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sábado, 31 de enero de 2026

Asalto nocturno

Eraclio Zepeda

 

A Rodrigo Moya

 

No era del todo una sensación de temor la que subía hurgándole costillas y entrepiernas. Casi podría ser una risa de nervios desatados, o un regocijo sin fronteras, extenso, puesto a la vista como un territorio descubierto.

Pero aquel incontenible pestañeo en el ojo izquierdo, casi un relámpago cegado, clausura instantánea bailándole pestañas, ponía en su cara, después de todo, la máscara del miedo.

Juan Francisco de la Mora, abogado, responsable de negocios oficiales y asuntos testamentarios, permanecía oculto en el pequeño espacio que dejan libre los tinacos que guardan el agua para el baño de cadetes. Allí, en la azotea de su antigua escuela militar, el abogado temblaba como si lo estuviera golpeando el duchazo diario y frío que, a pesar de los intentos de tenientes y capitanes, no llegó a templar su cuerpo en cuatro años de internado.

Desde su escondite había oído gritos poderosos de cabos y sargentos, silbatazos de oficiales y notas destempladas con las que el corneta de guardia quería configurar un toque apresurado de alarma, no logrado por tener los labios torpes aún, apretados al sueño del que había sido arrancado con violencia.

Conjurados por esta algarabía los cadetes se habían movilizado, saltando de la cama, en caos, al trote, muy pocos en uniforme completo, los más en pijamas alternadas sólo con las botas y el capote, la mayoría trazando movimientos asombrados y a todos ardiéndoles los ojos como si se negaran a ver la noche de improviso.

El abogado vio cómo la tropa se formaba en el patio, a carreras y empujones, armada ya con aquellos fusiles que él sabía descargados.

El corneta hacía retumbar las notas, ahora afinadas, de llamada de tropa, usando la contraseña para la primer compañía que no bajaba al patio y perdía el tiempo inexplicablemente en su cuadra dormitorio, debajo del tinaco atalaya del abogado Juan Francisco de la Mora.

Juan Francisco de la Mora, matrícula cuatrocientos once, cadete de primera en la segunda escuadra del tercer pelotón de la primera compañía, con ocho años menos de los que ahora tenía ocultos en medio de los tinacos, sin título de abogado todavía, marchaba bajando las escaleras, encuadrado en su unidad, con el arma embrazada, sin comprender qué sucedía y sin tiempo para amarrarse las botas.

Pasaron ocho años y Juan Francisco recordó siempre aquella noche en que el cuerpo de cadetes fue despertado a las dos de la mañana con toques de alarma y gritos anunciando zafarrancho, y cómo después, ya formados en el patio, el oficial de guardia les había comunicado en forma precisa: “Cadetes, la escuela ha sido ultrajada por exalumnos borrachos, que buscan mofarse de la dignidad militar, de la disciplina, de la patria y del honor. Es un grupito que ha salido huyendo a esconderse cobardemente para escapar a la ira que nos está quebrando el ánimo. ¡Que no quede uno solo sin recibir el justo pago a su atrevimiento!”

Enardecidos, los oficiales habían trazado rápidamente un plan de acción y llevado a paso veloz las unidades de infantería a puntos estratégicos, ya desde antaño escogidos y sabidos para una bizarra defensa del plantel transformado de pronto en ciudadela, fortaleza, poderoso bastión de la honra y el prestigio.

En un movimiento envolvente, preciso, los cadetes de infantería rodearon todo el territorio del colegio, mientras los de caballería hacían patrullas galopando en un círculo externo, por el valle y las barrancas, con el sable listo agitándolo encima de sus cabezas y las trompetas lanzando los aires de ataque.

Las luces de la escuela en todas sus dependencias estaban encendidas y los reflectores barrían la enorme extensión de la barda y la alambrada. Por los pasillos, el patio y los salones de clase resonaban las botas de los destacamentos que recorrían y revisaban, a la caza de exalumnos.

Y de pronto, muy cerca del puesto que le tocara cubrir al cadete de primera Juan Francisco de la Mora, surgió un enorme grito: –¡Aquí está uno!

Y un grupo de cadetes corriendo hacia el lugar del hallazgo con las armas listas, dispuestas a golpear, con las culatas dirigidas al sitio del escondite, y luego la sucesión de injurias, y el restallar de bofetadas, y los sonidos secos de las costillas y las piernas, y Juan Francisco horrorizado viendo cómo un sargento sacaba arrastrando del seto el cuerpo ensangrentado de un hombre que lloraba y gritaba y decía que lo soltaran, que todo había sido una broma, que ellos al igual que los cadetes de ahora también habían soportado los arrestos y los malos tratos y los castigos de esos mismos oficiales que los cadetes de ahora soportaban, y que por eso habían venido esta noche, después de una fiesta, para meterse a la escuela y voltear las camas de algunos tenientes y hacer un poco de relajo que estaban seguros iba a alegrar a los muchachos.

Todo esto dicho entre gritos y llantos mientras el cabo Ornelas seguía golpeando con la culata las piernas del detenido.

El cadete de primera Juan Francisco de la Mora permanecía con el arma levantada, sin atreverse a descargar el culatazo. Otros cadetes fueron acercándose en silencio en los momentos en que llegaba, con su paso rígido y seguro, con sus movimientos aquellos tan conocidos de todos, el capitán de la Fuente en camiseta y pantalones de montar, pero sin botas. El capitán cogió al detenido de la corbata y con la mano izquierda lo levantó de un tirón hacia la altura de su pecho para descargarle de inmediato una bofetada.

–Así lo quería agarrar, papacito, mírelo, mírelo, y ahora llora –gritaba el capitán haciéndose corear con los puñetazos y patadas que hacía restallar encima del exalumno, llevándolo a empujones al interior de la escuela.

Juan Francisco con la vista fija, contempló el largo camino desde el seto hasta la entrada del plantel, por donde el capitán de la Fuente llevaba al exalumno entre gritos obscenos y golpes. Se apoyó en su fusil y comentó con Santaella.

–Ya ni la hace Fuentecitas…

–El que viene se friega –cortó Santaella mientras se disponía a orinar encima del seto.

–¡A ver ese tercer pelotón! ¡A reunirse inmediatamente! –gritó el sargento, y Juan Francisco se apresuró al lugar donde se le citaba. Santaella venía detrás, abrochándose mientras corría.

–Formación de diamante –ordenó el sargento–. Vamos a peinar ese zacatal.

Hasta ellos llegaron voces anunciando que otro de los exalumnos había sido descubierto.

–Es la segunda compañía la que lo halló –comentó Santaella.

–Parece que es por el rumbo de la cocina –admitió el cabo Ornelas.

–¿Con que sí, papacito?… –llegó la voz del capitán de la Fuente corriendo rumbo a la cocina.

Al atravesar la carretera el pelotón de Juan Francisco vio avanzar un grupo de caballería.

–¿Eres tú, Raúl? –preguntó el sargento.

–Agarramos a uno –contestó el cabo de dragones Raúl García.

En medio de dos caballos venía un hombre, sin saco, con la camisa rota, ensangrentado, sujetas las manos por detrás de la cintura con su misma corbata.

El cabo García le golpeó las nalgas con su sable, inclinándose un poco por el lado de montar.

–Camine, camine…

–¡Pero si es Iriarte! –exclamó el sargento al verlo.

Al oír su nombre el prisionero quiso detenerse, pero García volvió a descargar su sable.

–La regaste feo, Iriarte –comentó el sargento mientras los cuatro jinetes avanzaban hacia la escuela.

–¡En marcha! –ordenó finalmente dirigiendo sus hombres hacia el rumbo escogido.

Toda la noche continuó la búsqueda. El pelotón de Juan Francisco después de peinar el bosquecito de abetos que se encuentra adelante del zacatal, se dirigió a la barranca.

Al amanecer, el pelotón estaba al fondo de la cañada revisando las cuevas y las viejas minas de arena. Juan Francisco, cansado, sentía los ojos como si de la mina abandonada viniera un polvo a ensuciárselos.

Sentado en una piedra pensaba en aquella persecución sin sentido en la que habían invertido toda la noche, cargando de un odio falso sus pensamientos, sus pasos y sus acciones. Después de todo no era más que una broma, una punta de borrachos, el resultado de quién sabe cuántos años de encierro en la escuela.

Escuchó una tos contenida, como si escapara de la boca de alguien que luchara tenazmente por impedirlo. Juan Francisco observó el interior de la mina y descubrió un hombre sentado, vestido con un smoking ahora destrozado, oculto detrás de unas cajas abandonadas. Juan Francisco se levantó de golpe con el arma lista. Observó al hombre un momento, bajó el fusil y lentamente se alejó rumbo al amanecer.

Pocos metros después oyó la voz de Santaella:

–¡Aquí hay uno mi sargento! –Se volvió con odio hacia su compañero y vio que el sargento corría ya hacia la cueva seguido por tres cadetes, mientras que le llegaba la palabra del cabo ordenándole acudir hacia el sitio del hallazgo.

Ya tenían sujeto al hombre del smoking. Al parecer nadie le había pegado. El sargento le amarró las manos exactamente como había visto hacer con el prisionero que llevaban los de caballería; como la corbata de moño no servía para esos menesteres le había ordenado se quitara el cinturón.

El pelotón inició el regreso a la escuela.

–Creo que sólo tú faltabas –le aclaró el sargento.

El detenido no contestó.

–A Iriarte lo agarraron los de caballería –insistió el sargento.

–¿Conoces a Iriarte? –preguntó con interés el exalumno.

–Sí –respondió el sargento–. Era cabo de la banda cuando yo ingresé a la escuela hace tres años.

–Ah… por eso no me conociste a mí, yo salí hace cinco años –dijo lentamente el exalumno.

–¿Pero seguiste viéndote con Iriarte?

–Claro. Y luego él también entró a la Facultad.

–¿Qué estudias? –preguntó el cabo.

–Ya terminé. Hago la tesis para Contador.

–¿Lo soltamos, mi sargento? –pidió Juan Francisco.

–A callar, de la Mora –contestó el sargento–. Si vuelve a hablar le hago una boleta de arresto.

Cuando llegaron a la escuela encontraron que ya estaba formado el cuadro, con todas las unidades. Un pelotón de guardia vigilaba detrás del astabandera a los tres exalumnos que conservaban sólo su ropa interior.

El capitán de la Fuente al ver subir el pelotón de Juan Francisco, lanzó un grito gutural y se acercó corriendo hacia el detenido. El capitán estaba ya correctamente uniformado, calzando botas altas con las que pateó al prisionero.

–Te conozco, palomita, te conozco –aullaba el capitán descargando aquellos golpes secos que le habían hecho famoso en todos los cuarteles donde había prestado servicios. Juan Francisco cerró los ojos.

–¡Ándele ese pelotón! ¡Aprisa a encuadrarse en su unidad! –ordenó el comandante de la primera Compañía.

Formado en cuadro, el cuerpo de cadetes atestiguó cómo el capitán de la Fuente cortaba el pelo a los cuatro exalumnos con un cuchillo de campaña. Grotescamente firmes, los exalumnos, ante la presencia de aquella máquina de golpes, recobraban dolorosamente una disciplina ya olvidada, mientras de la Fuente les tomaba la cabeza con una mano, jalándoles los mechones de pelo hacia arriba y, simultáneamente, con la otra accionaba el cuchillo, rapándolos. Los cadetes guardaban silencio.

Juan Francisco temblaba de rabia. –No se puede hacer esto con ellos. Son personas mayores. Ya son gente –pensaba, temblando.

Temblando, el abogado Juan Francisco de la Mora, oculto en medio de los tinacos, oyó ahora, ocho años después, que dos de sus compañeros habían sido descubiertos. Hasta él llegaron las voces del capitán de la Fuente.

–¡Así los quería agarrar, papacitos! –Y luego el ruido sordo de los golpes.

No se atrevió a sacar la cabeza de su escondite para saber quiénes eran los encontrados. Podría ser Agustín, o Acevedo, o Sotelo. Ahora, el miedo lo habitaba totalmente. Sabía que tarde o temprano lo descubrirían y le aterraba pensar en el capitán de la Fuente, en sus puños, en sus botas.

Era incomprensible su situación. Absurda. Grotesca. Él, un abogado joven y ya próspero, con cargos responsables, se había dejado llevar por el impulso de repetir el intento de aquellos exalumnos a los que él vio vejar y golpear. Y ahora, después de la fiesta en casa de los Avendaño, en una ruta de cantinas y recuerdos había venido a parar a este escondite en medio de tinacos.

El encuentro había sido sorpresivo. ¿Cómo imaginar que en esta reunión, exactamente igual a decenas de reuniones anteriores en casa de los Avendaño, iba a encontrarse con estos antiguos compañeros? “¡Ah muchachos! No lo creerán pero en muchas ocasiones he pensado en reunirme con ustedes. ¿Cuántos años hace que no nos encontrábamos?”

Este Sotelo estaba igual, sin cambiarle nada, sin una cana, sin una sola arruga, con los músculos tensos de siempre, sus movimientos felinos y su actitud de reto eterno. Jamás olvidará que fue campeón welter tres años consecutivos en la escuela. ¿Y tú, Acevedo? ¡El mejor promedio de la clase! Es una lástima que hubieras dejado de estudiar. Un título es un título. Sí, claro, se te ve próspero. ¿La Gerencia en la fábrica de tu papá? Viejo Agustín, pero mira nada más cómo te han puesto las mujeres: estás golpeado, corneta. ¿Eras corneta, verdad? ¿O tambor? No, ahora recuerdo perfectamente, seguro que eras corneta. Vida sabrosa se ve que llevas, pero cada cana es una cana compañero. Ah, no, eso sí es verdad, ¿quién te quita lo bailado?

Realmente era suerte y sólo suerte venirse a encontrar con aquel trío, con aquel fabuloso trío. ¡Los años en la escuela militar! Ahora podía recordarlos con nostalgia, con sonrisas, y los golpes y la dignidad tantas veces herida estaban apenas a la vista, cubiertos con una pátina agradable de años idos, de fuerza que se escapa de la mano.

Y de verdad era agradable aquel volverse nuevamente adolescente, niños en uniforme militar, para quien lo único válido y viril era la fuerza, y el aguante, el gran aguante. El resto de los invitados ya no contó para ellos. Era una noche espléndida de antiguos compañeros, que ninguno deseaba compartir con alguien no iniciado. Al fin y al cabo, ¿quién podía disfrutar de aquel lenguaje hecho a golpes dispares de recuerdos?

De la fiesta pasaron a un bar, y luego a otro, y a los mariachis de Garibaldi, y a una cantina, empezando a horrorizarse al advertir que fuera de los recuerdos no tenían nada en común y absolutamente ningún tema en qué ponerse de acuerdo. Fue entonces, después de un silencio largo en el que sólo había palmadas en los hombros y sonrisas de motivos ocultos, cuando a alguien se le ocurrió recordar la noche aquella de los exalumnos, y la animación se prendió de nueva cuenta y empezaron a proponer que fueran a la escuela a voltear la cama de algunos oficiales, y echar agua a los muchachos dormidos y tocar en la corneta las notas de silencio para que todos se volvieran a dormir después del gran escándalo.

Al principio todo había sido fácil. Sabían el camino exacto del velador, así que esperaron a que pasara y cuando dio la vuelta en la esquina saltaron la barda. Agazapados, corrieron atravesando el patio hasta detenerse en el nacimiento de la escalera que lleva a las cuadras-dormitorios. Un ataque de risa estuvo a punto de poner en peligro prematuramente la aventura. Acevedo, con el rostro incendiado y las venas del cuello tensas, tuvo que meterse en la boca su pañuelo mientras Sotelo le amenazaba con el puño.

Empezaban a subir la escalera cuando a Sotelo se le ocurrió imitar al capitán de la Fuente, caminando en círculos muy cortos, echando rápidamente hacia adelante sus piernas mientras movía los brazos con presteza como si tuviera que caminar apoyándose en las manos. Acevedo se dejó caer rebotando en los escalones y deteniéndose en la pared, a duras penas acallando carcajadas.

Reemprendieron el ascenso al segundo piso.

Y ahora, en la azotea, el abogado Juan Francisco de la Mora escuchaba de nuevo el grito.

–Aquí está uno.

–Está trepado arriba de los excusados.

–A ver, papacito, a ver, déjenmelo solo. Véngase papacito.

–Agárreme si puede, viejo jijo de la…

El abogado reconoció a Sotelo. Después fueron ruidos, carreras, insultos y al final los golpes.

–¿Conque sí, conque muy machito, qué ya no se acordaba quién es su padre, Sotelo?

Luego silencio.

La noche pasó repleta de sonidos diversos provenientes de la búsqueda que llegaba rebotando hasta el escondite de Juan Francisco. Ruido de carreras, voces de mando, toques de corneta, relinchos de caballo. Y sobre todo el miedo.

Como un mundo lejano y añorado ya, las luces de la ciudad allá abajo estaban, como siempre, a lo lejos.

Al amanecer casi no podía seguir con los ojos abiertos. Un sueño pesado lo cegaba. La pierna izquierda acalambrada.

Fue entonces que la puerta de hierro de la azotea se abrió. Allí estaban los pasos de una persona, dos, tres y el ruido de correajes y fusiles.

Supo que de un momento a otro sería descubierto. El parpadeo del ojo izquierdo cesó de pronto, permaneciendo sólo una opresión en el pecho. Levantó la cara y se encontró con un muchacho frente a él. Era un cadete delgado, recio, mirándole de frente, con el arma apuntándole. Sorpresivamente bajó el fusil y con la boca dibujó una señal de silencio para continuar después su camino.

Permanecía aún sin entender cabalmente cuando detrás de él escuchó una voz aguda:

–¿Pero está usted ciego, Moya? ¿Qué no ve que aquí hay uno?

Se volteó para encontrarse con el teniente Bustamante que tenía el brazo levantado y empuñando un fuete. Con lentitud desesperante siguió la caída del golpe desde lo alto de la mano hasta estrellársele en una mejilla. Después fue la sucesión de bofetadas. Cuando lo sacaron arrastrando de su escondite corría hacia él el capitán de la Fuente. Alcanzó a escuchar al joven Moya que dirigiéndose al capitán pedía:

–Ya déjelo, capitán, es un hombre acabado.

Fue lo último, antes de sentir la bota del capitán de la Fuente hundiéndose en su estómago.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

martes, 15 de abril de 2025

Capitán Simpson (Q. E. P. D.)

Eraclio Zepeda

 

A Félix Pita Rodríguez

 

La loca Margarita amaneció muerta en la playa y allí la encontró un pescador cuando iba camino de su barca. Estaba Margarita sonriendo en su muerte de ahogada.

Alguien fue a la casa de la loca para avisar del encuentro. Los gritos con que su madre recibió la noticia pusieron en movimiento a todo el puerto.

Un grupo de señoras piadosas lavó con agua dulce el cuerpo de Margarita, le cambió ropas y peinaron sus largos cabellos adornándolos con flores de mayo. Cantando canciones tristes la llevaron a su casa tendida en una mesa.

La loca Margarita creía que era hija del océano, y obligaba a la vieja Prudencia, su madre, a dormir acompañada de una botella con agua de mar.

–¡Margarita! ¿Quién es tu papá? –a diario le preguntaban los habitantes del puerto.

–Mi padre es el mar; pero un pequeño mar –contestaba la loca, fabricando la carcajada de los vecinos. Así cada día, todo el día.

Cuando la encontraron muerta, el mecánico de las lanchas comentó que “Margarita se había ido a despedir de su padre”, pero en contra de la costumbre nadie rio, y todo el puerto supo que así había sido.

Aquella mañana los pescadores se hicieron a la mar a hora avanzada. La flotilla de barcas se dispersó para lanzar chinchorros, mientras en tierra proseguían las mujeres los preparativos para el entierro de Margarita.

El primero en ver aquella barcaza a la deriva fue el pescador Fluviano. Era una embarcación grande, metálica, pintada de gris, con letras y números blancos. Fluviano remó hacia ella.

La U y la S que estaban escritas con grandes trazos blancos en la proa de la embarcación se podían leer ahora muy claramente. El pescador iba alegre rumbo a su descubrimiento: lo que en el mar anda extraviado pertenece al que lo encuentre.

Al aparejar su embarcación con la barcaza quedó sorprendido: a bordo, tendido en el banco de en medio, yacía un esqueleto.

Decidió pedir ayuda y sopló su caracol rosado con toda la fuerza que pudo. Una nota larga y triste se fue flotando encima de las aguas hasta las orejas de los pescadores: suspendieron sus trabajos, voltearon la vista hacia el caracol, descubrieron la barcaza que abordaba ya Fluviano y se dirigieron hacia allá.

Las embarcaciones se agruparon alrededor de la barcaza. De pie sobre las popas los pescadores en silencio hacían un marino homenaje al esqueleto.

El mecánico de las lanchas fue, como siempre, quien tomó una decisión. Fijó un cable en la anilla de proa de la barcaza y organizó las tareas de remolque hacia la playa.

Se dirigieron hacia el cementerio del puerto, en la más bella caleta de la bahía.

Con los tirones del arrastre la barcaza había hecho agua a causa de un oleaje necio que le entraba por la proa; al llegar a tierra estaba casi inundada, semisumergida, con la línea de flotación cubriéndole las letras que Fluviano viera con claridad a la distancia.

El esqueleto se había dispersado en el agua y algunos huesos, los más pequeños de las manos y los pies, sin peso flotaban junto a una libreta muy decolorada por el sol en donde se advertían rasgos de lo que podría ser una minuciosa relación de angustias. Los marineros advirtieron también conchas de tortuga con huellas de dentelladas humanas.

–Se las comió vivas –comentó alguien.

Como la barcaza estaba casi hundida, los trabajos de atraque fueron difíciles; su enorme peso muerto la había sembrado en la arena aún dentro de la frontera de las olas últimas, quedando reciamente anclada.

Ningún pescador quiso abordar ahora la barcaza para no entrar en contacto con el agua en que flotaban los huesos. El mecánico volvió a dar la solución cuando con una barreta de acero perforó el casco de la barca, aprovechando un momentáneo retiro de la marea. El agua escapó por los orificios y Fluviano fue testigo de cómo algunos huesos, los más pequeños que flotaban, salieron por allí a perderse en el mar. Sin embargo no dijo nada ni intentó alguna acción para evitarlo, molesto sin duda por el deterioro sufrido por la embarcación que ya era suya.

Aligerada de peso y sumando el esfuerzo de todos, la barcaza fue impulsada a la playa hasta posarla en las arenas secas.

La noticia del rescate había corrido por el puerto y la última fase de la maniobra contó con un público ansioso, mujeres, niños y ancianos, que abandonando la compañía debida al cadáver de la loca Margarita corrieron hacia la caleta del cementerio. Hubo quien creyó ver en el tumulto, durante un instante, a la misma madre de la muerta.

Don Valentín Espinosa, acostumbrado al manejo de huesos y traslado de cadáveres, en virtud de su oficio de sobador y de enfermero, se ofreció a rescatar los restos del desventurado náufrago, que eso y no otra cosa tenía que ser el solitario navegante hallado.

Solemnemente, don Valentín fue guardando uno por uno los huesos en el saco de harina que alguien facilitara oportunamente. Primero los huesos largos de las extremidades, luego la gran mariposa del pubis (–Era hombre, mayorcito ya –comentó don Valentín con absoluta seguridad), seguida del tórax y la columna vertebral, cerrando la operación mayor con el cráneo y la mandíbula, que en un principio se creyó perdida. El remate de la acción fue recoger los huesos más pequeños, diseminados en toda la barcaza, operación ya carente de protocolos y misterios en la que colaboraron varios pescadores y dos niños.

El saco fue pasando de mano en mano hasta depositarlo encima de la arena, entreabierto, dejando a luz el cráneo. La atención de todos estaba fija ahora en la libreta de notas.

Fluviano revisaba seriamente sus páginas mojadas, pasándolas una a una cuidadosamente, evitando rasgaduras.

–Está en gringo –concluyó, cerrando la libreta.

–Entonces era gringo –remató don Valentín.

Alguien propuso que se llevara la libreta a la capitanía del puerto, opinión que de inmediato fue aprobada. En grupo, todos juntos, condujeron en procesión la bitácora del náufrago hasta la capitanía. Algunas personas, limitadas por sus ocupaciones, no habían podido acudir a la caleta del cementerio para atestiguar la llegada de la barcaza, pero al ver pasar la procesión frente a sus casas, decidieron sumarse a ella. Antes de llegar al centro del poblado la libreta iba ya cubierta con una manta bordada, transportada con unción en una bandeja de aluminio decorada con flores. Algunas viejas empezaron a cantar melodías sacras y momentos después el pueblo todo era un gran coro regularmente entonado, que obligó al sacristán de la capilla echar a vuelo, en toques largos, las campanas.

El capitán del puerto ya los esperaba en la entrada de su oficina, advertido de antemano por miembros de su familia que presurosos le llevaron su uniforme blanco reservado para las grandes ocasiones.

En los años de su juventud, el capitán del puerto navegó por varios mares en un barco australiano, donde, además del escorbuto, adquirió el conocimiento del idioma inglés, habiendo llegado a un dominio aceptable en términos de marinería y blasfemias varias.

El capitán recibió la bandeja que portaba la reliquia y pidió que le dejaran trabajar a solas. Con una media vuelta, muy ortodoxa a la luz del reglamento, desapareció en su oficina cerrando la puerta. Las viejas que organizaron el canto de himnos sacros, en el clímax de un entusiasmo litúrgico al que pocas veces tenían acceso y oportunidad, se hincaron ahora en las piedras de la calle, pero su ejemplo no tuvo seguidores.

Pacientemente, los vecinos aguardaron el lento trabajo de traducción. Para matar el tiempo se organizaron algunos juegos con dados y naipes, hechos de huesos de delfín aquéllos y éstos con piel de tiburón. Fluviano permaneció retirado de las tentaciones del juego, temeroso de exponer su barcaza nueva en un imprudente golpe de dados o en un incierto chingolingo.

Al abrirse la puerta de la capitanía el pueblo se puso de pie en un movimiento gimnástico y sorprendentemente bien ejecutado. El capitán apareció llevando la bandeja en las manos. El cabo de policía se cuadró y respetuoso pidió se le permitiera sostenerla. El capitán conservó en cambio los papeles en los que apuntara las notas de su traducción.

Solicitó silencio con la mano, interrumpiendo el murmullo de inquietud que empezaba a progresar en los reunidos; buscó calmadamente en todas las bolsas de su uniforme hasta encontrar los anteojos y se los calzó con el mismo ademán con que un almirante hiciera uso de los catalejos para observar el desarrollo de una gran batalla.

–El muerto se llamaba en vida Walter Simpson, y era capitán de fragata de la marina de guerra norteamericana –dijo con voz grave.

–Descanse en paz –coreó el pueblo.

–Según la bitácora que he leído –continuó el capitán del puerto en el mismo tono–, el capitán Simpson y su tripulación navegaban a bordo del cañonero G-82 en aguas del Pacífico, cuando en la noche del 24 de diciembre del año pasado fueron hundidos por un submarino japonés.

Un murmullo de animación subió del auditorio. El imprevisto encuentro con la guerra, antes tan lejana, resultaba estimulante.

El capitán del puerto volvió a solicitar compostura y prosiguió:

–16 miembros de la tripulación, entre ellos el capitán Simpson, lograron abordar una barca de salvamento, en donde permanecieron varios días antes de que los primeros marineros empezaran a fallecer de hambre, sed y sol, habiendo ordenado él que fueran arrojados los cadáveres al mar.

La excitación aumentaba con el relato.

–Día a día, el capitán Simpson fue anotando en su bitácora el nombre de los muertos y su grado. Explica también que habían logrado pescar tortugas con las que obtenían alimentos de su carne y algo de beber de su sangre.

Comentarios en voz alta acerca de las conchas encontradas en la barcaza llegaron hasta el capitán del puerto, quien poniendo oídos sordos y frenando muy intensos deseos de preguntar detalles más exactos, volvió a pedir silencio y prosiguió su informe.

–La última anotación del capitán Simpson corresponde al 3 de febrero de 1941 en donde asienta que el último de sus compañeros, el teniente de corbeta Thompson, falleció al amanecer. Cuenta también que haciendo un gran esfuerzo logró arrojar por la borda el cuerpo de su compañero muerto y termina sus notas con las siguientes palabras: “me acostaré a esperar mi muerte, encomendándome a Dios”.

–Amén –exclamó el coro.

–Amén –repitió el capitán del puerto–. Así pues, como hoy estamos a 13 de mayo de 1942, el capitán Simpson debe haber fallecido hace un año y tres meses aproximadamente.

–Más o menos –aceptó don Valentín incapaz de contenerse–. Los huesos hablan.

–He informado ya al Ministerio de Marina acerca del hallazgo y…

–Le solicitan en el radio mi capitán –gritó desde adentro de la oficina el radiotelegrafista, interrumpiendo el informe.

El capitán desapareció presuroso por la puerta.

–¡Qué día tan grande! –comentó doña Flor Acuña–: tenemos dos muertos tendidos en el pueblo.

–Será que tenemos dos muertos –precisó doña Asunción–, porque tendida sólo está la pobre Margarita: el capitán ése está encostalado solamente.

–¡Deveras! Pobrecito, ¿no? –se dolió doña Flor.

–Hay que velarlo hoy en la noche, en una cajita con papel de china –propuso Joaquín Vázquez.

–De papel de china no –cortó tajante don Valentín–. ¿Qué no oyeron que los japoneses lo mataron? Sería falta de consideración con el finado.

El capitán del puerto apareció nuevamente y el pueblo guardó silencio de inmediato sin necesidad de solicitud alguna.

–El Ministerio de Marina me informa –comunicó el capitán, dando a sus palabras la dignidad requerida–, que la Embajada Norteamericana ha tomado nota del suceso de hoy, y que por mi conducto desea agradecer a los habitantes de este puerto su solidaridad combativa, su espíritu leal de aliados y reconocer su vigilancia constante ante el enemigo común que trata de esclavizar la democracia…

Las últimas palabras perdieron brillo a causa de que el capitán, poco acostumbrado a estas situaciones, dejó quebrarlas en un llanto precariamente contenido. Sin embargo su efecto fue mayor, logrando una verdadera conmoción en sus oyentes.

–¡Mueran los japoneses de Hirohito! –gritó alguien.

El capitán pidió compostura.

–La Embajada Norteamericana comunica también que por correo envía, a mi nombre desde luego, los planos para edificar un monumento que perpetúe la gloria del capitán Simpson y señale, por los siglos de los siglos, el sitio de su tumba. Asimismo, por vía telegráfica ha enviado ya una suma de dinero para pagar los gastos que origine la construcción del monumento.

–¡Viva el capitán como se llama! –gritó entusiasmado un vecino.

–La Embajada Norteamericana comunica además que lamenta profundamente no poder enviar a ningún funcionario a la ceremonia del entierro debido a causas de fuerza mayor, pero nombra su representante a Fluviano en reconocimiento a su acción de rescate.

Gritos en los que no podía entenderse una palabra llegaron a los oídos de la asamblea que girando las cabezas trataba de encontrar su procedencia. Vieron que el hijo menor de Fluviano acudía corriendo al sitio de la reunión mientras anunciaba:

–¡Los perros ya se comieron al señor, don Capitán!

Un escalofrío corrió por la espalda de cada habitante del puerto y sin necesidad de orden previa corrieron en tropel y tropezones hacia la caleta del cementerio, maldiciendo la hora en que se les olvidó el saco de harina conteniendo los huesos del capitán Simpson encima de la arena. Las viejas quedaron atrás, imposibilitadas para correr, organizando en cambio una potente sucesión de aullidos, lloros y quejidos.

En efecto: sobre la arena del panteón la bolsa de harina estaba rota y sucia, absolutamente vacía y alrededor de ella las huellas marcadas por los perros. De inmediato partieron comisiones de voluntarios y entusiastas a seguir el rastro de los animales para rescatar “aunque sea una canilla”, como precisara don Valentín.

Desalentados, los integrantes de las partidas de salvamento volvieron con las manos vacías al cabo de una hora.

–Sólo hallamos al Sotavento, el perro de Genaro y a la Camiseta, la perrita de Joaquín –informó uno de ellos–. Pero no creo que tuvieran culpa porque estaban serios serios muy de cola contra cola.

La búsqueda pues fue un fracaso. El capitán del puerto se había desabrochado la guerrera del uniforme, sudaba cruelmente, pensando que la brisa pudiera calmarle los calores de la rabia. El pueblo estaba muy desalentado.

“¿Y ahora?”, era la gran pregunta común. Con los brazos colgando sin energía, el pueblo se dirigió nuevamente a la capitanía.

Nadie pretendió disolver el grupo y juntos los vecinos aguardaron la respuesta adecuada al “¿Y ahora?”

Al caer la tarde corrieron los rumores de que el giro telegráfico de la Embajada había llegado. Poco después se presentó el jefe de la oficina de telégrafos a entregarlo personalmente al capitán del puerto, explicando que para cobrarlo había que esperar que de la capital mandaran dinero porque en la oficina local jamás habría una suma semejante. El pueblo escuchaba con tristeza maldiciendo a todos los perros del planeta.

La gran oportunidad para el progreso, venida del mar como un milagro, se había escapado absurdamente para el puerto. La única posibilidad de participar en la guerra, de vencer al Mikado y sus pilotos suicidas, se esfumaba cuando estaba servida ya la mesa. Y el monumento…

Al caer la noche estalló el clamor. Nadie podría decir que la idea salvadora se le hubiera ocurrido a alguien en particular. El asunto fue cobrando forma por sí solo, creciendo como un volcán, y de pronto surgió a los ojos de todos, coherente ya, definitivo y aprobado.

–Que la loca Margarita sea el capitán como se llama.

El júbilo renació en el puerto. Hubo inclinación a organizar un baile, con zapateado largo y trago corto, pero el plan fue rechazado antes de ser siquiera expuesto al recordar todos que el capitán Margarita Simpson estaba tendido y había que ir a velarlo. El proyecto pues quedó reducido al trago corto.

Fue el velorio más animado y alegre en toda la historia del puerto. Cantadores de corridos, hasta quienes había llegado la noticia del suceso, acudieron desde tierras bastante alejadas para cantar la vida y las hazañas del capitán descubierto. Los narradores de cuentos colorados volvieron a repetir las picardías de loros y conejos, recibidas ahora por un público ya de por sí dispuesto a estallar en carcajadas. Las parejas surgidas al impulso del entusiasmo popular pudieron actuar sin sobresaltos con sólo evitar las luces de las lámparas. Al amanecer Fluviano estaba desconsolado: incapaz de contenerse había perdido su barcaza en una perversa partida de conquián.

Las exequias fueron memorables, con derroche de cohetes y dos bandas de instrumentos de viento que tocaban ininterrumpidamente el “Dios nunca muere” y “El zopilote mojado”, música esta última muy apropiada para un muerto que, como éste, había sufrido doble padecer: la del ahogado y la del náufrago.

Ya frente a la fosa, el capitán del puerto improvisó una oración fúnebre dedicada al capitán Simpson, que al impulso de sus sentimientos bélicos fue transformándose decididamente en una incendiaria arenga combativa en la que urgió a todos los varones en edad militar disponerse inmediatamente para vengar al capitán Simpson.

(La proposición cayó posteriormente en el olvido ante la dificultad de un traslado tan remoto y plagado de peligros.)

En los momentos en que el nuevo cuerpo del capitán Simpson bajaba a la fosa, la banda entonó los aires de “América Inmortal / faro de luz / faro de libertad…”

Días después el correo trajo los planos en que minuciosamente se proyectaba el monumento al capitán Simpson. Venía incluso la fotografía de una escultura que llegaría a su debido tiempo, en donde aparecía claramente la estatua de la libertad transformada en una bella muchacha que ofrecía a la tumba una corona de laurel, mientras dos soldados de rodillas inclinaban sus banderas.

Los trabajos fueron emprendidos con vehemencia y en poco menos de dos semanas quedaron terminados, con la base lista para recibir el grupo escultórico. La tumba del capitán Simpson se convirtió en un agradable paseo para las tardes de los domingos.

Pasaron cinco años y la escultura que anunciara la fotografía anexa a los planos nunca llegó, pero el pueblo disimulaba aquella carencia diciendo, lo cual era cierto, que poca era la necesidad de ella porque el monumento poseía ya grandeza y emoción.

Una mañana el puerto despertó sobresaltado. Un cañoneo intenso y repetido se había apoderado de la bahía. Corriendo los vecinos acudieron a la playa para admirar a dos enormes destructores norteamericanos escoltados por tres guardacostas mexicanos, fondeados frente a la caleta del cementerio. Las salvas eran disparadas desde uno de los destructores.

En lanchas de desembarco bajaron a tierra dos compañías de infantes de marina, muy rubios y pulcramente uniformados, y un pelotón nuestro de guardia marina. Marcialmente llegaron hasta el monumento en donde, dirigidos por tronantes voces de mando en inglés y en español, formaron una guardia de honor a los restos del capitán Simpson. Una nueva barca se desprendió del destructor trayendo a bordo el grupo escultórico, que fue desembarcado por un pequeño tractor guía en medio del más respetuoso silencio de la tropa, tanto nacional como extranjera, ante la emocionada expectación de los vecinos.

Con precisión norteamericana las esculturas fueron montadas por la grúa en el sitio exacto que habían previsto los planos.

Hubo discursos en los dos idiomas y nuevas salvas, tanto de artillería como de fusilería. Después, la tropa regresó a los barcos tan rápida y eficazmente como había llegado. Subrayando el movimiento con sus sirenas tristes los buques abandonaron la bahía en los precisos momentos en que en el cementerio aparecía presurosa la madre de Margarita en compañía de su hija, la menor, llevando un ramito de flores.

Y la loca Margarita volvió a ser aquella mañana la muerta más feliz del mundo.

 

viernes, 24 de noviembre de 2023

El muro

Eraclio Zepeda

 

A Efraín Barquero

 

El último de los amigos se despidió. Él cerró la puerta cuidando no hacer ruido. Eran las cuatro de la mañana y quería ahorrar a sus vecinos el golpe de un portazo; precaución extraña después de las voces altas y la música que, durante horas, habían partido de la reunión ahora muerta.

Ella permanecía sentada en el sillón de cuero, deseando encontrar licor en la copa ya vacía. Encendió un fósforo mientras buscaba la cajetilla de cigarros. Él se acercó a la ventana, la abrió para limpiar la atmósfera pesada. Después se dirigió al baño.

Habían reunido a los amigos para celebrar sus siete años de casados ¿o eran ocho? La velada resultó ni mejor ni peor que otras anteriores. Y, sin embargo, desde hora muy temprana, sin entenderlo cabalmente, él y ella experimentaron la presencia de un muro.

Al principio fue sólo una sensación. Pero al paso de las horas, la fábrica de aquella resuelta pared progresaba a ritmo franco. El más pequeño ademán de él o la más simple inflexión en la voz de ella colaboraban, eficazmente, en su erección.

Había sido un descubrimiento repentino logrado al mismo tiempo por él y por ella, un hallazgo simultáneo reservado sólo a la pareja. Fue cuando él relataba la historia repetida en todas las reuniones, en que como siempre, la risa de los oyentes rubricaba el pasaje exacto, la frase precisa, siempre igual. Aquella historia que tanto había celebrado ella las primeras veces, al principio de su matrimonio, y que ahora, a fuerza de oírla odiaba. El relato reveló el primer síntoma de lo que estaba ocurriendo. Las miradas de él y de ella se encontraron como si vinieran de muy lejos para cruzarse sin especial intención. Sin embargo, ambos advirtieron que la muralla estaba allí, recién nacida, a la altura de las rodillas.

Ya no fue posible ocultarla. En realidad hacía tiempo que esperaban su advenimiento, pero no dejaba de ser extraño que ello sucediera precisamente en la fiesta de su aniversario.

Los invitados, los amigos íntimos, permanecían ajenos a la construcción que ante sus ojos ausentes progresaba. Para ellos era una espléndida ocasión de hablar de lo que siempre se había conversado.

Cuando el último invitado se despidió, el muro llegaba ya muy cerca del techo y la sala había quedado dividida, sin posibilidad de contemplarse uno a otro los rostros ni los cuerpos ni nada.

Al salir del baño encontró que la sala estaba definitivamente cercenada por un cancel de cal y canto, pintado hermosamente de blanco, con grandes contrafuertes de piedra a cada extremo. Lo más sorprendente era la falta de asombro. Serenamente, él golpeó el muro con el puño, suaves golpes espaciados cuidando los intervalos, de modo tal que al otro lado pudiera entenderse la intención de un mensaje. Aguardó con atención: al cabo de un momento escucho, muy lejanas, las noticias de ella al otro lado de la muralla.

Él se volvió camino de la alcoba. Buscó en ciertas gavetas un retrato de ella, hecho en los días de su primer encuentro; le colocó, amorosamente, un listón de luto alrededor del marco, volvió a la sala sin apresurarse y colgó del muro la imagen. Después se sentó en el suelo y lloró hasta que el sueño lo cubrió totalmente.

Al despertar, el muro permanecía allí. Algunas yedras trepaban con audacia hasta perderse en las nubes tenuemente coloreadas por el sol; las manchas de una pátina bronceada aparecieron en la pared que un día había sido blanca.

Estudiaba las formas caprichosas que lograban cuando escuchó aquel rumor, primero casi imperceptible, de una corriente de agua. Imaginó un escape en los grifos del baño, y al ir a comprobarlo descubrió que del muro nacía un manantial. Observando atentamente comprendió que no era una suerte de arroyo, sino un gran río de viaje largo que simplemente atravesaba la muralla.

Se sentó a la orilla para ver pasar las aguas que arrastraban recuerdos del mundo y algunos detalles, sorprendentemente bien conservados, de escenas capitales en su relación con ella. A veces, semisumergidas, pasaban tarjetas postales de ciudades amadas por ambos, y también, nadando por el río, antiguos amigos encontrados en tierras lejanas, que muy serios suspendían el ritmo del braceo para saludar muy correctamente, levantando con la mano sus chisteras.

De pronto, en un levantar la vista hacia el horizonte, aguas arriba venía un barco de papel. Sacó su pañuelo y lo agitó largamente hasta que el barco, seguramente al advertirlo, dirigió su proa hacia la orilla. Cuando hubo atracado, él subió anhelante a bordo porque creyó ver a ella en cubierta.

Estaba sentada en una silla de lona, contemplando una casa destruida que sostenía entre las manos, vestida con el uniforme escolar que llevaba el día en que la amó por primera vez. Cuando abrazó no a ella, sino a una estatua de sal, advirtió su soledad de muchos años.

Sintió entonces que el barco se movía y corriendo a la baranda del castillo de popa pudo comprobar que la corriente del río había cambiado de sentido, y llevaba al barco rumbo hacia donde, si el astrolabio no lo engañaba, debía estar la muralla.

Las aguas iban ganando en caudal y los rápidos se sucedían en forma tan peligrosa que llegó a experimentar un ansia cierta de naufragio. Viajaba ahora por una zona de praderas portentosas, que se convirtieron después en bosques espesos de abedules. Empezó a nevar copiosamente y los abedules se disolvieron en la nieve quedando tan sólo algunas manchas negras, mariposas casi, que volaban. A lo lejos se veían aldeas sepultadas, adivinadas únicamente por el humo de sus chimeneas y las marcas del tráfico de trineos. Cuando la nieve se agotó, se encontró navegando en el desierto.

Subiéndose al mástil pudo divisar a lo lejos la muralla. Conforme iba acercándose surgían indicios claros de que el río acabaría por atravesarla.

Un día llegó al túnel enorme por medio del cual el río ganaba el otro lado. Era un túnel de piedra negra en forma octagonal en cuyas paredes se relataban, por medio de bajorrelieves, encuentros y regresos. Al lado de cada alegoría enormes lápidas de mármol labradas con inscripciones citaban el Texto de la Verdad y la Palabra.

Pudo comprobar que una vez atravesado el túnel, el río no desembocaba al otro lado de la muralla sino que, mediante un caprichoso meandro, penetraba en la sala cerrada a través de la ventana que él dejara abierta aquella noche del desastre.

La barca atracó suavemente, él saltó a tierra y corrió al encuentro de ella. No dejó de entender, sin embargo, que avanzaba en verdad por la sala de su primera casa, la que habitaron en los primeros meses. Al fondo ella pintaba un retrato de su hijo enmarcado por una larga leyenda de caracteres armenios donde se contaba una historia de derrumbes. Estaba amaneciendo y en la calle se escuchaba el paso majestuoso de los dromedarios y los pregones de los vendedores de tamales. Al acercarse a ella advirtió que había crecido.

–Buenos días –dijo él y notó que eran las primeras palabras verdaderas en muchos años.

Hombrecillos que reían mientras trabajaban se dispusieron a demoler el muro. Apenas si podían ser advertidos allá en lo alto. Todo parecía indicar que se trataba de una tarea a largo plazo. Ella le tomó de la mano, abrió la puerta y salieron a la calle.