tardes,
Alicia. ¿Todavía por su preso?
–Quién sabe… quién
sabe, sargento.
Llegando al
patio obscurecido la esperaban rabiosos los ojos del amante. Y esa vez se iban
acercando los dos al calabozo; Estay la acompañaba hasta allí, contrariando su
costumbre.
–Tu comida,
Roberto.
–No quiero
nada. Llévate eso de ahí.
Estaba furioso
y empezó a arrojar a gritos aquella hiel que tenía amontonada dentro.
–¡Para que te
dejen entrar andas con este ladrón! ¡Mejor nunca hubieras asomado tu cara por
aquí, canalla! Así estaría yo tranquilo, sin esta rabia y sin tener que
soportar las burlas de todos. ¡Y todavía con el perro éste! ¿Por qué no me
engañaste con otro, afuera? Tenías que venir aquí mismo para que yo te viera, y
tenía que ser con este bandido…
–¡Roberto!
La muchacha
había palidecido y sus manos buscaron apoyo en un brazo del sargento, que se
acercaba a la reja dispuesto a castigar a Morel.
De las celdas
vecinas empezaron a salir carcajadas dirigidas a ellos. Entonces ya Roberto no
pudo sostener la palabra que entre los labios tenía apretada, la palabra que
ella no se esperaba, y sus cuatro letras infames fueron a chocar contra el
rostro de la niña.
–¡…!
A ella, las
lágrimas le rodaron por la cara, mojándola.
–Vámonos.
Tomó el canasto
y apoyada en el brazo de Estay atravesó el patio, llegándole de ambos lados las
burlas de los presos, que agarrados a sus rejas parecían locos o demonios.
Al fondo, un
hombre tiraba su desesperación contra los fierros del calabozo. De pronto dijo
un grito claro.
–¡Alicia…!
Pero el eco se
lo devolvió y nadie vino.
III
Esa fue la última vez que los condenados vieron a
la niña de la prisión.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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