María Rosa Macedo
Al
dar las cinco horas-destino, la señorita García se detuvo en la puerta del consultorio.
Allí, ante su mesita, bajo el reflejo cálido de una lámpara estaban las manos fuertes,
el corazón bondadoso, los treinta y dos años del doctor González.
–Adelante –era la misma voz de la ausencia
y Erlinda García avanzó tímidamente, se sentó en una silla que la miraba con sus
cuatro patas amigas y sonrió. El doctor alzó los ojos y respondió a su sonrisa.
Avanzó un poco las manos –tenía un anillo en ellas, ahora lo notaba, y una pequeña
cicatriz bajaba dudando sobre el pulgar– movió suavemente un lápiz que sujetaba
entre los dedos y la quedó mirando con un gusanillo de sorpresa detrás de los anteojos.
En esas semanas que había dejado de ir al consultorio popular, el rostro de su antigua
paciente se había perfilado y sus ojos eran más humildes y más claros ante la luz.
Esos ojos le habían hecho falta pues lo hacían sentirse más seguro de sí, más lleno
de ciencia y mejor amigo de la humanidad doliente. Ese pequeño jirón de fe que había
echado de menos, le llevaba hasta las regiones de lo mágico y le parecía poseer
entonces dones sobrenaturales que envolvían su miseria de hombre limitado y confuso.
Los ojos sencillos que llenaban de sentido su profesión estaban allí y viajaban
hacia el futuro.
–¿Cómo está usted?
–dijo después, simplemente.
Una garúa finita
enlodaba las calles pobres y sucias del barrio, cuando Erlinda García pasó lentamente,
al caminar de su reumatismo, rumbo a casa. Todo estaba desierto y el silencio compacto
se rompía a trechos con las voces roncas de los ómnibus que paseaban jadeantes hacia
el este. De pronto azotó el aire una llamada urgente:
–Vengan ya muchachos,
apúrense.
La señorita García,
cincuentidós años, blanca, de ojos mansos y azules de asombro en una cara que fue
bonita, se sobresaltó al oír el grito. Estaba hundida en sus propios pensamientos
y esa era tarea suficiente para olvidar el contorno, pero vuelta a la realidad por
la presencia viva de una voz que parecía haber quedado colgada en el aire, miró
y alcanzó a ver a unos muchachitos que se encaminaban a la casa más cercana. Fachada
amiga con un letrero cordial en blanco y rojo: “Consultorio Popular - Medicina General”.
Y se alegró con una pequeña esperanza. Era lo que necesitaba y parecía haberle salido
al encuentro. Una consulta médica para aliviar sus dolores. Media hora de atención
a ella, a ella sola. Voces que la interrogaran. Manos, ojos, ciencia que la auscultaran
solícitos. Media hora de importancia en una existencia olvidada. Una consulta barata,
además, que estuviera al par de sus menguadas posibilidades económicas: A pesar
de eso dudó un poco en la puerta de entrada (siempre le tenía miedo a lo desconocido)
pero se armó de decisión y pasó adelante. A juntar su carga de penas con las de
los otros que allí esperaban. Como ella esperaría.
Erlinda García saludó
en voz baja y la señorita que escribía en un gran libro le contestó amablemente,
la miró un momento recogiendo con los ojos esa turbación que la acosaba y a la recién
llegada le pareció entonces que se la recibía como una amiga en el consultorio popular
donde entraba por primera vez, que había nacido para ella que antes lo ignoraba
y solo en ese momento cobraba existencia real porque Erlinda García, pensionista
del estado, había entrado allí a consultar sus males. Recorrió con la vista el cuarto
poblado de pacientes, mientras confusamente oía las respuestas de un obrero que
decía en tono sordo y como con cansancio.
–Cuarenta años…
nací en Cañete… Sí, soy casado, con cinco hijos… vivo aquí cerca nomás, número 864…
interior C.
A saltos le llegaba
la voz y ella observaba a la señorita que escribía; después fue su turno y la mirada
amable, un poco sonriente y las preguntas se dirigieron-a ella. Entonces emprendió
viaje por un camino olvidado hacia el que, simples palabras, breves e inexorables,
la llevaban de la mano en un recordar inesperado.
El sol de la campiña
iqueña golpeaba furiosamente porque era verano y los mangos debían dorarse ya y
las uvas se hinchaban y oscurecían en un prodigio renovado cada año. Las llapanas
habían comenzado su jornada hacia el mar y en las lagunas los muchachos levantaban
espuma de las aguas sulfurosas. Erlinda era dueña de dieciocho años hermosos y en
su corazón aposentaba un amor.
–¿Nombre? ¿Dirección?
Perfumaba el crepúsculo
y en las rejas calientes había música de murmullos.
–Ven niña, que están
dando las seis y llaman a la novena.
–Ya voy, mama –y
la chica interrumpía su diálogo con Pedro, el que había llegado de Lima y vivía
muy cerca, allí, junto a la bodega–. Tengo que irme, hasta mañana Pedrito.
–Hasta mañana, mi
vida –y el joven se alejaba con una dulce figura de mujer en el recuerdo.
Pedro era alto y
fuerte. Había conocido a Erlinda una noche como ésta, cuando la luna viajaba por
los cielos iqueños en dirección a los médanos. Iban varias muchachas paseando y
entre ellas estaba una que conocía a Pedro y lo presentó a las otras. Él, inmediatamente
eligió a Erlinda como acompañante y conversando se adelantaron un poco. Llegaron
a casa de la chica, el muchacho se despidió de ella mirándola profundamente como
inquiriendo un secreto y ella se turbó, con sentimiento desconocido. Después paseó
su calle en vez de seguir la ruta antigua, por detrás del parque que era la habitual
en él. Descubrió que eran vecinos y esa vecindad los unió más. Luego se quisieron,
con el amor urgente y tímido de los adolescentes que tantean buscando un camino
en la vida y un mundo para ellos solos.
Erlinda entró en
la casa y salió luego con su madre para ir a la iglesia. Cantaban las campanas con
una voz alegre que se metía en el corazón de la tarde.
Pedro, Manuel y
Tataje, le decían así nomás, por el apellido, dieron unas vueltas por la plaza esperando
a las muchachas que habían ido a la novena con sus madres, pero la luna embrujaba
y el calor era sofocante aun bajo los viejos ficus que estiraban su sombra antigua
sobre la plata de esa luz.
–¡Caramba! Cómo
provoca un baño… dijo sorpresivamente Manuel, interrumpiendo la conversación que,
sobre el próximo curso universitario, sostenían Pedro y Tataje–. ¡Déjense de ir
siempre por las alturas! ¿Por qué no a Huacachina, en cambio? Miren la luna que
tenemos, Huacachina estará maravillosa a esta hora y con esta claridad.
Pedro dudó un momento.
No sabía por qué se había puesto triste de pronto. Quizá era una buena idea la del
baño. El agua estaría fresca y las arenas invitarían a tenderse un rato al pie de
los toñuces y podría entregarse a recrear la imagen de Erlinda, tanto más sugestiva
cuanto que no estaría presente, y soñar una vida, la vida plena juntos. En el esfuerzo
y el amor de cada día.
–Vamos pues… –dijo
al fin y Tataje aceptó también, con entusiasmo.
–Cincuentidós años…
soltera… Nací en Ica… vivo cerca, calle de Los Sauces… no. Nadie me ha enviado aquí,
entré porque vi el cartel…
Huacachina parecía
misteriosa y embrujada a la luz de la luna. Los huarangos tirados sobre la arena
eran nido de chaucatos que decían su queja apasionada y los juncos de la orilla
temblaban al paso furtivo de las ratas. Al otro lado, lejanos y esfumados, los toñucos
escondían un grave secreto en su olor penetrante. Las aguas eran verdes, metálicas
y parecían malvadas, reflejando los rayos blancos que opacaban toda otra luz. La
ternura honda de un misterio abrigaba todas las cosas.
–¡Qué hermosura!
–Pedro contemplaba absorto tanta e increíble belleza.
–Es lindo, sí. –contestó
Manuel ligeramente mientras bajaba del auto que los llevara–. Y ahora apúrate, no
sea que nos cierren los cuartos de baño.
Tataje bajó en silencio.
También a él le conmovía la belleza del paisaje pero estaba habituado a venir a
Huacachina en noches de luna. Comprendía que a Pedro, recién llegado de Lima después
de varios años de ausencia, le golpeara fuertemente ese panorama dejado atrás en
la distancia.
Pedro salió el primero
de su cuarto y se sentó al borde del agua, un poco más allá, cerca de la sombra
amiga de los toñuces y se hundió en el paisaje. La noche volvía las cosas irreales
en esa laguna que había escuchado su voz de niño. Huacachina la de las leyendas
hermosas. La de las princesas y los poetas. El lugar donde el amor se alza como
infinita plegaria humana. La laguna de los ojos verdes.
El joven, sentado
sobre la arena, abarcando las rodillas con sus manos firmes, se sintió de pronto
como una cosa más en esa fuga de lo real. El agua parecía mentira, las voces que
sonaban a lo lejos en el hotel, eran como el eco de un sueño y la luz, esa claridad
fantástica de la luna, iluminaba otro mundo y lo situaba en una dimensión distinta.
Todo era tan hermoso y al mismo tiempo tan sobrecogedor, que le pareció de una belleza
sagrada. Y sus oídos escucharon otros acentos y sus ojos miraron otra luz. Angustiado,
se encontró envuelto en una bruma sólida que lo llevaba de nuevo por el camino recorrido
en sus veinte años. Las manos se le volvieron leves y ausentes, el cuerpo miraba
por todos sus poros y supo que iba a tocar el centro del misterio. Un grito lejano,
vibrante y dolorido en que parecía llegar la voz de Erlinda, llenó su alma de pavor.
–¡Dios mío!, –clamó–
¡Señor! ¿Qué es esto?
La invocación lo
volvió a la realidad y calmó su espíritu agitado de espanto. De nuevo tuvo conciencia
de estar sentado allí, en la arena fría, y de las manos que sujetaban sus rodillas.
Más tranquilo, se
incorporó lentamente y decidió entrar en la laguna que lo miraba como llamándolo.
Subió al trampolín, allí cerca y se tiró desde lo alto. El agua verde se cerró sobre
su cuerpo.
La noche avanzaba
sobre las calles de Ica cuando Manuel y Tataje, desesperados, regresaron a la ciudad.
No habían podido encontrar a Pedro. La laguna lo había devorado implacablemente
y ellos no sabían cómo había ocurrido la desgracia. Cuando salieron de sus cuartos
ya no estaba allí. Y nadie había visto nada. Huacachina cobraba su tributo anual
en la vida del joven estudiante y guardó cuidadosamente su secreto.
–¿Que tienes, hija?
Había pasado mucho
tiempo de la muerte de Pedro y aún Erlinda no podía olvidar la terrible circunstancia.
Lo sentía a su lado, viviente como antes y muchas veces se volvía bruscamente, como
si alguien la llamara. Entonces gritaba, con ese grito loco e involuntario que lanzó
en la iglesia la noche del accidente, cuando le pareció que una mano helada se posaba
sobre su cuello en una caricia desesperada y trémula.
En la mansión de
los sueños todo puede realizarse y de repente se sintió hundida en un lodazal cubierto
de hierbas que le rozaban la cara y se cerraron sobre su cabeza. Allí estaba él.
Hermoso, resplandeciente y yerto.
Tendido, con las
manos sobre el pecho (cruzadas, incrustadas, rígidas) pero también estaba de pie,
un poco más allá y le hablaba suavemente, la miraba con una ternura inmensa y luego
la sacaba de esa profunda cavidad para llevarlo de la mano hacia la luz. Y ella
ya no sentía miedo. Ni sufría más.
–Nací en Ica… vivo
cerca… soltera… –repetía.
Y sus cincuentidós
años lloraban la esterilidad de una vida y la tremenda angustia de la soledad amarga
en su absoluto vacío: Respondía mecánicamente a las preguntas y solo cuando la señorita
le dirigió otra sonrisa y le dijo: “Está bien, puede sentarse y esperar turno”,
solo entonces se dio cuenta de que estaba en el consultorio del barrio y que el
tiempo había pasado muy rápidamente, pero fue duro y áspero en su recorrido. Se
sentó, colocando su humildad junto a los demás pacientes, escondiendo esa ola violenta
que el pasado había levantado en la calma de esos momentos.
–Señorita García,
su turno.
Una enfermera de
ojos verdes la llamaba desde otra puerta y Erlinda García atravesó entre las bancas
de pacientes, entró en la sala de consulta y se quedó ahí un momento: inmóvil. Frente
a su mesita blanca el doctor González escribía y la luz de una lámpara caía sobre
su cabeza morena. La señorita García sintió las voces del destino que despertaban
desde muy lejos. Había algo en ese hombre que revivía un latido olvidado en tantos
años de mediocridad, lucha contra la pobreza y trabajo rutinario (ese bordado que
lleve flores azules y la plumilla menudita; o los zapatitos tejidos al punto de
arroz y las cintas rosadas) algo en las manos del médico, en sus facciones morenas
y en los ojos oscuros, que levantó extrañado al notar que los pasos de ella se detenían:
había algo de muerte o de ausencia.
–Buenas tardes –dijo–
siéntese por aquí.
Miró la ficha que
le entregaron:
–Señorita García,
dígame lo que siente…
Y fue la rutina,
después, una costumbre que tenía temblores de anunciación cada sábado que Erlinda
García iba al consultorio. Allí veía las mismas caras, o caras nuevas, y veía al
doctor González.
La consulta ese
día había sido larga y plena de satisfacciones. El médico le dedicó más de media
hora preguntando, consultando fichas y, de vez en cuando, sonriéndole. La señorita
García se sentó en la mecedora que había salvado del naufragio en esa marejada de
sucesivos sacrificios que había sido su existencia y dirigió una mirada de contento
alrededor. La vida era mejor de lo que le había parecido y ahora se estaba portando
bondadosamente con ella. ¡Señor de Luren! Su pequeño montepío bien administrado,
le alcanzaba hasta para comprar de tanto en tanto unas flores, que traían a su cuartito
el perfume del campo y un sabor antiguo. Los ahorros de su época de oficinista estaban
intactos aún y, además, con lo que ganaba haciendo esos bordados y las labores de
crochet tenía para darse sus gustos y comprar los remedios que le recetaban en el
consultorio –aquí su pequeño corazón dio un breve salto– pues, desde que la atendía
el doctor González, habían desaparecido en buena parte sus dolores reumáticos y
esas molestias de la presión. Mañana domingo rezaría en la misa para que no se acabara
esa pequeña felicidad que era todo lo que su humilde ambición necesitaba. También
por el médico que se le ofrecía con sus palabras y con su atención. Además. … ¡qué
buen mozo era! Con esos ojos que parecían de moro y ese pelo negro, ondulado y brillante.
Un día que se levantó de su silla le había parecido como un árbol fuerte y derecho.
Ella se vio pequeña, muy pequeña y anciana junto a esa juventud… joven también y
bonita, era la enfermera de los ojos verdes –pensó con un dejo de amargura la señorita
García mientras se levantaba a prepararse su sencilla comida–. Y las horas vividas
en el consultorio la seguían en su trajinar diario por el cuartito. ¡Y es tan guapo
el doctor González!
Era sábado y, como
de costumbre, se dirigió Erlinda al consultorio. Se sentía de casa y no tenía necesidad
de decir su nombre pues seis meses acudiendo puntualmente, la habían hecho conocida
y se le apreciaba por su dulzura, la claridad de sus ojos mansos y la escrupulosa
limpieza de su persona. La señorita García pasaba revista mentalmente a los que
iban por primera vez y escuchaba, o no escuchaba, las conversaciones, luego se perdía
en su propio ámbito mientras esperaba turno. Pero ese sábado no pudo dejar de atender
a lo que oía, pues era algo que la interesaba profundamente.
–No –hablaba don
Lucas, uno de los asiduos pacientes del consultorio (hipertensión arterial, angioma
capilar en la cara)–. Me ha dicho la señorita que el doctor González no vendrá más.
Le han cambiado su guardia en el hospital.
Todo pareció ennegrecerse
alrededor, sonaron tambores lejanos –¿o era la sangre que subía trepidante y oscura
hasta el cerebro?–, y las lágrimas, esas viejas amigas de Erlinda, quisieron salir
apresuradamente a la luz de la tarde invernal Pero, por un mandato supremo de la
voluntad, que se encogía y estiraba en una peña tremenda, volvieron a cristalizarse
en algún recoveco de ese corazón envejecido, lleno de cicatrices y costurones de
remiendos. Tal vez con uno que otro encaje zurcido por el dolor.
No vendría más…
eso quería decir que las cosas que la rodeaban no tenían ya ningún valor. Que esas
gentes se habían vuelto irreales y nada la unía a ellas… tampoco a la señorita secretaria,
ni a la enfermera de los ojos verdes, de los malignos ojos verdes (descubrió en
ese momento que casi la odiaba) ni la sala de espera, ni la de consulta significaban
nada ahora, aunque todo seguía igual y lo único que había cambiado era un turno
de guardia en cierto hospital. Cuando se repuso de la impresión recibida, Erlinda
García preguntó con una dulce voz trémula, la que no lograba sujetar del todo:
–Señorita… ¿está
atendiendo el doctor González?
Quería asegurarse
de que no había oído mal o quería oír mejor y hacer su decisión que ya estaba hecha
interiormente sin que ella lo supiera o sabiéndolo. Preguntó, pues, y la secretaria
le contestó mirándola un poco sorprendida de esa nota subterránea en su voz y de
que ella, la silenciosa, hablara.
–El doctor González
no podrá atender más en este consultorio, pero ha venido el doctor Medina y él la
seguirá tratando.
Otra vez el silencio
pero ahora poblado de voces internas. La señorita García se levantó suavemente y
con la misma voz sin inflexiones con que saludaba, dijo:
–Si me permite,
regreso dentro de un momento.
Y se fue sin mirar
atrás.
El Barrio de los
Sauces tiene solamente un árbol viejo y retorcido que le da su nombre y al pie,
casi en el agro con su acequia de bordes irregulares, está la casita de Erlinda
García.
La calle se parece
a cualquier otra calle de suburbio, con su aire de cosa vieja e improvisada al mismo
tiempo. Esa tarde de invierno parecía más triste, más gris y húmeda a la señorita
García. Casi dos semanas que no iba al consultorio y sus males habían rebrotado
peligrosamente. Pero ella no iría donde nadie; que fuera el doctor González pues
él, solo él, tenía el secreto de su mejoría. Sentada en su antigua mecedora pensaba
y volvía a pensar en el problema; Ya no bordaba con la misma prolijidad de antes
y sus clientes se quejaban de que las flores, antes tan perfectas, ahora le salían
un poco mustias, con las puntas desiguales y un aire de vencidas que daba pena.
Los zapatitos también parecían torcidos y a veces se les soltaban los puntos. La
señorita García tenía que averiguar dónde trabajaba, en qué hospital atendía el
doctor González.
La mecedora se mueve
suavemente, en la cocinita a kerosene va a hervir el agua y la taza de vidrio espera
a un lado, con bolsita de té adentro. En la habitación hay un clima de esperanza
y de fe, en esa lamparita encendida frente a la imagen del Señor de Luren. Han tocado
las seis en la iglesia cercana y son otras las horas que hoy escucha Erlinda García,
distintas de aquellas atormentadas de las dos últimas semanas pues en su bolsa raída,
pero cuidada, se dobla inocente un papel: (Dr. González, Hospital…). La inercia
de las cosas permanece indiferente al contenido y ese papel no se considera más
importante que otros tantos, por ejemplo: aquellos en que el chino pulpero anota
la compra de comestibles a cualquier ama de casa, ni menos importante que esos documentos
ampulosos con grandes sellos y rúbricas (considerando que… por lo tanto se decreta…).
El papel está allí, con su blancura inmóvil y desentendido de todo, como si no contuviera
la felicidad de un ser humilde, de una persona humana que lleva en su corazón una
carga de amor que se devora a sí mismo y se conforma con poco: alguna palabra afectuosa,
una mirada de ojos oscuros y bondadosos, un minuto de la atención prodigada generosamente
a los que sufren.
Hierve el agua con
un borboteo sonoro, la señorita García vuelve de su mundo mágico y casi ágilmente
se levanta de su mecedora. A prepararse una taza de té.
Al dar las cinco
horas-destino, Erlinda García se detuvo en la puerta del consultorio. Allí, ante
su mesita, bajo el reflejo cálido de una lámpara, estaban las manos fuertes, el
corazón bondadoso, los treinta y dos años del doctor González.
(Tomado
de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)
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