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miércoles, 8 de julio de 2026

La eterna canción

Camilo José Cela

 

I

¿Usted cree que estoy loco…? No; yo le podría asegurar que no lo estoy, pero no lo hago. ¿Para qué? ¿Para darle ocasión a exclamar, como todos los que oyeran: “¡Bah!, como todos… ¡creyéndose cuerdo! ¡La eterna canción!” No, amigo mío; no puedo, no quiero proporcionarle esa satisfacción… es demasiado cómodo venir de visita y sacar la consecuencia de que todos los locos aseguran que no lo están… yo no lo estoy, se lo podría asegurar, repito, pero no lo hago; quiero dejarle con su duda. ¡Quién sabe si mi postura puede inclinarle a usted a creer en mi perfecta salud mental!

Don Guillermo no estaba loco. Estaba encerrado en un manicomio, pero yo pondría una mano en el fuego por su cordura. No estaba loco, pero –bien mirado– no le hubiera faltado motivo para estarlo… ¿Qué tiene qué ver que se haya creído, durante una época de su vida, Rabindranath? ¿Es que no andan muchos Rabindranath, y muchos Nelson, y muchos Goethe, y muchísimos Napoleones y Francos sueltos por la calle? A don Guillermo lo metió la ciencia en el sanatorio… esa ciencia que interpreta los sueños, que dice que el hombre normal no existe, que llama nosocomios a las casas de orates; esa ciencia abstraída, que huye de lo humano, que no se explica que un hombre pueda aburrirse de ser durante cincuenta años seguidos el mismo y se le ocurra de pronto variar y sentirse otro hombre, un hombre diferente y aun apuesto, con barba en donde no la había, con otros lentes y otro acento, y otra vestimenta, y hasta otras ideas si fuera preciso…

 

II

Desde aquel día visitaba con relativa frecuencia –casi todos los jueves y algún que otro domingo– a don Guillermo. Él me recibía siempre afable, siempre deferente. Don Guillermo era lo que se dice un gran señor, y tenía todo el empaque, toda la majestuosidad, toda la campesina prestancia de un viejo conde, cristiano y medieval. Era alto, moreno, de carnes enjutas y sombrío y oscuro mirar… vestía invariablemente de negro y en la blanca camisa –que lavaba y repasaba todas las noches, cuando nadie lo veía– se arreglaba cuidadosamente la negra corbata de nudo, sobre la que se posaba, siempre a la misma altura, una pequeña insignia de plata que representaba una calavera y dos tibias apoyadas sobre dos GG: Guillermo Gartner. Se mostraba cortésmente interesado por mis cosas pero le molestaba mi interés por las suyas, de las que rehuía hablar. Me costaba un gran trabajo el sonsacarle, y algunas veces, cuando parecía que lo conseguía, se me paraba de golpe, me miraba –con una sonrisa de conmiseración que me irritaba– de arriba abajo, se metía las manos en los bolsillos y me decía:

–¡Sabe que es usted muy pillo?

Y se reía a grandes carcajadas, después de las cuales era inútil tratar de hacer recaer la conversación sobre el tema desechado.

 

III

En el manicomio lo trataban con consideración, porque, desde que había entrado –e iba ya para catorce años–, no había armado ni un solo escándalo. Entraba y salía al jardín o a la galería siempre que se le ocurría, se sentaba en el borde del pilón a mirar a los peces, inspeccionaba –siempre silbando viejos compases italianos– la cocina, o el lavadero, o el laboratorio… los otros locos lo respetaban, y los empleados de la casa –excepto los tres médicos– no creían en su locura.

 

IV

Los días eran eternos, y don Guillermo, un día que estábamos hablando del otro mundo, me confesó que si no se había tirado a ahogar –no por desesperación, sino por cansancio– era porque las temperaturas extremas le molestaban.

–Me da grima figurarme –decía– medio acostado, medio flotando en el fondo del pilón, con la camiseta empapada en agua fría; a lo mejor se me quedaban los ojos abiertos y el polvillo del agua se me metería dentro y los irritaría todos… ¿a usted no le estremece un ahogado? Pero no para ahí lo peor; figúrese usted que de repente le toca a uno el turno, comparece, y como uno es un suicida, lo envían al infierno a tostarse; el agua de la camiseta, del pelo, de los zapatos, empieza a cocer y uno a dar saltos, saltos, hasta que el agua se evapora y uno la echa de menos, porque empiezan a gastarse los jugos de la piel…

 

V

Al jueves siguiente, no bien hube pasado de la puerta, salió el portero de su cuchitril, como un caracol de su concha, y me dijo:

–¿Adónde va? A don Guillermo le enterraron el sábado pasado. ¿Pero no se había enterado usted? El viernes por la mañana apareció ahogado en el fondo del pilón… el pobre tenía sus grandes ojos azules muy abiertos; el polvillo del agua se los había irritado como si se los hubieran frotado con arena… estaba medio desnudo… daba grima verlo, al pobre, con toda la camiseta empapada en agua fría…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 29 de mayo de 2025

Olor a cebolla

Camilo José Cela

 

Estaba enfermo y sin un real, pero se suicidó porque olía a cebolla.

–Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.

–Cállate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra ventana?

–No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las manos me huelen a cebolla.

La mujer era la imagen de la paciencia.

–¿Quieres lavarte las manos?

–No, no quiero, el corazón también me huele a cebolla.

–Tranquilízate.

–No puedo, huele a cebolla.

–Anda, procura dormir un poco.

–No podría, todo me huele a cebolla.

–Oye, ¿quieres un vaso de leche?

–No quiero un vaso de leche. Quisiera morirme, nada más que morirme muy de prisa, cada vez huele más a cebolla.

–No digas tonterías.

–¡Digo lo que me da la gana! ¡Huele a cebolla!

El hombre se echó a llorar.

–¡Huele a cebolla!

–Bueno, hombre, bueno, huele a cebolla.

–¡Claro que huele a cebolla! ¡Una peste!

La mujer abrió la ventana. El hombre, con los ojos llenos de lágrimas, empezó a gritar.

–¡Cierra la ventana! ¡No quiero que se vaya el olor a cebolla!

–Como quieras.

La mujer cerró la ventana.

–Oye, quiero agua en una taza; en un vaso, no.

La mujer fue a la cocina, a prepararle una taza de agua a su marido.

La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berrido infernal, como si a un hombre se le hubieran roto los dos pulmones de repente.

El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó. En vez sintió un dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja muy larga.

–¡Ay!

El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó, la cama estaba vacía.

Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.

–¿Qué pasa?

La mujer no podía hablar. De haber podido hacerlo, hubiera dicho:

–Nada, que olía un poco a cebolla.

 

jueves, 1 de febrero de 2024

Certificado de residencia

Camilo José Cela

 

El hombre bajó trabajosamente del automóvil. Entre su pierna derecha escayolada desde el tobillo a la ingle, el embarazo de las muletas y el peso de una cartera de mano colgándole del cuello, no le resultaba fácil moverse. El chofer del taxi, solícito, le ayudó. La compasión es uno de los últimos reductos que les quedan a las buenas formas.

Renqueante, con una impericia que quedaba confirmada por la blancura del yeso recién puesto, el hombre llegó hasta el mostrador de facturación. Sujetando ambas muletas con una sola mano, ayudándose con los dientes y manteniendo un equilibrio precario, logró sacar su billete de la cartera. Se lo extendió a la azafata.

–A Málaga, señorita. No llevo equipaje.

La azafata ni siquiera levantó la mirada de la pantalla de su computadora. Le preguntó, en el tono más automático existente.

–¿Asiento de fumador o de no fumador?

–Me da lo mismo. Preferiría, si pudiera ser, uno de los de la ventanilla de emergencia.

La sonrisa le salió adecuadamente dolorosa.

–Es que llevo la pierna enyesada, ¿sabe?, y en esa fila hay más sitio.

La azafata dejó, por primera vez, su rutina para mirarle bien: las muletas, el pantalón cortado a lo largo de toda la escayola y sujeto luego con unas pulcras cintas, la cara de circunstancias… Su contestación sonó como una riña, como si el pasajero estuviese invocando unos privilegios absurdos.

–Está prohibido. La fila de emergencia debe quedar libre de obstáculos: lo dice el reglamento de vuelo.

–Vaya por Dios… Bueno, deme lo que sea.

La azafata le interrumpió; no había acabado con los aspectos reglamentarios.

–Hay otra cosa. Va a tener que pagar otro billete.

–¿Otro billete? ¿Y por qué?

–Por la pierna. Tendrá que ponerla de costado y necesitará que se deje libre el asiento de al lado.

–Pero, señorita, yo no tengo la culpa de habérmela roto, ¿sabe?

El gesto de severidad de la mujer se acentuó.

–Supongo que no creerá usted que es la compañía la culpable.

–No, claro que no. La culpa la tiene el que hiele por la noche, o el que me invitasen a cenar fuera justamente anteayer, que malditas las ganas que tenía. O Dios omnipresente, si lo prefiere. Pero yo tengo ya bastante castigo viajando en estas condiciones. No me venga con que, encima, hay que pagar el doble.

–Es lo que dice el reglamento.

–¡Es ridículo!

La azafata le devolvió el billete.

–No entorpezca la cola, por favor. Hay gente que espera. Vaya a la ventanilla de caja.

El hombre se las arregló para llegar hasta allí con el billete entre los dientes y rezongando. Los diez minutos de espera hasta que le llegó el turno no habían contribuido precisamente a que le mejorase el humor.

–Deme un billete de pierna para Málaga.

El cajero le miró, pasmado.

–¿Cómo dice?

–No soy yo quien lo digo. Es su compañera de facturación. La del mostrador diecisiete. Como llevo la pierna escayolada, tengo que sacar otro billete.

–¡Ah, sí, claro! ¿Pagará en efectivo o con tarjeta?

–En efectivo.

El hombre tecleó rápidamente. Un cajón metálico cercano escupió el nuevo billete.

–Vamos a ver…, Málaga, doce de febrero, cinco uno tres, doce quince; sí, está bien… ¡Oiga! ¿No me ha cobrado de más?

El cajero le miró con gesto de ofensa por encima de las gafas.

–Por favor, caballero. Es la tarifa oficial.

El lisiado, apoyándose contra la ventanilla para no caer, señaló la cifra de su propio billete golpeándola con los dedos.

–Pues mire, mi billete vale menos. ¿Qué pasa, que las piernas son más caras que el resto del cuerpo?

El cajero examinó uno y otro documento. Luego contestó con un suspiro, como si estuviese harto de recitar la lección.

–Es por el certificado de residencia. Usted es residente y tiene rebaja, señor.

–Ah, ¿y mi pierna no?

–¿Qué quiere que le diga? Son las normas: un certificado de residencia por cada billete.

–Ya veo: lo dice el reglamento…

El oficinista se animó al oír la frase mágica.

–Exactamente. ¿Dispone usted de un certificado de residencia de la pierna?

El viajero cerró los ojos. En su cara se leía un inmenso cansancio.

–Mire usted, amigo mío, si puedo llamarle así. Yo tengo treinta y cinco años, ¿sabe?

–No, no lo sabía, pero si usted lo dice…

–Le aseguro que sí, créame. Treinta y cinco años. Pues bien, durante todos esos años, mes tras mes, semana tras semana, día a día sin dejar aparte ni uno solo, mi pierna ha residido siempre conmigo.

El cajero hizo un gesto de indiferencia.

–Yo no puedo hacer nada. Son las normas: un certificado de residencia por cada billete.

–¡Oiga, pedazo de animal! ¡Las normas dirán lo que quieran pero yo no puedo irme al ayuntamiento a pedir un certificado de residencia de la pierna! ¡Creerán que me he vuelto loco!

La voz del empleado, al contestar, reflejaba dignidad, enfado y desprecio, todo a la vez.

–Por favor, no me insulte: yo le he tratado educadamente. Además, no es asunto mío. Si expido un billete de tarifa reducida lo tengo que hacer como manda el reglamento.

–Bueno, hombre, si le he ofendido lo siento. No era mi intención. Mire, le diré lo que podemos hacer ¿Le serviría un certificado mío, de la pierna y el resto, todo junto?

El cajero vaciló.

–No sé… No es lo correcto…

–Dese cuenta: le doy más de lo que piden las normas. Un supercertificado, podríamos decir. Pierna y demás accesorios. De la escayola no habrá papeles, desde luego, pero me parece que podríamos considerarla como un vestido, o un abrigo, o algo así, ¿no es verdad?

–El reglamento deja llevar a bordo un bastón, o unas muletas; eso es cierto… La escayola debe ser algo parecido, en realidad… Mire, creo que haré la vista gorda por esta vez y le dejaré que me dé el certificado de residencia suyo, el completo.

–No llevo ninguno.

La sonrisa del empleado era de total triunfo; el suficiente como para agregarle un poco de magnanimidad.

–¿Ve como no hay que ponerse nunca en plan chulo? Se lo dejaré pendiente. Tiene usted un mes para entregarlo en la oficina; allí le abonarán la diferencia. Arreglado.

–No, qué va. De arreglado nada. Quiero que me traigan una silla de ruedas.

–¿Cómo dice?

–Estoy impedido. No pretenderá usted que me meta en el autobús con los demás pasajeros, ¿verdad? Me tienen que poner una silla de ruedas. Lo dice el reglamento.

El viajero cruzó todo el vestíbulo del aeropuerto en silla de ruedas, con la pierna extendida hacia delante como el botalón de una nave y las muletas cruzadas sobre los reposabrazos. Se ahorró la cola del registro de seguridad –la silla de ruedas no pasaba por el arco magnético– e incluso el trámite de la sala de espera. Lo condujeron directamente hasta el avión y allí, con la ayuda de un par de mozos, logró subir las escaleras, estrechísimas, sin perder demasiado la compostura. Se le acomodó, por fin, en la parte delantera de la cabina, ocupando las dos butacas a las que tenía derecho.

–¿La pierna tiene que abrocharse también el cinturón? La azafata celebró con grandes sonrisas la gracia y le entregó una almohada.

–Le irá bien para acomodarse.

El hombre se calzó la espalda con la almohada y luego se echó a dormir. El resto de los pasajeros, al ir entrando, lo miraba con una mezcla de conmiseración y envidia.

El avión despegó, finalmente, con un retraso razonable. Al alcanzar la altura y la velocidad de crucero se apagaron las luces que obligaban a mantener abrochados los cinturones de seguridad y el lisiado, ya despierto, pidió que le ayudasen a incorporarse. El lavabo quedaba cerca. Una vez dentro de él, abrió la escayola a lo largo, sirviéndose de un corte disimulado, sacó de dentro de ella una bolsa de plástico con un arma corta y varios cargadores, la montó, se deshizo del resto del yeso, volvió a anudar, uno por uno, los lazos que le mantenían cerrado el pantalón y se dispuso a secuestrar el aeroplano.