Francisco Tario
Entró un señor enlutado, con los zapatos muy
limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo:
–Necesito un féretro.
Oí distintamente su voz ronca y
amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera
hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta
en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.
El empleado dijo:
–Pase usted.
Y pasó el hombre sigilosamente,
con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que
visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos
cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella
luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.
Mi compañero de abajo se
enderezó cuanto pudo para explicarme:
–El cliente es rico, conque tú
serás el elegido.
La noche era fría, lluviosa, y
soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo
tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho
menos aventurarme –Dios sabe con qué rumbo– por esas calles tan húmedas y
resbaladizas.
El enlutado seguía tosiendo y
examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente, sin aproximarse
demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera
abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del
cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo notar entre otras
cosas su sobriedad, duración y comodidad.
De súbito, advertí sobre mi
espina un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo
ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré
estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes,
abultados –verdaderos ojos de rana– que repasaban mi cuerpo de arriba abajo.
Escuché de nuevo su voz cavernosa:
–El finado es robusto, ¿sabe?
Fue entonces cuando pensé:
“Me llevará sin duda”.
En efecto, prorrumpió:
–Creo que me convenga éste.
Ajustaron el precio –en mi
concepto, irrisorio– y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las
llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me
penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el
interior del vehículo, sollozaba ahogadamente, llevándose con frecuencia el
pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello del capote subido,
hacía girar extrañamente el volante…
Cruzamos calles silenciosas y
lóbregas, pobladas de perros chorreantes y prostitutas; avenidas iluminadas y
alegres donde la gente paseaba con lentitud, bajo los paraguas negros; una
plazoleta muy triste en la cual tocaba una banda y los militares lucían sus
uniformes nuevos; edificios de ladrillo, tenebrosos, en cuyos interiores
adivinaba yo parejas de hombres y mujeres estrujándose frenéticamente…
En tanto, mi cerebro trabajaba
sin descanso:
“¿Hacia qué lugar me conducirán?
¿Qué clase de destino me aguarda?”
Es preciso que los hombres sepan
que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros
escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante
todo, tenemos nombre: unos, masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de
acuerdo con nuestro sexo.
Mientras permanecemos en el
almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al
matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con
otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más
importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del
cónyuge que nos deparará la suerte.
Buena prueba de esto último es
que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se
despidió de mí de esta forma:
–Que el destino te conceda buena
hembra y buena casa…
Yo, que soy hombre, le respondí
tristemente:
–Sobre todo, eso, amigo: buena
casa para pasar el invierno.
¡Ah, esas tumbas de tierra,
enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por
nuestras espaldas y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y
endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales
chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas,
encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un
abismo!
Cuando el automóvil se detuvo,
observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces
humanas de:
–¡El féretro! ¡El féretro!
Alcé los ojos y vi un edificio
cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos
ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos
ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente
abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato,
no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar
indecibles esfuerzos para contener la risa. Allí estaba yo, tendido sobre no sé
qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus
rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban
rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una
especie de monstruo, culpable de la muerte de los hombres.
Una muchacha fresca y esbelta,
que despedía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda
el alma, prorrumpió al verme:
–¡Es tan terrible y tan negro!
Distinguí su pecho duro y alto,
que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela
infame.
Otra mujer, rubicunda y fea,
cuchicheó una frase indulgente:
–¡Y las manijas son de plata!
Pero he aquí que, de pronto, un
chiquillo se me acerca y pregunta:
–¿Es para enterrar a papá?
Sentí que el corazón me dejaba
de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba
abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.
“¿Cómo, para papá? –me dije–.
¿No soy acaso un hombre?”
Quise gritar, protestando. Quise
incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas
manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí.
Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente
y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío,
salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos
a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban
procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de
flores…
No pudiendo soportar más el
oprobio de que era víctima, hice un sobrehumano esfuerzo y derribé al cadáver.
Cayó éste con gran aparato, partiendo por la mitad un cirio que se apagó
instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso.
Yo grité y no me oyó nadie:
–¡No quiero! ¡No quiero!
Todos se apresuraron a levantar
al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio
horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las
manos sobre el descote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis
instintos.
“Lograr poseerla!”, pensé con
angustia.
Pero de nuevo cayó a plomo sobre
mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga.
Me encogí de hombros y opté por
dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.
Así lo hice. Y soñé. Soñé con
dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel… con ricos
sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres… soñé, y las imágenes sibaríticas
me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las
vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres
después de una óptima noche de continuos placeres.
(Tomado
de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)
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