Mostrando entradas con la etiqueta Daniela Bojórquez (México). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniela Bojórquez (México). Mostrar todas las entradas

martes, 16 de abril de 2024

Volantes

Daniela Bojórquez

 

La bocina del teléfono público está descolgada. En la pantalla, un favor de colgar es petición que nadie cumple. Mientras, los autobuses causan una corriente de aire que mueve, no sin cierta caricia, el casi millón de papelitos que solicitan una persona, o veinte, para despacho medio tiempo, actividades sencillas, mil pesos semanales cuatro horas diarias, licenciada Lucy Castillo.

Todos los volantes quieren despegar, despegarse de los masking tape que los sujetan contra las paredes metálicas de la cabina de este teléfono público.

El teléfono de espaldas sólo tiene una pantalla apagada como inicio de cinta de video, y junto, un papelito rosa y casero: Busco quien me quiera 0445530810938. La corriente de aire no alcanza ese resquicio del aparato telefónico, por lo que el papel no se ha caído. Sí ha llegado antes un muchacho que, con mano segura y lapicero sin punta, ha prácticamente cincelado un puto el que lo lea, cuyos pocos lectores –como pocos hablantes por la bocina– han pasado por alto y leído como los letreros Rento cuarto amueblado, Busco quien me quiera o Se lavan alfombras.

Es hora de pasar. Samuel ha recopilado la currícula, donde insisten unos en la amplia experiencia en cuestiones de recursos humanos; subrayan otros conceptos como ‘inteligencia emocional’. Varios van acompañados de solicitudes de empleo compradas de camino a la entrevista, que ponen destacar en esta empresa como objetivo en la vida, dos puntos.

Recopilada la currícula y en sus sillas los interesados en el trabajo: entonces, Lucía debe entrar por la parte trasera del más o menos amplio despacho alfombrado, y repartir las copias fotostáticas Qué se necesita para triunfar en la vida, numeración del uno al diez, puntos y guiones. Reparte quince, a veces cuarenta y cinco, a los solicitantes de las ocho de la mañana –a primera hora les dijeron que llegaran– y pone cara de importante o de que sabe lo que hace o por qué lo hace mientras entrega solicitudes, la licenciada Lucía.

Tienen que llenar la numeración del uno al diez. A la mayoría se le ocurre poner esfuerzo en el número uno, y del dos al diez, frases y adjetivos que emulen lo triunfadores, perfeccionistas y autoexigentes que son y por lo tanto, lo ventajoso que sería para la empresa contratarlos. Mientras los solicitantes se empeñan en poner lo mejor que se les ocurre sobre triunfar en la vida, y tachan y rellenan las hojas carta que lo cuestionan, Lucía recrea en su mente lo que sigue: Samuel pasará al frente a preguntar si ya acabaron, y después de una retahíla de consejos sobre superación personal, les dirá a los afortunados o desafortunados que leyeron un anuncio junto al teléfono, que les prometía mil pesos semanales, cuatro horas y sin esfuerzo, que la clave de la vida y del triunfo en ella es trabajo, trabajo, trabajo, y que deberían de haber llenado la hoja con esa palabra, diez veces en su numeración del uno al diez.

También se percata Lucía de que hoy son menos de veinte los desempleados que han acudido aquí con alguna esperanza y se pregunta por qué, si los anuncios parecen tan atractivos, el sueldo tan competente, la situación del país tan crítica y el desempleo a todo lo que da. Si no junta la cuota de quinientas solicitudes semanales, a ella no le van a tocar sus dos mil pesos, sueldo que se ha ganado a pulso y después de pasar por todo lo que han pasado estos solicitantes que la miran a las nalgas algunos y a los ojos otros: llenar una copia fotostática de respuestas sobre la excelencia, llegar a la entrevista –que se suponía personal– más o menos bañados y alegres, preguntar en qué consistirá la labor en el despacho y la hora de la cita al día siguiente: pedir por la licenciada Gina. O por Lucy.

La licenciada Lucy, quien en este instante, mientras recoge las hojas arrugadas algunas, dobladas otras, y trata de esquivar o retar las miradas de los muchachos o señores que parecen querérsela comer, piensa en que si para mañana viernes no llegan por lo menos cincuenta incautos por turno a escuchar una plática sobre superación personal, a ella no le va a tocar cobrar; porque aquí, ésas son las reglas: trabajo, trabajo, trabajo. Quinientos mínimo: menos, no cobras.

Todo depende de que llamen por teléfono. Cuando llaman, lo de menos es darles dos o tres vueltas en argumentos ambiguos y convencerlos de que vengan mañana, a las ocho o a las diez o a las doce del día, se trata de llenar los tres turnos para la plática y así, sumar y sumar hasta que el viernes por la tarde llega Samuel y le dice muy bien, juntaste los quinientos, y le pagan.

En los últimos meses, más de una vez no ha cobrado. Y no quiere que esta semana sea otra en la que apenas le alcance para los camiones. Camiones que, en una esquina, causan corrientes de aire que han zafado muchos papeles despacho medio tiempo, mil pesos semanales cuatro horas diarias. Se han desprendido también a causa del viento intenso de este otoño que comienza: han quedado dispersos y propensos a ser deshechos por miles de pies que caminan de prisa. O no han sido vistos sencillamente porque nadie ha llamado por ese teléfono público, porque a nadie se le ha ocurrido hablar desde un teléfono cuya bocina cuelga péndulo de la cabina metálica: no han pedido desempleados: por favor con la Licenciada Castillo: han pensado que el teléfono está descompuesto, como el de espaldas, cuyo letrero rosa es abandonado por las miradas de los que no llamarán al 0445530810938 diciendo hola qué tal, yo quiero quererte.

 

sábado, 13 de abril de 2024

Red Ribbon

Daniela Bojórquez

 

Caminas por la calle en viernes y te encuentras de frente a un muchacho con alas de ángel que pide por favor, préstame tu mano; y mientras te mira dulce, ata en tu muñeca un listón rojo que lleva escrito Love is love: tú te dejas y él te lo pone y de pronto no hay de otra sino voltear a verlo, sonreírle, decir gracias y pensar “qué bonito listón rojo”. Te acuerdas –entonces– de tu cabello peinado hacia atrás en una cola de caballo (cuando ibas a la primaria) y cuando los niños más grandes te jalaban el pelo y no decías nada, sólo cuando el peinado se soltaba completamente, y un listón ancho quedaba tirado en el patio a merced de los pies y el lodo de mediodía de martes o de jueves, cuando ni siquiera había, como hoy, la esperanza del fin de semana o la posibilidad de que pensaras algún día se acabará la primaria y seré grande.

Mientras cruzas la calle y miras hacia atrás al joven que colocó un listón en tu muñeca, viene a tu mente la caja de chocolates con forma de corazón, que no sabían deliciosos, pero qué momento tan grande cuando él te los regaló a la vista de todos, y más cuando frente a los oídos también de todos dijo te quiero y tú sentiste como que algo cambiaba en ti en ese instante, mientras deshacías el moño rojo con aquella sensación que hace mucho has perdido: será que ya no estás en la secundaria y menos en la primaria y las cosas quizá no son tan fáciles o ya no es tan fácil para ti notarlas.

En fin, vas más lejos, mucho antes del listón en la cabellera o de la bolsa con los primeros chocolates de noviecito: antes, cuando la abuela y su caja de chácharas que contenía hilos de todos los tonos y matices y entre ellos, listones que nunca utilizaba: piensas en antes, en esas tardes, en particular te acuerdas de una cuando decidiste ir de manera clandestina por la cajita y sacar los hilos y los estambres y las agujas y hacer con los listones una línea de colores que casi atravesara el jardín para luego jugar a brincar la cuerda con ella: fue un problema porque no pesaba tanto como una cuerda y el viento la movía de un lado para otro y resultaba imposible para ti y tus dos amigas darle la vuelta a la línea de seda de colores y brincarla; además de que por su naturaleza era difícil, también tuvo que ver que el anciano vecino hubiera estado haciendo algo extraño en la terraza con vista al jardín, y entonces la abuela, con razones que nunca se entendieron, les hubiera pedido urgente métanse a la casa; ahora prefieres no pensar en ello, porque en este momento necesitas concentrarte en atravesar las dos grandes avenidas ante la mirada de los policías de tránsito, miradas lujuria que siempre te han inquietado y mientras, piensas listones que te remiten al de tu cola de caballo, al de la caja de chocolates, al que no pudo convertirse en cuerda y también al atado al cuello del oso de peluche que ¿cuándo? dejaste de ver –hay cosas que hace mucho se perdieron y no sabes cómo, o no puedes precisar cuál fue la última vez que estuvieron ante tus ojos–. Esa cinta que adornaba al oso era lo más parecido a la que ahora pende de tu muñeca: era más o menos así de ancha y del mismo rojo, porque aunque digan que el rojo es rojo aquí y en donde sea, hay matices, y este matiz es igual al del listón del oso de juguete que quién sabe cómo se llamaba, pero que te acompañó durante muchas noches cuando te sentías sola o sin amigas o cuando tenías miedo del vecino haciendo cosas raras en la terraza que daba al jardín: lo único que recuerdas es su mano moviéndose con cierto ritmo y la intensa expresión de ojos vacíos y boca abierta en la penumbra cuando te volteaba a ver; ese gesto no lo habías visto en nadie más sino hasta después: era una expresión similar a la del agente que miraba a tu abuela con lascivia mientras tú te concentrabas en algo que era como un listón pero más ancho: era de plástico y en vez de tener inscrito Love is love, decía Precaución no pasar; esa banda estaba colocada en medio del tránsito, habían acordonado un trecho mientras abuela aguantaba la mirada insolente del policía que le preguntó ¿lo reconoce? Fue entonces cuando tu abuela se derrumbó en lágrimas mientras a ti se te grababa el letrero Precaución no pasar, y detrás de la leyenda se te quedaba la imagen del cuerpo inerte de tu tío y la cinta de sangre que salía de su cabeza: entonces usabas cola de caballo atada con un moño rojo de listón como el que miras ahora: un muchacho alto y con alas de cartón se los ha puesto a las jóvenes que han pasado por el cruce de estas dos avenidas, muchachas a las que los listones rojos les recuerden algo o no, son muy probables compradoras del nuevo perfume floral con esencias orientales y un leve toque cítrico, cuya frase publicitaria de la temporada es Love is love y lleva el nombre Red Ribbon.