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jueves, 6 de agosto de 2026

Tap-room

Álvaro Cepeda Samudio

 

“Old man”, she said, “have you lived so long that you have forgotten all you even knew or felt or even heard about love?”
Faulkner (Delta Autumn)

 

–… Whisky, por favor “Permiso, permiso... “... te digo que Marión es distinta “Gracias, no “Sí, doble, sírvalo...–… “Una vez, hace años, yo no soy un político, no señor, pero verá usted...–… “Por favor... “Yo digo que durará, es Sartre... “... no, no señor... “Whisky “Nueve ochenta y “...–… tú no me comprendes, no me has comprendido nunca.

“Dos martinis “Firmaré eso “... permiso “Gracias, yo “...–… finalizar con 367 “... llénelo, sí, igual… “Pero es que usted no comprende que la estabilidad de las relaciones internacionales... “doble, sí, doble por favor “Marión, quiero a Marión, es que tú “... seco, bien seco, eh “Otro whisky …“Yo no lo creo así “ y siete con treinta y cinco “por favor “Perdón, señor “whisky “Joe, el caballero “... pero ten calma, despacio, despacio “... a Marión, no la conoces “... no es el problema, yo digo “Whisky” “... permiso, per miso” “whisky “... gracias señor “Whisky “Whisky.

Y en cada uno de los espacios se amontonaba pensamiento. En el gran sonido total se abrían grietas: y esas grietas se llenaban de pensamiento. Alguien estaba metiendo estopa en la cabeza de una muñeca morena, ligeramente morena. Y las hilachas negras, grises, blancas, grises, negras, blancas, caían sobre la cara de la muñeca.

“... Lo esperaba, claro que lo esperaba; yo lo sabía; “no te hagas el ofendido, no te queda bien”; pero no lo conozco, no lo he visto nunca; tengo que portarme como un caballero o como un tonto, no hay escogencia; “creo que puedes comprender”; “debes comprender, es lo que espero”; yo lo sabía, no de hoy, yo lo sabía; porque tengo que comprender; pero, es que puede llamarse solución; “el melodrama pasó de moda, entérate de una vez”; la lealtad, la lealtad; lo menos que podía esperar; yo lo sabía, lo sospechaba; tengo que encontrar la clave, tengo que hallar el instante cuando lo supe; Ricardo, Dick, Dick Martin; “no seas tonto”; “no es hora de explicar”; es el fin, el inesperado pero eterno final; no, no me toma de sorpresa, yo lo sabía, tenía que saberlo, tengo que encontrar un indicio, tiene que haberlo, es algo tarde para creerlo; “estás tratando de hacerlo todo más difícil”; es una satisfacción el no ser tomado de sorpresa, claro que lo sabía, tenía que saberlo, claro que lo sabía, yo lo sabía, lo sospechaba; “no seas ridículo”; “estás muy cerca de lo grotesco”; cuándo lo sospeché, cuándo, Dick Martin, tengo que recordarle, yo lo he visto; vas al teatro; “no”; me estoy diciendo a mí mismo que lo sé, que lo sabía, que no es una sorpresa, que estaba enterado, estoy seguro de haberlo visto; “no insistas, por favor”; enterado, enterado de todo; “me duele que te portes así”; lo sabía, lo he sabido las otras veces; “no hubo otras veces”; pero soy un caballero, tú lo has dicho; “hubieras hecho esto más sencillo”; “dónde está tu dignidad”; “la predicada hombría”; “déjame siquiera ese recuerdo”; “no seas imbécil”; “sigue si eso te sirve de algo”; qué se hicieron los poemas; “no puede ser, no resultaría”; y ahora hago el ridículo, estoy resucitando el melodrama; “no podría, no sería decente”; decente, pero quién es decente; yo lo sabía, si lo he sabido siempre; “comeremos fuera”; no puedo dominar la situación, no pude desde el principio; yo lo sabía, pero estoy haciendo el ridículo; “me espera a las nueve”; y tú te atreviste a hablar de dignidad; claro que eres mucho menos que una perra, ni siquiera eres franca, mucho menos que nada, siempre lo has sido, y yo lo sabía; “siento de veras que lo hayas echado a perder”; echado a perder, echado a perder, a perder qué; “mi abrigo por favor”.

Y la estopa toda dentro de la cabeza de la muñeca morena. Alguien dejó entonces de apretujarla porque había quedado toda dentro, totalmente dentro; gris, negra, gris, blanca, gris, negra, gris, blanca, gris. Los sonidos se juntaron violentamente, estrechando las grietas, haciendo saltar el pensamiento.

Whisky permiso Marión es distinta sí doble gracias yo no soy un político por favor yo digo whisky nueve ochenta es Sartre comprendido nunca yo Martinis llénalo firmaré con 367 whisky estabilidad relaciones internacionales Marión whisky treinta y cinco Joe permiso Martinis el problema sécalo sécalo permiso whisky gracias permiso Marión whisky Joe whisky Marión whisky permiso whisky Marión whisky.

De pronto los sonidos comenzaron a resbalar sobre la madera humedecida del mostrador; separándose unos de otros, restituyendo las grietas, convirtiéndolas en grandes espacios. Los espacios haciéndose mayores. Cada vez más amplios. Hasta que hubo cupo para la melodía. Y luego hubo tanto espacio entre el último sonido y la melodía, que la voz ascendió desde el ángulo más lejano. Ascendió libremente, y se amontonó sobre la estopa apretujada.

“Put the blame

on Mammy

Boys.

Put the blame on me.

Mammy kissed a buyer

from out of town.

That kiss burned Chicago town

So you can put the blame

on Mammy, boys,

put the blame on me”.

La voz se adelantó un instante a la melodía; quedó sola en el gran espacio abierto, sola en su magistral triunfo. Pero se calló enseguida; se apagó al apagarse la melodía, como si fuera ésta quien la sostuviera erguida. Y el espacio quedó completamente vacío.

Y la cabeza de la muñeca morena explotó; sin ruido, de un golpe, súbitamente, pero sin ruido. La estopa se derramó sobre la madera mojada del mostrador. Y lo negro-gris, y lo negro-gris-blanco se pegaron al vidrio como mechones de pelo a una frente sudada.

Los pensamientos se pegaron también a algo húmedo. Se hicieron una masa y se disolvieron por fin en el líquido. Tan cerca estaba el pensamiento de la madera humedecida del mostrador que la cabeza descansaba sobre la brillante superficie.

–Por favor, caballeros, permiso– levántalo Joe–, permiso caballeros, permiso.

–La bufanda jefe, recójala.

–Por la otra puerta Joe.

–Ponlo en un taxi que lo lleve a su casa.

–Esta noche lo tumbó pronto, eh jefe?

–El mostrador, Bill, sécalo.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

martes, 28 de julio de 2026

El piano blanco

Álvaro Cepeda Samudio

 

“Yo estaba enamorado del piano blanco. Y ella lo sabía. Lo descubrió con esa asombrosa capacidad que tienen las mujeres para descubrir cosas como ésta o como la homosexualidad en los hombres que la esconden celosamente. Tal vez porque de niño me faltó todo, y en la casa de vecindad donde viví no habita siquiera un trozo de madera con que fabricar un juguete, fue por lo que adquirí la costumbre de aferrarme a los pocos objetos que durante esos años caían por casualidad en mis manos. El osito de cristal morado que encontré una vez en una calle alegre y al que le faltaba la cabeza, ha vuelto a mi memoria muchas veces en estos días. El osito era parte de mi vida y cuando mi padre lo pisó –recuerdo perfectamente ese momento pues todavía al pensar en el osito morado siento apretárseme la garganta–, esperé por muchas veces a que llegara borracho y cuando eso ocurrió lo empujé con toda mi venganza desde lo alto de la escalera. Las personas no me impresionan tanto como los objetos, y aunque he intentado muchas veces querer de veras a una mujer no le he conseguido. En cambio las cosas, las cosas me atraen, me seducen con sus líneas iguales y esa sensación de seguridad, de inmutabilidad que emana de ellas. Yo soy un hombre normal y comprendo que esta costumbre mía de enamorarme de las cosas es malsana. Y he luchado para dominarme. Pero las cosas son más fuertes que las personas, no se dispersan como las personas y en su unidad son más fuertes que nosotros.

Recuerdo perfectamente cómo empezó lo del piano blanco y cómo traté de no verlo más, de apartarme de él. Pero todo conspiró contra mí. Fue como si el piano blanco hubiera buscado todos los medios para seducirme; exactamente como lo hubiera hecho una mujerzuela. Yo siempre deseé tener un piano. Desde cuando aprendí a tocar. Durante las larguísimas horas de práctica cuando las yemas de los dedos se me adormecían y la música igual, igual, igual, de tanto repetirla se me desvanecía en los oídos y quedaba yo solo, con el piano, las teclas empujaban suavemente mis dedos adoloridos compadeciéndose de su martirio. Desde entonces se formó en mí ese desmedido amor por los pianos. Hasta el punto que los demás objetos, los que antes me llamaban la atención, dejaron poco a poco de impresionarme y solo los pianos, con sus líneas esbeltas y puras y la suavidad infinita de sus teclados ocuparon mi vida. Deseaba ardientemente poseer un piano, pero al mismo tiempo tenía un miedo terrible de enamorarme demasiado del que yo escogiera, de compenetrarme tanto con él hasta que llegara un momento en que me fuera imposible tocar en otro. Tenía miedo de que mi amor por los pianos se materializara en un piano, en un único piano. Muchas veces me ha sucedido que durante un concierto llego a amar con tal fuerza al piano en el que estoy tocando que tienen que separarme a la fuerza de él; bajan el telón y me sacan casi a rastras del escenario mientras el público, que nada comprende, y que ha visto complacido prolongarse el concierto por tres o cuatro horas, protesta. Yo nunca miro el piano antes del concierto, ni siquiera voy al teatro, y así cuando entro al escenario y lo veo en el centro, solo con su ala de cuervo lanzada al aire, con sus patas delgadas y correctas y el interminable camino del teclado, no puedo reprimir el formidable deseo de correr hacia él y acariciarlo con mis dedos. Y es que mientras me he estado vistiendo en el camerino, alargando lo más posible el encuentro, lo he imaginado de mil maneras, lo he forjado en mi mente, lo he presentido tal y exactamente como lo veo después. Antes, antes de ahora, se daba el caso de que mis conciertos en un mismo teatro se prolongaran por meses. Esto sucedía cuando descubría en el piano de ese teatro un detalle íntimo, y se establecía entre el piano y yo ese amor que nace de compartir un secreto. Pero esto era antes de ahora, pues ella, que lo descubrió, que descubrió lo que nadie había descubierto y que lo atribuían a genialidades de mi talento de artista, dispuso que yo no diera más de un concierto en el mismo teatro y con el mismo piano. Y sin embargo a ella la conocí por el piano blanco. Y si no hubiera sido por él nunca me hubiera mudado a su casa. No debí hacerlo. Ahora me arrepiento. ¡Pero el piano blanco me atraía con tanta fuerza!

Cuando entré por primera vez a esta casa y lo vi en su rincón, abandonado como un gran animal blanco y triste, comprendí que debía alejarme enseguida de aquel lugar, que no debía volver más a esa casa: ése era el piano por el que yo había estado aguardando, por el que yo no había querido entregarme a ningún otro, el piano presentido y deseado en todos los pianos que yo había tocado en mis conciertos. Pero ella me obligó a venir, me invitaba diariamente y me hacía pasar largas horas en la salita del piano blanco, con él a mis espaldas y ella a mi frente. Yo sabía que llegaría el día cuando no podría resistir más a esta situación y me hice el propósito deliberado de prestar la menor atención posible al piano blanco. Y me negué infinidad de veces a tocarlo. Prefería el otro, el viejo y feo piano del salón. Pero cuando podía escaparme de las gentes que me rodeaban y que me pedían durante las fiestas que ella organizaba para mí que tocara, cuando los complacía, me escabullía a la salita del piano blanco y allí lo miraba en la oscuridad, con su blancura grisosa, y le pedía perdón por haber prostituido mis deseos con el piano feo y viejo del salón mientras él permanecía allí en su rincón, puro y blanco y en silencio. Ahora pienso si todo fue planeado fríamente por ella. Si no fue ella quien arregló todos los detalles como una vieja alcahueta para que me enamorara del piano blanco. Es verdad que ella nunca me pidió que lo tocara y que no había en la casa otra sala más agradable que esta donde me recibía siempre. Y es verdad también que ella nunca lo mencionó, ni me dijo su historia, ni alabó la blancura de sus maderas. Nunca habló del piano blanco. Y es precisamente este silencio el que me hace pensar que todo esto fue calculado y premeditado. Sucedió así: yo había venido esa tarde como de costumbre, pero ella había salido. Cuando Emma me dejó solo en la salita y vi asombrado que el piano blanco estaba abierto, ofreciéndoseme su teclado virginal anhelante, no pude contenerme y me senté a tocar. No sé cuánto tiempo transcurrió. Ella debió llegar mientras yo tocaba. Pero cuando Emma vino a avisarme que la señora me esperaba arriba, la noche había invadido la salita y el piano blanco parecía un fantasma en su rincón: sonando y sonando con las últimas resonancias de mis dedos. Ella no dijo una palabra. Yo había cerrado el piano con las llavecitas que encontré sobre el banquito y las guardé. Yo era el único dueño del piano blanco, o él mi único dueño, no podía decirlo. Ella se dio cuenta, tuvo que darse cuenta porque a los tres días cancelé todos mis conciertos y me vine a vivir con ella. Ahora comprendo que lo había descubierto hacía mucho tiempo y que lo planeó todo para que sucediera como sucedió. Cuando comenzó a insistir en que la dejara en casa durante mis jiras cortas, la cosa me inquietó mucho. Pero estaba determinado a no hacerlo, pues presentía sus intenciones. Al principio fue como una sensación muy vaga de temor, pero a medida que fui acumulando detalles y comprendí lo que ella buscaba la temí y la odié al mismo tiempo. Me privaba a mí mismo del infinito placer de tocar el piano blanco para que ella no lo viera, para que no lo oyera porque ya estaba seguro de que ella lo odiaba, con la misma fuerza con que yo lo amaba. Yo no quería dejarla en la casa. El concierto que tenía que dar anoche iba a ser el comienzo de una larga jira y el médico insistió en que el ajetreo de los viajes le haría daño por su estado. Sabía lo que iba a suceder, por eso volví hoy. Por eso no pude tocar anoche. Esta salita es como un túnel oscuro y silencioso. Sin el piano blanco y con ese hueco negro donde él hace falta y ella con los ojos abiertos y ese vientre tan grande que yo no había notado antes: esta salita parece un túnel”.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

martes, 21 de julio de 2026

Jumper Jigger

Álvaro Cepeda Samudio

 

“It may be that there is no place for any of us.
Except we know there is, somewhere;
and if we found it, but live there only as
moment, we can count ourselves blessed…”
Truman Capote (The Grass Harp)

Jumper Jigger había comenzado a bailar nuevamente sobre el rectángulo negro que vibra al final de la regla de pino. El tap-tap-tap-tapin de sus pies desarticulados se elevaba por encima de todos los sonidos y nos mantenía atados al desgonzamiento de su danza. Ninguno de nosotros estaba mirando a Jumper Jigger. Estábamos demasiado acostumbrados a él, demasiado acostumbrados a su baile: siempre igual, siempre distinto. Y aunque nadie, ninguno de nosotros, podía decir que le interesaban los bailes de Jumper Jigger, este era el sonido que juntaba nuestras soledades, diluyendo los cuerpos y uniéndolos unos a otros con su repetido tap-tap-tap-tapin. Y tampoco ninguno de nosotros había puesto nunca a bailar a Jumper Jigger. Se pasaba el tiempo desgonzado sobre su tablerito negro, sostenido por la flexible varilla vegetal que le salía del centro de la espalda. De alguna manera sabíamos que él no bailaría lo mismo para nosotros. Para ninguno de nosotros. Ni siquiera para el Mexicano con sus ojos llenos de cadáveres y los oídos sonoros de combates en Normandía y su espeso silencio, tan parecido al del hombre que siempre hacía bailar a Jumper Jigger, y sobre todo tan parecido al del propio Jumper Jigger. O tal vez era porque Skip nunca llegaba en las tardes. Pero era que nosotros no podíamos decir el tiempo ni la estación cuando Skip llegaría y Jumper Jigger comenzaría a bailar. Porque el tiempo había dejado de ser medido y una sola estación había comenzado dentro de las paredes aun antes de que Skip naciera, aun antes de que Jumper Jigger hubiera sido comprado en Georgia, mucho antes también de que el Mexicano hubiera comenzado a disparar su ametralladora en Normandía y el tap-tap-tap-tapin de los pies desarticulados de Jumper Jigger y el tap-tap-tap-tapin de los miembros desarticulados sobre Normandía se hubiera convertido en un mismo tap-tap-tap-tapin.

Alguna vez se habían congelado los engranajes del reloj redondo pegado a las paredes, sostenido allí únicamente por el gran vertical rojo que se había estacionado tres puntos redondos y negros antes de llegar al trazo recto y negro que iniciaba un número. Y cuando entró con sus libros limpios, olorosos a papel nuevo, sus pantalones azules y su grueso saco marinero, y sacudiendo la nieve que comenzaba a derretirse entre el laberinto de cabellos amarillos y los pliegues de una pañoleta multicolor, había preguntado la hora; alguien le dijo: “Las dos y diecisiete”.

En un aula, el calor salía uniforme como de un gran acordeón petrificado y en un corredor repetido de grandes acordeones petrificados los relojes hacían pasar a intervalos mecánicos un largo vertical rojo sobre los trazos negros y los puntos negros y los gruesos horizontales negros. Y mientras la nieve se derretía en cincuenta y siete zapatos afirmados en sus tobillos, alguien había comenzado a hablar sobre Joyce. La nieve estaba sucia y barrosa debajo de cincuenta y siete zapatos, pero Joyce había aparecido en quebradas líneas blancas sobre la grisosa superficie del tablero. Y otra vez había nacido la nieve sobre los infinitos zapatos. Y otra vez se había derretido. Y otros nombres habían sido aprisionados con líneas blancas sobre tableros grisosos. Pero todavía eran las dos y diecisiete en un reloj redondo. Y ya Jumper Jigger había comenzado a bailar.

Los libros no perdieron su limpio olor a cosa nueva y debajo del grueso saco marinero comenzó la blancura de una blusa de barcos lilas. Los barcos libertados se curvaron sobre la línea del bar, cedieron sin romperse a la dureza oscura de la madera y se quedaron allí: naufragados en sí mismos. Skip principió a tamborilear sobre el comienzo de la regla de pino y Jumper Jigger saltó súbitamente para empezar a bailar. Y al final de la blusa, donde los barcos lilas habían sido cortados al descuido, se inició la sorpresa de la muchacha.

“Joe”

La moneda ni siquiera brilló en la mano hinchada, fofa, casi viscosa. Joe comenzó a reírse otra vez. A reírse con esa risa que nunca había conocido el sonido y de la cual no podía decirse que era una muestra de alegría. Los ojos debían dilatarse, los músculos de la cara distenderse, los sonidos comenzar a oírse para poder decir que era una risa. Pero la cara de Joe siguió exacta. La mueca comenzó otra vez: ampliada hasta el límite de los dientes carcomidos.

“Joe”

La cabeza inició un movimiento igual y monótono de cortas y rápidas afirmaciones. Joe siguió asintiendo y riendo hasta que la saliva comenzó a gotear a intervalos cada vez más cortos, convirtiéndose en chorritos espesos que se quedaban colgados de una comisura y tardaban en caer sobre los cuadros negros y rojos de la camisa que algún viajero del norte de la península le había regalado.

“'Joe”

La mano se perdió un momento entre la mano regordeta y viscosa y reapareció increíblemente victoriosa de un combate con los enormes tentáculos que rodeaban el círculo sin brillo. Del largo viaje sobre superficie sin eco, blandas y humanas superficies, la moneda despertaba al cuerpo sonoro de su metal y chocaba contra sus hermanos metales en el vientre cerrado del tocadiscos, Joe se quedaba al acecho de su recorrido y al final comenzaba a hundir la doble hilera de botones numerados. Cuando el último botón había repelido el último dedo amarilloso, Joe volvía su húmeda sonrisa hacia el hombre: pero ya Jumper Jigger había comenzado a bailar de nuevo y Joe iniciaba entonces su lento y derrotado regreso hacia ningún lugar.

La mano apareció otra vez sosteniéndose con trabajo en el aire, los dedos se movieron por unos cortos segundos y luego cayó sobre la madera del bar para quedarse allí, absorbida por la oscuridad, deformándose como un gran animal ahogado. El choque de la botella sobre el borde invisible del vaso y la caída del líquido desde lo alto del brazo de Harry crearon un nuevo movimiento. La cabeza del hombre apareció al comienzo de la línea ancha de los labios redondeados sobre el vaso. Luego todo el cuerpo, naciendo a medida que el líquido llenaba los vacíos, apareció en un solo trazo, en un solo espasmo alcohólico: comenzado en la curva de la cabeza y terminado en el bamboleo constante de un par de piernas colgando en el vacío a una distancia inmensa del primer travesaño de la alta silla apretada contra el bar. El sonido roto de la risa del hombre hinchó los barcos que se separaron rechazando la línea de madera del bar.

Skip había entrado en algún momento de esa hora permanente, en algún momento de las dos y diecisiete. Todavía la muchacha tenía sobre sus hombros el grueso saco marinero pero ya la nieve había desaparecido de la pañoleta y aun las gotas acuosas habían sido absorbidas. Pero Skip echó parte de su nieve en el mostrador al lado de los libros intactos. Y comenzó a preguntar. Había un cuarto en un dormitorio de ladrillos rojos y los retratos masculinos de una compañera que se levantaba de pronto en la mitad de la noche y comenzaba a besarla en un sueño. Había también un pueblo en lo alto de la península con su dolorosa blancura en invierno y los lagos repitiéndose en canoas verdes en los cortos veranos. Había nombres y una escuelita con animales de Walt Disney colgados contra las paredes despobladas. Había siempre nieve, y la soledad: que había comenzado a nacer mucho tiempo después de que los ratones de sacos rojos se fugaron de sus cuadernos. El aula con Joyce resuelto en tiza blanca apareció de pronto. “No me gusta Joyce y no quiero que lleguen nunca las tres. Quisiera llamarme Lavinia, como en un cuento, como en el título de un cuento”. Y había otra vez la larga nieve y en el cuarto triangulado con banderines de siete colegios la soledad había crecido más alta que el mismo cuerpo de la muchacha; la sentía patalear en su vientre como un niño hasta que no pudo contenerla más, y siguió creciendo, creciendo. creciendo, creciendo, hasta cuando fue más grande que su cuerpo duro y adolescente, le invadió los sueños y creció aún más allá de lo soñado y la compañera siguió besándola en la mitad de la noche hasta que hubo sangre en sus labios hinchados. Pero su voz había sonado antes de su asombro, antes de que el tap tap-tap-tapin de Junper Jigger hubiera atado los dedos ágiles de Skip a la regla de pino. Y ahora se oyó otra vez. Se oyó sobre la música que había salido de los dedos de Joe. Y sobre el desgonzarse de los pies de Jumper Jigger contra el eco del último golpe de su cuerpo sobre el tablerito negro. Se oyó aun sobre el bullicio de Normandía que colmaba los oídos del Mexicano. La risa sujetada del hombre se quebró como la música de un disco detenido de repente y la voz de la muchacha preguntó la hora nuevamente. El sonido pertinaz de las ametralladoras se apagó y el grito del Mexicano trató de alcanzar el desbordamiento de barcos azules que se precipitaban hacia la puerta. “¡Lavinia! ¡Lavinia! Como en un cuento”. El tap-tap-tap tapin de Jumper Jigger se deshizo en los dedos de Skip, sus miembros hicieron un ruido grotesco al rebotar sobre la regla de pino que siguió vibrando en el vacío como un trampolín. Cuando el Mexicano abrió la puerta el sol iluminó el cuerpo roto de Jumper Jigger, y en la calle la sofocante tarde de verano le hacía saltar el sudor de la piel bajo la tupida lana de su abrigo.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

sábado, 11 de julio de 2026

Un cuento para Saroyan

Álvaro Cepeda Samudio

 

Al salir de la universidad el profesor me ha dicho: “Tiene que tener su libro para la próxima reunión; no volveré a admitirlo si no trae el libro”. Yo hubiera querido decirle que todavía no tengo el dinero, que veintiocho dólares no son fáciles de juntar, y sobre todo hubiera querido decirle que si llego a comprarlo ya no podré volver a la pequeña librería donde Sandy trabaja y pasarme todo el tiempo que quiera leyendo los capítulos que él va nombrando durante las clases. En vez de todo esto, le he dicho como siempre: “No se preocupe por mí, profesor, lo tendré seguro para el jueves”. Y como siempre, él me ha contestado apuntándome con su paraguas cerrado: “Está bien, pero ya sabe: no se olvide”. El profesor ha esperado que cambien las luces del faro y ha atravesado la ancha avenida. Le he seguido con la vista hasta que su figura alta y gris se ha hundido entre la gente que hace girar los torniquetes del subway. Luego, como si realmente yo tuviera algo que hacer, como si tuviera prisa por llegar a alguna parte, me he echado a andar apresuradamente hacia el seminario donde tengo que encontrarme con el ruso que está estudiando teología. Todavía falta más de una hora para que el ruso salga, pero yo camino de prisa. No es que me moleste el frío pues la nieve no ha acabado de caer y mis ropas están todavía tibias de las aulas: es que quiero llegar a alguna parte. No, hoy no esperaré al ruso para irnos al cine. Me he venido a mi cuarto a juntar todo el dinero que pueda encontrar pues he decidido que tengo que comprar ese libro. Además es un libro que siempre me ha gustado tener. Capítulos y capítulos sobre los colores. Hay páginas enteras llenas de colores, de solo colores, sin texto de ninguna clase, solo colores que se explican por sí mismos. Pero no he podido juntar más de veinte dólares. Es a lo más que llego siempre que me decido a comprarlo. Veinte dólares es mucho más que la mitad del valor del libro y ahora recuerdo que Sandy me ha dicho que ella puede hacer que me lo entreguen si alguna vez puedo llevar más de la mitad de lo que cuesta. Recojo todo el dinero que he desordenado sobre la mesa y lo envuelvo en la carátula de un New Yorker que me ha regalado el ruso. En la prisa por ver cuánto dinero tenía me he olvidado de que tengo hambre. Para ir a la librería tengo que pasar por el restaurante de Mack.

“¿Qué hay, Mack?”

“No mucho, Mack”.

“¿Sabes una cosa, Mack? Voy a comprar ese libro por fin”.

“Lo siento, Mack, vas a perder tu dinero. ¿Por qué no lo apuestas a ‘My Love’, Mack”?

“Bonito nombre, Mack, pero esta vez voy a comprar ese libro. El profesor me ha dicho que no podré volver a clases si no lo compro”.

“¿Y qué: no te he dicho mil veces que Columbia no sirve, Mack?; ni una sola victoria esta temporada, ni una sola. Y el domingo al hoyo otra vez con Cornell. No sé para qué sigues en Columbia, Mack. No he tenido que pagar la comida pues la he apostado con el griego a que Columbia acabará con Cornell el domingo.

Antes de llegar a la librería tengo todavía que pasar a ver a Johnny Saxon, que tiene su bar en la 148. Mr. Saxon es el mejor cocinero de arroz del mundo. Este es un dato muy importante.

“Mr. Saxon, hoy voy a comprar ese libro”.

“No te creo, Al”.

“¿Ve este paquete? Pues tengo veinte dólares en él, y voy a comprar ese libro, Mr. Saxon”.

“¿Pero no me dijiste que ya sabías todo lo que el libro decía de los colores?”

“Sí, pero tengo que comprarlo”.

“No entiendo, Al”.

“Hasta luego, Mr. Saxon. Cuando regrese traeré el libro para que lo vea”.

Ahora tengo que cruzar la calle y preguntarle a la taquillera del Del Mar cuándo van a mostrar por fin películas argentinas. La taquillera me dice lo mismo: que la próxima semana. Está bien. Le digo que no volveré a redactarle los avisos si no traen películas argentinas.

Sandy está como siempre detrás del pequeño mostrador atestado de pocket-books y yo me paro frente a la vitrina y golpeo despacio sobre el vidrio helado. Sandy tiene un grueso libro en las manos y parece muy interesada en lo que dice este libro extraño que yo no había visto antes. Mr. Schneider aparece frente a la vitrina con su sweater a cuadros y los lentes al final de su larga nariz. Mr. Schneider está hablándome pero yo no puedo oír sus palabras. No importa. Yo le contesto con igual seriedad y por unos momentos continuamos nuestra conversación sin oírnos. Mr. Schneider alza los brazos y se da vuelta y me deja solo del lado afuera de su librería.

Sandy no se ha dado cuenta de que yo he entrado en la tienda y solo cuando me oye hablarle a Mr. Schneider levanta la vista del libro que ha estado leyendo.

“¿Qué va usted a hacer cuando sea millonario, Mr. Schneider?”

“Con compradores como tú nunca tendré un centavo”.

“¿Y para qué necesita usted el dinero, Mr. Schneider?”

“¿Para qué lo necesitas tú? ¿Para qué te sirve a ti?”

“Yo no lo necesito, a mí no me sirve para nada, por eso no me preocupo en buscarlo. ¿Y tuvo hoy noticias de mi novia, Mr. Schneider? Ojalá que este año crezca un poco más. ¿En cuántos años cree usted que estará lista para casarse conmigo?”

Y Mr. Schneider ha comenzado a hablar de su pequeña hija que ha mandado a un pueblo de la Florida. Yo le oigo encantado los mismos cuentos, las mismas cartas que me lee todos los días y miro los retratos de siempre. Es una muchachita preciosa que me manda saludos en sus cartas y es además mi novia de siete años.

“Sandy: vengo a comprar el libro”.

Sandy deja de leer y dice con deliciosa sorpresa: “No, no puede ser, Al”.

“Sí, veinte dólares en este paquete y ocho más cualquier día de éstos”.

Sandy rompe la carátula gruesa del último New Yorker y comienza a ordenar en la registradora el dinero poniendo las monedas y los billetes en sus compartimientos. Mientras ella guarda el dinero yo me he puesto a hojear el libro grande que ha dejado sobre los pocket-books.

“¿Qué es esto, Sandy?”

“Son los cuentos de Saroyan”.

“¿Quién es Saroyan?”

“Es un armenio que nació en Fresno”.

“¿Dónde es eso?”

“California. Los cuentos son extraordinarios”.

“No sabía”.

“Ha hecho cosas extraordinarias en el teatro y en la novela también. ¿No has oído hablar de ‘La comedia humana’”?

“Si, es una película con Mickey Rooney”.

“No, es un libro de Saroyan”.

“¿Y de ‘El tiempo de tu vida’”?

“Sí, es una película con James Cagney”.

“No, es un drama de Saroyan”.

El libro es grande y con dibujos limpios en verde, rojo y amarillo. Pienso que me gustaría tener este libro para ver todos estos dibujos que ilustran los cuentos. Hay una muchacha gorda que está tocando el piano con manos regordetas y ágiles en un cuento que se llama “Sweetheart, Sweetheart, Sweet heart”. Antes hay una muchacha y un hombre que miran un tren desde una ventana y en el suelo hay cuadros. Este hombre debe estar mostrándole los trenes a la muchacha. El libro está lleno de dibujos y de cuentos.

“Me gustan los dibujos. Si los cuentos son como los dibujos, me gustaría tener este libro”.

“Sí, son como los dibujos pero es muy caro. No podrás comprarlo”.

“¿Cuánto cuesta?”

“¿Por qué no vas a la biblioteca de la universidad y lo prestas: por qué no lees todos los libros que quieras en esa forma?; todos lo hacen”.

“Así no me gusta. Así no pueden gustarme los cuentos y hasta los dibujos me parecerían feos. Para que me guste un libro tiene que ser mío. En un libro de la biblioteca no podría encontrar todas las cosas que hay en los libros que yo compro. Los libros que compran las bibliotecas son escritos para los que van a leer en las bibliotecas, en cambio…”

“Pero si es la misma edición”.

“No importa”.

“No seas loco”.

“¿Por qué?”

“¿Cómo que por qué?”

“Fíjate, por ejemplo, Faulkner les agrega páginas y personajes a sus novelas cuando uno no lo está viendo, así que cuando tú lees un libro de él por segunda vez encuentras cosas que antes no había, y es por eso: porque él agrega páginas cuando uno no está en casa. En cambio, como los libros en las bibliotecas siempre están bien vigilados, Faulkner no puede meterse a agregarles cosas a sus novelas”.

“Ahora estás peor”.

“No, Faulkner siempre está metiendo cosas nuevas en los libros que uno ha comprado. Tal vez Saroyan tenga la misma costumbre, por eso es que quiero comprar este libro de cuentos”.

“Pero es muy caro. Tú no tienes dinero y debes comprar el otro libro, el de los colores”.

“¿Cuánto cuesta este libro de Saroyan, Mr. Schneider?”

“No sé, Al, ¿por qué no le preguntas a Sandy?”

“¿Cómo espera usted llegar a ser otro millonario en Nueva York, si no sabe el precio de sus libros, Mr. Schneider?”

“¡Oh, no!”

“Voy a comprar el libro de cuentos éste, Sandy”.

“Está bien. Como quieras. Vale doce dólares”.

“Eso quiere decir que aún nos queda dinero para irnos al cine y después al bar de Johnny Saxon”.

“No, Al, esta vez no voy a acompañarte”.

“¿Por qué?”

“¿Pero no ves que así no llegarás nunca a ninguna parte?”

“¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiero llegar a alguna parte?”

El libro de Saroyan es un bello libro. No hay duda. Afuera, las luces han comenzado a encenderse y la nieve ha dejado de caer. En el bar de Johnny Saxon los banquitos rojos han comenzado a ser ocupados por la gente de siempre.

“Mr. Saxon, siento decirle que no compré el libro de los colores pero mire esta belleza: lleno de cuentos de Saroyan”.

Johnny Saxon levanta la vista de los resultados de esa tarde en Jamaica y me dice:

“Ya lo sabía”.

“Mr. Saxon, Sandy vendrá dentro de un momento, en cuanto cierren la librería; ¿qué tal si apostamos una botella a que Columbia acaba con Cornell el domingo?”

“De acuerdo”.

Mientras espero a Sandy, que ha de venir como siempre, Mr. Saxon hojea el libro de Saroyan. Yo pienso en el profesor, en la universidad y en mi amigo el ruso que tampoco tardará en venir.

Y de pronto comienzo a pensar cómo serán los cuentos de Saroyan.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

viernes, 3 de julio de 2026

Hay que buscar a Regina

Álvaro Cepeda Samudio

 

Todos vimos cuando Juan García entró a la Inspección. No es como han dicho por ahí que a Juan García lo trajeron los Rurales. No, él vino por sus propios pies, sin que nadie lo trajera. Vino simplemente, sin alboroto, con sus pantalones sucios y los cabellos despeinados, con la camisa a cuadros que no se quita nunca, y sin que nadie lo llamara ni le dijera nada entró a la Inspección. Y esto lo pueden decir los que estaban conmigo, los que estábamos esa tarde en la puerta del billar de Venancio, que también vieron lo que yo: que Juan García entró solo a la Inspección, entró por su propia voluntad. Ninguno de nosotros sabía de qué se trataba, ni ninguno hizo comentarios hasta cuando salió apresuradamente un Rural. No sé cuánto tiempo transcurrió desde cuando Juan García entró hasta cuando el Rural salió apresuradamente, pero ya Jácome y el Mono habían jugado dos partidos de a cincuenta y el Mono perdió ambos, y para no pagar dijo que Jácome le hacía trampas y le rompió la cabeza con el taco: el Mono es así. Pero cuando el Rural volvió y vimos que detrás de él venía el viejo Hernández, con su sombrero de fieltro y mascando tabaco nerviosamente, y detrás del viejo Hernández su mujer, envuelta en un pañolón negro y con el moño fijo sobre la cabeza reluciente, cuando vimos esto, Venancio salió de detrás del mostrador, dobló el periódico que había estado leyendo, atravesó la calle y se recostó, haciéndose el tonto, contra la ventana de la Inspección. Entonces todos atravesamos la calle; hasta el Mono que ya había comenzado otro partido dejó el taco sobre la mesa, cruzado entre las bolas de modo que no pudieran moverlas, se vino a ver lo que sucedía en la Inspección. Todos vimos a Juan García con sus pantalones sucios y su camisa a cuadros, de pie frente al Inspector, quieto, mirando fijamente el tintero que está encima del escritorio. Y ni siquiera se movió cuando el viejo Hernández dijo bien alto, para que todos lo oyéramos, que un día de estos mataría a un hijo de puta. Siguió quieto frente al escritorio. El Inspector le dijo al viejo Hernández que se callara y Juan García siguió hablando. La sala de la Inspección es pequeña y todos oímos claramente cuando Juan García dijo: “Yo maté a Regina, señor Inspector, la ahogué”. Lo dijo sencillamente, sin alboroto, exactamente como había entrado a la Inspección, sin pizca de miedo. Y todos vimos al viejo Hernández cerrar los puños y abalanzarse contra Juan García. Nosotros creíamos que se iba a defender, pero se quedó quieto, protegiéndose la cara con las manos, hasta que un Rural se lo quitó de encima. La vieja no dijo nada al principio, se quedó muda de rabia, pero cuando nos vio detrás de los barrotes de la ventana se puso a pujar tratando de sacarse lágrimas, pero no pudo y se quedó callada. Todos oímos al Inspector cuando amenazó al viejo Hernández con soltar a Juan García si no guardaba compostura. Después siguió preguntando, descuidadamente, sin mucho interés, mientras se abanicaba con el secante grande que dan de propaganda en la farmacia y lanzaba resoplidos espaciados entre contestación y contestación. Todos oímos el relato de Juan García, casi completo, porque cuando dijo que el viejo Hernández quería vender a Regina, Venancio gritó que era un viejo cabrón, y los Rurales nos hicieron quitar de la ventana. Pero esto fue casi al final, Juan García no pudo decir mucho más pues el Mono no había comenzado a jugar nuevamente cuando el viejo Hernández salió de la Inspección. Lo que nosotros le oímos decir a Juan García fue que había matado a Regina, la hija del viejo Hernández, más precisamente: que la había ahogado. Refirió que anoche había ido, como de costumbre, a ver a Regina después de que los viejos se acostaban. Todas las noches iba a verla a escondidas desde que el viejo Hernández le dijo que no iba a dejar que Regina se comprometiera con él. Ella no podía salir de la casa pues el viejo le ponía candado a la puerta antes de acostarse y tenía que esperar a que se durmieran para abrir la ventana de la cocina y hablar con él. Juan García contaba todo esto sin mirar a ningún lado, quieto, con la vista fija en el tintero. También dijo que anoche Regina le había dicho que el viejo Hernández la iba a vender, y que ella le contó cómo esa tarde había venido un hombre muy bien vestido y estuvo un rato encerrado con la vieja y el viejo, y cómo luego la llamaron y el viejo Hernández le había hecho quitar el vestido y el hombre le apretó los senos. El Inspector seguía abanicándose y lanzando resoplidos.

Cuando Juan García dijo esto, todos miramos a los viejos Hernández, pero estos no se movieron. El viejo buscaba un lugar para escupir, escupió su tabaco y todos creímos que iba a hablar, pero no dijo nada. Entonces fue cuando Venancio le gritó: “Viejo cabrón”. Y los Rurales nos echaron de la ventana. Pero antes Juan García contó cómo la había matado. Sin alterarse en lo más mínimo, cómo quien cuenta un suceso natural, siempre mirando al tintero, contó que se había pasado toda la noche hablando con Regina, esperando que el viejo abriera la puerta para que ella pudiera salir. Se habían puesto de acuerdo en que ella echaría a correr hacia la quebrada en cuanto el viejo quitara el candado, que allí estaría él esperándola. Y así lo hizo. Pero después de haber caminado quebrada abajo hasta que el sol quemaba fuerte, no dijo cuánto tiempo caminaron, se dio cuenta de que no tenían donde ir. Que no podía volver a vivir en su casa pues el viejo Hernández era capaz de matarlo y llevarse a Regina otra vez. Entonces fue cuando la metió en la quebrada y la ahogó. Y cuando el Inspector le preguntó el sitio exacto donde la había ahogado, Juan García no dijo una palabra. Es verdad que el Inspector no insistió mucho, pero Juan García se negó a hablar. Entonces todos vimos que el viejo Hernández sonreía y se movió inquieto. Después fue cuando Juan García dijo lo de la venta y los rurales nos echaron. Venancio no quería quitarse de la ventana, al fin se volvió y cruzó la calle y mientras alzaba la tapa del mostrador dijo en voz baja: ese no ha matado a Regina, ese no mata a nadie. Debe tenerla escondida en alguna parte y apuesto a que todavía no se ha acostado con ella. A lo mejor se mete en un lío por querer hacer las cosas legalmente. El Mono apenas había levantado su taco cuando los viejos Hernández salieron casi corriendo de la Inspección. Los que estaban dentro del billar no oyeron al viejo cuando le dijo a su mujer: “Hay que buscar a Regina”, pero yo sí lo oí, y miré a Venancio, que había vuelto a abrir su periódico, y me pregunté por milésima vez: ¿por qué sabe tanto Venancio?

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

martes, 23 de junio de 2026

Vamos a matar los gaticos

Álvaro Cepeda Samudio

 

“Vamos a matar a los gaticos” –dijo Doris–, “vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”.

“No, todavía no”.

“Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran” –dijo Martha–. “Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”.

“¿Cuántos son?” –preguntó Doris.

“No sé: parece que hay cinco”.

“¿Dónde están?” –preguntó Doris.

“En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy”.

“¿Son bonitos?” –preguntó Doris.

“Yo no sé, yo no los he visto todavía. Pero sé que ya nacieron porque esta mañana lo estaban diciendo en la cocina”.

“Vamos a verlos” –dijo Martha.

“No, ahora no: después. Vamos a subirnos al techo”.

“Vamos” –dijo Doris– “y jugamos a Tarzán, ¿quieres?

“Bueno. Voy a buscar las cosas”.

“Yo no juego” –dijo Martha.

“¿Por qué no quieres jugar?”

“No puedo” –dijo Martha–, “yo no puedo subirme al techo”.

“¿Por qué no puedes subirte?”

“Tú sabes” –dijo Martha.

“Ella tiene miedo” –dijo Doris–, “vamos tú y yo”.

“Yo no tengo miedo” –dijo Martha–, “es que me da pena”.

“Vamos Doris, ella nos espera aquí”.

“Miedosa” –dijo Doris.

“Yo no soy miedosa” –dijo Martha–, “es que me da pena”.

“¿Por qué te da pena?” –preguntó Doris.

“Déjala ya, Doris”.

“Yo no tengo pantalones” –dijo Martha.

“Ahora se lo voy a decir a mamá” –dijo Doris–, “ayer también viniste sin pantalones. Yo te vi”.

“Tú sabías que no tenía pantalones. Tú me dijiste. Y ahora quieres jugar a Tarzán” –dijo Martha.

“Cuando volvamos a la casa le voy a decir a mamá que tú le dices a Martha que no se ponga pantalones” –dijo Doris.

“Vamos a matar a los gaticos”.

“Vamos” –dijo Doris.

“Si se lo dices no los matamos” –dijo Martha.

“¿Se lo vas a decir, Doris?”

“No” –dijo Doris. “Vamos a matar a los gaticos. Entren”.

“¿Para qué cierras las ventanas?” –preguntó Doris.

“Para que ella no se salga. Tráeme esa tabla, Martha”.

“Tenemos que sacarla de la caja porque de pronto se pone rabiosa y nos muerde” –dijo Doris.

“No, ella no muerde. Sostén la tapa mientras yo los saco”.

“¿Cuántos hay?” –preguntó Doris.

“Cuatro nada más”.

“Abre la ventana, yo no los veo bien. ¿Son bonitos?” –dijo Martha.

“Sí, son bonitos. Hay dos negros y dos grises”.

“Yo quiero llevarme uno negro” –dijo Doris.

“No, hay que matarlos a todos. No te vas a llevar a ninguno. Yo dije que los iba a matar a todos. Mira, así: apriétalos por el cuello así, ¿ves? Apriétalos bien fuerte por un momento. Es fácil”.

“¿Ves? Este ya está muerto. Mata tú este otro”.

“Mata este tú, Martha, yo mato mejor el gris” –dijo Doris.

“No, yo me voy, yo no quiero matar ninguno” –dijo Martha.

“No tengas miedo, no te van a morder. ¿No ves que ni siquiera tiene dientes?”

“No, yo no quiero matar ninguno” –dijo Martha.

“Suelta ese ya, Doris, ya está muerto. Mata este otro”.

“No los maten, no los maten” –gritó Martha.

“Cállate, cállate, cállate. Sostén la tapa, Doris”.

“¿Qué vas a hacer?” –preguntó Doris.

“A ponerlos otra vez dentro de la caja”.

“Por qué no los enterramos en el patio y les hacemos procesión” –dijo Doris–. “¿Quieres que traiga tres cajitas de cartón?”.

“Yo tengo en la casa un montón de cajitas”.

“No, vamos a ponerlos en la caja otra vez. Falta uno. ¿No has podido matarlo todavía, Doris?”.

“Yo no quiero matar al negrito” –dijo Doris.

“Dámelo acá. Apura, Doris, dámelo”.

“Dáselo, Doris” –dijo Martha.

“Salgan. Cierra la puerta, Martha”.

“Vamos a subirnos al techo” –dijo Doris.

“No, hace mucho calor”.

“Pero yo quiero unas guindas. Tengo hambre” –dijo Doris.

“En la nevera hay galletas. Ve y tráelas”.

“¿Por qué lloras? –preguntó Martha.

“Yo no estoy llorando”.

“Sí estás llorando” –dijo Martha.

“No me molestes”.

“Tú no querías matar los gaticos” –dijo Martha.

“Sí quería”.

“No tengas miedo. Doris no le dice nada a Mamá” –dijo Martha.

“Yo no tengo miedo”.

“¿Entonces por qué estás llorando?” –dijo Martha.

“Por nada, por nada, por nada”.

 

(Tomado de www.literatura.us)