miércoles, 2 de septiembre de 2026

Al ladrar de los perros

Hernán Robleto

 

Estalla la fuerza tropical en todo: en los jardines que exhalan perfumes penetrantes; en las mejillas tostadas de las mujeres; en los ojos profundos y negros, en las pasiones; en las manifestaciones de la naturaleza.

Es en tierra de calor y las tejas arábigas cubren el tapial, sobre el que se bifurca en mil hierbas retoñadas la enredadera fragante. La tapia se resquebraja al beso ardiente del sol; la hierba que sube por ella aprovecha las junturas para introducir sus anhelosas raíces.

Todo es fuerza en la tierra caliente: las flores son más grandes; las noches más estrelladas. Cuando suena un disparo, bajo la bóveda azul repercute con más intensidad. Cuando se quiere, es hasta el límite del sacrificio.

María Asunción amaba a Antonio, dos jóvenes muy conocidos en el lugar. Pero el papá de ella no veía con buenos ojos las relaciones. Y como todo es fuerte bajo el cielo tropical, expuso a la hija su sentencia:

–Antes que casada con ese hombre, prefiero verte muerta.

Lo sentía así el buen viejo, aunque rezara a todos los mártires y comulgara frecuentemente. Eran unos celos muy rústicos, muy naturales en la manera de sentir de esas gentes que llevan el patriarcalismo hasta el grado de considerar la potestad paterna como un medieval señorío, dominando hasta el pensamiento de los criados y de los hijos.

Pero ella veía las raíces de la yedra en la vieja tapia cuarteada y adivinaba el abrazo de la vida y de la sed de sus raíces que se agarraban a las junturas aunque soplaran los huracanes.

A cada amonestación, bajaba la cabeza; pero no se prometía obedecer. Estaba muy honda aquella raíz de su cariño y ella sentía cómo le infundía un aliento desconocido y fuerte, un afán de mortificaciones dulces, como esa de llorar por él sobre las almohadas de su lecho…

La tenacidad del padre llegó hasta el colmo cuando de aquella cabecita menuda y arisca no salía una promesa, cuando de los labios encendidos de juventud no brotaba el ofrecimiento de enmienda. Había una pasividad silenciosa en la hija, que era más bien una protesta o un desprecio. Él hubiera deseado que hablara, que gritara, que le dijera alguna cosa de esas que encienden. Eso le hubiera dado oportunidad para desahogarse.

Pero la niña solo bajaba los ojos y dejaba entrever un temblor tímido en la barbilla, como precursor del lloro.

Don Nicolás le había dicho cierta vez, afiebrado de coraje, llameantes los ojos, apretando los puños:

–Te prohíbo que te asomes a la ventana. No saldrás a la calle, sino cuando vayas a misa; y hasta eso lo harás a mi lado.

Ella siguió bajando los ojos, circundados de ojeras profundas.

Antonio no podía soportar eso. Arrebatado, loco por el mal de amor y por la pena que es su compañera, propuso la fuga. Deslizó el papelito ardiente hasta el cuarto de la joven.

“Si es cierto que me quieres, huye conmigo. Yo te llevaré al altar. Te espero esta noche del otro lado de la tapia. Tuyo, ANTONIO”.

Y ella no vaciló. La florecilla tímida levantaba el tallo hasta arriba, desafiando a la tempestad. Había de por medio un abnegado afán de martirio. Debía probar que lo quería e iría con él a donde él la llevara.

En su propia alma, abierta por la diafanidad de la resolución, los ruidos del pueblo y los propios interiores adquirirían nunca oídas resonancias. Todo se le aclaraba a María Asunción, como si se hallara colocada dentro de una campana de cristal. ¿Qué causaría una pena al autor de sus días? No era gran pecado eso. ¿Por qué su padre seguía pecando, encaprichado para torturarla a su vez?

Dieron las nueve en la torre del pueblo y ella abrió la puerta del patio. La noche alfombraba con abismos; pero María Asunción presentía una aurora más allá de la tapia… se lanzó decididamente al fondo.

Los perros rezongaron débilmente y se llegaron hasta sus faldas, reconociéndola. Saltaban, estorbándole el paso, como inconscientes obstáculos. Ella llegó hasta la barda y, tanteando, halló la escalera que Antonio le había acomodado desde el otro lado. Apareció la cabeza del novio sobre el tapial, entre las enredaderas, y María Asunción contuvo un grito. Él bajó hacia el patio, para recibir la preciosa carga.

Los perros comenzaron a aullar, a ladrar furiosamente. Eran tres, cuatro, media docena de mastines hechos a la caza del tigre, feroces en su acometividad. La amita trataba de detenerlos con su delantal y, con su voz apremiada, suplicó a Antonio:

–¡Sube tú, pronto! ¡Sube primero!

Pero él no se resignaba a perder la carga divina que sentía entre sus brazos.

Los perros seguían ladrando, terribles. Daban vueltas por la base de la escalera, saltando, removiendo la tranquilidad del barrio. Entre las sombras les brillaban con fluorescencia de azufre las pupilas.

–¡Sube pronto! ¡Sube!

Don Nicolás salió, armado de la escopeta de dos cañones. ¿Asaltaban los ladrones su casa? Apuntó al bulto, certero como la fatalidad. Dos cuerpos se desplomaron, escaleras abajo.

Ya habían acudido con lámparas los criados. Por los cerros vecinos no aparecía la luna…

El viejo dio un alarido al inclinarse sobre las víctimas. Se llevó la mano al pecho, como si en él hubieran hecho blanco todas las postas y huyó, enloquecido, quebrada abajo, monte arriba, errante como un coyote con sed.

Los cuerpos ya inmóviles se desangraban, muy juntos, en un trágico abrazo bajo la tapia florecida. Los perros seguían aullando, con los hocicos hacia la luna.

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

El mal actor de sus emociones

Julio Torri

 

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.

–Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes”. Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.

El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:

–Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Flor roja

Gabriel Gala

 

El combatiente alcanzó a sonreír, satisfecho, antes que las balas del terror lo aplastaran contra esa tierra ya empapada en sangre nueva, en sangre vieja, en sangre…

Muchos años después, un niño pasó por aquel sitio y cortó una flor roja… muy bella, muy roja; la contempló tranquilamente durante unos minutos, la guardó después en su mochila y, tras reacomodarse el fusil al hombro, continuó su marcha.

 

(Publicado con permiso del autor)

 

martes, 1 de septiembre de 2026

La noche del féretro

Francisco Tario

 

Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo:

–Necesito un féretro.

Oí distintamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.

El empleado dijo:

–Pase usted.

Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.

Mi compañero de abajo se enderezó cuanto pudo para explicarme:

–El cliente es rico, conque tú serás el elegido.

La noche era fría, lluviosa, y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho menos aventurarme –Dios sabe con qué rumbo– por esas calles tan húmedas y resbaladizas.

El enlutado seguía tosiendo y examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente, sin aproximarse demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo notar entre otras cosas su sobriedad, duración y comodidad.

De súbito, advertí sobre mi espina un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes, abultados –verdaderos ojos de rana– que repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Escuché de nuevo su voz cavernosa:

–El finado es robusto, ¿sabe?

Fue entonces cuando pensé:

“Me llevará sin duda”.

En efecto, prorrumpió:

–Creo que me convenga éste.

Ajustaron el precio –en mi concepto, irrisorio– y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el interior del vehículo, sollozaba ahogadamente, llevándose con frecuencia el pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello del capote subido, hacía girar extrañamente el volante…

Cruzamos calles silenciosas y lóbregas, pobladas de perros chorreantes y prostitutas; avenidas iluminadas y alegres donde la gente paseaba con lentitud, bajo los paraguas negros; una plazoleta muy triste en la cual tocaba una banda y los militares lucían sus uniformes nuevos; edificios de ladrillo, tenebrosos, en cuyos interiores adivinaba yo parejas de hombres y mujeres estrujándose frenéticamente…

En tanto, mi cerebro trabajaba sin descanso:

“¿Hacia qué lugar me conducirán? ¿Qué clase de destino me aguarda?”

Es preciso que los hombres sepan que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante todo, tenemos nombre: unos, masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de acuerdo con nuestro sexo.

Mientras permanecemos en el almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del cónyuge que nos deparará la suerte.

Buena prueba de esto último es que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se despidió de mí de esta forma:

–Que el destino te conceda buena hembra y buena casa…

Yo, que soy hombre, le respondí tristemente:

–Sobre todo, eso, amigo: buena casa para pasar el invierno.

¡Ah, esas tumbas de tierra, enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por nuestras espaldas y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas, encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un abismo!

Cuando el automóvil se detuvo, observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces humanas de:

–¡El féretro! ¡El féretro!

Alcé los ojos y vi un edificio cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato, no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar indecibles esfuerzos para contener la risa. Allí estaba yo, tendido sobre no sé qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una especie de monstruo, culpable de la muerte de los hombres.

Una muchacha fresca y esbelta, que despedía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda el alma, prorrumpió al verme:

–¡Es tan terrible y tan negro!

Distinguí su pecho duro y alto, que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela infame.

Otra mujer, rubicunda y fea, cuchicheó una frase indulgente:

–¡Y las manijas son de plata!

Pero he aquí que, de pronto, un chiquillo se me acerca y pregunta:

–¿Es para enterrar a papá?

Sentí que el corazón me dejaba de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.

“¿Cómo, para papá? –me dije–. ¿No soy acaso un hombre?”

Quise gritar, protestando. Quise incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí. Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío, salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de flores…

No pudiendo soportar más el oprobio de que era víctima, hice un sobrehumano esfuerzo y derribé al cadáver. Cayó éste con gran aparato, partiendo por la mitad un cirio que se apagó instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso.

Yo grité y no me oyó nadie:

–¡No quiero! ¡No quiero!

Todos se apresuraron a levantar al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las manos sobre el descote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis instintos.

“Lograr poseerla!”, pensé con angustia.

Pero de nuevo cayó a plomo sobre mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga.

Me encogí de hombros y opté por dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.

Así lo hice. Y soñé. Soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel… con ricos sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres… soñé, y las imágenes sibaríticas me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres después de una óptima noche de continuos placeres.

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

Nochebuena aristocrática

Jacinto Benavente

 

Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.

La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.

Entre todos no pasaban de quince.

–La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.

Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.

–¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?

–Así, así, pocos y buenos.

–¡Ilfaut serrer les rangs, querida marquesa!

–¡Home, sweet home!

Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, “Envidia dar pudiera / al más luciente día”.

Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.

El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.

La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:

–¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía solo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!

Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:

–¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!

La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.

La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.

La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo… y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.

A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.

Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.

Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija… y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.

Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Solo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena… de quien más valía no hablar… pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.

La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)