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miércoles, 17 de septiembre de 2025

Un caso de cosmoetnología: La religión hispánica

José Luis Sampedro

 

Desde el punto del campo gravitatorio terrestre en que estoy situado, tan próximo a su centro, abarco perfectamente la ciudad de Madrid, seleccionada para nuestro estudio antropológico. Es lo que ustedes llaman domingo; es decir, el día que hemos seleccionado previamente por razones obvias. Es también la hora del rito cuya observación nos interesa. Por cierto, hablo en presente por hablar de algún modo, pues eso que ustedes llaman tiempo tiene para nosotros un sentido imposible de explicarles.

Pues, naturalmente, yo no soy un terráqueo, sino que habito cierto asteroide. Supongo que eso ya no sorprenderá a ningún lector, después de tanto platillo volante como ven desde la Tierra en estos últimos períodos temporales. No obstante, para hacer más digerible la novedad de esta información científica, firmo con un nombre y apellidos de los que suelen usar ustedes y procuro expresarme en vocablos de su medio expresivo. No pueden imaginarse el trabajo que cuesta. Es como cuando a un gas lo encierran a presión y no se puede mover.

En fin, el caso es que en nuestro mundo se habían producido ciertas discusiones sobre el estado actual de las creencias religiosas en las agrupaciones pensantes primitivas de nuestro espacio próximo, especialmente en la Tierra, donde esas creencias han jugado un gran papel. Ciertos etnólogos cósmicos insistían en la fuerte vigencia actual de tales ideas. En cambio mis maestros –ahora sé que por error– las consideraban en decadencia. Para abreviar fui comisionado para un desplazamiento que permitiera aportar hechos sobre la situación en cualquier país terrestre donde la religión se encontrase viva.

Naturalmente, elegimos España. Todas nuestras referencias coincidían en que el pueblo español encarna la más honda raigambre religiosa, mil veces demostrada a lo largo de su historia. Hasta los propios adversarios lo reconocen, aunque sea para reprochar excesos. En cuanto a las publicaciones españolas más recientes, todas garantizan el acendradísimo fervor católico de los españoles, hasta el punto de que sus leyes no reconocen ningún estado civil si no está religiosamente bendecido. Por eso en estos momentos, en que la suprema autoridad religiosa de Roma se inclina a la tolerancia y pide comprensión para los errores del pasado, los españoles no se sienten afectados por el problema de la libertad religiosa, totalmente innecesaria en un país donde todo el mundo hace uso de su plena libertad de conciencia para ser libremente católico.

Pero no es a ustedes a quienes necesito convencer del indudable acierto al elegir España como caso de estudio. Era preciso circunscribirse a un solo país y a muy pocas horas de observación porque, francamente, no soportamos mucho tiempo en la densidad de su medio ambiente y eso limita nuestro radio de acción hacia la Tierra, desde nuestras bases matrices. Por eso se eligió un domingo, y aunque la observación había de realizarse necesariamente durante la tarde (por razones de desplazamiento en el espacio) eso no era obstáculo puesto que la liturgia actual permite santificar las fiestas después de comer.

Total: que, como empezaba diciendo, mi campo de observación en el espacio abarcaba Madrid aquel domingo. Ni demasiado lejos para perder detalles, ni demasiado cerca para limitar el área a una parte. Desde allí mi noveno sentido captó en el acto la existencia de una indudable tensión mental colectiva, polarizada hacia un cierto punto de la ciudad. Hacia allí convergía el pensamiento de las gentes; hacia allí se organizaban los transportes públicos y las caravanas de vehículos privados. Desde los barrios más lejanos se formaban grupos reducidos acudiendo a engrosar los afluentes de los varios ríos humanos desembocantes en el polo de atracción común. El hecho era tan unánime, las excepciones tan insignificantes, que aquella manifestación colectiva, en el día santo del pueblo más religioso del mundo sólo podía significar una cosa: el pueblo en masa acudiendo al culto.

Prescindí, por tanto, de las áreas periféricas y me aproximé mucho más al foco de convergencia. La verdad, me sorprendió la estructura del templo y comprendí que, en ese aspecto, nuestras referencias eran un poco anticuadas. El edificio se había modernizado mucho, desde aquellas naves cerradas y sombrías. Era incluso impropio llamado edificio, porque era una estructura elíptica y abierta, dispuesta en graderío como los viejos circos romanos. Sólo una pequeña parte estaba relativamente cubierta, y como hacía un intenso frío invernal, con amenaza de llovizna o nieve –esos inconvenientes de su densidad ambiental en la Tierra– todavía me admiró más aún el fervor religioso de aquel pueblo, dispuesto a arrostrar todas las inclemencias. Verdaderamente, mis maestros se equivocaban. La religión española estaba tan viva como en sus épocas más gloriosas.

Cuando me acerqué, el templo estaba casi lleno, pero la ceremonia todavía no había comenzado. Me dediqué a observar el campo donde aparecía acotada un área rectangular, con ciertas líneas señaladas en su interior, seguramente para delimitar zonas de distinta significación sagrada. No había cruces por ninguna parte, pero sí ciertos maderos. Había tres, junto a cada uno de los lados pequeños del rectángulo, dispuestos de manera que el más largo descansaba, sobre los dos menores, clavados en la tierra. Aquellas especies de toscos pórticos aparecían cerrados detrás con una red, no sé si recordando así la profesión pescadora del primero de los apóstoles.

Un clamoreo del público, atestado ya en los graderíos, me llamó la atención hacia la aparición de los sacerdotes, emergiendo uno tras otro por una escalerilla, como si brotaran del seno de la tierra. Avanzaban en hilera, a grandes saltos elásticos, hasta el centro del campo. Eran muchos y –detalle también sorprendente–, ninguno era anciano, ni ostentaba venerables barbas. Vestían muy simplemente con calzón corto, y de parecida manera todos, pero con perceptibles diferencias. Once llevaban una camiseta blanca, con una simple insignia a la altura del corazón. Otros once llevaban camisetas con anchas rayas verticales azules y rojas. Los otros tres llevaban además una chaqueta y dos de ellos, además, unas pequeñas banderolas. Y todos, nacidos de la tierra, avanzaban elásticamente, hacia el centro del terreno sagrado… ¡Ah!, uno de ellos llevaba en brazos una esfera como de un palmo largo de diámetro.

Pero no voy a explicarles a ustedes un rito que conocen mucho mejor que yo: los breves preliminares, la religiosa colocación inicial de la esfera en el centro matemático del campo, el enfrentamiento de los dos grupos de once sacerdotes diferentemente vestidos, su empeño por llevar cada grupo la esfera sagrada hacia el pórtico opuesto impulsándola con los pies, las interrupciones cuando la esfera desborda el campo y cae en tierra profana –entonces interviene uno de los acólitos con la banderita– o cuando alguno de los sacerdotes toca la esfera con la mano, salvo si se trata de alguno de los dos guardianes, la obediencia al silbato del tercer sacerdote con chaqueta que viene a ser como el Gran Maestro de Ceremonias, el apasionamiento de los fieles vociferando con frecuencia el nombre de la ciudad “¡Maadrid!, ¡Hala Madrid!”, la contestación de otros coros cuya invocación consistía en “¡Ra, ra, ra!”… Todo eso lo saben ustedes de sobra. Lo único que pretendo es explicarles mi propia interpretación del rito, después de mis observaciones. No dudo de que cometeré algún pequeño error de detalle, pero en conjunto espero que mis conclusiones puedan aceptarse como una adecuada versión etnológica de la actual religión hispánica porque, modestia aparte, soy un buen especialista en religiones terrestres y no es difícil relacionar esas ceremonias con otras similares muy frecuentes en la especie humana.

Desde luego, mis maestros estaban equivocados en lo esencial pues el pueblo español es sin duda alguna religiosísimo. Pero no andaban muy descaminados al no atribuir mucha significación al catolicismo, a no ser que haya evolucionado de una manera casi increíble.

Pues resulta evidente que el culto presenciado por mí corresponde a una religión naturalista como tantas otras sobre la Tierra. La esfera sagrada es una clásica y conocidísima representación del mundo, que las potencias del bien –representadas por los sacerdotes de blanco– tratan de impulsar en una dirección, mientras las del mal pretenden llevar el cosmos en sentido contrario, a lo largo del eje mayor del rectángulo sagrado, que coincide sensiblemente con la dirección norte-sur del magnetismo terrestre. El entusiasmo predominante de los fieles por los sacerdotes del bien es completamente lógico, y las sombrías invocaciones de otros coros menores –“iRa, ra, ra!”– sirven solamente para dramatizar la ceremonia, como los sacerdotes que personifican el diablo en tantas religiones. Las invocaciones a “¡Madrid, Madrid!” se interpretan fácilmente como residuos de cultos locales, pues lógicamente la idea del bien se vincula a la de la ciudad propia, como lo demuestra el refrán popular recogido por uno de nuestros eruditos y que presenta a Madrid, como el escalón inmediatamente anterior al cielo (“De Madrid al cielo”, creo que dice, pero no es mi especialidad la paremiología).

Pero ¿por qué ofician los sacerdotes con los pies?

A primera vista, en efecto, resulta extraño, dada la superioridad moral y estética atribuida por los hombres a las manos. Pero nótese que el pie es justamente la parte del cuerpo más en contacto con la tierra. Una religión naturalista, que rinde culto a las fuerzas telúricas, dignifica lógicamente los pies como más directamente receptivos a los efluvios de esas fuerzas. El detalle de que los sacerdotes todos parezcan emerger por una escalerilla del seno de la tierra prueba que, en la ceremonia, todos ellos son considerados emanaciones o personificaciones de lo bueno y lo malo que hay en el cosmos físico cuyas directas manifestaciones son más fácilmente alcanzables a través de los pies. Sólo el Guardián de cada pórtico puede usar lícitamente las manos, porque él es el recurso supremo y entonces el hombre puede y debe emplear todos sus medios. Y cuando falla el hombre, a pesar de todo, es la Red –símbolo claro del Firmamento o del Océano Matriz– lo que salva a la esfera terrestre de perderse definitivamente. Y otro ciclo de la lucha entre el bien y el mal vuelve a comenzar, provocando la angustia de los fieles y ofreciéndoles la catarsis pasional facilitada por cada rito.

¿No es cierto que, detalles aparte, la religión ibérica presenta esos rasgos? Estoy seguro de que cualquier observador imparcial llegaría a conclusiones parecidas. En mi asteroide, sin embargo, continúan las discusiones. No es extraño en los sabios no dar su brazo a torcer; sobre todo cuando, como yo, no han podido observar directamente los hechos. Contra mi versión se han alzado dos clases de objeciones que, por honestidad científica, voy a resumir.

La primera coincide con la mía en algunos aspectos: el apasionamiento de los fieles, la estructura casi circular del templo en graderío. Pero en vez de enfrentarse dos equipos de sacerdotes, se enfrentan un hombre y un toro a fin de representar las fuerzas telúricas del bien y del mal. No pretendo discutir demasiado esa información de algún otro observador de la Tierra, porque podría reducirse a una variante del culto descrito por mí, ya que lo único alterado es la personificación ritual de las fuerzas contrapuestas. Parece incluso que esa variante tiene relación con las estaciones, y que ese combate entre el Héroe y la Bestia (con tantísimos equivalentes en otras religiones terrestres) estaría relacionado con el predominio de la influencia solar durante el verano, mientras que el combate entre sacerdotes emergidos de la Tierra sería más propio de la época en que el planeta se recoge sobre sí mismo en el invierno, como las semillas o el celo genesíaco de los animales terrestres. No es imposible, por tanto, que al menos en teoría el culto de Madrid –así lo he denominado en mi informe– y el supuesto culto solar del Héroe y la Bestia, coexistan en la realidad.

En cambio, debo rechazar por completo la segunda objeción. Pues algún testarudo sigue sosteniendo todavía, con argumentos exclusivamente documentales, que el catolicismo en su forma clásica es la religión española actual. Eso es algo que difícilmente puede afirmarse para cualquiera que haya observado directamente qué es lo que verdaderamente ocupa las mentes de los fieles durante el domingo e incluso durante la mayor parte de la semana. Digo esto porque, aun sin haber podido recoger pruebas plenas, tengo sospecha de que en los demás días los fieles se dedican con entusiasmo a llenar de cruces unos papelitos y a depositarios en buzones; todo ello en relación con los ritos dominicales de los sacerdotes enfrentados. No niego que los documentos siguen aludiendo a las antiguas ceremonias. Pero no sería el primer caso histórico –en la Tierra o en otros sitios– de la convivencia de una fuerte y apasionada religión popular con una religión oficial superior, mucho más elevada espiritualmente pero también con menos influencia sobre la realidad cotidiana de la vida para las grandes masas humanas.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Arca número dos

José Luis Sampedro

 

Otra vez se movió la plataforma intermitente para llevarse al que acababa de plantear su caso y acercar otro a su ventanilla. El recién llegado era un viejo rústico, de anacrónica barba y nada tipificado, de los que hacía muchos años ya no se veían por las urbes y suburbes mundiales. Venía desconcertado por los vertiginosos ascensores y por las plataformas mecánicas.

La máquina interrogadora entró en acción.

–¿Número? –preguntó su altavoz.

Como el silencio del viejo la dejara sin impresionar, la máquina pasó a la insistencia explicatoria:

–Debe declarar su número de identidad.

–No tengo –repuso el viejo–. Yo me llamo Nohé.

En el despacho del controlador se encendió la luz de “caso anormal”. Entre tanto la máquina hizo girar la plataforma y, mientras otro peticionario se enfrentaba con el altavoz, el viejo se vio llevado por los suelos móviles, entre barandillas y vástagos, como los botes de conserva en las máquinas empaquetadoras que asombraban a los antiguos del siglo XX. Cuando todo paró, Nohé se vio ante el controlador, que ya había recibido un televisionama de las palabras del viejo.

–¿Dice que no tiene número?

–Así es. Sólo nombre. Nohé.

–¿No-Sé?

El controlador pronunciaba con dificultad aquellas voces arcaicas.

–Nohé –corrigió el viejo, ya como avergonzado de tener nombre.

El controlador miró asombrado aquel rostro curtido y sin rastro de la normal operación de estiramiento epidermial. ¿Qué edad tendría? Hacía doscientos cuarenta y siete años que se había implantado la clasificación numérica en los registros humanos. Claro que eran años de los modernos, después de corregida y normalizada la rotación de la Tierra; pero, de todos modos…

–¿Y no tiene número, además?

Algunas regiones atrasadas todavía conservaban la costumbre de dar nombre, para uso privado, pero oficialmente sólo era válido el número.

–No.

En tal caso, aquel viejo estaba sin clasificar. Era un problema pues, en los números de identidad, cada una de las cifras daba, sucesivamente, el sexo, la localización originaria, la clasificación mental, el grupo energético, el complejo característico, el número cromosómico y las posibles variantes atípicas distintivas. Las dos últimas cifras que, naturalmente, eran variables, correspondían a la edad. Resultaba sencillísimo. Pero, ¿qué hacía uno con aquel viejo?

–¿De dónde viene? –le preguntó al fin.

–Del Gluchistán.

El controlador tuvo que consultar un atlas histórico para averiguar que aquello era justamente la cordillera cuyas nevadas cumbres se veían desde la ventana del control los días que el Consejo Urbano decretaba serenos. Eran las únicas montañas que quedaban en el mundo, como Parque Internacional, para conocimiento de los historiadores y conservación de algunos ejemplares de animales. Por eso se habían salvado del normalizador allanamiento previsto en ciertos proyectos.

–Y, ¿cuál es su profesión?

–Pastor.

¿Pastor? ¿Qué era eso? Bueno, había que acabar rápidamente con aquel loco o resucitado, porque el reloj que controlaba al controlador estaba a punto de marcar “ineficiencia” en la hoja del día.

–Bueno. ¿Qué quiere?

El viejo reaccionó como si por primera vez hubiera oído algo razonable.

– Un arca –estalló angustiosamente–. Tengo que hacer un arca flotante. Con urgencia.

–¿Un arca? ¿Qué es eso? ¿Por qué?

–Dios me lo ha ordenado.

–¿Dios?

–Dios. Me envió un sueño profundísimo, se me apareció y me mandó construir rápidamente un arca y meterme en ella con mi familia y con una pareja de animales de cada especie.

–¿Animales? ¿De cada especie?

–Bueno –dijo, el viejo temiendo pedir demasiado–, quizás baste con los grandes solamente. Ya se encargarán ellos de llevar los microbios y los parásitos.

El controlador meditó, pero sólo un instante, por causa del reloj. El viejo estaba loco, pero había que tramitarlo de todos modos. Si era un sueño, ¿por qué no había ido a un Dispensario de Psicoanálisis? A lo mejor le gustaba una de sus terneras. Pero allí seguía el viejo sin resolver y el tiempo pasaba. Miró el reloj.

–En fin, ¿qué puedo hacer yo? ¿Quiere acaso algo de la Jefatura de Materiales?

–¡Sí, materiales! Para hacer el arca. Y animales de cada especie. He de cumplir el mandato del Señor.

El controlador ya no le escuchaba. ¡Por fin!, pensó mientras apretaba un pulsador del reloj de control, justamente a punto de expirar el plazo. Y mientras las bandas y plataformas se llevaban al viejo, le gritó:

– ¡Exponga su petición al informista general!

Así lo hizo. Pero, como era caso raro, las máquinas instanciadoras no sirvieron y un viejo ordenanza ya declarado a extinguir tuvo que venir desde su habitáculo colectivo para redactar una instancia como las de los archivos históricos, en la que Nohé, sin número, natural de Gluchistán, de profesión pastor, a V. I. suplicaba respetuosamente, etc. Y tampoco sirvieron las máquinas resolvedoras que, apenas había pasado la instancia por tres o cuatro pares de tambores, la expulsaban del circuito normal con el sello de “anómala”. Así es que el curioso y anacrónico documento recorrió todas las dependencias administrativas, saliendo de cada una de ellas cada vez con más metros de microfilme archivable.

En general los informes fueron condescendientes con la rara pretensión del viejo. Así, por ejemplo, la Sección de Zoología Museal no se opuso a conceder las parejas de animales, aunque advirtiendo que no eran necesarias todas las especies, pues muchas podían obtenerse genéticamente, incluso por procedimientos ya anticuados, como el de cebra = yegua + tigre. Pero todo resultó inútil cuando la Junta de Materias raras denegó la concesión de madera para el arca, fundándose en lo injustificado del proyecto. El solicitante ignoraba, al parecer, que los océanos habían sido agotados muchos años antes para extraerles las sales disueltas, y que las aguas residuales habían quedado acumuladas en gigantescos depósitos, construidos sobre lo más desértico del allanado planeta. Y como la lluvia no era más que agua de aquellos depósitos, condensada en nubes por los Consejos Urbanos para componer a voluntad paisajes o para regular los ciclos de melancolía de los ciudadanos, era insensato amenazar con un diluvio catastrófico.

Cuando la máquina informante le leyó la resolución recaída en su expediente Nohé apenas comprendió otra cosa, sino que no había nada que hacer. En realidad, ¿acaso entendía siquiera las palabras corrientes, cuando eran dichas por aquellos agujeros? Y luego, las plataformas, tanta implacable geometría ante los ojos, la frialdad química de alimentos y ropas, y hasta las diversiones reglamentarias y el placer que, naturalmente, era obligatorio y estaba normalizado… Después de todo, el hecho era que él había cumplido con su obligación al soportar todo aquello. No esperó más: hizo un hato con su vieja ropa y echó a andar rápidamente, sin querer saber nada de nada. Hasta que, al sentirse otra vez a la sombra de sus montañas, volvió a ponerse su túnica, de tibias lanas humanizadas por el telar doméstico y abandonó las ropas sintéticas como hubieran hecho sus antepasados, a la puerta del templo, con las impuras babuchas.

Fue después, ya sentado entre los suyos a la puerta de la cabaña patriarcal, cuando se dio cuenta de que las palabras del altavoz informante habían tenido mucha trascendencia. Y meditando su terrible significado, sintió espantado su no culpable corazón humano, al imaginar qué tremendos rayos lanzaría esta vez el Señor.

Sin embargo, todo fue mucho más fácil que la vez anterior. Ni siquiera hubo que recurrir a las cataratas del cielo. La flamígera espada de la exterminación tomó sencillamente la forma de una paloma, porque como aquel mundo sin imprevistos había renegado de las aves, quedaba tan inerme frente a ellas como no lo estuvo en ninguna de sus épocas anteriores. Sí; bastó con que, al expirar el plazo, una paloma tendiera el vuelo desde las montañas hasta la urbe y dejara caer sobre un gran edificio cierta excreción nada normalizada. Como las cubiertas estaban sin echar por no ser día lluvioso, aquello fue a caer sobre una diminuta célula fotoeléctrica del servomotor principal que, al quedar tapada, no pudo registrar el exceso de desintegración en las pilas. Así fue como estalló la central atómica de la urbe N-327.

Con eso fallaron también todos los reguladores alimentados por la energía de aquella central básica y explotaron todas las subsidiarias. Las reacciones en cadena alcanzaron a yacimientos de minerales radiactivos, que se desintegraron abriendo inmensos cráteres rodeados de montañas. Los muros de los depósitos mundiales de lluvia se resquebrajaron y sus aguas inundaron la Tierra. Se destrozó también el compensador ecuatorial del eje terrestre y así renació el ciclo natural de las estaciones mientras, a medida que se sosegaban los huracanes desatados por la catástrofe, iban reconstruyéndose los alisios, las brisas, los monzones. Sí, bastó una paloma para aniquilar a todos aquellos hombres, por la sencilla razón de que ya estaban previamente aniquilados entre sus propios engranajes, mecánicos y mentales. Sólo quedó intacto el antiguo parque de Gluchistán, arca nueva de granito: a salvo de estallidos por no tener centrales, de inundaciones por no haber sido allanado, y de huracanes porque las profundas cavernas del monte sirvieron de refugio, durante los cuarenta días, a la familia del patriarca y a las bestias.

Cuando Nohé se decidió a salir, contempló un nuevo mundo. El sol resplandecía sobre un increíble panorama de montañas y lagos, de valles y aguas bravas, de playas y ensenadas rocosas a la orilla de un cántico marino. Retumbaban todavía sordos ecos profundos, aún estremecía el ímpetu de las cumbres, quedaban desplomes de peñascos inquietos, vapores movedizos, ríos precipitados al océano desde los acantilados. Pero ya sombras de maravillosas nubes acariciaban el paisaje y se sosegaban en azul las lejanías. Sólo permanecía en tensión lo más secreto de la tierra, fecundando la fiel paciencia de olvidadas semillas para convocar los bosques futuros y las praderas dóciles al viento.

¡Aquel viento! El anciano irguió toda su estatura cuando hasta él llegaron las ráfagas de tanta vida. Bebiéndolas por los ollares, las bestias se desbandaban ya hacia las anchuras prometidas, mientras la nueva humanidad emprendía también la marcha monte abajo.

El patriarca no pudo seguir a los suyos inmediatamente. Inmóvil, incendiadas las venas, estaba respirando –no le quedaba ser para otra cosa– la profundísima certeza de que otra vez, sobre el campo de los siglos, comenzaba la prodigiosa aventura del hombre.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)