domingo, 9 de agosto de 2026

Los tres inolvidables huéspedes del Hotel K

Jorge Eduardo Alcalá

 

I

Van Meers, el polaco, aunque tenía un Fiat bastante viejo, me dijo en el bar, antes de la balacera, que prefería viajar en los autobuses suburbanos para poder observar a las mujeres que subían y deleitarse minuciosamente, como si además de la atracción biológica, cada una tuviera un sabor, un secreto que contarle. Pero ahora el Fiat, que cada doscientos kilómetros se calentaba, era nuestro único medio de transporte y de huida, porque en Tijuana nos habían acusado a Van Meers y a mí de un asesinato que aún no estoy seguro que hayamos cometido.

De los tres que íbamos en el Fiat, el peor al volante era Jacob, un violinista judío que estaba tocando en una boda yiddish en San Diego y que decidió mandar todo al carajo cuando se dio cuenta de que la novia era su prometida. Ahora quería llegar en auto a la Patagonia, y nosotros, en plena huida, lo conocimos, en una curva de la carretera de Tijuana-Mexicali, kilómetros antes de La Rumorosa. Nos paramos porque el motor ya estaba caliente y era hora de dejarlo descansar. Aprovechamos para orinar. Él se acercó y se subió al asiento de atrás sin decirnos nada. Van Meers me hizo una seña con la cabeza, pero yo no le hice caso y seguimos tan campantes, regando las matas del borde de la carretera. Arriba, la luna era una sonrisa amplia y brillante. Cuando nos dimos cuenta, el intruso ya estaba dormido, con un sombrerito negro encima de la cara y no hubo manera de despertarlo sino hasta el amanecer, cuando muy ceremonioso entonó cánticos mientras nosotros tomábamos un café en un cruce carretero. Ahí lo exprimimos a preguntas, nos dijo que renegaba de su religión y de las mujeres, que no traía un centavo, que lo único decente en esta tierra era la música, aunque seguro con el viaje el violín se había desafinado. Le pedimos que tocara algo y luego de un rato de polémica, accedió. Cantó ese himno judío que es “java-yajira-java-java-ji-ji-ra”, pero al sexto compás se le salieron las lágrimas y ya no pudo continuar. Al final, acordamos seguir juntos hacia el sur. A mí qué me importaba; en la fábrica de chocolates se podían meter el empleo por donde prefirieran.

Poco después, a mitad del día, decidimos pasarle al judío el mando del Fiat pero casi choca con un camión de Gamesa y al poco rato optamos por hacer guardia, para indicarle qué significaban las señas en el camino y ponerle la pistola en la sien para que frenara cada vez que veíamos a una res cruzar la carretera, porque el judío quería atropellarlas a todas. Van Meers gritaba eufórico por las ventanas y les chiflaba a las mujeres hermosas que se nos cruzaban.

¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Esa chica no lleva brassier! Apuesto a que podríamos terminar con ella en un hotel. ¡Debe ser maravillosa!

Él adivinaba sin más el saludo de los pezones debajo de la blusa, abrigo o lo que fuera, e imaginaba la danza de las caderas. Y comenzaban así, en el autobús suburbano o en la carretera, sus fantasías interminables. Su devoción por las curvas era tal, que del espejo retrovisor colgaba una estampa de Fanny Cano desnuda.

Lo conocí en un bar de Tijuana, él miraba las piernas de cuanta mujer le pasaba por enfrente, yo tomaba una cerveza helada, luego de una tarde pésima en que no vendí ni un maldito chocolate. Platicamos los dos, estábamos en medio de un bache. Lo único que él tenía era una pistola; yo, trescientos pesos. Me la ofreció y acepté. Al poco rato, encontraron muerta a una mujer en el baño y Van Meers me tomó muy fuerte del brazo y me jaló hacia la salida:

–Lo siento, amigo, pero tendremos que irnos enseguida.

–¿Por qué?

¿Ve a ese tipo?

Sí.

–Bueno, pues antes que a usted, le ofrecí a él el arma. Y parece que la mató con ella.

¿Y?

¿Qué, no lo entiende? El arma tiene ahora sus huellas digitales.

El supuesto asesino intercambió palabras con un hombrón, nos señaló y dio un grito, pero nosotros ya estábamos en el estacionamiento. Gracias a que en Varsovia Van Meers piloteaba trailers en competencia nos libramos momentáneamente: hizo que los demás chocaran y al Fiat solo se le dañó el radiador. Un poco más adelante fue cuando nos encontramos con Jacob, ese loco bonachón que hizo ¡pum! cuando su novia se casó con otro. Se veía muy gracioso con sus trenzas peinadas según la tradición y su sombrerito negro. Cada que le preguntábamos cosas referentes a la chica o a San Diego, él respondía:

La Patagonia. Eso lo responderé en La Patagonia.

Paramos después de viajar toda la tarde y pate de la noche, frente a una choza. El auto no daba para más: el aire un tanto frío había amortiguado la falla, pero ahora el motor cascabeleaba. Los tres teníamos los ojos a punto de reventar y también estábamos muertos de frío. Teníamos trescientos pesos, una pistola y un violín sin afinar. La noche se desplegaba majestuosa: por encima de las montañas ya se había ocultado el sol y la luna iluminaba el paisaje mágicamente. El descanso había dejado al Fiat listo para ir a dormir, el desierto y nosotros también lo estábamos.

Nos jugamos los lugares a la suerte y yo me recosté en el asiento trasero, Jacob adelante y Van Meers afuera, sobre la arena. No bien cerré los ojos me dormí. Los chocolates seguramente se derretirían adentro de mi portafolios y mancharían las facturas, los papeles, mi pasaporte. Lo bueno era que no me importaban un comino las consecuencias.

 

II

Cuando me levanté, Van Meers tenía la oreja pegada al asfalto, en la carretera y dijo casi compungido:

El Fiat no funcionó más. Y el próximo auto va a tardar cincuenta minutos en llegar hasta aquí, si no es que se desvía en Casas Grandes.

Yo me estiré. Eran las seis. Me dolía la cabeza y la espalda. Comencé a quitarme las lagañas.

¿Ya vio a la gente de la choza? –dije. A lo mejor podemos conseguir que venga un mecánico hasta acá.

Está abandonada. Lo único que hay es una manguera.

¡Una manguera! Bastante agua tenemos como para necesitar una manguera con qué chuparla…dije, irónico, intentando sacudir la flojera.

Me acerqué al auto. Le pedí a Van Meers que diera marcha y descubrí que los platinos se habían fastidiado. Él no sabía que era conveniente traer herramientas en el carro y nunca había oído hablar de los desarmadores.

–En Varsovia lo hacen todo los mecánicos –respondió, encogiéndose de hombros.

Busqué en la cajuela una lima de uñas o algo similar para limpiar el carbón de los platinos, pero nada más encontré un bidón de 5 litros con agua. La usé para el radiador. El interior del carro parecía una provincia del desierto por tanta arena acumulada. El calor comenzaba a subir, teníamos a un judío medio loco roncando en el asiento del copiloto y un bidón con una manguera en vez de una lima de uñas.

Con el ruido, Jacob abrió los ojos. Se puso el sombrero y se sacudió el traje. Nos preguntó qué pasaba, como si fuera el jefe.

Es el auto le dije. No podemos seguir. Parece que hasta aquí llegamos.

–Bueno –contestó–, eso pasa todos los días en Israel. Maldito Fiat, es un auto de mierda.

Luego se acercó al cofre y pidió a Van Meers que diera marcha. Yo ya estaba sacando mi portafolios, como si el sueño terminara de pronto, listo para pedir aventón. Pero Jacob estaba empecinado: con el cofre abierto, pidió de nuevo marcha y mientras aplaudía dijo: “up, up, up” y el auto respondió a medias. Jacob oró un poco, entonando otra canción y dijo otra vez: “up, up, up” y el carro levantó. Van Meers, acelerando varias veces a fondo, gritó: “¡A ver quién nos detiene, hijos de puta!”, y Jacob lo reprimió con la mirada. Subimos al carro y arrancamos a toda velocidad, quizá rumbo a la Patagonia.

Es imposible ¿Cómo lo compuso? dijo Van Meers, rascándose la cabeza.

–Esas son cosas que solo se logran comiendo kosher. Usted nunca lo entendería –dijo Jacob, acomodándose el sombrerito negro.

¡Fabuloso! Iba yo acompañado de un polaco que escuchaba en la carretera igual que los apaches y de un violinista judío que tenía un romance con los motores.

 

III

En la siguiente parada cambiamos de piloto. Yo tomé el volante y sentí el Fiat: fuera de la calentura, el cacharro funcionaba de perlas. Miré el retrovisor: Jacob entrenaba sin violín sus melodías. A mi lado, Van Meers, cuando pasaba una nativa hermosa, sacaba los brazos por la ventana simulando un abrazo y gritaba en italiano:

–¡Ma che cosa!

Por la noche nos detuvimos en Camargo. El auto estaba ardiendo. La gasolina estaba a punto de terminarse y aún faltaban muchos kilómetros para llegar a casa –dondequiera que estuviese–. Van Meers y yo decidimos que lo mejor era ordeñar a algunos de los automóviles que había en la calle. El parecido entre Drácula y nosotros sería espectacular: el auto sería la doncella y su preciosa sangre, la gasolina. Jacob solo vigilaría, porque robar atentaba contra su ética (no contra su religión, porque él insistía en que a estas alturas el judaísmo le importaba un rábano).

Metí la manguera en el tanque de un viejo Mercedes. La chupé para hacer el sifón. Justo cuando se hizo y la gasolina del Mercedes fluía, pasó a lo lejos una morena y Van Meers corrió hacia ella, aullando. Lo perdí de vista cuando dobló la esquina. Al poco rato regresó, mientras yo escupía para quitarme el sabor a gasolina de la boca. Jacob se había echado a dormir en el asiento trasero del Fiat y las trenzas le revoloteaban después de cada ronquido.

Nos quedaremos aquí dijo Van Meers sonriendo–: la morena es una maravilla, su padre es dueño de un hotel y nos ofrece alojamiento gratis.

Yo lo miré de arriba abajo; solo una mujer fuera de sus cabales le dirigiría la palabra. ¿Y ella le ofrecía techo para los tres? Absolutamente increíble, pero yo navegaba en un barco a la deriva, en el cual las cosas más extrañas podrían ser posibles, así que no me preocupé.

Al final de la calle estaba el Hotel K. Dos pisos, ninguna pretensión de lujo. Era más bien una modesta casa de principios de siglo habilitada como hotel. Nos recibieron como a embajadores: se nos ofreció una fuente de vino y las mucamas improvisaron una danza exótica cuando el dueño así se los indicó. La morena se les unió y fue especialmente coqueta con Van Meers. Cuando trajeron la cena, me quedé boquiabierto: agua francesa, jamón virginia, paté de foí, pasteles alemanes. Después del licor digestivo, Jacob se retiró a su habitación acompañado, por supuesto, de una bailarina rubia.

Es mucho el tiempo a recuperar… dijo él, un tanto apenado.

Que se divierta –le contesté, y le di un largo trago a mi vaso y alcancé a oír a la rubia cuando le decía: “Señor diplomático, ustedes tres sí que son inolvidables”.

Las habitaciones olían a albahaca. De los tres, yo era el único que estaba solo, más por elección que por azar. Sonreí, recordando el cuartucho que rentaba en Zapopan: las paredes tenían el mismo color y en general las construcciones eran muy similares, pero en una me angustiaba al acercarse la fecha de pago y en esta otra me trataban como si yo fuera campeón goleador. Me eché en la cama, listo para dormir el sueño de los justos.

Jacob comenzó a afinar su violín a las tres de la mañana, en una habitación contigua a la mía. Me despertó. Minutos más tarde, claramente escuché golpes y enseguida a Van Meers hablando alto y en polaco. La morena le contestaba en tono también fuerte. Jacob dejó el violín y comenzó a orar en voz muy baja. Mi habitación estaba en penumbras. Hacía calor. Preparé mis maletas por si acaso y dejé todo listo para salir en cualquier momento. Al poco rato la discusión cambió de tono y Van Meers y la morena terminaron en la cama.

A las cinco tocaron a mi puerta. Era Van Meers. Me dijo:

–Vámonos. La chica no era tan sensacional como lo suponía.

–¿Qué pasó?

–No me pregunte. Eso se lo responderé en la Patagonia –dijo él, haciendo un sarcasmo–. Bueno. Y si no, no importa: jamás lo responderé.

¡Vamos, Van Meers! ¡Reaccione, carajo! –le tomé de la camisa: usted no es de los tipos que se ablandan. Lo entiendo de Jacob, pero de usted no.

Sí. Quizá tiene razón, el hecho es que ahora no tenemos mucho tiempo. Lo mejor que podemos hacer es largarnos de aquí el tipo estaba teniendo una de esas iluminaciones como la del bar en Tijuana y yo preferí obedecer.

Bueno, pero nos quedan muchas cosas por aclarar. Yo manejo.

De acuerdo, pero nunca pise el freno.

¿Qué pasa, Van Meers? ¿Qué demonios es lo que pasa?

Tardó en contestar, pero al final lo hizo:

–Le prometí al padre de la morena una vueltecita en el Mercedes. Le dije que Jacob era diplomático israelí y yo su chofer. No queda otra más que huir.

–¡Deme las llaves!

Enojado, ya no quise averiguar más y bajé las escaleras tan rápido como pude. Jacob, junto al Fiat, entonaba una oración triste y hacía gestos con las manos, como si tuviera el violín en ellas. Sus maletas estaban en el piso. Cuando nos acercamos, vimos que estaba llorando. Se sonó la nariz y dijo, con la voz entrecortada:

A la Patagonia. Cuanto antes, mejor. Me ha dado mucho gusto conocerlos. Pero me voy a la Patagonia se restregó los ojos.

Muy bien. Seguro este maldito judío despertó a todo el hotel para avisarles. Ahora nos atrapan dije yo, alterado por la prisa.

–No –respondió Jacob–, no desperté a nadie. Lo juro.

–Espere. Quizá podamos adelantarlo un poco más en su camino –intervino Van Meers y me dio con el codo en las costillas, para ser su cómplice–. Todavía podemos conocer muchas chicas, ¿eh?

–Eso… –dijo Jacob y la catarata de lágrimas hizo su aparición de nuevo–. Ah, sí… seguro.

Por suerte que lo encontramos y detuvimos su fuga: el Fiat no prendió. No tenía ni una gota de batería. Pero Jacob hizo su cántico “up, up, up y esta vez, quizá porque estaba triste, le costó más trabajo que el carro respondiera. Yo tomé el volante y Van Meers les gritaba a las mujeres que se cruzaban en nuestro camino. Jacob, en cambio, guardó silencio durante la madrugada. Con el sol ya en lo alto llegamos a Ciudad Valles. Paramos en una cafetería y pedimos una mesa. El café me tranquilizó. Cuando Van Meers se paró a conversar con una mesera de caderas amplias, Jacob rompió su silencio.

Oiga –me dijo–, ¿usted cree que el polaco consiga otra vez dónde quedarnos?

–Sí, claro –en realidad no tenía idea, pero él no hubiera podido aceptar otra respuesta.

–Y… otra pregunta más.

–Sí, Jacob.

–¿Y usted cree que la mesera tenga otra amiga como la rubia aquella del Hotel K? ¿Encontraremos a alguien como Fanny Cano, pero de carne y hueso?

¡Por supuesto!

Van Meers apareció de pronto.

–¿Tienen listas las llaves? ¡Vámonos!

–¿Qué pasa? ¿Qué pasa? –dije yo.

–Acabo de escuchar la carretera. La morena y su padre vienen tras de nosotros. Les llevamos tres horas de ventaja.

Jacob gritó:

¡Yajuuu Patagoniaaa!

Ya bien entrada la noche, en una gasolinera de Pachuca, del brazo de una mestiza muy guapa, Jacob entonaba una vieja melodía yiddish y enfriaba el radiador del Fiat mientras nosotros orinábamos y entonces Van Meers me confesó que él había matado a la mujer en Tijuana, pero bajo aquel cielo estrellado y hermoso, ese era un detalle intrascendente.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

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