Álvaro Cepeda Samudio
“Yo estaba enamorado del piano blanco. Y ella lo sabía.
Lo descubrió con esa asombrosa capacidad que tienen las mujeres para descubrir cosas
como ésta o como la homosexualidad en los hombres que la esconden celosamente. Tal
vez porque de niño me faltó todo, y en la casa de vecindad donde viví no habita
siquiera un trozo de madera con que fabricar un juguete, fue por lo que adquirí
la costumbre de aferrarme a los pocos objetos que durante esos años caían por casualidad
en mis manos. El osito de cristal morado que encontré una vez en una calle alegre
y al que le faltaba la cabeza, ha vuelto a mi memoria muchas veces en estos días.
El osito era parte de mi vida y cuando mi padre lo pisó –recuerdo perfectamente
ese momento pues todavía al pensar en el osito morado siento apretárseme la garganta–,
esperé por muchas veces a que llegara borracho y cuando eso ocurrió lo empujé con
toda mi venganza desde lo alto de la escalera. Las personas no me impresionan tanto
como los objetos, y aunque he intentado muchas veces querer de veras a una mujer
no le he conseguido. En cambio las cosas, las cosas me atraen, me seducen con sus
líneas iguales y esa sensación de seguridad, de inmutabilidad que emana de ellas.
Yo soy un hombre normal y comprendo que esta costumbre mía de enamorarme de las
cosas es malsana. Y he luchado para dominarme. Pero las cosas son más fuertes que
las personas, no se dispersan como las personas y en su unidad son más fuertes que
nosotros.
Recuerdo perfectamente cómo empezó lo del piano
blanco y cómo traté de no verlo más, de apartarme de él. Pero todo conspiró contra
mí. Fue como si el piano blanco hubiera buscado todos los medios para seducirme;
exactamente como lo hubiera hecho una mujerzuela. Yo siempre deseé tener un piano.
Desde cuando aprendí a tocar. Durante las larguísimas horas de práctica cuando las
yemas de los dedos se me adormecían y la música igual, igual, igual, de tanto repetirla
se me desvanecía en los oídos y quedaba yo solo, con el piano, las teclas empujaban
suavemente mis dedos adoloridos compadeciéndose de su martirio. Desde entonces se
formó en mí ese desmedido amor por los pianos. Hasta el punto que los demás objetos,
los que antes me llamaban la atención, dejaron poco a poco de impresionarme y solo
los pianos, con sus líneas esbeltas y puras y la suavidad infinita de sus teclados
ocuparon mi vida. Deseaba ardientemente poseer un piano, pero al mismo tiempo tenía
un miedo terrible de enamorarme demasiado del que yo escogiera, de compenetrarme
tanto con él hasta que llegara un momento en que me fuera imposible tocar en otro.
Tenía miedo de que mi amor por los pianos se materializara en un piano, en un único
piano. Muchas veces me ha sucedido que durante un concierto llego a amar con tal
fuerza al piano en el que estoy tocando que tienen que separarme a la fuerza de
él; bajan el telón y me sacan casi a rastras del escenario mientras el público,
que nada comprende, y que ha visto complacido prolongarse el concierto por tres
o cuatro horas, protesta. Yo nunca miro el piano antes del concierto, ni siquiera
voy al teatro, y así cuando entro al escenario y lo veo en el centro, solo con su
ala de cuervo lanzada al aire, con sus patas delgadas y correctas y el interminable
camino del teclado, no puedo reprimir el formidable deseo de correr hacia él y acariciarlo
con mis dedos. Y es que mientras me he estado vistiendo en el camerino, alargando
lo más posible el encuentro, lo he imaginado de mil maneras, lo he forjado en mi
mente, lo he presentido tal y exactamente como lo veo después. Antes, antes de ahora,
se daba el caso de que mis conciertos en un mismo teatro se prolongaran por meses.
Esto sucedía cuando descubría en el piano de ese teatro un detalle íntimo, y se
establecía entre el piano y yo ese amor que nace de compartir un secreto. Pero esto
era antes de ahora, pues ella, que lo descubrió, que descubrió lo que nadie había
descubierto y que lo atribuían a genialidades de mi talento de artista, dispuso
que yo no diera más de un concierto en el mismo teatro y con el mismo piano. Y sin
embargo a ella la conocí por el piano blanco. Y si no hubiera sido por él nunca
me hubiera mudado a su casa. No debí hacerlo. Ahora me arrepiento. ¡Pero el piano
blanco me atraía con tanta fuerza!
Cuando entré por primera vez a esta casa y lo vi
en su rincón, abandonado como un gran animal blanco y triste, comprendí que debía
alejarme enseguida de aquel lugar, que no debía volver más a esa casa: ése era el
piano por el que yo había estado aguardando, por el que yo no había querido entregarme
a ningún otro, el piano presentido y deseado en todos los pianos que yo había tocado
en mis conciertos. Pero ella me obligó a venir, me invitaba diariamente y me hacía
pasar largas horas en la salita del piano blanco, con él a mis espaldas y ella a
mi frente. Yo sabía que llegaría el día cuando no podría resistir más a esta situación
y me hice el propósito deliberado de prestar la menor atención posible al piano
blanco. Y me negué infinidad de veces a tocarlo. Prefería el otro, el viejo y feo
piano del salón. Pero cuando podía escaparme de las gentes que me rodeaban y que
me pedían durante las fiestas que ella organizaba para mí que tocara, cuando los
complacía, me escabullía a la salita del piano blanco y allí lo miraba en la oscuridad,
con su blancura grisosa, y le pedía perdón por haber prostituido mis deseos con
el piano feo y viejo del salón mientras él permanecía allí en su rincón, puro y
blanco y en silencio. Ahora pienso si todo fue planeado fríamente por ella. Si no
fue ella quien arregló todos los detalles como una vieja alcahueta para que me enamorara
del piano blanco. Es verdad que ella nunca me pidió que lo tocara y que no había
en la casa otra sala más agradable que esta donde me recibía siempre. Y es verdad
también que ella nunca lo mencionó, ni me dijo su historia, ni alabó la blancura
de sus maderas. Nunca habló del piano blanco. Y es precisamente este silencio el
que me hace pensar que todo esto fue calculado y premeditado. Sucedió así: yo había
venido esa tarde como de costumbre, pero ella había salido. Cuando Emma me dejó
solo en la salita y vi asombrado que el piano blanco estaba abierto, ofreciéndoseme
su teclado virginal anhelante, no pude contenerme y me senté a tocar. No sé cuánto
tiempo transcurrió. Ella debió llegar mientras yo tocaba. Pero cuando Emma vino
a avisarme que la señora me esperaba arriba, la noche había invadido la salita y
el piano blanco parecía un fantasma en su rincón: sonando y sonando con las últimas
resonancias de mis dedos. Ella no dijo una palabra. Yo había cerrado el piano con
las llavecitas que encontré sobre el banquito y las guardé. Yo era el único dueño
del piano blanco, o él mi único dueño, no podía decirlo. Ella se dio cuenta, tuvo
que darse cuenta porque a los tres días cancelé todos mis conciertos y me vine a
vivir con ella. Ahora comprendo que lo había descubierto hacía mucho tiempo y que
lo planeó todo para que sucediera como sucedió. Cuando comenzó a insistir en que
la dejara en casa durante mis jiras cortas, la cosa me inquietó mucho. Pero estaba
determinado a no hacerlo, pues presentía sus intenciones. Al principio fue como
una sensación muy vaga de temor, pero a medida que fui acumulando detalles y comprendí
lo que ella buscaba la temí y la odié al mismo tiempo. Me privaba a mí mismo del
infinito placer de tocar el piano blanco para que ella no lo viera, para que no
lo oyera porque ya estaba seguro de que ella lo odiaba, con la misma fuerza con
que yo lo amaba. Yo no quería dejarla en la casa. El concierto que tenía que dar
anoche iba a ser el comienzo de una larga jira y el médico insistió en que el ajetreo
de los viajes le haría daño por su estado. Sabía lo que iba a suceder, por eso volví
hoy. Por eso no pude tocar anoche. Esta salita es como un túnel oscuro y silencioso.
Sin el piano blanco y con ese hueco negro donde él hace falta y ella con los ojos
abiertos y ese vientre tan grande que yo no había notado antes: esta salita parece
un túnel”.
(Tomado
de www.literatura.us)
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